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domingo, 26 de octubre de 2014

Anatomía del crédito (2 de 2).


En la primera parte de Anatomía del crédito, dábamos una serie de explicaciones acerca de cómo funciona el crédito. Pero ahora es cuando viene realmente lo bueno. Porque, siguiendo la regla de que las secuelas deben ser siempre más grandes y espectaculares, acá nos metemos de lleno con el sistema bancario. Pero culminábamos el posteo anterior con una afirmación bastante audaz: el crédito es una máquina del tiempo que trae dinero desde el futuro hasta el presente. Algo que parece un absurdo completo... pero que tiene su lógica. Para explicar esto, debemos partir con un pequeño rodeo, y explicar un tema adicional: las llamadas expectativas de futuro.

Decíamos que el crédito, como la propia palabra dice, implica una confianza en dos cosas: el deudor tendrá capacidad de pago, y además de eso en efecto pagará. Esto es una expectativa en algo que va a ocurrir, o sea, en el futuro. Mientras más confianza, mayor es la expectativa y por lo tanto mayor disposición a correr el riesgo; para atraer al cliente, entonces, bajará la tasa de crédito. Pero a su vez, los deudores estarán dispuestos a tomar mayores créditos, lo que impedirá que las tasas de interés bajen hasta casi cero. A la inversa, cuando se esperan tiempos color negro neoliberal, el banco tiende a subir las tasas de crédito porque no tiene confianza en que el dinero vuelva... pero los deudores por su parte no están dispuestos a endeudarse, lo que a su vez ejerce una fuerza hacia abajo en las tasas de interés. En realidad esto es el viejo juego de la oferta y la demanda, en donde se alcanza un equilibrio de la tasa de interés a través de la pugna entre los prestamistas por lograr prestar al interés más alto posible, y los deudores por obtener préstamos al interés más bajo posible.

A la vez, esas expectativas de futuro dependen por entero de la previsión de las personas acerca de cómo va a venir ese futuro. Una persona que prevea un futuro negro, tenderá a no endeudarse, y la que prevea un futuro rosa, tenderá a tomar mayores créditos. Así, está comprometiendo sus ganancias del futuro, en gastos del presente. Es decir, le está metiendo la mano en la billetera a su propio yo del futuro, y trayendo al presente esos billetes que extraiga de ahí para utilizarlos. Pero, eso sí, la máquina del tiempo no funcione de una manera indiscriminada. El crédito es una máquina del tiempo, pero ésta debe ser alimentada como cualquiera otra máquina. Y así como una maquinaria industrial necesita de mayor electricidad para hacer más trabajo, el crédito necesita tasas de interés cada vez mayores cuanto más dinero se quiera traer desde el futuro. El portal del tiempo solamente admite una cantidad de dinero pasando a su través, y el ancho del portal depende de cuán bonito o feo parezca venir el futuro.


Un ejemplo lo hará más claro. Si una persona gana 500.000 pesos al mes, entonces sus ingresos anuales son de 6.000.000 de pesos. Supongamos que toma un préstamo por 300.000 pesos, pagadero a tres meses plazo en tres cuotas de 100.000 pesos cada una (no consideremos los eventuales intereses, para simplificar el ejemplo). Durante los tres meses siguientes, el deudor debe descontarse 100.000 pesos, por lo que aunque nominalmente seguirá ganando 500.000 pesos, en realidad sus ingresos netos son de 400.000 pesos, durante esos tres meses. Ahora, para cuadrar las cuentas, si usted suma los ingresos de esos tres meses, obtiene 1.200.000 pesos; sumado a los de los restantes nueve meses (4.500.000 pesos), usted obtiene 5.700.000 pesos de ingresos en el año. ¿Desde dónde viene entonces esa diferencia de 300.000 pesos, para completar los 6.000.000? Del préstamo, que es el dinero que el deudor ha tomado por anticipado. Es decir, el deudor ha obtenido los mismos 6.000.000 de pesos por su trabajo a lo largo de un año, pero gracias a que el crédito es una máquina del tiempo, ha transportado mágicamente 300.000 pesos desde el futuro hasta el presente: 100.000 desde el mes siguiente, otros 100.000 desde el subsiguiente, y unos últimos 100.000 desde el tercero. Como puede verse de manera patente en este ejemplo, el crédito no inventa dinero, sólo lo mueve desde el futuro hacia el presente.

Ahora estamos en condiciones de tratar uno de los aspectos más polémicos del crédito: su capacidad para crear burbujas financieras. Para esto, debemos preguntarnos qué tan beneficioso, o qué tan nefasto, es expandir el crédito. Supongamos que usted tiene dinero, y además tiene dos amigos que le piden sendos préstamos. Uno de ellos es serio y responsable, y quiere el dinero para montar una nueva empresa que, según ha investigado, tiene muchas posibilidades de éxito comercial. El otro es imprudente e inconsciente, y quiere el dinero para irse de vacaciones al extranjero con su secretaria. En caso de que usted se sienta generoso, ¿a cuál de los dos amigos se sentirá usted más inclinado a prestarle el dinero? ¿En cuál de los dos amigos, el serio y responsable, o el imprudente e inconsciente, confía usted para prestarle dinero en la medida suficiente como para suponer que dicho dinero llegará de regreso? Si usted respondió que le prestaría dinero antes al primero que al segundo, entonces usted está en la senda correcta para construir su propio negocio financiero; y desde luego que esto último, sólo si usted respondió que está dispuesto a prestarlo a cambio de que le firmen un documento dejándole en garantía la casa, el automóvil y la madre. El alma, usted puede perdonarla: ninguna aseguradora de riesgo ha conseguido avaluar cuánto vale un alma, y viendo lo que las personas hacen con ella, no debe de ser mucho de todas maneras.

Desde un punto de vista externo, la decisión de usted involucra consecuencias para la economía como un todo. Si usted le presta dinero al serio y responsable, hay una fuerte posibilidad de que el negocio de éste prospere, de que él se haga más rico, e incidentalmente usted también, con los intereses. Es decir, la sociedad entera como un todo se hace más rica. Si en cambio usted le presta dinero al imprudente e inconsciente, hay una fuerte posibilidad de que él dilapide el dinero en fines de un solo uso, como por ejemplo los pasajes de avión y los condones para usar con la secretaria (roguemos porque sea siquiera responsable en eso), y la sociedad como un todo se hará entonces más pobre.


Ampliemos esto a un nivel de los bancos. Si los bancos le prestan a gente seria y responsable, que invertirá de manera sensata y responderá, la sociedad se hará más rica de manera mucho más acelerada. Ya decíamos que el crédito es una máquina del tiempo que trae dinero desde el futuro hacia el presente, de manera que una política crediticia sensata en el fondo crea para el día de hoy, la riqueza que de otra manera sólo podríamos tener en diez, veinte o treinta años más. Pero si por el contrario, los bancos le prestan a gente insensata e irresponsable, entonces la consecuencia será una destrucción masiva de dinero, porque dicho dinero nunca regresará al prestamista, y al hacerse pobre quien pide el crédito, jamás podrá cobrársele embargándole la casa, el automóvil o la madre. Es decir, perdiéndose ese dinero, la sociedad entera se hará más pobre. El quid del asunto es entonces conseguir que los créditos vayan hacia las personas y proyectos que aseguren un retorno, y no hacia las personas y proyectos cuyo final sea la destrucción del dinero.

Una manera de conseguirlo es obteniendo garantías. Es decir, la persona que va a obtener el préstamo, se las arregla para que quien presta el dinero, no lo pierda. De ahí que surgen garantías como la hipoteca o la fianza. Al afrontar un riesgo cierto de pérdida, la persona que está en posición de obtener un crédito se lo piensa dos veces antes de pedirlo y tomarlo. Siempre habrá gente que se arriegue de manera impulsiva e irreflexiva, pero el banco siempre ajustará su tasa de interés respecto del riesgo, y la sociedad experimentará un sano crecimiento gracias a una juiciosa política de créditos.

Sin embargo, hay un problema con los bancos. En nuestra economía moderna, éstos se han convertido en una pieza indispensable e insustituible del sistema financiero. Los bancos no funcionan con dinero propio, sino con el de otras personas: quienes hacen depósitos en ellos. Es decir, los bancos captan dinero de los depositantes ofreciendo una tasa de interés, y lo prestan a una tasa de interés más alta; la diferencia entre ambas tasas de interés (el spread, en términos técnicos) es su ganancia. Por ejemplo, puede aceptar 1.000.000 de pesos a un depositante tentándolo con un 3% de interés mensual, y luego prestar ese mismo millón a un interés del 5% mensual. De esta manera, si el depositante retira su dinero al mes siguiente, se llevará 1.030.000 pesos, pero si el dinero del préstamo vuelve al mes siguiente, el banco se embucha 1.050.000 pesos. Los 20.000 pesos de diferencia, el spread, se quedan dentro del banco y son su ganancia.


Pero este sistema se basa en la confianza. Por lo general, los bancos confían en que los depositantes no van a ir a retirar su dinero todos a la vez. El banco en sí mismo tiene dinero sólo para responder a una parte de dichos depositantes; esto se llama coeficiente de caja, o bien encaje bancario. Para los bancos, el negocio es captar tantos depositantes como se pueda, y luego prestar el dinero tan rápido como se pueda. De ahí que, dejados a su suerte, los bancos harían caer sus respectivos encajes a cero: porque lo prestarían todo. Por eso, en todas las naciones civilizadas y en Estados Unidos también, hay un encaje fijado por ley. Por ejemplo, si la ley fija que el encaje debe estar en el 25%, entonces quiere decir que el banco debe dejar dentro de la bóveda a lo menos un 25% de todos los préstamos que recibe, quedando autorizado para prestar el restante 75%. Por ejemplo, si recibe 1.000 millones de dólares en depósitos, está autorizado para prestar solamente 750 millones de ellos; los 250 millones restantes deben quedarse en la bodega. Eso debería bastar, si no hay nubarrones de crisis a la vista. Es decir, si la gente sigue guardando un mínimo de confianza en los bancos.

Pero si la gente deja de confiar en los bancos, entonces correrá a retirar sus depósitos; el banco, al verse superado en su encaje, no tendrá como responder a todos los depositantes, y en consecuencia quebrará. Y como la caída de un banco llevará a que los depositantes de los otros bancos huelan el peligro y corran a retirar sus depósitos, se originará una corrida bancaria a través de la cual el sistema financiero entero se caerá. El resultado es que el comercio y la industria perderá su fuente de dinero fresco para nuevos proyectos, y la sociedad entrará en una gigantesca recesión.

Eso fue de hecho lo que ocurrió en la Gran Depresión de 1.929, y estuvo al borde de ocurrir en 2.008. En Argentina trataron de evitarlo cuando fue la gran crisis del año 2.001, con la genial idea de impedir que la gente retirara sus ahorros del banco, lo que famosamente se llamó el corralito. El resultado fue equivalente a apagar un incendio con bencina, ya que la gente se angustió de manera bastante comprensible ante la posibilidad de perder su dinero. Como nadie más fue a meter dinero al banco ante la expectativa de que no podrían sacarlo después, los bancos de pronto no tuvieron dinero para prestar. El resultado fue el espectacular hundimiento (todavía más) de la economía argentina, y una crisis social que se cargó a varios gobiernos por delante en cuestión a veces de días. En resumen... los bancos son demasiado grandes para caer. Y en consecuencia, cualquier gobierno que quiera tener de entrada un país sobre el cual gobernar, si los bancos entran en una crisis porque sus créditos no están siendo pagados, tendrá que ir por fuerza a rescatarlos.


Dicho de manera más sencilla: la sociedad como un todo se beneficia de los préstamos efectuados de manera responsable y a personas o proyectos que a la larga harán más rica a la sociedad como un todo. Pero los bancos se benefician de una política de crédito tan expansiva como puedan, ya que mientras más créditos otorguen, más se incrementan sus ingresos por spread. ¿Y si una masa de deudores no responde? Entonces está el gobierno por detrás, que deberá responder sí o sí, a nombre de los deudores morosos, porque de lo contrario el sistema financiero entero se desploma, y el gobierno de paso con él.

La única manera de evitar esto, es implantar fuertes restricciones a los bancos, para mantener un control estricto y minucioso sobre cuánto dinero están prestando, y a quién. Esta fue una lección que Estados Unidos aprendió en 1.929, estableciendo en años siguientes como parte del New Deal una serie de leyes que fijaron límites estrictos a los bancos para efectuar préstamos, en particular la legislación Glass-Steagall de 1.933. La derogación de dichas leyes como parte de las politicas neoliberales de Ronald Reagan llevó a una crisis del dólar en fecha tan temprana como 1.982 (Reagan era Presidente desde 1.981, saquen cuentas), y desde entonces que un mercado crediticio desregulado ha ido generando burbujas cada una más dantesca que la anterior, hasta el cataclismo financiero de 2.008, que a 2.014 todavía mantiene a la economía caminando renqueante.

Detrás de todo esto hay una realidad económica que no se debe olvidar nunca, y que es la clave para entender cualquier aspecto del mercado financiero: el dinero no tiene valor en sí mismo, sólo lo posee en virtud de ser representativo de bienes y servicios por los cuales se puede intercambiar. Por eso es que el crédito juiciosamente aplicado mejora la economía: porque hay más dinero con el cual financiar más bienes y servicios; de manera correlativa, es por esto que el llamado crédito malo o sobre activos tóxicos es tan problemático, porque no hay nada salvo humo y espejos para respaldarlo. Y por eso, usted mismo debería ser juicioso a la hora de pedir un crédito: cuando usted se endeuda, no está creando dinero en su bolsillo, sino disponiendo en el presente de bienes que usted tendrá sólo en el futuro, y eso de manera incierta.

Porque en definitiva, después de siglos y siglos de teoría económica, hay una verdad de la abuela que sigue impertérrita en lo alto de la columna: lo más seguro es lo que se consigue con el esfuerzo, el trabajo y el sacrificio. El crédito es la vía fácil, pero algún día habrá que esforzarse, trabajar y sacrificarse para satisfacerlo. Y si el deudor no lo hace, la sociedad entera como un todo terminará pagando las consecuencias. Y si a usted le parece gracioso que otros paguen por su fiesta privada, recuerde: usted también es parte de la sociedad.



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