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domingo, 19 de abril de 2015

Así se hundió el Imperio Otomano (2 de 2).

El Sultán Mehmed IV.
Como veíamos en la primera mitad de este posteo aquí en la Guillermocracia, y a pesar de la recuperación a manos del buen gobierno de los visires de la Casa de Köprülü, lo cierto es que habían causas sistémicas que estaban arrastrando al Imperio Otomano hacia la ruina. Aunque en realidad, buena parte del problema era que el Imperio Otomano empezaba a vivir cada vez más aislado del resto del mundo. En 1.683 intentaron un asalto a gran escala contra Viena, y una coalición europea consiguió evitar el Anchluss a costa de grandes penurias, y sólo mediante la intervención a última hora de... el rey de Polonia. Porque hubo una época en donde Polonia era superpotencia, créanlo o no. Como sea, una coalición de potencias europeas había conseguido detener al Imperio Otomano, y no pocos reyes y políticos tomaron nota acerca de cómo esto cambiaba el equilibrio de poderes en Europa. Pero entre éstos no se encontraban los otomanos. Ellos seguían viéndose a sí mismos como el más grande y poderoso imperio de todos. Lo de Viena, se decían, era apenas otra campaña fracasada. No sabían que, en realidad, se estaba produciendo un violento cambio en la marea.

El problema era que, en el intertanto, desde el siglo XVI, las naciones europeas se estaban desarrollando. El Renacimiento y la Reforma les permitió librarse de los rasgos más asfixiantes de la influencia eclesiástica, lo que impulsó la ciencia, y también el comercio. La conquista de América abrió para Europa los arcones de los tesoros reales en Tenochtitlán y Cuzco, dineros que si bien pasaron por España con la velocidad de una enterocolitis, al llegar a Inglaterra y los Países Bajos ayudaron a impulsar y financiar el moderno capitalismo comercial, industrial e imperial. El resultado es que, durante el siglo XVII, Europa vivió una verdadera revolución que los puso a la cabeza de la carrera tecnológica en el mundo.

No es que los otomanos no se dieran cuenta en lo absoluto. Aunque engreídos, después de 1.683, en el entendido de que ya no podían prescindir de negociar con los extranjeros, debieron empezar a revisar su política diplomática. Esto significó que, por primera vez de manera regular, embajadores otomanos empezaron a viajar hacia las capitales europeas de la época. Estas expediciones despertaron la curiosidad de los europeos, que venían a los otomanos como el colmo del exotismo, e inflamaron su imaginación, iniciando el moderno gusto por el exotismo oriental, el mundo de las odaliscas y las Mil y una noches. Sin embargo, los embajadores otomanos tomaron buena nota de lo que veían en las ciudades europeas, y se dieron cuenta de que el mundo occidental se estaba transformando en una amenaza seria. No es que el mundo otomano hubiera entrado en decadencia per se; era que seguía con el mismo soñoliento ritmo medieval de toda la vida, mientras que Europa estaba acelerando el paso. Los embajadores otomanos informaron a los sultanes de lo que se venía encima; algunos sultanes hicieron caso, y otros, o fueron incapaces de imponer reformas, o no se tomaron la molestia de empezar con ellas en primer lugar.

Audiencia concedida por el rey Luis XV de Francia a un embajador otomano en 1.721.

Ayudaba por supuesto que los occidentales estaban neutralizando todas las ventajas militares otomanas. En el siglo XVI se estaban abandonando en definitiva las naves impulsadas a remos, los famosos galeotes a los que todavía se alude en El Quijote de Cervantes, y los otomanos llegaron tarde a la innovación. En el siglo XVIII, de hecho, reconociendo su retraso, los otomanos empezaron a traer técnicos italianos para administrar y dirigir su Marina, hasta el punto que en esa época, el italiano se volvió el idioma oficial de la Armada otomana. Los ejércitos europeos, por su parte, dejaron de lado a los ineficientes caballeros medievales, y a los nunca demasiado confiables mercenarios a sueldo, y empezaron a entrenar infanterías nacionales siguiendo, adivinen, el modelo de disciplina impuesto por los jenízaros. De esta manera, mientras los jenízaros empezaban a decaer en medio de la corrupción, los infantes de otros países se volvían tan mortíferos como éstos. Una parte importante del poderío jenízaro era su impecable uso coordinado de las armas de fuego, pero en los campos de batalla de la Europa del siglo XVII, el uso de mosqueteros con sus mosquetes con idénticas tácticas y entrenamiento, se volvió algo común. De esta manera, la ventaja comparativa de los jenízaros desapareció.

Por supuesto, el problema era que cualquier reforma dentro del Imperio Otomano iba a chocar con intereses creados. Por un lado, se habían formado familias muy vinculadas a la administración y al ejército, tanto participando en su interior como proporcionándoles suministros, y por lo tanto, una reforma que impulsara la meritocracia bien podía barrerlas del mapa. Y esos intereses creados iban a generar cuantas intrigas palaciegas fuera posible, para mantener sus cuotas de poder. De esta manera, los sultanes otomanos y sus visires se veían inoperantes para introducir las reformas cada vez más necesarias para que el Imperio pudiera competir de igual a igual contra las naciones occidentales. Irónicamente el absolutismo otomano, cuyo fortalecimiento desde los inicios del imperio había sido la clave para mantener a raya a la ineficiencia y la corrupción, funcionaba ahora en sentido contrario. Un ejemplo claro fue que el visir Huseyín Pachá, el último de los grandes de la Casa de Köprülü, introdujo numerosas reformas económicas que fortalecieron al Imperio... sólo para originar una marejada de intrigas que terminaron por alejar a Huseyín Pachá del palacio, gravemente enfermo, y poco después, obligaron a su benefactor el sultán Mustafá II a renunciar, en 1.703. Llegó así a su fin la época de esplendor bajo la supervisión de la Casa de Köprülü, y la decadencia otomana se aceleró.

Esto no quiere decir que los sultanes sucesivos fueran un montón de inoperantes. Algunos sí que lo fueron, en efecto, pero otros hicieron lo posible por introducir las necesarias reformas para mantener al Imperio andando. En este contexto destacó Mustafá III, quien gobernó entre 1.757 y 1.773, y que hizo todo lo posible por racionalizar al máximo la administración, y tuvo un éxito relativo gracias a que lo dejaron hacer porque, dicho con todas sus letras, no llegó tan lejos como debería haber llegado. En 1.789, el mismo año de la Revolución Francesa, asumió el poder en el Imperio Otomano el reformista sultán Selim III. Una de sus principales empresas fue crear desde la nada un nuevo ejército de modelo europeo y con instructores también europeos. Los jenízaros reaccionaron de la manera esperable por parte de una meznada de fulanos corruptos: derrocaron a Selim III, instalaron a su primo Mustafá IV en el sultanato, y tiempo después, cuando hubo un intento de rescatar a Selim III de las manos de los jenízaros, éste fue apuñalado en el serrallo. Corría el año 1.808.

Mujeres otomanas horneando pan. Pintura de 1.790 por François-Marie Rosset.

Por su parte, ya en el siglo XVIII había comenzado la disolución territorial del Imperio Otomano. Argel y Túnez, de hecho, se mandaban de manera independiente, por más que reconocieran la autoridad nominal de Estambul. Para detener esta desintegración, y poder pararse de tú a tú con las potencias europeas, los sultanes otomanos habían desempolvado el viejo título musulmán de Califa, que nadie había usado desde hacía un cuarto de milenio, pretendiendo así reforzar la unidad musulmana tras de sí; el resultado fue que en Arabia surgió un nuevo movimiento religioso de carácter fundamentalista, el Wahabismo, que desconoció al Imperio Otomano sobre la base de que ya no representaban al verdadero Islam, y que de hecho logró birlarle al Imperio Otomano sus dominios árabes. Después, en Europa se vivió una sorpresa de proporciones cuando Rusia invadió los Balcanes, y consiguió varias anexiones territoriales a costa de los otomanos en la Paz de Carlowitz de 1.777; bruscamente, los otomanos ya no aparecían como la potencia invencible que aparentaban ser apenas un par de años antes. Pero el verdadero golpe a la cátedra lo representó la invasión militar de Napoleón Bonaparte contra Egipto en 1.798. Dicha invasión pilló a los otomanos de improviso. En la época ya Egipto mantenía una actitud distante con Estambul; los otomanos lograron restablecer su dominio en la región después de que Napoleón desapareció de escena, pero ya el daño estaba hecho.

Los otomanos habían respondido a todo esto, a través de una política diplomática que a la larga resultaría ruinosa. En el siglo XVI, como respuesta en contra del enemigo común español, los otomanos habían trabado amistad con Francia. Esta relación se había incrementado con el tiempo, hasta el punto que los franceses obtuvieron suculentos privilegios comerciales, so pretexto de apoyar a los cristianos del Imperio Otomano; recordemos que los cristianos católicos formaban dentro del Imperio su propio millet, y se entenderá mejor la situación. Los otomanos concedieron estos privilegios con bastante displiscencia y despreocupación, en la creencia de que todavía seguían siendo invencibles, pero al decaer, los europeos empezaron a hacer cada vez mayores demandas, apoyados en interpretaciones bastante libérrimas de los privilegios concedidos. El aforismo de que hecha la ley, hecha la trampa, también vale en las relaciones internacionales, en particular cuando uno de ellos es bastante poderoso para hacer trampa en primer lugar.

A inicios del siglo XIX, el Imperio Otomano estaba reducido bruscamente a una potencia de segundo orden. Su suerte quedó sellada cuando en 1.821, los griegos se alzaron en armas. No vivían especialmente tiranizados, o no más que otros pueblos bajo dominio otomano a lo menos, pero aspiraban a crearse una nación de corte occidental con instituciones también de corte occidental, abriéndose camino hacia un desarrollo occidental, en vez de quedarse en un Imperio Otomano mentalmente estancado en la época de la conquista musulmana de Constantinopla. La independencia griega, proclamada finalmente en 1.833, fue el preludio de una serie de otros movimientos independentistas en los Balcanes, que se prolongaron a lo largo de todo el siglo XIX. El Imperio Otomano dejó de ser un imperio europeo, y pasó a ser considerada como una potencia asiática, lo que en el lenguaje diplomático e intelectual de la época, implicaba que estaban al nivel de esos pobres salvajes a los cuales la pesada carga del hombre blanco importaba llevar hasta la civilización. De hecho, el Imperio Otomano fue motejado sin complejos como el hombre enfermo de Europa.

Luchadores embadurnados peleando en el Palacio de Topkapi. Ilustración del siglo XIX.

Pero el hombre enfermo de Europa se vio salvado por la propia ambición de las potencias europeas. Nadie quería realmente que otra potencia europea se hiciera de Estambul, de manera que cuando alguna hacía amago de ir a apoderarse del Imperio, por diplomacia o por armas, ahí estaban las otras para cerrarle el paso. La sangre incluso llegó al río cuando estalló la Guerra de Crimea en 1.853, a través de la cual una alianza anglofranca libró para pararle los pies a Rusia, que amenazaba con avanzar militarmente hasta Estambul y ganarse una muy estratégica salida hacia el Mar Mediterráneo.

Por su parte, dentro del propio Imperio Otomano habían gentes que se daban cuenta de la necesidad de introducir reformas. Los jenízaros, otrora el espinazo del ejército otomano, devenido ahora en una casta de parásitos, terminaron encontrando su destino en 1.834, cuando el sultán ordenó su exterminio completo y sistemático. En su reemplazo, comenzó una profunda labor de occidentalización de las fuerzas armadas. La meta era que las fuerzas armadas otomanas pudieran luchar en pie de igualdad y con técnicas y adiestramiento occidental en contra de otras fuerzas armadas occidentales.

Sin embargo, esto trajo un efecto colateral. Las nuevas fuerzas armadas otomanas, al recibir una educación occidental, empezaron a impregnarse también de conceptos occidentales, incluyendo cosas tales como democracia y constitucionalismo. Lentamente, las tropas otomanas de corte occidental empezaron a volverse críticos del sistema económico y político en el cual vivían. Al sultán y los suyos les interesaban modernizar a su ejército, por supuesto, pero que la modernización se detuviera en las puertas del cuartel: dicho ejército debía estar para la defensa del status quo, no para introducir modificaciones sediciosas. Por ende, crecieron las tensiones entre el sultán y la corte por un lado, y sus propias tropas por el otro. Sobrevino lo inevitable: llegaron las intentonas de golpe de estado. Incluso en 1.876, las tropas consiguieron lo impensable: que el Imperio Otomano tuviera una constitución escrita. Surgió así la rareza histórica que fue el primer Califato con una constitución escrita de modelo occidental. Sin embargo, ésta duró en vigor apenas unos poquitos años, antes de que por supuesto los propios sultanes, encomendándose a los manes de Fernando VII de España, la abolieran.

A inicios del siglo XX, el Imperio Otomano aún conservaba Turquía, algunas islas del Mar Egeo, y los territorios tradicionales del Medio Oriente, aunque cada vez más bombardeado por las aspiraciones nacionalistas de armenios, árabes, palestinos, etcétera. Mientras tanto, en los Balcanes, las nuevas naciones independizadas del Imperio Otomano estaban enzarzadas en guerras en las que, por supuesto, eran utilizadas como peones de la política internacional de las grandes potencias europeas. Era cuestión de tiempo antes del fin, y el fin se llamó Primera Guerra Mundial.

Pilotos otomanos en 1.912.

Nadie pedía ni quería que el Imperio Otomano entrara en la Primera Guerra Mundial, pero los otomanos, quizás espoleados por su deseo de recobrar influencia en los Balcanes, se decidieron a hacerlo. Y lo hicieron por el bando que llevaba las de perder: los imperios centrales. Decisión lógica, si se piensa que en el otro bando estaban todos los grandes enemigos de la independencia otomana: los rusos, los británicos y los franceses. El problema es que los imperios centrales perdieron. La debacle fue generalizada. Ayudados por británicos y franceses, incluyendo el famoso Lawrence de Arabia, los pueblos del Medio Oriente se rebelaron y consiguieron expulsar el dominio otomano; británicos y franceses, eso sí, traicionaron a buena parte de esas etnias a las que tantas promesas habían hecho, y cuando se produjo el reparto del Medio Oriente, ellos se quedaron bajo la ficción jurídica y la desvergüenza de proclamarse mandatarios de la Sociedad de Naciones... que ellos mismos habían creado, después de la Primera Guerra Mundial. El cabreo generalizado de los nacionalistas de la región fue épico, y ayudó a darle combustible a una hoguera de reivindicaciones que, a resultas de sucesos posteriores, todavía ni se apaga ni piensa en hacerlo.

Grecia, por su parte, declaró la guerra al Imperio Otomano en 1.919, bajo la aspiración nacionalista de reunificar todos los territorios que antaño pertenecieron a la civilización griega, incluyendo tanto la costa occidental de Turquía como Estambul. Al final, la guerra no se les dio tan bien a los griegos, pero ello no fue óbice para que se produjera una horrorosa tragedia humanitaria, por desgracia olvidada hoy en día. Herencia del régimen de millets, en tierras que los griegos habían conquistado a los otomanos, vivían combinados gentes de todas nacionalidades; apenas los griegos se enseñorearon, expulsaron a todos los turcos al otro lado de la frontera, mientras que los turcos hicieron otro tanto con los griegos que aún sobrevivían en tierras otomanas. Fue una verdadera purga religiosa y étnica que es otra muestra de lo que pueden el fanatismo, la intolerancia, y el nacionalismo chauvinista mal entendido.

Como resultado de todas estas desventuras, un general turco llamado Mustafá Kemal se proclamó Ataturk, es decir, Padre de los Turcos, y decidió romper con el pasado otomano de raíz. Bajo su dictadura, abolió el Sultanato y el Califato, y convirtió a Turquía en una república. Mandada por él a perpetuidad, pero república. Renunció también a los sueños nacionalistas de reconstruir el Imperio Otomano con nuevas conquistas, y se centró en la política interna, occidentalizando a su país. Dictó leyes obligando a la gente a llevar siempre el sombrero con alas de moda en la época, con la visible meta de impedir a los fieles musulmanes tocar el suelo con la frente a la hora de las oraciones. Y obligó a cambiar el alfabeto del turco al occidental, para así volver de un solo golpe ilegibles los libros antiguos otomanos, sin necesidad de tener que quemarlos. Los métodos de Ataturk fueron bastante cuestionables, por supuesto, pero al menos logró su meta de transformar a Turquía, del hazmerreir que había sido en la época otomana, en una digna nación moderna.

En definitiva, la crónica del hundimiento otomano es otra historia que ya hemos visto a propósito de los privilegiados de 1.789, o de los optimates en la República Romana: la de un régimen y un sistema de gobierno que acaba cometiendo suicidio gracias a las presiones de los aprovechados de siempre, que se instalan en un régimen y empiezan a profitar de él sin devolver nada a cambio, entorpeciendo e incluso eliminando a quienes intentan defender de verdad el régimen. Los privilegiados otomanos impidieron muchas reformas y se las arreglaron para que se mantuviera un sistema cada vez más atrasado respecto de los tiempos, cerrando los ojos y negándose a admitir lo que para muchos era cada vez más evidente: que el colapso y final era inminente. Lo sorprendente no es que el Imperio Otomano haya terminado por caer; lo realmente sorprendente del caso es cómo se las arregló para sobrevivir, en vez de haberse venido abajo con rapidez incluso mayor, a manos de sus victimarios europeos.

El sultán Mehmed VI abandona su palacio y marcha hacia el exilio, luego de que en Turquía se aboliera el Sultanato en 1.922.


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