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miércoles, 19 de noviembre de 2014

Al que mucho tiene más le será dado...

Un grabado anónimo de 1.712 en donde aparecen representados los tres sirvientes y el patrón, que protagonizan la Parábola de los Talentos.
Hay gente que considera a Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios, o a lo menos como un elevado maestro espiritual. Otros son de opiniones un poco más negativas sobre la figura. Lo que sí parece innegable, de creerle a los Evangelios, es que el personaje tenía una capacidad única para explicar tópicos religiosos tremendamente peliaguados en términos muy sencillos de comprender. Son las famosas parábolas: relatos cortos o comparaciones a través de las cuales Jesús de Nazaret explica sus ideas y concepciones acerca de Dios, el alma y el mundo, y todo lo demás. Algunas de ellas son tan conocidas, que han pasado a formar parte del habla popular: la Parábola del Buen Samaritano, la Parábola del Buen Pastor, la Parábola del Hijo Pródigo... Y luego está la Parábola de los Talentos, quizás una de las más desconcertantes de todas. Y también una que, leída con atención, resulta particularmente cruel.

Si ustedes quieren consultar de qué se trata, pueden leer las dos versiones que nos proporcionan los Evangelios, en Mateo 25:14-30, y Lucas 19:12-27. Pero si no quieren darse la molestia, la referiré más o menos aquí. Se trata de una comparación del Reino de los Cielos: "El Reino de los Cielos es como...", y empieza. Hay un hombre que es muy rico, y que debiendo partir de viaje, llama a sus sirvientes para entregarles su riqueza. A uno le entrega diez talentos, a otro dos talentos y a otro uno; valga la mención de que estoy refiriendo el cuento por Mateo, ya que en Lucas no son talentos sino minas. Luego, cuando regresa, le exige cuentas a los sirvientes. El que había recibido diez talentos había hecho negocios y había ganado otros diez talentos, así es que el amo lo recompensa. El que había recibido dos había hecho también sus propios negocios y había ganado otros dos talentos, de manera que el amo también lo recompensó. Pero el que había recibido uno, teniendo miedo de perder el dinero que no era suyo sino de su señor, prefiere esconderlo en la tierra, de manera que cuando el señor regresa, le presenta el único talento a salvo, pero sin ganancia.

El señor entonces se alegra mucho de que los otros dos le hayan rendido tanto, y los premia. Al tercero, en cambio, le lanza el siguiente discurso: "Malo y negligente siervo, sabías que siego donde no sembré y que recojo donde no esparcí; por tanto te convenía dar mi dinero á los banqueros, y viniendo yo, hubiera recibido lo que es mío con usura. Quitadle pues el talento, y dadlo al que tiene diez talentos. Porque á cualquiera que tuviere, le será dado, y tendrá más; y al que no tuviere, aun lo que tiene le será quitado. Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera: allí será el lloro y el crujir de dientes" (Mateo 25:26-30).

La primera vez que leí este texto era todavía un niño, y no tenía mayor idea de por qué un talento como lo es el saber cantar o hacerle a la repostería, podía obtener ganancia o ser escondido en la tierra. Me lo tomé como una metáfora: está hablando del Reino de los Cielos, y por lo tanto es natural que Dios, siendo omnipotente, pueda darle o quitarle a alguien el talento para cantar o para cocinar buenos pasteles. La versión alternativa del Evangelio de Lucas me hacía un poco más de sentido a este respecto: a un sirviente le entregó diez yacimientos mineros, a otro dos, al tercero uno. Aunque seguía siendo un misterio de cómo una mina podía esconderse en la tierra: ¿acaso el sirviente había tapiado la boca de la mina o algo, para que no entraran bandoleros? Después hice lo que todo ciudadano debe hacer para saber en qué clase de mundo está parado, lo que significa aprender Historia (entre otras cosas), y entonces entendí.


Por si habían escuchado la parábola y no se habían detenido mayormente sobre ella, y lo desconocen todo sobre el sistema económico del Imperio Romano, les explico. Talentos y minas son lo que podríamos llamar unidades monetarias en la Antigüedad. Se los suele considerar moneda, y ciertamente eran unidades con valor de intercambio económico, pero no medían exactamente unidades monetarias como los pesos chilenos o mexicanos, los euros europeos o los dólares de Estados Unidos. En vez de eso, eran unidades de peso. Que se aplicaban a los metales preciosos, en particular al oro, y de ahí su valor económico. Es decir, entregarle a alguien un talento de oro no era necesariamente pasarle una cantidad de monedas acuñadas, sino una cantidad de oro cuyo peso equivale a una medida de peso llamada talento; esto sin perjuicio de que los reyes y gobernantes en efecto acuñaran moneda, pero no para darle un valor como unidad de intercambio comercial, sino para que su sello real sirviera como garantía de la ley del oro contenido en la moneda. La propia palabra talento deriva del griego τάλαντον (talantos), que designaba a las balanzas para medir el peso de las cosas, incluyendo por supuesto a las balanzas de los cambistas de moneda.

Explicado lo anterior, podemos preguntarnos cuánto dinero era un talento. La respuesta: una enormidad. Se concebía el talento como la cantidad de agua necesaria para llenar un ánfora; imagínense ustedes una cantidad de oro equivalente en peso a dicha cantidad de agua. La medida de un talento variaba de lugar en lugar y de tiempo en tiempo, pero en la época neotestamentaria equivalía a algo menos de 60 kilogramos. O sea, al sirviente que le entregaron un talento, en el fondo le entregaron casi 60 kilogramos de oro, al sirviente con dos talentos le entregaron algo menos de 120 kilogramos de oro, y al sirviente con diez talentos le entregaron más de media tonelada de oro en total. Eso es una brutalidad de oro hoy en día, y en esa época lo era todavía más.

Saquemos algunas cuentas más. El salario promedio de un obrero no calificado, por ejemplo el campesino labrando la viña de un terrateniente, era de un denario al día (Mateo 20:2, Juan 12:5). Aplicando este lindo convertidor de unidades, descubrimos que un talento es equivalente a casi 5.300 denarios. O sea, con un talento usted podía pagarle a un trabajador durante década y media trabajando de lunes a domingo y sin festivos. O bien conseguir que 5.300 trabajadores hicieran labores para usted durante un día completo. O si asumimos un trabajo de lunes a sábado, seis días a la semana, usted podía disponer de 16 trabajadores durante un año completo, y aún le sobraría una cantidad suficiente para pagarle a un trabajador número 17 adicional durante cerca de diez u once meses. Todo esto sin considerar impuestos, eso sí.

Abundemos todavía más. En Chile, el salario mínimo en 2.014 está fijado en 210.000 pesos (unos 400 dólares, considerando un tipo de cambio de 500 pesos el dólar, aunque el dólar en Chile durante 2.014 ha tenido un comportamiento bastante errático, cortesía de los misiles israelíes encajados en Gaza, y de los milicianos yihadistas en Irak). Sin aplicar descuentos, impuestos o imposiciones, y considerando seis días de trabajo a la semana de lunes a sábado, la remuneración mínima diaria es de 8.750 pesos (17,5 dólares). Es decir, un talento es equivalente a más de 46 millones de pesos chilenos (más de 92.000 dólares). Ahora es donde aparece en verdad lo que estaba en juego para los pobres sirvientes: al que le dieron menos, le dieron el equivalente a 46 millones de pesos actuales, al que le dieron un poco más le entregaron 93 millones y algo de pesos actuales, y al que le entregaron con alevosía, recibió casi 500 millones de pesos. No son sumas despreciables, tratándose de una época anterior a aquella en que los millonarios pueden comprarse helicópteros privados.



Por cierto, una nota etimológica. Ustedes a estas alturas estarán preguntándose por la coincidencia de que para un talento como saber cantar o preparar ricos pasteles, se utilice la misma palabra que para una antigua moneda, o más técnicamente, para una antigua unidad de peso con aplicaciones monetarias. No es una coincidencia. El uso de los talentos en una parábola le aseguró celebridad futura a la palabra en cuestión, toda vez que la Biblia se transformó en parte de la cultura europea durante una Edad Media en que no existía televisión para entretenerse, y en particular asociando la palabra con algo muy valioso; de ahí que se haya empezado a decir de las personas capaces de cantar bien o cocinar ricos pasteles, que son talentosas como sinónimo de ser valiosas.

Frente a esto, la parábola no puede ser menos que desconcertante. Jesús está comparando el Reino de los Cielos con un patrón que entrega talentos a sus sirvientes. Los sirvientes que utilizan los talentos para multiplicar la riqueza del Señor, sea el señor de la parábola o el Señor en los Cielos, tanto más da, son los que recibirán premio. Los sirvientes que se guardan la riqueza para sí, ésos no sirven y es más, serán echados afuera. Desde cierta perspectiva, parece justificado: si una persona no invierte aquello que le dio el Dios es Amor del Nuevo Testamento, en hacer feliz a sus semejantes, es muy posible que el calificativo de ser un mal cristiano o un cristiano a su manera le venga de cajón. Los dones, es la prédica cristiana, no son para beneficio personal sino para amar a los demás así como Jesús los ha amado.

Pero luego viene el castigo. El Dios de esta parábola es un Dios interesado: "Sabías que siego donde no sembré y que recojo donde no esparcí", dice. El Dios de esta parábola es un tanto diferente al Dios Padre y al Dios es Amor predicado en otros pasajes. No es un Dios amoroso, solícito y comprensivo, sino uno que explota a sus sirvientes incluso cuando no está físicamente presente. Al Dios de esta parábola le interesan un bledo las buenas intenciones: él quiere resultados. El sirviente que escondió 46 millones de pesos en la tierra no lo hizo por maldad, sino que lo hizo por mejor, porque el dinero estuviera a salvo; el que tenía 460 millones de pesos irónicamente lo tenía más fácil, ya que tenía fondos de sobra para invertir en varios negocios a la vez, y así compensar las pérdidas con las ganancias, mientras que el que tenía 46 millones prefirió no apostar a ganar por temor a perder.


Más inquietante es la conclusión de la Parábola, según el relato bíblico. En Mateo, se trata acerca de la venida del Reino de Dios, momento en que los justos serán premiados como los sirvientes buenos, y los malos castigados como el sirviente malo. En Lucas, en cambio, la conclusión es mucho más perturbadora, ya que dice que los seguidores de Jesús deben traer a quienes se nieguen a seguirlo y reconocerlo como Rey, para que éstos sean degollados. Y dicho esto estando ad portas de entrar a Jerusalén en la serie de eventos que culminaron en su Crucifixión; si no me creen, lean el Evangelio por ustedes mismos y cerciórense. Me ahorro los comentarios para no sembrar más polémica de la que es propia de estos pasajes que estoy citando.

Ni qué decir acerca de las derivaciones económicas de esta parábola. Irónicamente, gentes de derecha y de izquierda la han utilizado para su propio bando. Los neoliberales la leen en el sentido de que está bien buscar la riqueza por cualquier medio, ya que cualquier riqueza que se obtenga es un favor divino: mientras más rico eres, es más lo que se complace Dios en tí. O sea, si tienes casi 500 millones y haces otros casi 500 millones, estás cumpliendo la voluntad de Dios. Riqueza por lo tanto es igual a salvación. Los más cercanos a visiones de izquierda por el contrario ponen de manifiesto la inequidad del señor, y también la falta de solidaridad de los sirvientes buenos, que no interceden por el sirviente malo: cada sirviente hace lo suyo por su cuenta, sin ponerse de acuerdo, y el resultado de esto es la debacle del sirviente malo. De esta última reflexión se pueden extraer también algunas interesantes y perturbadoras conclusiones para el mundo actual, en particular para cierta clase media arribista con mentalidad de yo primero, yo segundo, yo tercero y mi sombra en cuarto (y último) lugar.

Sea cual sea el resultado, la Parábola de los Talentos sigue siendo una fuente rica y fértil de ideas y conceptos, algunos muy interesantes e incluso para aplaudir, sumados a otros profundamente perturbadores.

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Es un tema interesante, en lo personal, siempre he tenido la impresión de que cada autor de los evangelios plasma y acomoda los hechos narrados en sus obras según su ideología y eventos contemporáneos.

Es más antiguo el evangelio de Mateo que el de Lucas. bajo este punto entiendo porque el evangelio de Lucas tenga esa sentencia tan "anti cristiana" por así decirlo, fue escrito después de la caída de Jerusalen, es comprensible que consciente o inconscientemente se trasaladara los sentimientos negativos que se tenía contra los ajenos al cristianismo, sobre todo los romanos a su obra.

Guillermo Ríos dijo...

Que cada evangelista quería allegar aguas para su propio molino es algo bastante obvio para cualquiera que se siente a leer los Evangelios de manera crítica y desapasionada, algo que desde siempre ha tratado de echarse mano mora con el recurso de que en realidad son cuatro perspectivas diferentes sobre lo mismo, etcétera. Los parecidos con los cuatro testigos del mismo atropello automovilístico que dicen uno que el automóvil que hizo pulpa al peatón es negro y el otro naranja con rayas verdes, están a la vista.

El tema de la intencionalidad de los evangelios es, cuando menos, complicado. Tanto Mateo como Lucas parecen haber escrito después de la destrucción de Jerusalén en 70, pero con intenciones y hacia comunidades distintas. A Mateo le interesaban más los judíos, y trata por todos los medios de mostrar a Jesús como el resultado final de la tradición judía, con miras a una entente cordiale entre judíos y gentiles, dentro de un Cristianismo cada vez más poblado de gente procedente del mundo grecorromano y en donde los judíos eran cada vez más minoría. Lucas en cambio como discípulo de Pablo el gran predicador entre los gentiles, estaba más interesado en mostrar el proyecto de Jesús como salvación de la raza humana toda y no sólo de los judíos, y por ende tenía menos motivos para ser amable con los judíos. Como muestra un botón: tanto Mateo como Lucas presentan genealogías de Jesús, pero Mateo remonta la suya sólo hasta Abraham el Padre de los Judíos, mientras que Lucas lo hace hasta Adán el Padre de la Raza Humana como un todo.

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