miércoles, 12 de noviembre de 2014

Los yosiempre.


Entre los variados tipos humanos que incitan a encomendarse a los manes de Jonathan Swift o Arthur Schopenhauer, están los yosiempre. Me refiero a la clase de personas que tienen pegada a las fauces la muletilla "yo siempre...". Lo que viene a continuación de dicha frase puede variar, aunque por supuesto es siempre una autoalabanza. Nadie dice "yo siempre me castigo los dedos entre las puertas" o "yo siempre me siento un imbécil"; por el contrario, se les escucha más bien un "yosiempre tengo que estar ahí para salvar la situación", o "yo siempre veo la vida con optimismo", o alguna otra tontería semejante.

En realidad, por mucha vida de perros que uno tenga, cada persona tiene su minuto de estrellato. Todos hemos sido alguna vez Zeppos que hemos debido salvar alguna situación mientras todo el mundo estaba mirando hacia otro lado, o todos nosotros nos levantamos alguna vez irradiando optimismo por un glorioso nuevo día. Por lo que el énfasis del yosiempre es diferente, porque él siempre hace esas cosas, él siempre es así de espectacular. Y lo que es, es algo positivo. El mensaje implícito, aunque no demasiado enterrado en el subtexto, es que el yosiempre es lo mejor de lo mejor, y que deberíamos construirle un altar o algo similar.

No ayuda que el yosiempre utiliza un tono de voz nasal. Uno puede ver como su barbilla se alza levemente, como para alejar sus prístinas pupilas de nuestro nivel, adquiere un leve semblante a Mussolini, a la vez que sus manos se abren con el gesto acogedor del que va a ser saludado como mesías debajo de hojas de palma.

Una variedad especialmente agresiva del yosiempre es el que siempre estuvo ahí. Me refiero a la clase de persona que deja botados a sus amigos y conocidos, o bien que sólo tiene palabras críticas y ninguneos para la gente a su alrededor, pero que cuando una de esas personas prospera y se hace notar de manera positiva, va corriendo a la siga para decir "yo siempre estuve contigo", "yo siempre he sido su amigo", "yo siempre sabía que te iba a ir bien". La gente que no sabe, termina creyendo de manera sincera el autobombo, y ansiosos ellos mismos de subirse al carro, ayudan de paso al yosiempre a subirse al mismo; la gente que sí sabe, por su parte, como por lo general no quieren comprarse un conflicto, dejan al yosiempre hacer, y se transforman así en cómplices pasivos del mismo. En cuanto al triunfador arriba del carro, siendo su hora de gloria, no puede quedar malparado delante de su nueva audiencia, empujando a empellones lejos al yosiempre y quedando como un malagradecido. De esta manera, el yosiempre en cuestión se hace de fama y reconocimiento gratuitos e inmerecidos.

Aún peor es el yosiempre que se cuelga de los muertos. Un artista ha sido opacado, insultado o ninguneado en vida, pero apenas fallece, empiezan los reconocimientos. ¿Y qué hace el yosiempre? Empezar a afirmar que "yo siempre supe que el muertito era un genio", "yo siempre defendí su obra", etcétera. En casos especialmente afortunados, estos yosiempre acaban sentados en el directorio de la Fundación Artística Muertito, tomando toda clase de decisiones comerciales sobre la obra del muertito al que en vida ni siquiera le prestaban visitas de cortesía. Tocábamos de refilón el tema respecto de los subidos al carro de la muerte de Michael Jackson, aquí en la Guillermocracia hacia algunos años, pero se le puede aplicar a cualquier artista a quien los aromas de santidad le han venido de la sepultura.

Algunos yosiempre tratan de disimular su yosiempría, probablemente porque era demasiado obvio su desprecio por el muertito. Entonces, para evitar el yosiempreo, caen en lo contrario, en la confesión arrogante. Es decir, ya que no pueden decir "Yo siempre estuve a favor del muertito", dicen que "Yo estaba en contra del muertito, pero vi la luz y enderecé mi camino". Uno de los ejemplos más flagrantes en toda la Historia Universal es Pablo de Tarso, personaje que no hubiera podido decir un yosiempre porque era demasiado notorio que perseguía cristianos, lo cual no le impidió autoproclamarse y firmar sus cartas como apóstol por la gracia de Cristo (ver Romanos 1:1), porque ninguno de los apóstoles verdaderos lo había elegido; el único apóstol elegido por los otros fue Matías, no Pablo (ver Hechos de los Apóstoles 1:26).

En definitiva, lo desagrable del yosiempre es su esfuerzo permanente y narcisista por forzar a los demás a reconocerlos porque sí, sin ninguna razón realmente valedera. Porque el árbol bueno da fruto bueno y el árbol malo da fruto malo... pero el yosiempre dirá que "yo siempre he dado fruto bueno", obligando a los demás a reconocer eso, aunque sea por cortesía. Aunque los frutos sigan siendo lo que son.

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Buenas reflexiones, y pues solo una perlita más del hipócrita mundo en el que vivimos.

Guillermo Ríos dijo...

Gracias. En lo personal soy un firme convencido de que el mundo no anda mejor por la desidia general de las personas, así es que romper el silencio y denunciar estas cosas es mi pequeño aporte para que este mundo sea un lugar mejor. Para que haya un yosiempre, después de todo, se necesita un montón de gente haciéndose el tonto alrededor.

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