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miércoles, 15 de abril de 2015

Así se hundió el Imperio Otomano (1 de 2).

Murad I, el sultán que en el siglo XIV sentó las bases de la grandeza otomana.
Cría fama y échate a morir. Quizás la primera imagen que se nos viene a la mente cuando pensamos en el Imperio Otomano, es en orondos tipos de pelo negro, piel morena y nariz ganchuda, reclinados en mullidos divanes (palabra misma que viene del persa, aunque popularizada por los otomanos), con la mirada extraviada, fumando opio y distraídos de los problemas mundanos. Difícilmente la clase de personaje que inspire respeto o miedo. Por supuesto, esto es una visión interesada. Y arranca más o menos desde el siglo XVIII, época en la cual Europa le perdió el respeto al Imperio Otomano, y empezó la correspondiente satanización del mismo, para mayor gloria de los europeos que sí son civilizados, etcétera. No ayuda que vinculemos a los otomanos con la actual Turquía, y que el grueso de la gente eche a Turquía en el mismo saco que otros países musulmanes estancados en la Edad Media, cuando en realidad Turquía es una nación más o menos progresista dentro del contexto de Medio Oriente, bastante liberal considerando el poder del Islam, que logró su admisión en la OTAN, y que ha estado negociando por años su admisión a la Unión Europea, algo impensable para un país musulmán promedio. Y volviendo al Imperio Otomano: lo cierto es que aunque había pasado el cénit de su gloria, en el siglo XVIII era todavía una potencia respetable, y sus dominios abarcaban los Balcanes, el Africa del Norte, y la mayor parte de lo que hoy en día llamamos Medio Oriente.

Abundemos en algunos hechos para ver esto más de cerca. El Imperio Otomano se aseguró el dominio de los Balcanes y pasó a ser un actor internacional de primera línea después de la Batalla de Kosovo, en 1.389, y mantuvo su estatus por lo menos hasta el estallido de la guerra de independencia griega, en 1.821; el período de tiempo intermedio es de más de cuatro centurias, lo que lo convierte en rival del Imperio Romano en cuanto a longevidad. Instaló su capital en Constantinopla, luego de conquistarla en 1.453, rebautizándola como Estambul, reemplazando así al Imperio Bizantino. Empero, el Imperio Otomano abarcó dominios incluso más lejanos que los bizantinos, ya que si bien los bizantinos dominaron brevemente Italia y el sur de España, los otomanos mantuvieron el norte de Africa durante siglos, y se apoderaron de Mesopotamia y la costa arábiga occidental, que las tropas bizantinas nunca pisaron. Y en su época de esplendor, su ejército conformado por temibles jinetes, los sipahis, y por mortíferos soldados, los jenízaros, eran el terror de Europa. Incluso el cacareado Combate Naval de Lepanto, librado en 1.571, celebrado como un gran triunfo por España y las naciones católicas, en realidad para el Imperio Otomano no fue más que un traspiés, de cierta seriedad, pero que no resultó de ninguna manera un golpe decisivo. En definitiva, el Imperio Otomano fue una de las más grandes superpotencias de la Tierra, y se merece todos los respetos por eso. Y ésta es la razón por la cual es tan interesante la historia de su decadencia, historia ésta que debería ser más conocida, porque como de costumbre, hay bastantes lecciones en la misma para nuestro propio tiempo.

Para entender cómo es que se estructuró el Imperio Otomano, repasemos sus orígenes. En el paso de los siglos X, XI y XII, una serie de tribus turcas se infiltraron en el Medio Oriente, procedentes desde el Asia Central, después de haberle dado su nombre al actual Turkestán. Una de estas tribus turcas seguía a un tal Otmán, caudillo que le dio nombre a los otomanos; a caballo entre los siglos XIII y XIV se instalaron en la actual Turquía, y a la larga terminaron dándole nombre. Los otomanos eran apenas otro de los varios principados instalados en la región, y entraron en una guerra darwiniana por la supervivencia, que terminaron ganando a costa de la extinción de los demás, como suele suceder en estos casos. En el transcurso del mismo siglo XIV, fueron conquistando los principados europeos en los Balcanes, uno a uno, hasta rematar en la mencionada Batalla de Kosovo de 1.389. A inicios del siglo XV sufrieron un enorme revés, seguido de una guerra civil cuando el sultán Bayaceto el Rayo fue capturado y después ejecutado por el caudillo mongol Tamerlán, pero luego recobraron la iniciativa. En 1.453 se apoderaron de Constantinopla, como dijimos más arriba. Incluso, algunas décadas después, enviaron una expedición militar a invadir Italia, para temor del Papa y de la Cristiandad en general, aunque no lograron construir una cabeza de playa en el puerto de Otranto, como pretendían. Pero si podían al menos lograr esto, ya se imaginarán el terror que sentía el mundo cristiano ante lo que consideraban el terror turco.

La simpleza de la sociedad turca, que venían de ser nómades de las estepas después de todo, los llevó a concebir el estado otomano simplemente como una proyección de los bienes del sultán. Es decir, los otomanos no tenían una noción de Derecho Público: el Imperio Otomano y las vidas de los súbditos eran propiedad privada del sultán, y eso era todo. A su vez, el Imperio Otomano tenía en sus inicios una legislación bastante simple, y a medida que se fue extendiendo sobre poblaciones variopintas, tendió a respetar sus principios y concederles cierta autonomía, en vez de convertirlos en nacionales otomanos a la fuerza. Esta relativa pereza en diseñarse una administración en forma, tal y como hoy en día la entendemos, tuvo como inesperado resultado la creación de dos instituciones claves en el éxito fulminante y duradero de la sociedad otomana: el devsirme, y el régimen de millets.

Mehmed II entra en Constantinopla después de conquistarla en 1.453. Pintura de Fausto Zonaro.

El control del Imperio estaba en manos de la administración doméstica del sultán. Por supuesto, como puede deducirse de lo que explicamos, no había una verdadera separación entre los asuntos domésticos y personales del sultán por una parte, y los imperiales por la otra. Es decir, un esclavo que ingresara al Palacio Topkapi, la residencia y sede de gobierno del sultán, podía comenzar como pinche de cocina del palacio, seguir paso a paso su carrera hasta llegar a visir y por ende segundo mando del imperio bajo el mismísimo sultán, y finalmente, si fallaba en algo, podía acabar siendo torturado o perdiendo la cabeza como un perro, como el esclavo que en realidad nunca había dejado de ser.

Y aquí viene la clave del asunto. Para reclutar a los miembros de la administración dentro de Topkapi, los agentes del sultán recurrían a una práctica llamada el devsirme. Esta se trataba de que agentes del sultán viajaban de preferencia por los Balcanes, adquiriendo niños en nombre del sultán, frecuentemente mediante secuestro. Luego, se los llevaban a Estambul, en donde ingresaban al servicio de éste. Es decir, no había un régimen hereditario, y por ende, no existía nepotismo, en los primeros tiempos del régimen a lo menos. Por supuesto, detalle lúbrico aquí, una parte esencial de la Casa de Esclavos era el Serrallo, el harén del sultán, cuyas odaliscas también eran esclavas, y se reclutaban por idénticos procedimientos. El procedimiento fue sistematizado por el sultán Murad I en el siglo XIV, con toda la intención de doblegar a la nobleza turca, sacando de sus manos la administración del Imperio y poniéndola en manos de esclavos fieles y leales; el resultado fue justamente que los nobles turcos terminaron por perder poder dentro del sistema administrativo otomano, y dejaron de ser una amenaza para el sultán durante algunos siglos.

Uno puede preguntarse cómo es que la población civil no llegó a rebelarse contra este régimen, y consentía estas prácticas de reclutamiento de buen grado. La verdad es que la población local tenía reacciones antagónicas frente a estas prácticas. Algunos padres las resistían, porque después de todo, cariño paternal aparte, lo cierto es que en una época anterior a la existencia de la actual Seguridad Social, cada hijo era una inversión para la vejez, y por ende secuestrar un hijo era tan grave desde un punto de vista económico, como lo sería hoy en día expropiar un bien y no pagar indemnización. Pero por otra parte, siendo muchos de ellos gente pobre y miserable, y entre la alternativa de dejar a sus hijos partir y que tuvieran posibilidad de hacer carrera, o por el contrario, retenerlos para que fueran tan pobres y miserables como ellos, numerosos progenitores preferían la primera opción. Se dice que cuando fue abolido el Califato Otomano en 1.923 y se abrió el serrallo para que las odaliscas regresaran a sus hogares con sus familias, muy pocas se querían ir: en el serrallo habían tenido una vida de lujos y esplendor, y la libertad para ellas, faltas de toda otra preparación que no fuera en complacer al sultán, significaba la condena a una vida de pobreza y estrecheces.

Un régimen similar se aplicaba dentro del ejército. En los inicios del Imperio Otomano, su fuerza radicaba en la caballería, los sipahis, como era obvio tratándose de un pueblo nomádico. Para favorecer a los sipahis, el sultán les permitía ciertos derechos sobre la tierra y la servidumbre asociada a la misma, algo insólito en el sistema social otomano, aunque tales derechos no eran hereditarios, lo que impedía que los sipahis acumularan poder a lo largo de las generaciones. Inicialmente con los sipahis bastó, pero andando el tiempo, ya vueltos un pueblo sedentario, los otomanos se vieron en la necesidad de construir una infantería eficiente. Su respuesta fueron los jenízaros, una de las tropas más entrenadas y disciplinadas de su época. Para su ejército, los otomanos aplicaron la misma receta que para su administración: reclutar siempre cuadros nuevos y premiar la eficacia por encima del derecho hereditario. Los hijos de jenízaros tenían de hecho prohibido hacerse jenízaros ellos mismos, inicialmente a lo menos. Piensen un poquito en qué ocurriría si se hiciera algo similar en las fuerzas armadas del mundo occidental. Los sultanes tuvieron la habilidad de conceder tales o cuales privilegios a los sipahis y a los jenízaros por separado, de manera que pudieron sembrar rivalidades y odiosidades entre ellos; de esta manera, se las arreglaron para que no complotaran en conjunto contra la Casa de Otmán.

Mehmed II conquista Constantinopla. Pintura de 1.903 por Fausto Zonaro.

Más allá de los sultanes, la familia imperial, la administración en manos de esclavos y el ejército, estaba el resto de la población. Estos eran llamados la raya (raiyeh), literalmente el rebaño. Esta es la clave del éxito otomano: en las estepas habían subsistido criando ganado y librando guerras de saqueo, y al llegar a sus dominios definitivos, trataron a los hombres como ganado. Como decíamos, los otomanos no se dieron el trabajo de codificar una ley única para todo su imperio. De esta manera, a diferencia de nuestras modernas naciones, el más importante factor administrativo no era el territorio sino la población. Hoy en día, si usted vive en un país europeo o americano, usted está sometido a las autoridades regionales respectivas, pero en el Imperio Otomano, usted hubiera estado más bien sometido al jefe de su propio grupo de población. No es que tales instituciones no existieran en el Imperio Otomano, pero la principal sujección era al responsable por un grupo entero de población, un millet, y no al responsable por un territorio en particular.

El millet era en esencia el conjunto de personas vinculadas por una misma religión. Ahora bien, en el Imperio Otomano, la población solía adoptar tal o cual religión como señal de pertenencia a una etnia ancestral, a manera de identidad cultural, de manera que en la mayor parte de los casos, estar adscrito a un millet era un asunto étnico, además de religioso. Así, los griegos tendían a ser cristianos ortodoxos, los armenios tendían a profesar su propia variante de Cristianismo, la Iglesia Armenia que todavía existe, los sefarditas expulsados de España eran judíos, los turcos se habían convertido al Islam, etcétera. Podían vivir en cualquier parte del imperio, pero su identidad como parte de un millet los perseguía como una sombra. En los hechos, cada millet tenía su propio tribunal; en caso de conflicto entre dos personas de distintos millets, se aplicaba la ley y los tribunales de la parte afectada o agraviada, aunque si cualquiera de las dos partes era un musulmán, el asunto iba a dar a los tribunales musulmanes y se aplicaba lisa y llanamente la Shariah, la ley islámica. El concepto de millet, que en el mundo moderno sería anatema porque debilitaría el nacionalismo, fue para los otomanos una fuente de enorme fortaleza social. La inteligencia y tolerancia de los líderes otomanos llevó a que bajo su dominio, las rebeliones y revueltas sociales fueran más bien escasas, algo que contradice la imagen de los sultanes fumando hachís y despreocupados de sus súbditos; hubo de tales sultanes, claro, pero por detrás estaban los esclavos de la administración, vigilando que nada se saliera de madre.

Todo lo anterior explica que el Imperio Otomano fuera una máquina muy bien engrasada, quizás no a los niveles administrativos actuales, pero desde luego bastante por adelante que las monarquías europeas contemporáneas, plagadas de ineficiencias, privilegios abusivos y regímenes jurídicos que eran un caos. Lo que hace buena la pregunta de por qué el Imperio Otomano acabó decayendo y derrumbándose, si era tan magnífico. La respuesta no es precisamente simple, pero vale la pena hacer un esbozo. Mas, si tuviéramos que dar una respuesta breve, sería la siguiente: una combinación de crecimiento de la eficiencia de sus rivales europeos en el frente exterior, y de creación e instalación de privilegios varios dentro del sistema institucional otomano.

Mehterhane, la banda de música de los jenízaros, en una miniatura de 1.720 aproximadamente.

En el siglo XVI, el Imperio Otomano alcanzó su apogeo. Por un lado llegó hasta su máxima extensión territorial, yendo desde Argelia hasta Irak, desde los Balcanes hasta Yemen, desde Egipto hasta el Cáucaso. Esto, combinado con el monopolio de rutas comerciales, les otorgó estatus de superpotencia durante siglos. En el siglo XVI, el monopolio otomano sobre el comercio de las especias se vio quebrado por los portugueses, que dieron la vuelta al Cabo de la Buena Esperanza e instalaron factorías en el este de Asia; sin embargo, la conquista de Yemen le dio a los otomanos otro monopolio distinto, el del café, con el cual se hicieron su agosto durante varios siglos, hasta que el café acabó por ser aclimatado en el Caribe por lo menos, en el siglo XVIII, y los europeos pudieron abastecerse a precios más baratos de su dosis de cafeína.

Era revelador que el Imperio Otomano estaba en el centro del mundo, y aún más revelador que estaba encajonado en dicho lugar. En el siglo XVI lograron apoderarse de varias plazas fuertes en la costa mediterránea de Africa, y desde bastiones como Argel, piratas como el célebre Barbarroja sembraron el terror entre los cristianos; sin embargo, los otomanos no consiguieron conquistar Gibraltar ni anexarse Marruecos, entonces un reino islámico independiente, y por ende no consiguieron abrirse una cabeza de playa hacia el Atlántico, quedando fuera del entonces naciente y muy boyante comercio con América. Por su parte, en 1.517 habían conquistado Egipto, pero para cuando avanzaron Mar Rojo hacia abajo hasta Yemen, fueron repelidos por los portugueses, y excluidos así del tráfico marítimo por el Océano Indico; otro tanto ocurrió cuando conquistaron Irak a los persas, e intentaron una salida por el Golfo Pérsico. En Europa, los otomanos no pudieron cruzar los Balcanes, un sistema montañoso plagado de guerrilleros, para abrirse una cabeza de puente en Viena, ciudad a la que pusieron bajo asedio en varias ocasiones. Y en las estepas rusas, cuando pusieron su atención en Asia Central, a mediados del siglo XVI, ya los rusos habían conquistado los kanatos mongoles de Astrakán y Kazán, bloqueándoles esa ruta de expansión. Ahí existe excelente material para una ucronía o una historia alternativa: ¿qué habría pasado si los otomanos hubieran conquistado el norte de Marruecos, o hubieran expulsado a los portugueses de Madagascar, o hubieran conquistado Viena, o hubieran bloqueado ellos a los rusos conquistando Kazán y Astrakán? Eso es pura especulación: lo cierto es que no ocurrió, y esto selló el destino del Imperio Otomano, en lo que a su aspecto territorial se refiere.

Asimismo, el sistema se basaba en la pachorra del sultán para contener a sus súbditos. Pero durante la época de Solimán el Magnífico, sultán desde 1.520 a 1.566, esto empezó a cambiar. Solimán no se ganó su apodo por nada, ya que es considerado el apogeo del Imperio, y es un sultán tan importante, que incluso es personaje de la teleserie turca El sultán. Sin embargo, en la época de Solimán el Magnífico empezó a evidenciarse un grave problema: la expansión otomana de los dos siglos precedentes había llevado a una multiplicación de los frentes de batalla, y con ello, al crecimiento de los compromisos militares. Como solución desesperada, Solimán decidió fortalecer a su ejército concediéndoles mayores mercedes a sus tropas, incluyendo privilegios vitalicios primero, y hereditarios después. Entre estos privilegios no sólo estaba la tierra y su servidumbre, sino la posibilidad de cobrar impuestos privados. Como solución momentánea para favorecer el crecimiento del ejército, funcionó de maravillas, pero abrió la puerta a un precedente muy peligroso, ya que sucesivos sultanes con menos prudencia empezaron a ampliar dichos privilegios cada vez más. El resultado de esto fue un relajamiento generalizado en la administración y el ejército; además, empezaron a alienarse el afecto de sus súbditos, los mismos que en el siglo XV, a la caída de Constantinopla, habían declarado preferir "el turbante del Profeta a la tiara del Papa". Los efectos fueron acumulativos, y estallaron con toda su fuerza en el siglo XVII, cuando los soldados se transformaron prácticamente en el gobierno de facto del Imperio. La primera mitad del mismo, para el Imperio Otomano, fueron décadas perdidas, ya que los sultanes se volvieron marionetas de los jenízaros, que los mandoneaban a su antojo.

Solimán el Magnífico, retratado por Tiziano hacia 1.530.

A mediados del siglo XVII llegó al poder un sultán llamado Murad IV, o Amurates IV, según la versión. Murad intentó introducir reformas al sistema. Logró transformarse en un gobernante maquiavélico y despiadado, y durante algunos años, la decadencia otomana fue contenida. Pero Murad IV falleció en 1.640, y con su muerte, vinieron nuevos tiempos de anarquía y caos. El sucesor de Murad IV fue Ibrahim, un tipo débil y mentalmente perturbado, contra quien hubo incluso un intento de derrocar a la mismísima Casa de Otmán. Terminó siendo asesinado en 1.648. Todo parecía indicar que la situación política carecía de vuelta, y que el Imperio Otomano estaba cayéndose lentamente a pedazos.

Pero el sucesor de Ibrahim fue Mehmed IV. Aunque asumió el poder con apenas seis años, y por lo tanto se le suponía débil y manejable, creció en la sombra como un hombre ávido de sobreponerse a todos sus enemigos. Andando los años, ya en 1.657, Mehmed IV tuvo la inmensa fortuna de encontrar un aliado poderoso en el nuevo visir, Mohamed Köprülü. Este, el primero de los visires de la llamada Casa de Kröpülü, era un hombre al que no le temblaba la mano para hacer lo necesario, con tal de mantener el orden y la estabilidad del imperio. Lo que siguió fue un baño de sangre a lo largo y ancho del Imperio, en donde numerosos jenízaros y poderes locales fueron lisa y llanamente ejecutados. De esta manera se le puso coto a la corrupción, y se depuró el ejército para que volviera a ser leal a los sultanes en vez de a sí mismo.

Sin embargo, aunque el gobierno de los visires sucesivos de la Casa de Köprülü se prolongó durante medio siglo, sus reformas venían envenenadas desde la base. La Casa de Köprülü ejerció un control duro y estricto sobre la administración, pero se limitó a moverse sobre las líneas del modelo político y económico ya establecido. Esto garantizaba que cuando desapareciera la mano dura desde arriba, lo que iba a ocurrir más tarde o más temprano con algún sultán o algún visir débil, entonces los problemas iban a reaparecer. En el fondo, el sistema otomano ya estaba condenado a desaparecer. Lo que justamente será la triste y morbosa historia que nos ocupará en la segunda parte de este posteo, próximamente aquí en la Guillermocracia.

Batalla de las flotas combinadas veneciana y holandesa contra los turcos en la Bahía de Foya en 1.649. Pintura de 1.656 por Abraham Beerstraaten.

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