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domingo, 27 de abril de 2014

Valparaíso: Alrededor del holocausto.


Ahora en 2.014, Valparaíso en Chile afrontó el que quizás sea el incendio más devastador de toda su Historia. Sólo el incendio que siguió al terremoto del 16 de Agosto de 1.906 quizás, y sólo quizás, pueda comparársele. Pero el incendio de Valparaíso ha dejado de manifiesto varias falencias de la sociedad chilena como un todo; la catástrofe es también la catástrofe de una sociedad chilena demasiado encantada de conocerse a sí misma, demasiado feliz mirándose el ombligo, y con problemas estructurales profundos.

Valparaíso tiene una larga tradición incendiaria. En el siglo XIX era la ciudad más importante de Chile gracias a su posición como importante emporio comercial y financiero del Océano Pacífico, mientras que la capital Santiago de Chile era todavía una soñolienta ciudad agraria y semicolonial. Pero era también víctima y azote de frecuentes incendios. El primer Cuerpo de Bomberos de Chile y de Sudamérica nació en Valparaíso en 1.851, doce años antes que el de Santiago. Por hacer un poco de Historia, el mencionado incendio de Agosto de 1.906 fue producto de que el terremoto se produjo de noche y en invierno, volcando numerosos braseros que crearon otros tantos focos de fuego que desataron el caos generalizado. En la actualidad, en Valparaíso no pasan cuatro o cinco años sin que ocurra algún incendio de envergadura. Uno bastante violento sucedió con un estallido de gas en 2.007. Sucedió otro apenas un año antes del actual 2.014, cuando una buena parte de los cerros Rodelillos y Placeres ardieron en llamas el 14 de Febrero de 2.013, coincidiendo por cruel ironía del destino con el Día de San Valentín al que dedicamos el posteo 10 historias románticas que terminan muy mal, en la Guillermocracia.

Esto responde a la realidad más amplia de que Valparaíso es una ciudad vieja y crujiente. Creció enormemente durante el siglo XIX, pero cuando se abrió el Canal de Panamá en 1.914 y el grueso del comercio interoceánico dejó de usar la ruta del Estrecho de Magallanes, mucho de su población quedó varada y en seco. A lo largo del siglo XX hubo una enorme migración de las familias más adineradas desde Valparaíso a Viña del Mar. Los que quedaron atrás fueron los pobres, que eran cada vez más numerosos. La historia de Valparaíso desde entonces es la de un puerto cada vez más hundido y decadente. El nombramiento de Valparaíso como Patrimonio de la Humanidad en 2.003 sólo sirvió para repintar las casas de algunos barrios, y poco más que eso.


Por desgracia, hay también aquí un aspecto cultural. El encanto exótico de Valparaíso tiene mucho que ver con lo rústico. Valparaíso llama la atención en el extranjero por un cierto aire señorial y trasnochado. Charles Darwin en su diario de viaje, anotó del Valparaíso de 1.837 que por su paisaje y por "las casas bajas encaladas con techos de tejas, la vista me recordó a Santa Cruz de Tenerife"; es sabido que en la época, los ingleses valoraban a los españoles más como una fuente de exotismo que por otro motivo. Hasta ahí, nada reprochable. El problema se instala cuando ese encanto exótico se transforma en una exaltación de la estética cochambrosa, de los callejones que huelen a meado, del perro vagabundo. De que es posible crear un lugar con encanto exótico y cierta rusticidad sin incurrir en el feísmo, se puede, pero cruzar la línea es fácil. En Chile, Valparaíso es quizás la ciudad símbolo de lo populachero vuelto culturetismo para consumo del turista con ínfulas intelectuales; de ahí a desear que se quede como está, hay un solo paso. Porque después de todo, ¿para qué entonces alguien iba a molestarse seriamente en diseñar medidas de seguridad para Valparaíso, si ya hay un cierto aire derrotista en el aire, e incluso ese aire derrotista es parte del encanto rústico?

Por eso, a nadie llama demasiado la atención que Valparaíso haya crecido hacia los cerros en forma desordenada y con una planificación equivalente a cero. En Chile, así como tantas otras cuestiones sociales, la vivienda es otro rubro más que la desidia del Estado ha entregado a particulares sin muchos escrúpulos. Existe un subsidio por parte del Gobierno a la vivienda, pero este subsidio es más o menos escaso y en algunos años se ha agotado bastante antes de llegar a Diciembre; además, este subsidio es para pagarle a empresas constructoras que invierten allí donde les parece más rentable hacerlo, y que por supuesto rentabilizan al máximo su inversión tratando de construir casas, condominios y edificios sin otras instalaciones que mejoren la vida pública, tales como plazas, parques o áreas verdes.

De ahí se explica que en los cerros de Valparaíso no exista prácticamente ningún cuartel de Bomberos. Lo que es aberrante si se piensa que los sitios más inflamables y los más siniestrados son justamente los cerros. Después de todo, los cerros están en contacto con las zonas forestales alrededor de la ciudad, y las quebradas entre dichos cerros sirven como microbasurales que son otros tantos focos potenciales de fuego.

¿Qué puede hacer la gente pobre que no tiene en dónde instalarse con el sueño de la casa propia porque su ya de por sí deprimida economía les impide calificar para algún subsidio? Ir a tomarse un terreno, cualquier terreno. Resulta que los terrenos más disponibles para las tomas son aquellos en donde no se ha construído porque no hay un plan regulador de por medio. O sea, terrenos forestales, no destinados al uso como viviendas. No cuesta demasiado presumir que los dueños de dichos terrenos puedan hacer la vista gorda, en buena medida porque andando el tiempo, tales tomas revalorizan esos terrenos. Parece paradójico, pero no lo es tanto: un terreno forestal vale menos que uno destinado a la vivienda, pero si el plan regulador de la ciudad no comprende viviendas para un terreno forestal, lo mejor es dejar que se los tomen, y ante una política de hechos consumados y para impedir un estallido popular, el Estado expropia a precios de terreno destinado a la vivienda, y regulariza las tomas. Negocio redondo.

Por supuesto que las tomas, siendo tomas, crecen a su soberano aire, sin el más mínimo sentido de planificación urbana. Y esto, de cara a la prevención de riesgos, resulta letal. Uno de los principales problemas que afrontaron los bomberos durante este siniestro, es que sus máquinas con frecuencia no podían meterse por tales o cuales calles, o no podían alcanzar a tales o cuales quebradas, simplemente porque nadie planificó esta situación para el evento de una emergencia.

Dentro de ese ambiente, que sucediera el incendio era casi una catástrofe anunciada. De hecho, con el correr de los días han ido surgiendo una serie de informes que, en los años precedentes, anunciaban la caldera que se estaba acumulando. Casos de corrupción aparte, de los cuales la municipalidad de Valparaíso y la intendencia de la Quinta Región han acumulado unos cuantos incluso con condenas judiciales de por medio, parece ser que incluso hubo desidia en los planes de desmalezado. Por falta de presupuesto.


Lo sucedido después del incendio, refleja también en buena medida la idiosincracia chilena. El grueso de la respuesta fue producto de voluntarios que, con su propio esfuerzo y sacrificio, empezaron a subir al terreno. Hubo también un grueso de ayuda solidaria. Aunque como suele suceder, los voluntarios fueron más en los primeros días que en los siguientes. Y también...

La prensa que hizo un festín de la catástrofe. El terremoto que se vivió en Iquique la semana anterior al incendio generó su oleada, pero todo se olía más falso y artificial. No hubo tantas casas derruidas como en otros terremotos, a pesar de la intensidad del sismo, y los periodistas tuvieron que hacer malabares para explotar el morbo. Pero el incendio les cayó del cielo. Las casas quemadas son bien visibles, son ruinas que se ven muy vistosas en la pantalla de plasma de 42 pulgadas en el living de tu casa. Cortina musical entonces a... los periodistas que hacen llorar a los damnificados. Porque ver llorar a un pobre fulano que lo ha perdido todo en un incendio y debe partir de nuevo prácticamente de cero, sin créditos, y a menudo con parentela también incendiada porque todos vivían en el mismo barrio incendiado, eso vende; y eso es culpa de la teleaudiencia, qué duda cabe. Porque ellos no elevarían tanto el nivel de morbo si no hubiera nadie mirando.

A tales extremos llega la desconexión de los medios de comunicación con la ciudadanía, que los propios periodistas hacían preguntas propias de quien vive en un país de fantasía cuyo parecido con Chile es pura coincidencia. Por ejemplo, la gran perla de una periodista preguntando (cito de memoria): "¿Y ustedes por qué viven en un lugar tan peligroso?", ante lo cual la respuesta fue inmediata y contundente: "Porque los pobres no podemos elegir en donde vivir". Y también...

Cierto gran conglomerado económico en Chile, un país cuyo sistema tributario tiene ingeniosos mecanismos legales para pagar menos impuestos. A diferencia de los peatones que donaron ropa y alimentos, algunos de ellos comprando en los supermercados de ese gran conglomerado, la ayuda de esa cadena de supermercados no fue una donación, sino ofrecer un crédito en condiciones ventajosas. Dicho en otros términos: la ayuda en este caso fue tratar de que los damnificados se endeuden con ellos para reconstruir sus vidas. En la Edad Media, la persona que por no tener nada en el mundo se ponía al alero de otra y la reconocía como patrón, y trabajaba para éste en los años sucesivos, tenía un nombre: siervo de la gleba. También ofrecieron una prórroga de 60 días en el pago de sus créditos, lo que sin lugar a dudas es generoso, aunque más generoso y de responsabilidad social hubiera sido condonar dichas deudas de raíz, o parte de ellas hasta un determinado monto o tope por lo menos. Cuando Umberto Eco alegaba de que estábamos al borde de una nueva Edad Media de carácter futurista, tenía más razón de la que pensaba. Y el horizonte del futuro estaba mucho más cerca de lo que creía.


También está la gente que dona estupideces: alimentos perecederos con alto riesgo de podrirse en el camino hasta su destino, colonias y perfumes a medio usar, zapatos y sandalias sin su correspondiente par, quizás para alguien a quien se le haya quemado la otra pierna en el fuego, e incluso hasta un vestido de novia, como si alguien estuviera pensando en casarse después de que se le ha incendiado la casa. Es decir, gente que aprovecha de vaciar su alacena o closet, pero llevado al extremo. Ahí tienen el programa sucesor de 1000 maneras de morir, que podría llamarse 1000 maneras de hacer caridad con lo que no le sirve a nadie.

En definitiva, el incendio de Valparaíso ha servido para denunciar algunas de las peores miserias de la sociedad chilena. Y lo peor es que si nadie toma el toro por los cuernos, si nadie diseña un plan regulador como corresponde, si no se invierte en desmalezar y en cortafuegos, si no se erradican de una vez los microbasurales, y si no se instala a lo menos algún cuartel de bomberos en los cerros, entonces esta tragedia volverá a repetirse. Porque hay un tipo de sociedad aún más fracasada que aquella a la que le ocurre una tragedia: es el tipo de sociedad que permite que le ocurra la misma tragedia otra vez.


2 comentarios:

Cidroq dijo...

Es triste ver estos casos, y más triste que cada vez son más comunes.

Guillermo Ríos dijo...

Lo triste probablemente no sea tanto el desastre en sí, aunque también, sino ciertas actitudes antes, durante y después de la catástrofe. Porque no hay desastre que no pueda volverse peor si la idiosincracia ayuda.

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