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martes, 12 de mayo de 2015

Bastión Esperanza - "La misteriosa nave espacial semienterrada".


Y entonces, con una enorme suavidad, el golem abrió los ojos, saliendo de su sueño, reintegrándose al ciclo de la vida.

Al darse cuenta, los investigadores se quedaron paralizados, expectantes.

– ¡No le quiten la vista de encima! – dijo el hombre a cargo, mientras alzaba el brazo con un gesto revelador: las armas debían apuntar hacia el golem, y ser disparadas de ser preciso.

– ¡Sí, mi General! – dijo un oficial, asintiendo con la cabeza a sus hombres, en particular a aquellos quienes estaban listos a disparar contra el golem.

Pero la monstruosa figura humanoide, de unos diez metros de alto, compuesta de algo que para un observador poco avezado podía pasar por lodo, se quedó con los ojos abiertos. Hasta entonces, nadie había visto los ojos de los golem; eran de un tono celeste pálido, y algo más brillantes que el cielo. Carecían de pupila o iris: eran sólo celeste pálido y uniforme, y nada más. Brillaba bajo la luz de las lámparas como si se tratara de una joya, algo avejentada por la suciedad del paso del tiempo.

– General Luca – dijo una voz por la menterminal. – Creo que debería regresar al cuartel de inmediato.

– Tengo una situación aquí, profesor Higgins – dijo el General Luca por idéntico conducto. – El Golem Mayor acaba de abrir los ojos.

– ¡Lo sé! – dijo el profesor Higgins. – Alba acaba de avisarme.

El General Luca dirigió a Alba una mirada de reproche. Hubiera preferido que el profesor Higgins se hubiera enterado por él, no por la asistente de laboratorio.

– De todas maneras, General Luca, debería venir para acá de inmediato. Le estoy enviando la información – dijo el profesor Higgins, y antes de que el General Luca pudiera reaccionar, a través de la menterminal llegaron varias imágenes a su cabeza.

La situación sí podía ser conducir quizás a una crisis terminal.

– No puede ser. Dígame que no es cierto, profesor Higgins – dijo el General Luca, palideciendo.

No hubo respuesta. No podía ser una broma. El profesor Higgins no solía bromear en lo absoluto.

En el espacio exterior, en órbita sobre el planeta Esperanza, por encima de sus propias cabezas, se habían instalado dos docenas de naves espaciales. Aunque era demasiado pronto para determinar nada, su estructura y diseño no parecían corresponder a nada fabricado por la Humanidad.

El pensamiento del General Luca voló por un instante a la Tierra que habían dejado atrás. ¿Era coincidencia...? ¿O había alguna razón por la que esto sucediera en Esperanza, y no en la Tierra...?

OxxxOxOOOxOxxxO

Algo más de una hora después, en el Cuartel General del Alto Mando Militar de Ciudad del Progreso, el General Luca hacía su entrada. Por completo fuera de su temperamento por regla general calmado y autoritario, el General venía enrojecido y resoplando, al tiempo que se secaba el sudor de la frente con un pañuelo. Era un hombre relativamente alto, pero que no daba dicha impresión, debido a su contextura más bien pícnica, rellena a los costados, sus piernas gruesas, sus brazos algo cortos. Su rostro tendía a ser más ancho que alargado, impresión confirmada por un bigote grisáceo y recortado con mucho cuidado. Estaba perdiendo pelo, aunque todavía no era calvo, y el que le quedaba, estaba volviéndose cano. Su nariz era aquilina y sus ojos penetrantes.

– ¿Algún cambio? – preguntó el General Luca. Se había estado informando camino al cuartel general del Alto Mando Militar, a través de la menterminal, pero ahora podía hablar cara a cara de la situación.

– Ninguno – dijo el profesor Higgins. – Lo único que hacen, es permanecer en órbita. No intentan comunicarse en lo absoluto, no responden a nuestras emisiones de radio... Sólo están ahí, eso es todo.

El profesor Higgins era un hombre obeso, mucho más que el General Luca. Tenía una calva prominente, ojos pequeños y algo apagados, y un rostro más cargado hacia abajo que hacia arriba, con las mejillas algo derretidas y los labios belfos. En torno al profesor Higgins había un cierto rictus de resignada amargura, aunque sin la agresividad propia de algunas personas con esta fisonomía.

Poco a poco, el profesor Higgins explicó al General Luca los descubrimientos que habían hecho en el intertanto. Las naves no parecían mostrar actividad de ninguna naturaleza, ni amistosa ni hostil. Se limitaban a acomodarse en órbitas que las acercaban y alejaban entre sí. Las veinticuatro naves se habían organizado en pares, y cada par viajaba por su cuenta. A ratos, ajustaban las órbitas, y parecían haberlo hecho de tal manera, que los siete asentamientos humanos principales estaban cubiertos en algún minuto u otro por las naves.

Las naves mismas eran también un tanto extrañas. Tenían forma aproximadamente esférica, y no eran grandes carcasas de metal, sino estructuras semitransparentes de alguna clase de material que de momento no podían determinar. A través de ellas podía observarse, como a través de la vitrina sucia de un museo abandonado, una serie de estructuras internas que no parecían tener mayor sentido. Eran curvas, y emergían y se hundían en el interior de la nave como las circunvalaciones de un cerebro humano. El único rasgo de actividad que mostraban, era que se disparaban rayos láser entre sí, con un propósito desconocido.

– No atacan ni quieren comunicarse. ¿Qué es lo que quieren? – preguntó el General Luca.

– Suponemos que hay un problema en nuestros medios de comunicación. Quizás no se comunican por ondas de radio como nosotros, quizás utilizan otros métodos. Esos lásers, por ejemplo. Podría ser alguna clase de código de comunicación. Eso explicaría la semitransparencia.

– ¿Cómo es eso?

– Permitiría entrar al rayo láser en el interior de la estructura por cualquier punto, en vez de por una antena especialmente diseñada. Supuesto de que fuera alguna manera de comunicarse entre ellos.

– ¿Y el golem? El Golem Mayor abrió los ojos al mismo tiempo que la llegada de esas naves. ¿Están conectados de alguna manera?

– No lo sabemos – replicó el profesor Higgins.

– Esperemos que no – dijo el General Luca. – Si ese fuera el caso, entonces la nave espacial semienterrada en donde están esos golems... No, esperemos que no sea el caso.

OxxxOxOOOxOxxxO

A pesar del peligro de que, en efecto, el Golem Mayor y los otros golem estuvieran conectados con las naves alienígenas, tanto Alba como Numerio habían permanecido en el interior de la nave espacial semienterrada, en donde habían descubierto a las estatuas de un material parecido al lodo.

Alba era una chica adolescente, acercándose a la adultez. Era alta y delgada. Su pelo liso y rubio, algo castaño, caía en cascada hasta su delgada cintura. Su vestimenta dejaba adivinar un cuerpo de contextura delicada, sin demasiadas caderas ni busto. Su rostro era ligeramente ovalado, y sus ojos celestes parecían como cubiertos por una especie de velo de tristeza.

Numerio por su parte era un chico de nueve años, enormemente ágil. Su rostro era redondo, de facciones muy marcadas, que le conferían un cierto aire de maliciosa picardía. Sus ojos eran despiertos, y su boca era fina, con los labios tensados en un gesto de resolución. Sin embargo, su mirada estaba llena de gran calidez y vitalidad.

– Nunca habías estado en Ganímedes – dijo Alba, sonriendo.

– No, nunca... Gracias por traerme, Alba. Los militares son unos pesados, siempre con sus permisos y sus secretos que no me dejaban venir... ¿Y quién pudo haber enterrado esta nave espacial aquí?

– Alienígenas, por lo que sabemos. Por qué, quién lo sabe – dijo Alba, intentando sonreir. Sin embargo, como cada vez que lo intentaba, no dejaba de hacerlo con un cierto dejo de tristeza.

– ¿Y esos alienígenas construyeron también a estos golems? ¿Por qué los llamaron golems?

– En la mitología de la Tierra, los golems eran criaturas de barro, que adquirían vida cuando se grababa en la frente de ellos, el Nombre Secreto de Dios. Y, bueno... estos golems no son de barro, pero tampoco son de metal, terracota, o alguna otra substancia que conozcamos. Aunque descubrimos esta nave hace diez años, todavía no tenemos idea de qué substancia es de la que están hechos.

– ¿Y por qué la llamaron Ganímedes, a la nave?

– Por la misma razón por la que este planeta lo llamamos Esperanza. Ganímedes era un satélite de un planeta llamado Júpiter, que estaba en el Sistema Estelar de la Tierra. Ganímedes fue el primer mundo más allá de Marte que los humanos colonizaron. Cada vez que bautizamos algo, queremos darle un nombre que sea optimista, porque queremos pensar que la Humanidad va a sobrevivir. Estuvimos a punto de destruirnos en la Tierra, y por eso estamos tratando de expandirnos por el universo.

– ¿Y esos alienígenas, Alba? ¿Los que aparecieron ahora en órbita?

– No lo sé, Numerio – dijo Alba. – Lo están investigando.

En ese minuto apareció un joven de pelo negro y muy corto, casi ralo, de ojos azabache, y contextura atlética en general. Vestía un uniforme de piloto militar. Su rostro era de rasgos fuertes, pómulos salientes, y ojos en general poco expresivos, salvo por un dejo de tristeza. Sus labios estaban contraídos en una mueca taimada.

– ¿Qué está haciendo este chico aquí, Alba? ¿Tiene los permisos?

– ¡Me llamo Numerio para tu información! – estalló el chico, aunque por supuesto que conocía su nombre, porque no en balde el piloto hostigaba a Alba cada vez que podía.

– Yo le conseguí los permisos, Escalante – dijo Alba, con una notoria falta de firmeza en la voz.

– No deberías. Esta nave semienterrada es territorio militar.

– Todo Esperanza es territorio militar – dijo Alba, con algo de soterrada irritación.

– Así es, nena... Todo esto es nuestro – dijo Escalante, guiñando un ojo como un galán.

– Qué pesado – protestó Numerio.

– ¡Cállate, niño! – dijo Escalante, con voz arrogante. – ¡Soy un piloto militar, así es que más respeto!

– ¡No me callo porque un...!

– ¡Cállate! – restelló Escalante, y se volteó de inmediato, dando la vuelta a Alba y Numerio y atendiendo a la menterminal. – ¿Sí? ¿Sí? ¡No puede ser! Voy para allá. – Se volvió otra vez a Alba y Numerio. – Los alienígenas empezaron a moverse. Están atacando Ciudad de la Libertad. ¡Ustedes quédense aquí! Esta nave semienterrada va a ser el mejor refugio en donde estar seguros y a salvo.

Dicho lo cual, salió corriendo. Numerio miró de reojo hacia el Golem Mayor, el que había abierto los ojos al mismo tiempo que los extraterrestres habían llegado. ¿Estarían verdaderamente seguros en el interior de una gigantesca nave alienígena semienterrada quién sabe por qué, quién sabe hace cuánto, y con qué propósito...? ¿La habrían construido los invasores, o alguna otra raza diferente...?

OxxxOxOOOxOxxxO

Después de un primer bombardeo desde el espacio con rayos lásers, el grueso de los edificios de Ciudad de la Libertad habían sido barridos en cuestión de minutos. Pero la población civil, evacuada de manera preventiva a los refugios subterráneos, había salvado en su mayoría con vida. Los militares, por su parte, lanzaron una andanada de MTE Detonador-9 a las dos naves enemigas agresoras en la órbita. Los Misiles Tierra-Espacio impactaron de lleno a las dos naves; fue evidente que una de ellas encajó muy mal los impactos, aunque la otra resistió un poco mejor.

Y entonces, la otra nave que mejor había resistido, desató el horror. A su alrededor se generó un campo energético de color blanquecino y muy brillante. Luego, la nave empujó dicho campo sobre la superficie de Esperanza. Ciudad de la Libertad recibió el impacto de lleno. Un minuto después, sólo quedaba en el lugar un cráter de uno o dos kilómetros de ancho, lleno de roca vitrificada por el calor del impacto. Más de 190.000 personas, más o menos la décima parte de la población humana total de Esperanza, habían sido vaporizadas en un minuto, y para siempre.

つづく

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Je, muy buen detalle ese continuará en japonés, muy de acuerdo a lo que habías dicho de homenaje a las series clásicas.

Solo me queda decir, muy buen inicio, felicidades.

Guillermo Ríos dijo...

No podían faltar, no hay serie japonesa antigua sin los dichosos tres kanji que, cuando éramos niños, no teníamos ni la más piadosa idea de qué podían significar. Y gracias por las felicitaciones, y espero que los capítulos venideros sean igual de satisfactorios, o incluso más si es que cabe.

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