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domingo, 27 de julio de 2014

Cosmos versión 2.014: La ciencia regresa a la televisión.

En los últimos años, el conocimiento científico la está viviendo cruda para sobrevivir. Tenemos más acceso al conocimiento que nunca antes en la Historia de la Humanidad, pero por otra parte, una serie de factores han retrasado lo que en definitiva debería ser el siguiente salto hacia adelante de la civilización humana. Un grueso de la Humanidad tiene acceso a Internet, pero lo que Internet ofrece es conocimiento bruto, no cultura. La diferencia entre ambas es la misma que existe entre un lingote de cobre, y ese mismo cobre aplicado en un circuito integrado. Una persona conectada a Internet puede aprender mucho sobre el origen del universo, los secretos de la evolución de las especies, o el funcionamiento de la sociedad como un todo. Pero lo mismo que puede acceder a nuestro muy científico e instructivo posteo acerca de los Siete mitos sobre la Teoría de la Evolución que publicamos en la Guillermocracia, puede también acabar en un sitio creacionista que le enseñe que Charles Darwin era muy tonto y muy malvado. Peor aún: la gente, al aplicar criterio selectivo, tiende a privilegiar sus propias filias y fobias. De esta manera, el fanático sectario enemigo de la ciencia va a navegar por páginas de Internet que sean contrarias a la racionalidad y el empirismo, dejando así el conocimiento científico sólo para quienes ya se han interesado en la ciencia en primer lugar. La cuestión precedente no es para tomársela a broma. Una docena de naciones en el mundo disponen hoy por hoy del arma nuclear, y son democracias en donde los votantes eligen al Presidente que tendrá el dedo sobre el botón. Si los votantes son zafios e ignorantes, entonces pueden poner a un fanático fundamentalista que le importe un rábano lanzar ataques militares sobre infieles que consideran blasfemia comer carne de cerdo. Defender el conocimiento científico es, hoy por hoy, no sólo un tema de cuánta libertad de expresión queramos o cuánto queremos que los sacerdotes se metan en nuestra vida sexual; más allá de eso, es un asunto de supervivencia para la raza humana como un todo.

La mítica serie Cosmos de 1.980, producida y presentada por el legendario Carl Sagan, intentó darle un poco la vuelta a este problema. En la época, el principal problema del mundo era la pugna entre dos superpotencias encantadas de conocerse a sí mismas, usando armas nucleares para chantajear y mantener de rehenes a toda la Humanidad en su lucha por apoderarse de la totalidad del tablero. Cosmos fue una serie única, incluso dentro de las series científicas. A lo largo de sus trece capítulos, explicó en términos sencillos y cotidianos una serie de problemas científicos bastante complejos, sobre los cuales había mucho menos información que ahora, porque todo era material de enciclopedias desactualizadas, e Internet no existía. Y no sólo eso. También defendió a capa y espada, con ejemplos históricos, la importancia que ha tenido el conocimiento científico para el desarrollo de las civilizaciones, y para mejorar nuestro estándar de vida. Combatió seudociencias como la Astrología o los raptos de extraterrestres. Y pintó un panorama dantesco de cuál iba a ser nuestro futuro como especie, si es que llegaba a haberlo, en caso de lanzarnos a una guerra nuclear total. Al día de hoy, Cosmos sigue siendo una de las más excelsas series científicas jamás producidas, si es que no la mejor.

Hacer un remake de Cosmos era por lo tanto una empresa difícil. Por un lado, era una serie muy anclada en su tiempo, en muchos aspectos. La ciencia sigue siendo la misma, pero la extensa narrativa dedicada a cosas en esa época recientes y novedosas como la sonda Viking o el proyecto Voyager, la han hecho perder algo de frescura para un público que tres décadas después, y con razón, ve esos hitos como importantes, pero ya pasados. Por otro lado, en su defensa apasionada del valor de la ciencia para nuestro mundo, Cosmos sigue resonando con plena actualidad. Además, el mismo Carl Sagan ya no estaba entre nosotros para crear una continuación de su proyecto. Y por otra parte, ¿qué falta hacía de volver a intentarlo? ¿Acaso no tenemos mucho más acceso a la cultura hoy en día que en 1.980, no sería redundante tener una serie sobre cosas de las que podemos enterarnos por Internet? Y si el proyecto salía mal, ¿no implicaba manchar el buen nombre y reputación de Cosmos de 1.980?

Neil deGrasse Tyson en la versión 2.014 del Calendario Cósmico.
Sea como fuere, en 2.014 vimos el estreno de los trece episodios que conforman Cosmos: A Spacetime Odyssey. Y después de verlos, nuestra valoración no puede ser otra sino francamente positiva. Porque Cosmos: A Spacetime Odyssey no es otra serie científica más. Es una serie científica que además tiene un fuerte contenido humanista, y actualiza muchos de los tópicos y problemas que planteó la serie original. Hoy en día, la bestia negra de nuestra civilización no es tanto la guerra nuclear como el colapso medioambiental que se antoja casi seguro, y la serie se deja caer en picada sobre el problema. Asimismo como sobre la proliferación de la pseudociencia, y el auge que han tenido los creacionistas en los últimos años, en particular desde la Presidencia de George W. Bush.

Los primeros episodios repiten más o menos algunos conceptos básicos de la serie original. Standing Up in the Milky Way es en muchos aspectos un remake de En las orillas del océano cósmico, ambos los respectivos primeros episodios de la serie, mientras que los episodios segundos versan ambos sobre la herencia genética, la selección natural como mecanismo evolutivo, y de cómo ambos factores combinados han creado la gran riqueza de la vida sobre la Tierra. Para quien vio Cosmos en 1.980, son los capítulos menos interesantes, y no demasiado novedosos, y para quien no haya visto la serie original, pero esté curtido en documentales científicos, pueden parecer algo básicos. Pero son episodios necesarios. Para el lego que sintonice la serie por casualidad, siendo un pobre paleto que nunca se ha preocupado por la naturaleza científica del universo, entrar de inmediato en honduras es la manera más segura de espantarlo. Si están curtidos en ciencia y encuentran los dos primeros episodios algo básicos, no se preocupen; son sólo las bases de lo que vendrá, que eleva el nivel muy por encima de la educación para párvulos.

El tercer episodio es realmente brillante, y es en donde la serie echa por fin toda la artillería a la batalla. Refiere cómo los seres humanos interpretaron los cielos buscando patrones en los mismos y dibujando las constelaciones; luego aborda la historia de cómo Edmond Halley aplicó la Teoría de la Gravedad para predecir la órbita del Cometa Halley. El capítulo contiene una maravillosa refutación de las pseudociencias que siembran el terror y el miedo, al poner énfasis que la ciencia por primera vez batió a los profetas del desastre en su propio juego, prediciendo el futuro de una manera incluso más exacta y acertada. Es una de las mejores defensas del valor que tiene la ciencia contra el oscurantismo y la superstición que hemos visto en la televisión jamás, y algo muy necesario en medio de tanto fanático tronando desde el púlpito contra los científicos que se atreven a cuestionar las verdades sagradas que a ellos se les antojan sagradas, y que por supuesto siempre les convienen.

La Nave de la Imaginación explora el ADN.
Los siguientes episodios se apartan temáticamente en buena medida de la serie original. Mientras que Cosmos de 1.980 dedicó un vasto desarrollo a la investigación planetaria de nuestro Sistema Solar, Cosmos de 2.014 prefirió saltarse el grueso de esa parte, e ir a temas con un poco más de carne para el contexto actual. En concreto, a la exploración de las diversas fuerzas que componen y controlan la materia, el verdadero hilo conductor del grueso de los capítulos centrales de la serie. A través de ellos vemos a los átomos, la investigación de fuerzas tales como el electromagnetismo o de energías como la luz, con algunos lances hacia el pasado. Dedica un episodio a la tectónica de placas (el noveno, The Lost Worlds of Planet Earth) y otro para apalear a los ignorantes que todavía no se convencen de que el calentamiento global está a punto de arrojarnos de cabeza al desastre ecológico más grande desde la extinción de los dinosaurios (el decimosegundo, The World Set Free). El último episodio termina con una nota algo distinta. Si el de Cosmos en versión 1.980 terminaba con cautela, advirtiendo de los peligros de atentar contra el conocimiento científico con una vívida y tétrica descripción de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría a manos de fanáticos cristianos, esta versión hace hincapié en los aspectos positivos de la investigación científica, utilizando la materia oscura y la energía oscura como ejemplos de que la ciencia no lo sabe todo, que no hay vergüenza en la ignorancia si se hace un esfuerzo serio y racional por averiguar la verdad del universo, y que nuestra labor y misión es seguir investigando porque el destino de la Humanidad misma depende de ello.

La serie no es estrictamente antirreligiosa, pero a diferencia de otros documentales que buscan permanecer neutros en la materia para no comprometerse con su audiencia, en el mal entendido de que creer en ciertos dogmas crearía un privilegio para no ser cuestionado por ellos, Cosmos de 2.014 no tiene miedo de quemarse en la lucha, desmontando en varios capítulos, los argumentos reiterados por el fundamentalismo religioso. Uno particularmente brillante se produce en el episodio segundo, cuando dedica cerca de diez minutos a refutar el manido argumento de que "el ojo es una estructura tan compleja que no pudo haber sido creado por evolución, debió ser creado por una Inteligencia Superior"; frente al mismo, explica con toda claridad y detalle la manera en que la evolución efectivamente creó el ojo desde la nada, y a través de una serie de lentos y laboriosos pasos. Incluso se permite una nota irónica al apuntar que nuestro ojo no es perfecto porque evolucionó desde uno diseñado para ver bajo el agua, y que por lo tanto, funcionando nuestro ojo en el aire, nuestra visión terminó siendo más defectuosa de la que cabría esperar de un diseñador perfecto. Notas más sutiles, pero bien presentes, se insertan aquí y allá. Así, en un episodio se nos describe la brutal masacre de eruditos chinos durante la fundación de la actual China en el siglo III a.C. como un ejemplo de la barbarie que significa sacrificar la ciencia a los intereses políticos, o en el episodio final se reflexiona acerca de cómo la ciencia alejandrina, al pertenecer sólo a una élite, resultó así demasiado frágil para contender contra la superstición fanática.

Otro punto a favor de esta serie, es presentar situaciones o hechos científicos no del todo conocidos, o al menos, no más allá del ámbito de las batas, matraces, medidores y laboratorios. Se extiende en detalle sobre la diferencia entre una supernova y una hipernova, por ejemplo. Habla de los neutrinos. Trata sin miedo las relaciones que existen entre el electromagnetismo y la luz. Menciona catástrofes ecológicas y extinciones masivas que no son la muerte de los dinosaurios, la más representada en documentales por el gancho vendedor de tener dinosaurios y un impacto asteroidal, pero que de ninguna manera es la única. Se refiere en un capítulo al meteorito Nakhla, que golpeó Egipto en 1.911. Menciona proyectos abortados del siglo XIX e inicios del XX para aprovechar la energía solar, abortados por el crecimiento voraz de la industria petrolera. Y etcétera.

Alhacén, el sabio musulmán del siglo XI, según Cosmos: A Spacetime Odyssey.
Un aspecto muy interesante de la serie, es la extensísima reivindicación que hace de la inteligencia científica a lo largo de la Historia. La serie está rodada con Neil deGrasse Tyson frente a un montón de pantallas verdes sobre las que se sobreimprime el CGI, pero las secuencias históricas en sí, son todas recreadas con bellas animaciones que combinan personajes en 2D, sobre fondos en distintos planos que crean una cierta sensación de profundidad. Es un plus que los personajes elegidos para la fama no son los más típicos que uno esperaría, no son el elenco estándar que el común de la gente estudia en el colegio. Pudiendo enfocarse en Isaac Newton, prefiere enfocarse en Edmond Halley, por ejemplo. Otros presentados a través de este sistema son Giordano Bruno y su cuestionamiento de la verdad religiosa (por la que pagó con la hoguera), William Herschel, Demócrito, Clair Patterson (el hombre que no solamente descubrió la edad de la Tierra, sino que tuvo el enorme valor de ir contra grandes megacorporaciones que casi destrozaron su reputación, en una batalla para eliminar la gasolina con plomo), las Hermanas del Sol (un grupo de astrónomas mujeres injustamente relegadas a un segundo plano en los libros de Historia de la Ciencia), Marie Tharp la científica que puso evidencia sobre la mesa acerca de la tectónica de placas, la princesa acadia Enheduanna que es también la primera literata conocida en la Historia Universal... Como puede apreciarse, la serie hace también fuertes intentos para evitar la idea de que la ciencia es asunto exclusivo de machos anglosajones, sino que hombres y mujeres de varias civilizaciones en conjunto han contribuido a nuestro conocimiento científico actual, algo que por supuesto es para aplaudir.

Puesto a buscarle peros a la serie, quizás el único que se me ocurre es la devoción excesiva mostrada a Carl Sagan. Parece algo natural. La productora y guionistas es Anne Druyan, viuda de Carl Sagan, y el conductor es Neil deGrasse Tyson, hombre que considera a Carl Sagan como su mentor. Era casi inevitable que, en alguna parte, hubiera alguna mención. Pero son varios los episodios en donde se insertan cuñas de audio o video de la serie original, y eso, como que lastra un poco el resultado final. Es como si Cosmos de 2.014 tuviera miedo de pararse por completo sobre sí misma, y tratara de apelar a la nostalgia por Carl Sagan como una manera de legitimarse; considerando la calidad del material y lo excelente del tratamiento, no hacía falta esto para poder funcionar por separado. Es más, considerando que la serie hace un profundo hincapié en no dejarse llevar por los argumentos de autoridad, y en el derecho de las personas y aún el deber de pensar por uno mismo, además de no dejar nunca a un lado la curiosidad por el universo y las cosas que lo componen, este fetichismo suena un poco como culto al líder. Al menos, Neil deGrasse Tyson tiene la honradez suprema de, al momento de despedir la serie, pedirle a los espectadores que no crean en nadie por ser únicamente una autoridad de alguna clase, ni siquiera en él mismo, sino que prefieran creer en la evidencia, en los hechos, en el razonamiento lógico y en las cosas tal y como se observan en el universo.

Aparte de este detalle, el resto es para aplaudir. Neil deGrasse Tyson tenía la difícil misión de llenar los enormes zapatos de Carl Sagan, y lo logra en plenitud, sin tratar de imitarlo, sino simplemente haciéndolo en su propio estilo y haciendo la serie tan suya como Carl Sagan lo hizo respecto de Cosmos de 1.980. La música de fondo de Alan Silvestri es también majestuosa, aunque la banda sonora de Cosmos de 1.980, basada de manera ecléctica en canciones modernas de la época, música selecta, y música electrónica experimental de Vangelis, se beneficiaba de su mayor variedad. En definitiva, Cosmos de 2.014 es de lo mejor que nos ha dado la televisión en los últimos años, una excelente manera de exponer el estado actual de la ciencia, y un profundo recordatorio del valor que tiene el conocimiento científico dentro de nuestro mundo, y de cómo no dejarlo morir. Es poco probable que haya tenido más rating que el Mundial de Fútbol del mismo 2.014, y ciertamente no ocupó tanto espacio en la televisión, pero es casi seguro que llegó hacia donde tenía que llegar: al espectador avisado, al inteligente, al que se niega a doblegarse ante la cultura del permisivismo intelectual y la falta de cuestionamiento de las verdades que se predican como fundamentales. Es de esperar así que sirva para que una nueva generación de niños o jóvenes que la vean, se inspiren para ir más allá de sus nociones preconcebidas y logren crear un renacimiento científico, en un escenario con una cultura a ratos tan hostil a la ciencia, como lo es el mundo en que vivimos.

La Nave de la Imaginación, en su versión 2.014.

2 comentarios:

Luis Lauro Moncada Guajardo dijo...

Me dieron ganas de ver tanto esta serie como la de 1980 (recuerdo haber visto el episodio "El espinazo de la noche) me encana tu forma de escribir.

Guillermo Ríos dijo...

Me alegra. Cosmos de 2.014 ha sido bastante ninguneada allá afuera, y se merece que hablen más de ella. Y gracias por las felicitaciones. Saludos.

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