miércoles, 21 de mayo de 2014

Fredegunda versus Brunequilda: Un juego de tronos franco (1 de 2).

Chilperico I en un vitral del siglo XV. Se ve imponente, pero será un dominado por su amante que se las arreglará para cargarse a su esposa.
Un camino fácil para escribir una dantesca historia de intrigas políticas mezcladas con guerras épicas, es multiplicar el número de los contendientes. El hobbit de J.R.R. Tolkien parte con la historia de una brigada de enanos dispuestos a cargarse un dragón para birlarle el tesoro, pero remata en una batalla entre cinco ejércitos distintos. George R.R. Martin elevó esto a la enésima potencia, montándose un juego de tronos con siete grandes casas dinásticas, las cuales a su vez están integradas por varias facciones, subfacciones, contrafacciones, recontrafacciones y metafacciones que en general sirven de maravillas para desorientar al lector o espectador. Y sin embargo, ninguno de ellos se ha inventado nada. No por nada, los llamados universos de Fantasía Medieval se inspiran en... la Realidad Medieval, justamente. Ya hemos comentado en la Guillermocracia las conexiones entre la Tierra Media y la cosmovisión anglocéntrica de J.R.R. Tolkien. También hemos comentado sobre cómo la Guerra de las Rosas suele ser considerada el verdadero Juego de Tronos. Pero hay pocos juegos de tronos históricos tan bestiales como el que enfrentó a Fredegunda contra Brunequilda, dos reinas francas de armas tomar, cuyo duelo ensangrentó a varios reinos francos durante el siglo VII d.C. Y cuya historia es tan cruel, desalmada y sanguinaria, que no podemos dejar de narrársela a los lectores de la Guillermocracia, pero únicamente por propósitos edificantes, para enseñarles que ustedes nunca hagan esto en sus casas. Lejos de nosotros la intención de alimentar el morbo de nuestros lectores; para eso ya existen los canales de televisión y su festín en torno a terremotos e incendios apocalípticos.

Recapitulemos. En la época del Imperio Romano, los francos eran algunas tribus repartidas más allá de las fronteras; cuando el Imperio se debilitó, los francos se lanzaron encima de la Galia y le dieron su nombre actual de Francia. El más poderoso de los reyes francos fue Clodoveo, quien a su muerte en 511 controlaba el grueso de los territorios desde el río Rin hasta los Pirineos. Siguiendo la costumbre de las tribus germánicas, Clodoveo dispuso que después de su muerte, su reino se repartiera entre sus hijos; uno de ellos, Clotario, a la sazón de unos catorce años, salió el más listo, con más empuje, o simplemente con más suerte, y consiguió reunificar todos los territorios francos en una interminable seguidilla de guerras que le ocuparon durante más de cuatro décadas. A los 57 años era rey único de los francos... sólo para fallecer poco después, en 561. El reino volvió a repartirse, ahora entre cuatro hijos: Cariberto I recibió París y toda la mitad occidental de Francia, Gontrán I recibió el este de Francia y el oeste de la actual Suiza, Sigeberto I recibió Austrasia (lo que actualmente la franja nororiental de Francia y una parte occidental de Alemania), y Chilperico I recibió Neustria (lo que actualmente sería parte norte de Francia y parte de Bélgica). Por si todo esto resulta demasiado confuso, la recomendación (aparte de ver un mapa, por supuesto) es mantener una idea capital en mente: iba a armarse la de Dios es Cristo.

Está bien, he aquí el mapa de la Galia en 561. En rosado al oeste, los dominios de Cariberto. En violeta al este, los dominios de Gontrán. En verde al norte, los dominios de Sigeberto. En amarillo muy al norte, los dominios de Chiperico. Poco después Cariberto muere y Sigeberto se queda con esas tierras. Abran esta imagen en una ventaña o pestaña aparte, porque garantizado que tendrán que volver a verla. Varias veces.

Hay otra cosa que debemos tener presentes. Los reyes francos en realidad eran bastante debiluchos. Aunque llamarla la Edad Oscura como se hizo durante mucho tiempo es una exageración, lo cierto es que la sociedad postromana no era lo que había sido bajo las águilas romanas. Los reyes tenían una cuota de poder, pero no tanta que pudieran sostenerse con facilidad por encima de sus vasallos. No existía lo que llamaríamos una administración unitaria o un servicio civil entrenado que gestionara el día a día del reino, ni un ejército profesional que lo defendiera de manera permanente, ni un sistema tributario centralizado que le permitiera hacer acopio de recursos; o mejor dicho estas cosas existían, pero de manera rudimentaria. Para cubrir esas necesidades, los reyes francos dependían casi al ciento por ciento de los hombres, dineros, armas, favores y servicios que les prestaran sus respectivos vasallos. Esto explica por qué la nobleza guerrera tenía una enorme capacidad de presión sobre los reyes francos; entre los francos, el rey podía terminar siendo un monigote peor que el Presidente de Estados Unidos en la temporada 2 de House of Cards. Y por nobleza guerrera nos referimos no solamente a caballeros de brillante armadura, sino también a mujeres de armas tomar. Porque las reinas de la época eran bravas, muy bravas, como pronto Fredegunda y Brunequilda lo probarían.

Apenas el cuerpo de Clotario estaba enfriándose, y ya sus hijos Sigeberto de Austrasia (el de los dominios francoalemanes) y Chilperico de Neustria (el de los dominios francobelgas) estaban enfrentados a muerte, tratando cada uno de conquistar al otro. La situación de Sigeberto mejoró notablemente cuando Cariberto, parece ser que amigo de la buena vida, terminó haciendo ¡hic! y engrosó el generoso listado de reyes francos fallecidos; Sigeberto se hizo con los dominios de Cariberto, por lo que sus dominios ahora iban de Alemania a los Pirineos, sólo que separados por Neustria por el norte, y los dominios de Gontrán por el sureste (vean el mapa de más arriba, por el amor de Charles Darwin, vean el mapa de más arriba). En otros términos, Sigeberto estaba en un pie similar a la Alemania después de 1.918, país que reclamaba por la existencia del llamado corredor de Danzing que separaba a Prusia del cuerpo geográfico principal de Alemania. La única solución era anexarse alguno de los dos reinos intermedios, cualquiera de ellos.

Aunque con sus dominios principales separados entre sí, Sigeberto era siendo el rey franco más poderoso, por el puro peso territorial. Así es que, consolidada su posición, Sigeberto envió una embajada a lo que actualmente es España, que a la sazón era gobernada por los visigodos, y más en concreto por su rey Atanagildo. Este se vio complacido de que el más poderoso señor franco lo quisiera por suegro, y más aún cuando le mostraron la lista de regalos, así es que alegremente se desprendió de su hija. Ella era Brunequilda, la primera que ingresa al escenario, de las dos protagonistas de nuestra historia.

Brunequilda viajó a Austrasia, y contrajo matrimonio con Sigeberto en 567. En la época los visigodos eran arrianos y los francos católicos, pero París bien vale una misa. Esta frase fue pronunciada por el rey Enrique IV de Francia un milenio después, pero bien vale aquí para propósitos semejantes. Así es que Brunequilda se convirtió. El muy católico obispo e historiador Gregorio de Tours lo escribe así: "Y a pesar de ser una seguidora de la ley de los arrianos ella fue convertida por la enseñanza de los obispos y la admonición del rey mismo, y ella confesó la Santísima Trinidad en la unidad, y creyó y fue bautizada. Y ella permaneció católica en el nombre de Cristo". Por cierto, según refieren los cronistas, Brunequilda era hermosa, por lo que hubiera copado las revistas de papel cuché, si éstas hubieran existido en ese tiempo; también era culta, lo que era más comentado por los cronistas medievales que cubierto por los periodistas de hoy en día.

Matrimonio de Sigeberto I y Brunequilda: lo nunca visto, una princesa de Hispania gobernando en Francia.

En cuanto a Chilperico de Neustria, el archirrival de Sigeberto, éste ya tenía una relación con una mujer llamada Audovera. Ignoramos si era matrimonio o mero ayuntamiento concupiscente, pero de que había carnalidad de por medio, la había, puesto que había varios hijos de por medio. Adelantemos que uno de ellos, llamado Meroveo, jugará un papel significativo más adelante. Pero mientras tanto, Chilperico decidió subirse el pelo para estar a la par de su hermano, y después de repudiar a Audovera (de la que volveremos a saber), pidió también la mano de otra hija de Atanagildo. Nunca hasta entonces las princesas nativas de Hispania estuvieron tan solicitadas, como se puede apreciar.

Honrado porque dos reyes francos hermanos pedían a dos hijas suyas, Atanagildo decidió enviar a Galswinta. El problema es que hubo un choque de caracteres entre Galswinta y Chilperico. Galswinta era la clase de chica que le anda reprochando cosas a su marido todo el santo día, mientras que Chilperico por su parte parece que era amigo de las fiestas atendidas por mucho vino y regadas con muchas mujeres. O regadas con mucho vino y atendidas por muchas mujeres, mejor dicho. Galswinta decidió exigirle a su flamante marido que echara a todas las mujerzuelas de palacio, y se quedara sólo con ella. Cositas de querer mandar más que el rey, en vez de integrarse festivamente a la vida sexual de éste, como la señora de Frank Underwood.

Es dudoso que Chilperico hubiera aceptado el ultimátum, considerando las costumbres de la época. Pero la cosa se ponía peor porque tenía una amante que lo tenía agarrado por toda su masculinidad. Esta amante era precisamente Fredegunda, nuestra segunda protagonista. Dicen las malas lenguas que Fredegunda era mujer de clase modesta, y que había principiado su carrera fregando pisos antes de ascender en la escala social a punta de darle acceso carnal al monarca. Fredegunda la amante y Galswinta la esposa se odiaban de manera no muy cordial, por supuesto.

El nudo se cortó cuando ese mismo 567, el rey visigodo Atanagildo falleció. Galswinta quedó sin padre y por lo tanto sin respaldo político. De pronto, de manera misteriosa, sin que nadie hubiera visto nada... Galswinta amaneció ahorcada en su cama. De manera muy conveniente, Fredegunda y Chilperico se casaron, ya que ahora no habían límites para sus apetitos desenfrenados.

Chilperico divorciándose de Galswintha por la vía directa.

O mejor dicho, casi no habían límites. Porque estaba de por medio la ira de Brunequilda, que no en balde era la hermana de Galswinta; recordemos que Brunequilda estaba casada con Sigeberto, y ésta era el rey franco enemigo mortal de Chilperico. A pesar de ser hermanos. O quizás precisamente por esto. Además de los motivos territoriales.

Lean de corrido la frase siguiente, y descubrirán la enorme entidad del culebrón: los dos principales reinos francos estaban gobernados por calzonudos en manos de sus señoras, que a su vez se odiaban mutuamente porque una de dichas señoras era sospechosa de haber mandado ahorcar a la hermana de la otra. No lo habría guionizado mejor un libretista venezolano. El rey Gontrán, que recordemos era hermano de Sigeberto de Austrasia y Chilperico de Neustria, fue llamado como árbitro, y éste decidió que Chilperico debía pagarle a Sigeberto, como marido de Brunequilda, el monto de la dote aportada por la malograda Galswinta, a manera de indemnización. Dicha monto iba a ser pagado en... ciudades.

A Chilperico, maldita la gracia que le hacía esta decisión, considerando que Sigeberto ya de por sí dominaba media Francia. El resultado es que los agentes de Fredegunda, la esposa de Chiperico, intentaron cargarse a Gontrán y a Brunequilda. Sigeberto y Chilperico por su parte se fueron a la guerra. Los recursos territoriales de Sigeberto, sumados a la alianza de Gontrán, a la larga pesaron mucho más, y Chilperico de Neustria sufrió una derrota aplastante. Brunequilda parecía que por fin iba a vengarse de los asesinos de su hermana, pero...

Asesinato de Sigeberto I en 575.

...unos asesinos enviados a todas luces por Fredegunda, apuñalaron a Sigeberto de Austrasia. Este falleció. Chilperico de Neustria consiguió hacerse con el tesoro de Brunequilda, y la envió al destierro. Fredegunda parecía triunfadora en toda regla. Nada mal para una chica que según la rumorología había empezado como fregona de pisos, como ya hemos dicho. ¿Fue éste entonces el final de Brunequilda? Claro que no. Ella era mujer de armas tomar, y no iba a dejar que una pequeñez como que su marido fuera cosido a puñaladas, se interpusiera en sus planes. De manera que se retiró para planificar su venganza, y entonces...

Esta historia continuará...

2 comentarios:

George Llerena Torrico dijo...

...Dios, Showtime necesita tomar esto y convertirlo en serie pero ya! O Starz, o BBC, o cualquier cadena con plata, para patearle el trasero a HBO y GoT

En serio ¿qué es esto? ¿una brutal guerra dinástica o el guion de una telenovela barata de Televisa? (salvando las distancias, claro, no me apuñalen :P)

Atención Netflix, atención ABC, aquí está el caballito de batalla para vencer a HBO, lo tienen frente a ustedes y nadie lo ha hecho. Más sangrienta que GoT, más complicada que la guerra de las rosas, más violenta que Espartaco...COMING IN 2016...La guerra de las reinas.

Lo digo, sería un éxito!

PD: Las referencias del post...eres un maestro, creo que me has leído o conoces mis hábitos netfliqueros/televisivos Guillermo, disfruté esas partes, ya quisiera yo una esposa como Claire. Creo que tenemos los mismos gustos o me conoces bien xD

Ahora...a leer la segunda parte. ¿Por qué ningún escritor además de Martin ha novelizado esto? o soy yo que no me he enterado, son pocas las novelas históricas sobre esta guerra o quizá ninguna.

Un abrazo

Guillermo Ríos dijo...

La verdad es que ignoro si hay novelas basadas en esto. Aunque si nos las hay, ya tardan en escribirlas. Yo lo haría, pero soy un poco flojo para la minucia de detallar la vida cotidiana en otros siglos.

Saludos.

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