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miércoles, 29 de abril de 2015

¿Era tan buena "Futurama" después de todo?



Ya los oigo. Es la mitad del mundo que se me viene encima. ¿Cómo es posible que me atreva a poner en tela de juicio nada menos que a Futurama, la gran serie canónica de ciencia ficción de nuestros días? Futurama es la clase de serie de TV que no admite términos medios. O te gusta por completo, o te repele. Nunca me he encontrado con alguien que me diga "¿Futurama? Ah, sí, me gusta, pero no tanto, ¿sabes?". Aunque en realidad, pensándolo mejor, sí hay alguien así. Ese alguien soy yo.

Recapitulemos un poco, por si alguien no sabe de qué estoy hablando (seguramente el mismo que dijo con voz bovina: "calentamiento global, ¿cuándo...?"). Futurama fue emitida en cinco temporadas, entre 1.999 y 2.003. En 2.007, la serie regresó con una producción directa a DVD, que como no he podido ver hasta ahora, no puedo apreciar en lo que valga o no. Ha sido repuesta varias veces, tanto en Estados Unidos como en Chile, bien sea por el cable, bien sea por la televisión abierta. La serie se trata sobre Philip J. Fry, un tarado repartidor de pizza que es accidentalmente congelado en el primer minuto del 1 de Enero del 2.000, y despierta mil años después, en 3.000. Allí encuentra una sociedad futurista, o mejor dicho retrofuturista, con un futuro hipertecnificado en que todo ha mejorado... salvo el ser humano mismo, que sigue siendo tonto, egoísta, chabacano y gobernado por instituciones corruptas y decadentes. La serie osciló siempre entre dos aguas. Por un lado estaba la crítica abierta contra las instituciones del año 2.000, que en el año 3.000 han sobrevivido de una manera u otra, o en caso de haberse extinguido, alguna otra ha tomado su lugar, para desgracia de quienes habitan el año 3.000, por supuesto. Por el otro está el repaso a numerosos tópicos propios de la cultura friki del siglo XX, en particular la ciencia ficción por su contexto, naturalmente, pero también al imaginario fantástico de los superhéroes, de la magia, etcétera.

Todo eso suena bien. ¿Por qué entonces considero que la serie es discreta? Simplemente porque se esfuerzan mucho. Para empezar, rara vez consiguen el equilibrio entre la crítica social y el frikismo puro. En lo de la crítica social, Futurama nació ya vieja porque no aportaba nada nuevo después de Los Simpsons, y para la época de su nacimiento, y ya no hablemos después, estaba ampliamente superada por South Park o Padre de Familia, por ejemplo. En lo del frikismo puro había buenos capítulos, pero a veces pecaba de demasiado revisionismo. El capítulo homenaje a Star Trek, por ejemplo, era notable, pero no era ni de lejos la primera vez que una serie hacía una sátira de los trekkies.

Por otra parte, están las bromas que son buenas, pero que de tanto repetirlas, suenan pesadas. En el primer capítulo aparece, por ejemplo, el Museo de Cabezas, y es una idea genial. Pero a medida que avanza la serie, vemos un montón de cabezas metidas en frascos, y descubrimos entonces no sólo que el chiste ya no tiene gracia, sino que además es un sucio vehículo para introducir estrellas invitadas. Porque vean: en diez siglos, las únicas cabezas que hay presentes, son de celebridades contemporáneas de Futurama (es decir, 1.999-2.003), sin ninguna cabeza de, digamos por ejemplo, algún científico del siglo XXIII o un Presidente del siglo XXVII. O las bromas respecto de Richard Nixon, que si bien el hombre no era para aplaudirlo, tampoco era para soportar tanto encono en contra suya.

En lo que respecta al elenco, cada vez que alguien me dice simpatizar con algún personaje, me pregunto qué demonios les verán. Fry, el protagonista, es estúpido de campeonato, pero aún así, con su humanidad y buen corazón salva más de alguna vez la situación, lo que lo convierte en aún más cargante, porque... ¿a quién le gusta que un imbécil venga a darle lecciones de moral y humanidad? Creo recordar sólo dos episodios en que Fry es medianamente inteligente, y en uno de ellos, su inteligencia ha recibido un upgrade por cortesía de unos gusanos intestinales que se le han metido después de comerse un pan de huevo en una gasolinera (el otro episodio, en que por fin Fry luce un poco, es cuando conquista a Leela con un gesto tan grande, que consigue casarse con ella... aunque después terminan divorciados, y no adelantaré por qué, para los que no han visto la serie). Leela pasa de él a lo largo de toda la serie, y es evidente que cuando algo quiere llegar a pasar, es más por desesperación de Leela que por verdadero interés romántico. Leela es la única con carisma a bordo del bote, aunque sea porque usa el power girl para salvar las situaciones, pero en medio de tanta incompetencia, ¿cómo puede lucir ella? Eso, y los penosos episodios en donde afloran todos sus traumas por tener que ganarle al mundo, ser autosuficiente, haber sido huérfana... Bender, por su parte, siendo él mismo un gran personaje (el adorable granuja, como se definió alguna vez), siempre termina cayendo en crisis histéricas que lo llevan a autoderrotarse una y otra vez, lo que nos hace preguntarnos por qué no debería ser un inmoral el ciento por ciento del tiempo, capaz que le fuera mejor. A su alrededor tenemos a un profesor senil que siempre se las arregla para hacer algo estúpido cuando va ganando (usualmente alguna clase de nudismo), una langosta que es el médico incompetente del grupo que también es cargante en sus intentos por hacerse el importante, aunque no tanto porque siempre recibe su merecido y termina en el basurero (figurada o literalmente), un burócrata jamaiquino que es tan poco gracioso que casi ningún episodio lo tiene a él de centro en la historia, y la practicante Amy, que es una winner por los cuatro costados (es bonita, tiene dinero y siempre liga), pero que generalmente no tiene ninguna relevancia para las historias, lo que por otra parte quizás muestra el sentido común de esta chica, de no relacionarse en exceso con la pandilla de fracasados que tiene por compañeros de trabajo.


Por todo esto, la calidad de Futurama dependía casi íntegramente de las premisas que abordara. Si éstas eran buenas, el episodio tenía posibilidad de remontar, a pesar de las payasadas de sus protagonistas. Si eran malas... Que Dios nos ampare. Y como no quiero que de lo anterior se lea que desprecio o detesto a Futurama (aunque no insistiré en sus bondades, que ya hay legiones de fanáticos haciendo eso), terminaré este pequeño artículo con los episodios que sí de verdad, creo consiguieron sacar lo mejor de la serie. Por orden de emisión (primer número es la temporada, segundo número el capítulo dentro de la temporada):
  • "La serie ha aterrizado" (1-2). Fry viaja a la Luna entusiasmado por algo que para la gente del siglo XXXI es casi cotidiano, y descubre que la han convertido en un horrible parque temático estilo Disneylandia. Recuerdo ese episodio cada vez que veo turistas comiendo en un McDonald's frente a las Pirámides de Gizah o debajo de la Gran Muralla China.
  • "Temores de un planeta robot" (1-5). Bender arriba a un planeta sólo habitado por robots humanofóbicos. Al final, descubre que la humanofobia es promocionada por los incompetentes líderes robots, como medida para ocultar su propia desastrosa administración. A qué me suena...
  • "Mis tres soles" (1-7). Fry se transforma en rey de un planeta desértico habitado por criaturas acuáticas. Dentro de las culturas alienígenas desarrolladas en la serie, es una de las más raras. La secuencia de Bender cocinando es impagable.
  • "Fry y la Fábrica de Slurm" (1-13). Fry gana un concurso para visitar la Fábrica en donde elaboran la bebida Slurm, la Coca Cola del futuro. Después de ver este episodio, no querrás volver a tomar una Coca Cola en tu vida. O quizás, tan solo una más... Y sí, es buen episodio a pesar de que Fry hace el idiota con alevosía.
  • "Brannigan vuelve a empezar" (2-2). El incompetente capitán Zap Brannigan causa un desastre mayor (revienta una estación espacial amiga), y termina cayendo tan bajo como para trabajar de chuloputo... Y aún más bajo, trabajando para Planet Express. La secuencia de la entrega de almohadas es grandiosa.
  • "¿Por qué debo ser un crustáceo enamorado?" (2-5). Vemos el planeta natal del Doctor Zoidberg. Una vez más, vemos una brillante descripción de una sociedad alienígena, con un final que encoge el alma.
  • "Mi problema con los popplers" (2-14). La tripulación de Planet Express encuentra un apetitoso snack con el cual hacerse millonarios creando una franquicia, pero... ¿qué harán cuando el snack nazca y te llame "mamá"...? El final del episodio es una basura, en eso estamos de acuerdo, pero el planteamiento es de un humor negrísimo, y llega a ser terrorífico.
  • "Tiempo a trompicones" (3-14). Jugar con las partículas elementales llamadas cronotones puede llevar a la extinción de la Tierra, pero puede representar la gran oportunidad de Fry para conquistar a Leela. Gran episodio, gran argumento, grandes chistes, y otro de esos finales para quedarse en silencio; quizás tenemos un Top 3 aquí.
  • "Bien está lo que está Roswell" (3-19). La tripulación regresa en el tiempo y queda atrapada en Roswell. Tiene gracia si ya se conocen a los personajes, pero los intentos de Fry por salvar a su abuelo y hacer que se aparee con su abuela son impagables... Así como la autopsia al doctor Zoidberg ("¿corazón? ¡Sáquelo, tengo cuatro!").
  • "Un dios entre nosotros" (3-20). Bender termina por accidente solitario en el espacio exterior, y acaba transformándose en el dios de una civilización asteroidal, antes de tener una epifanía. Gran episodio sobre Dios, las religiones, etcétera, y una lástima que al episodio siguiente, Bender haya vuelto a ser el mismo de toda la vida. Otro eventual Top 3.
  • "Menos que un héroe" (4-4). Gracias a una crema misteriosa del Doctor Zoidberg, nuevos héroes llegan para luchar por la justicia: Golpicienta (Leela), Capitán Ayer (Fry) y el Súper Rey (Bender). Siempre parodiado, pocas veces se ha revisado de manera tan brillante el mito de los superhéroes. Mi chiste favorito: el crustáceo malvado que se hace llamar "Cortaciudadanos" (por aquello de que en las historias clásicas las personas no son personas, sino ciudadanos... ya me entienden).
  • "Ladrido jurásico" (4-7). Fry descubre a su antiguo perro fosilizado, y planea devolverlo a la vida. El capítulo es bueno sin ser brillante, pero su final es seguramente el más desgarrador de la serie, demostrando de paso que Fry es el peor de los cretinos, y no se merece siquiera la poca suerte que tiene en la vida.
  • "La picadura" (4-12). Una misión de Planet Express termina desastrosamente mal. El espectador casual lo sabe, y el fanático aún más (la tripulación anterior había muerto en la misma misión). Pero quizás hay una esperanza... Estos chicos, cuando quieren abandonar el humor para hacer suspenso, son grandes. Uno de los pocos episodios mortalmente serios de la serie. Y bueno por eso.
  • "Obsolutamente fabuloso" (4-14). Una feroz crítica contra la obsolescencia planificada. Bender se vuelve un robot obsoleto, y en vez de acceder al upgrade, decide fugarse allí donde todavía pueda seguir existiendo. Claro, Bender es un robot, pero después de ver el episodio uno puede preguntarse, ¿y los seres humanos...? ¿Cómo se aplica esto a los seres humanos...?
  • "La paracaja de Farnsworth" (4-15). El profesor Farnsworth lleva a cabo un experimento mortal, que permite interconectar múltiples universos paralelos. Un argumento tópico de ciencia ficción, pero muy bien desarrollado. Después de este capítulo, no sé como los fanáticos se han tragado nueve temporadas de Stargate SG-1, que no era tan brillante como esto.
Y para que no digan qué estaba criticando, si encuentro tan buenos esos episodios... Pues bien, los episodios con la familia de Amy en Marte son una mugre, los dos episodios de citas de Bender son aburridos, también aburrido era el planeta estilo Antiguo Egipto, Leela blatabolista o como se llame ese deporte fue un desperdicio, el episodio de la mala relación entre Fry y su hermano tendría alto contenido emocional si Fry no fuera un imbécil, las sátiras a películas como Armagedón o Titanic eran discretas y hubieran sido mucho mejores de no tener el antecedente de ser parodias, el giro de trama en que descubrimos que el hacer caer a Fry en una cámara criogénica era parte de un plan orquestado desde el Big Bang traiciona por completo el concepto del imbécil en un mundo de imbéciles que era la serie original... Mejor quedarse con el recuerdo de los buenos episodios, creo yo.

NOTAS ADICIONALES (ABRIL DE 2.015): Este artículo fue escrito y publicado el mismo año en que regresó Futurama en forma de cuatro telefilmes animados, luego de haber sido cancelada por la FOX. Después, Comedy Central siguió la serie hasta cancelarla definitivamente en 2.013. De los capítulos emitidos en Comedy Central, vi unos pocos, ignoro en qué orden, pero no hubo ninguno que me llamara la atención, de los que vi. La peor parte de todo es que no hay un quiebre brusco de calidad entre los capítulos de la FOX y los de Comedy Central. Los segundos son peores únicamente porque emergieron a la superficie con mayor fuerza los problemas que ya venían desde la serie original. Por otra parte, aunque la serie original se ha mantenido con relativa frescura, en sus episodios buenos a lo menos, no es menos cierto que los chistes más contingentes han envejecido de una manera brutal, y cuelgan como una losa en los capítulos respectivos. Y por cierto, dicho sea de paso, acá en la Guillermocracia publicamos Futurama y Los Simpsons: El crossover, sobre justamente el comic en que se cruzan ambos personajes, y publicado años antes de que el episodio Simpsorama de Los Simpsons hiciera lo propio en Noviembre de 2.014.

Este posteo fue publicado por primera vez en el blog Tribu de Plutón, el Viernes 6 de Junio de 2.008.



domingo, 26 de abril de 2015

Max von Sydow: El caballero sueco del cine (2 de 2).

Max von Sydow en el Festival de San Sebastián, 2.005.
En la primera parte de este posteo, repasábamos lo que eran los inicios de la carrera del gran y único actor sueco Max von Sydow, que en su repertorio ha incluido gentes tan diversas como al caballero medieval de El séptimo sello, a Jesucristo, o a Ming el Despiadado. A mediados de la década de 1.980, Max von Sydow ya iba en sus cinco décadas y media, y por ende, sus roles son claramente más otoñales. Los clásicos que uno esperaría de un actor de carácter que envejece: padres preocupados, mentores, guías, reyes, villanos medio demoníacos, etcétera. A continuación, la segunda parte de este posteo en donde mostramos por qué Max von Sydow es el caballero sueco del cine.

15.- Rey Juan de Portugal (Cristóbal Colón, miniserie, 1.985).

Por alguna razón, hay gente que sigue pensando en Cristóbal Colón como un personaje interesante para el mundo audiovisual. Como si pudieran tener interés las peripecias de un tipo alucinado que se consigue financiamiento para su viaje siendo un besapatas, que se manda un viaje de tres meses en donde no se encuentra con piratas ni pasa nada, e incluso casi terminan estancados del todo en el Mar de los Sargazos, para después de descubrir América y mandarse tres viajes más de exploración a cual más rutinario que el anterior, y muriendo en su cama de viejo y pobre para rematar la faena. Las cosas serían distintas si Colón se hubiera batido a espada alguna vez, pero eso no parece haber sucedido. En 1.985 hubo una miniserie sobre Cristóbal Colón, en donde el rol del ilustre navegante italiano quedó en manos de Gabriel Byrne. El elenco es una cosa rara en donde aparecen Virna Lisi, Oliver Reed, Eli Wallach, Nicol Williamson, Faye Dunaway como la Reina Isabel, y Elpidia Carrillo como una nativa antes de interpretar a... una nativa, en Depredador. Y Max von Sidow ganándose un pequeño cheque como el rey Juan de Portugal. Como los portugueses terminaron dándole portazo a Colón, la participación de von Sidow es más bien testimonial, pero pocos reyes portugueses han sido interpretados por un caballero sueco que además ha actuado de Jesucristo. Sé que he incluido el chiste muchas veces, pero por repetición debe llegar a tener algo de gracia, supongo.

16.- Frederick (Hannah y sus hermanas, 1.986).

¿Max von Sydow a las órdenes de Woody Allen? Sí sucedió. Lo que debió ser un sueño húmedo para Woody Allen, porque es sabido y él mismo más o menos lo ha confesado, que muy en el fondo, Allen quería ser el Bergman estadounidense. Sólo que Woody Allen es un intelectual judío en vez de un mocetón nórdico, y por eso quedó condenado a ser la versión cómica de humor absurdo de Bergman, en vez de ser su clon. El caso es que la historia de Hannah y sus hermanas sigue a tres hermanas, por remarcar lo obvio, interpretadas por Mia Farrow, Barbara Hershey y Dianne West, y sus peripecias de dulce y agraz con sus tres hombres. Uno de ellos, huelga decirlo, es Max von Sydow, interpretando a un pintor frío, distante, enamorado de su arte, que deja caer comentarios como ladrillos, y que además se lleva una muy emotiva escena de ruptura. Max von Sydow como pez en el agua, señoras y señores. Esta película que puede ser vista un poco como las películas más densamente psicológicas de Ingmar Bergman, pero con el toque de comedia absurda propia de Allen, se transformó en el más grande éxito de la carrera del cineasta, hasta superarse a sí mismo en el conteo de boletos cortados con Medianoche en París. Además es considerada una de las mejores películas de Allen. Ya saben, chicos: si quieren rodar una versión ligera de un drama bergmaniano, Max von Sydow es la opción más segura de casting que existe.

17.- Lassefar (Pelle el Conquistador, 1.987).

Una de las películas favoritas de Herr von Sydow, y no por nada. Es la que le valió además la primera nominación al Premio Oscar al Mejor Actor, algo inusitado si se piensa que la película es danesa y no estadounidense (ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera en una racha, después de la también danesa El festín de Babette). Con todo, al final von Sydow perdió ante Dustin Hoffman por Rain Man. Pero hablando de la película en sí: el argumento gira en torno a Pelle y su padre, ambos suecos que viajan a Dinamarca como inmigrantes, en busca de una vida mejor. Debe tenerse presente que la película está basada en una novela de comienzos del siglo XX, que a su vez estaba ambientada a mediados del XIX, porque la idea de ver a suecos tan pobres que deban emigrar al extranjero suena cuando menos un poco rara hoy en día. El caso es que la película sigue paso a paso las peripecias de Pelle y su padre, quienes por ser inmigrantes y desconocer el danés, son tratados como la escoria de la Tierra, aunque ellos siguen adelante sin rendirse. Max von Sydow, ustedes ya lo adivinaron, interpreta al padre de Pelle. Para el mundo latinoamericano, digamos que Bille August, director de esta película, en 1.993 intentó repetir la jugada de un filme de época, aunque ahora de una época más reciente, y dirigió la adaptación de La casa de los espíritus, de Isabel Allende. Por lo que pueda servir el dato.

18.- La mitad de Vigo el Carpatio (Cazafantasmas II, 1.989).

En una época como la actual, en donde estamos acostumbrados a secuelas, precuelas, paracuelas, intercuelas, remakesreboots y otra clase de abominaciones lovecraftianas en el cine, llama la atención que la secuela de Cazafantasmas se haya tardado media década en arribar a los cines, máxime considerando que la película original fue la más taquillera de 1.984, recaudando casi 240 millones de dólares (eran otros tiempos), seguida después de una también muy exitosa serie de dibujos animados. Y cuando llegó, de ser exitosa lo fue: 215 millones de dólares de ingresos, octava película más taquillera del muy difícil año de 1.989, peleando codo a codo con Batman, la tercera de Indiana Jones, la secuela de Volver al futuro y La sirenita. Y aún así, nadie quedó muy contento. De hecho, la proyectada tercera parte quedó metida en el refrigerador por años y años, hasta que la nostalgia ochentera pudo más, y Hollywood parece estar por la labor otra vez, con elenco femenino como se anuncia. En el fondo, Cazafantasmas II se siente como un remake de la primera, sin muchos giros originales de trama, y con un comienzo de vergüenza ajena con los cazafantasmas presentados como payasos de cumpleaños infantil, lo que es inconcebible si se piensa que liquidaron a un maldito monstruo de malvaviscos, y por lo tanto alguien debería de estarles agradecidos. Y con un villano que simplemente no está a la altura de la primera entrega, porque no tiene comparación un triste hechicero eslavo con un dios infernal babilónico. Hubiera añadido muchos enteros que el villano hubiera sido interpretado por Max von Sydow, pero esto es efectivo sólo en la mitad: el villano en sí fue interpretado por un antiguo boxeador llamado Wilhelm von Homburg, mientras que von Sydow se limitó a poner la voz. De manera que si vieron esta película doblada al castellano, se perdieron a von Sydow.

19.- Doctor Peter Ingham (Despertares, 1.990).

Dicen que la historia se repite dos veces, una como tragedia y otra como comedia. Robin Williams confirma esta regla, habiendo interpretado a un médico en Patch Adams, que es una payasada, y en Despertares, que es anterior, y que es mortalmente seria. La película se basa en hechos reales, aunque no intenta disimular su carácter de ficción de Hollywood y hasta le cambia el nombre al protagonista principal. La historia se refiere a un médico que descubre una nueva línea de investigación para tratar a pacientes catatónicos, que parece dar resultado. Aunque, como de costumbre, las cosas terminan siendo mucho más complicadas de lo que parece a primera vista. El peso principal de la trama recae en Robin Williams como médico, y en Robert de Niro como uno de sus pacientes. Pero Max von Sydow aparece en la periferia, como uno de los médicos colegas de Robin Williams.

20.- Henry Farber (Hasta el fin del mundo, 1.991).

Wim Wenders fue o es, ignoro si está vivo o muerto al momento de escribir estas líneas y no me voy a sentar a averiguarlo, un cineasta muy adorado por los fanáticos del cine más pretencioso, un cineasta hipster antes de que se pusiera de moda la palabra. Ya había cautivado el corazón (irónico) de los hipsters de todo el mundo con su drama metafísico Las alas del deseo, y ahora iba a cambiar el fantástico por la Ciencia Ficción. En el año futuro de 1.999, un satélite artificial se va a desplomar sobre la Tierra y va a causar el final del mundo tal y como lo conocemos. En medio de esto, no asistimos al drama de los héroes luchando contra el apocalipsis, sino a unos peatones embarcados en un viaje de alguna clase para investigar alguna clase de artefacto que va a tener algún propósito para el algún momento en que acabe este tedio de película, repleto de tópicos mucho mejor abordados por Bergman y por Tarkosvski en sus días. ¿Y Max von Sydow? En algo que ya se ha transformado en un tópico dentro de la serie de posteos, interpreta a... el padre del protagonista. Que es un científico, inventor de un dispositivo Cyberpunk, miren por dónde. Y no me pregunten más detalles de la película, que la vi hace años y la tengo casi borrada de la mente, porque sólo un cultureta como Win Wenders consigue hacer una película con una premisa tan promisoria como un apocalipsis inminente por estrellón de satélite artificial nuclear, y un artefacto Cyberpunk metido de por medio, y que sea aburrida a morir.

21.- Leland Gaunt (Pacto con el diablo) - 1.993.

Esta es otra de esas películas conocidas con cincuenta millones de títulos en el mundo hispanohablante: Pacto con el diablo (México), La tienda de los deseos malignos (Argentina) o La tienda de Stephen King (España). Basada en una novela de Stephen King, la historia se ambienta en el típico ambiente kinguiano: Maine. Allí, un simpático viejito instala una tienda que posee justo lo que cada persona necesita. El precio es algo mínimo: los clientes sólo deben hacerle una broma pesada a alguien. A partir de ahí, todo va cuesta abajo, porque no sería una historia de terror de Stephen King si no fuera el caso. La película fue recibida pobremente tanto por la crítica como por la taquilla, y francamente no es que demasiada gente la recuerde hoy en día, pero se merece mención porque el dueño de la tienda es Max von Sydow. Piénsenlo: Jesucristo el Exorcista ahora ha llegado para sembrar el terror. Es lo que tiene el casting de las películas, que dan orígenes a chistes tan simpáticos como éste.

22.- Sigmund Freud (Las crónicas del joven Indiana Jones, 1.993).

Pareciera que el actor que encarnó al padre de Ana Frank, al rey Juan de Portugal y a Jesucristo, era una elección idónea para interpretar a Sigmund Freud. En la década de 1.990, intentaron seguir estirando el chicle de Indiana Jones ahora en la televisión, y con un actor que no era Harrison Ford. Las crónicas del joven Indiana Jones tenían un cierto regusto a cine familiar, pero se lastraba visiblemente de que no veíamos demasiado a Indiana Jones en el medio ambiente que le es más natural: matando nazis con artefactos sagrados extraídos de sitios arqueológicos malditos para la memoria humana. Como sea, no escatimaron en gastos, y se trajeron a Max von Sydow para interpretar a Sigmund Freud, metido a saco en los intentos del joven Indiana Jones que no es Harrison Ford, por conquistar el corazón de la princesita austríaca Sofía. El episodio se hace algo triste de ver si se piensa que, en la vida real, unos diez años después de la época del episodio y ya terminada la Primera Guerra Mundial, la familia de la mentada Sofía perdió el trono, fue desposeída de casi todos sus bienes, y debió marchar al exilio...

23.- Juez Fargo (El juez, 1.995).

La primera adaptación del Juez Dredd al cine es una de esas abominaciones que claman a Cthulhu por venganza. Tomar un cómic que es una sátira ultraviolenta del fascismo y convertirlo en un producto de acción para niños con humor chusco y violencia de Kindergarten, es la receta segura para el desastre. Y sin embargo, uno de los poquísimos puntos fuertes de ese desastre es, una vez más, el infatigable Max von Sydow, que en esta película es el mentor de Sylvester Stallone, y por obra del predecible giro impredecible de guión, termina yendo hacia el despoblado a morir en solitario. Casi como si quisieran hacerlo interpretar por vez segunda a Pardot Kynes. Como quiero evitarles la tortura de ver este engendro, les reventaré qué pasa con el personaje: Sylvester Stallone lo encuentra en el desierto, tienen un último diálogo, una pelea con un enemigo, y al pobre lo matan. A von Sydow, por supuesto, no a Stallone. Porque Sylvester Stallone nunca muere en sus películas, ni siquiera en Rambo, considerando que en la novela original el personaje sí que muere. Y porque en estas películas el mentor siempre muere, por supuesto. Haber venido desde Suecia para esto, señor von Sydow...

24.- El rastreador (Más allá de los sueños, 1.998).

En una escena de Padre de familia, vemos a cinco o seis DVDs en una repisa, cantando una triste canción acerca de que nadie los quiere ni regalados; Más allá de los sueños es uno de estos DVDs. Lo que es algo triste si se piensa que esta película, sin ser una maravilla, no está tan mal. La premisa está oficialmente basada en una novela de Richard Matheson, aunque puestos a rascar un poco, tiene un más que evidente aroma a La divina comedia de Dante Alighieri. Porque una historia sobre un joven extraviado en la jungla del pecado, y guiado por el Más Allá y finalmente salvado por un poeta romano primero, y su chica adorada después, no vende a las audiencias machistas de hoy en día, así es que cambiaron la historia para que fuera él quien la rescate a ella del infierno. Por cierto, la idea de esta película, de que los suicidas se van al infierno, es bastante más áspera de tragar hoy en día, considerando lo que le pasó al protagonista Robin Williams. Como sea, el papel de guía del protagonista en el otro mundo fue interpretado por Max von Sydow, lo que tiene mucha gracia si es que uno como espectador, haciendo ejercicio de fanfic, se imagina a esta película como una secuela de El séptimo sello (y más gracia aún, imaginándosela como secuela de Flash Gordon). Es fácil que la gente no recuerde que Max von Sydow actuó aquí; aparte de que sólo Robin Williams aparece en el afiche de la película y la carátula del DVD, para cuando von Sydow hace acto de aparición en la película, una buena parte de la audiencia ha reportado haberse quedado dormida. El ritmo no es una de las mejores cualidades de esta película, por decirlo claro.

25.- Director Lamar Burguess (Sentencia previa, 2.002).

Con el paso de los años, y su apostura sueca, a Max von Sydow se le han ido dando de manera natural los roles de mentor y protector del héroe. En este caso lo es de Tom Cruise. Lamar Burguess es el tipo que ha inventado el sistema por el cual se utiliza a los precogs para profetizar los crímenes del futuro, y ha reclutado a Tom Cruise hasta convertirlo en la niña de sus ojos. Claro que... zona de spoilers a partir de aquí. Al final de la película, se descubre que parte importante del pastel es que el sistema de predicción de crímenes del futuro no funciona al ciento por ciento como debería, y como hay importantes fondos gubernamentales metidos en el asunto, no es cuestión de tirar a la basura un programa que asegura paz y tranquilidad a los buenos ciudadanos. Hay una cierta ironía en que el villano de toda la función, el tipo que vende el timo de que la predicción del futuro es infalible, venga interpretado por un actor que ha interpretado a Jesucristo, y que en un rol anterior ha jugado al ajedrez con la muerte... (y ha perdido).

26.- Cardenal von Waldburg (Los Tudor, serie de televisión, 2.009).

Ya hemos visto a Max von Sydow interpretando a personajes históricos como Jesucristo y Sigmund Freud, y el de esta ocasión tiene tela. Los Tudor, el biopic hipersexualizado de Enrique VIII de Inglaterra, revolucionó la historia de la pornografía a una escala que no se había visto desde las fotografías documentales de nativas desnudas publicadas por National Geographic en la primera mitad del siglo XX; a partir de Los Tudor, de pronto se hizo respetable mostrar chicas sin ropa si era en un contexto histórico, aunque luego el asunto de Historia no tuviera nada. Series como Espartaco o Game of Thrones después siguieron ahondando en la tendencia. El caso es que para la segunda temporada, uno de los villanos de la serie fue el Papa Paulo III, interpretado por Peter O'Toole, pero por alguna razón, el personaje no regresó a la serie aunque en la realidad, dicho Papa sobrevivió dos años al monarca inglés. Entra para la tercera temporada el Cardenal von Waldburg, interpretado por Max von Sydow, que más o menos hace lo mismo que Paulo III: poner piedritas en el camino. Al menos, aunque no es la nacionalidad, poner a un actor sueco para interpretar a un personaje alemán hace algo de sentido desde el punto de vista étnico. Pero lo gracioso del caso es que, en la realidad histórica, el Cardenal Otto Truchsess von Waldburg era más o menos un treintón o cuarentón en la época cubierta por la tercera temporada (nació en 1.514), pero es interpretado por un actor que en el año de la tercera temporada de la serie acababa de cumplir ochenta. Supongo que para compensar porque el elenco principal de la serie estaba plagado por modelos de pasarela. Hablamos de una serie en donde Ana de Cleves, a quien Enrique VIII llamó "una verdadera yegua flamenca", venía interpretada por Joss Stone, después de todo...

27.- Doctor Jeremiah Naehring (La isla siniestra, 2.009).

La niña bonita del cine de 2.009 fue una película que buscaba la fórmula dorada de ser al mismo tiempo un clásico fílmico que se llenara de óscares por un lado, y una película que le guste a la audiencia. Para lo segundo, fue un thriller, con Leonardo DiCaprio. Para lo primero, es una película sobre la naturaleza de la realidad con homenaje a Hitchcock incluido, con Leonardo DiCaprio. Al final, la película sí consiguió vender su fórmula en apariencia innovadora a espectadores que no saben nada de cine clásico, y por ende, no alcanzaron a darse cuenta de que esta película revolucionaria en realidad de revolucionaria no tenía nada. En cuanto a la historia en sí, va de un detective que llega a un hospital psiquiátrico que funciona en una isla, y en donde ocurren cosas muy raras, con el predecible impredecible giro final. Max von Sydow aparece en el rol secundario para el cual su gallardía otoñal y su acento sueco mejor sirven: de médico alemán, quizás nazi. Y no sigo porque esta película en realidad no se merece mayor comentario.

28.- Sir Walter Loxley (Robin Hood, 2.010).

Al final, terminó siendo que la visión de Ridley Scott sobre Robin Hood quedó como una nota a pie de página dentro de la filmografía del personaje, no llegando al estatus de clásico que poseen las versiones de Errol Flynn, de Sean Connery o de la Disney, entre otras. Lo que es una lástima, porque la película scottiana tenía bastante garra y era una muy aceptable revisión del mito, lastrada eso sí por su voluntad de querer ser la primera parte de una franquicia que nunca llegó, y por ende, haberse dejado mucho de los aspectos más clásicos del mito bajo la guantera. El caso es que aquí, Max von Sydow hace un pequeño pero significativo papel secundario, interpretando a Sir Walter Loxley, el padre del protagonista interpretado por Russell Crowe. A pesar de ser un rol mínimo, quienes sabíamos de los primeros roles de von Sydow para Bergman no pudimos dejar de emocionarnos: en el otoño de su vida, en las postrimerías de su carrera actoral, von Sydow nos regala todavía un rol de caballero medieval más, y lo hace con toda la bonhomía y grandeza características suyas. Dentro de la versión de Scott de Robin Hood, von Sydow es uno de los mejores elementos.

29.- ¿¿?? (La Guerra de las Galaxias, Episodio VII: El Despertar de la Fuerza, 2.015).

Jesucristo el Despiadado, jerarca nazi y supervillano Bond que juega al ajedrez con la muerte, llega a Star Wars. ¿Qué saldrá de ahí? Al momento de escribir estas líneas no lo sabemos, claro está. Pero lo mencionamos porque hay que rematar la faena en alto, por supuesto.



miércoles, 22 de abril de 2015

Max von Sydow: El caballero sueco del cine (1 de 2).


Hay algo de ingrato en la afición al cine o la televisión. En el mundo literario, nadie suele desconocer el canon. Ninguna persona tiene el atrevimiento de admitir que nunca ha leído el Quijote o a Shakespeare; es de la clase de textos que siempre están en las bibliotecas, aunque sea aquellas misérrimas formadas a punta de puros textos escolares, pero son por lo general ediciones estudiantiles abreviadas, que ni aún así son leídas más allá de la prueba o examen de rigor. En cambio el cine clásico es algo que se olvida. Hay un tema generacional de por medio: la actual generación visita las películas con las que creció o está creciendo. Para los jóvenes, el cine comienza veinte años antes del presente, y para los adultos, el verdadero cine suele estar entre veinte y treinta años antes del presente; el cine anterior que es recordado con nostalgia por los adultos, suele ser considerado chochera. En 2.014, la fiebre por las películas de la década de 1.980 está empezando a remitir, y el cine de la década de 1.990 comienza a cobrar auge. El cine de la década de 1.970 ya está viejo, obsoleto; es igual de viejo El padrino e incluso La guerra de las galaxias que Casablanca o El nacimiento de una nación. Y otro tanto ocurre con los actores. Apuesto a que si revisan el posteo Los diez más grandes actores del cine anterior a 1.945 aquí en la Guillermocracia, al grueso de ellos los conozcan por foto, cuando mucho. Repasen sus películas, por lo menos sus mejores películas, y se sorprenderán de lo grandes que eran.

Es por eso que le dedicaremos el presente posteo a uno que es grande de por sí. Un actorazo que al momento de editar estas líneas, se empina sobre las ocho décadas y media, porque nació en Abril de 1.929, y que de hecho esperamos que no fallezca entre la edición de estas líneas y programación del posteo, y su correspondiente publicación. Uno que ha estado presente de una y otra manera tanto en el cine más comercial como en películas más artísticas. Y que se merece un artículo para él solito, por la diversidad y envergadura de los roles que ha emprendido. Y que ahora ha hecho noticia nada menos que por formar parte del elenco de la actualmente inminente Star Wars VII. Con ustedes, damas y caballeros, Herr Max von Sydow, el caballero sueco del cine.

1.- Antonius Block (El séptimo sello, 1.957).

Todos han visto alguna vez la célebre escena en donde un caballero medieval juega ajedrez con una figura encapuchada de negro, y que es evidentemente la Muerte. Poca gente más allá de los círculos más refinados, eso sí, asociarían dicha imagen con la película El séptimo sello, probablemente la obra maestra del director sueco Ingmar Bergman, clásica en donde las haya, por supuesto, pero quién se toma la molestia de revisar los clásicos hoy en día. Este no es el primer rol de Max von Sydow en el cine, pero sí el primero reconocible, y uno de los más icónicos aunque, lo ya dicho, hoy en día no mucha gente ve El séptimo sello más allá de los estudiantes de cine. En dicha película, von Sydow interpreta a Antonius Block, un caballero medieval que vuelve de las Cruzadas sólo para enterarse de que la Muerte anda a la siga suya y se lo quiere llevar. Antonius Block se las arregla para desafiarlo a una partida de ajedrez. Si la Muerte gana, se lo podrá llevar. La Muerte acepta la apuesta... pero es una cabronaza y se las arregla para ganar porque, después de todo, todos deben morir. La película tiene una enorme carga metafísica, y éste es sin lugar a dudas uno de los roles más penosos de von Sydow. No penoso de mal actuado o insoportable, sino penoso por despertar conmiseración por parte de la audiencia. La que llegue hasta el final, eso sí, porque esta película se encuentra en las antípodas de lo que el público reclama de un blockbuster actual de ambientación medieval estándar: El séptimo sello no tiene guerra, no tiene sangre, no tiene miembros cercenados por espadas, no tiene sangre falsa pintada por computadora, no tiene imponentes castillos dibujados por computadora, no tiene una protagonista de prominente delantera femenina, y para colmo, está rodada en blanco y negro.

2.- Henrik Akerman (Fresas salvajes, 1.957).

Las catástrofes personales son fuente inagotable de creatividad artística, porque cuando la vida es una plasta, siempre te queda el arte para consolarte. Fresas salvajes, una de las películas más optimistas de cierto sueco deprimente llamado Ingmar Bergman, fue escrita por éste mientras se encontraba en un hospital. El argumento es bastante sencillo: un profesor anciano viaja a recibir un reconocimiento honorífico universitario, y las peripecias que le van sucediendo en el camino. En pleno estilo bergmaniano, el viaje carretero es reflejo de un viaje existencialista a través del cual el protagonista se hace cuestionamientos metafísicos, revisa su existencia y su lugar en el mundo, descubre el amor hacia sus semejantes y crece como persona, etcétera. Woody Allen, reconocido saqueador de Bergman, homenajeó esta película de una manera enloquecida y algo paródica en Los enredos de Harry. Uno de los aspectos más tristes de la película es que para su protagonista, Victor Sjöström, fue su último rol en el cine. Pero volviendo a Max von Sydow, que aquí nos convoca. El entonces joven von Sydow tiene un rol pequeño como dueño de una gasolinera que, junto con su esposa, tiene una existencia sencilla y feliz. Es un rol breve, pero significativo, la bofetada en toda la cara que Bergman le propina a los delirios metafísicos salidos de madre, por los cuales de manera irónica y algo injusta el propio Bergman es conocido: la vida no es para cuestionársela, sino para vivirla. Y el joven von Sidow aporta su impecable actuación y presencia escénica para convertir a su propia secuencia en un momento brillante dentro de la película.

3.- Töre (La fuente de la doncella, 1.960).

Para los no enterados, puede resultar difícil entender la relativa popularidad de La fuente de la doncella entre los bergmanianos, no tanta como El séptimo sello o Persona por ejemplo, pero sí considerada entre las películas recias del director sueco. Y esto no es casualidad, porque mucho del impacto de la película se ha perdido con el tiempo. La fuente de la doncella narra una clásica historia de ese género que en años posteriores ha llegado a ser sistematizado como violación y venganza; hoy en día hemos sido saturados con cientos de esos productos, que apenas tienen novedad, pero para una época tan gazmoña como ésa, todavía bajo el imperio de hierro del Código Hays, esta película que llegaba desde Suecia era una de las cintas más perturbadoras que se habían rodado acerca de violencia sexual. La historia se ambienta en la Edad Media, lo que es obvio si se considera que está basado en una balada sueca medieval, justamente. Y se refiere a una chica de una familia pudiente, aunque lo que eso es en el campo medieval sueco viene a ser que puede usar vestidos algo más finos que el campesino promedio, y no mucho más que eso. Dicha chica es violada y asesinada; más tarde, sin darse cuenta, los asesinos terminan encontrando cobijo en la casa familiar de la chica; cuando el padre se entera de que sus huéspedes son los violadores y asesinos de su hija, lo que viene no es bonito. En particular porque el padre es interpretado por, adivinaron ustedes, Max von Sydow. Aunque como decíamos, la película luce algo pasada de moda en su argumento, y con la misma temática se han rodado cosas mucho más violentas y salvajes desde entonces, al menos permanece en su lugar gracias al ojo clínico de Bergman para la reflexión psicológica y la parábola metafísica, algo que las películas de violación y venganza posteriores no han conseguido emular.

4.- Jesucristo (La más grande historia jamás contada, 1.965).

Gracias a sus trabajos para Bergman, Max von Sydow había ganado fama y reconocimiento, y por lo tanto estaba suscitando la atención de los tentáculos de Hollywood. En algún minuto incluso se barajó su nombre para interpretar al Doctor Julius No en El satánico Doctor No de 1.962, lo que lo hubiera convertido en el primer villano Bond del cine, y el segundo en total si consideramos que Peter Lorre ya había interpretado a LaChiffre en el olvidadísimo telefilme Casino Royale de 1.954. Al final no fue, lo que es irónico si se piensa que muchos años después, von Sydow terminó interpretando a otro icónico villano Bond, aunque no diremos cuál para que ustedes sigan leyendo este posteo en vez de largarse a jugar Skyrim. El caso es que Von Sydow declinó el rol porque le ofrecieron otro incluso más substancioso: el de Jesucristo, en La historia más grande jamás contada. La película estaba basada no de manera directa en los Evangelios, sino en la novela del mismo título, olvidada hoy en día por ser demasiado piadosa para su propio bien, y a su vez basada en una radionovela que, a su vez, estaba basada en los Evangelios. El mejor crédito del novelista Fulton Oursler, por más señas, es haber sido editor de Selecciones de Reader's Digest, y hagan con este dato lo que quieran. La película empezó su rodaje en 1.962 y pretendía ser el epic definitivo sobre Jesucristo, pero tardó demasiado en ser terminada y estrenada, y llegó después de los dos notables fiascos de taquilla que fueron Cleopatra (1.963) y La caída del Imperio Romano (1.964), que marcaron el eclipse del cine épico a gran escala en Hollywood hasta su resurrección con Gladiador, ya en 2.000. La crítica se dividió, y el público respondió de manera tan débil, que la película ni siquiera recuperó sus costes. Ayudó que el mastodonte duraba sus buenas cuatro horas, un latazo reducido después a tres, e incluso a dos, y que tomaron la contraproducente decisión de meter cameos de cuanta estrella hollywoodense se puso a tiro, lo que distrajo a las audiencias de meterse en el argumento mismo de la historia. Una de las mejores partes de la película es precisamente la interpretación de Max von Sydow, cuya enorme presencia escénica consigue mantener a flote una película cuyo principal pecado es tomarse a sí misma demasiado en serio, guiada por la siempre malsana idea de que respeto religioso es igual a solemnidad aburrida. El propio Max von Sydow dijo que en el estudio tenía prohibido salirse de su personaje, lo que le significaba prohibición de fumar o ser afectuoso con su esposa, entre otras cosas. Aún así, Max von Sydow consiguió romper cierta clásica maldición según la cual, un actor interpretando a Jesucristo quedará marcado por el personaje y no volverá a interpretar otro rol de importancia en su vida. Ayudó que la película fuera un fracaso, por supuesto, hasta el punto que, siendo uno de los roles más importantes de su carrera, von Sidow tiende a ser reconocido por otros distintos en realidad. Pero de todas maneras, no cualquier actor se gana en su currículum el haber interpretado nada menos que al Redentor del Género Humano, ¿no?

5.- Otto Frank (El diario de Ana Frank, 1.967).

La historia de Ana Frank ha galvanizado a la opinión pública durante décadas; frente a la grandilocuencia de las historiografías que se refieren a leviatanes como Hitler, Stalin, Roosevelt o Churchill, la historia de una pequeña judía bajo la ocupación nazi, escrita en primera persona, es un interesante contrapunto que aporta nuevas sutilezas al escenario de horrores sin cuento que fue la Segunda Guerra MundialEl diario de Ana Frank es un libro que no ha estado exento de polémicas, claro está, pero eso... mejor dejémoslo así. Lo cierto es que dicho libro fue objeto de una adaptación para el cine en 1.959, pero no pasó una década antes de que la televisión se interesara por el material; el resultado es el telefilme en comento. En las adaptaciones de Ana Frank, siendo ella una niña, el plato fuerte en materia de actores no suele ir al protagónico sino a los secundarios, y este caso no fue la excepción, ya que de la joven Diana Davila no se supo mucho después. Pero en materia de secundarios, este telefilme reclutó a Donald Pleasence, Lilli Palmer y Marisa Pavan, todos actores conocidos en la época. Y para interpretar al padre de Ana Frank, nada mejor que llamar a Jesucristo en persona: Max von Sydow. Qué habrán querido decir.

6.- Coronel Kosnov (La carta del Kremlin, 1.970).

"Si te pierdes los cinco primeros minutos, te perderás un suicidio, dos ejecuciones, una seducción... y la clave para entender el argumento", rezaba el tagline de esta película, que pretendía llevar al máximo permitido en la época el movimiento de hacer comenzar la historia rápido, por oposición al moroso cine clásico en donde el verdadero argumento podía bien empezar inclusive una hora después, para darle tiempo al público que llegara al cine cuando se le antojara. Rodada un poco al calor de los últimos rescoldos de la moda del cine de espías impuesto por James BondLa carta del Kremlin se asemeja bien poco a éstos, porque es una cinta simple, directa y puñetazo en el estómago para los estándares de la época, por no hablar de uno de los finales más brutales rodados en el género. En la película, von Sydow presta su frialdad escandinava a un frío agente de contrainteligencia de la KGB, en medio de una compleja intriga de espías contra espías en donde nada es lo que parece, etcétera.

7.- Padre Lankester Merrin (El exorcista, 1.973).

La película El exorcista es por supuesto la madre de todas las películas de posesión satánica que se han rodado con posterioridad. Tanto, que no pocos adolescentes que piensan que el cine partió en el siglo XXI, la consideran como trillada y cliché. De ignorantes está hecho el mundo. La película, basada en una novela de William Peter Blatty que nadie ha leído, y la mayoría ni siquiera sabe que existe, fue un taquillazo monumental en su época. Tres tramas convergen en la misma: la familia de Regan, chica que empieza a jugar con una tabla ouija, terminando por suceder lo que sucede, la trama del padre Karras, en medio de una crisis de fe, y finalmente la historia del padre Merrin, quien descubre en una excavación arqueológica la estatuilla de un demonio al que ha combatido en el pasado, enterándose así de que el tiempo para una nueva conflagración ha llegado. Sin desmerecer al resto del elenco y equipo técnico, lo cierto es que von Sydow se echa al hombro buena parte de la película. Su retrato del padre Merrin, un hombre que viene de vuelta de todo, que lo único que desea es descansar, pero que tiene la nobleza y entereza suficientes como para plantar cara una vez más a un enemigo literalmente diabólico, que podría no sólo matarlo sino también llevarse su alma, es la viva demostración de lo que significa ser un héroe. La batalla final contra el demonio, después de un buen rato de dimes y diretes y vómito verde, no sería lo mismo si no fuera por el estoicismo supremo demostrado por Merrin en el cometido de su labor de nunca transar, nunca rendirse, y nunca acobardarse frente literalmente al Mal en su encarnación más pura. Aunque, por otra parte, hablamos del actor que interpretó a Jesucristo, el más enconado cazador de demonios de todos los tiempos, ¿no?

8.- Joubert (Los tres días del cóndor, 1.975).

Los tres días del cóndor es un bastante correcto thriller político de los que se producían a puñados durante la década de 1.970. En el mismo, Robert Redford es un funcionario de la CIA que no trabaja de agente en territorio extranjero, sino como analista de datos. En esencia, un ratón de biblioteca. Por alguna razón, su unidad entera es masacrada, él sobrevive de milagro, y después tiene que ponerse en fuga para evitar que lo liquiden también a él. Dentro de la película, Max von Sydow es Joubert, un asesino frío y despiadado de la CIA. Parte importante de la tensión dramática en Los tres días del cóndor deriva precisamente de la estupenda interpretación de von Sydow como Joubert. Vemos que para él, cargarse a un pobre desgraciado no es más que un trabajo, y se lo toma con la solfa y frialdad propias de un fontanero arreglando una gotera en la cañería. Es una desgracia que ya no hagan películas como ésta.

9.- Ortiz (El desierto de los tártaros, 1.976).

Eran otros tiempos, en definitiva. Tiempos en donde la gente se arriesgaba a adaptar cosas como El desierto de los tártaros, una novela de Dino Buzzati. La historia versa sobre un grupo de soldados que está de guardia en un puesto fronterizo para luchar contra los tártaros... los cuales nunca terminan de llegar. En efecto, la novela y la película en cuestión son menos una historia bélica que una reflexión acerca de la naturaleza humana, puesta frente a frente en contra de una adversidad que planea más como metafísica abstracta que como una amenaza concreta y real. Muy en el fondo, pareciera ser el mensaje de la película, nosotros mismos también somos soldados esperando la venida de unos tártaros que nunca terminan de llegar, sea lo que sea nuestros propios tártaros en primer lugar. Es decir, la clase de rol hecho aposta para Max von Sydow, que no en balde, ya lo hemos mencionado, se construyó de un nombre a las órdenes de Ingmar Bergman, y que en esta película tiene un rol secundario. Hoy en día sería imposible hacer un remake de esta película sin traicionar su espíritu trufándola de efectos especiales y escenas épicas, y dotándola de un sentido heroico que está en las antípodas del mensaje; hablamos del cine comercial que ha rodado tres o cuatro adaptaciones de Soy leyenda de Richard Matheson y que en ninguna ha podido dar en la tecla con el mensaje nihilista de la novela original, después de todo.

10.- Ming el Despiadado (Flash Gordon, 1.980).

Según dice la rumorología, George Lucas se embarcó en La guerra de las galaxias porque no lo dejaron rodar una adaptación para el cine de Flash Gordon. En respuesta a la moda galáctica, vino... una película de Flash Gordon. Sólo que el asunto no terminó de funcionar del todo bien. Flash Gordon era entretenida, muy entretenida. Tenía cosas muy camp, como por ejemplo las ambientaciones y decorados, y tenía cosas bastante más hardcore siendo una película infantil, como una escena en donde la Princesa Aura, interpretada por la vistosa Ornella Muti, es torturada a látigo limpio. Cine familiar, como pueden apreciar. Pero uno de los puntos más altos de la película es, sin lugar a dudas, haber fichado al actor sueco que nos ocupa, para interpretar al villano principal. Porque Max von Sydow clava medio a medio a Ming el Despiadado y hace el rol de villano tan suyo, que aunque vengan remakes posteriores, cuesta imaginarse uno que consiga superarlo. Por supuesto, que George Lucas haya tomado bastante inspiración del Flash Gordon de Alex Raymond para La guerra de las galaxias hace todavía más gracioso que Max von Sydow haya sido fichado para Star Wars: El despertar de la Fuerza, ahora en 2.015. Si además de eso llega a suceder que el rol en que lo fichen sea uno de villano...

11.- Mayor Karl von Steiner (Escape a la victoria, 1.981).

Escape a la victoria es una película rara, cuando menos. Hablamos de una película en donde los buenos son un Sylvester Stallone que ya era Rocky y todavía no era Rambo, y... Pelé, o rei do mondo. La historia va de un campo de prisioneros nazi en donde el gendarme del campo les hace un trato a los prisioneros: tendrán su libertad, si ganan un encuentro de fútbol a los gendarmes alemanes. Y hablamos del mismísimo fútbol, no de esa impostación lingüística que tratan de imponernos desde Estados Unidos, el fútbol americano, aunque ustedes ya lo adivinaron por la mención a Pelé. El jefe del campo de prisioneros es un nazi, pero a pesar de eso, es buena tela y le tiene simpatía a los presos, y a quién llamaron para interpretarlo... a Max von Sydow, por supuesto. Porque en una película en donde un estadounidense y un brasileiro unen fuerzas para luchar contra el Tercer Reich pase a pase y gol a gol, el germano oponente tenía que ser interpretado por un actor sueco, parece ser.

12.- Rey Osric (Conan el Bárbaro, 1.982).

El exitazo que en su día experimentó la trilogía de El Señor de los Anillos de Peter Jackson, no debería hacernos olvidar que tradicionalmente la Fantasía Heroica ha sido siempre un poco el pariente pobre en el mundo del blockbuster hollywoodense. La idea de tener una película sobre Conan rondaba por lo menos desde la década de 1.970, amparado por el éxito que el cómic editado en esos años por la Marvel, había tenido entre los geeks y nerds ese nicho de audiencia, aunque hubo que esperar hasta el exitazo de La guerra de las galaxias para que Hollywood se dejara de padrinos y sérpicos, y se abocara por fin al espacio, las planicies bárbaras, los superhéroes y los robots. Conan el bárbaro de 1.982, película cuyo éxito engendró la no muy celebrada secuela Conan el destructor, marcó un antes y un después en el cine de bárbaros, mostrando a un héroe más grande que la vida, interpretado por Arnold Schwarzenegger en el apogeo de su poderío físico. Dentro del argumento de la película, Conan busca venganza contra el malvado Thulsa Doom, que años atrás ha masacrado a su familia. En el camino se encuentra con el rey Osric, quien le encarga el rescate de su hija, secuestrada por el mentado Thulsa Doom. Y para interpretar a un rey bárbaro de una alegre fantasía ariosófica, nada mejor que un actor sueco con cartel, de manera que llamaron a Max von Sydow. Por supuesto, dado que el personaje está puesto para ser el clásico poderoso que encarga al héroe una misión, no es que aparezca mucho. Pero de aparecer, aparece.

13.- Ernst Stavro Blofeld (Nunca digas nunca jamás, 1.983).

El año 1.983 fue el de la Batalla de los Bonds, ya que los productores oficiales estrenaron Octopussy con Roger Moore, mientras que el avispado productor Kevin McClory, teniendo los derechos sobre la historia Bond que sirvió de base para Operación Trueno, filmó un remake de esa película: Nunca digas nunca jamás, con un ya entonces otoñal Sean Connery. Al igual que en Operación Trueno, los villanos eran la organización terrorista SPECTRE, dirigida por Ernst Stavro Blofeld, interpretado por von Sydow, por supuesto. La película en sí está bastante bien, considerando que hizo de necesidad virtud, y no pudiendo contar con el personal que hacía las películas Bond, hizo lo posible por tener un sello distintivo. Aunque, siendo bastante honestos, nadie la recuerda porque von Sydow interpretó a un villano Bond; lo más recordado es probablemente ver a Barbara Carrera paseándose con un fetichista uniforme de enfermera, o encañonando a Sean Connery con la cara más lúbrica de su repertorio, y obligándole a escribir, antes de (intentar) ejecutarlo, algo similar a "nunca he tenido mejor sexo que con Barbara Carrera". En fin, como decíamos, actúa Max von Sydow como villano. Por eso la incluimos aquí. No por Barbara Carrera, definitivamente no. Porque éste es un blog serio y decente, por supuesto. No uno en donde ustedes llegen gugleando Barbara Carrera desnuda. O eso esperamos, a lo menos.

14.- Doctor Kynes (Dune, 1.984).

Reducir una novela que es un mamotreto de 700 páginas, incluyendo 50 páginas finales de apéndices y diccionario, a una película de apenas dos horas y un cuarto, puede parecer un despropósito, pero considerando lo ingente de la tarea, Dune de David Lynch merece bastante más crédito del que usualmente se le da. En ella, Max von Sydow le da vida al planetólogo Kynes, un investigador del planeta Dune que se pasea un poco de aquí para allá. En realidad, su rol no tiene mayor sentido y podría haber sido cortado de la película. En la novela es más substancioso, consecuencia lógica de tener una interminable cantidad adicional de páginas para rellenar de carne lo que son los huesos de la trama. Para explicar un poco: la verdadera intención del Doctor Kynes es convertir el planeta desértico Dune en un vergel, utilizando el agua capturada por el pueblo nómade de los Fremen para lograr el milagro. Esto en la novela está bien explicado, pero en la película por desgracia es pasado muy en puntillas, para no extender el metraje. Si viste la película y no sabías qué pintaba el personaje éste en ella, ahora ya lo sabes. Supuesto de que lo recuerdes. Porque, admitámoslo, lo que todo el mundo recuerda de la película son los gigantescos gusanos de arena creados por Carlo Rambaldi, el tipo que hizo efectos especiales para Alien y ET el Extraterrestre, sin ir más lejos. Y las criaturas le quedaron estupendas; el problema es que el fotomontaje está a la altura del Chapulín Colorado, pero eso ya no es culpa del señor Rambaldi. Ni de Max von Sydow tampoco, y como el artículo se trata de él...

Y en la segunda parte de este posteo, repasaremos algunos otros entretenidos roles de Max von Sydow. Que quizás no sean tan prominentes porque, después de todo, el actor estaba envejeciendo, y ya sabemos que los roles de verdad en Hollywood son para la juventud. Pero que no por eso dejan de tener chicha. Sigmund Freud, por ejemplo. Y eso no es broma. De manera que esperen nuestra segunda parte de este posteo dedicado a Max von Sydow, el caballero sueco del cine, pronto aquí en la Guillermocracia.

domingo, 19 de abril de 2015

Así se hundió el Imperio Otomano (2 de 2).

El Sultán Mehmed IV.
Como veíamos en la primera mitad de este posteo aquí en la Guillermocracia, y a pesar de la recuperación a manos del buen gobierno de los visires de la Casa de Köprülü, lo cierto es que habían causas sistémicas que estaban arrastrando al Imperio Otomano hacia la ruina. Aunque en realidad, buena parte del problema era que el Imperio Otomano empezaba a vivir cada vez más aislado del resto del mundo. En 1.683 intentaron un asalto a gran escala contra Viena, y una coalición europea consiguió evitar el Anchluss a costa de grandes penurias, y sólo mediante la intervención a última hora de... el rey de Polonia. Porque hubo una época en donde Polonia era superpotencia, créanlo o no. Como sea, una coalición de potencias europeas había conseguido detener al Imperio Otomano, y no pocos reyes y políticos tomaron nota acerca de cómo esto cambiaba el equilibrio de poderes en Europa. Pero entre éstos no se encontraban los otomanos. Ellos seguían viéndose a sí mismos como el más grande y poderoso imperio de todos. Lo de Viena, se decían, era apenas otra campaña fracasada. No sabían que, en realidad, se estaba produciendo un violento cambio en la marea.

El problema era que, en el intertanto, desde el siglo XVI, las naciones europeas se estaban desarrollando. El Renacimiento y la Reforma les permitió librarse de los rasgos más asfixiantes de la influencia eclesiástica, lo que impulsó la ciencia, y también el comercio. La conquista de América abrió para Europa los arcones de los tesoros reales en Tenochtitlán y Cuzco, dineros que si bien pasaron por España con la velocidad de una enterocolitis, al llegar a Inglaterra y los Países Bajos ayudaron a impulsar y financiar el moderno capitalismo comercial, industrial e imperial. El resultado es que, durante el siglo XVII, Europa vivió una verdadera revolución que los puso a la cabeza de la carrera tecnológica en el mundo.

No es que los otomanos no se dieran cuenta en lo absoluto. Aunque engreídos, después de 1.683, en el entendido de que ya no podían prescindir de negociar con los extranjeros, debieron empezar a revisar su política diplomática. Esto significó que, por primera vez de manera regular, embajadores otomanos empezaron a viajar hacia las capitales europeas de la época. Estas expediciones despertaron la curiosidad de los europeos, que venían a los otomanos como el colmo del exotismo, e inflamaron su imaginación, iniciando el moderno gusto por el exotismo oriental, el mundo de las odaliscas y las Mil y una noches. Sin embargo, los embajadores otomanos tomaron buena nota de lo que veían en las ciudades europeas, y se dieron cuenta de que el mundo occidental se estaba transformando en una amenaza seria. No es que el mundo otomano hubiera entrado en decadencia per se; era que seguía con el mismo soñoliento ritmo medieval de toda la vida, mientras que Europa estaba acelerando el paso. Los embajadores otomanos informaron a los sultanes de lo que se venía encima; algunos sultanes hicieron caso, y otros, o fueron incapaces de imponer reformas, o no se tomaron la molestia de empezar con ellas en primer lugar.

Audiencia concedida por el rey Luis XV de Francia a un embajador otomano en 1.721.

Ayudaba por supuesto que los occidentales estaban neutralizando todas las ventajas militares otomanas. En el siglo XVI se estaban abandonando en definitiva las naves impulsadas a remos, los famosos galeotes a los que todavía se alude en El Quijote de Cervantes, y los otomanos llegaron tarde a la innovación. En el siglo XVIII, de hecho, reconociendo su retraso, los otomanos empezaron a traer técnicos italianos para administrar y dirigir su Marina, hasta el punto que en esa época, el italiano se volvió el idioma oficial de la Armada otomana. Los ejércitos europeos, por su parte, dejaron de lado a los ineficientes caballeros medievales, y a los nunca demasiado confiables mercenarios a sueldo, y empezaron a entrenar infanterías nacionales siguiendo, adivinen, el modelo de disciplina impuesto por los jenízaros. De esta manera, mientras los jenízaros empezaban a decaer en medio de la corrupción, los infantes de otros países se volvían tan mortíferos como éstos. Una parte importante del poderío jenízaro era su impecable uso coordinado de las armas de fuego, pero en los campos de batalla de la Europa del siglo XVII, el uso de mosqueteros con sus mosquetes con idénticas tácticas y entrenamiento, se volvió algo común. De esta manera, la ventaja comparativa de los jenízaros desapareció.

Por supuesto, el problema era que cualquier reforma dentro del Imperio Otomano iba a chocar con intereses creados. Por un lado, se habían formado familias muy vinculadas a la administración y al ejército, tanto participando en su interior como proporcionándoles suministros, y por lo tanto, una reforma que impulsara la meritocracia bien podía barrerlas del mapa. Y esos intereses creados iban a generar cuantas intrigas palaciegas fuera posible, para mantener sus cuotas de poder. De esta manera, los sultanes otomanos y sus visires se veían inoperantes para introducir las reformas cada vez más necesarias para que el Imperio pudiera competir de igual a igual contra las naciones occidentales. Irónicamente el absolutismo otomano, cuyo fortalecimiento desde los inicios del imperio había sido la clave para mantener a raya a la ineficiencia y la corrupción, funcionaba ahora en sentido contrario. Un ejemplo claro fue que el visir Huseyín Pachá, el último de los grandes de la Casa de Köprülü, introdujo numerosas reformas económicas que fortalecieron al Imperio... sólo para originar una marejada de intrigas que terminaron por alejar a Huseyín Pachá del palacio, gravemente enfermo, y poco después, obligaron a su benefactor el sultán Mustafá II a renunciar, en 1.703. Llegó así a su fin la época de esplendor bajo la supervisión de la Casa de Köprülü, y la decadencia otomana se aceleró.

Esto no quiere decir que los sultanes sucesivos fueran un montón de inoperantes. Algunos sí que lo fueron, en efecto, pero otros hicieron lo posible por introducir las necesarias reformas para mantener al Imperio andando. En este contexto destacó Mustafá III, quien gobernó entre 1.757 y 1.773, y que hizo todo lo posible por racionalizar al máximo la administración, y tuvo un éxito relativo gracias a que lo dejaron hacer porque, dicho con todas sus letras, no llegó tan lejos como debería haber llegado. En 1.789, el mismo año de la Revolución Francesa, asumió el poder en el Imperio Otomano el reformista sultán Selim III. Una de sus principales empresas fue crear desde la nada un nuevo ejército de modelo europeo y con instructores también europeos. Los jenízaros reaccionaron de la manera esperable por parte de una meznada de fulanos corruptos: derrocaron a Selim III, instalaron a su primo Mustafá IV en el sultanato, y tiempo después, cuando hubo un intento de rescatar a Selim III de las manos de los jenízaros, éste fue apuñalado en el serrallo. Corría el año 1.808.

Mujeres otomanas horneando pan. Pintura de 1.790 por François-Marie Rosset.

Por su parte, ya en el siglo XVIII había comenzado la disolución territorial del Imperio Otomano. Argel y Túnez, de hecho, se mandaban de manera independiente, por más que reconocieran la autoridad nominal de Estambul. Para detener esta desintegración, y poder pararse de tú a tú con las potencias europeas, los sultanes otomanos habían desempolvado el viejo título musulmán de Califa, que nadie había usado desde hacía un cuarto de milenio, pretendiendo así reforzar la unidad musulmana tras de sí; el resultado fue que en Arabia surgió un nuevo movimiento religioso de carácter fundamentalista, el Wahabismo, que desconoció al Imperio Otomano sobre la base de que ya no representaban al verdadero Islam, y que de hecho logró birlarle al Imperio Otomano sus dominios árabes. Después, en Europa se vivió una sorpresa de proporciones cuando Rusia invadió los Balcanes, y consiguió varias anexiones territoriales a costa de los otomanos en la Paz de Carlowitz de 1.777; bruscamente, los otomanos ya no aparecían como la potencia invencible que aparentaban ser apenas un par de años antes. Pero el verdadero golpe a la cátedra lo representó la invasión militar de Napoleón Bonaparte contra Egipto en 1.798. Dicha invasión pilló a los otomanos de improviso. En la época ya Egipto mantenía una actitud distante con Estambul; los otomanos lograron restablecer su dominio en la región después de que Napoleón desapareció de escena, pero ya el daño estaba hecho.

Los otomanos habían respondido a todo esto, a través de una política diplomática que a la larga resultaría ruinosa. En el siglo XVI, como respuesta en contra del enemigo común español, los otomanos habían trabado amistad con Francia. Esta relación se había incrementado con el tiempo, hasta el punto que los franceses obtuvieron suculentos privilegios comerciales, so pretexto de apoyar a los cristianos del Imperio Otomano; recordemos que los cristianos católicos formaban dentro del Imperio su propio millet, y se entenderá mejor la situación. Los otomanos concedieron estos privilegios con bastante displiscencia y despreocupación, en la creencia de que todavía seguían siendo invencibles, pero al decaer, los europeos empezaron a hacer cada vez mayores demandas, apoyados en interpretaciones bastante libérrimas de los privilegios concedidos. El aforismo de que hecha la ley, hecha la trampa, también vale en las relaciones internacionales, en particular cuando uno de ellos es bastante poderoso para hacer trampa en primer lugar.

A inicios del siglo XIX, el Imperio Otomano estaba reducido bruscamente a una potencia de segundo orden. Su suerte quedó sellada cuando en 1.821, los griegos se alzaron en armas. No vivían especialmente tiranizados, o no más que otros pueblos bajo dominio otomano a lo menos, pero aspiraban a crearse una nación de corte occidental con instituciones también de corte occidental, abriéndose camino hacia un desarrollo occidental, en vez de quedarse en un Imperio Otomano mentalmente estancado en la época de la conquista musulmana de Constantinopla. La independencia griega, proclamada finalmente en 1.833, fue el preludio de una serie de otros movimientos independentistas en los Balcanes, que se prolongaron a lo largo de todo el siglo XIX. El Imperio Otomano dejó de ser un imperio europeo, y pasó a ser considerada como una potencia asiática, lo que en el lenguaje diplomático e intelectual de la época, implicaba que estaban al nivel de esos pobres salvajes a los cuales la pesada carga del hombre blanco importaba llevar hasta la civilización. De hecho, el Imperio Otomano fue motejado sin complejos como el hombre enfermo de Europa.

Luchadores embadurnados peleando en el Palacio de Topkapi. Ilustración del siglo XIX.

Pero el hombre enfermo de Europa se vio salvado por la propia ambición de las potencias europeas. Nadie quería realmente que otra potencia europea se hiciera de Estambul, de manera que cuando alguna hacía amago de ir a apoderarse del Imperio, por diplomacia o por armas, ahí estaban las otras para cerrarle el paso. La sangre incluso llegó al río cuando estalló la Guerra de Crimea en 1.853, a través de la cual una alianza anglofranca libró para pararle los pies a Rusia, que amenazaba con avanzar militarmente hasta Estambul y ganarse una muy estratégica salida hacia el Mar Mediterráneo.

Por su parte, dentro del propio Imperio Otomano habían gentes que se daban cuenta de la necesidad de introducir reformas. Los jenízaros, otrora el espinazo del ejército otomano, devenido ahora en una casta de parásitos, terminaron encontrando su destino en 1.834, cuando el sultán ordenó su exterminio completo y sistemático. En su reemplazo, comenzó una profunda labor de occidentalización de las fuerzas armadas. La meta era que las fuerzas armadas otomanas pudieran luchar en pie de igualdad y con técnicas y adiestramiento occidental en contra de otras fuerzas armadas occidentales.

Sin embargo, esto trajo un efecto colateral. Las nuevas fuerzas armadas otomanas, al recibir una educación occidental, empezaron a impregnarse también de conceptos occidentales, incluyendo cosas tales como democracia y constitucionalismo. Lentamente, las tropas otomanas de corte occidental empezaron a volverse críticos del sistema económico y político en el cual vivían. Al sultán y los suyos les interesaban modernizar a su ejército, por supuesto, pero que la modernización se detuviera en las puertas del cuartel: dicho ejército debía estar para la defensa del status quo, no para introducir modificaciones sediciosas. Por ende, crecieron las tensiones entre el sultán y la corte por un lado, y sus propias tropas por el otro. Sobrevino lo inevitable: llegaron las intentonas de golpe de estado. Incluso en 1.876, las tropas consiguieron lo impensable: que el Imperio Otomano tuviera una constitución escrita. Surgió así la rareza histórica que fue el primer Califato con una constitución escrita de modelo occidental. Sin embargo, ésta duró en vigor apenas unos poquitos años, antes de que por supuesto los propios sultanes, encomendándose a los manes de Fernando VII de España, la abolieran.

A inicios del siglo XX, el Imperio Otomano aún conservaba Turquía, algunas islas del Mar Egeo, y los territorios tradicionales del Medio Oriente, aunque cada vez más bombardeado por las aspiraciones nacionalistas de armenios, árabes, palestinos, etcétera. Mientras tanto, en los Balcanes, las nuevas naciones independizadas del Imperio Otomano estaban enzarzadas en guerras en las que, por supuesto, eran utilizadas como peones de la política internacional de las grandes potencias europeas. Era cuestión de tiempo antes del fin, y el fin se llamó Primera Guerra Mundial.

Pilotos otomanos en 1.912.

Nadie pedía ni quería que el Imperio Otomano entrara en la Primera Guerra Mundial, pero los otomanos, quizás espoleados por su deseo de recobrar influencia en los Balcanes, se decidieron a hacerlo. Y lo hicieron por el bando que llevaba las de perder: los imperios centrales. Decisión lógica, si se piensa que en el otro bando estaban todos los grandes enemigos de la independencia otomana: los rusos, los británicos y los franceses. El problema es que los imperios centrales perdieron. La debacle fue generalizada. Ayudados por británicos y franceses, incluyendo el famoso Lawrence de Arabia, los pueblos del Medio Oriente se rebelaron y consiguieron expulsar el dominio otomano; británicos y franceses, eso sí, traicionaron a buena parte de esas etnias a las que tantas promesas habían hecho, y cuando se produjo el reparto del Medio Oriente, ellos se quedaron bajo la ficción jurídica y la desvergüenza de proclamarse mandatarios de la Sociedad de Naciones... que ellos mismos habían creado, después de la Primera Guerra Mundial. El cabreo generalizado de los nacionalistas de la región fue épico, y ayudó a darle combustible a una hoguera de reivindicaciones que, a resultas de sucesos posteriores, todavía ni se apaga ni piensa en hacerlo.

Grecia, por su parte, declaró la guerra al Imperio Otomano en 1.919, bajo la aspiración nacionalista de reunificar todos los territorios que antaño pertenecieron a la civilización griega, incluyendo tanto la costa occidental de Turquía como Estambul. Al final, la guerra no se les dio tan bien a los griegos, pero ello no fue óbice para que se produjera una horrorosa tragedia humanitaria, por desgracia olvidada hoy en día. Herencia del régimen de millets, en tierras que los griegos habían conquistado a los otomanos, vivían combinados gentes de todas nacionalidades; apenas los griegos se enseñorearon, expulsaron a todos los turcos al otro lado de la frontera, mientras que los turcos hicieron otro tanto con los griegos que aún sobrevivían en tierras otomanas. Fue una verdadera purga religiosa y étnica que es otra muestra de lo que pueden el fanatismo, la intolerancia, y el nacionalismo chauvinista mal entendido.

Como resultado de todas estas desventuras, un general turco llamado Mustafá Kemal se proclamó Ataturk, es decir, Padre de los Turcos, y decidió romper con el pasado otomano de raíz. Bajo su dictadura, abolió el Sultanato y el Califato, y convirtió a Turquía en una república. Mandada por él a perpetuidad, pero república. Renunció también a los sueños nacionalistas de reconstruir el Imperio Otomano con nuevas conquistas, y se centró en la política interna, occidentalizando a su país. Dictó leyes obligando a la gente a llevar siempre el sombrero con alas de moda en la época, con la visible meta de impedir a los fieles musulmanes tocar el suelo con la frente a la hora de las oraciones. Y obligó a cambiar el alfabeto del turco al occidental, para así volver de un solo golpe ilegibles los libros antiguos otomanos, sin necesidad de tener que quemarlos. Los métodos de Ataturk fueron bastante cuestionables, por supuesto, pero al menos logró su meta de transformar a Turquía, del hazmerreir que había sido en la época otomana, en una digna nación moderna.

En definitiva, la crónica del hundimiento otomano es otra historia que ya hemos visto a propósito de los privilegiados de 1.789, o de los optimates en la República Romana: la de un régimen y un sistema de gobierno que acaba cometiendo suicidio gracias a las presiones de los aprovechados de siempre, que se instalan en un régimen y empiezan a profitar de él sin devolver nada a cambio, entorpeciendo e incluso eliminando a quienes intentan defender de verdad el régimen. Los privilegiados otomanos impidieron muchas reformas y se las arreglaron para que se mantuviera un sistema cada vez más atrasado respecto de los tiempos, cerrando los ojos y negándose a admitir lo que para muchos era cada vez más evidente: que el colapso y final era inminente. Lo sorprendente no es que el Imperio Otomano haya terminado por caer; lo realmente sorprendente del caso es cómo se las arregló para sobrevivir, en vez de haberse venido abajo con rapidez incluso mayor, a manos de sus victimarios europeos.

El sultán Mehmed VI abandona su palacio y marcha hacia el exilio, luego de que en Turquía se aboliera el Sultanato en 1.922.


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