domingo, 28 de septiembre de 2014

La (falta de) lógica en la biología zombi.

WANTED - Recompensa, se busca vivo o muerto.
Hace un tiempo atrás acá en la Guillermocracia, acerca del posteo Nadie es un zombi en el apocalipsis zombi, salió al ruedo el tema de la biología de los zombis. O lo que se pueda entender como tal. Después de todo, etimológicamente biología significa ciencia de lo viviente, y si los zombis no están vivos sino muertos... aunque por otra parte, si son muertos vivientes... En fin, como el asunto tiene tela que cortar, entonces vale la pena inspeccionar un poco el asunto. Lo que va a servir para desmontar a la epidemia vírica como nuevo recurso a través del cual justificar a los zombis. Y de paso, remachar un poco más las coordenadas de supina ignorancia a través de las cuales se mueven tanto el cine de Hollywood, como las audiencias duraznas que le dan de comer. Y llenan sus piscinas en Malibú.

Acordémonos de que en su formulación original, el zombi es una figura del folclor de Haití. Existen otras criaturas mitológicas alrededor del mundo que podemos considerar como equivalentes a los zombis, incluyendo irónicamente al vampiro tal y como se lo concebía en la Edad Media, muchos siglos antes de que Crepúsculo echara a perder el vampirismo. Pero el zombi propiamente tal, procede del folclor del Mar Caribe. En este contexto, el médico brujo usaba el vudú para reanimar un cadáver, y convertirlo en un esclavo sin voluntad. El procedimiento era mágico, un secreto del arte del brujo, y por lo tanto más allá de los límites de la ciencia. Hoy en día sabemos que en realidad el zombi no estaba muerto, sino adormecido o cataléptico gracias a ciertas hierbas administradas por el brujo y conocidas de éste, pero en la época, por desconocimiento, el asunto parecía casi mágico. Ya en el siglo XX, en particular en los dibujos animados de cierta época, era frecuente ver zombis que llegaban a tal condición por obra de un amuleto mágico, lo que permitía incluir zombis en la programación para niños, lo que es cool, sorteando el tabú clásico de mostrar artes que puedan ser consideradas como satánicas, en dichos programas para niños.

Pero en algún punto del camino la gente se volvió descreída. Lo mágico ya no tenía tanto gancho. Hubo que buscarse otro punto de partida para la zombificación. Y entonces, alguien descubrió que podía achacarse los mismos efectos de la brujería o de un amuleto, a una epidemia vírica. El razonamiento es que la persona muere, pero un virus se activa y lo devuelve a la vida. Si no me equivoco, el propulsor de este concepto, si no el inventor del mismo, fue David Cronenberg en su película Rabia, de 1.977; la misma no trata de zombis ni se refiere a ellos, hasta donde me llega la memoria si se considera que vi la película hace una geología de años, pero la idea de personas infectadas que pierden su voluntad y atacan a otros seres humanos, tal y como aparece en el filme, es esencialmente la misma. Por supuesto, Cronenberg no estaba buscando justificar argumentalmente la epidemia zombi. Lo suyo era, de manera consecuente con el resto de su cine, remecer a la audiencia en la conformidad de su modo de vida suburbano, con buenas dosis de horror corporal que parecieran tangibles gracias a un tratamiento cercano a la Ciencia Ficción, o sea, más o menos verosímil. El cine de Cronenberg, no en balde, reedita muchos de los tópicos propios del cine de Horror, el destrozar la seguridad de las personas a través del asalto de lo desconocido, pero dándole un giro científico para incrementar todavía más el terror, dándole un aire de que eso es verosímil y podría estar pasando ahora mismo en alguna parte, porque es científico.

Debemos darle un aire científico a los zombis para que parezcan modernos.
Desde esa fecha, la zombificación como una plaga vírica es un tópico que se ha propagado... como una plaga zombi. Películas como Exterminio, Resident Evil o Guerra Mundial Z han utilizado este concepto de manera crasa y plana. Y lo han hecho como un recurso para inyectar realismo en la crisis, haciendo flotar en el aire la idea de que lo descrito en la película podría pasar mañana mismo, si es que algún científico despistado deja abierta la puerta del laboratorio, o peor aún, si es que el virus zombi es desatado como parte de una guerra biológica.

Sólo que todo esto carece por completo de sentido científico. Partamos por el enunciado básico. Hay un virus que reanima a un cadáver, y lo pone de nuevo en funcionamiento. Esto simplemente no puede funcionar. Como lo sabe cualquier persona con nociones mínimas de Biología, un virus es incapaz de metabolismo. En esencia, un virus es apenas una tira de material genético envuelta en una cápsula proteínica; un virus carece de organelos que le permitan captar recursos de su medio ambiente, procesarlos, y excretar los resultados, o sea, metabolizar. En consecuencia, para multiplicarse, un virus necesita inyectar su propio material genético dentro de una célula viva, y utilizar los organelos de la misma para subsistir hasta que las copias víricas están listas. Qué células, eso depende. El virus de la gripe utiliza las mucosas nasales, el de la rabia utiliza neuronas, y el VIH utiliza glóbulos blancos. Pero la célula debe estar viva, o de lo contrario sus organelos no funcionan. Un cadáver es un cadáver porque, precisamente, no tiene células vivas, o las que malamente subsistan en las horas siguientes a la muerte, no son suficientes para mantener vivo el cuerpo, y menos traerlo de regreso a la vida.

Además, un cadáver no solamente es un cuerpo que ya no es funcional. Además, es un cuerpo en putrefacción. Los seres vivos somos una apetitosa fuente de nutrientes para otros seres vivos, principalmente microorganismos. La única manera de defender nuestro fuerte, es con una potente barrera de defensas. La primera es la piel, pero cuando un bicho consigue sortearla, sea a través de una herida, sea por algún orificio del cuerpo, sea utilizando la comida a medio descomponer como caballo de Troya, está el sistema inmunológico detrás, para combatir a esos terroristas infiltrados. Y ese sistema inmunológico consume recursos. Los glóbulos blancos tienen una razón de vida útil limitada, y deben ser reemplazados. La vida de un glóbulo blanco o leucocito es muy desgraciada: se la pasan por el torrente sanguíneo engullendo bichos tóxicos para el cuerpo, pero esos bichos mismos los envenenan por dentro porque, justamente, son tóxicos. Un cuerpo que no es funcional porque es un cadáver, es un cuerpo sin un sistema inmunológico que pueda protegerlo. No sé si sabían, pero la descomposición de un cadáver no comienza desde afuera, con las larvas de moscas que se instalan, sino desde adentro, cuando la flora intestinal, suelta de todo control inmunológico, empieza a proliferar engullendo las entrañas en su camino; y esto comienza en cuestión de pocas horas desde el fallecimiento. Existe algo llamado la mancha verde, que es una mancha primero verde y luego negra que aparece en el vientre de las personas fallecidas; la misma es el resultado de la flora bacterial multiplicándose sin control.

¡Ayuda! ¡Mi sistema inmunológico ya no es funcionaaaal...!
Además, un cadáver ha perdido el balance de energía. Nos mantenemos vivos gracias a un delicado balance energético: consumimos alimentos que nos aportan energía, en forma de calorías, e invertimos esas energías en actividades tales como percibir cosas, movernos, y tratándose de algunos humanos privilegiados, también hacer funcionar las neuronas y leer la Guillermocracia. Un cadáver en pleno proceso de putrefacción, aunque sea reanimado y coma, ya no tiene cómo digerir los alimentos porque el sistema digestivo en masa está colapsado. Ni cómo moverse porque todo el sistema muscular va por el mismo camino, por no hablar de que la coordinación mínima entre músculos requiere un sistema nervioso operativo, lo cual no puede ser si las neuronas se están pudriendo, y además faltan los nutrientes necesarios, en particular el sodio y el potasio, para hacer funcionar los mecanismos de comunicación entre neuronas.

Podría sortearse esto por la vía de considerar al zombi no como un cadáver, sino como una persona enferma. Sería el equivalente al hidrofóbico, al enfermo de rabia, que muerde y tiene convulsiones en su agonía, pero que sigue vivo hasta que el virus llega hasta sus últimas consecuencias. Esto es más aceptable, pero las películas tienden a ignorar esto, por el factor drama. Queda más melodramático en la pantalla que un zombi esté muerto, porque así nunca más volverá a ser lo que era, un humano vivo, lo que es muy efectivo para sobresaltar a la audiencia si ese humano vivo era un conocido o un familiar del protagonista. Siempre puede aplicarse la fórmula de considerar que el zombi está vivo, pero lo suyo no tiene cura. Es lo que ocurre con el virus de la rabia, si llega a alojarse en el sistema nervioso. Razón por la cual, si a usted lo muerde un perro extraño debe vacunarse de inmediato, no esperar al día siguiente o después, antes de que el virus alcance un nervio en el cual se enmascare de su sistema inmunológico, empiece a trepar neurona a neurona hasta su cráneo, genere la encefalitis que acarrea los síntomas propios de la rabia, y finalmente la muerte. Todo esto es muy científico, pero no queda tan dramático en la pantalla.

Aún yendo más lejos, podríamos considerar que la plaga zombi no es portada por un virus sino por una bacteria, un protozoo, u otro microorganismo que sí tenga organelos y metabolice. Estos bichos sí que pueden vivir por sí mismos, y por lo tanto podrían tomar el control de un cadáver y manejarlo... como un zombi, precisamente. Los microorganismos en cuestión deberían arreglárselas para llevar a cabo las funciones de nutrición, movilidad y defensa del zombi, reemplazando en su función a las células humanas originales. Es difícil, pero es más plausible que el escenario anterior. Incluso hay una versión atenuada del mismo tema: un protozoo llamado toxoplasma gondii, al infectar el cerebro de los ratones, modifica su comportamiento de manera tal, que éstos dejan de arrancar de los gatos. Es decir, toxoplasma gondii puede crear ratones zombis. ¿Por qué? Porque este agente de la toxoplasmosis necesita reproducirse dentro de un gato, por eso.

Toxoplasma gondii: Frente a frente con el creador de zombis. Foto por Jitender P. Dubey.
Ahora bien, de cara a la magia del cine, por desgracia esta posibilidad implica matar otra vez el suspenso. Porque al metabolizar, una bacteria o un protozoo tiene un punto flaco que un virus no: es susceptible a los antibióticos. Lo que hace un antibiótico es destruir el metabolismo de la bacteria; su principio activo está diseñado para ingresar en ella y combinarse de tal manera, que la bacteria o no puede ingerir nutrientes, o no los puede metabolizar, muriendo de hambre en ambos casos, o no puede excretar los restos y se muere ahogada en su propia... basura. El antibiótico en la bacteria es el equivalente a la viruta que traba los engranajes y hace saltar la máquina. Un virus es inmune a los antibióticos porque no metaboliza, razón por la cual el médico no debe prescribírselos para una enfermedad vírica como lo es el resfriado común. Si consideramos que el patógeno de una epidemia zombi es una bacteria o un protozoo, entonces la solución para la epidemia zombi sería la penicilina. Sería muy científico, pero poca gente pagaría la entrada al cine para ver una película en donde a los zombis los curan con tetraciclina.

De esta manera, la epidemia como mecanismo para crear una plaga zombi es, desde todo punto de vista remotamente científico, un absurdo. O es imposible desde un punto de vista biológico, o es posible pero queda muy poco vistoso en la pantalla. Es tan absurdo, de hecho, que los estudios de Hollywood, conscientes de que las audiencias protestarían ante tanto absurdo científico junto, recurren al método de contratar a Brad Pitt para distraer a los potenciales críticos. Y funciona. La película sobre cómo los zombis devoran el cerebro de los guionistas de Hollywood, en particular el ganglio de plausibilidad científica, recaudó 540 millones de dólares, y al minuto de escribir estas líneas, hay luz verde para una secuela. Que no transformará a esto en una franquicia zombi porque la película original de 2.013 ya era argumentalmente un zombi en primer lugar.

Prueben a bombardearlos con penicilina.

4 comentarios:

Cidroq dijo...

Buena entrada, si de películas de desastres y drama humano se trata, prefiero el escenario que plantea el camino, alli si los humanos se vuelven monstruos sin haber perdido su "humanida" por así decirlo.

Por cierto, que posbilidad al escenario que plantea la película de 28 días después?

Guillermo Ríos dijo...

Uh... No estoy seguro de entender la pregunta.

Cidroq dijo...

Jaja, sorry , odio cuando mis dedos y mi cerebro están en guerra, me refiero a según lo que expusiste en la entrada, aplicándolo al escenario que plantea la película 28 días después (la gente no se vuelve necesariamente zombi, sino algo así como hidrofóbicos con esteroides), sería o no plausible?

Guillermo Ríos dijo...

No recuerdo los detalles médicos de la película, la vi en su día en el cine, y de eso ya hace algunos restos. El tema de un virus que altere el comportamiento de las personas sí que es posible; de hecho eso es lo que hace el virus de la rabia, que es causar una encefalitis que anule los centros neurológicos encargados de controlar la agresividad, para que el enfermo se ponga a morder a destajo, proporcionando así al virus los mecanismos para su propagación. Lo que sí no puede hacer un microorganismo es suplantar nuestra propia voluntad con la suya propia; todo lo más puede anular la nuestra o partes de ella (por ejemplo, el control de impulsos), pero no reemplazarla porque nuestra conducta es demasiado sofisticada para ello. Ahora bien, el tema de que un microorganismo nos otorgue superfuerza, supervelocidad o similares, ya es más difícil, sino simplemente imposible. Nuestras habilidades físicas dependen de nuestra masa muscular, condición física, cantidad de grasa almacenada como reserva energética, etcétera, y hasta donde sé, no ha evolucionado el microorganismo capaz de amplificar o mejorar esa parte de nosotros.

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