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miércoles, 8 de abril de 2015

Apogeo y decadencia de tu serie de televisión favorita (1 de 2).


Todas las cosas sobre la Tierra nacen, crecen y mueren. Oswald Spengler nos enseñó que ése es el destino natural de las civilizaciones, aunque lo de crecer para morir acabó siendo más bien el destino de la teoría spengleriana de la Historia, demasiado rígida y dogmática para su propio bien. Nacen, crecen y mueren los seres humanos, los imperios, las especies vivientes y los planetas, y así como aconteció el día en que la Guillermocracia llegó a existir, es casi seguro que ésta también algún día habrá de morir, esperemos que con dignidad. Sólo los políticos, plaga que ha venido desde el comienzo de los tiempos y sobrevivirá a las cucarachas y al Big Crunch, están exentos de esta ley natural, salvo en la Guillermocracia, país del cual yo soy el único político, y al que no le guste, que se funde su propia nación. Pero volviendo a nuestro tema: siguiendo este patrón básico de nacimiento, crecimiento, apogeo, decadencia y extinción, es inevitable que también las series televisivas atraviesen por el mismo ciclo.

Porque cualquier persona que lleve algunos años viendo televisión, sabe que las series televisivas tienen fecha de caducidad. El espectador ilusionado y aún virgen espera sentarse a que le cuenten algo con principio, intermedio y gran final, pero a poco que uno madure y descubra cómo funciona el mundo, termina reparando en que las cosas no son así. Muchas veces, más bien diera la impresión de que no existe tanto un pacto honesto entre un grupo de gentes que quieren contar una historia, y su público, sino algo un poco más sórdido y turbio, algo en la línea de... ¡querer explotar la paciencia y buena voluntad de los espectadores!

Así, pareciera ser que los creadores y productores de la serie harán todo lo posible por explotar la gallina de los huevos de oro, aprovechándose de dos cualidades inherentes al espectador: por un lado, su creencia con fe carbonera en que la serie, apenas descienda en calidad, en realidad está atravesando por un bache, y luego volverá en gloria y majestad a su esplendor original. Y en segundo término, la tendencia psicológica a persistir en algo que no entrega réditos visibles, únicamente porque se ha invertido tanto en ello que se prefiere seguir invirtiendo a riesgo de perder, sólo por ver si, por algún milagro de la vida, las cosas se revierten y es posible empezar a ganar, en abierta violación al sabio principio según el cual es mejor retirarse cuando todavía se está ganando.

Y así es como las series televisivas empiezan a decaer, en la mayor parte de los casos para no regresar nunca a sus orígenes. Hay casos de series que, más o menos a sabiendas de que comienzan a soplar fríos vientos de invierno, se van con dignidad, como Buffy la Cazavampiros o 24. Hay otras que terminan retirándose luego de que los fanáticos la han puesto a revolcar por el fango, como Los expedientes secretos X. Y finalmente están las que cuando terminen, nadie realmente las echará de menos, como sucederá en su minuto con Los Simpsons, la serie que sigue en pantalla a pesar de que nadie la está viendo, bajo el supuesto más o menos teórico de que alguien, en alguna parte, debe seguir demandando su chute semanal de familia amarilla a la vena.

Papá Spengler enseñó que Los Simpsons, igual que toda otra civilización, tienen su primavera, verano y otoño, y actualmente se encuentra en su fase de invierno y próximo a la extinción.
Pero debido a las características del sistema de producción estadounidense de series televisivas, es que uno puede predecir casi con regularidad de metrónomo, cuál será el curso de la serie. Incluso, en algunos casos, es posible adivinar el punto en que se irá barranco abajo. Y si ustedes no han descubierto el patrón todavía, entonces la Guillermocracia va al rescate, enseñándoles todo lo que tienen que saber acerca del futuro televisivo de esa serie que siguen con tanto cariño y devoción (por ahora).

Primera temporada: Es una jungla y hay que sobrevivir.

Que una serie se abra paso hacia la parrilla televisiva tiene sus complicaciones. Primero se debe vender la idea. Luego, rodar el piloto, aunque en el último tiempo se han visto casos de series que han recibido la luz verde sin piloto de por medio, y otras respecto de las cuales se han rodado pilotos bajo cláusula penal para los creadores, en caso de que dicho piloto no se ruede o la serie después no se exhiba. Pero lo normal es que la serie se estrene sólo después de pasar por todos esos coladores.

La serie entonces cae en una jungla darwiniana en donde competirá desesperadamente contra otras tantas series televisivas. Y entonces vemos un producto extraño. Es una serie que, por un lado, trata de ser novedosa, de diferenciarse del resto de la parrilla programática para que la gente la vea y no acepte sustitutos. Pero por el otro, trata de no ser tan novedosa que asuste a la gente. En el camino se mezclan ideas y conceptos de avanzada, con algunas recetas rancias. El resultado puede oscilar entre una impresión de refrito de ideas antiguas e incluso obsoletas, y una frikada de proporciones épicas; aunque lo normal es que se estacione en un punto intermedio, es decir, una fórmula ya probada pero con algunas excentricidades a cargo de los personajes, los guiones, o el formato.

Una manera segura de pasar la serie adelante, es conseguir al personaje o a la pareja protagónica clave. ¿Cuántas veces, ustedes no han escuchado a alguien afirmar que la serie es normalita, pero que el actor principal la hace de oro, hasta el punto que vale la pena verla casi únicamente por él? Peor aún, ¿cuántas veces no se han sorprendido a ustedes mismos diciendo eso? E incluso todavía peor... ¿cuántas veces no han leído eso acá mismo en la Guillermocracia? Un ejemplo a tiro, de la Guillermocracia misma, para que nadie nos acuse de fariseísmo: la primera temporada de The Blacklist, programas cuyas tres cuartas partes se llaman James Spader. Tener protagonistas carismáticos es la manera más segura de vender lo mismo de siempre, pero con un envoltorio nuevo: es lo mismo de siempre, ¡pero con un actor o un personaje como nunca te lo habías imaginado!

The Blacklist: El actor que se roba la serie es el único que está mirando hacia arriba.
Si la serie tiene éxito y nuevos espectadores se suben a bordo con posterioridad, y echan una mirada a estos primeros episodios en DVD o en retransmisiones, a dichos nuevos espectadores les será imposible el evitar una sensación de rareza. Como partieron viendo la serie a partir de los capítulos recientes y luego fueron hacia atrás, hacia el origen de todo, verán cosas que quienes siguieron la serie desde el primer día no, porque lo que para el habitual es una evolución armónica y natural, para el foráneo viene a ser un montón de rasgos folclóricos e inimaginables. Por ejemplo, sus personajes favoritos hacen cosas que no encajan con su personalidad. O los detalles descritos contradicen hechos sólidamente establecidos en temporadas posteriores, como que un personaje alérgico a tal o cual alimento, en los primeros capítulos lo consume con fruición; si piensan que me invento los ejemplos, sucedió en Los Simpsons y American Dad, dos casos a falta de uno. O las historias no terminan de estar del todo asentadas, el humor es extraño, a la acción le falta garra... Este espectador foráneo que mira los primeros episodios en retrospectiva, probablemente opine que la serie estaba bien en sus primeros capítulos, pero que ha mejorado mucho desde sus humildes orígenes. Incluso los propios espectadores fieles desde el primer día, pueden sorprenderse regresando al origen de todo y descubriendo que esos primeros memorables capítulos, no eran tan memorables a fin de cuentas, considerando lo que vino después.

Aunque no siempre, sí es posible ver en esta temporada el famoso 13 back 9, es decir, es decir, darle trece episodios a una serie con la promesa de alargarla a veintidós si es que las audiencias acompañan. Aunque esta tradición se ha desperfilado en los últimos años, gracias a las temporadas más cortas, y al hecho de que algunas series de temporada completa, han obtenido a veces una temporada de gracia de midseason. Pero sigue ahí presente.

La serie puede tener éxito o fracasar por las más variopintas razones. Puede tener un nivel aceptable de audiencia, pero los costos de producción son demasiados, y no sale rentable seguir con ella adelante. O puede ser que compita justo, fatalidad de fatalidades, contra la bomba nuclear de las series televisivas de la temporada, y no haya tenido ni la menor oportunidad de dar la pelea desde el comienzo. O puede haber sido destinada al famoso horario fatal del viernes en la noche, en donde se ubican todas las series a las cuales la cadena quieren darles el hachazo, por el expediente de que no la vea nadie, porque se supone que un viernes en la noche está todo el mundo afuera tomándose unos mojitos o teniendo sexo. O escribiendo para la Guillermocracia, como suele ser mi caso. O bien, la cadena puede haberla cambiado de franja horaria tantas veces que al final el espectador se aburre y deja de perseguirla. O la cadena no la promocionó. O simplemente, la serie es más mala que el hijo regalón de un político, manejando un 4x4. En cualquier caso, si consigue superar todos estos escollos, y después de atravesar por la jungla de cuchillas que es la pelea por encontrar su nicho propio y llega con bien al otro lado, encontrando la audiencia hardcore que le va a servir de base, entonces puede que sea renovada para su...

Segunda temporada: Ahora la guerra es real.

Esta vez, es de verdad. Ya no hay excusas para el fracaso. La serie ha coronado su primera temporada con éxito, o a lo menos, con la promesa de un futuro esplendor. Ha probado que puede ser un púgil a considerar en la guerra genocida por la audiencia, que tiene los naipes necesarios para jugársela en el asalto al todo por el todo contra la pantalla. Pero ahora debe probar que es un buen contendor, un verdadero peso pesado, que los mentados naipes sirven para algo más que estar en la mano. Por tanto, éste es el momento en donde la serie deberá demostrar que efectivamente se merece un lugar en el olimpo de las series televisivas. Durante la primera temporada, el espectador promedio acepta algunos errores si la propuesta tiene un hálito de novedad. Esta vez no. El ensayo terminó. Es triunfar o morir.

Es el momento de cortar la grasa. Relegar a los personajes que no funcionan a un papel secundario tirando a mínimo, o directamente sacándolos, a veces disimulando con un "habíamos pensado en matarlo desde el comienzo, todo es parte del plan", al mismo tiempo que se lleva adelante y al centro a aquellos que se han ganado el cariño del público, a veces de manera inesperada, lo que podríamos llamar el Síndrome Sheldon. También hay que potenciar los conflictos que se han ganado el interés de la audiencia, y resolver a toda pastilla y de cualquier manera, aquellos que no le interesan a nadie, ¿o alguien se acuerda que en los primeros capítulos de Melrose Place aparecía una parejita negra con conflictos matrimoniales que...? ¿No se acuerdan? Bien por ustedes.

En la segunda temporada de 24, los productores creyeron que la gente gritaba: "¡Queremos más Kim Bauer!".
En esta temporada, los guiones empiezan a adquirir un formato estandarizado, con pocos capítulos experimentales. Asimismo, empieza a variar la relación entre episodios autoconclusivos y finales con continuará. En la primera temporada no querían asustar a nadie obligándoles a descolgarse de la serie si se perdían un capítulo, de manera que casi todo era autoconclusivo: después de todo, y las novias celópatas deberían aprender de esto, la mejor manera de que alguien regrese, es no forzarlo a ello hasta que se encuentre fidelizado. Pero en la segunda temporada se supone que el público está enganchado, así es que es la hora de presionarlo más, de manera que empieza a crecer la continuidad, mientras que el arco argumental de fondo, insinuado en la primera temporada, empieza a desarrollarse en plenitud, incluyendo varios capítulos terminados en continuará.

El resultado final de todo lo anterior es que ahora que la serie ha arribado hasta su propia fórmula. Claro que es posible que ésta no entusiasme a nadie. Quizás no consiguieron corregir todos los errores, quizás es demasiado tarde para detener la hemorragia de público de una primera temporada algo anémica. O quizás en eliminar algunos errores, crearon otros. O quizás no corrigieron nada, pensando que sus deposiciones huelen a rosas. En estos casos hay dos opciones. Una es que reciba el hachazo, y no diré que siempre fue bonito, pero al menos siempre fue interesante conocerte, mundo cruel. La otra, es que se le conceda una tercera temporada de gracia, pero con una reducción significativa de presupuesto, y a menudo para ser movida a la temible franja de los viernes en la noche, esperándose así que la serie termine feneciendo de muerte natural.

Pero puede ocurrir lo contrario, que la serie por fin logre aquello que los estirados llaman encontrar su propio tono, y en consecuencia expanda su base natural, encontrándose o bien amplias audiencias, o bien un nicho semper fi que resiste ahora y siempre al invasor. En cuyo caso se verá renovada para una...

Tercera temporada: Rumbo a la inmortalidad.

Comienza la Edad de Oro del programa. Ahora, la gente detrás del programa está bien asentada, saben lo que están haciendo, y además el público sabe qué esperar de la serie. Si todos están de acuerdo, entonces trabajan sobre un rayado de cancha perfecto. La fórmula que se esbozó en la primera temporada y se empezó a cimentar en la segunda, encuentra su consolidación durante la tercera. Ahora es cuando el espectador sabe lo que va a encontrar de aquí hasta que la serie deje de ser redituable y sea cancelada. Algunos, decepcionados porque esperaban más, se bajarán. No importa. La serie vive sus días dulces, y dichas bajas se verán compensadas por los nuevos espectadores que llegarán atraídos por numerosos motivos: la serie tiene buena crítica, la serie está de moda, en particular entre los Cool Culturetas Corporativos, o bien es la serie con la cual los parroquianos dan la tabarra y por tanto uno tiene que tragar hasta que le guste si no quiere transformarse en un paria entre sus propios amigos... Además, con menos frecuencia, pero a veces pasa, alguno de los actores principales en el intertanto ha conseguido entrar en el ojito del público aprovechando la fama de la serie como trampolín para obtener un rol significativo y sexy en alguna película de éxito. ¿O nadie recuerda que la carrera de George Clooney despegó realmente en... E.R.?

David Duchovny en Twin Peaks: ¡Este tipo en el futuro será una superestrella!
En términos de historias, ha llegado la hora de alzar las apuestas. Si la historia va de romances, éstos se volverán más dramáticos y tortuosos. Si es de acción, los tiroteos serán más largos y las explosiones más espectaculares. Si es de género (Fantasía, Ciencia Ficción), los villanos serán más temibles y las amenazas más apocalípticas. La serie se ha vuelto más ambiciosa, y los alcances de su narrativa son más épicos, a veces tanto que los conflictos de los primeros episodios empiezan a lucir un poquito ridículos en su pequeñez.

Puede suceder también que los guionistas hayan estirado desde la primera temporada un arco argumental, y consideren que estando consolidada la serie, sea un buen momento para cerrarlo sin riesgo de que los espectadores se desinteresen y se bajen. Así, las tres primeras temporadas pueden ser vistas como una trilogía, mientras que la cuarta hará tabla rasa para bien o para mal. Algunos ejemplos de trilogías de primeras temporadas son Buffy la Cazavampiros respecto de los años de secundaria, 24 con Jack Bauer lidiando con la madurez de su hija y el derrumbe de su vida, o Homeland con el romance de la protagonista con Brody. Pero hacer esto tiene sus riesgos, ya que lo venidero puede simplemente no tener tanto interés, y por tanto la jugada puede salir muy mal. Díganselo a Ally McBeal, que remató el asunto de su casi romance con Billy en la tercera temporada, y duró hasta la quinta, pero arrastrándose de manera sangrienta y penosa. Tanto, que hoy en día nadie se acuerda de que la hija de Ally McBeal fue después la cheerleader de Héroes; sí, Hayden Panettiere fue la hija de Calista Flockhart, y hagan ustedes lo que quieran con esa información.

En retrospectiva, ésta es la época más clásica de la serie. Si ha obtenido tres temporadas completas, ha acumulado unos 66 episodios, y si empezó como midseason, unos 59, de manera que con dos temporadas más se acerca a la cifra mágica de cien capítulos, a partir de los cuales podrá ser vendida masivamente en sindicación. De manera que si la serie tiene éxito, será renovada para las... ¡Ah, hemos llegado al final de temporada! Tendrán que esperar hasta la segunda parte de este posteo para averiguar el resto. Que será el final. Lo prometemos. Porque esto lo escribo yo, Guillermo Ríos, el Padre de la Guillermocracia, y no Chris Carter.

Chris Carter, el guionista de los senderos que se bifurcan.

EXECUTIVE PRODUCER:
GUILLERMO RÍOS.

2 comentarios:

Elwin Álvarez Fuentes dijo...

Como siempre en la Guillermocracia, más que interesante texto sobre geniales ideas que solo a ti (o a unos pocos) se le podía ocurrir. Por cierto, respecto a esto de auge y caídas de las series, hay varias que creo fueron canceladas con gran injusticia: como "Dollhouse", "Tru calling", "Millenium", "Heroes", "Firefly"...¡Y tantas más! Por ende, me parece muy caprichoso esto de la TV gringa.

Guillermo Ríos dijo...

Completamente de acuerdo, el éxito de una serie de televisión depende de tantos factores, que a veces la supervivencia es de puro milagro. El caso de Baywatch, por ejemplo, una de las mayores referencias culturales de la década de 1.990, y que estuvo a punto de ser cancelada en su primera temporada por bajas audiencias. A Dollhouse le dedicamos un artículo en la Guillermocracia ya (Dollhouse: Abstracción filosófica y fetichismo). Lo de Millennium es para darle de comer aparte, con tres equipos de productores distintos, uno por temporada, con los evidentes cambios del planteamiento de fondo de la serie. Firefly no me senté a verla porque, conociendo la reputación de FOX, pensé que la iban a cancelar rápido, y... la cancelaron rápido. Lo que en inglés llaman el Firefly Effect, justamente.

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