miércoles, 22 de octubre de 2014

Anatomía del crédito (1 de 2).


La palabra crédito es primordial dentro de la vida moderna a nivel planetario. El crédito es, o al menos parece ser, la herramienta que mueve la economía de hoy en día. Todos nosotros, o al menos todos los que levantamos las narices un poco más lejos que la farándula y la crónica roja, al averiguar por qué el mundo anda como anda nos hemos encontrado con expresiones como expansión del crédito o crisis del crédito. El grueso de las personas del Primer y Segundo Mundo disponen de tarjeta de crédito. Las compras a crédito por su parte son el pan de cada día para muchas familias. Y sin embargo, el crédito es en muchos respectos ese gran desconocido. ¿Es verdaderamente el crédito tan beneficioso como lo pintan? ¿Es nuestra crisis producto de una expansión excesiva del crédito? ¿Cómo influye el crédito en otros elementos de nuestra vida cotidiana? En esta serie de dos posteos, la Guillermocracia intentará explicar el asunto de manera sencilla para sus lectores.

Primero que nada, mencionemos el origen de la palabra. Todo parte con la compraventa. En tiempos antiguos así como ahora, cuando una persona compra algo, puede pagarlo de inmediato o después, a según la voluntad y políticas del vendedor. Pagar de inmediato es pagar al contado porque el vendedor puede contar físicamente las monedas y billetes; o al menos podía hacerlo en los días anteriores al plástico. Lo contrario es pagar a crédito: la palabra se aplica porque el vendedor le perdona el pago al contador por un período de tiempo, con la confianza de que éste va a responder. Es decir, dar crédito significa que el vendedor cree, o entrega confianza al comprador. Por supuesto que hablamos de épocas en donde quien no pudiera responder a sus deudas se pegaba un tiro para lavar su honor y el de su familia, porque es claro que la sociedad evoluciona, pero no siempre para mejor. No como ahora en que existen sinvergüenzas que se endeudan con la esperanza de colgarse de algún perdonazo después.

El crédito se compone de dos partes: el capital y los intereses. El primero de ellos es la cantidad de dinero que forma la base del crédito. Como lo está encabezando, hablando de manera metafórica, se lo llama capital, que viene del latín capita, esto es, cabeza. Los intereses por su parte son los dineros suplementarios que se pagarán por encima del capital inicial, y su nombre debe tomarse en el sentido de aliciente o atractivo, en este caso para rematar la operación, en el mismo sentido en que un negociante puede tener interés en que resulte un negocio, o un enamorado puede tener interés en acceder al corazón de su amada. Así, la persona que recibe el crédito tiene interés en la operación porque necesita el dinero, y el monto de este interés es equivalente a... su interés en la operación, valga la redundancia. Mientras más interés psicológico tenga la persona que va a recibir dinero en el préstamo, mayor será el interés monetario que estará dispuesto a afrontar.

Pero el interés también mide, valga la redundancia otra vez, el interés de la persona que va a prestar el dinero. El negocio de quien presta, es que cuando el dinero regrese, lo haga en una suma superior a la prestada, y así obtener una pequeña ganancia a cambio de un doble sacrificio: por un lado el no disponer físicamente del dinero para un uso personal, y por el otro, el pequeño inconveniente de que quizás el deudor no pague. Así, un alto interés es a la vez la utilidad que el prestamista le saca el dinero, y también la protección que tiene contra la inseguridad de que dicho dinero no vuelva. En definitiva, el préstamo implica que el prestamista corre un riesgo. El prestamista confía en una serie de cosas: en la solvencia del deudor, en que éste no afrontará ningún imprevisto que le impida pagar, y más importante aún, que el deudor honrará su palabra de pagar el dinero prestado. Por eso podemos decir que el interés es una medida del aliciente que tiene el deudor para endeudarse, pero también es una medida del riesgo que corre el acreedor, al entregar el dinero que compone el crédito.


Esto explica un interesante aspecto histórico del crédito: la prevalencia de la usura en ciertas sociedades. Es sabido que en la Edad Media, cuando surgieron los primeros bancos occidentales modernos, los préstamos se hacían con intereses increíblemente altos, a veces sobre el 50% de la deuda. Los usureros adquirieron así una enorme mala fama, ya que se veía su actividad como un robo: si el usurero prestaba 100.000 florines, lo justo parecía ser que le devolvieran 100.000 florines, no 150.000 ni 200.000 florines. Pero esta visión desconoce el hecho de que el usurero en la Edad Media corría un riesgo enorme. La arbitrariedad de monarcas y señores feudales hacía que una persona próspera en un instante, pudiera arruinarse al siguiente, o peor aún, acabar en la cárcel o ejecutado, y sus bienes confiscados. Así, el usurero se encontraba con que su deudor antes próspero y ahora encarcelado, embargado, o peor, descuartizado por un verdugo, no iba a estar en condiciones de pagar el préstamo. Entonces, la manera del usurero de amortizar las pérdidas entonces era alzar el tipo de interés, de manera que quienes pagaran respondieran en parte por el riesgo de los que no pagaban; es decir, el usurero repartía el riesgo.

Esto explica por qué el tipo de interés tiende a bajar en las sociedades consideradas más estables. Si un país tiene un sistema financiero firme que permita asegurar una cierta solvencia de los deudores, y una organización de justicia sólida como para ir a cobrar a los que se nieguen a pagar, entonces el riesgo disminuye, y en consecuencia también lo hace el tipo de interés. No puede ser de otra manera si hay personas que hacen negocio prestando dinero, ya que si una mantiene artificialmente alto el tipo de interés, la competencia va a bajar su propio interés y se va a hacer con todo el negocio de los préstamos. Esto no quiere decir que los bancos no tengan una cartera vencida para los llamados deudores incobrables... y que un incremento en dicha cartera vencida signifique un incremento de la tasa de interés para los préstamos subsiguientes. Lo dicho, los que pagan, pagan por ellos y por quienes no pagan: como los casinos, el banco jamás pierde.

Lo que lleva al terreno del llamado interés compuesto. El interés puede ser simple o compuesto. El simple es el que se calcula solamente sobre el capital. El compuesto se calcula sobre el capital y además sobre el interés ya adeudado y no pagado. Por ejemplo, una persona pide prestados 200.000 pesos a un interés del 10% mensual; supondremos en beneficio del ejemplo que debía empezar a pagar al mes siguiente y no pagó, acumulándose por lo tanto los intereses. Al primer mes deberá 220.000 pesos, tanto en interés simple como compuesto. Pero al segundo mes de no pagar, aparecerá la diferencia. Así, bajo un interés simple se suman 20.000 pesos más (el 10% del capital), por lo que su deuda suma 240.000 pesos. Con interés compuesto, en cambio, el 10% se calcula sobre el total de la deuda, no sobre el capital, y por lo tanto el interés del mes ascenderá no a 20.000 pesos, sino a 22.000 pesos. Es decir, su deuda total al segundo mes ascenderá a 242.000 pesos. Es una diferencia de 2.000 pesos, pero a medida que el tiempo pase y el deudor no pague, la brecha entre ambos se irá incrementando.

En Chile, nota legal aquí, el interés sobre interés está autorizado por ley, siempre que el interés se capitalice (lo que sirve para propósitos tributarios), y habiendo acuerdo entre deudor y acreedor; parece justo, hasta que uno piensa en que los principales acreedores son los bancos, que tienen poder para imponer al deudor las condiciones crediticias que se les antojen, momento en que usted si es chileno debería empezar a sudar frío en caso de tomar un crédito, porque su poder de negociación es cercano a cero.


El crédito siempre se mide en una cantidad de dinero. Hay formas crediticias que involucran bienes y servicios, pero éstos son más raros, en sociedades con sistemas financieros bien desarrollados por lo menos, debido a la dificultad de cuantificarlos. El dinero puro y bruto en cambio es fácil de contabilizar. El crédito, eso sí, no es en sí mismo una unidad de medida. Esto no quiere decir que los documentos representativos de crédito no puedan ser comerciables. De hecho lo son, por regla general. Así, por ejemplo, una persona que se ve en un apuro financiero por falta de fondos en la caja, pero tiene algunos títulos de crédito en la bodega (cheques, títulos de crédito, pagarés, etcétera), puede elegir venderlos. Perderá dinero con esto, ya que deberá venderlos más barato a alguien que se interese por adquirirlos; pierde dinero, pero al menos hace caja. Quien los adquiere, por su parte, al comprarlos más barato y luego cobrar el total, hace negocio quedándose con la diferencia.

Eso sí, vender un crédito no siempre es posible, ya que puede requerir trámites. Aquí es donde entra la consabida división entre créditos al portador, que se pueden entregar literalmente pasando el documento de mano en mano, créditos a la orden, que requieren el endoso (vale decir, la firma del que traspasa) y créditos nominativos, que requieren una operación especial llamada cesión de crédito, y el cual puede necesitar incluso la autorización del deudor. Por eso, los más populares son los créditos a la orden: al portador es fácil que se pierdan y cualquiera los cobre por mano, y los nominativos son demasiado engorrosos de transferir. Sin embargo, tratándose de los créditos a la orden, la operación de endoso es a la vez sencilla de realizar, y otorga una cierta seguridad a quien porta el crédito de que nadie más podrá hacerlo valer sin permiso.

Una concepción común sobre el crédito, pero errónea, es que el crédito inventa dinero desde la nada. Esto se ve reforzado muchas veces por la publicidad bancaria, que le ofrece a usted de inmediato dinero para irse de vacaciones al Caribe o para afrontar el temible mes de Marzo. Sin embargo, las Matemáticas dicen otra cosa: en concreto, que la persona que recibe un crédito pierde dinero, no gana. Por ejemplo, una persona que gane 500.000 pesos mensuales, por ejemplo, puede verse tentado a tener más dinero en el bolsillo pidiendo un crédito por 300.000 pesos; ahora tiene 800.000 pesos en el bolsillo, y por lo tanto se siente más rico que antes. Pero en realidad esto no es así. Si hacemos la contabilidad, tenemos que sus activos en el mes suman 800.000 pesos (los 500.000 de ingresos normales más los 300.000 del crédito), pero también tiene una deuda contraída por 300.000 pesos, por lo que sumando y restando, se queda en los 500.000 iniciales. Y como habitualmente la deuda se ha contraído con intereses, a esos 500.000 iniciales debe descontárseles los intereses. Es decir, adquiriendo un crédito usted no se hace más rico, sino que en el mejor de los casos usted queda igual, y si debe pagar intereses, en realidad usted se hace más pobre.


¿Por qué entonces alguien iba a pensar en adquirir un crédito? Unos son los que adquieren créditos de consumo. Estos adquirirán el dinero y lo gastarán. En realidad no se dan cuenta de que para consumir, les conviene más ahorrar el dinero en el banco, cobrar los intereses que el banco entrega a una cuenta de ahorros, y cuando se reúna el dinero suficiente, consumir. La impaciencia de estos consumidores puede incluso medirse en términos monetarios, calculando la diferencia entre lo ganado por los intereses pagados por el banco, versus lo perdido por los intereses que deban costearse después. Supongamos por ejemplo que el consumidor puede ahorrar 1.000.000 de pesos en el banco a lo largo de un año, a un interés del 10% anual: a final del año tiene 1.100.000 pesos disponibles para gastar. En cambio, si pide el crédito de inmediato a un interés del 10% anual, entonces recibirá 1.000.000, pero deberá devolver 1.100.000 al banco. Si no consideramos el millón, que de todas maneras cambia de manos, entonces la diferencia cuantitativa es de 200.000 pesos (los 100.000 que el consumidor apresurado dejó de ganar por concepto de intereses, más los 100.000 que debió pagar como interés sobre el crédito). Si el consumo en cuestión era un viaje, posponiendo el mencionado viaje un año y ahorrando esa suma para recibir intereses, hubiera podido disponer de 200.000 pesos adicionales: esos 200.000 que ya no pudo gastar en su viaje, es el costo de la impaciencia de quien pide un crédito de consumo.

Los otros deudores son aquellos que se endeudan para invertir, para crear y echar a andar su propia empresa. ¿Se harán más pobres pidiendo el crédito, debido a la obligación de devolverlo con intereses? Sí, se harán más pobres. Pero a cambio, es posible que lo invertido entre un rédito; no es errata, las palabras crédito y rédito son distintas, y el rédito se refiere a la "renta, utilidad o beneficio renovable que rinde un capital", RAE dixit. Si ese rédito supera a los intereses que deben pagarse, entonces habrá ganado a pesar de tener que pagar créditos. Por ejemplo, el deudor pide un préstamo por 1.000.000 de pesos a un interés del 10% anual, para invertir en maquinaria con la cual echar a andar una microempresa. A finales del año, ha hecho caja por 1.250.000 pesos. Se ve obligado a devolver 1.100.000 pesos, pero aún le quedan 150.000 pesos dentro del bolsillo. Naturalmente, a veces puede suceder que el negocio fracase y el emprendedor quiebre, en cuyo caso no solamente no devolverá su crédito, sino que además puede quedarse en la calle, a según si hipotecó o no su casa como garantía del préstamo. Lo dicho, el banco nunca pierde. O peor aún, el deudor puede quedarse inválido, si tomó el préstamo de un gángster que envió un matón a romperle las piernas.

Esto genera entonces un misterio. El crédito no multiplica el dinero porque en realidad no está inventando dinero nuevo, pero entrega más poder adquisitivo inmediato a las personas. Es decir, pareciera haber más dinero circulando, a pesar de que en un sentido contable no lo hay. ¿Desde dónde viene entonces este dinero fantasma? La respuesta es casi de Ciencia Ficción: dicho dinero viene desde el futuro. En efecto, el sistema crediticio en esencia funciona como una máquina del tiempo que trae dinero desde el futuro hasta el presente. ¿Abracadabrante? Entonces no se pierdan la segunda parte de este posteo aquí en la Guillermocracia, en donde explicaremos cómo este efecto de máquina del tiempo que posee el crédito, impacta vastamente en la sociedad, incluyendo la respuesta a la pregunta que todo el mundo se hace: cuál es la conexión entre el crédito y las crisis económicas...
Pueden ustedes darnos crédito en esto.



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