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martes, 26 de mayo de 2015

Bastión Esperanza - "Ganímedes desencadenado".

Fuente.
La situación entera parecía como salida de una pesadilla. Diez años atrás habían descubierto una nave espacial alienígena semienterrada en el planeta Esperanza, repleta de estatuas humanoides de diez metros de alto llamadas golems. Y ahora que Esperanza era atacado por invasores alienígenas salidos de vaya uno a saber donde y con una potencia de fuego devastadora, repentinamente la nave semienterrada, bautizada Ganímedes, parecía haber vuelto a la vida por sí misma y estaba despegando. Y con Alba y Numerio prisioneros en su interior.

– ¡Alba! ¡Alba! – dijo el profesor Higgins por menterminal, recordando que su asistente estaba en el interior de Ganímedes. – ¿Te encuentras bien?

– ¡Sí, profesor! – dijo Alba. – ¡Numerio y yo estamos bien! Pero, la nave... ¡Estamos despegando!

Ganímedes se había deshecho de toda la escoria y material geológico alrededor, como si se hubiera sacudido una costra de barro seco. Ahora se estaba levantando de manera inequívoca. No parecía tener ventanas de ninguna clase hacia el exterior, por lo que Alba y Numerio no sabían qué ocurría.

– Alba, esta cosa debe poder controlarse de alguna parte. ¿No hay un puente de mando o algo...?

– Sí, Numerio, creo saber dónde – dijo Alba, hurgando en los chips de su memoria hasta dar con la información. Y la encontró. – ¡Por aquí!

– ¿Pero el puente no debería estar adelante? – dijo Numerio, señalando en dirección contraria a la que Alba pretendía marchar.

– No, porque esta nave no necesita visualizar la sección delantera del espacio. Esta nave se controla por pantallas visuales, infrarrojas, etcétera, desde el centro de control, que está... hacia el centro de la nave.

Alba y Numerio corrieron y corrieron, y...

– ¿Qué tan grande es esta cosa? – preguntó Numerio.

– Según los escáneres que le hicieron... unos veinticinco kilómetros.

– ¿Cuánto? – estalló Numerio. – ¡No es en serio!

– Sí lo es. Pero si la nave fue diseñada para estos golems, es posible que fuera más adecuada a su tamaño. De todas maneras... aquí está.

Alba y Numerio habían llegado a una gran habitación en donde habían numerosas cápsulas de forma redonda, incrustadas contra la pared. Cada una de esas cápsulas tenía sus buenos diez o doce metros de diámetro. Antes de que Numerio pudiera decir cualquiera cosa, Alba lo arrastró a una de esas cápsulas.

– ¿Cómo se activan estas cosas? – preguntó Numerio.

Instantáneamente, la boca de la cápsula se cerró. Y comenzaron a moverse. Era el sistema de transporte centralizado de Ganímedes, por supuesto, única manera de moverse rápido en una nave tan gigantesca.

Al cabo de un viaje considerablemente largo, de varios minutos, y de dar la impresión de haber girado varias veces en varias direcciones, la cápsula se abrió. Alba y Numerio salieron, y se encontraron justamente con lo que Alba esperaba: una sala con un montón de pantallas de forma circular, apelotonándose unas encima de otras en algo que sólo podía ser descrito como caos organizado.

– ¿Y ahora qué, Alba?

– No lo sé. Nunca nadie ha estado en esta parte de la nave – dijo Alba, y ante la expresión interrogante de Numerio, explicó: – Secciones enteras de esta nave estaban enterradas en escoria, las puertas no se podían abrir... Sólo sabemos de ellas por los escáneres, pero todo es especulativo.

– ¿Y ahora qué vamos a hacer, Alba...?

– No lo sé. Sin ver lo que pasa allá afuera, no tengo idea de qué hacer.

Y en ese mismo instante, algunas de las pantallas se reagruparon, flotando en el aire, hasta crear entre todas un completo cuadro de la situación, tal y como se hubiera visto por un ventanal hacia el exterior, pero acompañada de múltiples otras informaciones en varias secciones del espectro electromagnético. Había también mucha información de toda clase.

– Alba, trata de pensar...

– No sé que quieres decir, Numerio, yo siempre pienso...

– Quiero decir... cuando quieres que pase algo... pasa. A lo mejor se controla con el pensamiento.

Ante la perspectiva, Alba sintió que un hilo frío recorría su espinazo.

– ¡Alba, esta nave no fue construída por alienígenas! ¡Esta nave fue construída por seres humanos! ¡Mira las letras, los caracteres, la información! – repuso Numerio.

Alba de pronto reparó en el detalle. Todos los caracteres mostrados en las pantallas, eran caracteres del alfabeto latino. Y de hecho, podían leerse como el idioma que se utilizaba en la Tierra antes de que los colonos la hubieran abandonado. Aunque con algunos matices y variaciones.

– Tienes razón, Numerio. ¡Ganímedes fue construída por seres humanos! Pero... los humanos no poseemos ni de lejos toda esta tecnología. Esto es... es... – dijo Alba, asombrada. Y luego, recordando que estaba ante el más fenomenal descubrimiento tecnológico de la Historia, intentó comunicarse con el laboratorio por menterminal: – ¿Profesor Higgins? ¿Profesor Higgins? ¿Está viendo esto...?

Pero era inútil. Sólo había estática alrededor. Estaban demasiado profundo dentro de la nave como para comunicarse de manera efectiva.

– ¡Eso no importa ahora, Alba! ¡Tenemos que ver cómo podemos usar...! Alba, los invasores nos están aniquilando. Si podemos usar a Ganímedes para luchar... Ganímedes te hace caso, de alguna manera. ¡Tienes que luchar, Alba!

– ¡No puedo! – dijo Alba, cada vez más nerviosa. – ¡Numerio, yo soy una asistente de laboratorio! ¡Yo nunca he luchado una guerra, yo no puedo matar a nadie! ¡Numerio, yo...!

– Alba – dijo Numerio, con una madurez que ocasionaba un efecto algo cómico, considerando que se trataba de un chico de nueve años. – Primero deberíamos ver si el Coloso está bien o no. Es la nave más poderosa que tenemos, si conseguimos salvarla, a lo mejor tenemos una posibilidad. ¡Alba, si controlamos a Ganímedes, podemos salvar a Esperanza!

Bruscamente, Alba recordó que Escalante estaba a bordo del Coloso. Supuesto de que el Coloso siguiera en una sola pieza, y no hubiera sido aniquilado por los invasores alienígenas, como parecía ser el caso, considerando que se había perdido el contacto.

– Vamos a rescatar al Coloso – dijo Alba, con una voz suave, pero determinada. Y luego, como para darse un poco más de valor, añadió: – Vamos.

OxxxOxOOOxOxxxO

En el Cuartel General del Alto Mando Militar, el General Luca había cruzado los dedos, con la débil esperanza de que Ganímedes pudiera cambiar la balanza. Era una ventaja por completo inesperada, salida de ninguna parte, pero ahora, por fin, tenían una posibilidad de ganar la batalla espacial.

La mejor manera de describir la forma de Ganímedes, era llamándola un paralelepípedo de color negro. Sus dimensiones aproximadas tenían una relación matemática cercana a uno a cuatro a nueve; es decir, tenía aproximadamente dos kilómetros de altura, por once de ancho, por veinticinco de largo. Sin embargo, no era un paralelepípedo perfecto, bajo ninguna circunstancia. En varios lugares, de manera asimétrica, y aparentemente dispuestas al azar, tenía protuberancias y salientes de formas cúbicas, la mayor parte de ellas más chatas que prolongadas. No había ningún ángulo en la nave que no fuera recto, de noventa grados, fuera cóncavo o convexo. La mayor parte de dichas salientes se agrupaban en la parte superior de la nave, mientras que la inferior era casi plana, a excepción de cuatro grandes rectángulos que parecían servirle de soporte. Todo ello daba una impresión de cierta exhuberancia hacia la parte superior, si es que la palabra exhuberancia podía aplicársele a una nave de estas características.

– Es la maldita Arca de Noé – murmuró el General Luca, recordando brevemente las estampas que ilustraban la Biblia de su infancia.

– ¡General! – dijo el profesor Higgins. – ¡Mire, es un milagro!

En las pantallas, pudo visualizarse el Coloso. Estaba seriamente destrozado, pero se mantenía en su órbita. Además, salían comunicaciones desde su interior.

– ¡Aquí el Capitán Abascal! – recibieron una comunicación. – ¡Hemos conseguido sobrevivir, pero la mayor parte de los mecanismos, incluyendo el sistema de dirección, están fuera de combate! ¡He ordenado la evacuación total del Coloso!

– ¡Maldita sea, Capitán! – gritó el General Luca, dejando caer un puñetazo sobre el escritorio desde el cual contemplaba la acción. – ¡Embista a la nave enemiga! ¡Hágalo!

– ¡Pero, señor, no podemos controlar la naveg...!

– ¡Si abandona el Coloso, lo único que conseguirá es que caiga en manos enemigas! ¡Destrúyalo, y cárguese a una nave enemiga con él! ¡General Luca, fuera!

Pasaron algunos tensos segundos. El Coloso no hacía amago de moverse.

– Está demasiado dañado – dijo el profesor Higgins.

– Orden general a toda la flota. Reúnanse todos en la órbita del Coloso para un ataque en conjunto y masivo – dijo el General Luca. Y luego añadió, medio para que lo escucharan los demás, y medio para convencerse a sí mismo de que estaban siguiendo la estrategia correcta: – Esperemos que ahora Ganímedes sea de alguna utilidad.

OxxxOxOOOxOxxxO

Ganímedes por su parte no se tardó demasiado en salir a la sección exterior de la atmósfera de Esperanza, en donde Coloso flotaba a la deriva.

– ¡Aquí, Alba Dunsany, comunicándose con el Coloso! ¡Capitán! ¿Me escucha...? ¿Capitán...?

– Aquí el Capitán Severo Abascal. Llegan justo a tiempo para rescatarnos.

– Capitán... Yo no tengo idea de cómo se controla esta cosa – dijo Alba. – Solicito instrucciones.

– Trate de fijar el Ganímedes en una trayectoria similar a la del Coloso, para que ambas naves nos mantengamos a la misma distancia sobre la órbita. Nosotros haremos el resto.

Mientras todo esto ocurría, la nave enemiga que había dejado gravemente fuera de combate al Coloso había optado por no rematar la tarea, y en vez de ello había ido a socorrer a su compañera, cuya órbita estaba decayendo de manera peligrosa. Pero sin embargo, al acercarse Ganímedes al Coloso, la nave rescatadora parecía haber cambiado de opinión, y había comenzado a ganar altura, alejándose de su compañera, que siguió cayendo cada vez más como un plomo hacia la superficie de Esperanza.

El Capitán Abascal había comenzado a las maniobras de evacuación desde el Coloso hacia el Ganímedes, cuando uno de sus subordinados lanzó una advertencia:

– ¡Señor, la nave enemiga está soltando el mismo patrón de ondas de ataque de hace un rato! ¡Nos van a lanzar una segunda descarga!

– Gracias, Chu. ¡Alba! – gritó el Capitán Abascal. – ¡Nos van a mandar una segunda andanada, y si es igual de fuerte que la anterior, nos harán pedazos! Nuestras armas están casi por completo fuera de combate. Si Ganímedes tiene poder de fuego, úselo.

– ¡Pero, señor, yo no soy una militar! Yo... yo...

– ¡Señorita Alba, por favor! ¡Las vidas de todos nosotros depende de que descubra cómo operar las armas de Ganímedes, y ataque! ¡Por favor, señorita Alba...!

Alrededor de la nave enemiga comenzó a formarse el campo de energía, preparándose para atacar.

つづく  

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