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miércoles, 28 de mayo de 2014

Democracia y mala clase.


Que la clase política está desprestigiada, la clase política de cualquier país, no es un misterio para nadie. Las acusaciones son contundentes: paternalismo, condescendencia, venalidad hacia los grandes intereses, desconexión con la ciudadanía. El único país con una clase política decente que aún no se ha corrompido, es la Guillermocracia, por dos razones: porque existe un único político que a su vez es el Padre Fundador de la Guillermocracia (o sea, yo), y porque la Guillermocracia es un país cuyo territorio es tan pobre en recursos naturales, que ni territorio tiene para empezar, de manera que no existe mucho interés geoestratégico por apoderársela, ni desde Davos ni desde ninguna otra conferencia internacional. Hay como una impresión de que los políticos de antes eran mejores; no que fueran inmaculados o unos santos, pero que sí había como una intención de hacer el trabajo, ciertos límites de decencia y ética que no se traspasaban, un sentido del fair play que hoy en día parece perdido.

Por eso, me llevé una sorpresa hace algunos años (más de cinco y menos de diez, no recuerdo con exactitud), cuando tuve oportunidad de leer una biografía de Disraeli escrita por Jacques de Langlade. Benjamin Disraeli, para los no enterados, fue Primer Ministro de Inglaterra en el siglo XIX, uno de los varios que ocupó tal cargo durante las seis décadas y media de corona de la Reina Victoria. Disraeli fue uno de los artífices del apogeo del Imperio Británico, incluyendo el golpe maestro a la geopolítica internacional que fue la compra en 1.875 el Canal de Suez, aprovechando que el sultán de Egipto lo había puesto a la venta por un precio vil, para financiar sus lujos personales. Mi imagen personal acerca de Disraeli era la de un estadista culto y erudito, un hombre con una vasta visión de estado; mi sorpresa fue mayúscula cuando, leyendo la biografía, me enteré de que Disraeli era tan trapacero como cualquier político de actualidad, y que dichos rasgos eran los mismos y propios de todos los políticos británicos de la época. No es que la biografía arrastrara a Disraeli por el fango ni tuviera el tono sensacionalista del periodismo amarillista actual, pero tampoco intentaba ofrecernos una visión mesiánica de su biografiado, como a veces pecan otros trabajos del género que a veces se desbarrancan en el océano de la hagiografía abierta. Parece que la política, siempre y en todo lugar, ha sido un negocio sucio. Cambian las circunstancias, cambian los incentivos, cambian los intereses, pero la House of Cards (y a veces el Juego de Tronos) se juega siempre con las mismas reglas.


¿Cómo es posible entonces que la democracia sea un mejor sistema político que los regímenes absolutistas? ¿Es verdad que las naciones democráticas progresan más que las naciones carentes de democracia? Varias superpotencias de los dos últimos siglos, como Inglaterra y Francia (ambos en declive) o Estados Unidos, son democracias, pero otros como Rusia o China, o lo son de fachada, o directamente no lo son. ¿Acaso tendrán razón los no tan escasos ciudadanos que opinan que no vale la pena tener una democracia, que la democracia no funciona, y que los regímenes autoritarios podrán ser injustos, pero al menos funcionan mejor y consiguen que las locomotoras lleguen a la hora a sus respectivas estaciones?

Creo que el desprestigio de la politiquería, lo que el General Pinochet con tanto afecto llamaba los politicastros, es un fenómeno inherente al funcionamiento de la democracia. En esencia, es imposible tener democracia sin que veamos a los políticos a cargo como gentes corruptas y viles, vendidas a intereses sin confesar, o a veces incluso confesos con tanta anchura. Y que aún así, la democracia sigue siendo un régimen mejor que el autoritarismo, para el desarrollo de una nación. Puede parecer una paradoja, pero si uno retrocede a los orígenes de la democracia moderna, y contra qué los filósofos ilustrados que sentaron las bases de la moderna teoría política democrática prescribían a ésta como un remedio, es fácil de entender.


Aunque se suele predicar que la democracia nació en Atenas, y se mantuvo y fortaleció a través de la reivindicación de los derechos feudales o forales, lo cierto es que la democracia moderna tiene dos grandes fuentes, ambas que se relacionan con tales derechos sólo de refilón. Una de esas fuentes, fue el desarrollo gradual de la tradición anglosajona, que tomó el antecedente del Parlamentarismo para rebelarse contra el absolutismo de los reyes de la Dinastía Estuardo en el siglo XVII, libró sendas guerras civiles a lo largo de toda esa centuria, y se asentó en el siglo XVIII. Por una curiosa voltereta de la Historia, su concreción final no se dio en la Inglaterra que la parió, sino en trece colonias ultramarinas que terminaron por independizarse y darle forma a la Constitución de 1.787, y a Estados Unidos como un todo; irónicamente, aplicando los mismos principios de teoría política desarrollados por el Parlamento contra la monarquía absoluta (en concreto el poco glamoroso pero muy pragmático "no hay impuestos sin representación").

La otra gran fuente es por supuesto Francia, en donde la democracia nació de manera más explosiva, como un estallido revolucionario en 1.789 contra el poder de la dinastía de los Borbones; en dicho país la democracia fue más débil, sufrió varios procesos revolucionarios y contrarrevolucionarios, terminó de asentarse con la Tercera República en 1.871, y no empezó a funcionar de una manera realmente democrática sino hasta después de la debacle que supuso la Primera Guerra Mundial. Como puede observarse, tanto en la tradición anglosajona como en la francesa, la democracia fue inventada como un antídoto contra el absolutismo, el de los Estuardos en Inglaterra y el de los Borbones en Francia.


La teoría política absolutista se refleja en la noción de que existe una identidad entre el rey y el Estado, y por ende el poder real no puede ser menos que absoluto. "El Estado soy yo" decía Luis XIV de Francia. Al otro lado del Canal, su colega Carlos II decía que "el rey no puede equivocarse"; o al menos lo decía antes de que lo decapitaran en 1.649, porque las cabezas cortadas no hablan. Pero, ¿acaso la concentración de poder no implicaba el abuso y la tiranía? No, argumentaban los partidarios del Absolutismo. Un rey debía ser consciente y ser como un buen padre para sus súbditos: el trabajo de un rey no era aplastar a la gente, sino gobernarlas con sabiduría y dentro del esquema natural de las cosas. De manera nada sorprendente, uno de los mayores defensores del Absolutismo fue un cura reaccionario de apellido Bossuet. Es decir, los defensores del Absolutismo parten de una concepción optimista de la naturaleza humana: el ser humano está naturalmente diseñado para el bien, y por lo tanto no hay peligro de que la acumulación del poder en una sola persona degenere en tiranía.

La experiencia histórica enseña otra cosa, por supuesto. Hay gobernantes absolutos que han sido buenos gobernantes; Octavio Augusto el primer Emperador romano es un excelente ejemplo. Otros han llevado a la ruina a sus respectivas naciones; la Alemania que sobrevivió a Hitler sólo consiguió seguir existiendo gracias a la ayuda financiera de Estados Unidos. Los filósofos ilustrados apuntaron este defecto fatal del Absolutismo una y mil veces: hablaron de los abusos del poder, de la arbitrariedad inherente a que todo quede entregado a la voluntad de una persona, y por lo general, con variaciones, postularon la democracia. En un sistema político democrático habrían varias personas gobernando en distintas funciones, lo que cristaliza en la famosa separación de poderes. Habría también un sistema de pesos y contrapesos para que ningún poder se desmandara. En realidad, sólo por afinar el análisis, la teoría de los pesos y contrapesos tardó algo más en desarrollarse, pero es un desarrollo lógico de la teoría política democrática; los tribunales constitucionales como órganos separados del resto del Estado, por ejemplo, fueron postulados recién a inicios del siglo XX. Es decir, la teoría política democrática parte de una concepción pesimista de la naturaleza humana: el ser humano es falible, el ser humano es corruptible, el ser humano es arbitrario, y por eso es sabio confiar el gobierno y administración como un todo a distintas personas repartidos entre diversos órganos con variadas funciones complementarias entre sí. Todo esto supervisado por el pueblo que le dará su voto a aquellos políticos que demuestren hacerlo mejor, permitiendo así que el sistema entero no se desmadre por la ambición de algún político demasiado codicioso.


Esto explica la paradoja de por qué una clase política desprestigiada es casi inherente a una democracia. No es que la democracia como sistema político sea fallida. Es que las personas de por sí son ambiciosas, no siempre competentes, y a veces demasiado intrigantes; eso va a ser así en cualquier régimen político que se adopte. Sólo que dichas fallas de la naturaleza humana se canalizarán de manera distinta en un régimen absolutista, o en uno democrático. En un régimen absolutista, por temor a la arbitrariedad del poder absoluto, mucho de lo que se hace se ejecuta en la sombra, y por lo tanto un régimen absolutista es por definición uno mucho más opaco que uno democrático. Así, no es que los políticos bajo una democracia sean necesariamente más corruptos, es sólo que sus corruptelas y manejos tienen una oportunidad mucho mayor de ser descubiertas y expuestas, y en última instancia mantenidas más o menos a raya, que en un régimen absolutista de silencios y secretismo.

Esto amerita tratar un último punto para redondear el tema. Una democracia puede ser real, cuando opera una verdadera separación de poderes, un verdadero equilibrio entre éstos, y una representación adecuada de todos los intereses divergentes de la ciudadanía. Si no concurren estos requisitos, cualquier régimen democrático lo será sólo de nombre: será una democracia formal, no una material. Pensemos por ejemplo en Octavio Augusto, a quien mencionamos más arriba. Hoy en día lo acreditamos como el primer Emperador romano, pero desde un punto de vista formal, Octavio nunca abolió la República, que era un régimen relativamente democrático en comparación a las monarquías absolutas predominantes en el resto del mundo antiguo. Lo que hizo Octavio Augusto, para no ofender la sensibilidad de la clase senatorial, fue mantener la República y todos sus cargos... y luego, aprovechando que tenía el respaldo del Ejército, se apoderó de todos ellos. Es decir, Octavio Augusto se nombró a sí mismo cónsul, primer senador, tribuno de la plebe, sumo pontífice, etcétera. Su posición era equivalente a la de un Presidente actual que se apodere de los cargos de Comandante Supremo del Ejército, Jefe del Parlamento, Presidente de la Corte Suprema, Arzobispo, y Presidente de la Liga Nacional de Fútbol. Su régimen se llama el Principado porque Octavio Augusto gobernó formalmente con el humilde título de Príncipe (princeps civium, traducible como el primero de los ciudadanos al castellano), pero en los hechos era una perfecta dictadura militar.


Eso mismo puede ocurrir, y de hecho ocurre, en varios países del mundo moderno. Puede ocurrir que un caudillo populista se apodere de los cargos más suculentos, y los reparta en su camarilla alrededor. O puede que un reducido grupo de intereses económicos capture el Estado vía financiamiento de las campañas electorales de tal o cual Presidente, o tal o cual parlamentario. O puede ser que exista una Constitución y separación de poderes, pero que uno de los poderes sea casi omnímodo sobre los restantes, usualmente el Presidente o el Ejecutivo sobre el Parlamento. En cualquier caso, el efecto es debilitar la separación de poderes, el control de poder contra poder, y la representación de la ciudadanía, por lo cual la democracia comienza a funcionar de manera imperfecta, si es que no deja de funcionar por completo.

En definitiva, la mala clase de algo inherente a la naturaleza humana, las célebres puñaladas traperas que parecen inherentes a la política son inevitables, pero aún así la democracia es el mejor sistema para mantener a éstas a raya, y conseguir el milagro de que los intereses cruzados de distintos políticos anulen sus ambiciones mutuas de una manera tal, que el gobierno y administración como un todo funcionen de la manera más eficaz posible. Pero esto, sólo si el sistema tiene controles suficientes y representatividad también suficiente como para evitar que el poder se concentre de manera excesiva, y la democracia termine transformada en un Principado, en un Absolutismo con otro nombre.

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