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domingo, 24 de agosto de 2014

Generación GM (5 de 5): El destructor de los mundos.

Trinity, la primera explosión nuclear de la Historia, a 53 segundos de la detonación, en Alamogordo, el 16 de Julio de 1.945. Fuente.
"Me he convertido en muerte, en el destructor de los mundos" - Robert Oppenheimer, padre de la bomba atómica, citando (mal) el Bhagavad Gita.
Un científico griego llamado Demócrito de Abdera, había planteado que la materia no podía ser contínua: por el contrario, debía dividirse en paquetitos que a su vez fueran indivisibles. La palabra para cortar en griego es τέμνω (temno), que con el añadido de un prefijo negativo, pasó a ser la moderna palabra átomo. La moderna experimentación científica del siglo XIX aportó las primeras evidencias empíricas de que los átomos que Demócrito había adivinado por puro ejercicio racional, en realidad existían. La investigación demostró que los átomos estaban compuestos de partículas aún más pequeñas: protones, neutrones y electrones. En paralelo, Albert Einstein desarrolló su concepto de la equivalencia entre materia y energía, mejor conocido por su formulación en la ecuación E=mc2 (el 2 es un superíndice, pero por limitaciones de Blogger no podemos anotarlo así). Es tan conocida, que el común de la gente no se pone a reparar en lo que significa: la cantidad de energía de un cuerpo es equivalente a la masa de dicho cuerpo medida en gramos, multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz. Eso es una cantidad brutal de energía: como la velocidad de la luz es de casi 300.000 kilómetros por segundo, el cuadrado es equivalente a casi 90.000.000.000. Es decir, un gramo de materia, reducido a pura energía, puede generar 900.000.000 de julios de energía (julio o joule es la unidad correspondiente para medir la energía en este caso). Como esto puede parecer muy abstracto, digámoslo así. Agarre usted un gramo de carbón y quémelo, y tendrá unos segundos de calor; agarre usted ese mismo gramo de carbón y macháquelo átomo por átomo hasta que toda la materia se haya convertido en radiación, y supuesto de que pudiera aprovechar esa energía, tendría suficiente para vencer la gravedad de la Tierra y enviar un satélite artificial de un kilogramo de peso a la órbita terrestre. Por suerte para nosotros, ninguna reacción nuclear de fisión es tan eficiente: por lo general, en una explosión nuclear, apenas el siete por ciento de la materia radioactiva se convierte en energía; y esa cantidad misérrima de materia convertida en radiación es suficiente para volar ciudades completas.

Más tarde o más temprano, alguien iba a hacerse la pregunta fatal: ¿cómo se puede aprovechar el poder del átomo para generar nuevas armas...? Una conocida anécdota dentro del mundillo de la Ciencia Ficción se refiere al relato Deadline de Cleve Cartmill, publicado por la revista Astounding Stories en 1.944. Para su asombro, el editor John W. Campbell recibió en su despacho a unos no demasiado cordiales agentes del Gobierno de Estados Unidos, quienes al leer Deadline, pensaron que se habían filtrado datos del entonces ultrasecreto proyecto para fabricar la bomba atómica. En realidad, antecedentes del uso de desintegrar átomos para liberar energía existían a lo menos desde The World Set Free de Herbert George Wells, publicado en... ¡1.914, en los albores de la Primera Guerra Mundial! En dicha novela, Wells predijo que el poder del átomo podría ser liberado a través de una reacción en cadena, exactamente la manera en que funciona una bomba atómica de fisión en la actualidad.

Pero esto eran cosas para conocedores, y para lectores de Ciencia Ficción. El grueso del público no tenía mayor idea de lo que estaba pasando. En 1.939 estaba por repetirse el mismo escenario de 1.914: la mentalidad y la conciencia colectiva de Occidente iba muy por detrás de la técnica. En 1.914, todos suponían que la Primera Guerra Mundial iba a ser corta y con abundantes movimientos de tenazas: el brutal avance tecnológico de las ametralladoras, los alambres de púas y las armas químicas convirtieron esto en una sangrienta quimera, y el aún más brutal avance de la guerra submarina y el tanque blindado destrozaron la guerra de trincheras y abrieron escenarios de todavía mayor brutalidad en el campo de batalla. Al marchar a la Segunda Guerra Mundial, todos suponían una reedición de 1.914; el resultado fue una tecnología todavía más brutal: el arma nuclear, inventada para ganar la guerra, puso en manos de la Humanidad por primera vez la posibilidad de autodestruirse. El miedo ya no iba a abandonar a la Humanidad en adelante nunca jamás. Irónicamente, un pacifista convencido como Albert Einstein fue quien instó a Franklin Delano Roosevelt, el Presidente de Estados Unidos a fijar su atención en el poder del átomo para ganar la guerra, convencido como judío refugiado en Estados Unidos, de que la Alemania de Hitler debía ser detenida a cualquier costo; la guerra nuclear total que emergió después de 1.945, acabó siendo un costo quizás demasiado prohibitivo. Mucha gente que trabajó en el Proyecto Manhattan, para desarrollar la bomba atómica en Estados Unidos, incluyendo su cabeza el científico Robert Oppenheimer, acabaron deviniendo después en fervientes pacifistas.

Tanques alemanes invadiendo Polonia en Septiembre de 1.939.
Pero nadie parecía haber conectado los impredecibles puntos el día 1 de Septiembre de 1.939, cuando el Tercer Reich preparó un escenario de bandera falsa en donde fingieron un ataque polaco contra Alemania. Esto fue el pretexto fabricado por Alemania para lanzar un ataque a gran escala contra Polonia. La Unión Soviética, por su parte, siguiendo lineamientos hasta entonces secretos del Pacto Ribbentrop-Molotov, se lanzó al ataque oriental. Después de dos siglos de dominación extranjera y apenas diecinueve años de independencia, Polonia volvía a ser conquistada militarmente por sus voraces vecinos. Pero esta vez, la política de apaciguamiento había caído en el descrédito más absoluto. Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania. Italia y Japón, aliados de Alemania, entraron a su lado, como el llamado Eje. Estados Unidos se mantuvo al margen. Por el minuto.

Parte importante del éxito de Alemania radicaba en una nueva concepción de la guerra. Los alemanes estaban dispuestos a obtener la victoria al primer golpe, sin reeditar los horrores de las trincheras. A esta estrategia, la llamaron Blitzkrieg o guerra relámpago. La misma consistía en utilizar los modernos medios mecanizados de combate, en particular los tanques, para presionar las líneas enemigas y romperlas por puntos estratégicos; a través de tales grietas, las tropas entraban en profundidad y tomaban lugares claves previamente establecidos, tales como estaciones de ferrocarril, estaciones de radio, nudos de carreteras, centros de comando, etcétera. El resultado final era el colapso del esquema estratégico del enemigo, antes de enterarse siquiera qué los estaba golpeando, y en particular mucho antes de que sus propias tropas terminaran aniquiladas. La Blitzkrieg funcionó durante algunos años, hasta que el enemigo también aprendió la estrategia.

Aún así, la guerra se libró principalmente en frentes secundarios durante el resto de 1.939. Tanto Inglaterra y Francia por un lado, como Alemania por el otro, preferían aprestarse para el choque decisivo con calma. De esta manera, para ganar tiempo, ambos bandos trataron de utilizar a los países escandinavos como piezas de su juego. Ingleses y franceses se la jugaron porque estallara la guerra entre la Unión Soviética y Finlandia, lo que finalmente ocurrió, y mantuvo a la Unión Soviética ocupada durante un resto y la marginó de los asuntos europeos un resto. A su vez, Inglaterra ocupó militarmente Islandia, sin que dicho país, sorprendido por semejante beligerancia, atinara a defenderse en lo absoluto; era una maniobra absolutamente contraria al Derecho Internacional, la ocupación de un país neutral, pero con esta medida maquiavélica, Inglaterra se aseguró que Alemania no ocupara Islandia como base de operaciones para sus buques en el Atlántico. A la larga, la guerra atlántica acabaría perdida para Alemania, y con ella, una parte importante de la guerra.

Ya en 1.940, Alemania lanzó un ataque a gran escala contra Escandinavia. Dinamarca, Noruega y Suecia cayeron como fichas de dominó, algunos países resistiendo más que otros. El rey Cristian X de Dinamarca optó por una rendición más o menos pacífica, pero cuando los nazis intentaron imponer a los judíos de Dinamarca el uso de la estrella de David de color amarillo en el pecho, para ser identificados en la calle, extensos sectores de daneses, el propio rey incluido, en un gesto que los honra como país, empezaron a utilizar la estrella para defender a los perseguidos. En Noruega, los nazis instalaron en el poder a un político de apellido Quisling, prominente en la escena política noruega desde la década anterior, y que hasta el minuto era considerado una especie de bufón simpatizante de los nazis. Quisling llegó a ser tan odiado, que su apellido se transformó en sinónimo de colaborador y gobierno títere; después de la guerra, acabó fusilado. Los ingleses trataron de intervenir militarmente en Escandinavia, pero en vano. Con la anexión de Escandinavia, el Tercer Reich se aseguró el acceso a importantes recursos mineros, incluyendo hierro y carbón... y el agua pesada necesaria para llevar a cabo su propio programa nuclear.

Fortificación en la Línea Maginot.
Luego vino la invasión de Francia. El principal impedimento era la Línea Maginot, una sólida línea de fortificaciones militares que parecía infranqueable. Las divisiones acorazadas alemanas hicieron entonces lo que para muchos era impensable, que es avanzar por el bosque de las Ardenas, rodearon la Línea Maginot por atrás, coparon a las tropas francesas, y en dos semanas estaban marchando por París. Las tropas británicas en Francia fueron evacuadas a marchas forzadas en la llamada Operación Dínamo, mejor conocida a lo amigo como la Evacuación de Dunquerque. En el sur se formó un gobierno títere a cargo de Philippe Pétain, un antiguo general de la Primera Guerra Mundial que había sido héroe en la importante Batalla de Verdún. Pétain no perdió tiempo en aplicar las políticas raciales nazis en su territorio. Después de la guerra fue condenado a muerte por su colaboracionismo, aunque Charles de Gaulle conmutó la pena por cadena perpetua, por su avanzada edad y su condición de héroe de la Primera Guerra Mundial; falleció en prisión, ya un nonagenario, en 1.951. Y hablando de Charles de Gaulle, éste era un antiguo oficial francés de la Primera Guerra Mundial; después de la caída de Francia, llegó a Londres y formó el llamado Gobierno de la Francia Libre. Inicialmente, la Francia Libre no tenía más poder o alcance que una miserable oficina en Londres, pero de Gaulle se las arregló para transformarse en una espina al costado de Winston Churchill, el Primer Ministro de Inglaterra, haciendo decir al inglés algo en la línea de que "de todas las cruces con las que he tenido que cargar, ninguna ha sido tan pesada como la de Lorena", en alusión al símbolo elegido por de Gaulle para la Francia Libre. Pronto, la Francia Libre creó una red de resistencia, los maquis, que se encargaron de hacerle la vida a cuadritos a los ocupantes nazis.

Hitler empezó entonces a preparar la Operación León Marino, uno de sus más ambiciosos planes militares. León Marino buscaba nada menos que desembarcar tropas en Inglaterra y ocupar su territorio, una empresa ante la cual hasta el propio Napoleón Bonaparte había retrocedido en su día. Por una razón u otra, probablemente relacionada con la enorme dificultad material de la operación y lo incierto de sus resultados, León Marino se fue postergando, hasta que al final, nunca fue ejecutada. En los hechos, es posible hacerse una idea de las dificultades logísticas que hubiera debido arrostrar León Marino, prestando atención a las enormes complicaciones que debió remontar la Operación Overlord cuatro años después, que culminó en el Desembarco de Normandía; no en balde, Overlord era esencialmente León Marino en reversa, ya que ambos involucraban cruzar el Canal de la Mancha con una cantidad de tropas suficiente para invadir el otro lado, sólo que en sentido inverso una operación respecto de la otra. Frente a este escenario, el Tercer Reich prefirió romper la moral británica a través de una serie de bombardeos, lo que fue llamado el Blitz. En esa hora oscura, caído en desgracia el antiguo apaciguador Neville Chamberlain, el nuevo y agresivo Primer Ministro Winston Churchill, a quien ya mencionamos más arriba, a punta de oratoria levantó a la nación. Entre otros discursos, pronunció el famoso "Combatiremos en las playas", y energizó a un país entero. Lejos de quebrar la moral británica, el Blitz sólo la incentivó.

La guerra podría haber parado ahí, más o menos en un status quo. Pero entonces dos países del Eje llevaron a cabo sendos ataques que, a la larga, revelaron ser errores geopolíticos fatales. A mediados de 1.941, Hitler desató la llamada Operación Barbarroja. Bajo la frase clave "alzad las banderas al viento del este", Hitler inició la invasión de la Unión Soviética. Esta abierta infracción al tratado de 1.939 iba a costarle caro. Hitler cometió el mismo error que Napoleón antes, y que Carlos XII de Suecia todavía antes: la idea de que las extensas planicies rusas eran conquistables a través de un ataque militar contra Moscú. La llegada del famoso General Invierno, las crudas condiciones metereológicas invernales, se encargó de demostrarles su error. Y como si quisieran comprometer aún más su posición, en Diciembre, Japón lanzó un ataque militar contra Pearl Harbor, en Hawaii, proporcionando al Presidente Roosevelt el pretexto necesario para su anhelada intervención directa de Estados Unidos en la guerra. Hasta 1.941, la guerra era ante todo europea; a partir de dicho año, se ganó de verdad el sobrenombre de mundial. Y para colmo, con dos de las más grandes naciones del planeta entrando al lado de los Aliados: la Unión Soviética con una provisión casi ilimitada de hombres, y Estados Unidos con la mayor maquinaria industrial de la Historia.

Lanzamiento de un misil V-2 desde la base alemana de Peenemünde en el verano de 1.943.
Mientras tanto, en círculos más reservados, existía preocupación por las noticias que llegaban desde el lado de la Física: era posible fabricar una nueva arma en que la desintegración radioactiva creara un potencial explosivo hasta la fecha inconcebible. Había un miedo cetrino de que la Alemania hitleriana llegara a desarrollar algo por el estilo; no en balde, durante el último medio siglo, Alemania había sido una de las naciones más a la cabeza del progreso en el campo de la Física. Con miras a ganar la carrera, en 1.942, en Chicago, se construyó el primer reactor nuclear completamente funcional, aunque éste era todavía experimental por el minuto. No olvidando la carta de Einstein de 1.939, Roosevelt autorizó entonces el Proyecto Manhattan, cuyo objetivo era la fabricación de la primera bomba atómica. En paralelo, aunque los Aliados no podían liberar Noruega, éstos iniciaron una serie de operaciones militares de sabotaje contra los reactores de agua pesada de dicho país, con miras a retrasar todo lo posible el programa nuclear alemán.

Todo lo anterior está plagado de ironías. Uno de los mejores medios para hacer llegar una bomba nuclear al campo enemigo es el misil balístico intercontinental, pero sin embargo Estados Unidos ignoró durante años a Robert H. Goddard, su principal investigador en Cohetería. En esto, los alemanes estaban mucho más avanzados. En 1.939, en la base de Peenemünde, habían autorizado al equipo de un joven científico llamado Werner von Braun para iniciar su propia investigación con cohetes; esto iba a llevar derecho a la fabricación de los misiles V-1 y V-2. Años después, cuando von Braun se entregó a Estados Unidos a cambio de seguir sus investigaciones sobre cohetes para dicho país, el alemán se mostró sorprendido de que nadie en Estados Unidos hubiera reconocido el valor de Goddard; si le hubieran hecho caso a Goddard, von Braun hubiera sido mucho menos útil para Estados Unidos. Y para mayor ironía... el programa de cohetería alemán resultó inútil para ganar la guerra porque cuando las bombas V-1 y V-2 estuvieron listas y comenzó el bombardeo de Inglaterra con cohetes, en 1.944, ya era demasiado tarde para dar vuelta la guerra. Aparte del valor psicológico, las V-1 y V-2 estaban armadas con explosivos convencionales, y por lo tanto no eran más destructivas que un bombardeo aéreo convencional; lo que hubiera complementado el poder del programa V-1 y V-2, la bomba nuclear, estaba fuera de alcance alemán. La mayor pesadilla de los Aliados era apenas un fantasma sin substancia alguna. La Alemania de Hitler tenía los recursos para fabricar su propia tecnología nuclear... pero no tenía técnicos calificados para hacer algo con tales recursos. En los años anteriores a la guerra, la investigación nuclear había sido llamada Jüdische Physik (Física Judía), la que el Tercer Reich había tratado de suprimir en favor de una Deutsche Physik (Física Alemana), que se suponía aria; todo esto en paralelo a la diáspora de científicos alemanes judíos que encontraron refugio en Estados Unidos y ayudaron a trabajar para el programa nuclear estadounidense. A la larga, ante la incapacidad de la Física Alemana para funcionar, los científicos bajo el Tercer Reich empezaron a aceptar volver a enseñar la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica, pero el daño ya estaba hecho: el programa nuclear alemán había quedado fatalmente atrasado. A pesar de lo que la Ciencia Ficción posterior al estilo Iron Sky haya querido enseñarnos, lo cierto es que la superciencia nazi en verdad es más mito que realidad.

Entre 1.942 y 1.943 se vivió lo más crudo de la Segunda Guerra Mundial. Los Aliados occidentales estaban casi incapacitados para hacer nada en Europa. En el Océano Pacífico, por su parte, Estados Unidos empezó a ganar la batalla milla marina a milla marina contra los japoneses. Parte importante del éxito de Estados Unidos fue confiarse a los portaaviones, que habían ganado importancia debido al mejoramiento de la tecnología aeronáutica desde la Primera Guerra Mundial. Los japoneses por su parte seguían confiando principalmente en destructores y acorazados. La posibilidad de enviar enjambres de aviones a bombardear buques enemigos, sumada a la superior potencia industrial de Estados Unidos para fabricar y reparar dichos aviones, acabó por darles una ventaja decisiva. En el frente ruso, por su parte, el avance alemán se vio paralizado debido a que la Blitzkrieg alemana, que funcionaba de maravillas en líneas de batalla más o menos reducidas, era dramáticamente menos efectiva en las vastas planicies rusas; allí, la guerra con tanques adoptó la forma más clásica de marchas, contramarchas y maniobras envolventes, en la que los alemanes no pudieron infligirle una derrota decisiva a los soviéticos.  Por su parte, las tropas nazis no consiguieron capturar la ciudad clave de Leningrado: el asedio duró más de dos años y medio, probablemente el más largo de la Historia, pero la ciudad resistió. En Stalingrado, por su parte, las tropas rusas atacaron una y otra vez sin cesar; por una cuestión de orgullo nacional, Hitler ordenó resistir hasta el último hombre, pero el general nazi a cargo, Friedrich Paulus, encontró más razonable rendirse, y así lo hizo en Enero de 1.943. Poco después vino el encuentro decisivo fue la Batalla de Kursk, librada a mediados de 1.943, y que es la más grande batalla con tanques de la Historia; dicho encuentro acabó con una derrota decisiva alemana, y destruyó del todo su capacidad para nuevos avances.

Soldados alemanes capturados en Stalingrado, en 1.943.
Para 1.944, y después de una especie de ensayo general que fue la invasión de Sicilia en 1.943 para comenzar a derribar la Italia fascista, los Aliados estaban listos para atacar al mismísimo Tercer Reich. Una alianza de ingleses, estadounidenses, y la Resistencia de los maquis franceses, llevaron a cabo la Operación Overlord, que cristalizó en el monumental Desembarco de Normandía. Se diga lo que se diga acerca de la maquinaria propagandística del cine de Hollywood, lo cierto es que la Operación Overlord es uno de los grandes monumentos de la estrategia militar, el coordinar el más grande desembarco anfibio de la Historia, con todas las complicaciones inherentes a los desembarcos anfibios; de haber salido mal, la Operación Overlord muy posiblemente hubiera ido a engrosar el artículo Diez desastres navales que determinaron el curso de la historia, acá en la Guillermocracia. El caso es que Estados Unidos e Inglaterra consiguieron desembarcar tropas en Francia por primera vez desde Dunquerque. La Alemania nazi comenzó a desplomarse lentamente.

En paralelo, los Aliados tenían conciencia de que el final de guerra representaría un nuevo mundo para todos, de manera que se dispusieron a trazar los lineamientos del mismo. Uno hecho no para beneficio de la Humanidad, por supuesto, sino de sus propios intereses particulares. A lo largo de una serie de conferencias en Teherán, Yalta y Potsdam, los Aliados definieron la geopolítica universal de una manera que podríamos definir con cinismo propio de Realpolitik, como una repartija de esferas de influencia en Europa y el mundo. Por su parte en 1.944, en la Conferencia de Bretton Woods, se sentaron las bases del orden económico internacional posterior a la guerra, incluyendo la creación del Fondo Monetario Internacional. Quizás el más grande progreso fue el acuerdo para crear una nueva organización internacional que reemplazara a la Sociedad de Naciones, cuyo desempeño había oscilado entre lo irrelevante y lo penoso; dicha nueva organización debía pacificar y arbitrar en el mundo. Las semillas para las Naciones Unidas estaban sembradas.

Para 1.945, la suerte del Eje se había acabado. Entre la segunda mitad de 1.944 y la primera de 1.945, la Italia fascista se vino abajo; irónicamente, aunque su líder Benito Mussolini acabó siendo fusilado y su cadáver linchado, lo cierto es que las tropas Aliadas no llegaron a ocupar la totalidad de Italia, al final de la guerra. Para Alemania, en cambio, como principal instigadora de la guerra, no habría perdón. En los acuerdos entre los Aliados, la misión de capturar Berlín había quedado entregada a los soviéticos, quienes clamaban venganza por las atrocidades de los nazis en su propio territorio. A medida que las tropas aliadas avanzaban en Alemania, fueron liberándose los campos de concentración, y empezaron a revelarse las infernales realidades de la solución final emprendida por el Tercer Reich en contra de todos quienes consideraban Untermenschen, o sea, infrahumanos. En medio del colapso total, y antes de ser evacuada, la última pieza musical presentada por la Orquesta Filarmónica de Berlín fue la escena de la inmolación de Brunilda en la ópera El crepúsculo de los dioses de Richard Wagner. En Abril, superado por las circunstancias y por su propia desequilibrada condición mental, Hitler se descerrajó un tiro; terminó para él la vida, y comenzó la inmortalidad como personaje protagónico de The History Channel. Poco después, en Mayo, Alemania se rindió incondicionalmente. Los cuatro grandes Aliados se repartieron el país como una botella de cerveza entre cuatro vasos. Como parte de la rendición incondicional, los Aliados interpretaron que Alemania permitía incluso la aplicación retroactiva de la ley penal y el juzgamiento por tribunales ad hoc, lo que proporcionó la más que dudosa y frecuentemente criticada base legal para los juicios del Tribunal de Nüremberg, en donde varios cabecillas nazis fueron condenados a la pena capital, a cadena perpetua, o a extensas condenas de prisión, con algunas absoluciones.

Celebración en Londres del Día de la Victoria, el 8 de Mayo de 1.945, el día de la capitulación incondicional de Alemania.
Quedaba Japón. Y el orgullo nacionalista e imperial japonés les impedía rendirse. Ello hubiera implicado humillar al Emperador, su Dios, su Sol. En el intertanto, y en el mismo Abril de 1.945 en que Hitler se había volado los sesos, y ya en su cuarto período presidencial consecutivo, Franklin Delano Roosevelt había sufrido un derrame cerebral, y había fallecido; el Vicepresidente Harry Truman lo reemplazó. Truman se vio ante una disyuntiva. El asalto final contra Japón, se había proyectado, costaría tantos hombres como la guerra europea, si no más. Podría haber pactado la paz, pero Truman desechó la alternativa. En vez de ello, autorizó el uso del arma nuclear, cuya primera detonación fue la explosión experimental en Alamogordo, el 16 de Julio de 1.945. Los días 6 y 9 de Agosto de 1.945, las bombas nucleares Little Boy y Fat Man fueron lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, usando bombarderos porque, lo repetimos, en Estados Unidos nadie le había hecho caso a Robert H. Goddard. Aquí hubo un bluff monumental: Estados Unidos no tenía más bombas nucleares, y no las tendrían durante los meses que tardara en fabricarse nuevas, pero esa información se la guardaron. Los japoneses, temiendo que el arsenal nuclear de Estados Unidos fuera aún más grande, se rindieron. Para estupor de los japoneses, por primera vez en la historia su Emperador se rebajó a hablar por radio. Allí, el Emperador Hirohito llamó a su pueblo a "tolerar lo intolerable", ante la disyuntiva de resistir y ser aniquilados o rendirse y reconstruir Japón a partir de lo que quedara; anunció así la rendición de Japón. Salvo por algunos soldados medio enloquecidos y perdidos en las junglas asiáticas o las islas polinésicas, y que seguirían peleando la guerra por décadas, la Segunda Guerra Mundial se había acabado.

El nuevo mundo que emergía en 1.945, ya nada tenía que ver con la soñolienta Humanidad de 1.914. Dos superpotencias habían emergido victoriosas y se repartían el mundo: los capitalistas Estados Unidos, y la comunista Unión Soviética. Sobre Europa cayó el llamado Telón de Acero. ¿Iba a ser un mundo mejor o peor que el anterior? Por un lado, emergió una nueva conciencia de que nunca debía volver a repetirse los horrores de la Segunda Guerra Mundial, en particular después de descubrirse el espanto de la solución final y los campos de concentración nazis; dicha conciencia cristalizó en uno de los más grandiosos frutos de la conciencia humana, cual es la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1.948. El desarrollo tecnológico asimismo ayudó a cambiar el mundo; la cohetería de las bombas V-2, utilizada para bombardear Londres en las postrimerías de la guerra, sirvió un cuarto de siglo después para poner al primer hombre en la Luna. Por el otro lado, el llegar a conocer el secreto de la desintegración del átomo abrió el camino para la completa aniquilación humana; la más grande transformación de la Generación GM, es que el ser humano había alcanzado por fin un control absoluto sobre su destino. El intelecto humano había alcanzado su mayoría de edad, pero, ¿había hecho lo mismo su emocionalidad y su conciencia moral? A casi siete décadas de dicho evento, la respuesta sigue siendo ambivalente.

Fin de GENERACIÓN GM... y el comienzo de nuestro mundo.

La bomba nuclear detonada en Hiroshima, el 6 de Agosto de 1.945.

6 comentarios:

Luis Lauro Moncada Guajardo dijo...

Gran cierre para una gran serie.

Guillermo Ríos dijo...

Gracias por las felicitaciones, fue bastante complicado reducir el devenir de tres décadas completas en apenas cinco posteos tratando de atropellarse lo menos posible, y me alegro que la hazaña haya resultado con bien. Saludos.

Cidroq dijo...

Felicidades por tu gran trabajo, gran serie, y quien sabe que seria de nosotros, si no se hubieran lanzado esas bombas.

Guillermo Ríos dijo...

No quiero pecar de pesimista, pero parece ser que, acumulada cierta cantidad de recursos, instituciones y técnica, ciertos devenires son inevitables. Lo único que hace falta para crear una nueva arma de destrucción masiva son los recursos para fabricarla, la técnica para saber cómo, y la libertad para que nadie lo impida. Dado como iba el mundo en esos años, la bomba atómica para 1.945 se me antoja prácticamente inevitable. Quizás con una Sociedad de Naciones más fuerte...

Cidroq dijo...

De hecho mi comentario iba mas bien en otro sentido, pienso que si no se hubieran lanzado esas bombas entonces, se habría hecho en guerras posteriores, con bombas más potentes y con arsenales más grandes, y el factor que mantuvo la guerra fría, fría, el miedo y el horror que se generó al ver los efectos de las bombas en Japón, no se hubiera dado, y una guerra nuclear se hubiera desatado.

Al menos esa es mi teoría jeje.

Guillermo Ríos dijo...

Mirándolo así, es factible. En las décadas de 1.960 y 1.970 era frecuente que los villanos Bond, o sus equivalentes en otras películas, buscaran causar la Tercera Guerra Mundial para sembrar el caos y salir a apoderarse del mundo (concepto al que hicieron un afectuoso homenaje en X-Men: Primera generación hace algunos años atrás). Las investigaciones posteriores acerca del invierno nuclear, nos revelaron lo oligofrénico de dicho escenario, y de que dichos villanos, de haber ejecutado sus planes malignos, habrían terminados tan extintos como el resto de la Humanidad. Después de Cosmos de 1.980 y en particular El día después, el concepto fue botado a la basura. Pero no es impensable que en los inicios de la Guerra Fría, algunos termocéfalos de verdad hayan creído que podían sobrevivir, e incluso ganar, en un escenario termonuclear total. Por suerte la sangre no llegó al río, aunque en algunas ocasiones, casi...

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