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domingo, 5 de abril de 2015

El "Apocalipsis" explicado en sencillo (2 de 2).

La Primera Bestia emergiendo del mar, por Alberto Durero (1.498). Invitado especial: la Segunda Bestia, la de cuernos de carnero.
En la entrega anterior de El Apocalipsis explicado en sencillo, hemos detallado algo acerca de en qué circunstancias se escribió, y más o menos cuál es su propósito general. Pero nos hemos dejado lo mejor para el final. Porque ahora viene... La Bestia. Bien, la Primera Bestia, porque hay una Segunda Bestia que es el Falso Profeta (si ustedes nunca leyeron el Apocalipsis de primera mano, no se esperaban que el Falso Profeta fuera una segunda Bestia, ¿verdad?). ¿En fin, quién es la Bestia? O la Primera Bestia, ya que estamos. Veamos las pistas. Sale del mar. Tiene inscrita una serie de nombres blasfemos. Tiene siete cabezas y diez cuernos coronados con diez diademas. Recibe una herida mortal en la cabeza, o en una de sus cabezas, mejor dicho, y genera otra, lo que maravilla a la gente como un prodigio. ¿Qué o quién puede encajar dentro de este perfil? La más probable respuesta sería...

...el Imperio Romano en sí mismo. Desde la perspectiva asiática en donde el escritor del Apocalipsis y sus lectores están, el Imperio Romano es una fuerza política y militar que viene desde Occidente, a través del mar. Los nombres blasfemos son una probable alusión a la tradición romana de deificar a sus Emperadores, lo que para una religión monoteísta es blasfemia. Cabe recordar sobre este punto que el poeta romano Ovidio inventó, o al menos popularizó entre sus lectores, el mito de que Julio César después de su asesinato fue transformado por los dioses en cometa y llevado al Olimpo, algo que ustedes pueden leer en las páginas finales de su libro Las metamorfosis. Es de recordar también que Calígula hacia el año 40 decidió que era buena idea meter símbolos de adoración al Emperador Romano en el Templo de Jerusalén, lo que puso a la Judea de ese entonces casi al borde de la rebelión; al final todo se solucionó cuando Calígula fue asesinado, y la sangre no llegó al río; por algunos años por lo menos.

La Bestia tiene además siete cabezas, lo que es una más que probable alusión a las siete colinas de Roma. Los diez cuernos coronados con diez diademas son más complicados, pero podrían representar a otros tantos Emperadores; en la época de escribirse el Apocalipsis, contando un César más o un César menos, habían reinado cerca de una decena de ellos. Con todos estos antecedentes, entender quién o qué es la Bestia que sale del mar, es algo casi obvio.

Uno de los detalles canónicos de la identidad de la Bestia, es haber recibido un golpe mortal en la cabeza, y aún así, haber vivido; esto maravilla a la gente, y hace que decidan seguir a la Bestia. En este punto hay dos posibilidades. La más incierta, por remota respecto del momento de escribirse el Apocalipsis, es que sea una referencia al asesinato de Julio César. Aunque hoy en día consideramos como primer Emperador a su sobrino Augusto, los romanos consideraron como fundador del Imperio a Julio César, como primer rey de la dinastía; al menos así lo hizo Suetonio cuando llamó a su libro biográfico las Vidas de los Doce Césares, y empezó por Julio César precisamente. El golpe en la cabeza podría significar que el primer César fue asesinado, pero su sistema político y su imperio sobrevivieron. Otra posibilidad más interesante es que el golpe en la cabeza se refiera a la muerte de Nerón, en el año 68, luego de que su general Galba le montara un golpe de estado. Durante mucho tiempo, hasta bien entrado el siglo II d.C., circuló una leyenda piadosa pagana acerca de que Nerón en realidad no había muerto, de que se había escondido, y en algún minuto iba a regresar para restaurar el Imperio, igual que el Rey Arturo. Por qué la gente humilde iba a aguardar con esperanzas el regreso de un tipo tan mala clase como Nerón, es algo que se me escapa, pero ahí está el historiador Suetonio para confirmar este punto. Parece que Nerón era adorado por las clases bajas por ser un Emperador proclive a darles pan y circo; un populista, lo llamaríamos hoy en día. Eso podría explicar la leyenda de su regreso.

El número de la Bestia es 666, por William Blake.
Vamos entonces al número de la Bestia. Por lo general se asocia el 666 con Satán. Sólo que no puede ser Satán por una razón muy sencilla: el texto mismo nos dice que es un número de hombre. Además, el escritor apocalíptico no tiene miedo de llamar al más demoníaco de los príncipes infernales por su nombre cuando así procede, pero se acoquina entero cuando se trata del Imperio Romano. Satán podrá ser más poderoso y malvado, pero la mano del Imperio Romano apretaba más de cerca. De manera que la identidad de 666 pertenece a un ser humano, y probablemente a un romano. La teoría más aceptada indica que se trataría justamente de Nerón, lo que confirmaría la leyenda piadosa, ya que aplicando ciertas cábalas numéricas al nombre NERÓN CÉSAR en hebreo, la suma total daría 666. Además, aquí hay una pulla. El seis es el número que es casi siete, el número de la perfección; o sea, ser un 666 significa ser tres veces casi perfecto... sólo casi. Para una persona, es de suponer que ser casi perfecto está bien, pero no para un Emperador romano, que se presuponían a sí mismo dioses. El prontuario criminal de Nerón incluye entre otras vanidosas excentricidades el haber emprendido una gira por Grecia, participando en los Juegos Olímpicos y llevándose todas las coronas porque los otros atletas se dejaron ganar; además estuvo cerca de ejecutar al futuro Emperador Vespasiano cuando éste se quedó dormido en uno de sus recitales. Llamar 666 a un personaje así a manera de burla es algo que tiene mucho sentido. Esto también apuntala la idea de que la herida en la cabeza mencionada antes, sería en realidad el asesinato de Nerón.

Por cierto, hay un intenso debate sobre si el número sería 666 o 616. En fragmentos del Apocalipsis que datan de los tiempos del Imperio Romano y que se han conservado en el gran almacén de textos antiguos que es Egipto con su clima reseco, se han descubierto ambas. Si un nuevo descubrimiento inclinara la balanza de manera tal que no quedara ni la más mínima duda de que el Número de la Bestia es 616, entonces habría que reescribir un montón de cosas, incluyendo el guión de las películas de Damián, o la canción de Iron Maiden.

Lo que nos lleva al tema de la famosa Marca de la Bestia, que los apocalípticos más calenturientos quieren ver como una profecía de cómo Facebook y Google están empadronando a toda la Humanidad. En realidad, parece ser que la misma se refiere al hecho de que en los siglos precedentes, aunque no sabemos si de manera ocasional o como política permanente, los judíos de Egipto debían usar filacterias (cintas de cuero) para identificarse, un poco como en la Alemania nazi debían usar estrellas de David de color amarillo; sin dichas filacterias, los judíos tenían prohibido comprar y vender. El texto apocalíptico aquí pareciera aludir entonces a que el Imperio Romano impondría a los cristianos un deber similar. Esto no es una idea tan descabellada, si se piensa que los romanos distinguían todavía mal entre judíos y cristianos, que se les antojaba más o menos una y misma cosa.

Por cierto, hasta el minuto tenemos tres monstruos: el dragón, y dos bestias. La Bestia propiamente tal, la 666, es en realidad la bestia que vino del mar; la otra Bestia es mejor conocida como el Falso Profeta. Pero tiende a mirarse por encima al Falso Profeta como Bestia en primer lugar porque el Falso Profeta es una especie de emisario, embajador o mayordomo de la Bestia. Y en segundo lugar, porque el Apocalipsis se regocija en describirnos la Bestia, pero es más bien parca a la hora de referirse a la apariencia del Falso Profeta. ¿Y quién es este Falso Profeta? Si buscamos a alguien que pretenda hablar en nombre de Dios (Profeta), pero que en realidad lo haga en nombre de Roma (Profeta, pero Falso), entonces cabe la posibilidad de que el Falso Profeta sea un ataque soterrado en contra de, nada más y nada menos, que los sacerdotes judíos, quienes primero habían intrigado para conseguir la crucifixión de Jesús, luego persiguieron a los primeros cristianos, y en definitiva se negaron a abjurar del Antiguo Dios Omnipotente de la Biblia para pasar a creer en el Nuevo Dios Omnipotente de la Biblia. Es lo que tienen los matices teológicos, que se hacen un poco ilógicos a veces.

Babilonia la Grande, la Ramera, montada sobre la Bestia. Nótese los símbolos papales, en este grabado de una Biblia luterana del siglo XVI; para los luteranos, Babilonia la Grande era la Roma del Papado.
En adelante empieza el imperio de la Bestia, que gobierna desde Babilonia la Grande, la ciudad de todas las abominaciones y pecados, la ramera de las naciones, etcétera. Que su pecado sea la fornicación no es una casualidad: desde antiguo que el sexo con alguien que no fuera el cónyuge, es símbolo en la Biblia para la idolatría. Léase por ejemplo el libro del profeta Oseas, en donde la infidelidad de su esposa prostituta es utilizada como metáfora de la infidelidad de Israel hacia Yahveh. Pero volviendo al Apocalipsis: desde luego que el escritor no habla aquí de la Babilonia histórica. En los hechos, en la época de escribirse el libro, ésta había ido decayendo, en particular desde que los partos fundaran una ciudad vecina llamada Ctesifonte; a su vez, andando el tiempo, los musulmanes cerca de la ahora desaparecida Ctesifonte fundarán Bagdad, y por eso las ruinas de Babilonia están tan cerca de la actual capital de Irak. La asociación que hace el escritor con Babilonia no es geográfica ni histórica, sino bíblica: Babilonia era la ciudad que en 587 a.C. había arrasado Jerusalén y quemado el Primer Templo... de una manera similar a como los romanos en 70 d.C. habían arrasado Jerusalén y quemado el Segundo Templo. Es decir, Babilonia es Roma, apenas disfrazada; de hecho, el escritor apocalíptico tiene a bien informarnos, por boca de un ángel, que las siete cabezas de la Bestia son siete colinas, y no creo que se pueda ser más obvio que esto.

Además de esquivar la censura imperial, el escritor apocalíptico logra el chanfle de hacer una referencia al Antiguo Testamento, en concreto a la profecía de Daniel de que Babilonia iba a terminar por caer. Hay una ironía en esto, ya que el texto de Daniel fue escrito en referencia a Babilonia misma, en cuyos lindes urbanos supuestamente vivió (porque la historicidad de Daniel como personaje es algo debatido desde antiguo); lo que hizo el escritor apocalíptico fue actualizar de manera absolutamente impropia y antojadiza la profecía de Daniel, para hacer que se refiriera a Roma. Esta maniobra no es algo que debiera sorprender a nadie. De hecho, lo que el escritor del Apocalipsis hizo con Daniel, es lo mismo que los intérpretes del Apocalipsis hacen a su vez con el libro: actualizar la profecía para hacer que se refiera ya no al Imperio Romano, sino a la Unión Soviética, la OTAN, la Unión Europea, el Club Pobrelberg, o cualquiera que sea su bestia negra favorita.

Luego vendrá el castigo de la gran ramera pecadora inmunda cochina, a manos de un ejército procedente de Oriente, gracias a la intervención de un ángel que seca el río Eufrates (otra vez, recordemos). O sea, los partos se encargarán de masacrar a los romanos, todo para beneficio de los cristianos. Viene entonces un concepto también malinterpretado a mansalva: el Armagedón. Dicho Armagedón no es una batalla ni un evento, ni menos el cataclismo que se pretende. De hecho, como veremos, ni siquiera es la batalla final del Bien contra el Mal. El Armagedón es simplemente un lugar, har Megido en hebreo, o sea, el Monte de Megido; tanto es así, que si usted viaja hacia Israel y se da una vuelta por el lugar, puede llegar con fotos del Armagedón, literalmente.

¿Por qué el escritor apocalíptico eligió dicho lugar para la batalla de la destrucción de Babilonia la Grande? Simplemente por su significado histórico dentro de la tradición hebrea. Dentro de las varias batallas libradas ahí (una por el Faraón Tutmosis III en el siglo XV a.C., y otra en la Primera Guerra Mundial), hubo una muy significativa en 609 a.C. Tres años antes la ciudad de Nínive había caído, el Imperio Asirio se había desplomado, y eso generó un vacío de poder en el Medio Oriente que Necao, el faraón de Egipto, intentó aprovechar lanzando una invasión militar en toda regla, para ver qué podía agarrar. En ésas, el rey Josías de Judá trató de cerrarle el paso porque no le gustaba la idea de que tropas extranjeras utilizaran a su territorio como pasadizo así sin más, porque sí. La batalla resultante fue un incidente menor para los egipcios, pero para los hebreos fue un desastre, ya que una flecha egipcia se cargó a Josías. Este rey había venido imponiendo una reforma religiosa destinada a purificar el Judaísmo y crear un culto nacional centralizado en Jerusalén, y su muerte fue vista por los hebreos como un cataclismo armagedónico, precisamente. En los hechos los sucesores de Josías resultaron unos inútiles que cuando trataron de ponerse bravos con Babilonia la capital del Imperio Caldeo, que en el intertanto había conseguido llenar el vacío de poder, Nabucodonosor el rey caldeo invadió Jerusalén dos veces (en 597 y 587 a.C.), la segunda de las cuales terminó en la ciudad arrasada y el Templo de Salomón quemado. A la luz de lo anterior, parece evidente que el escritor apocalíptico eligió Megido justamente por revanchismo. Es decir, hay un mensaje aquí: habrá una nueva batalla en el Monte Megido, en donde ganaron los malos la primera vez, pero esta vez ganarán los buenos.

Tel Megido. Por mientras acontece el famoso Armagedón, les presentamos el lugar en donde se librará.
La Batalla de Armagedón culmina de una manera bastante anticlimática; desciende un ángel y masacra las tropas de la Bestia en un pispás, y luego viene un himno regocijándose cruelmente en el destino de Babilonia, porque cuando uno es el bueno, regodearse en el exterminio del enemigo es un valor positivo. Eso, y que el dragón, la Bestia, el Falso Profeta, todos ellos terminan de cabeza en donde deben terminar los malvados: en el lago de azufre hirviendo.

Ahora que todos los villanos han sido derrotados, ustedes habrán echado de menos a un favorito de la platea: el Anticristo. Repasemos: estaban el Dragón, la Bestia y el Falso Profeta. Pero, ¿y el Anticristo? ¿Era alguno de ésos, u otro? ¿Acaso pasó colado en banda? ¿O está por aparecer? La respuesta desconcertante es que... contrario a la mitología popular, y lo que creen quienes no se han tomado la molestia de leer el libro, el Anticristo no aparece en el Apocalipsis. En realidad, la idea de que el Anticristo es una persona individual y determinada, con nombre y cédula de identidad, parece ser posterior al Apocalipsis. En los Evangelios se mencionan a los falsos Cristos (pseudokhristos en griego) que vendrán a tratar de engañar a los cristianos en el final de los tiempos. En las epístolas Primera y Segunda de Juan, por su parte, se menciona a un anticristo (antikhristos en griego), pero aquí viene lo bueno: se supone que el Juan en cuestión es Juan el Evangelista que escribió tanto el Evangelio de Juan como el Apocalipsis, pero así como se ha discutido si el Evangelio de Juan y el Apocalipsis son obra del mismo autor, otro tanto ha ocurrido con las epístolas. Por lo demás, cuando ambas epístolas hablan de anticristos, lo hacen para referirse únicamente a la gente que no cree en Cristo, sin asociaciones demoníacas de por medio. En última instancia, pareciera ser, no hay un Anticristo, sino que anticristos son todos los que, según el texto bíblico, se oponen de una u otra manera a la propagación del mensaje cristiano. En resumen, ser un anticristo es... ser un anticristiano, si me perdonan la obviedad. Hasta ahí el magnífico asunto. Las interpretaciones tienden a considerar que el Falso Profeta es el Anticristo, pero si asumimos la interpretación corriente de la época, como genérico de gente opuesta a los cristianos, entonces el Apocalipsis está plagado de anticristos de suelo a techo.

Aquí viene un detalle que sólo conoce la gente que se ha tomado la molestia de leerse el Apocalipsis. Si uno le pregunta a cualquiera persona si la Bestia, el Falso Profeta y Babilonia la Grande son incidentes de la última guerra, la respuesta obvia sería que sí, ¿no es verdad? No, no es verdad. Esta guerra en realidad es la penúltima guerra de todas, no la última. Porque después de la misma, Satán es encadenado durante mil años, y después es liberado. Incapaz de aprender de sus errores, Satán entonces intenta un nuevo ataque, congregando a toda clase de tropas y poniéndole asedio a Jerusalén; ésa es en verdad la última guerra. Y si pensaban que podía terminarse una batalla de manera todavía más anticlimática que el Armagedón, esta es la prueba: baja fuego del cielo y quema a todo el mundo. Batalla terminada. Ni el guionista más ingenioso de la actualidad se saca un videojuego de esto. Un videojuego que tenga desafío o interés, por lo menos.

Luego viene el Juicio Final. Que seguramente es otro momento climático de máximo dramatismo en el relato, ¿no? Si después de todo Miguel Angel creó un fresco portentoso a partir del mismo, entonces el relato apocalíptico debe ser fenomenal. Pues no lo es. Apenas cuatro versículos, despachados como un mero trámite. Los muertos resucitan, Dios abre el libro de la vida, salva a los que aparecen inscritos, envía al lago de fuego y azufre hirviendo a los que no, agarra a la Muerte y al Hades y los envía también allá, y fin.

El Juicio Final, por Miguel Angel (1.541). El clímax del Apocalipsis, y la Biblia en total, despachado en apenas cuatro versículos. Lo repito: apenas cuatro versículos.
A continuación viene la Nueva Jerusalén. Igual que en las películas de James Bond hay una chica Bond mala y una chica Bond buena, aquí tenemos a Babilonia la pecadora y a la Nueva Jerusalén la novia; recordemos que en la Biblia, la fornicación es utilizada como símbolo de la idolatría. Así, la Nueva Jerusalén será la novia del Cordero, que es Cristo, en una metáfora de que Cristo y los cristianos al fin remarán en el mismo sentido. Que sea una Nueva Jerusalén y no la antigua también es un dardo envenenado: la antigua Jerusalén era de los hebreos, de los judíos, los que se han negado toda la vida a aceptar a Cristo como el mesías, mientras que la Nueva Jerusalén es de los cristianos. Creo que sobra recordar que quien escribió el Apocalipsis era un cristiano.

Se nos ofrece a continuación un capítulo entero describiendo la Nueva Jerusalén, algo que es el morirse de aburrimiento para cualquier lector moderno que no sea urbanista. En realidad, toda esta descripción es simbólica. Se nos dice que tiene forma de cubo, o sea, es perfecta. Se nos dice que tiene doce niveles, como las Doce Tribus de Israel. Se nos dice que tiene un tamaño elefantiásico, que coincide más o menos de manera sospechosa con las dimensiones del Imperio Romano, y esto no debe ser una casualidad. Se nos dice que no necesita de templos porque la luz divina la ilumina, lo que es un gran puntapié a la cara de todos los reyes paganos que ponían estatuas suyas para ser adorados como dioses. Y en un rasgo de envidia casi grotesco, como las calles romanas estaban pavimentadas con losas, un lujo para la época, pues la Nueva Jerusalén va a estar pavimentada con oro, así tal cual. Los Simpsons con su Springfield de calles pavimentadas en oro no inventaron el chiste en cuestión.

El libro termina con lo que llamaríamos un discurso final, en donde se nos informa que todo eso va a suceder pronto, y que mientras tanto debemos dejar a la gente ser porque los buenos se salvarán y los malos terminarán en el lago de fuego y azufre hirviendo, y eso será dentro de unos cuantos años nada más. Y eso es el gran final del libro.

Y de toda la Biblia.

Hace dos mil años atrás.

La Bestia achicharrándose en el lago de azufre hirviendo. Ilustración de Jim Padgett.
De manera que el Apocalipsis no es un libro que encierre demasiado misterio. A poco que uno se meta en él, teniendo un ojo puesto en la sociedad y medio ambiente en donde fue escrito, su sentido y significado es bastante evidente. Uno puede dudar si la intención era verdaderamente profética, o el escritor estaba tratando de crear una sátira política. Pero lo que sí es claro, es que el Apocalipsis no se refiere a nuestros días. Tampoco tiene mucho que ver con la película de Nicolas Cage, u otros subproductos apocalípticos derivados de la mentalidad redneck de Estados Unidos. Todos los intentos por tratarlo como si fuera un texto hermético y reservado sólo para unos pocos, nacen de la mente calenturienta de quienes intentan ver en el Apocalipsis lo que no es. El Apocalipsis no habla de nuestros tiempos ni profetiza el fin del mundo en el siglo XXI o más adelante. El Apocalipsis habla de los primeros cristianos, algo sobre los judíos, y de cómo unos y otros las pasaban canutas bajo el poderío romano. Eso es todo. Lo que no quita que sea una lectura edificante. Porque seguro que cualquier niño que lo lea, termina por desarrollársele la imaginación: no puede ser de otra manera, con un relato trufado de bestias, falsos profetas, dragones, vírgenes, mártires, ángeles, corderos, rameras, langostas con coronas de oro y planchas de hierro en el pecho, y otra clase de personajes variopintos que han estimulado por siglos la imaginación popular...

...y promovido un pequeño pero fiel nicho de mercado para consumidores de tragedias apocalípticas, de paso.

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Muy buenos artículos, gran trabajo Guillermo, algo había leído acerca de lo que realmente era el libro apocalipsis, por cierto, ya no me extraña tanto lo que Peter Jackson hizo con la tercer película de Hobbit, tras ver lo que realmente trata el libro sobre el jucio final comparado con lo que la imaginación popular dicta.

Guillermo Ríos dijo...

Por la forma en que está escrito el Apocalipsis, es fácil reinterpretarlo de cincuenta millones de maneras distintas. Lo interesante del caso es que no recuerdo que haya ningún intento por adaptar el libro al cine, con todo lo que podría conseguir con la actual industria de efectos especiales. Dejando fuera las adaptaciones modernas estilo Left Behind, que no se basan directamente en el Apocalipsis sino en una saga de novelas escrita sobre la premisa de las profecías del Apocalipsis se cumplen aquí y ahora, que no es exactamente lo mismo.

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