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miércoles, 16 de julio de 2014

Nadie es un zombi durante el apocalipsis zombi.

Suerte que no eres uno de ellos, ¿verdad? ¿¿¿VERDAD...???
Los vampiros pasaron de moda y los zombis llegaron para quedarse. Hasta que a su vez la gente se sature de ellos y venga otra moda después. Me permito sugerir una: chicas extraterrestres de pechos turgentes, esas alienígenas objetos del deseo. No creo que me hagan caso, en buena medida porque mucho de esa ficción es consumida por chicas adolescentes, así es que si los extraterrestres se ponen de moda, serán efebos de cuerpos broncíneos y piel verde. O extraterrestres sin cuerpo real, sólo ojos para admirarlas y orejas para escucharlas. Pero de todos modos, no pierdo nada haciendo la correspondiente sugerencia.

Como ya habrán notado los lectores de la Guillermocracia por la ausencia de material sobre el tópico, en realidad soy reacio a la marejada zombi que nos invade. Quizás porque cuando era niño, lo zombi se asociaba con cine serie B, con la escoria de la escoria fílmica. En la época me vi una o dos películas de George Romero, ni siquiera recuerdo exactamente cuáles porque todas se titulan igual: "X con los muertos", en donde X representa el elemento variable de título de película a título de película. En la época ni siquiera sabía que George Romero venía siendo la Capilla Sixtina de las películas de zombis, y más allá se abrían las aguas del averno del infracine de Lucio Fulci, Mario Bava y otros ínclitos del cine de presupuesto más que bajo, colindando en la categoría vuelto del pan o menos. El caso es que eso parece haberme inmunizado contra la fiebre zombi.

En realidad, más allá del frikerío, las películas de zombis han estado girando en el mainstream desde 28 días después, película que por alguna clase de anomalía cósmica, vi en su día en el cine. Me gustó, pero no tanto como para seguir adentrándome en la materia, algo repelente si se considera que por materia debemos entender la carne putrefacta de cadáveres ambulantes. Por alguna razón no reparé en que se estaba larvando todo un movimiento que iba a rematar una década después en la actual moda zombi. Me cayó la teja de lleno cuando anunciaron en televisión el estreno de The Walking Dead. La gente hablaba con entusiasmo de la nueva serie, basada en un exitoso cómic que ni he leído ni tengo planes de leer; de manera que decidí darle una oportunidad. Lo que me encontré fue un producto tan infecto como una mismísima infección zombi; al último debí bajarme al segundo capítulo. Cada vez que pienso en cierto personaje que en su muro de Facebook se la pasa colgando posteos acerca de lo buena que es The Walking Dead, y cuando me acuerdo que ese sujeto es simpático para tomarse unos tragos, si eres la clase de persona que te gusta permanecer en silencio y convencido de que no tienes nada interesante que aportar a la brillante charla suya, me entra un escalofrío. Si uno debe tener esa condición mental para disfrutar de The Walking Dead, es que algo anda bien dentro de mi cableado cerebral por no ser seguidor de la misma.

La gran ironía de las historias de apocalipsis zombi es que se han vuelto mainstream, cuando en realidad ello no debería haber sido así, porque el apocalipsis zombi es justamente una enorme metáfora del mainstream. El guión estándar de una película de apocalipsis zombi parte o bien con el estallido de la amenaza, o bien unos días o semanas después, una vez que el mundo se ha ido al garete. La amenaza en su época solía ser mágica, hasta los tiempos de los llamados dibujos animados del sábado por la mañana por lo menos; hoy en día es científica, ya que la gente está muy descreída de la magia, y por lo tanto la magia se ha reemplazado con alguna clase de epidemia vírica. El recurso es más antiguo de lo que se piensa, aunque no necesariamente referido a los zombis: a lo menos data de hace medio siglo atrás, cuando Richard Matheson justificó el vampirismo y sus peculiaridades míticas como la sintomatología de una enfermedad provocada por un virus, en su novela Soy leyenda, cuya lectura recomendamos muy por encima del visionado de sus varias versiones fílmicas. El caso es que, volviendo al tema del guión zombi estándar, la epidemia se propaga o se ha propagado, y los pocos supervivientes deben evitar transformarse en la presa de los zombis. La historia se transforma en una versión sicótica del juego de la pinta, en donde si te tocan, te conviertes en uno de ellos.

Los zombis ya no son lo que solían ser.

A lo largo de sus múltiples manifestaciones y evoluciones, el zombi es una metáfora de la desindividuación, de la desaparición de la identidad individual. Los seres humanos, al estar vivos, tienen una identidad bien definida, que en las películas de zombis se expresa a través de sus gestos y costumbres, de sus relaciones personales, y de su capacidad de decidir entre el bien y el mal. El zombi por el contrario carece de todo esto, no tiene una identidad, es un hombre masa. Es más, el zombi está infectado, es decir, no es un ser humano saludable; o peor aún, está muerto, lo que es una condición incluso menos saludable, por supuesto. La identidad personal se identifica así con la salud, mientras que la pérdida de dicha identidad se identifica con la enfermedad o con la muerte. El apocalipsis zombi entonces funciona como una metáfora para el miedo a perder la propia identidad, a ser uno más dentro del rebaño, a terminar perdiendo la conciencia de sí mismo. En un mundo cada vez más orwelliano como el que vivimos, ése es un miedo muy real.

Y aquí está el detalle más interesante. Todas las personas que ven una película o leen una novela o se acercan de una manera u otra a la temática del apocalipsis zombi, tienden a identificarse con los humanos perseguidos, no con los zombis. Hay una cierta dosis de arrogancia en esto. Es la idea de que la persona está un poquitito por encima, no es tan masa como el común de las personas. Pero si todas ellas son personas y por lo tanto esquivarán la bala el día en que llegue el apocalipsis zombi, ¿quiénes serán los zombis? Los demás, es la respuesta obvia. En ese sentido, ser fanático de los zombis implica una cierta dosis de egocentrismo: los demás son los zombis descerebrados muertos mainstream sin identidad, no yo. La barrera entre el yo humano y el otro zombi se transforma en una metáfora de la barrera entre mi propia superioridad moral, nacida de mi propio individualismo, y la masificación o cosificación de los demás. La ficción del apocalipsis zombi se transforma así en una válvula del escape para el deseo más o menos inconsciente del fanático por enseñarle a esos sucios desgraciados allá afuera quien es el amo. La lucha por matar zombis en la ficción se transforma en una metáfora del supuesto derecho del iluminado que consume chatarra zombi para ser un troll con los demás.

El problema con ese razonamiento es que parte de una petición de principios: yo soy mejor que los demás, porque yo soy yo y los demás son los demás. Lo que origina un problema, por supuesto, porque obvia la verdad suprema de que todos somos los demás de los demás. Con el mismo derecho con que ustedes pueden verse como superiores a otros, esos otros pueden verse a sí mismos como superiores a ustedes. Pero, puede razonarse, esa superioridad existiría si hubiera un parámetro objetivo para medirla, ¿no? En la vida real, dicho parámetro objetivo se antoja difícil, pero la fantasía del apocalipsis zombi permite justamente crear y establecer ese parámetro objetivo: los zombis, los infectados, los muertos vivientes, por el hecho de serlo son inferiores y son criaturas carentes de identidad. El ser y permanecer humano en un apocalipsis zombi se transforma así en una seña de identidad, y en un sello de superioridad. Hay una cierta moral calvinista en esto: el éxito en la vida, expresado como supervivencia en un escenario de apocalipsis zombi, es una señal de superioridad moral, al igual que en la vida real hay gente que cree que la riqueza y el éxito material son signos de favor divino y corrección moral. El humano dentro del apocalipsis zombi tiene así pleno derecho a matar zombis, el mismo derecho que el rico y el pudiente tendría dentro de la moral calvinista para disfrutar de su riqueza y no preocuparse de los pobres, quienes lo son por ser flojos, pecadores, o carentes de la Gracia Divina. Esta identidad es llevada a su paroxismo en la película Guerra Mundial Z, en donde Brad Pitt es casi el niño símbolo de la ética calvinista: es un hombre que se mueve en las altas esferas y que por lo tanto tiene contactos y recursos, tiene una familia ordenada según valores implícitamente cristianos, no parece tener apuros económicos, los problemas sociales le importan un pucho hasta el punto que deben chantajearlo para que se ponga a investigar una cura, y cuando descubre la clave decide guardársela para investigarla él, en vez de compartirla vía teléfono celular en prevención del evento de que pudiera terminar por no salir vivo de sus aventuras alrededor del globo terráqueo.

El mejor amigo del zombi.

Veamos esta idea aplicada en un escenario muy diferente, pero que también tiene que ver con el tema de la masificación y la estandarización de los seres humanos. En Star Wars, se supone que nos identifiquemos con la rebelión porque ellos son los buenos y luchan por la libertad y la autodeterminación, frente al Imperio que son los malos porque luchan por la opresión y la uniformidad de las personas. De manera sorprendente, sucede que mucha gente se abanderiza con el Imperio, y es seguro decir que hay tantos fanáticos de la rebelión como del Imperio. ¿Eso quiere decir que el fanático de Star Wars que tenga tendencias parafascistas vería cumplidas sus fantasías si fuera un stormtrooper sin identidad ni rostro? Probablemente no. Dicho fanático no va a querer ser un simple soldado raso que está ahí para ser carne de cañón de un bláster o una espada laser, y que además literalmente no es único porque, como se revela eventualmente en El ataque de los clones, los stormtroopers son justo eso, clones. Es más probable que dicho fanático preferirá ser Darth Vader, porque Darth Vader es alguien. Es decir, en el caso de Star Wars, el fanático del Imperio sigue prefiriendo el individualismo, pero no la clase de individualismo que respeta el derecho de los demás a existir y ser, como en el caso de la rebelión, sino el individualismo que espera imponerse sobre los demás y rediseñar el mundo a su imagen y semejanza.

A propósito de lo mismo, lo que falta en las historias de apocalipsis zombi es un Darth Vader. No suele verse en estas historias un superzombi o algo por el estilo. Se me ocurre como excepción la película Resident Evil: Apocalipsis, pero en este caso el superzombi tiene un nombre y una identidad porque es un antiguo amigo de la protagonista. En definitiva, transformar al personaje no en un zombi vulgar sino en un superzombi, acarrea consigo la idea implícita de que la protagonista puede decir o pensar algo en la línea de: "Aunque te hayan zombificado, sé que aún sigues siendo tú mismo en tu interior, ¡lucha por ser tú mismo otra vez!". De todos modos, no sé de muchos fanáticos por el personaje. Dejando de lado las licencias de la serie de películas con los videojuegos, quizás por el tema de que el personaje no es ciento por ciento zombi o humano, está en esa zona gris, lo que los ingleses llaman el uncanny valley, que tanto detestan los que quieren que la vida sea en blanco y negro, estando ellos del lado blanco por supuesto.

Por eso, la idea de que la temática del apocalipsis zombi sea popular, es una contradicción en los términos. El fanático del apocalipsis zombi que quiera identificarse con los humanos, no debería abanderizarse con modas o tendencias seguidas por la mayoría, porque eso es estandarización, o sea, zombificación. Hay una brutal paradoja en que una de las películas más taquilleras de 2.013 haya sido la mencionada Guerra Mundial Z, en donde seguro que todos sus espectadores sintieron en carne propia el miedo a ser zombificados, sin reparar en que al concurrir todos ellos a una misma película hasta el punto de hacerla rendir 540 millones de dólares en taquilla, se están estandarizando todos ellos mismos tras una sola película, y por lo tanto, el acto mismo de ver esta película mainstream en tanto mainstream es un acto de zombificación.

En definitiva, esto refleja la tendencia de nuestra sociedad a obligar a sus miembros a ser diferentes y buscar su propia identidad, pero haciéndolo dentro de cauces ya predeterminados. Es decir, debes ser rebelde de acuerdo a los códigos y estándares de la rebeldía. Debes encuadrarte dentro de una tribu y hacerte punk, gótico, alternativo, artesa, etcétera. Al hacerlo no puedes modificar o innovar el vestuario o peinado propio de dicha tendencia. Pero si la rebeldía se estandariza, deja de ser rebeldía. Aún así, esto no se cuestiona porque los supuestos rebeldes se reunen, forman sus propias asociaciones, y empiezan a operar los refuerzos de grupo. El resultado es un grupo que cree ser el único despierto, pero que está tan zombificado como el resto de la sociedad contra la cual se rebela. El zombi promedio seguro que se siente igual: un zombi único en su habilidad para matar y en su eterno tormento por carne humana, pero que al tener su inteligencia alojada en un cerebro en descomposición, falla en ver que esas características supuestamente únicas son las que lo hacen igual a cualquier otro zombi que también tiene habilidad para matar y que siente un eterno tormento por carne humana. Es decir, igual a cualquier otro zombi a secas. Por ello, existe una alta probabilidad de que el fanático del apocalipsis zombi lo sea porque ya ha sido zombificado de manera previa, y le resulta imposible darse cuenta, al mismo tiempo que se mueve activamente para zombificar a los demás.

Zombifica, zombifica, que algo queda.

6 comentarios:

Cidroq dijo...

Muy buen artículo, a mi en lo particular no me llama la atención el género zombi, no se como ha dado para tanto algo que si ocurriera en la vida real, al menos si fueran los típicos muertos vivientes en menos de un año se terminaría todo, la madre naturaleza se encargaría de arreglarlo todo.

Siguiendo esa línea, lo cierto es que parece que la zombificación, a los humanos los afecta matándoles el sentido del olfato, no puedo creer que no perciban el olor de tanta carne podrida a muchos metros de distancia, sería el mejor detector zombis.

Guillermo Ríos dijo...

Yo creo que por lo mismo que comentaba en el artículo, que nadie considera que va a ser zombi en el apocalipsis zombi, que los zombis serán los otros, que yo la llevo, etcétera.

Lo del olfato, supongo que cuenta como convención del género. Es como las explosiones en una película de Schwarzenegger, que es imposible que un personaje pueda sobrevivir a tanto de manera realista, pero si fuera realista no tendríamos película en primer lugar.

Cidroq dijo...

Yo la veo muy difícil sobrevivir a eso, pero en un año, todos los zombis se habrán podrido, y si queda algún humano, será el rey del mundo, y tendrá que cuidarse de toda la porquería que habrá tirada por todos lados.

Y si, croe que también otra convención del género es que no hay bicicletas, ni carretillas, solo ruidosos autos

Guillermo Ríos dijo...

De hecho, la lógica del tema zombi tenía mucho más sentido cuando se atribuía la zombificación a la magia; o tanta lógica como puede tenerla la magia, por supuesto. Que los zombis sean resultado de una epidemia es, ante los ojos de la Biología, una aberración. Un virus, para reproducirse, necesita una célula viva, por lo que la carne muerta de zombi no les permitiría reproducirse ni multiplicarse. Podría ser que el zombi no estuviera de verdad muerto, pero en ese caso, el cuerpo del zombi estaría expuesto a la putrefacción, sin un sistema inmunológico funcional que mantenga a los descomponedores a raya. Ahora bien, si el agente patógeno no es un virus sino una bacteria o un protozoo, técnicamente sería posible matarlos con antibióticos, por lo que la zombificación sería en esencia reversible, sin perjuicio de las secuelas temporales o permanentes que puedan quedar en el enfermo. Se vea como se vea, la lógica de la epidemia zombi no tiene ni patas ni cabeza, en términos biológicos.

Y en una epidemia zombi no es que sobreviva cualquier ruidoso auto. Los únicos que se mantienen operativos son los ruidosos autos programados de fábrica para no arrancar y quedarse atascados y sin gas cuando su dueño necesita imperiosamente galopar millas ante una inminente arremetida zombi, salvo que dentro del automóvil vayan niños o perros, en cuyo caso el diseño de fábrica del automóvil permitirá que sí arranque en el último segundo. Quedó un poco largo, pero creo que eso resume el estado del Automovilismo en un mundo postapocalipsis zombi.

Morgan Strauss dijo...

Guillermo, muy interesante el articulo, aunque te haria un alcance, si bien el fenomeno zombie ha visto mucha porqueria especialmente filmica, tambien tiene aristas muy interesantes especialmente en sus versiones literarias, de hecho guerra mundial z el libro de brooks es un ejercicio de periodismo ficcion muy bien logrado y a años luz de su version filmica. otro buen ejemplo es la literatura zombie española especialmente de apocalipsis zombie de manuel loudeiro, una cronica bastante realista de un sobreviviente sin demasiadas opciones.
el tema del super zombie aparece en zombie island de wellington, un zombie pensante y de hecho psiquico.
comparto el tema que muchas veces la tematica zombie se desdibuja en una sucesion interminable de persecuciones impersonales entre sobrevivientes sufridos y maquinas come carne, pocas veces se ven aspectos mas profundos y psicologicamente mas demandantes en las obras de este tipo, yo en mis escasas aproximaciones al genero he tratado de dar un nuevo giro a esto, te dejo el link a chile del terror donde hay antologados dos cuentos mios, uno de ellos publicado dentro de "chile del terror una antologia ilustrada" de austroborea editores.
saludos
http://chiledelterror.blogspot.com/search/label/Carlos%20Paez

Guillermo Ríos dijo...

Bueno, supongo que aplica en esto el famoso adagio por el cual el noventa por ciento de todo es basura. El 90% de la moda zombi es basura, pero también lo es el 90% de la televisión, el 90% de los blogs, el 90% de la gente que uno conoce, probablemente el 90% del contenido de la Guillermocracia misma, el 99,998% de los políticos...

Respecto de los enlaces, ya les echaré un vistazo con más calma.

Saludos.

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