miércoles, 1 de abril de 2015

El "Apocalipsis" explicado en sencillo (1 de 2).

Portada de una edición del Apocalipsis de 1.511, ilustrada por Alberto Durero.
El Apocalipsis es un libro con mala fama. Tanto, que la palabra misma apocalipsis, dicha en genérico y ya no como nombre del libro bíblico, hoy en día significa fin de mundo, o como mínimo, ocurrencia de algún suceso cataclísmico y terminal. La literatura, cine y televisión sobre lo que pasa después del fin de la civilización tal y como la conocemos, se llama postapocalíptica. Lo que resulta absurdamente divertido si se piensa que, desde un punto de vista técnico, la Biblia misma no presenta nada postapocalíptico porque el Apocalipsis es el último libro, y que después no puede venir nada más porque todo remata con el Juicio Final y la instauración definitiva del Reino de Dios. Y no se me ocurren demasiadas personas que llamarían Reino de Dios a un escenario tipo Mad Max.

En realidad, Apocalipsis en griego no significa El Fin Del Mundo Tal Y Como Lo Conocemos, sino sólo Revelación, porque el grueso del libro es justo eso: una revelación que recibe el escritor, de parte de Jesús el Cristo mismo, acerca de cosas que van a pasar pronto. Bueno, pronto lo que se dice pronto, al final no fue; el escritor pensaba que sí, pero ya llevamos dos mil años, y ya ven. Sin embargo, eso no ha detenido a tales o cuales personas para predicar que el Apocalipsis anuncia el final del mundo, que siempre está muy próximo, a la vuelta de la esquina, antes de que pase esta generación, etcétera. Y como el Apocalipsis posee una fuerte carga simbólica, en eso se apoyan los profetas del Juicio Final, quienes han tratado de darle la vuelta a todos los símbolos del libro, a ver si metiéndole claves matemáticas o de otro tipo a la fuerza, logran que diga lo que ellos quieren que diga: que el fin del mundo no era entonces sino ahora. Disparándose en el pie, de paso, porque con eso dejan al escritor original como un tarado por pensar que el fin estaba cerca, y si era un tarado, ¿para qué hacerle caso a sus profecías, entonces...? Y respecto de esto, no maten al mensajero, por favor: quién escribió el Apocalipsis no tenía ninguna tara mental. Una cosa es utilizar símbolos con inteligencia, que el Apocalipsis lo hace, y de manera brillante por lo demás, y otra muy distinta que esos símbolos sean la clave de la futura destrucción planetaria, etcétera, que como sostendremos acá, en realidad es como mínimo algo discutible.

Por eso, acá en la Guillermocracia revelaremos algunas claves para entender este incomprendido libro de la Biblia. El resultado de todo esto quizás resulte algo decepcionante, porque el sentido del Apocalipsis o Libro de la Revelación en realidad es bastante más chato que la fama milenarista de la que este pobre tratado se ha rodeado. Pero a cambio ustedes sabrán, y saber es la mitad de la batalla. Esperemos que de una batalla corriente, y no del Armagedón, batalla ésta que sí aparece en el Apocalipsis, y a la que llegaremos en su minuto.

De partida, es necesario decir que sabemos muy poco acerca de quién lo escribió, y cuándo. La versión tradicional del cuento nos dice que fue escrito por el apóstol Juan en la isla de Patmos, el año 95, a donde había sido desterrado durante la persecusión contra los cristianos desatada por el Emperador romano Domiciano, quien gobernó desde 81 a 96. Pero esto ha sido cuestionado desde antiguo; al menos un gran teólogo antiguo, Dionisio de Alejandría, en el siglo III sostenía que era poco probable que Juan el Apóstol hubiera escrito el Apocalipsis. Una objeción corriente es que si Juan el Apóstol ya rondaba la quincena o veintena en los días de Jesús de Nazaret, entonces para el tiempo de la persecusión de Domiciano debería haber superado la setentena, quizás alcanzar la ochentena, una longevidad exagerada para un pescador galileo de la época. Por ello se ha propuesto que en realidad el escritor podría haber sido un discípulo de Juan, supuesto de que en verdad haya sido escrito el año 95. Porque eso es otro problema: el cuándo.

San Juan en Patmos, por Diego Velásquez (hacia 1619).
Y respecto de eso, parece claro que el Apocalipsis fue escrito en el siglo I, o sea antes del año 100, pero ahí es donde se acaban las certezas. Porque algunos aceptan la historia tradicional de que fue escrito en el año 95, que podría ser, por lo demás, pero otros consideran que la fecha es anterior. Una teoría popular, ni comprobada ni desmentida, fecha el Apocalipsis poco después del año 70. O mejor dicho, fecha la redacción del mismo; porque estaría bueno que hubiera sido en ese año el fin del mundo, y todos nosotros somos almas en pena vagando por ahí, aunque eso explicaría muchas cosas, por lo demás. ¿Y por qué algo después del año 70? Simplemente porque en esa fecha fue destruido el Segundo Templo de Jerusalén, un evento de importancia capital tanto para el Judaísmo como el para entonces naciente Cristianismo, y que parece haber dejado huellas en el libro. En cualquier caso, si fue escrito poco después del año 70, entonces sí podría ser factible que lo hubiera escrito Juan el Apóstol. En definitiva, por resumir, sabemos poco y casi nada sobre quién lo escribió, o cuándo. Aunque por fortuna, eso no nos impide descifrar algunas claves acerca de qué quería decirnos el autor. Con muy mala leche, como veremos.

El Apocalipsis se inscribe dentro de una tradición llamada la Literatura Apocalíptica, que los judíos venían escribiendo desde el siglo III a.C., más o menos. Algunos resabios de dicha literatura han quedado en la Biblia. El Apocalipsis es el más importante, desde luego. Pero también están los capítulos proféticos y alegóricos del Libro de Daniel, escrito por una mano distinta al que, dentro del mismo libro, redactó los capítulos biográficos del personaje. El propio escritor del Apocalipsis toma algunas ideas y referencias del Libro de Daniel, sea de manera directa o sea a través de otros textos, para inspirarse. En la Literatura Apocalíptica, el Apocalipsis mismo comprendido en ella, no se supone que se entregue todas las pistas para entender la lectura. La intención de estas alegorías era justo la contraria: mandar mensajes a los lectores, pero en clave para que los no iniciados o no enterados, no entendieran un palote de nada. En una época en donde hablar o escribir con demasiada libertad en contra del poder establecido podía llevar a la ejecución en el mejor de los casos, y a la ejecución con tortura previa en el peor, la manera más segura de pasar insidias por debajo del radar, era hacerlo con los ropajes de una densa maraña de alegorías que sólo el lector avisado pudiera pescar. De hecho el Apocalipsis reitera en algunos pasajes: el que pueda entender, que entienda. La explicación tradicional de esto, es que el texto sólo hace sentido para los cristianos porque para los paganos, el Cristianismo es una locura; en realidad, parece ser más bien que el texto hace sentido a quienes conocen las claves, sean cristianos y paganos, pero que están bien informados de las alusiones políticas y sociales de fondo. Porque como veremos, el libro es bastante más político de lo que podría pensarse a primera vista.

El Apocalipsis se abre con la noticia de que el escritor recibe la visita de Cristo. Luego de los saludos y presentaciones de rigor, Cristo dicta siete cartas. Para el lector moderno que espera ver rayos y centellas tronando porque es el Apocalipsis después de todo, este inicio es difícilmente alentador. Las siete cartas son para siete iglesias en siete ciudades con comunidades cristianas importantes en Asia; las ciudades en cuestión tenían su importancia en la época, pero casi ninguna en la nuestra, lo que hace más desconcertante este inicio, para el lector moderno. Por lo demás, bajándole el perfil a la imaginería religiosa, estas cartas son tan mundanas como cabría esperar. En el fondo son consejos y reprimendas hechas por el escritor a los cristianos, consejos y reprimendas por conductas y actitudes perfectamente mundanas y que también podemos ver en comunidades cristianas de hoy (y de las otras también). Todo esto es algo que difícilmente encajaríamos con lo que hoy en día llamamos apocalíptico.

Mucho de estas cartas es alegórico, no literal. Un ejemplo claro es la carta a Pérgamo, la ciudad en donde se desarrolló la industria del pergamino por más señas, que el nombre ya lo está diciendo. En dicha carta se menciona el Trono de Satanás. ¿Es que acaso Satanás abandonó el infierno y vive en Pérgamo? No. Es sólo una alusión al Altar de Zeus, famoso lugar religioso pagano, llevado por arqueólogos alemanes a Berlín en el siglo XIX; de manera que si usted quiere visitar el Trono de Satán debe ir a Berlín, y no a Pedro Montt con Avenida Argentina, como algunos piensan.

El Trono de Satán Gran Altar de Zeus, en Pérgamo Berlín, Alemania. No es de extrañarse que nadie respete hoy en día al Príncipe de las Tinieblas.
Pasando estos capítulos algo ripiosos para el lector moderno, es que viene lo bueno de verdad. Porque el relato no se anda con chicas: el escritor es arrebatado al Cielo, y allí ve a la plana mayor. Es decir, Dios con el Cordero de Dios, los ángeles, arcángeles, etcétera. El escritor no quiso ser particularmente imaginativo, quizás para hacer guiños a los lectores que saben, y se fusiló toda la descripción de textos más antiguos, en concreto del profeta Ezequiel, con pintas de Daniel e Isaías. Es decir, lo mismo que hacen los guionistas de Hollywood actuales, que camuflan la falta de imaginación y riesgo con el recurso al guiño y el gag mitológico. Ni en la falta de originalidad son originales, las gentes de Hollywood.

Y entonces viene la apertura de los Siete Sellos. De los protagonistas de los cuatro primeros sellos, ustedes han oído hablar. Son los famosos cuatro caballos del Apocalipsis. El caballo blanco es el poder, eventualmente el poder de Cristo. El caballo rojo es la guerra y el derramamiento de sangre, que sigue al poder de Cristo; hagan ustedes lo que quieran con este dato. El caballo negro es el hambre, que siempre sigue a las guerras por el tema del pillaje y el incendio de los cultivos. Y el caballo verde pálido es la pestilencia y la muerte, que siempre sigue a las guerras y al hambre. O sea, con esta secuencia (el poder de Cristo, la guerra, el hambre, la peste y la muerte), lo mismo podrían los cuatro jinetes estarse refiriendo a la conquista de América por los españoles. A veces, el poder profético no es lo que dicen que es.

Pero que la interpretación de los cuatro jinetes sea en realidad un tanto pedestre cuando uno le da la vuelta, no significa que los oxiuros de los amantes del tremendismo profético van a quedarse tranquilos. Para ellos, los cuatro jinetes significan que el fin del mundo verá desastres como nunca antes. En realidad, el guiño es más simple e inteligente: el escritor está haciendo una velada amenaza en contra de la Pax Romana. Desde el fin de la guerra del Imperio Romano contra Cleopatra el año 31 a.C., los romanos habían pacificado el Mar Mediterráneo hasta el punto de haberlo llamado el Mare Nostrum, el Mar Nuestro, y los escasos conflictos locales sobrevivientes eran apenas eso: conflictos locales. Desde la actualidad es difícil verlo, pero puestos a escarbar entre los textos contemporáneos de la época, había un cierto sentimiento de que la Pax Romana era buena porque había acabado con las guerras. Frente a esto, lo que el escritor bíblico quiere decir en realidad con los cuatro jinetes, es: Cristo hará que la bienamada Pax Romana llegue pronto a término. Es algo sutil, pero el escritor apocalíptico se pondrá más pesado, más adelante.

Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, por Alberto Durero (1.498). Mucho mejor dibujados que en los cómics de la Marvel.
En los sellos siguientes vemos mártires (incluyendo a los famosos 144.000), más el inicio del elenco habitual de catástrofes: terremotos, etcétera. En realidad no hay nada demasiado fuera de guión aquí, si consideramos que es el Apocalipsis de lo que hablamos. Y luego viene la apertura del Séptimo Sello. Si ustedes se están esperando algo en plan Ingmar Bergman, o película de terror apocalíptico, el incidente éste puede resultar un tanto decepcionante: un ángel esparce sobre la Tierra el humo del incienso quemado en honor de Dios, y dicho humo genera, lo adivinaron, más terremotos, truenos, granizos, etcétera. Cataclísmico, sin duda, pero no es que el lector moderno se sienta demasiado sorprendido.

Luego vienen las siete trompetas. Se puede entender que las siete trompetas están dentro del séptimo sello, o bien son una colección aparte de desastres. El escritor bíblico sigue mostrando sus cartas con otro mensaje críptico. Los desastres de las trompetas están más o menos calcados de las plagas de Egipto, aunque con ciertas libertades. Considerando que el blanco de ataques es la Pax Romana, esto es una manera sutil de decirle a los lectores que el Emperador romano es tan malvado como el Faraón que no quería dejar marchar a los esclavos.

Pero una de las catástrofes merece especial mención: la plaga de langostas. Cae una estrella a la Tierra, abre un agujero que llega presumiblemente hasta el infierno, y de él emergen langostas cuya descripción es lisa y llanamente alucinógena: cabezas con coronas de oro, rostros humanos, pelo de mujer, dientes de león (dientes de dentadura, no la planta llamada diente de león, por supuesto), placas de metal en el pecho, y un ruido como de carros de combate. ¿Es que el escritor apocalíptico se fumó algo? No. Lo que está haciendo es describir, en forma de clave, la apariencia de un jinete de combate parto. Los partos formaron un reino, el Reino Parto o Imperio Parto, en lo que actualmente es Irán; los partos fueron un enemigo al que los romanos nunca pudieron domeñar. A la larga, los partos no resultaron una amenaza tan formidable, aunque estaba viva en la memoria que un rey oriental, Mitrídates VI el Grande (que no era parto sino grecosirio, y era rey de un reino turco llamado el Ponto, más o menos lo que hoy es Armenia), el año 88 a.C. había conseguido saltar a Europa e incluso llegó a conquistar Atenas, un par de años después.

Las langostas del Apocalipsis: ¿el escritor apocalíptico predijo la moderna ingeniería genética...? (Fuente).
Lo anterior puede parecer poco impresionante para el lector moderno, pero para la gente de la época, que los partos atacaran Siria, cruzaran el Mediterráneo y llegaran hasta Europa, parecía en la época una amenaza muy real, aunque al final nunca se concretó. Piensegn en la Guerra Fría, de cómo los rusos al final jamás invadieron a Occidente, pero eso no impidió que Estados Unidos y la OTAN vivieran en perpetua paranoia de una invasión a gran escala, incluyendo películas como Octopussy en donde el plan del villano ruso de turno era justo conquistar Europa para ponerla íntegra bajo el poder de los soviets. Por su parte, asociar a las langostas con demonios es otra clave para los que saben: la imaginería mesopotámica y oriental estaba llena de referencias a seres mitológicos alados, muchos de ellos demonios, tal y como es visible en los bajorrelieves conservados hasta la actualidad. Por si la referencia no quedara clara, la siguiente trompeta tiene por efecto secar el Eufrates, el río de Mesopotamia que era justo la frontera entre el Imperio Romano y el Reino Parto, lo que si hubiera llegado a ser el caso, hubiera posibilitado una invasión armada oriental a gran escala contra la Pax Romana.

Después de unos cuantos versículos con simbología varia, vienen lo que ustedes estaban esperando: la bestiología en masa. Se abre con una mujer y su hijo, perseguidos por un dragón. En realidad, la clave para entender este pasaje se nos ha perdido, pero hay algunas posibilidades interesantes. La referencia es quizás a la mitología griega, al mito del dios solar Apolo siendo perseguido en la cuna por la serpiente Pitón, aunque adaptado al espíritu cristiano. Porque todos sabemos quién es la Madre y quien es el Hijo aquí. El dragón por su parte puede ser visto como una representación de Leviatán, la bestia del caos en la Biblia. O más directamente, porque el libro más insinúa que afirma, puede tratarse del mismísimo Satán. Resulta interesante observar que si ése es el caso, entonces de aquí arranca la idea de que la Serpiente del Génesis que tienta a Eva con la manzana es Satán; porque si usted lee el Génesis en sí, por ninguna parte se va a encontrar que la mentada Serpiente sea en realidad Satán. Como sea, el caso es que después de este pequeño episodio de relleno viene... la Bestia. Porque habiendo fallado en atacar a la Mujer y al Niño, el Dragón resuelve cederle todo su poder y autoridad a la Bestia que sale del mar. ¿Y quién es esta Bestia...?

Ustedes deberán leer la segunda parte de este posteo para enterarse, aquí en la Guillermocracia. Antes de que llegue el fin del mundo. O esa esperanza tenemos, por lo menos.

El tiempo está cerca...

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Muy interesante el tema, esperando la segunda parte jeje.

Guillermo Ríos dijo...

Espero que la segunda parte haya estado a la altura del interés. ¿No decía yo que la primera dupleta de posteos del mes venía contundente...?

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