domingo, 17 de agosto de 2014

Generación GM (4 de 5): Horizonte gris.

Manifestación nazi en Nüremberg.
La mitología clásica sobre el siglo XX narra que después de la Primera Guerra Mundial, todo el mundo quería la paz porque no deseaban una nueva conflagración como la que se acababa de vivir. Entonces llegó Adolf Hitler y una pandilla de psicópatas que se tomaron el poder en Alemania, y desataron una nueva y peor guerra mundial. Este retrato histórico digno de un Saturday monday cartoon con héroes muy heroicos y villanos reforcilándose en su maldad, es por supuesto muy inexacto, si no francamente erróneo. En realidad, el camino hacia la Segunda Guerra Mundial estaba trazado ya desde el diktat de Versalles, la miope diplomacia occidental que pretendía ponerle un punto y final a la Historia Universal, instaurando un nuevo orden europeo. Además, había fuerzas sociales moviéndose en la trastienda. La exhuberancia económica posterior a la guerra, la sensación de que pronto todos iban a ser ricos, generó la burbuja económica que llevó directamente al Crac de 1.929, de ahí a la Gran Depresión, y de ahí a un auge de nuevos movimientos de revanchismo económico y social.

Puede que esta visión de corto plazo, de unos cuantos años en retrospectiva desde 1.939, enmascare una realidad más profunda, que hacía casi inevitable una segunda conflagración. En realidad, la Segunda Guerra Mundial era una crónica anunciada y cantada. Solamente un miope como Neville Chamberlain podía estar tan seguro de haber conseguido la paz para nuestro tiempo, como él mismo dijo en 1.938. En el siglo XIX, y por primera vez en la Historia Universal, las economías nacionales habían crecido a una escala tan desmesurada, que podían abarcar literalmente todo el planeta. La Primera Guerra Mundial había sido sólo un movimiento de ajuste, la eliminación de potencias mundiales del tablero para crear hegemonías mundiales capaces de gestionar bloques comerciales cuya escala ahora, y lo venían siendo desde el último tercio del siglo XIX, ya no era nacional sino planetaria. Esto hubiera podido lograrse si se hubiera creado una Sociedad de Naciones fuerte, que sirviera como árbitro del mundo. Como ello no sucedió, y el problema de ajustar la escala de las operaciones políticas con las económicas seguía presente, un nuevo choque iba a ser inevitable. El devenir de los acontecimientos puso a Adolf Hitler y los nazis en contacto con el detonador; pero un curso diferente hubiera bien podido desembocar más o menos en el mismo resultado: guerra total.

Pero volviendo a lo inmediato: después de 1.929, la Gran Depresión tuvo el efecto de destruir los sueños de prosperidad de la gente. Imágenes de gente parada en todas partes se hicieron habituales. Los únicos negocios que consiguieron mantenerse más o menos a flote fueron aquellos que proporcionaban distracciones baratas a las masas: el cine, las revistas pulp, o las tiendas de caramelos como la que era propiedad de Judah Asimov, el padre de Isaac Asimov. La crisis económica se las arregló incluso para barrer gobiernos completos: propició la caída de Primo de Rivera en España y Carlos Ibáñez del Campo en Chile. En Estados Unidos, la Presidencia de Herbert Hoover, un republicano que creía firmemente en que el Estado es sólo grasa y debe ser recortado, se las arregló para profundizar aún más la crisis. En beneficio del pobre Hoover, es necesario reconocer que la ortodoxia económica liberal de la época prescribía que las crisis económicas se capeaban reduciendo el gasto público, y en ese sentido las decisiones económicas de Hoover tenían un punto de racionalidad, si bien ésta al final terminó siendo corregida y desmontada. Durante más o menos medio siglo, por lo menos.

En la época surgió la voz del economista John Maynard Keynes, quien marchó justo en la dirección contraria. Para Keynes, y la escuela de pensamiento económico llamada después el Keynesianismo, en tiempos de crisis es cuando más el Estado debe propiciar el gasto público. De esta manera, el Estado transfiere dinero al bolsillo de las personas, las que al gastarlo incentivarán el consumo y la producción, logrando así una reactivación de la economía. Contrario a lo que suele pensarse, Keynes no inventó la idea del gasto público como estímulo a la inversión; este concepto ya rondaba en la crítica económica socialista hacia el liberalismo en la década de 1.920. Pero Keynes no era un socialista sino todo lo contrario, un liberal de vieja escuela que tuvo el coraje de renunciar a sus convicciones en pos de la verdad experimental, y por lo tanto podía darse el lujo de decir verdades a los liberales que éstos no aceptarían si hubieran venido de un socialista. Además, Keynes fue el primero que explicó de manera coherente y sistemática la relación entre gasto público y empleo, ofreciendo así por primera vez una contundente crítica a la teoría hasta entonces predominante (y enormemente corta de miras) según la cual las crisis económicas se ajustaban a sí mismas porque producían una bajada generalizada de salarios que iba a llevar a hacer rentable de nuevo contratar personas, resolviendo la crisis por sí misma; esto por supuesto puede suceder, así como puede suceder que los salarios bajen tanto que el resultado sea un estallido populista que arrase con todo el sistema financiero en primer lugar, que fue en efecto el escenario de Octubre de 1.917 en Rusia.

John Maynard Keynes, economista teórico del moderno estado del bienestar.
En Estados Unidos, quien adoptó la bandera de las ideas de inspiración keynesiana fue el demócrata Franklin Delano Roosevelt. En la elección presidencial de 1.932, Roosevelt logró una aplastante victoria electoral (472 electores contra 59 de Hoover), a través de su programa llamado el New Deal, el Nuevo Trato. Bajo el lema de que "solo debemos temer al temor mismo", Roosevelt se embarcó en una iniciativa de una energía tremenda: se fijó los primeros cien días de su mandato para establecer medidas de urgencia. A lo largo de su Presidencia, y con espíritu plenamente keynesiano, Roosevelt se abocó a la más ambiciosa política de obras públicas jamás lanzada por un Presidente de Estados Unidos hasta la fecha. La ortodoxia liberal, siempre convencida de que el Estado no sirve para nada y debería ser abolido para que deje de impedir que los ricos se hagan más ricos, puso el grito en el cielo. Pero Roosevelt fue apoyado durante cuatro elecciones presidenciales seguidas, gobernando así de manera ininterrumpida desde 1.933 hasta su fallecimiento en el cargo, en 1.945. Es el primer Presidente de Estados Unidos que gobernó más de dos períodos, y probablemente sea el último también, considerando que en 1.951, la Enmienda XXII a la Constitución de Estados Unidos prohibió que cualquier persona gobernara más de dos períodos.

De esta crisis económica, social y de valores, interesantemente, emergieron algunos de los mejores productos culturales del siglo XX. Mencionábamos que la Ciencia Ficción recibió un enorme espaldarazo en el mundo de los pulps, funcionando como mecanismo de evasión, comenzando incluso la Edad de Oro del género con la Revolución Campbelliana. También tomó carta de naturaleza la novela negra, en donde el investigador privado de mala muerte reemplazó al detective fino y europeo estilo Agatha Christie en la punta de lanza del género detectivesco. Los principales exponentes fueron Dashiell Hammett y su detective Sam Spade por un lado, y Raymond Chandler con su detective Philip Marlowe. En el cine, floreció el género del Gangsterismo como un escapismo romántico frente a un sistema que se antojaba injusto y corrupto, hasta que la imposición del Código Hays en 1.934, que buscaba censurar el sexo y la violencia, sumado a una relativa disminución de la crisis económica a mitad de década, sepultaron el género por el minuto. Con todo, éste se transmutó en uno nuevo, el Cine Noir, cuyo primer gran exponente fue la película El Halcón Maltés de 1.941, adaptada de una novela de Hammett; parte del encanto del Noir fue similar al cine de gángsters: el retrato y la denuncia de la corrupción sistemática a todos los niveles. En el frente de la comedia, Charles Chaplin rodó una enorme crítica social de Estados Unidos y la crisis económica en Tiempos modernos de 1.936, denunciando con saña la industrialización y la deshumanización del ser humano. Y el mundo de los cómics vio el surgimiento de un nuevo género, ya que en 1.938 apareció por primera vez Superman. No debe olvidarse que en sus orígenes Superman combatía la corrupción y la delincuencia, transformándose así en un defensor de los ideales del New Deal de Roosevelt; los años en que Superman sería acusado de promover los valores del imperialismo estadounidense estaban todavía por delante.

Irónicamente, las soluciones que Roosevelt estaba implementando en democracia, otros regímenes estaban llevando a cabo de manera autoritaria, incluso totalitaria. Era asunto de sumar dos más dos para descubrir que el país más golpeado en el mundo por la Gran Depresión fue Chile, debido a su dependencia absoluta de las exportaciones, mientras que el más inmune resultó ser la Unión Soviética. Al instaurar una economía comunista, los soviéticos se habían cercenado el comercio exterior, y por lo tanto el contagio de las corridas bancarias producto del Crac de 1.929 no los alcanzó. Por supuesto que el sistema autárquico de producción económica a base de planes quinquenales tenía sus propios bemoles, y de hecho el sistema económico soviético a la vuelta de algunas décadas resultó insostenible, pero en la coyuntura de 1.929, lo que todo el mundo veía era que la receta comunista funcionaba. Las ideas comunistas encontraron así un nuevo espaldarazo para propagarse por Occidente.

Campos petroleros de Baku, obra cercana a 1.935 por Konstantin Bogaevsky.
Pero el milagro más asombroso fue el caso alemán. Desde 1.919, Alemania estaba gobernada por la llamada República de Weimar, un sistema político democrático apoyado por los socialistas, y combatido tanto por la extrema derecha que deseaba regresar a la vieja oligarquía plutocrática del siglo XIX, como por la extrema izquierda que pensaba que el régimen político no iba tan lejos como debería. En medio de todo fue que un partido político hasta entonces fracasado, el nacionalsocialismo, encontró adeptos. Las herramientas del Partido Nacionalsocialista, mejor conocido como el Partido Nazi, fueron simples: enfocarse en una retórica simple y agresiva que no ofrecía tanto soluciones sino culpables. Una buena parte del pueblo alemán, asustado y angustiado, los votó en masa, con la complicidad de una extrema derecha que veía a Hitler como un payaso, un tonto útil que una vez en el poder, sería muy fácil de manipular. Irónicamente, parte importante del triunfo electoral hitleriano se produjo gracias a que los comunistas se enemistaron mortalmente con los socialistas, acusando los primeros a los segundos de ser unos vendidos, y corrieron en paralelo: de haber ido juntos a la elección, ambos habrían podido parar a Hitler, ya que en conjunto sacaron más votos que el Partido Nazi.

Hitler no perdió el tiempo. Aprovechándose de un artículo de la Constitución de 1.919 que autorizaba al Parlamento para entregar poderes extraordinarios al Poder Ejecutivo en caso de crisis institucional, Hitler consiguió atribuirse poderes extraordinarios. A la hora de redactar la Constitución, nadie parece haber advertido que permitir al Poder Ejecutivo gobernar por decreto y sin contrapeso ni control alguno, bajo la promesa de buena fe de que pasada la crisis iban a devolver el poder, significaba en el fondo la abolición de la Constitución misma. De esta manera, por increíble que parezca para el lego, lo cierto es que el Tercer Reich no comenzó por un golpe de estado, sino por el contrario, a través de mecanismos perfectamente legales y ajustados a derecho. Puede que Hitler haya sido uno de los más grandes genocidas del siglo XX, pero si dejamos de lado el bochornoso fracaso del Putsch de 1.923, lo cierto es que Hitler no fue un golpista.

Una vez en el poder, Hitler se mantuvo en el mismo gracias a la aplicación de las mismas ideas keynesianas que, de manera más o menos inadvertida, habían significado la carta de triunfo para Roosevelt y Stalin. Lo que hizo Hitler, fue iniciar un ambicioso programa de obras públicas que incluyó la creación de la moderna red de autopistas, las Autobahnen. Se ha dicho que el éxito de Hitler como gobernante (o de los fascismos de la época, en realidad), hasta la Segunda Guerra Mundial por lo menos, radicó en lo principal, en conseguir que los trenes llegaran a la hora. Además, Hitler potenció la industria militar, y esto ayudó un poco más a tirar del carro de la economía.

Quema de libros en el Berlín del Tercer Reich.
Es cierto que Hitler en esa época ya estaba desplegando los rasgos más abominables de su gobierno: la persecución racial, la estigmatización de sectores de la población, la quema de libros. Muchos perseguidos encontraron refugio escapando de Alemania, generando efectos inesperados en el camino. Entre los emigrados había cineastas como Fritz Lang, que aplicaron las ideas del cine expresionista en Hollywood y ayudaron a darle forma al Cine Noir. Pero también había físicos como Albert Einstein o Leó Szilárd, judíos que no esperaron a ver si Hitler metía a los suyos en campos de concentración o no, y que se radicaron en el extranjero, terminando siendo instrumentales para la fabricación de la bomba atómica en manos de los Aliados. Pero para quienes no leían libros condenados a la quema ni estaban estigmatizados como Untermenschen, es decir la gran mayoría de la población, la Alemania hitleriana no era un mal lugar para vivir: por primera vez en una década la economía marchaba, había algo más de prosperidad, el país parecía estar marchando hacia alguna parte, y además, Hitler estaba en planes para conseguir el renacimiento del orgullo nacional, después del horroroso desastre que para Alemania había supuesto la Primera Guerra Mundial. En definitiva es la tendencia habitual de la gente, el atender su propio huerto y olvidarse de la jungla alrededor, lo que posibilitó el ascenso y permanencia del Hitlerismo en el poder.

Hitler y los nazis estaban decididos a reestablecer el orgullo nacional de Alemania. Para esto, lo primero que hizo Hitler fue comenzar a reforzar las Fuerzas Armadas. Esto iba en directa violación de las estipulaciones del Tratado de Versalles, lo que inquietó a Inglaterra y Francia. Sin embargo, las reacciones de ambos fueron bastante indecisas. Francia, el país más amenazado de ambos, siguió una política de enterrar la cabeza en la arena como una avestruz. Se confiaron a la Línea Marginot, una cadena de fortificaciones destinadas a parar cualquier agresión alemana. En esos años, un ejercicio militar del Ejército francés probó en terreno que los alemanes podían cruzar la frontera por el bosque de las Ardenas, desprotegido por considerarse infranqueable; ante los resultados de los juegos de guerra, el Estado Mayor se limitó simplemente a ignorarlos, con una ceguera que en retrospectiva resultó suicida, ya que adivinen por qué bosque los alemanes cruzaron para atacar Francia en 1.940. Los ingleses, por su parte, renuentes a meterse en la política europea, decidieron confiarse a un programa de fabricación de aviones bombarderos a gran escala, como elemento disuasivo. Hitler, que era lo que calificaríamos como un aficionado brillante en términos militares, no se dejó impresionar por los preparativos ingleses, estimando correctamente que éstos no estaban dispuestos a embarcarse en una aventura militar en el continente, y por lo tanto siguió campante con sus planes.

La siguiente etapa vino con la expansión territorial. Alemania había perdido cantidades substanciales de terreno con la guerra, e incluso su territorio estaba dividido en dos, con Prusia Oriental separada del resto de Alemania por el corredor polaco de Danzing, que conectaba a Polonia con el Mar Báltico. El tema polaco, Hitler lo dejó pendiente por el minuto. En vez de ello, partió por anexarse el Sarre, un territorio bajo mandato de la Sociedad de Naciones y que era valioso por sus minas de carbón, y luego remilitarizó Renania, que debía permanecer sin tropas tanto por el Tratado de Versalles como por los Tratados de Locarno de 1.925. Luego, promoviendo un golpe de estado nazi en Austria, consiguió el llamado Anschluss, la anexión de Austria a Alemania. Ninguno de estos avances recibió más que protestas, las que resultaron inútiles. Finalmente, los Aliados reaccionaron tratando de llevar a Hitler a una mesa de negociaciones. El llamado Tratado de Münich de 1.938 fue celebrado como un triunfo de la paz europea, e incluso Hitler fue postulado al Premio Nobel de la Paz, iniciativa que no prosperó, como puede suponerse y para alivio del Parlamento de Noruega, que nombra el comité para la entrega del galardón, y que gracias a ello no se cubrió de ridículo después de la Segunda Guerra Mundial. En cualquier caso, Hitler había prometido no realizar nuevas anexiones. La llamada política de apaciguamiento parecía haber tenido éxito, y Neville Chamberlain, el Primer Ministro de Inglaterra, proclamó exultante haber conseguido la paz para nuestro tiempo. Que parte del apaciguamiento supusiera entregarle a Hitler los Sudetes, dejando así a Checoslovaquia sin su línea defensiva contra Alemania y en la práctica indefensa, parecía un precio pequeño a pagar por la paz europea, en particular si el precio lo pagaban los checos contra su voluntad, y sin que de hecho nadie los hubiera invitado a la mesa de negociaciones en primer lugar.

Afiche de la Guerra Civil Española.
En realidad, en 1.938, Hitler no estaba todavía preparado para una guerra total a gran escala, y haberse dejado apaciguar tenía mucho de pragmatismo. La guerra a nivel totalmente bélico estaba librándose en otro frente: España. En 1.931, la monarquía española había sido derrocada, y se había instalado una república de clara vocación socialista, la llamada Segunda República Española. Los sectores reaccionarios de España, vinculados a la Iglesia Católica, el Ejército y la monarquía, se lanzaron a la defensa fiera de sus privilegios, principalmente a través de un movimiento de inspiración fascista, la Falange Española. Finalmente, en 1.936, un general español llamado José Sanjurjo se alzó en armas. El plan era dar un golpe de estado que abarcara a toda la península, pero las fuerzas leales al gobierno consiguieron defenderse, aunque sin aplastar la insurgencia. Al quedar la situación en tablas, estalló la Guerra Civil Española. Sanjurjo falleció a los pocos días en un accidente de aviación, quedando Emilio Mola a cargo de las tropas rebeldes del norte y Francisco Franco a cargo de las tropas del sur; la muerte de Mola en otro accidente de aviación en 1.937 dejó finalmente a Franco como caudillo único. Haciendo surgir de paso unas cuantas teorías conspiranoicas sobre la materia.

En muchos sentidos, la Guerra Civil Española fue un preludio de lo que vendría. Voluntarios de izquierda llegaron al país a luchar en defensa de la República, mientras que fuerzas militares italianas y alemanas hicieron lo propio para luchar al lado de los sublevados. Hubo operaciones bélicas como el bombardeo de Guernica, completamente inútil desde el punto de vista militar, salvo para probar el poder de las nuevas armas aéreas. A la larga, las disensiones dentro del propio campo republicano entre comunistas, socialistas y anarquistas facilitaron mucho las cosas a los rebeldes, quienes conquistaron toda España de pueblo a pueblo en tres años. En Abril de 1.939, Francisco Franco proclamaba la victoria. La República Española había sido destruida, y comenzaba en su reemplazo la dictadura militar franquista, que duraría hasta su muerte en 1.975, dando paso después a una democracia que, dicho de manera bastante suave, ha encontrado bastantes cuestionamientos posteriores dentro de la sociedad española.

Mientras estas cosas ocurrían en España, en 1.939, al año siguiente del Pacto de Münich, Hitler volvió a las andadas. Ocupó militarmente Checoslovaquia, en violación de los acuerdos del año anterior. Pero todavía existía un problema para el Tercer Reich: luchar en dos frentes. La Primera Guerra Mundial, mal que mal, había sido perdida por tener que luchar con Rusia a un lado, e Inglaterra y Francia por el otro. A pesar de que la retórica hitleriana era abiertamente anticomunista, la política crea extraños compañeros de cama. Hitler necesitaba pacificar el frente oriental antes de atacar a occidente. La Unión Soviética de Stalin, por su parte, a pesar de su enorme cantidad de territorio, población y recursos, tenía problemas con su maquinaria militar. A lo largo de 1.937, Stalin había purgado el Ejército Rojo de varios generales y oficiales, trastocando así la maquinaria militar soviética no solo retirando hombres claves, sino también instalando la sospecha y la paranoia dentro de las fuerzas armadas. De este modo, tanto Hitler como Stalin tenían mucho que ganar con la paz. De esta manera, los encargados de Relaciones Exteriores de ambos países, Joachim von Ribbentrop por Alemania y Viacheslav Molotov por la Unión Soviética, firmaron el llamado Pacto Ribbentrop-Molotov, el 23 de Agosto de 1.939. El mismo garantizaba entre otras cosas, que no habría guerra para Alemania en el frente oriental.

Nueve días después, el 1 de Septiembre de 1.939, con la invasión de Alemania a Polonia, comenzó la Segunda Guerra Mundial. El mismo año, en un suceso que parecía en principio inconexo, se publicó en los medios científicos que la fisión nuclear no era una mera hipótesis científica sino que es una realidad, pavimentando así el camino para la creación de la bomba atómica...

Próxima entrega y final de GENERACIÓN GM: El destructor de los mundos.

La Pila Atómica de Chicago, el primer reactor nuclear de la Historia, entró en operaciones en 1.942.

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