miércoles, 10 de diciembre de 2014

La tediosa máquina del tiempo de Arthur Schopenhauer.

A comienzos de este 2.014, por cordial invitación don Francisco José Súñer Iglesias, es que participé como columnista invitado en el cumpleaños número 17 de El Sitio de Ciencia Ficción. En la ocasión, el tema en común para todos los columnistas invitados versaba sobre si la Ciencia Ficción de verdad había conseguido profetizar el futuro, o si por el contrario, podían contarse más los fiascos que los éxitos en sus afanes prospectivos. Mi colaboración al respecto fue... esto. Ignoro si el texto en cuestión es bueno o malo, pero sí tengo una certeza absoluta: ustedes no habían leído nunca un artículo en donde aparezcan mezclados Arthur Schopenhauer y la Ciencia Ficción:

Rotwang, el científico loco de la película Metrópolis de Fritz Lang (1.927).
Tan pronto como alcanzamos nuestros deseos, ellos no parecen ser lo mismo, y por lo tanto pronto se vuelven rancios, son olvidados, y aunque no abiertamente repudiados, son siempre arrojados a un lado como ilusiones desvanecidas. Somos afortunados de manera suficiente si todavía permanece algo que desear y por lo que luchar después que el juego siga el ritmo de la transición constante desde el deseo a la satisfacción, y desde la satisfacción a un nuevo deseo, el rápido curso de lo cual es llamado felicidad, y el curso lento amargura, y se hunde en ese estancamiento que se muestra a sí mismo en temible tedio que paraliza la vida, vano anhelo sin un objeto cierto, languidez de mala muerte.
Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, Libro Segundo.

Iniciaré esto como una historia de ciencia-ficción. Existió en la Alemania del siglo XIX un viejo cascarrabias llamado Arthur Schopenhauer, que escribió unos vistosos tratados de filosofía demostrando que nada en la vida valía demasiado la pena, y que por la magia de la intriga que estamos desarrollando, obtuvo una máquina del tiempo sin comerlo ni beberlo. Con cierta indiscreción, gruñendo como es su costumbre, se sube a la máquina y viaja en el tiempo hasta nuestra actualidad, en donde se encuentra con una comunidad friki. Y entonces se da cuenta, con la emoción propia de un viejo rezongón que de pronto en un rapto de suerte descubre haber tenido siempre la razón, que los frikis son esa clase de criaturas que predijo, las que se mueven eternamente en la rueda del anhelo y el tedio. Porque los frikis tienen toda la cultura friki a su disposición, y ésta no para de crecer de manera constante y día a día, y aún así están disconformes; Schopenhauer decía de la riqueza que era como el agua salada, que mientras más se bebe más sed da, y los frikis son inmensamente ricos en cultura friki por estos días.

Así, el friki promedio espera siempre con ansias el capítulo de mañana de su serie televisiva, despreciando el capítulo que vio ayer, y que esperaba con ansias anteayer. También espera que salga la nueva línea de muñequitos de colección, despreciando aquellos que ya han salido, hasta el punto de mantenerlos en su caja para que sigan siendo coleccionables en vez de hacer lo lógico y natural, sacarlos de su empaque para gozarlos de manera plena. El friki espera la nueva película del próximo superhéroe, mientras que el superhéroe de la película estrenada apenas ayer ya va recogiendo su capa y retirándose con humildad, hasta la siguiente entrega por lo menos.

Aunque hace tiempo que los enterados saben que la ciencia-ficción ya no es sólo dominio del cutrerío friki, y que algunas de las mejores obras del siglo XX pertenecen al género de cajón, lo cierto es que ningún otro género grafica tan bien el balancín schopenhaueriano en el cual se mueve el fanático. Ningún otro género tiene una fantasía que juega tanto con la anticipación. El enésimo relato de fantasía medieval puede ser muy escapista, pero también es muy improbable: nadie espera despertarse el día de mañana con un mago o un dragón o un guerrero bárbaro armado con una espada llamada Degolladora de Trasgos, tocando amablemente la puerta. La Ciencia Ficción, en cambio, sí ofrece esa posibilidad: hoy en día no existen máquinas del tiempo, pero quizás mañana sí, así como hubo un día en que nos dijimos que mañana iban a existir dispositivos portátiles de comunicación, mañana iban a existir cerebros mecánicos o artificiales, mañana iba a existir manipulación genética, mañana...

Tradicionalmente, el fanático de la ciencia-ficción leyó obras del género buscando abrirse a las posibilidades que, a diferencia de otros géneros, sí podían llegar eventualmente a ser realidad. Y cuando llegan a serlo, estos temas pierden interés. La ciencia-ficción está llena de tópicos futuristas que tuvieron una rozagante vitalidad, y que hoy en día son cadáveres a la vera del camino. El viaje a la Luna. El periplo submarino. Los cerebros artificiales. Los transmisores en miniatura. El dinero plástico. Los rayos de la muerte. Las megaciudades. La guerra biológica. La bomba megaexplosiva. Todas cosas fantásticas cuando se escribieron, implausibles, improbables, asombrosas con su sentido de la maravilla a cuestas. Todas cosas hoy en día realizadas, incluso francamente aburridas. El lector enfrentó esos textos con deseo de maravilla, y cuando esa maravilla se hizo realidad, el deseo se transformó en tedio. La vibración heroica de un Asimov devino en un costumbrismo soñoliento a lo Pérez Galdós.

Pensemos en una película como Gravedad, de 2.013. En los inicios de Hollywood en 1.913, dicha película hubiera sido palmariamente ciencia-ficción, describiendo muchas cosas que no existían más allá de las mesas de dibujo de algunas mentes afiebradas quizás por haber volado demasiado cerca de algún lunamoto. En Gravedad vemos naves espaciales reutilizables, trajes espaciales, brazos mecánicos artificiales, satélites artificiales, estaciones orbitales... Más allá del tema de los efectos especiales, en la época de El nacimiento de una nación era casi impensable una película como Gravedad, con un mínimo de realismo. Antes, en 1.903, se había rodado la sorprendente De la Tierra a la Luna de Mélies, basado en Julio Verne; ciento diez años después, nadie rodaría una adaptación de dicha novela si no fuera como una especie de fantasía kitsch, un retraux camp lleno de nostalgia por la ciencia-ficción de los buenos y viejos tiempos. En cuanto a Gravedad, es una película del espacio, pero difícilmente cataloga como Ciencia Ficción.

Es fácil quejarse de que el futuro en que vivimos no es como lo habíamos concebido, y que nos salió algo más bien diferente. En muchos respectos, es cierto. Pero no es menos cierto que tendemos a fijarnos más en lo que no se cumplió, que en lo que sí sucedió. En lo no cumplido radica lo diferente, lo sorprendente, el sentido de la maravilla. El deseo, en definitiva. En lo cumplido por lo contrario está lo rutinario, lo cotidiano, lo banal. El tedio, también en definitiva. Schopenhauer odiaba a los historiadores porque pensaba que le enseñaban a la gente que el pasado era siempre diferente cuando en realidad siempre había sido igual. De haber llegado a enterarse de que en su tiempo estaba naciendo y estructurándose algo llamado Ciencia Ficción, quizás hubiera pensado algo similar sobre un género cuyos cultores siempre tratan de crear futuros diferentes, pero que en definitiva son todos iguales en su capacidad para provocar el tedio, cuando éstos por fin se hacen realidad.

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