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miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los dos cinismos.


Para encontrar a un hombre honesto, Diógenes el Cínico debía usar una lámpara a plena luz del día. Y no estaba ciego.
El cinismo tiene muy mala reputación. No me refiero a la escuela filosófica griega de los cínicos, por supuesto, aunque ellos tampoco gozan de buena fama; de hecho, de cara al mundo moderno, no cuentan con ninguna fama, más allá de los claustros académicos. Me refiero a la variante moderna del cinismo que consiste en considerar al mundo como un lugar desprovisto de ideales o de un propósito mayor. La palabra tiene tan mala fama, que la Real Academia de la Lengua apenas recoge en su tercera acepción, el cinismo en su acepción de cosmovisión más o menos filosófica; antes de eso nos regala perlas de desinformación como "desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables", o "impudencia, obscenidad descarada". Léanlo por ustedes mismos si no me creen.

Una mejor definición la encontramos en Ambrose Bierce, quien en el inefable y corrosivo estilo de su indispensable Diccionario del Diablo, definía al cínico como "un granuja cuya visión defectuosa lo hacen ver las cosas como son, y no como deberían ser". Bierce mismo es uno de los escritores más cínicos que ha parido el suelo estadounidense, y como cínico de buena raza, se ofendía de manera particular por la pudibundez de las buenas gentes que prefieren mirar el mundo desde el agujero en que han enterrado sus cabezas, a la manera de los avestruces. Lo que pareciera ser una reacción natural. La vida de por sí es bastante complicada para que, además, venga un cínico y lo refriegue en la cara de la gente. Los cínicos siempre han sido gente mal recibida. Después de todo, un cínico es una persona tan malvada, que ni siquiera coloca cartelitos apoyando tal o cual causa en Facebook, actividad que está reservada en exclusiva a los idealistas... o a los que quieran pasar como tales. En particular para los idealistas tan idealistas, que consideran que dichos cartelitos tienen alguna clase de poder mágico, y por el hecho de colocarlos en el muro de Facebook, el mundo de manera automática es un lugar mejor.

El primer cínico fue Antístenes. Este fue discípulo de Sócrates. Como Sócrates no parece haber escrito nada porque lo filosófico para él era entretenerse en deportivas conversaciones intelectuales con efebos, los discípulos socráticos tomaron de tales charlas más o menos lo que les tincó, y le colgaron el muerto a su maestro. En el caso de Antístenes, éste vio la búsqueda de la virtud de Sócrates en el ascetismo (a diferencia de un Platón, por ejemplo, que lo vio en la cátedra filosófica, claro antecedente del actual profesor universitario hinchado de títulos pomposos y retórica vacía).

Pero el codificador y molde para todos los cínicos de la posteridad es Diógenes el Cínico, discípulo del mencionado Antístenes. Diógenes llevó la doctrina de su maestro hasta el extremo lógico: dice la leyenda que vivía dentro de un barril, y cuando viajaba, lo hacía con un vaso para tomar agua como única pertenencia, hasta que un día lo reventó contra una piedra como un trasto inútil, después de ver a un niño tomar agua de un arroyo con la cuenca de la mano. Se decía de esta gente que tenía una vida tan áspera y desvergonzada que eran más perros que hombres, y como perro en griego se dice cynos, de ahí la expresión cínico. Ya desde antiguo, los cínicos tenían mala fama. Tanta, que un filósofo posterior llamado Zenón de Elea tomó el grueso de las ideas cínicas, pero dijo que se podía ser virtuoso sin necesidad de renunciar a vivir en una casa y tener riquezas; Zenón fue así el padre fundador de una escuela rival a la de los cínicos, en concreto la de los estoicos, doctrina filosófica que en su época fue muy popular entre los ricachones que querían ser virtuosos y al mismo tiempo vivir en casas y tener riquezas.

ALEJANDRO MAGNO.- Soy el rey más poderoso de Grecia, y lo que me pidas, te lo daré. DIÓGENES EL CÍNICO.- ¿En serio? Entonces te pido que te quites de ahí porque me estás tapando el Sol.
¿Por qué razón una persona se iba a volver cínica, si es que el premio para ello es recibir varapalos de parte de los bienpensantes, y de la gente hipócrita que quiere quedar bien con los bienpensantes? Se me ocurren dos posibles motivaciones, y de ahí que hable de los dos cinismos. Porque si el cínico mira la realidad como un vaso medio vacío, en contraste con el idealista que lo mira medio lleno, puede ser por más de un motivo.

Una posibilidad puede ser la pura y simple amargura. El personaje en cuestión ha visto tantas cosas malas del mundo, que se ha vuelto un amargado incapaz de considerar al mundo como digno de salvación. El mundo no solamente es un vaso medio vacío, sino que además nunca podrá ser llenado porque la mezquindad de los seres humanos, e incluso la propia naturaleza de las cosas, conspira en contra de ello. Diógenes el Cínico era uno de éstos: su concepto de virtud era estrictamente personal, y nada tenía que ver con participar en la pólis o vivir en comunidad. Cuando Alejandro Magno se presentó ante su barril y le ofreció cualquier cosa que le solicitara, Diógenes el Cínico se limitó a pedirle que se quitara porque le estaba tapando el Sol. Es muy difícil ser más individualista que un hombre que le pide al monarca más poderoso de su época, que se limite a no estorbarle y que le deje vivir en paz.

Uno de los escritores más relevantes en esta línea es Jonathan Swift. Cualquiera que haya leído Los viajes de Gulliver en versión original en vez de sus adaptaciones drásticamente resumidas y bastardizadas para niños, se dará cuenta de que Jonathan Swift no es un creyente en la naturaleza humana. A lo largo de todos sus periplos se encuentra con toda clase de gentes, tanto enanos como gigantes, y en todas partes ve egoísmo, frivolidad y cortedad de miras. El cinismo alcanza su punto álgido cuando Gulliver alcanza la tierra de los Houyhnhnm, un lugar en donde los caballos son racionales y viven en sociedad, y los humanos o yahoos son esclavos estúpidos, un poco en plan El planeta de los simios, pero con caballos en vez de monos; los nombres de hecho son onomatopeyas del relincho de los caballos (houyhnhnm) y de los gritos tontorrones de los humanos (yahoo, y sí, de ahí es de donde viene el nombre del portal de Internet). Cuando un houyhnhnm descubre que Gulliver es un yahoo que puede hablar, le pregunta sobre el estado de las cosas en Europa, y éste invierte tres capítulos en referirle cómo Europa es un continente arruinado por las guerras, las aristocracias, los militares, los jueces corruptos, los comerciantes, los mendigos, y en general por cuanta persona sea acreedora de la etiqueta de europeo.

Y no se crea que sólo Los viajes de Gulliver es esta clase de cinismo. Swift escribió también Una modesta proposición, obra sangrienta y de mucha actualidad en donde, afectando un estilo académico, parodia de manera brutal la moderna Economía proponiendo solucionar la hambruna de Irlanda... permitiendo que los ricos se coman a los niños de los pobres para generar un mercado en donde se compran, vendan y transen niños, generando así utilidades y beneficios para los pobres; todo ello, acompañado de los correspondientes cálculos matemáticos medidos en chelines. Un economista neoliberal debería despellejarse las manos aplaudiendo: ¡el libre mercado lo soluciona todo!

Gulliver entre los houyhnhnms: Escrito antes de que el caballo fuera reemplazado por el tanque.

Podemos mencionar también en esta vena al Mark Twain de sus últimos años. Quien lo conozca únicamente por Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn, obras con su cuota de cinismo, se llevará una sorpresa cuando lea su última novela, El misterioso extraño (o El misterioso extranjero, a según la traducción). En dicha obra, en una aldea europea del siglo XVI, aparece un misterioso extraño que aparentemente es Satán. Poco a poco, los protagonistas van aprendiendo la visión del mundo de Satán, un mundo en donde las cosas malas suceden porque sí, y en donde en definitiva quizás ni siquiera Dios o Satán existan, y la existencia finalmente carece por completo de sentido. Es justo advertir que Mark Twain había pasado por una serie de muy acerbas experiencias personales y que por esto, sus últimos años fueron muy amargos, pero se me ocurren pocas obras literarias que porten un nihilismo tan brutal. Jamás hagan la prueba de leer este libro en un estado de depresión crónica, y esta advertencia va muy en serio.

Pero hay un segundo posible tipo de cinismo. Es lo que llamaríamos el cinismo para la demolición. Este tipo de cinismo consiste en reconocer las cosas que andan mal en el mundo, y aún así, mantener una postura combativa de no darlo todo por perdido, de seguir manteniéndose en la brecha para luchar por lo correcto, porque las cosas sean mejor, o al menos porque no empeoren más de lo que ya están.

El campeón de este tipo de cinismo podría ser Voltaire. A primera vista no parece haber mucha diferencia entre un Voltaire y un Swift, hasta que uno repara en que Swift es un tipo de sensibilidad barroca en una época (inicios del siglo XVIII) y lugar (Irlanda) sin mucho espacio para el optimismo, mientras que Voltaire ya es un filósofo ilustrado. Voltaire tenía muchos blancos favoritos, entre ellos los filósofos y los religiosos, lo que le valió el raro privilegio de, además de ser encarcelado en la Bastilla durante una temporada, el que su obra literaria y filosófica fuera incluida in toto, sin pormenorizar títulos como era la costumbre, en el Index de libros prohibidos de la Iglesia Católica. Al respecto vale la pena repasar su famosa frase: "écrasez l'infâme" ("aplastad lo infame"). Lo infame, en este caso, es la aristocracia y el clero, o mejor dicho, la manera flagrante en que los aristócratas y el clero de su época se habían amancebado para oprimir al pueblo, manteniéndolo sumergido en la ignorancia y la superstición.

El Cándido de Voltaire es una obra maestra del cinismo. En dicha novela su protagonista, el Cándido del título, sufre una serie de miserias sin perder la compostura porque ha sido educado en el idealismo de la filosofía de Leibniz, quien argumentó que vivimos en el mejor de los mundos posibles; en algún pasaje, Voltaire por boca de Cándido comenta que si éste es el mejor de los mundos posibles, entonces cómo serán los otros... Empero, de la lectura de Voltaire resulta claro que no es un anarquista que considere a la Humanidad como un caso perdido; su blanco no son tanto las autoridades o el poder establecido, como el uso maligno y corrupto que se hace de dicho poder por parte de dichas autoridades.

Humphrey Bogart como Philip Marlowe en El sueño eterno (1.946): No se piense mal, ambas chicas son hermanas.

En esta misma vena podemos encontrar a Raymond Chandler, el creador del famoso detective privado Philip Marlowe. Junto con Dashiell Hammett, Chandler es el codificador de la moderna novela negra. Marlowe ha sido interpretado en el cine nada menos que por Humphrey Bogart, en la película El sueño eterno de 1.946, para hacernos una idea. El mundo en donde Philip Marlowe se mueve es un Los Angeles lleno de riquezas y esplendor, pero que por debajo del oropel esconde un horrible mundo de corrupción e influencias en donde el grueso de los personajes o son tipos viles y degenerados, o son idiotas e incompetentes. A lo largo de todas sus novelas, lo mejor que puede obtener Marlowe son victorias vacías en donde el villano de turno quizás reciba su merecido, pero que dejarán intocado un sistema demasiado grande para ser derribado. ¿Por qué entonces Marlowe sigue adelante, siendo engañado, sobornado y amenazado a cada vuelta de página, y recibiendo golpizas por base regular? Simplemente porque es un hombre decente. Marlowe es un tipo cínico y duro que no vacila en utilizar la amenaza y los puños, pero lo hace porque es la única manera de sobrevivir en el ecosistema en donde trabaja; muy en el fondo hay un tipo tierno y amable que sigue adelante porque su trabajo, quizás, consiga hacer la diferencia a lo mejor no para la sociedad como un todo, pero sí para a lo menos una o dos personas a su alrededor.

He dejado para el final un caso que deja bien en claro la complicada línea entre los dos cinismos, el cinismo amargo que no espera salvación posible para el mundo, versus el cinismo idealista que se enloda para ayudar a limpiar el mundo. Me refiero a Nicolás Maquiavelo. El Príncipe es considerada casi un ejemplo quintaesencial del cinismo, el codificador de la literatura de la Realpolitik. A lo largo de veinticinco capítulos, Maquiavelo ofrece detalladas explicaciones acerca de cómo un príncipe debe acceder al poder, mantenerse en él, y evitar que otros lo derroquen a él. Y luego viene el episodio 26, que marca un abrupto cambio de tono, y le pide a los príncipes de Italia que liberen a dicha nación de los bárbaros; Maquiavelo escribió esto en una época en donde Italia era el campo de batalla entre invasores franceses y españoles, que para los estándares culturales de la época, podían ser legítimamente considerados como bárbaros, en circunstancias que el Renacimiento era un fenómeno cultural italiano, y su propagación hacia España y Francia era todavía muy tímida. Entonces, ¿qué es Maquiavelo, un cínico o un idealista?

El misterio se despeja si se considera que Maquiavelo era en realidad un fuerte abogado del republicanismo, como queda bien en claro de la lectura de una obra menos famosa pero igualmente importante para su pensamiento, que es los Discursos sobre la primera década de Tito Livio (Tito Livio fue un historiador romano que escribió 143 libros sobre la historia de Roma, la mayor parte de ellos hoy perdidos, y agrupados por grupos de diez o décadas, de ahí el título). Maquiavelo escribió El príncipe con una meta muy precisa: rehabilitarse haciéndose útil ante los ojos del gobierno de los Médicis que había dado un golpe de estado en Florencia, y había condenado a Maquiavelo al exilio. Los consejos de El príncipe son cínicos hasta la grosería, es cierto, pero al final, Maquiavelo trata de oficiar un poco como filósofo detrás del rey, por expresarlo en términos de la filosofía de Platón, y quizás sueña con guiar al nuevo gobierno en una cruzada contra los bárbaros. Hay una doble ironía y un doble brutal portazo al idealismo en esto. Por un lado, los príncipes italianos nada hicieron por aprovechar la sabiduría de Maquiavelo, cosa que sí hicieron los príncipes extranjeros que utilizaron las enseñanzas del Maquiavelismo para saquear Italia a placer en los siglos venideros, incluyendo cierto general corso de pequeña estatura que se montó el Imperio Napoleónico. Por el otro, todos recuerdan a Maquiavelo por ser un granuja cuya visión defectuosa le hace ver las cosas como son y no como deberían ser y, o se olvidan o jamás han leído el capítulo 26 y final de El príncipe. Porque la mala prensa para los cínicos en en sí misma todavía más combustible para el cinismo.

Que cínico eres, Maquiavelo.

3 comentarios:

Cidroq dijo...

Muy buena entrada. Con esto me he identificado plenamente con el segundo tipo de cinismo, y este texto le da sentido a lo que ha sido mi lema de vida desde hace muchos años, el mundo es una mierda, pero vale la pena caminar a través de él.

Luis Lauro Moncada Guajardo dijo...

Muy buena entrada, Hiciste que viera a El Príncipe de una nueva manera (reafirmando de paso mi positiva visión del libro). Creo ser más del segundo tipo de cinismo.

Guillermo Ríos dijo...

@Cidroq, quizás el tema vaya justamente por ese lado, por qué puede hacer uno para cambiar el mundo. Ser un amargado sin remedio es, de cierta manera, hacerse irresponsable acerca de cómo marcha el mundo, y siempre es más fácil así. Pero no más razonable, o ético, o siquiera conveniente. Por desgracia uno escucha allá afuera a tanta gente diciendo que "el mundo es como es, no se lo puede cambiar, hay que ajustarse a los demás", etc. Uno hace lo que se puede con lo que se tiene, pero incluso eso es mejor que dejarse llevar por la corriente, creo yo.

@Luis Lauro Moncada Guajardo, creo que también soy un poco más del segundo tipo, o de otra manera no tendría ni mantendría este blog en primer lugar, me imagino. Me alegra que concordemos en el valor de El Príncipe, creo que no es exagerado calificar ese libro como una de las mayores obras intelectuales de la Humanidad. Y una que desmiente, además, que una obra intelectual de peso no debe tener menos de 700 páginas de apretada prosa germánica.

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