miércoles, 14 de enero de 2015

"Las aventuras de Kavalier y Clay": 300 páginas de sumo interés y 300 de relleno.


Después de seis meses de tomarlo y dejarlo, he acabado por fin el tocho de Michael Chabon (quizás ustedes lo conozcan por figurar él mismo en un episodio de Los Simpsons de la temporada 18). Ya saben, el celebérrimo Las aventuras de Kavalier y Clay. Y sí, era un tocho, por la razón básica de que contaba en 600 páginas de regular tamaño y minúscula imprenta, lo que hubiera cabido en unas 300 con un poco de mejor criterio.

Vamos por partes. La novela recrea el mundillo, o mejor dicho el submundillo, de la historieta o el cómic estadounidense de superhéroes. Cubre así el período de tiempo que va desde la aparición de los superhéroes con Superman, en 1938, hasta la persecusión por parte del Congreso de los Estados Unidos, por el libro La seducción de los inocentes, que aparece explícitamente mencionado y denostado en la opus magna de Chabon. El argumento gira en torno a las relaciones entre dos primos judíos, Joseph Kavalier y Sam Clay, que se meten al negocio de los superhéroes creando a uno de ellos, el Escapista, y las viscisitudes que pasan por esto. Porque sus jefes los explotan sin misericordia alguna, y ellos mismos tienen una vida que los lleva a codearse con varios grandes de la época (hay un cruce con Orson Welles, y Joseph Kavalier en una ocasión le salva la vida nada menos que Salvador Dalí, entre otros momentos). Así dicho, suena interesante, aunque sea porque los novelistas hasta la época del libro habían tendido a rehuir todo aquello que oliera a cultura popular, incluyendo los superhéroes, y parecía más respetable escribir crónicas sobre ancianitas y vagabundos marginales que sobre creadores de superhéroes, de ciencia ficción, de fantasía heroica...

El problema es que las historias de estos dos personajes simplemente no bastan para cubrir 600 páginas. Así de simple. Si piensan que encontrarán una historia de tipo Indiana Jones, en donde el protagonista se ve envuelto en sus propios misterios, en una trama de aventuras y balas, y cosas así, están equivocados. Ni siquiera hay referencias a lo más interesante de todo, que hubiera sido apreciar la evolución del Escapista como personaje de historietas. En un momento, podría pensarse que diera lo mismo que Kavalier y Clay hubieran creado una historieta de superhéroes, que un detective de novela negra, o una saga de ciencia ficción, porque el énfasis está puesto en los personajes y no en la obra, y lo que le pasa a los personajes simplemente no es tan interesante como para tragarse todas esas páginas. Uno de ellos se lía con una chica y después, por circunstancias personales, se separa de ella (no soplaremos como sigue), pero esa es una historia romántica vulgar y corriente. El otro debe lidiar con un oscuro aspecto de su personalidad que no soplaré tampoco, pero que apenas se insinúa la relación con los superhéroes que crea cerca de la última página, en un breve capítulo, y tan a la rápida que no pareciera querer justificar las 600 páginas anteriores. O sea, si van a leerlo, que sea bajo su responsabilidad: yo cumplí con advertirles.

No se crea, de lo que he dicho, que la novela es desdeñable, en todo caso. Tiene sus puntos fuertes. Está, por supuesto, la exquisita reconstrucción de época, cuidada hasta en los menores detalles (se mencionan qué películas los personajes van a ver al cine, por ejemplo). El estilo literario también es bastante llevadero, simple y elegante a la vez, e invita a pasar las páginas sin excesivo fastidio, lejos de la pomposidad de muchos iluminados a quienes alaban los culturetas de toda la vida (frecuentemente sin haberlos leído). Y algunos apuntes sobre los superhéroes no dejan de ser interesantes. De antología es el comentario en el cual se reflexiona que Superman es judío. O cuando se explica que la relación entre los superhéroes y los sidekicks (los ayudantes juveniles) no es una relación homosexual como se explica en La seducción de los inocentes, sino una de padre e hijo, y ése era el gancho para la juventud. También hay varios chistes y alusiones a personajes y situaciones de la época, que más de algún friki podría gozar: el juicio por plagio que los editores de Superman llevan contra los editores del Escapista, es indiscutiblemente un trasunto del juicio que en la vida real llevaron los editores de Superman contra los del Capitán Maravilla (y que increíblemente ganaron). Y quizás el ariete conceptual más grande es la relación que se hace entre la figura del superhéroe, y la del golem, ese arcano muñeco de arcilla judío que arranca desde la bruma de los tiempos, y que en las primeras páginas marca a fuego el destino posterior de Joseph Kavalier, involucrado en una dura intriga por proteger al Golem de los nazis. En cierta medida, parece reflexionar Chabon, el superhéroe del siglo XX es una prolongación del Golem, de un ser humano de capacidades sobrehumanas que está al servicio de los buenos (los judíos o la Humanidad, tanto más da), y con eso crea algunas insinuaciones bastante irrespetuosas sobre el papel de demiurgos que tienen superhéroes como Superman, en el sentido de ser criaturas semidivinas (sólo que en clave de Ciencia Ficción).

En ese sentido, la novela de Michael Chabon es sumamente rescatable y tiene grandes ideas. Desgraciadamente, se extiende el doble de lo que debería.

ALGUNAS NOTAS ADICIONALES (ENERO DE 2.015): A la fecha, no he vuelto a leer el libro, y no parece probable que lo haga en el futuro cercano. A la fecha, Chabon ha publicado siete novelas, y no he leído ninguna otra. Además, yo mismo después profundicé en algunas ideas y conceptos aquí explicados, particularmente en la serie Superman 75 años.

Este posteo fue publicado por primera vez en el blog Tribu de Plutón, el Martes 10 de Julio de 2.007.

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