miércoles, 17 de septiembre de 2014

Do ut des: Sobre la reciprocidad.



Las relaciones humanas son algo complicado. Se supone que nos relacionamos con otros seres humanos porque, como más o menos decía el viejo Aristóteles, el hombre es un animal político, y el hombre que vive solitario o es una bestia o es un dios. La manida expresión animal político siempre suele malinterpretarse en el sentido de ser el animal que posee alguna clase de gobierno, pero en realidad Aristóteles utiliza la expresión para referirse a que el hombre está compelido a vivir en la polis, o sea, en sociedad, siendo lo que hoy en día llamamos lo político sólo una faceta de ella. Pero por otra parte, la gente tiende a relacionarse con otras gentes por determinados intereses. Todos queremos relacionarnos con los ganadores, con los que tienen cosas, etcétera. Todos huyen de los perdedores, y los perdedores son los que no tienen nada que dar.

Déjenme contarles al respecto tres historias. Todas ellas separadas. Y todas ellas personales.

La primera de ellas es sobre una conocida cuya familia es de origen palestino; me parece que ella misma es palestina de tercera generación, aunque no estoy ciento por ciento seguro de ello. Solíamos ser más afines en tiempos pasados, pero luego la vida nos llevó por caminos separados. Hace poco, por azares del destino, nos reencontramos, y el tema de conversación acabó por incidir naturalmente en el ataque de ahora en 2.014 por parte de Israel contra la Franja de Gaza. El cual, por cierto, y es necesario decirlo, infringe prácticamente toda norma de Derecho Internacional, y más si se considera que Israel vive en la ilegalidad internacional desde que se ha negado a obedecer las resoluciones de las Naciones Unidas para respetar las fronteras de 1.948, y que han sido pronunciadas desde 1.967 en adelante.

El caso es que esta chica, al enterarse de que tengo un blog, su conversación hasta el minuto tranquila se exaltó y me preguntó con tono imperativo cómo es que todavía no había publicado nada acerca de la situación. Le expliqué con mucha educación que hay bastante ruido al respecto por las redes sociales, que no tengo mucho de nuevo que añadir sobre el tema, y que si bien publicamos sobre temas sociales en la Guillermocracia, éste no es un espacio de activismo político per se. Ante lo cual, ella se enojó. Le parecía inconcebible que no escribiera algo sobre la situación de los palestinos, que no me preocupara de la situación de un grupo de personas en necesidad. Entonces yo le pregunté acerca de mi propia situación, de por qué ella nunca más había dado señales de vida, considerando que en el intertanto era posible que yo también hubiera tenido mis propias necesidades, no tan apremiantes por supuesto, pero la caridad comienza por casa, ¿no? Replicó lo obvio, que yo también me había desaparecido un resto. , le dije yo, pero no soy yo sino tú quien está demandando un favor de la otra persona, ¿verdad? Se quedó callada, y se olvidó de exigir un posteo acerca de los palestinos. Ignoro si volverá a dirigirme la palabra, eso sí.

Una segunda situación. El año pasado, en una conversación casual con otro conocido, éste me recomendó el blog de un tercero que es conocido común de ambos. Me dijo que es un blog muy bueno, que publica sobre temas culturales y frikis, que debería leerlo, etcétera. Le pregunté entonces a ese conocido si al tercero que escribe ese blog, le había recomendado el mío propio. Diría que se deshizo en un mar de excusas, pero no sé si los balbuceos dadaístas cuentan como excusas. Le pregunté entonces al conocido si siquiera sabía cómo se llama mi propio blog. Más balbuceos dadaístas que pretenden contar como excusas. Nada que el lector del insigne posteo Cinco razones para NO tener un blog no conozca de antemano, por supuesto.

Y una tercera, que esta vez no involucra blogs sino Facebook. Se trata de una conocida a la que en un tiempo estimé como amiga, y bien puede decirse que una porción de su título profesional me lo debe, ya que yo la apoyé de manera incondicional a lo largo de su proceso de titulación, que tuvo algunas aristas bastante complicadas (incluyendo una profesora clave para el proceso, y que falleció durante el mismo), además de ser su fiel escucha ante los varios desastres que acontecieron por esos años en su vida sentimental. Hasta que ella cambió de ciudad y de vida, y de pronto, me encontré con una pared de hielo entre ella y yo. El único medio de comunicación entre ambos es Facebook, en donde no me ha eliminado como amigo, hasta donde me consta por lo menos. Ella no se ha comunicado conmigo, y yo por mi parte me cansé de preguntarle cuándo tendría tiempo para reunirse a conversar alrededor de una taza de café o algo. Pero ella ha encontrado el tiempo para venir a la ciudad de origen común de ambos (no voy a mencionar cuál por esta vía, no pierdan el tiempo preguntando) y reunirse con varias otras personas, incluyendo algunas que tienen prontuario de haberme tratado bastante mal. A pesar de lo cual, ha publicado en su muro de Facebook varias notas acerca de que ha encontrado un punto en la vida en el cual sabe quiénes son sus verdaderos amigos, está tranquila y feliz, etcétera. Sobra decir, aparte de tenerla en la lista de amigos de Facebook, no tengo mayor trato con ella.

(Tengo el presentimiento de que ninguna de las personas aludidas va a reconocerse en este posteo. Después de todo, en el mejor de mis conocimientos, ninguna de ellas lee la Guillermocracia. Una de esas personas, como ya mencioné, ni siquiera recordaba el nombre en cuestión).

Los antiguos romanos tenían una fórmula consagrada para sus contratos: do ut des. Significa algo así como doy para que me des. El contrato es una fuente generadora de obligaciones. Pero para los romanos, no era sólo un asunto patrimonial. Se empeñaba también el honor, y en algunos casos literalmente la vida. En los inicios del Derecho Romano, en un tipo de préstamo llamado nexum, si el deudor no pagaba entonces el acreedor podía agarrarlo y disponer de él de manera física. Si el acreedor quería matar a su deudor porque éste no le había pagado, estaba en su derecho. Si el deudor no había pagado porque estaba en una muy mala situación financiera, qué mala suerte para él. Por suerte estas normas se fueron morigerando, pero no fue sino hasta fases muy tardías del Derecho Romano que se aceptó algo que hoy en día es una regla básica de Derecho, a saber, que el deudor debe ser notificado de que se le está cobrando judicialmente, a fin de darle una oportunidad mínima de defensa ante tribunales. Hoy en día, el valor de las obligaciones ha disminuido bastante desde los tiempos romanos: no se puede cobrar al deudor insolvente, no existe la prisión por deudas, ni menos la venta del deudor como esclavo en pública subasta para pagarse la deuda con su precio, y al deudor rebelde no se le puede seguir juicio de cobro si es que previamente no se le notifica. Son medidas humanitarias, por supuesto, y debe ser así, pero visto desde el otro extremo del tubo y sin ánimo de defender salvajadas en nombre de lo jurídico, sí que evidencia el altísimo aprecio que tenían los romanos por las obligaciones.

El Código Civil de Chile, por más señas, en su art. 1.545 expresa este principio con un lenguaje muy bello, que realza la fuerza del vínculo entre dos personas que se comprometen: "Todo contrato legalmente celebrado es una ley para los contratantes". Y a mayor abundamiento, el art. 1.552 afirma que "en los contratos bilaterales ninguno de los contratantes está en mora dejando de cumplir lo pactado, mientras el otro no lo cumple por su parte, o no se allana a cumplirlo en la forma y tiempo debidos". O sea, una persona puede abstenerse de cumplir con su obligación si la otra persona no cumple con la suya.

Todo lo anterior son obligaciones jurídicas, por supuesto. Pero usted objetará: vale sólo para lo jurídico, lo moral es una esfera diferente. Es un argumento válido y cierto, por supuesto. Las obligaciones morales son diferentes de las obligaciones jurídicas, en nuestro propio sistema. Pero por otra parte, las obligaciones morales, los romanos las entendían casi como lo mismo que las jurídicas, en los primeros tiempos a lo menos: ellos consideraban lo jurídico como una proyección de lo moral. Visto así, no parece tan descabellado aplicar más o menos los mismos principios en un rubro o en otro.

Por lo tanto, ¿no está implícito dentro de las relaciones sociales, una ética que adquiera una cierta forma de do ut des? ¿No es en el fondo la Regla de Oro, trata a los demás como quieras que los demás te traten a ti, una enunciación con más palabras del mismo principio? Incluso, ¿no utilizamos de tarde en tarde la expresión contrato social, para referirnos a una manera mínima de mirar las relaciones humanas dentro de nuestra sociedad? Contrato social es una expresión que no tiene la misma fuerza para nosotros que para los ilustrados del siglo XVIII, que la pusieron en circulación. Para ellos, el gobierno nacía de un contrato social, cuando parece más obvio y natural el pensar que el gobierno nació cuando alguien pudo asestar un garrotazo tan fuerte, que nadie pudo contestarle, y entonces el del garrotazo se puso a gobernar. Pero, ¿no evoca la idea de contrato social, la noción mínima de que debe haber un respeto y una consideración por las otras personas?

Las tres viñetas que he comentado, versan sobre lo mismo. Sobre personas que esperaban que yo tuviera consideraciones sobre terceros: sobre la causa palestina, sobre un bloguero, sobre una amiga. Pero ellos, en algún minuto, dejaron de tener consideraciones conmigo, si es que acaso las tuvieron en primer lugar. No se cumple el principio de reciprocidad. No hay un doy para que me des, sino un dame porque soy lindo o un dame porque soy linda. Solidarizar con la causa palestina está bien, pero es de esperar que los palestinos que uno conoce, también solidaricen con uno (y los judíos, y los indígenas, y los pobres, y las mujeres, etcétera), que todos tenemos nuestras penas grandes o pequeñas en la vida. Solidarizar con la obra de un bloguero para que tenga reconocimiento está bien, aunque sea de tarde en tarde, pero también debería correr a la inversa. Solidarizar con un amigo está bien, pero ese amigo también debería ser solidario con uno. La reciprocidad forma un círculo virtuoso en donde las dos personas involucradas ganan, mejoran su posición, y en definitiva prosperan. Te doy para que me des implica en última instancia que ambos van a recibir cosas que los harán mejorar en lo material o en lo espiritual. Si esa reciprocidad se rompe, el círculo virtuoso se quiebra.

Seguro que las personas mencionadas que no cumplieron con el do ut des conmigo, además de muchas otras sobre las que no he escrito aquí, argumentarán que tuvieron montones de impedimentos. O peor aún, me echarán la responsabilidad encima porque yo no fui quien hizo algo por ellas. Es decir, aplicando el doy para que me des, ellas no dieron pero esperaban que yo diera porque tenían algo más importante que hacer, o por último porque yo tenía que ir a cobrarles. Pero así no funciona el do ut des. Sólo funciona cuando ambos cumplen. Yo siempre he hecho mi mejor esfuerzo para cumplir con la gente con quien debo cumplir, porque eso es lo que demanda un mínimo de decencia. No siempre lo he logrado y no siempre he estado a la altura, pero no por desidia, falta de intenciones, o de esfuerzos. Pero si no hay reciprocidad, entonces dejo de estar obligado. La contrapartida del doy para que me des bien podría ser, en definitiva, no doy porque no me das. Y le pese a quien le pese, eso también es reciprocidad.

4 comentarios:

Cidroq dijo...

Bueno, de todo hay en la vida del señor, también he tenido algunas experiencias similares a las que cuentas, pero creo que en estos tiempos de egocentrismo extremo, sería lo mas normal

Guillermo Ríos dijo...

Es lo normal en parte porque la gente lo da tan por sentado, que ni habla ni comenta al respecto; a partir de ahí entran a operar los refuerzos de grupo, y la gente termina por tomarse una actitud insana como algo normal. Romper el silencio es ir un poco a contracorriente, pero por otra parte, como dicen, sólo los peces muertos nadan con la corriente...

CyDí dijo...

¿Ha escuchado el sonido de una mano aplaudiendo?

Es el sonido de la persecución personal de la nobleza.

¿Se es noble para los demás o se es noble por uno mismo?

Do ut des es un hermoso principio para convalidar las relaciones de la sociedad, en cosas tan sencillas como cruzar la calle esperando la luz verde, porque me parece que ese es el espíritu de la ley, proteger a la sociedad de sí misma.

Es algo curioso, porque el ser humano es egoísta y con la justa razón de que todos queremos sobrevivir, y vivir una vida plena.

Sin embargo, do ut est, como todo aquello creado por el hombre, es vulnerable a los vicios del mismo.

Es honorable verle su lado positivo... Sin embargo, existen vínculos más allá de lo tangible o de lo demostrable.

No hablaré del amor de una madre, porque no sólo es un ejemplo usado hasta el cansancio, sino que no soy adepta a la idea de que existan cosas que no son negociables.

Todo tiene su precio, hasta el sentimiento.

Y por eso mismo, creo que, pese a disfruté enormemente la presente entrada, me temo que veo vicio en sus ejemplos.

Creo que no apeló al espíritu honorable de Do ut est sino a su lado oscuro.

No conozco las relaciones entre usted y las personas aludidas, pero no creo que ameritara avaricia de su parte.

Es como exigir satisfacción a la gente que pide caridad para los menos afortunados.

¿No sería hipócrita de nuestra parte?

¿No se teñiría la pureza de la acción?

Justamente hoy me encontraba en busca del Quid pro quo y del Du ut est
Y esta ha sido la lectura más amargada que he encontrado.

Atte,

Guillermo Ríos dijo...

Respondería, de no ser porque... no entendí ni media palabra.

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