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domingo, 7 de junio de 2015

Amistad y traición: Una brevísima sociología de la puñalada trapera.


Diversos sucesos del ya ido año 2.014 me hicieron reflexionar, una vez más, sobre la traición. Todos los años, uno se entera de gente en la que confiaba, o como mínimo que consideraba con estándares mínimos de decencia, de pronto no solamente se vuelven para mostrar toda su gloriosa espalda, sino que además de eso se alían con quienes son esencialmente el enemigo. Pero la traición en cuestión, cuyos antecedentes por supuesto no comentaré por este canal, golpeó un poco más de cerca. Se trataba de una persona a la que tenía en una muy alta estima, yo consideraba que nos unía una amistad íntegra, y tenía la idea de que dicha amistad se basaba principalmente en compartir principios comunes acerca de la decencia y la lealtad. Estaba profundamente equivocado.

Pero aparte de aprender que esa persona no es de fiar, también me tocó reflexionar sobre la traición en sí. En las películas, el traidor siempre se lleva su merecido. Todos hemos visto escenas en donde el traidor pide su recompensa, y el villano lo recompensa como un traidor se lo merece, con una buena dosis de plomo o un ticket de ida sin regreso al spa La Piraña Gourmet. O bien, el traidor es alcanzado por el héroe, e implora cobardemente por su vida, momento en que el héroe o lo arresta o lo despacha, a según el universo narrativo y el idealismo o pesimismo de la historia en cuestión. Sin embargo, en la vida real no sucede así. ¿Por qué?

Hace muchísimos años atrás, en la época en donde yo era lector conspicuo de la revista Muy Interesante, apareció un artículo sobre el tópico. Una frase de dicho artículo se me quedó grabada a fuego en la mente. Iba más o menos en la siguiente línea (cito de memoria y puedo estar equivocado en la literalidad, pero no en el sentido): "la traición sólo es imperdonable en los leales". A primera vista es una idea contraria a la intuición. Después de todo, uno debería tenérsela más jurada a un serial traitor, que al traidor ocasional. Los dibujos animados de la década de 1.980, los Saturday morning cartoon, se daban un festín con esto, con el inevitable episodio en donde un amigo del héroe cometía el error de irse con el villano, para al final del camino descubrir el error de su decisión, enmendarse, y descubrir que el poder de la amistad es superior, ser perdonado, etcétera. En cambio el villano, el traidor por excelencia, ya que traiciona el orden cósmico de las cosas tal y como deben ser, o sea, bajo la autoridad y sanción de los buenos, para él por lo general hay menos perdón. Pero en la realidad es exactamente al revés. Como muchas de las moralinas de los Saturday morning cartoon, por lo demás.

En realidad, esto tiene una lógica si lo piensa en términos de expectativas. El personaje del que sólo se espera mediocridad y deslealtad no sorprende a nadie. ¿Esa persona mezquina y gris volvió a portarse mal? Se lo disculpa porque es lo que se espera de él. Por supuesto, esto genera un círculo vicioso en donde el mediocre se siente reforzado en su mediocridad, y sigue adelante en su cometido de transformarse en un eficiente parásito social. Pero para los demás que no quieren calentarse demasiado la cabeza ni quemar su capital social en la mantención de unos estándares mínimos de decencia, es más fácil mirar hacia el lado. En cambio, la persona derecha, leal, que nunca ha traicionado a nadie, acostumbra a los demás a una cierta derechura. Peor aún, ésas son las personas que se transforman en el tronco y savia del árbol social. Por eso, la traición de la persona leal es mucho más imperdonable: porque esa persona es mucho más imprescindible y valiosa. Es injusto para la persona leal porque con ser leal sólo consigue echarse la carga de que le exijan estándares mucho más altos que al desleal, pero así es como funciona el mundo.

Pero reflexionando después acerca del particular, me encontré con que dicha teoría no basta. Porque si bastara, entonces las escasas personas que exigen estándares mínimos de decencia no traicionarían nunca. Y eso no es lo que observé. Lo que observé fue una persona que persiguió con saña a una persona tramposa y desleal que estaba bajo su autoridad, no diré en qué condiciones, pero que frente a una falta mucho más grave de otras personas, éstas en mi contra, las perdonó en nombre de la amistad (de otra amistad) y cortó sus relaciones conmigo. La explicación anterior podría bastar, porque después de todo, de esa persona bajo su autoridad no se esperaba mucho... pero yo tampoco me había portado mal con la persona traidora en cuestión. Y esa persona traidora es una que se llena la boca hablando de decencia y otras cosas así. Evidentemente mi teoría iba en la dirección correcta, pero estaba incompleta.

Dándole vueltas al tema, descubrí la explicación: estaban operando los refuerzos de grupo. De manera muy interesante, esa persona no quiso alienarse a un grupo de personas a cambio de mantener su amistad conmigo, a pesar de que yo había demostrado ser mucho más leal que esas otras personas. Pero las otras personas eran numéricamente más, y estaban más encajadas en la vida de esa persona. Entre cercenárselas a ellas y cercenarme a mí, eligió el mal menor, aunque eso le significara traicionar su discurso acerca de que una persona debe ser leal, decente, etcétera.

Ahora bien, esto origina una interesante paradoja. Por un lado, la traición es más imperdonable en la gente leal, porque de esa gente se espera lealtad justamente. Por el otro, la gente de la que se espera más, es por supuesto la gente que integra el mismo grupo y que por lo tanto puede ser afectada por el refuerzo de grupo. Y eso genera una dinámica muy interesante.

En definitiva, cuando un grupo empieza a cerrarse sobre sí mismo, desarrolla una moralidad de refuerzo de grupo. Y esto genera un doble estándar. Cuando un miembro del grupo traiciona a alguien externo al grupo, es considerado moralmente positivo porque fortalece al traidor y debilita al traicionado, y por lo tanto le suma puntos al grupo como un todo. Pero cuando los miembros del grupo se traicionan entre sí, eso es imperdonable porque atenta contra el bien superior que representa el grupo.

Pero se pone mejor. Ahora viene lo bueno. Sucede que las personas vienen programadas con determinados estándares morales, dependiendo de los genes, la crianza, las relaciones sociales, etcétera. Una persona reforzada por su grupo tiene mayores incentivos para ser una traidora, porque no hay sanción para la traición, e incluso puede ser recompensada emocionalmente por su traición. En cambio, la persona que corre en solitario se ve obligada a mantener un estándar de lealtad mucho más alto, simplemente porque es el único capital social con el que cuenta si es que desea tener acceso a otras personas. La otra alternativa es seguir el camino renegado completo y transformarse en un sociópata completo, pero eso entra en otra liga.

Y esto es lo que constituye la paradoja. Si usted busca a una persona leal que lo ayude o secunde en una empresa, su primera tentación puede ser el recurrir a una persona con amigos y con un grupo estable, porque eso sería una prueba de que dicha persona es capaz de ser leal. Y con eso, usted se va a engañar porque dicha persona será leal a su grupo, y usted no forma parte de él. Eso origina entonces la paradoja de que si usted quiere formar un grupo con gente leal, entonces usted debe buscar a personas que no formen parte de ningún grupo en primer lugar.

Pero esto, ¿no debería llevar al riesgo de que usted termine integrando un nuevo grupo en donde empiecen a operar los refuerzos de grupo, y aumenten los incentivos para que el grupo se vuelva un nido de traidores que lo apuñalen por la espalda? Eso depende de cómo se gestione el grupo. Ya hemos visto en otro artículo de la Guillermocracia que los refuerzos de grupo, si bien inherentes a cada grupo, pueden ser mantenidos a niveles aceptables dependiendo del grado de autoritarismo que manifiesten los miembros de dicho grupo. Un grupo conformado por gente autoritaria tenderá a la caza de brujas, la eliminación de los disidentes, y la consolidación de un refuerzo de grupo en plena forma con su propia ética egocéntrica. Un grupo conformado con mentalidad más democrática permitirá el disenso, será más abierto a la negociación, y disminuirá así los incentivos para la traición.

En definitiva, si usted se quiere evitar puñaladas traperas, la receta básica es ir tan en solitario como se pueda, aliarse con gente que no integre grupos de mentalidad autoritaria, y al formar grupos, promover la mentalidad y la gestión democrática en su interior. Esquivar la mentalidad autoritaria es algo bastante difícil, hoy por hoy, debido a que ésta se encuentra en íntimas relaciones con el narcisismo, y ya sabemos cómo éste vuela en estos tiempos. Pero nadie dijo que fuera fácil, ¿no?

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Interesante entrada, creo que la mayoría hemos sufrido algo parecido de gente que no te lo esperas.

Guillermo Ríos dijo...

Por supuesto. Siempre es interesante reflexionar sobre estas cuestiones, creo que hacerlo ayuda a convertirnos en mejores personas, al final del camino.

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