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miércoles, 7 de mayo de 2014

Temporada 2 de "House of Cards": La carnicería de Maquiavelo.

Extermina, extermina, que algo queda.
En 2.013, la gran serie revelación fue sin lugar a dudas House of Cards. Serie que en 2.014 no ha hecho sino consolidarse, hasta el punto que incluso si es que el resto hacia adelante fuera desbarrancarse abajo, ya las dos temporadas emitidas permiten calificarla como una de las más grandes series televisivas de la década. House of Cards tiene todo lo que Game of Thrones debería haber tenido en primer lugar, sólo que cambiando una ambientación de espadas y dragones por Washington D.C.: guiones en donde ninguna línea está entregada al azar, un claro derrotero del rumbo a imprimir para la serie, y personajes que tienen todos una marcada importancia para la trama a pesar de su enorme cantidad.

En este comentario trataremos en la medida de lo posible de no mandarnos ningún spoiler sobre la segunda temporada. Sin embargo, es inevitable referirse al final de la primera, ya que los eventos de la segunda arrancan de la presentación de un importantísimo personaje, a finales de la anterior. Además, nos mandaremos un spoiler realmente gordo acerca del capítulo 1 de la segunda temporada. De manera que si no han visto la segunda temporada y están planeando hacerlo... no sigan adelante.

Detrás de todo gran hombre hay una Lady Macbeth.

Al final de la primera temporada dejábamos a Frank Underwood convertido en Vicepresidente con la bendición del Presidente Garrett Walker, que al fin le cumple la promesa a Underwood cuyo quiebre motivó toda la escalada de la serie; recordemos que todo partió cuando Frank Underwood no fue nombrado Secretario de Estado, porque era más útil en el Congreso. Pero además dejaba a Frank Underwood enfrentado contra Raymond Tusk, un empresario recluso que, sorpresa, ha estado moviendo a Frank Underwood como su propio peón a la vez. Ahora, si Frank Underwood quiere mantener su influencia y sobrevivir, debe arreglárselas para destrozar la amistad y alianza de Raymond Tusk con Garrett Walker. La batalla entre las dos voluntades de acero, la de Tusk y la de Underwood, ha comenzado.

Si la primera temporada se perjudicaba a sí misma alargando las intrigas y contraintrigas a veces de manera un tanto artificiosa, casi por el gusto de rellenar capítulos, la segunda es mucho más compacta. Algunas tramas de la primera temporada se resuelven de manera muy chapucera, como por ejemplo la investigación periodística descabezada de inmediato con el asesinato puro y simple de Zoe Barnes (el spoiler del capítulo 1 de la segunda temporada que mencionábamos). Pero a cambio, el eliminar tramas paralelas permitió enfocar la segunda temporada casi en su totalidad sobre el duelo entre Underwood y Tusk. Hay algunas otras tramas paralelas que a ratos parecieran no tener mucho peso, como por ejemplo el trabajo de Christine en la Casa Blanca, pero al final cada detalle es una hebra que confluye hacia el gran final. Incluso las tramas descartadas. El único añadido que no parece aportar nada a la trama es la relación turbulenta entre Doug Stamper, el asesor y matón de Underwood por un lado, y Rachel la prostituta metida en el lío de la muerte de Peter Russo; ayuda a colorear a uno de los personajes más simpáticos y carismáticos de la serie, cierto, pero en el cuadro general, dicha trama al final no termina de confluir con el resto. Salvo que tengan planes de seguir esa trama en la tercera temporada y hacer estallar la bomba respectiva en el escritorio de los Underwood.

Promoción de la segunda temporada: ESTRELLA. Resultado después del capítulo 1: ESTRELLADA. Literalmente.

Una mejora importante de la serie es que los personajes han ido aprendiendo y evolucionando con el tiempo. En la primera temporada, muchos de ellos se dejaban sorprender y manipular por Frank Underwood en parte por desconocimiento de la persona que tenían al frente. En cambio ahora Frank Underwood es mirado con mayores reservas; nadie le puede probar nada ni nadie está en posición de atar todos los cabos, pero a varios personajes les cae la teja de que Frank Underwood es un área de desastre ambulante, que en donde él está metido las cosas salen mal, y por lo tanto el hombre es bastante más turbio de lo que parece, aunque nadie pueda probarlo a ciencia cierta.

Uno de los aspectos más terroríficos de la segunda temporada se relaciona con esto. Varios personajes aprenden a lidiar con Frank Underwood, y le ponen mucho más difíciles sus victorias... excepto Garrett Walker. A pesar de venir advertido desde el final de la primera temporada acerca de Frank Underwood, el Presidente de los Estados Unidos a lo largo de la mayor parte de la temporada, resulta ser un pobre diablo, débil e indeciso, que sigue considerando a Frank Underwood a pesar de que éste le está saboteando la Presidencia a ojos vista. Parece inconcebible por parte de nada menos que el Presidente de Estados Unidos... hasta que reparamos en por qué Walker llegó a ser Presidente en primer lugar. Porque la serie deja bien en claro que Walker no ha llegado a ser el líder del mundo libre por su gran liderazgo, su agudeza intelectual o alguna noble visión de estadista, sino por todo lo contrario, por ser el pelele que iba pasando por ahí, y que era útil a los planes de Raymond Tusk. O de cómo la Gran Economía pone en los puestos políticos a los imbéciles que les conviene.

Hola. Soy el Presidente de los Estados Unidos, y llegué a serlo porque soy un tonto útil y manipulable.

A la vez, Raymond Tusk se opone a Frank Underwood no por una diferencia de visiones políticas o divergencias respecto de una visión estratégica de largo plazo acerca de hacia dónde debe marchar Estados Unidos durante la próxima centuria, sino con el objetivo cortoplacista de continuar por los siguientes ocho años sus negociados sin perturbaciones. Es decir, la captación de la política por la economía a la más grande escala posible: la de la democracia con mayor poderío militar del planeta. Poderío militar que va a ser un punto clave dentro de la serie, dicho sea de paso, cuando cierta crisis internacional termine teniendo sus aristas ocultas para todo el mundo, excepto para los jugadores del juego del poder, y nosotros los espectadores.

Raymond Tusk es con mucho el enemigo más temible contra quien se ha enfrentado Frank Underwood. Lejos de robarse la escena con aires de supervillano, es un hombre opaco y en apariencia sencillo. En sus primeras apariciones sabemos que es un hombre turbio, pero aún le concedemos un cierto espíritu deportivo. Ya promediando la serie, descubrimos que en realidad su posición de persona sencilla que es feliz viviendo con lujo pero sin refinamientos, en realidad es una pose. Una manipulación. Raymond Tusk trata de convencer a los demás de que es un hombre razonable y de un carácter que no representa ninguna amenaza, pero todo esto es una manera de conseguir que la gente con la que trata, baje la guardia. Si no lo hacen, Tusk entonces muestra su verdadera cara, como un monstruo amoral e insensible que hará todo lo que esté a su alcance para aniquilar a quien se le cruce en el camino, aunque sea su amigo desde hace más de veinte años. Porque Raymond Tusk es un hipócrita amigable pero que no tiene amigos: sólo tiene peones.

Raymond Tusk vs. Frank Underwood: El hombre sin amigos contra el peón que quería ser rey.
 El enfrentamiento entre Frank Underwood y Raymond Tusk además tiene un sello interesante. Es el enfrentamiento del dinero bruto contra el poder y la influencia. Tusk confía en sus reservas monetarias para luchar, mientras que Underwood confía en la manipulación de personas. Underwood lo expone de manera clara: el dinero confiere y es una fuente de poder, pero no es el poder mismo. El manejar las instituciones políticas desde el interior y a capricho permite controlar las leyes y políticas que repercutirán en el ganar o perder dinero. En definitiva, pareciera ser que la moraleja aquí es que no basta tener mucho dinero, sino que se debe saber cómo influir en la política a partir de ese dinero, para transformarlo en una posición sostenible en el tiempo. Es la misma diferencia entre un ejército que se basa en la fuerza y brutalidad de sus soldados, versus un ejército con mayor flexibilidad estratégica; en un choque puro y duro gana el primero... pero el segundo tiene opciones de evitar el choque puro y duro, y llevar la lucha hasta su terreno. Tusk confía en que su poder monetario le permitirá arrojar la economía a la bancarrota si fuere posible, mientras que Underwood confía en que Tusk nunca tendrá la oportunidad de usar dicho poder en primer lugar.

La serie sigue teniendo un sello refinado que le entrega una prestancia muy superior al resto de las series. A diferencia del thriller corriente de Hollywood, acá las cosas se resuelven con manipulaciones y conversaciones de pasillo, sin escenas de acción. El recurso a la fuerza, el atentado u homicidio, es solamente la carta final, una que se utiliza de manera muy extrema, con muchas precauciones, en parte porque una investigación por asesinato puede llevar a la caída del asesino, y en parte porque todos los personajes, por muy incómodos que sean, tienen algún valor como peones. Para muchos, puede parecer que House of Cards es una serie aburrida porque carece de las típicas argucias del thriller. En este punto debemos recordar que House of Cards no es una serie para tontos. Se puede ser inteligente y no disfrutar House of Cards por un cúmulo de razones, pero es imposible ser tonto y disfrutarla, porque el nivel de refinamiento de los argumentos, diálogos y conversaciones es suficiente como para desbancar al espectador que no tiene la mirada atenta ante todo lo que está pasando y la nube de personajes que se están moviendo en una dirección u otra, algunos de los cuales han tenido apariciones fugaces en la primera temporada y regresan a otras apariciones fugaces, pero claves, en la segunda. Porque cuando en un thriller político como éste, uno de los puntos principales de la serie gira en torno al dramatismo de que se acaben las reservas de samario de Estados Unidos, hemos cruzado una barrera de manera oficial. Debe ser la primera vez que un elemento químico distinto del hidrógeno o el oxígeno aparece mencionado en una serie televisiva, y aunque el tema parezca incluso menos dramático que las reservas de agua de Bolivia en Quantum of Solace, lo cierto y que muy poca gente sabe más allá de los círculos estratégicos, es que el samario y otros minerales llamados tierras raras por una razón, se han transformado en piezas claves de la economía mundial, debido a su uso masivo en los actuales circuitos electrónicos. Lo dicho, House of Cards no es una serie para tontos.

Esta conversación es sobre materias mucho más pedestres que la noble visión de hacia dónde debe marchar Estados Unidos durante la próxima centuria.

Tampoco House of Cards es una serie para gente corazón de abuelita. House of Cards no se trata del heroísmo llevado a la política. No es Caballero sin espada o Lincoln, en donde el héroe debe enfrentarse a un sistema corrupto hasta la médula para conseguir un objeto políticamente noble. Hay gente que se desconecta de House of Cards porque los verdaderos héroes terminan fritos de manera rutinaria, por enfrentarse a un sistema demasiado grande para ser tumbado. En cuanto a los dos grandes oponentes de la segunda temporada, ¿qué más da quien gane? Por debajo de sus diferencias superficiales, por debajo de la disparidad de caracteres, bombástico Underwood y mortecino Tusk, es claro que la política seguirá como siempre, gane quien gane. House of Cards es una serie para gente que se atreve a mirar la vida de frente, no es un opiáceo para el espectador. A todos nos gusta ver historias en donde el bien se enfrenta contra el mal y al final el bien gana, pero la vida no funciona así. En la vida todos, quién más o quién menos, vela por sus propios intereses, y la única gran diferencia es qué umbral está la persona dispuesto a atravesar para llegar a la satisfacción de esos intereses. Dentro de un ámbito político, y con claves del thriller de conversación de pasillo, House of Cards es una serie que retrata esa naturaleza.

Por eso, House of Cards debería ser vista con un espíritu más o menos brechtiano. No es una serie para identificarnos con los personajes, sino para reflexionar sobre ellos. No es una serie que apele al corazón sino al cerebro. Lo que hace especialmente peligrosos los rumores que han surgido por ahí, acerca de que hay políticos que consideran a House of Cards como su serie favorita. Sería espantoso que lo fuera no por hacer un mea culpa, sino para aprender nuevas mañas y tretas con las cuales seguir haciendo la terrible política de siempre. O peor aún, porque consideran a Frank Underwood como su héroe personal, en vez de verlo como lo que en realidad es: un villano casi más allá de toda redención posible.

Señor Presidente, todo el mundo le advierte en mi contra, incluso su propio instinto, pero siga escuchando mis consejos y dándome su amistad mientras yo socavo su Presidencia para quedarme con su puesto.

4 comentarios:

Oliverio Graelent dijo...

Para mí la serie sí tiene un mensaje muy positivo; nos hace preguntarnos cuáles son los límites de la democracia. Hemos sacralizado la democracia como la quintaesencia de un orden social pacífico: cualquier asunto que sea decidido democráticamente cuenta ipso facto con una presunción de legitimidad social. Pero cuando las constituciones son tremendamente laxas y difusas a la hora de establecer restricciones al poder político, de facto les estamos otorgando a nuestros gobernantes un poder cuasi absoluto: autócratas en potencia. La práctica totalidad de los ciudadanos han hecho oídos sordos contra tales advertencias porque, en el fondo, aspiraban a instrumentar ese enorme poder en su propio beneficio ideológico: mientras únicamente se recortaran las libertades económicas —impuestos, regulaciones comerciales, aranceles, inflación, emisión de deuda pública, provisión pública de la educación, mandato obligatorio de sanidad, etc.—, y hubiera mucho gasto social, no parecía haber ningún problema en que “el pueblo” hablara para imponer su voluntad a todas y cada una de las personas que componen nuestras diversas y heterogéneas sociedades. Si la democracia impulsa abrumadoramente al poder a un líder populista, ¿debemos subyugarnos mansamente a sus caprichos por el mero hecho de que proceda de las urnas o, en cambio, deberíamos exigir una estricta limitación del poder de los políticos (y de la política) para que su margen de actuación quede absolutamente contingentado y subordinado al respeto de las libertades individuales?
Ése es el dilema que implica el servilismo ante el avance del poder estatal a cambio de tener una niñera que cuide de nosotros: o acatar los deseos de la mayoría o exigir a la mayoría respeto a la libertad de las minorías. Al fin y al cabo, la convivencia pacífica en sociedad no es que las mayorías tengan el derecho a imponerse arbitrariamente sobre las minorías, sino que las mayorías se sientan obligadas a respetar a las minorías y viceversa. La soberanía sobre nuestra libertad personal no debería depender del arbitrio amoral de la mayoría, sino del escrupuloso respeto de cada uno hacia los demás. Y el pesimismo extemo de la serie es una herramienta para que el espectador piense así. En ese sentido, me parece muy positivo.

Guillermo Ríos dijo...

El tema es complicado, y no creo que haya quien tenga la sapiencia suficiente para dar una respuesta que podamos considerar como definitiva. La cuestión es que la evidencia histórica ha sostenido de manera porfiada y reiterada, que un Estado relativamente fuerte es la mejor manera de mantener un cierto orden social; énfasis en relativamente porque llevado a su exageración patológica nos encontramos con el totalitarismo, y ya sabemos hacia donde lleva eso. Es cierto que el Estado puede ser una peste en muchas cosas, pero cuando la alternativa es la anarquía, la guerra civil y la ley del más fuerte, pues pareciera ser que es un compromiso razonable. Y dentro de las formas de organizar al Estado, argumenté que la democracia es la menos mala en el posteo Democracia y mala clase, hace su par de años ya.

El problema del constitucionalismo es que siempre hay una divergencia, más o menos grande a según la sociedad y la época, entre el texto escrito y literal de la Constitución por un lado, y su aplicación práctica por la otra. Un ejemplo glamoroso es que después de la Guerra Civil de Estados Unidos se dictaron leyes y enmiendas constitucionales para darle igualdad de derechos a los negros... y luego, la misma aplicación práctica de esas leyes y enmiendas constitucionales condujo a que tales garantías fueran papel mojado durante el siguiente siglo por lo menos.

En una convivencia democrática, debería haber un equilibrio entre la libertad personal propia, y la libertad personal de los demás, que por lo general se traducen en deberes. Reducir al Estado por el dogma de que el Estado es malo sólo conduce a que los más poderosos usen sus libertades para aplastar a los más débiles. Por supuesto, el Estado mismo puede ser el opresor más grande de todos, pero tampoco es cierto que menos Estado sea igual a más libertad personal de manera automática.

Oliverio Graelent dijo...

No lo veo tan claro; la frase "relativamente fuerte" sirve de varita mágica para tranquilizar conciencias, pero poco más. Es tan difícil precisar que es concreta y exactamente lo que significa que en la práctica resulta una tautología. ¿Buena separación de poderes? En el país de la acción hay una separación que sin ser perfecta es una de las mejores del mundo (y la envidia de nuestros países) y ya vemos cómo las gastan. De hecho el poder del protagonista dimana de su talento como fontanero del congreso y sólo en un país con muy buena separación de poderes son tan útiles estos talentos; precisamente porque hay que tenerlos para maniobrar en política. Un buen servicio de la serie es el mensaje de "no te confíes de la buena separación de poderes, porque siendo indispensable y muy necesaria no es suficiente" un modo de pensar muy democrático. Pero sólo en una sociedad abierta puede tener lugar.
Y mejor aún la manera en que desmonta el Gran Mito Sacrosanto del siglo XX: la falsa creencia (admitida como axioma) de que "poner algo en manos del estado es ponerlo en manos del pueblo" para decirle al espectador: "Poner algo en manos del estado es ponerlo en manos de los políticos, que no es lo mismo". Y ese también me parece un mensaje muy democrático...y muy necesario para tumbar ese tabú. Siempre se considera incuestionable que el estado=pueblo mientras haya un estado democrático, legítimo, y no tiránico. En la serie lo hay, y sin embargo vemos que precisamente por esa democracia legítima y no tiránica, los políticos viven como señores cuasi feudales. Y que su poder dimana precisamente de la fe del carbonero en el concepto de que "poner algo en manos del estado es ponerlo en manos del pueblo". Lógicamente necesitan un estado no tiránico y legítimo para conservar ese privilegio;la misma legitimidad democrática y no tiránica del estado es lo que les permite hacerlo. Y mientras esa fe sagrada y ciega en que poner algo en manos del estado siempre será ponerlo en manos del pueblo no sea cuestionada jamás los políticos seguirán aprovechando esa fe ciega. Y no hay nada más democrático que cuestionarla. Eso es lo que me parece mejor de la serie: demostrar que no es cierto que más estado sea más libertad personal de manera automática.

Guillermo Ríos dijo...

No hay ningún sistema político perfecto o a prueba de errores, y la democracia tampoco lo es. La democracia funciona en tanto haya un relativo equilibrio entre todos los actores sociales, pero siempre los que tienen un gramito de ventaja intentarán rentabilizar ese gramito para multiplicarlo, adquirir más poder, y al final, ahogar el sistema.

Ningún teórico en la actualidad entiende la separación de poderes como un absoluto. De lo contrario, se llegan a absurdos como lo que ocurría con el Derecho Administrativo en la Francia de la primera mitad del siglo XIX, en donde los tribunales se negaban en redondo a fiscalizar los actos administrativos, argumentando justo eso, que dicha fiscalización atentaba contra la independencia del Ejecutivo respecto del Judicial. Por eso es que las democracias han evolucionado hacia un sistema de balances y contrabalances, en donde cada poder vigile a los restantes y a su vez es vigilado por éstos.

No creo que debamos ser tan cínicos respecto de la idea de que poner algo en manos del Estado, es sinónimo de ponerlo en manos del pueblo. Eso depende, por supuesto, de que existan los adecuados controles sobre los gobernantes. Si el único control es votar cada X años, y luego dejarles las llaves del Palacio Presidencial y el Parlamento para que hagan y deshagan hasta la siguiente elección, por supuesto que todo terminará transformándose en una tiranía de la burocracia. Pero, claro está, los menos interesados en promover mecanismos de control a los políticos son, justamente, los políticos...

No sé si la moraleja final de la serie es que más Estado significa más tiranía. Después de todo, el campo de visión de la serie es la trastienda de Washington. En la serie no vemos a los pequeños ciudadanos vivir su día a día, que de seguro sigue igual que siempre, ajenos a las maquinaciones de Washington porque su vida no cambia demasiado. Es cuando esas maquinaciones los pescan en la rueda de moler, como al tipo que era dueño del restaurante, que las cosas se vuelven complicadas. Aunque ahora que la gente se aburrió de la política de siempre y eligió a Donald Trump...

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