miércoles, 25 de junio de 2014

Generación GM (1 de 5): Las águilas van a la guerra.

El Atentado de Sarajevo (28 de Junio de 1.914), el crimen que inició la Primera Guerra Mundial.
Si consideramos la estimación general de que una generación dura unos treinta años, entonces resulta natural considerar a la generación que debió bancarse las dos guerras mundiales, como la más movida de la Historia. O de la Historia contemporánea, a lo menos. Fue un período de 31 años, entre 1.914 y 1.945, en donde el mundo entero cambió de arriba abajo. La política cambió desde la plutocracia liberal disfrazada de democracia universal, al moderno estado del bienestar... que hoy en día está en pleno proceso de despiece por el resurgir de la plutocracia liberal disfrazada de democracia universal, sólo por el gusto de la Humanidad por las cosas cíclicas. En fin. Por su parte cambió la ciencia, desde el mecanicismo newtoniano hasta la relatividad einsteniana. Y el arte, desde el academicismo tradicionalista hasta el rupturismo vanguardista. Y la sociedad, desde una tajante división entre alta y baja cultura, hasta la moderna cultura de masas. En definitiva, lo que acá en la Guillermocracia llamaremos la Generación GM, la de las Guerras Mundiales, ha sido quizás la más terremoteada desde el Renacimiento hasta la actualidad.

Y respecto de lo mismo, ahora en 2.014 coinciden dos efemérides claves. Por un lado, el próximo 28 de Junio se cumplen los cien años desde el atentado de Sarajevo, en donde fue asesinado el Archiduque de Austria, y con el cual principió la Primera Guerra Mundial. Por otro lado, en Septiembre se cumplen los 75 años o tres cuartos de siglo desde la invasión alemana contra Polonia, que inició la Segunda Guerra Mundial. Por lo tanto, la ocasión es propicia para que acá en la Guillermocracia hagamos un recordatorio y un repaso sobre la generación que vio a todo su mundo ponerse patas arriba. Y es así como iniciamos esta serie que hemos llamado Generación GM, en homenaje a la Generación GM justamente, porque el título más obvio del mundo es siempre llamar a tu historia como tu personaje principal. Que en este caso es un colectivo, eso sí, pero personaje principal de todas maneras.

En la época no fue evidente para casi nadie, pero mirado en retrospectiva, la Primera Guerra Mundial fue casi un armagedón anunciado. Entre finales del siglo XVIII y la primera mitad del XIX, Europa entró en la espiral imparable de la industrialización, con factorías extendiéndose por todas partes, humos de carbón inundando las ciudades, pauperismo... y una interesante consecuencia colateral, el inicio del crecimiento explosivo del complejo industrial militar a una escala nunca antes vista. En los 99 años desde la Batalla de Waterloo hasta la Primera Guerra Mundial, Europa pasó desde la nave de madera y a vela, hasta el dreadnought de acero y carbón. O desde el caballo hasta el motor de combustión interna. O desde el sable y la bayoneta, hasta la ametralladora. Algunas mentes iluminadas pudieron adivinarlo: la que se venía era grande, enorme, el hijito regalón y feo del Armagedón y el Juicio Final.

Todo esto, al servicio de países que crecían como heliogábalos. A inicios del siglo XIX se desplomó el Imperio Español. Lo poco que quedó, se terminó de venir abajo a finales de la centuria; y lo realmente último de lo último fue la eliminación futbolística de España a manos de Chile en 2.014, en otra prueba de que las repúblicas son mejores que las monarquías. Pero en reemplazo de los españoles, ya habían sacado número los ingleses, los franceses, los alemanes y los rusos. De manera lenta, metódica e implacable, fueron haciendo caer cacicazgos, satrapías, janatos, sultanatos y reyezuelos de toda clase y laya como piezas de dominó. A veces sin moverse de su escritorio, como cuando el sultán de Egipto vendió el Canal de Suez a Inglaterra para pagarse su lujoso tren de vida; a veces de maneras un poco más cercanas a lo que los historiadores posteriores llaman la diplomacia de las cañoneras, la buena y vieja costumbre de celebrar tratados apuntando con bocas de cañones a países extranjeros, y sin besito de cariño de por medio.

La Batalla de Isandlwana, librada en 1.879, y pintada por Charles Edwin Fripp. En dicha batalla, el etnocentrismo inglés le jugó una mala pasada a los británicos: zulúes armados con lanzas aplastaron sin problemas a los soldados ingleses, en uno de los peores desastres de la historia colonial británica.

El problema es que para 1.885, ya no quedaban más territorios que repartir. La Conferencia de Berlín de dicho año consagró un orden africano en donde todos los países del continente negro sabían con claridad a qué potencia colonial de las varias en existencia, debían apresurarse en ir a besar las patitas; en otros continentes, por su parte, ya se había implantado un cierto status quo territorial. Ya no habrían nuevas aventuras coloniales españolas en América, por ejemplo, como la vergonzosa campaña de 1.865 y 1.866. A partir de entonces, no quedando más mundos por conquistar, era inevitable que la caldera empezara a acumular presión.

El que mejor vio la situación con claridad fue Otto von Bismarck, el Canciller de Prusia que fue artífice en la creación del Imperio Alemán en 1.871, formado a base de trapear el suelo con los daneses primero, los austríacos después, y los franceses al último. Bismarck sabía que todas las potencias se la tenían jurada, así es que es montó una red de alianzas, el núcleo de la cual fue la llamada Triple Alianza formada por Alemania, Austria e Italia, llamados también los imperios centrales porque todas eran monarquías, y todas eran tan centroeuropeas que no hubieran desentonado en lo absoluto dentro de una película de Hayao Miyazaki. Miedosos, franceses e ingleses que habían venido peleándose desde la época de Enrique II de Inglaterra e incluso Guillermo el Conquistador, decidieron que era mejor pararle los pies a los germanos, y se pusieron de acuerdo. Francia por su parte buscó y consiguió la amistad de Rusia. Así se formó su propio trío, llamado en castellano el Triple Entendimiento; pero como todo suena más sexy en francés, se lo llama la Triple Entente.

Parte importante de la trifulca vino dada por la decadencia imparable del Imperio Otomano, llamado con cariño el hombre enfermo de Europa porque era mantenido con vida únicamente para servir al interés del amigo de turno. Ningún europeo quería que Rusia llegara al Mar Mediterráneo, y si eso significaba financiar al sultán de Estambul, pues se lo financiaba. Pero nada impidió que las naciones eslavas de los Balcanes decidieran emprender guerra de independencia tras guerra de independencia tras guerra de independencia, desde la cual surgieron varios países que, por supuesto, se transformaron en otros tantos peones de las potencias europeas de verdad. Los eslavos odiaban tanto a los turcos como a los austríacos, y no querían salir de las manos otomanas para ir a parar a las del Imperio Austrohúngaro, de manera que los movimientos nacionalistas fermentaron como con levadura. Por lo tanto, cuando Serbia fue independiente, les pareció razonable firmar un pacto con Rusia. A partir de entonces, el destino de Europa quedó sellado: más tarde o más temprano, Austria iba a hacer un movimiento de más en los Balcanes, Rusia iba a intervenir, las alianzas se iban a activar, y Europa y por extensión el mundo entero iban a irse a... la guerra. Pero antes, veamos el dramatis personæ del asunto. Con varias águilas de por medio, sintomáticamente, porque tal era el símbolo heráldico de varias monarquías europeas.

Escudo de armas del Imperio Zarista.

Alemania: El aristócrata. Durante la Edad Media fue una colección de feudos y ciudades libres apenas gobernados por un Emperador, y cuando la dinastía Habsburgo se mandó cambiar de Alemania (tras la Guerra de los Treinta Años y la Paz de Westfalia de 1.648) para encastillarse en Austria, se transformó en la tierra de nadie. Por tanto, durante cerca de cuatrocientos años desde el Renacimiento en adelante, fue el territorio preferido para las paradas militares extranjeras con intercambio de disparos. A tono con el nacionalismo romántico del siglo XIX, los revolucionarios de 1.848 trataron de crear una república alemana unida; créase o no, la Alemania del Romanticismo era una nación tremendamente liberal, y gentes como el libertario Beethoven, el socialista Wagner (en su juventud, porque se volvió facho en su vejez) o el rojo Marx, no eran casos inusuales. Después Otto von Bismarck unificó Alemania a nombre de los junkers prusianos, y los liberales y socialistas prefirieron salir corriendo; lo que quedó, se transformó en la Alemania autoritaria, mecanizada y estandarizada que responde al estereotipo actual.

Francia: El cosmopolita. Francia fue uno de los primeros Estados en el moderno sentido de la palabra, y el más sólido. Tanto, que aguantó la Revolución Francesa y la decapitación a mansalva de toda su clase dirigente sin resentirse en lo más mínimo, luchando casi un cuarto de siglo a capa y espada literalmente contra toda Europa, y aún así arreglándoselas para mantener las fronteras territoriales de 1.792 en el Congreso de Viena de 1.815, en vez de acabar descuartizada en millones de pedazos. En el siglo XIX, Francia fue una nación iluminada, y París se transformó en la Ville-Lumière, la Ciudad Luz, un lugar tan cosmopolita que incluso hasta el chileno Vicente Huidobro la honró dándose una vuelta por ella, una vez que la Primera Guerra Mundial hubo terminado, eso sí, porque durante la misma no hay agallas para tanto. En lo político, después de la debacle de 1.871 en donde las tropas alemanas hicieron turismo por París a punta de bayoneta, se transformó en la Tercera República, un engendro lleno de políticos inútiles que por su número, a lo menos, se compensaban la inepcia los unos a los otros y permitían seguir manteniendo el sistema en pie. Un puñado de naciones hispanoamericanas han seguido el ejemplo desde entonces, con mayor o menor fortuna, claro, algunas incluso hasta con monarquía de por medio, sólo por llevar la contraria.

Inglaterra: El estirado. La cuna de la Revolución Industrial perdió un imperio completo con la independencia de las Trece Colonias en 1.776, y ganó un imperio completo con la unificación casi completa de la India con la conquista de Delhi en 1.804. Poseía la escuadra más poderosa del mundo, en una época en donde escuadra significaba poderío marítimo y no equipo de fútbol, y eso que el fútbol es invento británico. Los recursos saqueados sin misericordia a los arcones de rajás y templos de la India financiaron la Revolución Industrial, con la ayuda inestimable de yacimientos de carbón y hierro que les permitieron fabricar acero a un ritmo que sería la envidia de Sid Meier. Desde la trapeada de piso que el Duque de Wellington hizo con Napoleón Bonaparte en la Batalla de Waterloo en 1.815, los ingleses se habían abstenido de intervenciones militares a pata, con el muy visible fiasco de la invasión contra Crimea de 1.856, y habían preferido confiar en su poderío marítimo, además de un sistema financiero que les permitió ganar la Guerra del Pacífico y apoderarse de todo el salitre mundial sin soltar ellos personalmente ni un solo tiro. Toleraban a los socialistas que respetaran el five o'clock tea, como Herbert George Wells, pero odiaban a los sodomitas, a quienes enviaban a la cárcel y a trabajos forzados, como a Oscar Wilde.

Austria: El paternalista. El moderno Imperio Austríaco nació gracias a las vigorosas gestiones de María Teresa de Austria en el siglo XVIII, sobre las cenizas del Sacro Imperio Romano Germánico; después recibió paliza tras paliza tras paliza de Napoleón Bonaparte, su canciller Metternich diseñó el orden del Congreso de Viena en 1.815, y a partir de entonces todos fueron traspiés. Austria controlaba en los hechos la federación de naciones alemanas, además del norte de Italia, pero los dos movimientos de unificación la lastimaron de manera casi mortal. Tanto, que en la gran insurrección nacionalista de 1.867 debió convertirse en Imperio Austrohúngaro para que los húngaros se pasaran de bando y los ayudaran a mantener a raya al resto de los revoltosos. Viena, la capital de Austria, era una ciudad cosmopolita en donde confluían tipos tan refinados como Richard Strauss, o tan sórdidos como Sigmund Freud. El resto del país era una campiña idílica, la clase de territorio por el cual era muy agradable pasear tropas en plan Diplomacia o Risk; de todas maneras, Austria la tuvo fácil peleando contra los incompetentes italianos y los corruptos rusos, de manera que acabaría perdiendo la guerra más por chanfle de verse arrastrados en la cruzada alemana, que por otro motivo.

Rusia: El decadente. Rasca un ruso y debajo encontrarás un tártaro, solía decirse. Los rusos venían siendo Europa, pero la de medio siglo atrás, cualquiera fuera el año. Pedro el Grande intentó occidentalizarla a inicios del siglo XVIII, Catalina la Grande intentó modernizarla a finales del mismo, pero luego la rebelión liberal de Diciembre de 1.825 fue aplastada, y satisfechos de sí mismos, los aristócratas rusos se transformaron en una burocracia corrupta y decadente, tanto que un charlatán con delirios místicos como Rasputín pudo hacer carrera y arreglárselas para cargarse al imperio él solito, con sus malos consejos. A mediados del siglo XIX, los rusos lanzaron una ofensiva imparable masacrando a janato tras janato tras janato, reunificando la estepa rusa por primera vez desde los tiempos de Tamerlán en el siglo XV. Pero hasta ahí llegaron. Cuando intentaron salir al mar por el Mediterráneo, se lo impidieron los turcos y los británicos. Cuando lo intentaron por Afganistán, se lo impidieron los afganos y los británicos. Cuando lo intentaron por China, se lo impidieron los británicos, y los chinos no porque el Celeste Imperio en esos años iba para marrón oscuro. Al final lograron un puesto de importancia en Vladivostok, hacia el Océano Pacífico, una base naval con su mar congelado seis meses al año. Y todo eso, sólo para sufrir la humillante derrota de la Guerra Ruso Japonesa de 1.905, que desató a su vez la Revolución de 1.905 que estuvo a punto de tumbar a los zares. Nadie se extrañaba mucho por tanto que Rusia hirviera de comunistas y nihilistas. Es decir, nadie que no fuera Karl Marx, quien pensaba que la revolución proletaria iba a llegar por una hipertrofia del industrialismo en las naciones más avanzadas, no en un país tan atrasado que hasta la España de la época podía presumir de ser más liberal.

Italia: El perdedor. Desde la unificación italiana, la constante italiana es perder hasta cuando iban ganando. Aunque la unificación fue en 1.860, Roma no cayó sino hasta 1.870 porque el Papa era sostenido por los franceses, que no querían un Estado italiano firme al otro lado de los Alpes. Los franceses retiraron a sus tropas de Roma para defender París de los alemanes en 1.870 (en vano), los italianos conquistaron Roma... y siguió sin existir un Estado italiano firme al otro lado de los Alpes. La industrialización llegó de manera tardía y sólo al norte del país. De ahí que Italia le haya entregado un par de grandes legados al siglo XX: los atrasados centro y sur nos legaron el cine neorrealista y el de Fellini (¡y Sophia Loren!), y el más industralizado norte nos legó el Fiat 600. Entraron a la Triple Alianza un poco porque en alguna parte había que entrar. En 1.896 intentaron construirse su propio imperio colonial, invadieron Etiopía, y los guerrilleros etíopes armados con lanzas y escudos de madera le dieron una paliza a los italianos armados con rifles y pólvora, aunque ayudados por el terreno montañoso, todo sea dicho. En 1.912 los italianos por fin consiguieron un dominio colonial: conquistaron Libia. Aunque tratándose de un país que en esencia es un arenal, basta con apoderarse de Trípoli y Bengazi, y ya puede darse el país por conquistado. Al menos, dicha guerra marcó un hito en la historia bélica mundial: los italianos realizaron el primer bombardeo aéreo de la historia, cuando lanzaron bombas desde un aeroplano. Con la mano, porque las compuertas de dejar caer bombas no se habían inventado todavía.

Una sombrerera en los Campos Elíseos, pintada por Jean Béraud.
Supongo que todos han visto esos dibujos animados en los cuales el gato de turno pone una tonelada de ratoneras, y al caer en su propia trampa, todas se activan al mismo tiempo. Bueno, eso fue la Primera Guerra Mundial. Europa entera era un campo de ratoneras listas para saltar. La primera que saltara, era meramente coyuntural. El caso es que ésta fue el asesinato de Francisco Fernando, el Archiduque de Austria. Por un motivo u otro, porque en esto las teorías conspiranoicas nunca faltan, el caso es que una asociación terrorista nacionalista serbia llamada la Mano Negra se las arregló para cargarse al Archiduque, durante una visita a la ciudad de Sarajevo, capital de Bosnia (Serbia y Bosnia tienen una historia complicada, dejémoslo así). El gobierno de Austria, ni corto ni perezoso, envió a Serbia el Ultimátum de Julio, con diez puntos, escrito de manera intencionada para que Serbia no lo aceptara y desatar así la guerra. Juzguen por ustedes mismos. El punto cuatro incluía la remoción de todos los funcionarios públicos que dictara el gobierno austrohúngaro, mientras que el punto cinco incluía que Serbia aceptara representantes del gobierno austrohúngaro para la supresión de movimientos subversivos, y el punto seis significaba autorizar a la policía austrohúngara para operar en Serbia. Pero Serbia era Serbia, no una república latinoamericana de opereta, de manera que dijo no. En respuesta, Austria declaró la guerra. ¿Lo divertido del asunto? Todo esto pasaba en las altas esferas, y nadie más allá en el grueso público tenía la más borracha idea de que estaba estallando el conflicto más dantesco que la Humanidad iba a vivir hasta ese minuto. Por ejemplo, cuando el subdirector de la agencia periodística Reuter recibió un cable al respecto, pensó que era el resultado de una carrera de caballos. Es decir, que un cable que decía SARAJEVO FERNANDO ASESINADO, el caballo que había llegado en primer lugar era Sarajevo, segundo lugar para Fernando, tercero para Asesinado...

El caso es que Rusia era aliada de Serbia, de manera que al ir Austria a la guerra contra Serbia, Rusia fue a la guerra contra Austria. Alemania era aliada de Austria, así es que fue a la guerra con Rusia. Y Francia e Inglaterra eran aliados de Rusia, así es que fueron a la guerra contra Alemania y Austria. Turquía era aliada de Alemania y Austria, así es que... no creo necesario detallar cómo es que entraron a la guerra un montón de otros países. Valga decir que es como Game of Thrones, pero con el glamour de la Belle Epoque. Una de las más significativas excepciones fue Chile, país al que se le pidió declarar la guerra, sólo para encontrarse con la socarrona respuesta del Presidente Ramón Barros Luco: "No hay que meterse en peleas de familia", aludiendo claro está a que todos los monarcas europeos eran parientes entre sí. De este manera el mundo entero menos Chile (por la inercia de su Presidente) y la Guillermocracia (que no existía hace cien años) se lanzó de cabeza a un armagedón tan devastador, que fue llamado durante muchos años la Gran Guerra a secas. Qué poco sabían, que después iba a llegar otra más, la Segunda Guerra Mundial, que en términos de desastre fue peor, pero que es más cinematográfica porque en ella los malos son los nazis.

En la próxima entrega de Generación GM: La sangrienta gesta de 1.914.

Sacando a un herido de las trincheras durante la Primera Guerra Mundial, en una obra de Gilbert Rogers, pintada cerca de 1.919.

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