miércoles, 18 de junio de 2014

"The Blacklist": La serie sobre hacer un Loki.

Reddington haciendo un Loki, un Silva o un Joker, en los cinco primeros minutos de la serie.
En el cine del último tiempo se ha puesto de moda lo que podríamos llamar hacer un Joker, o hacer un Loki, o hacer un Silva, por los villanos de The Dark Knight, The Avengers o Skyfall respectivamente. Es decir, los villanos diseñan un plan en donde parte vital del mismo consiste en dejarse capturar, supuestamente para sembrar el caos o pánico en el interior del bando de los buenos. Por alguna razón, ninguno de ellos parece tener un plan para el evento de que los héroes decidan dar un paso hacia el lado oscuro, y ejecutarlos sin más. Hay una razón por la cual no abundan los villanos que se rinden en la vida real, después de todo. ¿Se imaginan ustedes a Osama bin Laden haciendo un Loki, por ejemplo? No, ¿verdad? Y si el tópico está presente en tres de las películas más taquilleras de la última década, ¿por qué no rodar algo así como Hacer un Loki: La serie? Fanfarria de presentación para... The Blacklist.

Como de costumbre, tratamos en la medida de lo posible de no destripar el argumento de la serie. Sin embargo, es inevitable en algún minuto el referirse a determinados giros de trama. De manera que si siguen adelante leyendo, es bajo su propia responsabilidad.

La serie se abre en su primera escena con el villano haciendo un Loki. O un Joker, o un Silva, la opción que prefieran. Se trata de Raymond "Red" Reddington, un tipo que llega con toda calma a la sede principal del FBI y le dice a una funcionaria que desea hablar con su jefe. Todas las alarmas saltan de inmediato y de manera literal, porque Reddington figura en los más buscados del FBI, siendo un antiguo agente desaparecido hace veinte años y vinculado a toda clase de actividades criminales. Reddington por supuesto que es arrestado. Pero el hombre tiene una agenda. Ofrece su ayuda para capturar a los criminales más peligrosos de todos, más peligrosos que los diez más buscados del FBI, tan peligrosos que ni el propio FBI sabe de su existencia. Dichos criminales figuran en una lista negra, el blacklist del título, que Reddington ha memorizado. Todo lo que Reddington pide, es tratar con una joven agente llamada Elizabeth Keen. ¿Por qué? Ese es el misterio principal de la serie, así es que no esperen que la respuesta esté ahí al final del primer episodio. O de la primera temporada, por lo que valga.

La serie en sí, sigue la estructura propia de tantos otros procedimentales que andan dando vueltas allá afuera. Es decir, cada capítulo trata sobre el caso de la semana, que en este caso es el miembro de la lista negra de la semana. La numeración va al azar, de manera que aunque hemos visto una veintena de casos, los números van desde el 8 hasta el 161. Los capítulos mismos se titulan por el villano listado de la semana. Dos de ellos son dobles, es decir, dedicados al mismo villano (Anslo Garrick número 16, y Berlin número 8). Un episodio presenta a cuatro números de un solo aventón, porque operan como una banda (los Hermanos Pavlovich números 119 a 122). El criterio con el cual los villanos han recibido su número, supuesto de que hubiere uno, en la serie no ha sido revelado.

¿Es su padre? ¿Es su hermano mayor? ¿Es el peluquero del tío de la sobrina del vendedor de la tienda de mascotas que le vendió un perrito al maquillador de ella...?

Al villano de la semana se le une un arco argumental que corre por debajo y va hilando todos los episodios. Algunos villanos de la semana están vinculados entre sí como parte de dicha trama argumental, y otros no. El caso es que durante la primera mitad de la serie, el caso de la semana tiende a ser más importante y el arco argumental queda en segundo plano, mientras que en la segunda mitad esto se invierte, pasando el arco argumental a primer plano y quedando el caso de la semana como un añadido a veces casi obligatorio.

La serie se basa con fuerza en un concepto viejo y muy caro a esta clase de ficciones narrativas: el misterio muy misterioso, y la vuelta de tuerca sobre la vuelta de tuerca. A poco andar la serie, las preguntas comienzan a acumularse: ¿Por qué Reddington se ha rendido en verdad? ¿Por qué tiene tanto interés en Elizabeth Keen? ¿Cuál es la verdad sobre los padres de Elizabeth Keen? ¿Por qué aparece una caja con pasaportes falsos y la foto del marido de Elizabeth Keen, en el sótano del feliz matrimonio? ¿Quién es el hombre misterioso que de tarde en tarde aparece para ayudar a Reddington, pero que a ratos pareciera más que feliz si tuviera la oportunidad de liquidarle? ¿Por qué Reddington pasó a la sombra en verdad, y es efectivo que le tendieron una trampa? ¿Los miembros de la lista negra han sido elegidos únicamente por lo malísimos que son, o hay alguna conexión adicional entre ellos? ¿De verdad los agentes del FBI están ayudando a que el mundo sea un lugar mejor, o son los peones más o menos involuntarios en el misterioso plan de Reddington? Adelantemos que algunas de esas preguntas reciben una respuesta a lo largo de la primera temporada, mientras que otras deberán aguardar para más adelante, supuesto de que la paciencia aguante.

La ejecución misma de la serie, por su parte, funciona. No es la mejor serie de todas, pero tampoco pretende ser mucho más. Opera sobre la base de algunos clichés que parecen necesarios para hacer funcionar las cosas, el más sangrante de los cuales es la supina incompetencia del FBI para desarrollar su labor policíaca; que los actores de la fuerza policíaca encargada de atacar a los miembros de la lista negra estén interpretados por actores reclutados entre lo más selecto de las muestras de madera, roca, mármol y concreto que encontraron en el casting, no ayuda tampoco a darles mayor credibilidad. Los casos mismos a veces son interesantes e ingeniosos, mientras que en otras ocasiones resultan un tanto pasados de rosca. Porque en un capítulo la villana es Madeline Pratt (número 73), que es una ladrona de joyas bastante creíble, y en otro distinto es el Alquimista (número 101), cuya habilidad casi mágica para cambiar la identidad de sus clientes le permite incluso desafiar las pruebas de ADN, lo que significa empujar la credibilidad de la serie un poquito. Todo este armado, los guionistas lo mantienen a punta de giros de historia cada uno más rocambolesco que el anterior. La materia con la que se han confeccionado miles de narraciones pulpescas desde que nació el género detectivesco, en todo su glorioso y desvergonzado esplendor. Todo esto podría significar hundir a la serie como un plomo, pero nunca The Blacklist pretende ser tan mortalmente seria, de manera que se le pueden perdonar sus salidas de madre. Incluso, sabiendo a lo que se va, las mismas son más disfrutables.

Por supuesto que el gran crédito de la serie es James Spader como Red Reddington. El hombre se roba la escena deliberadamente en cada minuto. Mirándolo, es claro que nació más para interpretar villanos que personajes queribles, lo que hace un tanto extraño revisitar su filmografía plagada de personajes sensiblerísimos en su sensibilidad, y probando una vez más que nunca es tarde para encontrar el camino hacia la luz.

El equipo de la lista negra dentro del FBI le cree a este tipo con esta mirada y con esta sonrisa.
Un punto adicional de la serie es el uso juicioso de la música. Hoy en día es casi un cliché que cada episodio debe terminar en una secuencia de dos o tres minutos con varias escenas silenciosas encadenadas entre sí, con una melancólica canción alternativa de fondo. The Blacklist incurre en el mismo vicio, pero por suerte se permite jugar un poquito con el mismo. Incluso, cosa rara, contratan música buena en vez de infrabandas alternativas de pub grunge cuyos derechos por canciones se venden a tres dólares la docena. Porque hay gloria en una serie que presenta a Red Reddington a todo trapo mientras de fondo escuchamos Sympathy for the Devil de The Rolling Stones, o vemos al mismo personaje hacer una purga generalizada de pobres diablos que le han traicionado, al ritmo de The Man Comes Around de Johnny Cash, en particular si se sabe que el hombre que viene, al que alude la canción, es uno de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis.

Un marrón de la serie, eso sí, es la indecisa resolución de la primera temporada. Sin ánimo de mandarnos algún spoiler, digamos que una de las subtramas que venía arrastrándose, queda cerrada y bien cerrada. También nos sueltan algunas respuestas. Pero hay una sensación generalizada de querer dejar las cosas demasiado abiertas. No es que haya quedado en un continuará, pero la historia quedó más abierta que un final de temporada de Los expedientes secretos X, lo que ya es decir.

The Blacklist tuvo un éxito temprano, tanto que de inmediato le dieron vía libre a una segunda temporada. ¿Qué vendrá en la misma? Probablemente más de lo mismo. Ya sabemos cómo se las gastan los guionistas de la televisión. El problema de las series basadas en un gigantesco misterio central, al estilo Los expedientes secretos X o Lost, es que los guionistas hacen lo imposible por alargarlo. Y considerando que The Blacklist se basa fundamentalmente en el giro de guión sobre giro de guión, es más que probable que en sucesivas temporadas veamos una historia cada vez más retorcida, con misterios cada vez más misteriosos, con una cantidad cada vez mayor de preguntas acumulándose, con personajes en la sombra que trabajan para otros personajes todavía más en la sombra. La decadencia de la serie, en definitiva. Pero por el minuto, después de haber visto la primera temporada completa, al menos ésta mantiene el tipo. Es televisión para entretenerse, no para pensarla demasiado, y en eso, la primera temporada de The Blacklist es endemoniadamente adictiva.

Gente que no ha aprendido nada todavía acerca de hacer un pacto con el diablo.

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