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miércoles, 9 de julio de 2014

Generación GM (2 de 5): La sangrienta gesta de 1.914.

La guerra de trincheras en la Primera Guerra Mundial: Uno de más salvajes, estúpidos y crueles derroches de vidas humanas de todos los tiempos.
La Primera Guerra Mundial causó una impresión profunda y duradera en el mundo. Tanto, que en algún minuto los Testigos de Jehová declararon que 1.914 era el año del inicio de los dolores de parto, y que el fin del mundo llegaría cuando falleciera el último de esa generación; como los últimos vejetes están cayendo como moscas y el mundo todavía parece que da para un poco más, los Testigos han olvidado discretamente esta parte de la profecía, no vaya a ser cosa que alguien venda todas sus propiedades y haga el bien antes del fin del mundo, el fin del mundo no llegue, y los Testigos sean demandados de indemnización por daños y perjuicios. Las ramificaciones literarias de la guerra han llevado también bastante más lejos, inspirando obras tan disímiles entre sí como Sin novedad en el frente o El Señor de los Anillos, puesto que Erich Maria Remarque y J.R.R. Tolkien, sus respectivos autores, fueron ambos combatientes en el frente de batalla. También combatió cierto pintor de paisajes que obtuvo la Cruz de Hierro, pero que después se decantó por la política, un tal Adolf Hitler...

El caso es que todo el mundo esperaba una guerrita corta y sin mayor importancia; se libraría la vieja guerra de movimientos en una campaña militar que duraría un año a lo sumo, al estilo napoleónico, y después a firmar una paz de circunstancias. Los alemanes decidieron que Francia bien valía pisotear a Bélgica, de manera que enviaron a sus tropas por dicho territorio, en el entendido de que los franceses estarían bien parapetados en la frontera alemana, pero no en la belga. A los belgas, maldita la gracia que les hizo el tema, pero eran los belgas contra los alemanes, de manera que no tuvieron oportunidad. A esta operación, los alemanes la llamaron el Plan Schlieffen. De haber funcionado bien, los alemanes habrían tomado París en poquitos días de marcha, pero esto no llegó a ocurrir. Los franceses, con su característico bon vivant, aplicaron una solución digna del Inspector Clouseau, y utilizaron taxis para llevar tropas hasta la línea del río Marne, parando el avance alemán.

Ahí es donde las cosas se complicaron. Porque en el siglo XIX se habían desarrollado dos inventos que en combinación con la buena y neolítica pala, demostraron ser fatales. Una era la ametralladora. El otro era el alambre de púa. Pronto los generales descubrieron que 1+1+1=3, y utilizaron la pala para cavar trincheras, el alambre de púa para fortificarlas, y las ametralladoras para barrer con cualquiera que intentara cortar el alambre e infiltrarse en la trinchera. De pronto, ambos lados del conflicto se encontraron atascados en una línea de trincheras que iba desde el Océano Atlántico hasta los Alpes suizos, y que no tenían medio alguno de romper. Lo que sobrevino es lisa y llanamente infrahumano. Porque las trincheras se llenaban de barro y lodo, y por lo tanto eran caldo de cultivo para las enfermedades. En el sector occidental del frente occidental fue peor: los canales holandeses fueron destrozados por la artillería, y el territorio de combate entero fue convertido en un pantano, en donde los hombres debían luchar más contra la disentería que contra el enemigo.

Los generales europeos decidieron entonces recurrir a la solución militar más clásica de todas: el asalto frontal. Las batallas de la Primera Guerra Mundial siguen todas un monótono guión estándar. Primero, uno o dos días de bombardeo masivo, que servía por una parte para tratar de ablandar las trincheras enemigas, y por el otro como aviso de cortesía al enemigo de que pronto iban a atacarlos. Luego se enviaba a los soldados a un ataque a pecho descubierto, a lo mero macho. Los enemigos, bien fondeados durante el fuego de artillería, emergían a los nidos de ametralladora, barrían con los enemigos, y fin de la historia. Hasta la siguiente vez. Prácticamente todos los historiadores del período están contestes en el grado de sociopatía superlativa de los altos mandos militares de la guerra, que enviaron gentes a morir en esos asaltos frontales como ganado, carniceros incapaces de aprender que dicho método de combate ya no servía en lo absoluto.

Combate aéreo durante la Primera Guerra Mundial, pintura de 1.974 por Wilf Hardy.
En su desesperación, las tropas de ambos bandos probaron nuevas armas. Una de ellas fueron las armas químicas. La idea era gasear al enemigo para apoderarse después limpiamente de sus trincheras. Las veleidades del viento, que en algún caso hicieron devolver el gas tóxico a sus propias tropas, condenaron a estas armas a la inoperancia. Después, las potencias respondieron de la única manera posible ante semejante fiasco: se llenaron la boca de buenas intenciones firmando un tratado de prohibición internacional de armas químicas que, de todas maneras, eran demasiado poco funcionales para operar. Intentaron utilizar también la aviación, pero ésta estaba todavía en pañales y no sirvió para nada más práctico que crear leyendas como el Barón von Richthofen (que de todas maneras acabó derribado). Otra arma más inmaterial, podríamos decir, fue la propaganda. Aprovechando que las naciones occidentales presumían de ser democracias más o menos liberales, los alemanes lanzaron campanas propagandísticas para convencerlos de que la causa militar alemana era justa. Incluso convocaron a un grupo de artistas y científicos para firmar el Manifiesto de los 93, un texto alucinógeno en que proclaman la buena intención del Kaiser para buscar la paz, de cómo invadieron Bélgica obligados porque los malvados franceses e ingleses en realidad querían invadir primero, de cómo en realidad ellos no eran militaristas sino la defensa de la civilización, etcétera. Era una idea innovadora para su tiempo, pero que los alemanes tendieran a basar su propaganda en su supuesto legítimo derecho a conquistar el mundo resultó un argumento comprensiblemente impopular en otros países; de hecho, la propaganda alemana hizo más por alienarse a las naciones liberales que adjuntarlas a la causa. Años después, Goebbels tomaría nota de este fiasco y perfeccionaría los métodos de propaganda política hasta un punto tan destructivo y brutal, que se transformaría en el santo patrono de las empresas publicitarias modernas.

En otros frentes de batalla, las cosas no iban para mejor. Los alemanes en general tenían más bien pocos problemas con los rusos, cuyo ejército era grande y su producción militar importante, pero que estaba plagado de incompetencia a todos los niveles, producto del favoritismo y nepotismo de la corte rusa del Zar. Además, el propio Zar confiaba en el consejo de la Zarina y ella en Rasputín, un monje con la mentalidad y el fanatismo religioso de un campesino ruso, lo que por supuesto era la fórmula segura para el desastre. Para colmo, el esfuerzo militar sólo agudizó las tensiones sociales, lo que ganó campo fértil para Lenin y los bolcheviques, quienes veían la guerra mundial como una nueva fase de expansión del imperialismo capitalista, y llamaban al proletariado de todo el mundo a unirse contra la guerra. En Turquía, por su parte, los ingleses intentaron una desastrosa operación militar de desembarco en los Dardanelos, tan mal montada que los propios harapientos soldados turcos no tuvieron ningún problema en barrer con un ejército invasor que, en teoría a lo menos, era vastamente superior tanto por entrenamiento como por armamento. Algo más al este, en Mesopotamia, un oficial inglés llamado Thomas Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia, incitó a las tribus árabes a un alzamiento militar contra los turcos. Qué poco sabía Lawrence de Arabia, que le había prometido a los árabes la independencia del dominio turco, que entretanto ingleses y franceses habían suscrito el Acuerdo Sykes-Picot, un pacto secreto que dividía al Medio Oriente en dos esferas de influencia, una inglesa y otra francesa; entretanto los políticos ingleses en Londres estaban asegurándose el apoyo de la banca judía concediéndoles la Declaración Balfour de 1.917, como promesa de que algún día habría un Estado judío en Palestina, aunque eso significara masacrar hasta el último palestino de dicho confín. Ingleses y franceses luchaban contra Alemania para defender sus respectivas naciones, pero este sentimiento nacionalista que era bueno para ellos, no parecía serlo tanto para la gente del Medio Oriente; sus nacionalismos tendrían que esperar.

En realidad, a la larga, la guerra iba a ser insostenible para Alemania, que luchaba en dos frentes, el oriental contra los rusos y el occidental contra los ingleses y franceses. Su única oportunidad era quebrar uno de los dos frentes. En retrospectiva resulta increíble que estuvieron a punto de lograrlo. El frente oriental se caía a pedazos por el avance de los bolcheviques y por el cansancio de la maquinaria militar rusa; bastaba con insistir un poco más, sólo un poco más, y lograrían una paz con la cual voltear todas las tropas orientales al frente occidental. Pero les falló el cálculo. Porque en el intertanto buscaron rendir a Inglaterra por hambre. El submarino no era exactamente un invento nuevo, pero había sido desarrollado lo suficiente como para ser utilizado por primera vez a gran escala; esto hicieron los alemanes, para hundir los convoyes ingleses. La intención era impedir la llegada de materias primas a Inglaterra, y trabar su maquinaria de guerra, y devolverla a la era preindustrial si ello fuere posible. Los ingleses, desesperados, se pusieron a buscar submarinos por todas partes con sus buques, sin éxito, hasta que un simple cambio de estrategia les permitió defenderse: organizaron sus naves mercantes en convoyes fuertemente defendidos por naves militares, con lo que la efectividad de la guerra submarina disminuyó. Y peor aún...

Como parte de la guerra submarina, si querían que el bloqueo fuera efectivo, los alemanes debían cargarse además naves de otros países. Incluyendo Estados Unidos. Hasta el minuto, Estados Unidos no estaba dispuesto a intervenir porque, como corolario de la Doctrina Monroe, ni querían europeos en América ni americanos en Europa; a esto se le llamó el aislacionismo. Incluso Woodrow Wilson, su Presidente, era un pacifista. Pero cuando el trasatlántico Lusitania fue hundido, eso fue suficiente. Estados Unidos entró a la guerra, y a los pocos meses, tropas de Estados Unidos empezaron a desembarcar a lo bestia en Europa.

El asalto al Palacio de Invierno en San Petersburgo (entonces Petrogrado) en Octubre de 1.917: La Revolución Rusa derroca al gobierno de Kerenski.
 En el intertanto, la monarquía zarista estaba tan desprestigiada, que Nicolás II juzgó prudente abdicar, lo que ocurrió en Marzo de 1.917. Se instaló un gobierno provisional republicano a cargo de un político de apellido Kerenski, pero la situación era tan crítica, que la insurrección popular se hizo cada vez más inminente, incitada por los bolcheviques de Lenin. Finalmente, vino la Revolución de Octubre. Los bolcheviques se tomaron San Petersburgo, entonces capital de Rusia, el gobierno de Kerenski salió escopetado, y los comunistas se hicieron cargo del país. Una de las primeras cosas que hicieron fue emprender las negociaciones con Alemania, y firmar la paz.

Sólo que para Alemania era demasiado tarde. Los alemanes voltearon todas las tropas del frente oriental al frente occidental, pero la inyección de tropas estadounidenses era simplemente demasiado. Además, la Triple Entente contaba con una nueva arma: el tanque. Comparados con el tanque moderno, el de la Primera Guerra Mundial era increíblemente tosco. Sin embargo, éstos podían perfectamente avanzar por el terreno entre trincheras, pasar por sobre los alambres, y cargarse los nidos de ametralladoras; en definitiva, el tanque fue el game breaker de la Primera Guerra Mundial, en lo que a táctica militar se refiere. La situación fue tan desesperada, que el Kaiser Guillermo II de Alemania decidió que no era prudente que lo responsabilizaran de todo, por lo que pudiera salir, y llamó a un gobierno parlamentario. Pero bajo la tutela del Kaiser y de sus acólitos, en realidad las cosas no prosperaban, porque negociaban con la Entente desde una posición absolutamente irreal, como si todavía tuvieran alguna mano que jugarse. En Noviembre de 1.918, le dieron orden a los marinos de Kiel para lanzar una nueva ofensiva militar, y los marinos en respuesta se sublevaron en masa. Ante el escenario que ya era una payasada trágica, los socialistas se sublevaron en Münich; al día siguiente de dicha sublevación, los socialistas se apoderaron de Berlín. Guillermo II decidió que ya había tenido suficiente de una nación de ingratos que no lo reconocía como el Gran Kaiser que era, y decidió que Holanda era más hospitalaria; permanecería en dicho país, en el exilio, hasta su muerte en 1.941.

Hay gente que no aprende realmente nunca. Hay gente que dice: "¡No es mi culpa, a mí me obligaron a hacerlo, todos están en contra mía!". Se suele culpar al Kaiser Guillermo II de Alemania y su círculo junker militar prusiano por la catástrofe de 1.918, pero debemos tener en consideración lo siguiente. Una buena parte de la nación alemana liberal del siglo XIX había emigrado a Estados Unidos y otros lugares durante la época de la persecución de Otto von Bismarck, y por lo tanto quienes habían quedado atrás eran los más derechistas y autoritarios, es decir, los que estaban felices con el proyecto de expansión imperial del Kaiser, y que como buenos derechistas, jamás iban a admitir una responsabilidad por nada. Eso, y el miedo de que los socialistas en Alemania precipitaran una Revolución Rusa en su propio territorio. De manera que leyeron los eventos de la jornada de otra manera. Para ellos no era que el Kaiser hubiera llevado a su nación a la bancarrota militar, y los socialistas después de tomarse el poder y parar esta charada, hubieran negociado una paz inevitable como alternativa a dejar que los franceses arrasaran Alemania hasta enviarla de regreso a la Edad Media (cosa que los franceses planteaban, y muy en serio); para ellos era que el Kaiser lo hacía de maravillas, como ein junger Siegfried, hasta que llegaron esos sucios socialistas y vendieron Alemania a las potencias extranjeras. Nació así el clásico mito de la puñalada por la espalda, que tanto juego dio a la propaganda nacionalsocialista en años posteriores.

Afiche propagandístico de entreguerras, perpetuando el mito de la puñalada en la espalda por parte de los socialistas en contra del Ejército alemán.

Lo que siguió fue la más grande reestructuración de Europa desde la época de la caída del Imperio Romano. Las potencias se sentaron a negociar los tratados de paz. Woodrow Wilson, Presidente de Estados Unidos al que ya comenzaban a silbarle pajaritos en el cráneo, planteó los llamados Catorce Puntos, idealistas hasta el punto de no pertenecer a esta Tierra (el economista Keynes le puso el cariñoso apodo de "ciego y sordo Don Quijote"); de ellos, en las negociaciones posteriores, a duras penas consiguió salvarse el último, la creación de una Liga de las Naciones, que de todas maneras resultó tan inútil que primero no sirvió para casi nada relevante, luego dejó de convocarse durante todo el lapso de la Segunda Guerra Mundial, y al último se disolvió en 1.946, transfiriendo sus responsabilidades y patrimonio a la Organización de Naciones Unidas, por unanimidad y sin que ningún delegado votara en contra. Francia por su parte sólo tenía en mente destruir a Alemania. A Inglaterra, los asuntos continentales europeos le importaban un pucho, y sólo le interesaba sacar tajada para su imperio marítimo y colonial. Rusia quedó afuera, por haber negociado la paz antes. E Italia, que en 1.915 se había pasado del bando de los imperios centrales al de los vencedores, incluso pasándose al bando de los vencedores acabó perdiendo, porque a ninguno de sus aliados nominales le importaba un bledo su situación.

El famoso Tratado de Versalles en realidad es la punta de lanza de una red de tratados que se negociaron y firmaron entre 1.918 y 1.920, y que consagraron la destrucción de los imperios centrales. El Imperio Austrohúngaro dejó de existir, engendrando una decena de países de paso. Alemania perdió varios territorios, y quedó partida en dos porque por darle un corredor a Polonia para acceder al Mar Báltico, el famoso Corredor de Danzing, Prusia quedó separada del resto del territorio alemán. Además, fue declarada culpable de la guerra, a pesar de que técnicamente sólo había honrado un tratado diplomático celebrado con anterioridad, pero como ya no existía Austria, la verdadera culpable con su famoso Ultimátum de Julio, pues a alguien había que cargarle las tintas. Las reparaciones de guerra quedaron entregadas a una comisión especializada que, por supuesto, era controlada por los vencedores, y que acabó por imponer un monto tan ridículamente alto (132.000 millones de marcos alemanes), que en sucesivas repactaciones llegaron a establecerse cuotas hasta el año... 1.988. Ni qué decir, Alemania nunca terminó de pagar. Además, se estableció una drástica reducción de su ejército. El economista John Maynard Keynes, que había participado como delegado del Tesoro británico en las negociaciones de Versalles, y que después se haría famoso como uno de los más grandes economistas del siglo XX, no se mordió la lengua para publicar un opúsculo llamado Las consecuencias económicas de la paz, y en donde predijo con total acierto que la precariedad en que iba a quedar la economía alemana, iba a ser a la larga una fuente de desestabilización para la política europea. Como en otras cosas, al final Keynes terminó teniendo la razón.

Pero la guerra tuvo consecuencias mucho más insidiosas y a largo plazo para Europa como un todo, y que de hecho marcaron el comienzo del fin para su hegemonía mundial. Las masacres de soldados crearon un problema demográfico serio, erradicando a una generación entera de jóvenes: en Francia, por ejemplo, la mitad de los varones entre 20 y 23 años terminaron fertilizando narcisos, con la consiguiente epidemia de viudas y huérfanos que supusieron una carga para la sociedad, y eso sin contar con los heridos y mutilados de guerra, realidad ésta que se reprodujo en otros países afectados por el conflicto bélico; todo lo anterior repercutió significativamente en el tema de la fuerza laboral, por supuesto, y ello a su vez en la capacidad industrial del continente. En lo económico, la necesidad de financiar la guerra hizo que las naciones europeas pidieran crédito a Estados Unidos, que devino así en el principal acreedor del mundo. Londres, el principal centro financiero a nivel planetario, perdió su posición porque los inversiones decidieron que su dinero iba a estar más seguro en Nueva York o Suiza, con las consecuencias que son de imaginar. La inflación cabalgó espectacularmente en todas las naciones afectadas por el conflicto, empobreciendo a la gente en masa y haciéndola por tanto mucho más proclive a esas ideas socialistas y comunistas, que hasta el minuto eran patrimonio de unos cuantos inútiles subversivos. La alegre fiesta plutocrática liberal del siglo XIX se había acabado, y la Europa que emergió después de la Primera Guerra Mundial iba a ser en efecto una muy distinta a la que ingresó en ella.

Próxima entrega de GENERACIÓN GM: El mundo era una fiesta...

Tanque británico Mark IV.

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