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domingo, 20 de julio de 2014

13 viajes clásicos a la Luna.


Hoy día 20 de Julio de 2.014 se cumplen 45 años del primer viaje a la Luna. O del estreno en televisión de la ficción televisiva rodada por Stanley Kubrick, de hacerle caso a las inevitables teorías conspiranoicas al respecto. Bien, quienes abordamos la Historia Universal con algo más de seriedad, celebramos lo primero, al menos hasta que nos traigan evidencia del estudio de televisión en donde rodaron lo segundo. Y para celebrar el evento, acá en la Guillermocracia haremos un breve repaso de uno de los tópicos literarios y cinematográficos más recurrentes de todos los tiempos. Todos ellos anteriores a 1.969, por desgracia, ya que como sabemos, el atractivo que tenía el tema derivaba de que la Luna parecía difícil, inalcanzable o imposible. Es como las ficciones ambientadas en el año 2.000: dejaron de producirse cuando llegó el año 2.000, y el año 2.000 no fue tan 2.000 como se esperaba que fuera. Pero aunque actualmente pasadas de moda, muchas de estas obras merecen repasarse por ser excelentes obras en sí mismas, por ser clásicos históricos de la Ciencia Ficción, o simplemente por ser historias imaginativas, aptas para poner un poco de fantasía en tu vida. Así es que, sin mayores preámbulos, acá en la Guillermocracia un repaso de los grandes hitos del tópico de la ficción del viaje a la Luna.

1.- Historia verdadera (siglo II d.C.).

Ya desde el título, la Historia verdadera es un sarcasmo: en realidad el escritor griego Luciano, o grecosirio para ser más preciso, se ha propuesto contar el cuento más extravagante que saliera de su imaginación. La idea era burlarse de los libros de viajes antiguos, llenos de exageraciones y muchas veces escritos por gente que no había viajado más lejos que la fontana para sacar agua en su ciudad nativa. La obra de Luciano se abre con el narrador refiriendo cómo navegando más allá de las columnas de Hércules, o sea el Estrecho de Gibraltar, lo más lejano hacia el oeste que podía concebir la imaginación geográfica de su tiempo, su barco es arrebatado por los aires gracias a una tromba marina. Después de una semana viajando, acaban en la Luna. Una vez en la Luna, conversando con los peculiares bichos selenitas, se ve metido en una guerra entre la Luna y el Sol. La obra, que es bastante breve y hoy en día calificaría como novela corta, sigue con su regreso a la Tierra y una aventura todavía más desaforada: ser tragados por una ballena. Claramente los antiguos griegos tenían invertidas sus nociones acerca de qué es desaforado y qué no.

2.- Orlando furioso (1.532).

En realidad, la parte del viaje a la Luna acá es más bien breve, pero es substancial a la obra. De hecho, es su pedazo más imaginativo. El protagonista Orlando está enamorado de Angélica, en lo que aparenta ser un romance puro y virginal como se estilaban en los libros de caballerías de la época... salvo porque Ludovico Ariosto tenía muy mala leche, y le infligió a su protagonista la ofensa máxima: Angélica lo desprecia porque se ha enamorado de otro. Que además es un moro. Que para colmo es un moro buena gente. Orlando pierde el juicio, y desata su ira por toda Europa a una escala que no tiene mucho que envidiarle a Tolkien, porque hay que justificar el título. Otro caballero llamado Astolfo razona entonces que todas las cosas perdidas del mundo están en la Luna, así es que el juicio de Orlando debe estar allá. De manera que, montado en el hipogrifo, Astolfo viaja a la Luna y descubre que, en efecto, el juicio de Orlando está ahí, encerrado en una botella. Desde el siglo XXI opinamos que habría sido enormemente deseable que Astolfo se hubiera esforzado un poco más en buscar otras cosas perdidas en la Luna, y hubiera regresado con la probidad de los políticos, o la humildad de los economistas, que harta falta hace acá en la Tierra.

3.- Somnium (1.634).

Hay quienes consideran Somnium, o sea El sueño, como la primera novela de Ciencia Ficción propiamente tal. Su autor, Johannes Kepler, fue un importante astrónomo, que descubrió las Tres Leyes del Movimiento Planetario que son utilizadas hasta el día de hoy para el cálculo de trayectorias de naves espaciales. Pero también era un hombre imaginativo, y decidió hacerle propaganda a las modernas investigaciones astronómicas escribiendo una novela de exploración lunar. A diferencia de sus precedentes, el libro de Kepler utilizó toda la ciencia de avanzada de su tiempo. Por supuesto que su ciencia de avanzada y no nuestra ciencia de avanzada, por lo que el relato termina por antojársenos fantasioso. Kepler no se calienta la cabeza imaginando un método de viaje, y lo atribuye simplemente a un demonio de la Luna llevándose al narrador en un viaje de cuatro días. A pesar de este detalle muy lucianesco, Kepler se hace cargo de muchas cuestiones científicas: el viaje a la Luna debe ser realizado durante un eclipse para que los viajeros no terminen fritos por la radiación solar, a mitad de camino el Demonio debe desacelerar a los viajeros para que la inercia no los estrelle contra la Luna, etcétera. La descripción misma de la Luna también es muy ajustada a la cosmografía de su tiempo, y la descripción de la vida lunar, lejos de ser la habitual transcripción de la vida terráquea a otro mundo, trata de ser todo lo alienígena que se podía en la época. La obra, una especie de novela corta, fue trufada por Kepler con notas a pie de página acerca de aspectos científicos de la misma, más largas que el relato mismo. La publicación fue póstuma, ya que Kepler falleció en 1.630; posiblemente la enorme reacción eclesiástica y aristotélica que tanto hizo por fregarle la vida a Galileo Galilei, tuviera algo que ver con su reticencia a ver su obra en letras de molde.

4.- Historia cómica de los estados e imperios de la Luna (1.657).

Para quienes conozcan a Cyrano de Bergerac sólo por la obrita en que está enamorado de Roxanne, y creyendo que Roxanne no lo aceptaría, decide... hacer el Cyrano, precisamente, con otro galán que pretende a Roxanne, resulta una sorpresa observar que Cyrano de Bergerac sí existió, y fue un escritor de relativa importancia en su tiempo. Lo suyo eran las obras dramáticas y los duelos, y pereció en circunstancias muy oscuras, quizás asesinado, a los 36 años de edad. El caso es que Cyrano legó una obra llamada Historia cómica de los estados e imperios de la Luna. Cyrano tomó el tópico del viaje a la Luna por motivos similares a los de Luciano: hacer un poco de sátira desmadrada sobre su época. Influyendo así en varios autores posteriores, incluyendo a Jonathan Swift y sus Viajes de Gulliver. Un punto interesante de Cyrano es que su obra diseña por primera vez un método científico para viajar a la Luna. Después de intentarlo por los métodos convencionales propios de las obras narrativas de la época, a saber, ascender con vejigas de gases amarradas, un oficial de artillería le proporciona explosivos; Cyrano se construye un cohete, mete los explosivos adentro, y consigue llegar a la Luna. La obra fue publicada de manera póstuma en 1.657, lo que quiere decir que su publicación es anterior en treinta años a los Principios matemáticos de filosofía natural, la obra en donde Isaac Newton describió la gravedad universal y, entre otras muchas cosas (no en balde es uno de los libros científicos más revolucionarios de todos los tiempos), sugirió que un cañón de potencia suficiente podría poner una bala en órbita. Puede parecer que el método de Cyrano para llegar a la Luna es ingenuo, pero no nos engañemos: el cohete Saturno V relleno de hidrógeno y oxígeno líquidos como combustible, que impulsó al Apolo 11 a la Luna, detalles técnicos aparte, sigue exactamente el mismo principio científico del cohete relleno con explosivos de artillería que detalló Cyrano en su obra.

5.- Las aventuras del Barón Münchhausen (década de 1.780).

Ya en el siglo XVIII nos encontramos con otro viaje a la Luna. En realidad con dos protagonizadas por el mismo hombre, a falta de uno. Se trata del Barón Münchhausen, un militar alemán que marchó a la guerra con el Imperio Otomano, y volvió contando una cantidad de patrañas tal, que hay un síndrome médico asociado al mentir para llamar la atención, bautizado con su nombre: el Síndrome de Münchhausen. Todo lo que rodea al Barón es un misterio. El libro con sus aventuras, escrito por una tercera persona y ampliado por otra tercera persona, ¿se basa en las narraciones de Münchhausen, o tiene mucho invento de cosecha del propio autor? ¿Creyó Münchhausen en sus propias aventuras como un loco delirante, las contó para engañar deliberadamente a su audiencia, se proponía hacer una sátira social solapada, o únicamente pretendía divertir a sus comensales? Lo ignoramos. Como sea, Münchhausen recurrió a un método ya más o menos patentado para sus viajes a la Luna: ser disparado en balas de cañón. Lo que encuentra en la Luna es más o menos el elenco de siempre: criaturas que viven en palacios maravillosos estilo Sailor Moon, capaces de ponerse y quitarse la cabeza... Poco antes de la muerte de Münchhausen, la Revolución Francesa probó que para los señores de palacios maravillosos, el quitarse la cabeza es un resto de perjudicial, y no puede volver a ser puesta en su sitio con tanta facilidad como los selenitas münchhausianos.

6.- La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall (1.835).

Y pasamos al siglo XIX, gracias al progreso científico, la posibilidad de viajar a la Luna parecía cada vez más cierta. En medio de todo eso, Edgar Allan Poe publica en el periódico Southern Literary Messenger un relato sobre el particular. El giro ingenioso era solucionar el tema del vacío del espacio con una máquina que convertía el vacío en aire, o algo por el estilo; no es que tenga mucho sentido para la ciencia actual, de todas maneras. Poe quería trabajar en su proyecto por entregas, a la manera de los folletines: tanto como se pudiera alargar. Hasta que descubrió que el periódico New York Sun comenzó a publicar una serie de artículos con un contenido muy similar, prácticamente un plagio... pero publicándolo como una serie de reportajes reales, adjudicando la fuente al Edinburgh Journal of Science. En respuesta, Poe no siguió adelante. Al final, el relato no llegó a ser tan popular como otros de Poe, pero comparte con otros ejemplos de ficción protocientífica poeianos, su amor por el detalle y por la elucubración racionalista. No en balde, cuando nueve décadas después Hugo Gernsback fundó Amazing Stories, la primera revista especializada en Ciencia Ficción, Poe fue uno de los autores elegidos para el número 1.

7.- De la Tierra a la Luna (1.865) y Alrededor de la Luna (1.870).

El gran clásico literario sobre viajes a la Luna es, por supuesto, De la Tierra a la Luna, de Julio Verne. Pasa con esta obra lo mismo que con El Quijote: lo que hoy en día leemos como una sola obra, en realidad son dos novelas, una secuela de la otra. La primera es De la Tierra a la Luna propiamente tal, y refiere los esfuerzos de un grupo de estadounidenses aficionados a la Astronáutica por lanzar una cápsula espacial a la Luna, culminando con el lanzamiento mismo. Que podríamos llamar el cañonazo, ya que ésa es la técnica empleada para propulsar el cohete: un gigantesco cañón de tanta potencia, que queda destruido al primer disparo. La segunda parte, Alrededor de la Luna, describe el periplo del trío de astronautas lanzados, o cañoneados mejor dicho, alrededor de la Luna. A diferencia de otras obras, los astronautas vernianos no llegan a la Luna, en buena medida porque Verne y su prurito científico chocaron con la barrera de que la ciencia de la época no podía dar respuesta adecuada a qué iban a encontrar los astronautas allá, o cómo iban a regresar. Así, la novela refiere como el paso por un asteroide cercano y su débil influencia gravitatoria desvían ligeramente la cápsula fuera de su trayectoria, poniéndola en órbita lunar. El trío consigue propulsarse fuera de la órbita para zafarse de ella y regresar a la Tierra, sanos y salvos, de una manera enormemente reminiscente a como la fallida misión Apolo 13 consiguió evitar convertirse en la primera tumba flotante alrededor de la Luna.

8.- Los primeros hombres en la Luna (1.901).

A diferencia de Julio Verne, Herbert George Wells no tenía tanto interés en los aspectos técnicos de sus ficciones, como en sus proyecciones sociológicas. Los primeros hombres en la Luna no es una excepción. Wells no se calienta demasiado la cabeza pensando en un método para el viaje espacial, y recurre a inventarse un mineral antigravitatorio, la cavorita, que al vencer la gravedad terrestre, logra llevar una cápsula con dos astronautas a la Luna. Los dos astronautas, dicho sea de paso, son un científico y un hombre de negocios; contrario a lo habitual en Wells, bastante crítico con el Positivismo y con el imperialismo capitalista británico, ambos son presentados con tintes decididamente amables. Aún así, Wells le da rienda suelta a su espíritu socialista de five o'clock tea, presentando una sociedad de insectos en la Luna. La obra ha sido adaptada para el cine en varias ocasiones, incluyendo una reciente por la BBC en 2.010 Y otra de... 1.964, cinco años antes de que el hombre de verdad llegara a la Luna, y el tema pasara de moda.

9.- La mujer en la Luna (1.929).

El cine se enamoró del viaje a la Luna desde sus inicios. Tanto la novela verniana como la wellsiana recibieron sendas adaptaciones para el cine mudo. Ambas ponían énfasis en la imaginería casi surrealista por encima de cualquier atisbo de verosimiltud científica, con el muy moderno espíritu de privilegiar los efectos especiales y el se ve bonito por encima de la historia; como puede verse, Avatar de James Cameron no inventó nada en realidad. Y entonces, llegó un cineasta alemán llamado Fritz Lang. Este ya había rodado un enorme clásico de la Ciencia Ficción, y enorme también por el fracaso comercial en su día, en concreto Metrópolis, y se interesó ahora en el viaje a la Luna. Fiel a su fórmula, La mujer en la Luna en realidad es un melodrama con tintes científicos, aunque Lang se preocupó al máximo de la verosimiltud científica. Para la trivia, la película de 1.929 es la primera obra en que aparece una cuenta regresiva. Lang introdujo el elemento únicamente por incrementar el suspenso de la platea, pero luego los científicos descubrieron que el método era idóneo para coordinar a los técnicos durante el lanzamiento, de manera que un mecanismo cinematográfico para hechizar a la audiencia se transformó en procedimiento tecnológico standard, unas pocas décadas después.

10.- Destino: La Luna (1.950).

El productor y ocasional director George Pal se esforzó lo indecible por darle dignidad a un género fílmico, la Ciencia Ficción, visto en la época como infracine a secas; de haber sido contemporáneo a George Lucas y Steven Spielberg sería saludado como uno de los más grandes cineastas del género de todos los tiempos, pero su desgracia fue ser un adelantado a su tiempo, el haber rodado en la década de 1.950 en vez de la de 1.980. Las películas de Pal intentan combinar un rigor científico bastante desusado para la época, con concesiones al espectáculo de la mejor altura que los efectos y la técnica cinematográfica permitían. La película estaba libremente basada en una novela de Robert Heinlein, uno de los más destacados escritores de Ciencia Ficción de todos los tiempos, quien además hizo contribuciones al guión definitivo. El resultado es una película que describe de manera muy ajustada a la realidad de la época, lo que era un viaje espacial. Para su desgracia, esto ha hecho que la película pierda algo de vigencia. En 1.950, fecha del estreno de la película, describir con lujo de detalles científicos y técnicos lo que significaba un viaje a la Luna era causar el asombro de la platea, algo que después de 1.969 pasó de moda. Aún así, Destino: La Luna (o Con destino a la Luna, según su título en España) sigue siendo un clásico de la Ciencia Ficción más dura o más inclinada hacia el rigor científico.

11.- Objetivo: La Luna (1.953) y Aterrizaje en la Luna (1.954).

Al igual que Verne en su tiempo, el historietista Hergé dividió su historia en dos partes. En la primera, Objetivo: La Luna, de 1.953, Hergé describe como el profesor Tornasol trabaja en un proyecto para construir un cohete a la Luna, al tiempo que Tintín se encarga de luchar contra el inevitable complot que busca sabotear el proyecto. Su secuela, Aterrizaje en la Luna de 1.954 (aunque publicado en forma serializada el año anterior), describe el periplo mismo en la Luna, amenizado por supuesto por el inevitable traidor dentro del grupo que trabaja para el gobierno extranjero no capitalista de rigor. Porque en lo político, Tintín sigue siendo en esta historia el mismo reaccionario de siempre que lucha por la defensa del puro e impoluto mundo occidental en contra de todos sus sucios y viscosos enemigos. De todas maneras, estos dos cómics son considerados entre los mejores de Tintín, y fueron muy alabados en su tiempo por el extraordinario despliegue de documentación científica y técnica a la que recurrió Hergé para mostrar con el máximo de fidelidad posible, lo que sería un viaje a la Luna de verdad.

12.- El Fantasma Rojo (1.967).

Dentro del imaginario del Universo Marvel, el ala más científica es claramente los Cuatro Fantásticos, probablemente mucho más que Iron Man. Después de todo, es Reed Richards y compañía quienes exploran el universo, viajan en el tiempo, etcétera. La primera adaptación televisiva de la franquicia es la de 1.967, que a pesar de haber envejecido en algunos respectos, sigue siendo muy correcta tanto respecto del material de base como en sí misma. En uno de sus episodios, en concreto El Fantasma Rojo (The Red Ghost), abordan el tópico entonces de moda: viajar a la Luna. Después de todo, los Cuatro Fantásticos obtuvieron sus superpoderes tratando de ganar la carrera a la Luna, detalle que la película de 2.005, por razones obvias, tuvo que cambiar. En la Luna, los Cuatro Fantásticos descubren la existencia de las ruinas de una antigua y avanzadísima civilización alienígena. El episodio pasó de moda dos años después, por razones obvias, pero aún así, permanece como el gran hito del tópico del viaje a la Luna, en la animación occidental.

13.- 2001: Odisea del espacio (1.968).

Aunque la secuencia en la Luna es más o menos mínima, no podíamos mencionar la película con efectos especiales tan de avanzada, que ha generado la teoría de que el Apolo 11 nunca alunizó, y que todo fueron piroclastos dirigidos por Stanley Kubrick. Teoría a la que incluso hacían un guiño cómico en Los diamantes son eternos, película James Bond de 1.971, en una breve secuencia en donde 007 irrumpe por accidente a través de un estudio fílmico en Las Vegas con la escenografía del alunizaje. Pero volviendo a 2001: Odisea del espacio. La historia pergueñada por Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick es en realidad la ciclópea expansión de un relato breve de Clarke llamado El centinela, en donde unos astronautas descubren enterrado en la Luna un monolito alienígena. En la película, la escena en la Luna es relativamente breve, y es bastante fiel al relato clarkiano, pero resulta crucial: lo visto con anterioridad en la película es un preparativo para este momento en donde el monolito, se infiere, avisa a los misteriosos alienígenas que la Humanidad ya ha llegado a la Luna, y a su vez es el preparativo para lo que ocurrirá en Júpiter, con la nave Discovery y la supercomputadora Hal-9000, que es por supuesto el grueso de la película. Esta película es también un hito simbólico, desde el punto de vista del tópico del viaje a la Luna: fue estrenada el mismo año de la primera misión más allá de la orbita terrestre y la primera en orbitar la Luna, en concreto el Apolo 8. El viaje a la Luna en sí ya no es tan maravilloso: mientras que la Luna en la película aparece como rutinaria o aburrida, el verdadero sentido de la maravilla se ha desplazado al espacio profundo cerca de Júpiter, y hacia la alucinógena secuencia final en vaya uno a saber qué rincón del universo, o acaso dentro del mismo monolito o sus inmediaciones. El golpe de gracia vendrá al año siguiente, por supuesto, cuando el hombre llegue de verdad a la Luna, y lo que antes era material de Ciencia Ficción pase a ser titular de periódicos y fotografías en los libros de Historia.

BONUS ADICIONAL:

Vamos a la Luna (2.008).

Infantil e incluso tontorrona a ratos, esta película de animación de todas maneras se merece una mención, por ser un cariñoso homenaje al tipo de ficción científica del cine de la década de 1.950. Es el año 1.969, y Estados Unidos está a punto de lanzar el Apolo 11. Tres niños moscas, no pregunten mucho por esto, deciden que ellos también quieren viajar a la Luna, y se las arreglan para infiltrarse en la misión, transformándose efectivamente en las primeras moscas en viajar a la Luna. En el camino deben detener la inevitable conspiración de moscas soviéticas, no pregunten mucho tampoco por esto, para sabotear el programa espacial de Estados Unidos. Lo interesante de esta película, de cara al tópico del viaje a la Luna, es que a diferencia de los ejemplos anteriores no es tratado como algo hacia el futuro, obviamente, sino como una película de época, con un feeling a cine de nostalgia sobre la década de 1.960 estilo Los años maravillosos. Pero con astronautas. Y moscas. Quizás porque el viaje a la Luna ya no es lo que solía ser...

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