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martes, 19 de mayo de 2015

Bastión Esperanza - "La defensa de Esperanza".


Por alguna razón, las naves alienígenas ni siquiera se habían tomado la molestia de eliminar los satélites artificiales en órbita alrededor de Esperanza. Gracias a ello, en el Cuartel General del Alto Mando Supremo en Ciudad del Progreso, el General Luca, el profesor Higgins, y el resto de la gente, tuvieron una clara visión de cómo los alienígenas habían barrido a Ciudad de la Libertad y sus 190.000 habitantes, hasta dejar apenas un cráter en su lugar.

– Qué... fue... eso – dijo el General Luca, por completo pálido.

– Fue una descarga de energía que... que... – dijo el profesor Higgins.

– ¡Ya lo sé! – restelló el General Luca. – ¡Quiero saber cómo podemos combatir eso! ¡Si una nave enemiga tienen ese poder de fuego, entonces con veinticuatro nos aniquilarán! ¡No vinimos desde 70 años luz de distancia, desde la Tierra, para ser exterminados como ratas en nuestro destino! ¡El planeta Esperanza es nuestro, lo vimos primero, lo colonizamos, y nos lo quedamos! ¡Profesor, encuentre la manera de aniquilar a esos desgraciados, de hacerlos polvo, de barrerlos para siempre del universo!

– Lo intentaré.

Pero el General Luca no estaba prestando atención, comunicándose como estaba con otros militares.

– ¡Capitán Abascal! ¡Apreste el Coloso para despegar! ¡Llevaremos la guerra a la órbita de Esperanza!

– Aquí el Capitán Abascal – dijo el aludido, por la menterminal. – ¡Protesto la orden, señor! ¡Es una locura! ¡Semejante poder de fuego no puede ser contrarrest...!

– ¡Tiene sus órdenes, Capitán Abascal! El Coloso es nuestra nave más poderosa. ¡Reúna a sus hombres, despegue, y combata a esos desgraciados! ¡No dejaremos que el Coloso sea destruido en tierra firme!

Y antes de que el Capitán Abascal pudiera replicar alguna cosa, el General Luca cortó la comunicación.

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Apenas el Capitán Abascal transmitió las órdenes hacia abajo en la cadena de mando, fue recibido con estupor. ¿Luchar en la órbita de Esperanza contra naves alienígenas capaces de generar ondas energéticas que arrasaban con ciudades enteras en cuestión de segundos? Era un suicidio, sin lugar a dudas. Pero las órdenes eran las órdenes. Y al Capitán Abascal no se le escapaba que las órdenes tenían su lógica. El Coloso había sido diseñado para luchar en la atmósfera y el espacio; no podía quedarse anclado en tierra, esperando a ser arrasado.

El Capitán Abascal era un hombre que se correspondía más bien con el tipo asténico. Sus manos nervudas revelaban a un hombre minucioso y calculador. Su rostro era quizás algo blando, con una nariz que no terminaba de definirse del todo, sobre unos labios que no eran ni finos ni gruesos; pero sus ojos estaban cargados con una determinación que diríase eléctrica. Muy joven, había luchado en la Gran Guerra Terrestre, antes de pasarse más de un siglo entero criogenizado, así como el más de un millón de colonos que había arribado hasta Esperanza desde la Tierra, veinte años atrás.

Uno de quienes protestó fue Escalante. Había sido asignado como piloto de combate al Coloso, pero su asignación se había hecho cuando se esperaba librar guerras en la atmósfera, entre facciones de humanos, tal y como había sido la Gran Guerra Terrestre. En el espacio exterior, los robustos cazas Dropshield D-14 eran inmanejables. Escalante no tendría nada que hacer. Pero órdenes eran órdenes.

Al cabo de una hora adicional, mientras el Coloso terminaba de aprestarse, llegaron nuevos reportes desde Ciudad de la Alegría. La misma había sido seleccionada como el segundo objetivo para el ataque alienígena. El escenario se había repetido con dantesca monotonía. Primero, la ciudad había sido bombardeada con rayos lásers. Cuando los militares habían contraatacado lanzando los misiles Detonador-9, las naves alienígenas no se habían dejado tomar por sorpresa. Los misiles fueron destruidos en pleno vuelo, a pesar de su tecnología de vuelo errático que, supuestamente, los hacía casi inalcanzables para los misiles contramisiles o los rayos lásers. Luego, las naves alienígenas generaron la bola de energía que redujo a Ciudad de la Alegría a un caldero de lava solidificada sobre Esperanza. La invasión alienígena acababa de cobrarse otros 220.000 víctimas en apenas unos minutos.

– Despegamos en veinte minutos – dijo el Capitán Abascal a su tripulación, a través de la menterminal.

Escalante apretó los labios. Antes de ir a lo que era un suicidio seguro, quiso hablar una última vez con Alba. De manera que abrió el canal de la menterminal.

– Hola, Alba – dijo, tratando de mostrarse despreocupado. – ¿Me extrañaste, nena?

– ¡Pesado! – gritó Numerio por menterminal.

– ¿Dejas que ese mocoso se meta en nuestras conversaciones? – gritó Escalante.

– ¡Ese mocoso es mi amigo! – dijo Alba.

Numerio se derritió. No todos los días, la más bien tímida Alba se refería a él usando la palabra amigo.

– Como sea, estamos a punto de despegar. Deséame suerte, nena, para que pueda regresar y robarte un beso – dijo Escalante.

– Buena suerte – replicó Alba, con frialdad, y luego cortó la comunicación.

– Bien... – dijo Escalante, encogiéndose de hombros. – Creo que eso salió bien.

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– ¡Todo el poder a las máquinas! ¡Activar los escudos del reactor! ¡Fijar condensación nuclear en 70%! – ordenó el Capitán Abascal.

Los titánicos motores Berserker Inferno se activaron. Estaban construídos con más de tres millones de piezas de ínfimo tamaño, algunas de ellas microscópicas, incluyendo cerca de 700.000 fibras de acero-8, y generaban un campo magnético en donde pudiera producirse el infierno de la reacción de materia y energía necesaria para operar. Eran tan silenciosos por un lado, como brillantes por el otro, como podía verse a través de las rejillas de control visual.

Las compuertas del hangar subterráneo que albergaba al Coloso, se abrieron. Y el Coloso despegó.

El Coloso en sí era una nave de forma ovoide, con algunas protuberancias redondeadas sobresaliendo aquí y allá; tenía formas muy finas, casi desprovistas de ángulos. Medía unos ocho kilómetros a través de su eje más largo, y en su parte más ancha tenía un diámetro de unos tres kilómetros. El hangar no había sido excavado directamente, sino que habían aprovechado una gruta natural, habían derrumbado el techo, y el lugar entero había sido acondicionado para guardar al Coloso. La delicada aleación de nanoacero en que estaba hecho el Coloso, le daba un color ligeramente verdoso, con toques jaspeados.

En otras regiones del planeta Esperanza, varias otras naves, similares al Coloso, pero de menor tamaño y poder de fuego, también estaban despegando, para confrontar al enemigo.

A través de la menterminal, comenzaron a llegar los primeros reportes de batalla, hasta el Capitán Abascal. Y dichos reportes eran catastróficos.

– ¡El crucero Sobieski está recibiendo fuego cruzado por todas partes!

– ¡Una onda de energía penetró en el crucero Asimov! ¡Está perdiendo altitud!

– ¡El crucero Shogún ha sido alcanzado! ¡Detonó en el aire!

El Capitán Abascal cerró los ojos. El Capitán Litovsk había sido un muy buen amigo. Y era muy poco probable que hubiera sobrevivido a la explosión del Shogún.

– ¡Asimov, estrellado en la superficie! ¡Sobieski, destruido en el aire! ¡Valar y Shai Hulud, alcanzados!

– Nos están haciendo añicos – jadeó Escalante, con toda la impotencia de un piloto de combate incapaz de hacer nada al respecto, como que la guerra iba a librarse en el espacio y no en la atmósfera.

Estaban llegando a la órbita de Esperanza. Como parecía ser el método de los alienígenas, sus naves se desplazaban en pares, sobre la misma órbita. Serían dos contra el Coloso.

– Economizaremos los misiles – dijo el Capitán Abascal. – Estamos luchando contra naves capaces de proyectar energía que los haría polvo. Disparen los cañones láser, concentrados a la máxima potencia.

El Capitán Abascal tenía muy presente los informes que el profesor Higgins había subido a la menterminal, acerca de que las naves alienígenas eran semitransparentes. Por ende, quizás fueran vulnerables a los rayos láser de alta potencia.

– ¡Concentren todo el fuego sobre la nave alienígena más cercana! – dijo el Capitán Abascal. Si el Coloso no tenía poder de fuego suficiente para combatir a las dos, al menos una de ellas caería. Y luego añadió: – Y fijen nuestro curso en ruta de colisión con la otra nave.

– ¡Capitán!

– ¡Obedezcan! – gritó el Capitán Abascal. – Puede ser nuestra única oportunidad.

Los orificios en la cubierta del Coloso, a través de los cuales debían pasar los rayos láser, se abrieron. Los artilleros concentraron al máximo los disparos.

– ¡Ataquen únicamente hacia el centro de la cara que nos muestre la nave alienígena! – ordenó el Capitán Abascal. – A ver si concentrando al máximo el fuego, conseguimos perforarlos.

Una inmisericorde lluvia de rayos láser comenzó a salir desde el Coloso. Dichos lásers eran invisibles, por supuesto, debido a la falta de partículas atmosféricas que dispersaran la luz concentrada. Pero no por ello eran menos efectivos. Pronto, la nave alienígena empezó a ceder. Todo eso, mientras ambas naves alienígenas abrían fuego por su parte contra el Coloso, por supuesto.

– ¡Sección 9, caída!

– ¡Sección 8, comprometida!

De pronto, la nave espacial enemiga atacada mostró signos de fatiga. Su órbita empezó a decaer.

– ¡Concentren el fuego en la otra nave!

Pero la otra nave empezó a generar un campo de energía. Una vez activado éste al máximo, lo proyectó contra el Coloso. Y entonces, una densa maraña de estática impidió que nadie desde la superficie pudiera detectar si el Coloso seguía de una pieza, o se había transformado en chatarra espacial.

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– ¿Perdieron al Coloso? – preguntó Alba, angustiada. El profesor Higgins respondió confirmando la noticia, todo por menterminal. – Escalante – murmuró Alba.

Numerio se acercó a Alba, mientras ella se quedaba de pie, muda.

Luego, repentinamente, Alba abrazó a Numerio con todas sus fuerzas. Este, quedándose pasmado un instante, al darse cuenta de que estaba siendo abrazado por la chica más bella de los laboratorios, se sonrojó, sonriendo y olvidando por un instante toda la catástrofe alrededor.

– No nos pasará nada, Numerio – dijo Alba, derramando lágrimas sin realmente sollozar. – No nos pasará nada. No nos pasará nada. No nos...

Se detuvo cuando sonó un ruido.

– ¿Oíste algo, Numerio?

– Sí, pero...

De pronto, todas las paredes de la nave espacial semienterrada se encendieron. Y todos los golems abrieron los ojos. Y antes de que Alba o Numerio pudieran hacer algo, fuera largarse o esconderse, el suelo entero comenzó a remecerse de una manera espantosa.

– ¿Es un terremoto? – preguntó Numerio, más expectante que atemorizado.

– No... Numerio... – dijo Alba, y su asombro no parecía conocer límites. – ¡Es Ganímedes! ¡Es esta nave espacial! ¡Estamos despegando, Numerio! ¡Estamos despegando!

つづく

2 comentarios:

Martín dijo...

Interesante. A esperar lo que sigue.
Sólo un comentario, digamos, estilístico. Paralogizar no es sinónimo de paralizar; de hecho, por definición, nadie puede quedarse paralogizado.

Guillermo Ríos dijo...

Gracias por el halago.

En cuanto al comentario estilístico, probablemente la palabra que mejor expresa la idea de la frase es "pasmado". La corrección ya ha sido hecha, y gracias por el soplo.

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