domingo, 30 de junio de 2013

INTERMINABLELOGÍAS: El universo de Star Trek (2 de 2).

El elenco de la primera temporada de Viaje a las Estrellas: La nueva generación.
Para leer la primera entrega de este posteo, ir a "El universo de Star Trek (1 de 2)".

Las series y películas con el elenco original de Star Trek, tenían un carácter más bien episódico. El grueso de los elementos mitológicos fueron presentados en la primera temporada de Viaje a las Estrellas: La serie original, y a partir de entonces lo que hicieron fue jugar con ellos y darles la vuelta una y otra vez. Lo más cercano a un arco argumental más complejo y multiepisódico es el doble enfrentamiento contra Khan, presentado en el episodio Semilla espacial de la primera temporada de la serie original, y continuado con un segundo duelo en Viaje a las Estrellas II: La ira de Khan, además del arco argumental de la muerte y resurrección de Spock, presentados en la película antedicha y en sus dos secuelas. Aún así, Viaje a las Estrellas VI: La tierra desconocida da conclusión a varios conflictos presentes: la lucha entre los klingon y la Federación a lo largo del siglo XXIII, subyacente a toda la saga, y la lucha de Kirk por aceptar y asumir la muerte de su hijo, presentada en Viaje a las Estrellas III: En busca de Spock, y aceptada finalmente en la película mencionada.

Pero en el intertanto, los creadores de Star Trek habían comenzado a presentar lo que era el mismo universo en la centuria siguiente, o sea en el siglo XXIV. Lo hicieron a partir de Star Trek: La nueva generación, y siguieron haciéndolo en Star Trek: Abismo espacial 9, y en Star Trek: Voyager. Las tres series fueron emitidas de manera tal, que desde un punto de vista cronológico algunos episodios se solapan con otros; no existen entre ellas auténticos cruces de trama, pero sí situaciones y personajes comunes en el trasfondo. Esto era algo hasta la fecha nunca visto en el Universo Trekkie, o por lo menos nunca visto a semejante escala, y por lo tanto, ayudó a que el Universo Trekkie diera un salto de gigante, desde una estructura centrada en los episodios individuales, hacia una enfocada en la construcción de una grandiosa mitología enciclopédica y llena de referentes cruzados.

Viaje a las Estrellas: La nueva generación se estrenó en 1.987, presentando a una nueva Enterprise con una nueva tripulación. Su capitán es Jean-Luc Picard, un hombre que a diferencia del más aventurero Kirk, es más centrado y sabio, aunque comparte el mismo sentido desafiante de resolver los problemas con movimientos audaces y a menudo inesperados. A su alrededor están Riker, su intrépido segundo al mando, el androide Data y su perpetua búsqueda de lo que significa ser humano, y el klingon Worf, entre otros. Estos dos últimos presentaron nuevos aspectos para el Universo Trekkie: el tema de la robótica y transhumanismo por un lado, y la alianza entre antiguos enemigos en el otro.

También Viaje a las Estrellas: La nueva generación presentó importantes antagonistas nuevos. El episodio piloto presentó a Q, que parece empecinado en hacerle la vida imposible a Picard y su tripulación con sus poderes tecnológicos tan avanzados que son capaces de torcer la realidad casi a su antojo. Con todo, las intenciones y planes de Q nunca terminan de estar del todo claras. La aparición de Q en el episodio ¿Q quién? pareciera retratarlo más bien como un maestro entrenando a sus discípulos como hijos del rigor, más que como un verdadero antagonista.

En el mismo episodio ¿Q quién? se presenta a otra de las némesis más importantes del Universo Trekkie: los borg. Estos son una raza de seres cibernéticos carentes de individualidad y drones de una mente colmena llamada el Colectivo, y que son especialmente poderosos debido a su rapidísima capacidad de adaptación frente a las tecnologías y métodos enemigos, que los convierte en cada vez más imposibles de destruir. Después, en el episodio doble Lo mejor de ambos mundos, los borg asimilan al capitán Picard; aunque después Picard es rescatado y revertido a una condición plenamente humana, los borg a través suyo aprenden todas las tácticas y estrategias de la Federación, haciéndolos todavía más peligrosos.

Drone borg.

Durante un tiempo, los fanáticos tuvieron a la tripulación antigua en los cines, y a la nueva tripulación en televisión. El momento de unión, el pasar la antorcha, se produjo en la séptima película de la franquicia. Viaje a las Estrellas: Generaciones de 1.994 muestra al capitán Kirk a bordo de una nave que sufre un encuentro con una anomalía cósmica en la que termina perdido; muchos años después, la tripulación de la nueva generación encuentra la misma anomalía, en la que Picard termina entrando. Así, ambos capitanes unen fuerzas para detener al villano de turno, que quiere aprovechar la anomalía para sus propios fines. La película es de calidad discreta, pero tiene el valor simbólico de presentar unidos en pantalla a los dos capitanes más icónicos de la franquicia trekkie.

En realidad, este salto fue dado en parte por un movimiento de piezas: la serie televisiva Viaje a las Estrellas: La nueva generación llevaba siete temporadas al aire pero iba a ser cancelada, en beneficio de las dos nuevas series Viaje a las Estrellas: Abismo espacial 9 y Viaje a las Estrellas: Voyager. Por lo tanto, la nueva generación fue utilizada para llenar el vacío dejado por el elenco original. De esta manera, ellos protagonizaron tres películas más. Viaje a las Estrellas: Primer contacto de 1.996 describe otro momento clave en el Universo Trekkie: el primer contacto de la Humanidad con otra especie galáctica, en este caso los vulcanos, obviamente antes de la formación de la Federación. En la película, el Enterprise regresa en el tiempo para detener un intento por parte de un cubo borg para asimilar a la Tierra en el pasado. De paso, la tripulación le da una pequeña mano a Zephran Cochrane, el creador del vuelo hiperlumínico, para culminar su invento; Zephran Cochrane ya había sido presentado como personaje en Viaje a las Estrellas: La serie original, habiendo alcanzado una especie de casi inmortalidad gracias a una criatura alienígena.

Por el contrario, las dos películas siguientes, Viaje a las Estrellas: Insurrección y Viaje a las Estrellas: Némesis, son ampliamente denostadas e irrelevantes para el total. De ellas, lo único rescatable es que en la segunda, vemos lo que bien podría ser el duelo final contra otro enemigo clásico de Star Trek, los romulanos.

En paralelo, como decíamos, crecieron otras dos series televisivas de Star Trek. La por lo general más valorada de ambas es Viaje a las Estrellas: Abismo espacial 9, que se emitió entre 1.993 y 1.999, y parte de una premisa ligeramente diferente: ahora el centro de la serie no es una nave explorando nuevos mundos, sino una base espacial estacionada de manera fija; si las series anteriores eran las exploraciones y viajes de los cowboys, en el espacio, ésta podría ser las batallas de los soldados del fuerte contra los indios, en el espacio. El abismo espacial 9 al que se refiere el título, es el único agujero de gusano estable conocido, y por lo tanto es un punto estratégico capital dentro de la política galáctica. Para reforzar las conexiones con el resto del Universo Trek, los personajes de Miles O'Brian y del teniente Worf, ambos de la nueva generación, fueron reubicados en dicho puesto espacial.

La serie partió con una estructura más bien episódica, o bien con arcos argumentales breves, al estilo de las dos anteriores, pero promediando su desarrollo, empezó a desarrollar una historia continuada de una escala épica hasta el minuto desconocida en la saga. La historia se mete de lleno en el terreno de la intriga política, lo que lleva a reemplazar el idealismo tradicional del Universo Trekkie por una visión más cínica e incluso sucia del mismo. Las dos últimas temporadas cubren la Guerra del Dominio, que a diferencia de los otros conflictos que eran escaramuzas de baja intensidad, se desarrolla en combates a gran escala, algo hasta el minuto rara vez visto en la franquicia, o nunca. Dentro de la cronología interna del Universo Trekkie, la Guerra del Dominio es equivalente a la Guerra de Troya de la Mitología Griega, la gran conflagración final después de la cual parece haber más bien poco de interesante que referir.

La estación espacial protagonista de Viaje a las Estrellas: Abismo espacial 9.

En 1.995 se estrenó Viaje a las Estrellas: Voyager. La misma intentó ser una especie de regreso al Star Trek original de aventura y exploración, faceta que había quedado descuidada debido a la progresiva domesticación del espacio circundante. La nave espacial que le da nombre a la serie, la Voyager, liderada por la capitana Janeway, a consecuencias de un infortunio termina varada en una parte de la galaxia sin explorar, emprendiendo un viaje de regreso a casa que, salvo algún golpe de suerte, debería durar 75 años...

La idea de la serie de un regreso a los orígenes funcionó sólo a medias, debido a guiones más débiles que el promedio de la franquicia. Los productores querían algo más oscuro, como Viaje a las Estrellas: Abismo espacial 9, pero la cadena televisiva quería una especie de Viaje a las Estrellas: La nueva generación más liviana. Es revelador que Ron D. Moore, que al terminar Abismo espacial 9 fue enlistado en Voyager, aguantara menos de un año, y su concepto de una nave espacial acosada por todas partes en territorio hostil terminara abriéndose paso a otra serie que él produjo unos años después... el remake de Battlestar Galactica.

A mitad de camino, para mejorar el nivel de audiencia, introdujeron el personaje femenino de Siete de Nueve como reclamo a las hormonas de la audiencia masculina. Siete de Nueve es una borg sacada del Colectivo y a través de su contacto con la tripulación de la Voyager, debe aprender a ser humana otra vez. Con todo, el abuso de los borg como villanos de la semana llevó a que éstos terminaran transformándose en otro villano de opereta más, en vez de la siniestra amenaza que habían encarnado en sus primeras apariciones.

En 2.001 se estrenó Viaje a las Estrellas: Enterprise. El concepto básico era interesante: una serie precuela a las anteriores, mostrando el inicio de los viajes espaciales de larga escala en el siglo XXII, una centuria antes que Kirk y su tripulación. Se daba a entender que en el transcurso de la serie, los trekkies verían nada menos que la formación de la Federación. Al final, esto fue abordado a la pasada en unos breves episodios de la cuarta temporada, la última de la serie, y nada más. Algunas ideas y conceptos fueron interesantes, como por ejemplo mostrar en mayor detalle las primeras y no siempre cordiales interacciones entre los humanos y los vulcanos. Otros, como la Guerra Fría Temporal librada por potencias emplazadas en el siglo XXVII o en el siglo XXX, subtrama construida aposta para introducir razas nunca vistas en el Universo Trek sin tener que contestar la pregunta de a dónde se habían ido las mismas en las historias cronológicamente posteriores, no llegaron nunca a buen puerto. Viaje a las Estrellas: Enterprise es en esencia un excelente concepto, desperdiciado por decisiones chapuceras y una continuidad muy desprolija.

Después del fracaso rotundo de Viaje a las Estrellas: Némesis en el cine en 2.002, y la cancelación de Star Trek: Enterprise en 2.005, pareció que el Universo Trekkie había llegado a su agotamiento. Sin embargo, el éxito de las películas Batman inicia y Casino Royale convenció a los estudios de que el medio ideal para resucitar una franquicia agotada es reiniciarla. En 2.009 se estrenó Star Trek, que utilizó el truco del viaje temporal para crear una continuidad alternativa a todo el Universo Trekkie (con la excepción de Enterprise, aunque esto último también es debatible, debido a las ramificaciones de la Guerra Fría Temporal). Esta película es por lo tanto un Jano bifronte: por un lado sirvió para cerrar toda una extensísima continuidad que venía desde la serie original en 1.966, mientras que por la otra, abrió una nueva que hasta el 2.013 incluye a la mencionada Star Trek y su secuela, Star Trek en la oscuridad.

Multimedia... la frontera final. Estos son los posteos de Interminablelogías. Su continua misión: explorar extrañas nuevas mitologías, buscar nuevos personajes y nuevos universos, y atrevidamente ir allí donde ningún mitólogo ha llegado antes.

miércoles, 26 de junio de 2013

"House of Cards": La pesadilla de Maquiavelo.


El año pasado le poníamos a Game of Thrones el subtítulo de "el sueño húmedo de Maquiavelo". Porque a pesar de narrar sucesos de un universo de Fantasía Epica, lo suyo tenía más en común con las intrigas de El Padrino que con magos, brujos o guerreros estilo Conan. Pero a medida que Game of Thrones ha ido degenerando en un culebrón sin ninguna meta ni dirección visible en el horizonte, pasando del modelo Mario Puzo al modelo Aaron Spelling en el camino, nos estábamos quedando sin nuestra dosis de intriga maquiavélica. Pero justo cuando la situación estaba más desesperada, arribó House of Cards, el chico listo de la cadena Netflix; si Game of Thrones en su primera temporada era el sueño húmedo de Nicolás Maquiavelo, House of Cards es su pesadilla, es el maquiavelismo salido de todo control, es la bestia que late por debajo del ser humano en el traicionero mundo de la política.

Todos quienes están más o menos enterados del mundillo televisivo saben que el website de Netflix, hasta el minuto enfocado al streaming de películas previo pago, decidió dar el salto a las series, siendo House of Cards la primera de ellas. Es también un remake de otra serie llamada House of Cards, que es inglesa, y que como no he visto, no puedo comparar. Dio también de qué hablar por ser un esfuerzo de producción de David Fincher, el director famoso por Los siete pecados capitales, Zodíaco, El curioso caso de Benjamin Button, y La red social; Fincher también dirigió los dos primeros capítulos. Las direcciones han sido de a dos capítulos, salvo por James Foley que dirigió tres, y que ha dirigido películas como Y quién es esta chica, Miedo y Seduciendo a un extraño, además de videoclips de Madonna tales como Papa Don't Preach. El director más conocido de la nómina, aparte del propio Fincher, es Joel Schumacher, el mismo de El cliente, Batman Forever y El Fantasma de la Opera.

Kevin Spacey disfrutándose la fiesta de su vida en House of Cards.

House of Cards sigue las peripecias de Frank Underwood, un congresista cuyo principal trabajo es alinear voluntades en el Congreso por las buenas o por las malas, para apoyar al Presidente de Estados Unidos; éste a su vez es demócrata, aunque blanco y no negro como Barack Obama. Underwood ha movido todo su poder y habilidad para asegurar la reelección del Presidente bajo la promesa de que le tocará una secretaría (el nombre que reciben en Estados Unidos los ministerios de gobierno), pero cuando llega la victoria, el Presidente desconoce su promesa bajo el argumento de que Underwood es mucho más útil y efectivo haciendo su trabajo de plomería en el Congreso, que yendo a ocupar un asiento en el Ejecutivo. Para su desgracia, Underwood es un hombre despiadado y amoral que no acepta un no por respuesta, y por lo tanto se abocará con todas sus energías a sobrepasar su revés, e ir creando una red de influencias alrededor del Presidente hasta terminar manejando todos los hilos del Gobierno. Para ello cuenta con el apoyo de su esposa Claire que maneja una ONG, la ambiciosa periodista Zoe Barnes que busca consolidarse en el competitivo mundo de la prensa, el representante Peter Russo que zigzaguea entre la defensa de su representación y su errático comportamiento con drogas y prostitutas, y su fiel mano derecha Doug Stamper; todos ellos serán a un tiempo convencidos y manipulados para moverse en la dirección que más le conviene a Underwood.

A partir de este argumento, House of Cards hace un crudo retrato de la política en Washington, y en realidad de la política en general. Esta no es una serie de televisión en donde hay políticos idealistas y el J.R. de turno es detenido en sus conspiraciones cuando se está excediendo del límite. Tampoco es una serie estilo 24 en donde podrá haber mucha maldad y corrupción en el sistema, pero también hay hombres buenos y decentes como Jack Bauer o David Palmer que harán lo imposible para plantarle cara a los poderes en la sombra. Por el contrario, en House of Cards todo el mundo conspira, todo el mundo tiene su agenda, y las personas valen sólo en cuanto tengan capacidad para retorcer y manipular a otros. Los únicos personajes con un atisbo de decencia son justo aquellos que carecen de poder efectivo: la chica que llega a la ONG por idealismo, la novia de Peter Russo que intenta una y otra vez enrielarlo por el buen camino sin éxito, el agente de seguridad que termina en el hospital, o el dueño del local en donde Frank Underwood come sus deliciosas chuletas de puerco como no las hay otras en todo Washington. Por el contrario, todos los que tienen alguna cuota de poder, la tienen por su egoísmo, su falta de empatía, su capacidad para la mentira y la manipulación, su disposición a torcer las reglas y saltarse toda moral, y su clara conciencia de que así funciona el mundo de fieras en donde están metidos. House of Cards no es una serie optimista, sino una profundamente cínica, negra incluso, por lo que a veces verla se hace pesada, muy pesada, casi irrespirable.

Claire la esposa que no escatima sacrificios en pos de la cruzada personal del matrimonio.

No se crea que House of Cards se agota en la política. La serie se da maña para examinar con prolijidad y desapasionamiento cómo la política se infiltra y entrelaza con toda clase de intereses. A lo largo de la serie vemos las relaciones de la política con los medios de comunicación, tanto con los tradicionales como con la nueva cultura de los blogs, de la política con las ONGs, de la política con el mundo sindical, de la política con los empresarios, de la política con la esfera educacional, etcétera. A través de la serie entendemos cómo la política se transforma en el cuadrilátero en donde veremos el pugilato de numerosos intereses entrecruzados y a menudo contrapuestos, y cómo estos intereses pueden ser manejados por los políticos para aupar sus propias carreras. Nada queda a salvo aquí. Especialmente memorables resultan los episodios de la primera mitad del ciclo en donde vemos a Frank Underwood tratando de acrecentar su influencia a través de un proyecto de reforma de la educación, en donde vemos como una actividad que en principio debería ser idealista y noble, termina siendo manejada y desfigurada en los pasillos del poder político.

Uno de los valores de la serie es que no juzga ni condena a sus personajes; en vez de ello se limita a describirlos, y que cada uno saque las conclusiones. No hay discursos ni debates sobre moral, ni refriegan a ésta en la cara. No hay personajes que representen determinados arquetipos éticos o filosóficos. Ayuda a esto una estética fría, muy fría, fincheriana en última medida, con habitaciones y casonas muy pulcras, trajes muy medidos, iluminación muy cuidada. House of Cards tiene una cinematografía que no se distancia demasiado de lo que hubiera rodado un Stanley Kubrick, si hubiera estado vivo para interesarse por el proyecto. Un truco interesante de la serie es herencia de La red social de David Fincher, aquí evolucionando desde el hallazgo feliz hasta el tópico resultón: llevar a la pantalla los mensajes de texto para crear una experiencia más parecida a la vida 2.0 y prototranshumana en que se desenvuelve la política, así como la vida, por nuestros días.

Zoe la periodista para la que cualquier arma es buena con tal de conseguir una primicia.

Kevin Spacey interpreta a Frank Underwood, y lo convierte en un personaje memorable, incluso legendario. Su actuación permite comprender y empatizar con sus motivos, por más despreciables que sean las acciones que vemos. En el primer capítulo, en su primera escena, vemos su código moral: eutanasia a un perro moribundo porque el sufrimiento que no lleva a un aprendizaje de alguna clase es innecesario y debe ser evitado. La serie tiene la inteligencia de que Underwood con frecuencia rompe la llamada cuarta pared y se dirige directamente a la audiencia para explicarnos el por qué de lo que está haciendo, permitiéndonos ver su juego. A través de estos diálogos nos explica cómo piensa, cómo ve el mundo, qué resortes está tratando de pulsar, y nos da indicios acerca de cuál será la próxima jugada que planeará. Aunque cuando se está jugando una carta de verdadero suspenso, se limita a soltar un par de frases, y dejar que todo ruede hasta el resultado de sus acciones, que podrá ser el planificado o no, pero que siempre será fascinante de ver.

A su alrededor tenemos una nutrida cohorte de personajes. Robin Wright interpreta a Claire, la esposa con la que Frank Underwood forma equipo; se deja bien en claro que ambos son aves del mismo nido, comparten una pasión desmedida por el poder, y entienden que cualquier cosa es válida para alcanzarlo y acumularlo, incluso mantener un matrimonio abierto porque el sexo es, en el fondo, otra herramienta de poder y manipulación, y Frank Underwood debe estar disponible también en el terreno sexual para llevar adelante su juego. Resulta memorable que, cuando Frank Underwood comienza a acostarse con la periodista Zoe Barnes, Claire está enterada y lo aprueba porque dicho paso es necesario para mantener bajo control a la periodista que es útil para sus planes.

Peter Russo y su novia nunca pensaron que los agujeros de la política podían ser tan profundos y sucios.

Kate Mara, hermana mayor de la también ascendente actriz Rooney Mara, interpreta por su parte a la mencionada Zoe Barnes, una periodista ambiciosa que ve los caminos de ascenso cerrados porque siempre hay alguien más adelante en la fila. Su alianza con Frank Underwood le resulta así la llave maestra a través de la cual irá escalando posiciones, soltando como primicias aquellas noticias que le convienen a Frank que se ventilen y llevándose el crédito. Aunque dichas noticias muchas veces no tengan ninguna base, y sean más bien soplos pasados por comentarios de fuente reservada, cuando no declaraciones tendientes no a revelar una noticia, sino directamente a crearla. La serie deja entrever que, aunque otros periodistas la detestan por obtener golpes noticiosos de manera tan poco ética, en general varios otros colegas también tienen cadáveres en el armario, o mejor dicho, antiguos amantes bajo la cama, y que han hecho lo mismo a su vez para trepar.

Corey Stoll por su parte es Peter Russo, un político joven y carismático que no termina de entender del todo cómo funciona la política, y que siendo un adicto al alcohol, las drogas y las prostitutas, teniendo todo el dinero que le otorga su cargo público está simplemente fuera de control. Es esta circunstancia la que Frank Underwood aprovecha para chantajearlo y transformarlo en su peón, con una diabólica combinación de presión con discursos comprensivos que, sabemos, son falsos de falsedad absoluta.

¿Lealtad a algo en House of Cards? Debe ser un capítulo de relleno.

La serie tiene un ritmo irregular. Sus trece capítulos se hacen algo largos, en particular por lo depresivo del argumento. Combina capítulos trepidantes en donde estamos sentados al borde de la butaca debido a los inesperados manejos de Frank Underwood, con otros que parecieran estar puestos ahí más que nada para cumplir con la cuota de 13 episodios encargados. Incluso la historia parte con la vendetta personal de Frank Underwood contra quienes lo perjudicaron, pero esta trama a lo Conde de Montecristo queda un poco de lado cuando deja de ser personal, y la vida sigue como de costumbre y sin novedad; recién en los dos últimos episodios se acuerdan de que va siendo hora de darle un sentido de cierre a la temporada, y en una espectacular vuelta de tuerca final se revela el motivo verdadero por el que Frank Underwood fue apartado en el primer episodio de la promesa que se le había ofrecido. Es un interesante final, pero por desgracia quedan otras tramas abiertas: la investigación periodística queda en un punto más o menos indeciso, y una trama secundaria referida a la ONG queda también en un punto inconclusivo, que podría ser seguida o ignorada con igual facilidad, en una segunda temporada. De todas maneras, Netflix ha confirmado la misma, así es que veremos si dichas tramas sueltas encuentran alguna forma de concreción.

Es difícil ver House of Cards y después no volverse hacia los políticos de los propios países. En House of Cards tenemos a los demócratas y los republicanos, pero aquí en Chile tenemos a la Alianza y a la Concertación. En muchos países del mundo existe un régimen bipartidista o que se aproxima al bipartidismo, y por lo tanto existe la sensación de que no hay nadie más por quien votar. House of Cards eleva esa sensación a la enésima potencia. Verla es entender que el voto popular no vale nada, que los políticos no tienen ninguna agenda política que no sea adherirse a la causa o al lobby de turno para hacer aún más poder, y que en realidad lo que llamamos la democracia, si funciona, lo hace de milagro, o acaso porque todos los complots para hacerse con el control del sistema se contrapesan y anulan unos con otros, en un equilibrio inestable y precario, siempre a punto de romperse.


domingo, 23 de junio de 2013

ZOOCINE - "Hombre de Hierro y Hombre de Acero".


CHILEKENT69: Buena, buena, “El Hombre de Acero”. La cagó, la mejor peli de supers del año.

JORDAN: Lo mismo dijiste de “Iron Man 3”.

CHILEKENT69: Sí, también, mira, las dos son buenas, es que yo... yo...

LAURENCIO: Las dos películas son la misma cosa. Una excusa, un pretexto para inflarse a palomitas en el cine.

JORDAN: ¿Palomitas?

VÍCTOR: Expresión que usaban nuestros padres para referirse al pop-corn.

JORDAN: Ah.

CHILEKENT69: Lo que te carga es que esas películas ganen plata, mientras que a tu cine europeo comunista Muro de Berlín no lo pesca nadie.

LAURENCIO: A ver, veamos las películas de manera calmada, objetiva, desapasionada. Primero, el protagonista es un estereotipo de americano. En “Iron Man 3” es un millonario, el sueño capitalista, y en “El Hombre de Acero” es un granjero. Ambos aunados porque son hombres de esfuerzo, Tony Stark con sus inventos y Clark Kent cultivando la granja, o algo así entendí, ¿no?

CHILEKENT69: Tirada de las mechas la comparación, Laurencio, qué te puedo decir.

LAURENCIO: Entonces llega el gran mal, el mal exterior. Porque el mal es siempre extranjero en Estados Unidos. El Mandarín en “Iron Man 3”, los kryptonianos en “El Hombre de Acero”.

CHILEKENT69: ¡Pero alto ahí! El Mandarín, o sea el verdadero Mandarín, porque está el falso Mandarín que es un actor... ¿Qué me gritó ese tipo allá, Jordan?

JORDAN: Que gracias por gritar el final de la película, él no ha visto “Iron Man 3” todavía.

CHILEKENT69: Bueno, uno de los tontos que se quedó fuera del carro de la quinta o cuarta película más taquillera de la Historia. El caso es que el Mandarín obra por prejuicio personal, mientras que el General Zod es un tipo que quiere resucitar Krypton. Uno es noble, el otro no.

LAURENCIO: Pero el resultado con América es el mismo, que América debe desaparecer. Porque el Mandarín quiere enseñarle a América para que América no se meta con el resto del mundo... bueno, esa es la pantalla a lo menos. En cuanto al General Zod, quiere terraformar la Tierra...

CHILEKENT69: Kryptoformar, en realidad, si tenemos que ser técnicos.

LAURENCIO: Y por supuesto, América son lo más bueno de lo más bueno. O sea, miren en “Iron Man 3”, el Presidente es taaaaaaaan bueno, pobrecillo, si yo no sé para qué tiene todo el armamento nuclear que tiene si vienen los terroristas y a la primera de cambio se toman el Air Force One. En cuanto a “El Hombre de Acero”... Van los extraterrestres y atacan toda la Tierra, ¿y en donde instalan su máquina destructora? Sobre Metropolis, que es como Nueva York, ¿o no?

CHILEKENT69: Sí, pero es que es una película de superhéroes...

LAURENCIO: Porque no la iban a instalar en Madrid, Irak o Afganistán, ¿verdad?

CHILEKENT69: Lo que pasa es que éstas son películas de superhéroes. Son así. Así las tienes que aceptar. Hay un bueno muy bueno con superpoderes, y hay un malo muy malo con superpoderes, y cuando se enfrentan... ¡Efectos especiales! ¡Explosiones!

LAURENCIO: ¿Y tienen que ser así, tan proamericanas? ¿Tan yankis?

CHILEKENT69: Bueno, ellos inventaron el cine de superhéroes... y ellos las hacen, ¿no?

LAURENCIO: Y cuál es la moraleja de las películas. El Mandarín de “Iron Man 3” igual tiene razón en criticar a Estados Unidos, pero resulta que al final toda esa crítica es ilegítima porque no es de verdad, es sólo un pretexto para una venganza personal egoísta. O sea, moraleja, los que critican a Estados Unidos son pobres tontos útiles manipulados. Mensajito que le mandan a la audiencia. Y en “El Hombre de Acero”... El General Zod es un kryptoniano manipulado genéticamente para creer en lo que cree, y por lo tanto desde un punto de vista ético no es responsable por ser el villano y hacer cosas de villano. Pero ataca a Estados Unidos, y listo, es un villano. O sea, moraleja, los que atacan a Estados Unidos son... pobres tontos útiles. Manipulados, genéticamente, eso es.

CHILEKENT69: ¿No puedes ir alguna vez al cine a simplemente divertirte? A... no sé... ¿Nunca fuiste niño y te pusiste una capa y quisiste ser como Superman?

LAURENCIO: No...

CHILEKENT69: Nunca tuviste infancia, Laurencio.

JORDAN: Pues a mí me gustaron las dos películas. Es que Tony Stark, no sé, está tan mino él.

VÍCTOR: ¿Encuentras mino a un tipo que tiene una novia y le presenta a su novia más antigua que se agarró en la noche del Año Nuevo de no sé cuándo?

JORDAN: Eh... Yo... Yo... Bueno, pero Superman también es mino. El Hombre de Acero.

CHILEKENT69: Así es que te gusta de acero, Jordan, ¿eh? Estas chicas...

VÍCTOR: Te gusta un hombre que se la pasa huyendo por todo el mundo, pero que al final sólo necesita que una periodista lo persiga para enamorarse como la princesita en su castillo. Te gusta un mamón, Jordan.

JORDAN: ¡Víctor, pero de qué lado estás!

CHILEKENT69: Oh, Jordan, chica... Cuidado... ¡¡¡EL MAMÓN ESTÁ DESPERTANDO!!!

JORDAN: ¡Bueno, ya! ¡Me dieron fantasías con Tony Stark y Superman! ¡Haría un trío con ellos! ¿No eras tú, Chilekent, que decía que había que ver estas películas con fantasía? ¡Porque la verdad, prefiero un trío con Robert Downey Jr. y Henry Cavill, que un cuarteto con ustedes tres!

CHILEKENT69: ...ouch...

miércoles, 19 de junio de 2013

"The Americans": Una Guerra Fría que no calienta.

Слаaaaaвься, Отеeeeчеeeeeeство... наaaaше свободноеeeeeee...*
 Cada año llegan marejadas de nuevas series televisivas, la mayor parte de las cuales apenas conseguirá una temporada o dos sin pena ni gloria a lo sumo. Otras durarán más o se transformarán en clásicos, o incluso ambas. Y en la última década más o menos, algunas no llegan ni siquiera a ser emitidas hasta el final de su primera temporada, canceladas con apenas cuatro o cinco capítulos emitidos, si la audiencia no acompaña. La mayoría de las series son clones de otras, o aplicaciones de fórmulas mil veces vistas, y la mayoría de las series son mediocres o hechas con poco espíritu. Cuando ambas mayorías se cruzan, el resultado es fatal. Encontrarse con una serie que tenga un tono en apariencia novedoso, y que además se esfuerce en su ejecución, es una joya. Por desgracia, tratándose de The Americans, ambos propósitos quedan un poco a medio fuelle. Y el resultado final se resiente de ello.

The Americans saltó a la parrilla programática por el canal FX, con una primera temporada de trece capítulos, emitidos en Estados Unidos a partir del 30 de Enero, y en Latinoamérica cerca de un mes después. La premisa de la serie era prometedora. Los protagonistas son una pareja de agentes de la KGB encubiertos en Estados Unidos, siempre tensionados por su trabajo sucio por un lado, y por la mascarada que mantienen no sólo frente a sus vecinos y conocidos, sino también a su mismísima familia. Para sus dos hijos, esta pareja es un matrimonio bien avenido, el padre trabajando de vendedor viajero y la madre como ama de casa. Sumémosle además que la serie está ambientada en 1.981, el año de la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca con el consiguiente recrudecimiento de la Guerra Fría, y teníamos una fórmula ganadora.



El episodio piloto resultó una entrada notable. Vemos a la familia en misión para perseguir a un defector de la KGB que desea instalarse en territorio estadounidense. La misión de los protagonistas es capturarlo y enviarlo de regreso a Moscú, en donde presumiblemente será torturado y ejecutado, aunque eso los agentes sólo pueden suponerlo, con buena base por lo demás. Las cosas se complican porque la esposa lo reconoce: ha sido su antiguo entrenador, quien durante el entrenamiento la violó a vista y paciencia de un subalterno, porque una mujer agente de la KGB en suelo extranjero debe estar preparada para cualquier circunstancia, incluyendo el evento de terminar siendo seducida y abandonada por algún sucedáneo de James Bond imperialista. La situación se resuelve dentro del mismo capítulo, de una manera bastante satisfactoria por cierto, aunque no tanto como para no llamar la atención del FBI. Da la casualidad de que un nuevo vecino de la familia es justito un agente del FBI, y además uno encargado de cazar espías rusos en suelo estadounidense. La propia agente le dice a su marido: se supone que los agentes del FBI deben vivir en alguna parte.

El problema es que a partir de ahí, la serie se vuelve completamente errática. Pretende ser dramática, pero poner de vecinos a un agente del FBI y a uno de la KGB encubierto termina por transformarse en una fuente de pura comedia involuntaria, por mucho que ambientándose en Washington, es de presumir una alta densidad poblacional de agentes de seguridad del Gobierno. Este síndrome se agudiza aún más cuando ambos vecinos empiezan a hacerse amigos, aunque de manera interesada por parte del agente de la KGB, por razones obvias. De todos modos, el juego del gato y el ratón no llega mucho más allá porque si lo hiciera, entonces el agente del FBI descubriría la verdad y se acabaría la serie, con la presumible ejecución de los protagonistas en la cámara de gas. Para evitar que el suspenso decaiga por este motivo, la serie opta por introducir personajes secundarios, en concreto dos chicas, que obrarán como traidores: una funcionaria de la Embajada de la Unión Soviética en Washington chantajeada para trabajar para el FBI, y una funcionaria del FBI engañada y seducida para trabajar de manera inadvertida para la KGB.

Nunca confíes en un vecino sonriente. Podría ser parte de una peligrosa familia de agitadores comunistas.

Aparte, la serie abandona deliberadamente en muchos instantes la temática del espionaje, y se centra en el pasteleo de los protagonistas y sus cuitas amorosas. La pareja protagónica se supone que es un matrimonio construido como fachada, pero han pasado como familia cerca de década y media, y como del roce nace el cariño, ambos deben empezar a admitir que los sentimientos crecen. Lo que se vuelve un problema considerando que parte de su trabajo como espías implica acostarse con otras personas. El folletineo alcanza sus más altas cumbres cuando ella, que ha tenido un amante negro durante casi todo su período en Estados Unidos, se enoja porque él se entrevista por motivos puramente profesionales con una antigua noviecita de la KGB a quien no había visto desde abandonar la Unión Soviética, y prácticamente lo obliga a abandonar la casa. No es Melrose Place, pero está mucho más cerca de Aaron Spelling que de la serie de espías promedio. Para colmo, la serie rellena un montón con los problemas maritales del vecino agente del FBI, que por lo general marcan el momento idóneo para echarse una pestañeadita dentro del capítulo, o para ver qué están dando en el canal de al lado.

El tono de la parte del espionaje es mantenido en un tono intencionalmente bajo. Esto no tiene por qué ser algo negativo: no todo va a ser acción pasada de roscas como 24. Pero de pronto, parecieran olvidarse de que la tensión y el suspenso son la chicha de cualquier serie de espías. Una serie como American Dad ha dejado casi por completo en el olvido que su protagonista es agente de la CIA, pero lo ha compensado con ser una excelente sitcom, o una parodia pasada de vitaminas de las sitcom familiares a lo menos. The Americans es una serie de espías de tono menor, pero además reemplaza el espionaje con un culebrón aburridísimo, y esa es la fórmula ideal para dormir a cualquiera. Incluso el final de temporada, que debiera haber sido percutante, se queda como un episodio más, ni mejor ni peor que el resto, y no uno que invite de manera especial a seguir viendo la serie otra temporada más.

Comunistas comeniños entre nosotros.

Quizás no por casualidad, los dos mejores episodios de la temporada, aparte del piloto, sean dos sendas misiones en donde los agentes de la KGB se ven inmersos en una actividad frenética en operaciones de alta importancia. Uno de ellos se ambienta en el día del atentado contra Ronald Reagan: condicionada por su experiencia con los vejetes del Partido, la KGB está convencida de que todo es parte de un golpe de estado interno, y está lista para pedirle al Politburó que lance un ataque nuclear preventivo antes de que el nuevo Presidente de Estados Unidos, sea quien sea, haga lo propio. Los protagonistas, llevados por una corazonada, son quienes deben tratar de impedir a toda costa el desastre. Que sepamos la conclusión de la historia, a saber que no hubo golpe de estado interno Estados Unidos, en apariencia a lo menos, ni que estalló la guerra nuclear total, no quita que sea un episodio repleto de suspenso, no porque no sepamos el final, sino porque ignoramos cómo van a llegar hasta él.

El otro episodio memorable es aquel en el cual un líder de la resistencia sindical polaca visita Estados Unidos. Los agentes de la KGB deben entonces llevar a cabo una operación muy turbia para anularlo, de cara a minar la credibilidad del movimiento sindical polaco. Es uno de los pocos episodios en donde la geopolítica de la época se hace presente de cuerpo entero. La resolución del conflicto suma bastantes enteros, ya que refleja de lleno la naturaleza turbia del mundo del espionaje.

Keri Russell tratando de ser más sexy que Claire Danes.

Mi teoría personal es más o menos la siguiente. En FX vieron que una serie como Homeland, con una excelente primera y segunda temporadas, se estaba llevando todos los premios, y decidieron utilizar la fórmula de mezclar drama de personajes con suspenso y giros de trama. Si mi teoría es correcta, entonces los productores de The Americans no entendieron cómo lo hizo Homeland, y qué la hace tan especial en primer lugar.

Homeland está llena de vueltas de tuerca, y centra el misterio en la identidad de un personaje que resulta lo suficientemente ambiguo como para que a cada paso nos preguntemos qué está haciendo en realidad. En The Americans no hay tal ambigüedad: los personajes resultan demasiado planos, demasiado poco carismáticos, demasiado opacos, para que nos preocupemos de ellos. Sólo Claudia, la supervisora KGB de los protagonistas, tiene la ambigüedad suficiente como para que lleguemos a preguntarnos acerca de su verdadera agenda, o la de sus superiores, pero salvo un par de episodios puntuales, nunca terminan de explotar del todo esta ambigüedad.

Por su parte, Homeland explota de manera cruda las cuestiones éticas que llevan a un terrorista a convertirse en tal. En The Americans en cambio no hay grandes dilemas morales: tenemos a la KGB por un lado, al FBI por el otro, y que gane el mejor. No ayuda que la serie parte con los agentes del KGB viviendo por casi dos décadas en suelo de Estados Unidos, y por lo tanto el valioso filón que hubiera sido verlos llegar, instalarse, adaptarse, y criar a sus hijos en los esenciales primeros años siendo comunistas aparentando ser capitalistas, con todos los conflictos éticos que ello hubiera podido generar, se lo fusilan. En el primer episodio hay algún flashback, pero nada tan importante como para ahondar en esa parte de la premisa.

Peligrosos agentes americanos de contraespionaje sembrando el terror entre los topos de la KGB.

Entre los aspectos positivos, la serie y sus guiones son justos con la Guerra Fría. No hay un intento descarado por vender a Estados Unidos y la sociedad McDonald's como el punto cúlmine de la evolución mundial humana, o como los baluartes de la libertad y la democracia siempre incomprendidos en sus esfuerzos por querer lo mejor para nosotros el resto de la Humanidad. Ni se presenta a los agentes de la KGB como gentes trágicamente erradas en su estúpida manera de ver y concebir el mundo, sino como funcionarios que tienen un trabajo bastante gris y por el que cobran un sueldo presumiblemente también gris, sólo que su trabajo carece de horarios y posee un componente de riesgo dentro de los servicios laborales prestados. La serie termina presentándose como un enfrentamiento entre dos bandos que al final no resultan ser demasiado diferentes entre sí, agencias de seguridad que son burócratas que tratan de hacer el mejor trabajo que pueden con lo poco que tienen. Los agentes de la KGB no son tan afectos al régimen, pero obedecen por una mezcla de miedo a sus superiores y de la convicción no necesariamente ingenua de que sus ideales son positivos, más allá de cómo los ejecuten sus líderes; los agentes del FBI por otra parte son ciudadanos comunes y corrientes, que viven dentro del sueño americano pero tampoco son representaciones del éxito, la fortuna y los valores más prototípicamente capitalistas. El mejor aspecto de la serie es conseguir presentar la historia desde el punto de vista de la savia y sangre del sistema, de ambos sistemas, aquellos cuyo trabajo no es disfrutarlo, sino ponerse en la línea de fuego para que otros los disfruten.

Por desgracia, todos estos conceptos interesantes se malogran por una ejecución bien cuidada, pero no demasiado inspirada, una que se basa más en la calidad técnica y el minimalismo que en las ideas arriesgadas o el chispazo de genio ocasional. Las historias tratan de presentarse con filo, y las actuaciones se mantienen contenidas sin rendirse al melodrama, pero existe demasiada conciencia de estar trabajando en un producto para los Emmys. Ahora que viene una segunda temporada de la serie, le convendría desmelenarse un poco, imprimirle algo más de suspenso a los guiones, dejar de lado los aspectos más sangrantes del melodrama barato, y centrarse en lo más interesante, en el conflicto de la KGB tratando de pararle los pies a un Presidente megalómano y dispuesto a todo para destruir a su país.



* Las letras iniciales en cirílico bajo la primera foto, son el primer verso de la estrofa del himno de la Unión Soviética, en su versión de 1.977 (transliterado: Slav'sya, Otechestvo nashe svobodnoye - Sé gloriosa, nuestra libre Madre Patria).

domingo, 16 de junio de 2013

"Game of Thrones": Al diablo que yo me largo de aquí.

Game of Thrones partió como una serie épica, y ha devenido en un cartoon. Ilustración de bpattullo.
Decepción. Esa es la palabra que se me viene a la mente cuando pienso en la tercera temporada de Game of Thrones (o Juego de Tronos). La serie partió con una magnífica primera temporada, y luego empezó a hundirse lentamente en la segunda. En la tercera ha alcanzado un punto que, creo, es su nadir. Quizás en la cuarta se vuelva incluso peor. Esa mi opinión, contraria a casi todo lo que he leído en la blogósfera. Pero yo no tengo por qué estar de acuerdo con todo el mundo. O con lo que sospecho es en realidad una minoría vociferante, frente a una mayoría silenciosa que abandonó la serie sin tantos aspavientos, como se abandonan tantas cosas en este mundo. O que nunca se sentó a verla en primer lugar.

En lo que a mí respecta, creo que tres temporadas en el cuerpo son suficientes para mí. Ya me hice una idea de qué se trata la serie, cuánto puede dar de sí, y más en particular, cuánto están dispuestos a dar sus creadores. Que no es mucho. Porque los prospectos no son para nada halagüeños. Llega un minuto dentro de toda serie de televisión en donde debes enfrentar la realidad. A veces una serie parte bien, pero la calidad empieza a disminuir. Pero sigues viéndola, inasequible al desaliento, porque muy en el fondo de tu corazón esperas que la siguiente temporada sea la temporada en la que todo vuelva a ser como antes, como cuando la viste por primera vez. Hasta que de tanto estrellarte, asumes la realidad. La serie es lo que es, se siente cómoda siéndolo, seguirá siéndolo, y no va a cambiar por ti. Si la sigues o no, es tu opción, pero es un tómalo o déjalo. Como esa chica de la que nos impresionamos cuando éramos adolescentes y pensábamos que si nos esforzábamos, íbamos a conseguir que se derritiera su corazón y que se entregara a nosotros. Después las personas maduramos. Algunas, por lo menos.

Por cierto, este artículo contendrá una enorme cantidad de spoilers. No veo el punto en ocultarlos si es que el punto del mismo es criticar una serie que, según yo, no vale la pena ser vista más allá de la primera temporada. El lector debería salir convencido de que no vale la pena invertir tiempo ni esfuerzos con Game of Thrones, de manera que saber detalles de lo que ocurrirá, no le debería afectar en lo más mínimo. Incluso lo beneficiaría porque le permitiría enterarse sin tener que sentarse a ver las hasta el minuto casi treinta horas emitidas.

La Casa Stark, principales protagonistas de la serie, en el episodio piloto. Tres temporadas y treinta capítulos después, cuatro personajes de aquí están muertos, y tres en fuga, si hice bien las cuentas.

En lo que a mí se refiere, me vi la primera temporada íntegra. Luego, me vi la segunda temporada íntegra. Pero para la tercera, los abusos hacia el espectador insinuados en las dos primeras temporadas se hicieron aún más patentes. Eran defectos que habían estado ahí desde siempre, pero que consideraba como menores o bajo control. Pero ahora, dichos defectos se salieron de toda madre y se están comiendo la serie. Por lo mismo, y para ser justos, en realidad vi sólo siete episodios de los diez de la tercera temporada. En lo esencial, porque después de cinco episodios en que no sucedió absolutamente nada, me bajé ante el autodescubrimiento de que ni siquiera estaba prestando atención a las peripecias de los personajes por la pantalla. Después del quinto episodio no iba a regresar a la cita televisiva de los domingos en la noche, pero a las semanas me enteré de que ocurría algo interesante en el capítulo nueve, por las redes sociales, y vi el capítulo no el domingo de su estreno, sino en retransmisión. Para una serie que se basa en la idea de darle brincos inesperados al espectador, el hecho de que un spoiler me haya llevado a ver un capítulo con interés en vez de arruinármelo, algo dice acerca del rumbo que está tomando la serie. Después, por si acaso, vi el décimo episodio y final de temporada. Ninguna maravilla.

Repasemos. Game of Thrones es la adaptación de la saga Canción de hielo y fuego de George R.R. Martin, refiriendo una gran guerra civil en el continente ficticio fantástico pseudomedieval de Westeros. Su primer tomo, Juego de tronos, más o menos adaptaba el inicio de la Guerra de las Rosas en un universo fantástico, como señalamos en el artículo El verdadero Juego de Tronos publicado aquí en la Guillermocracia, y recibió su correspondiente adaptación en la primera temporada. El segundo tomo, Choque de reyes, fue adaptado en la segunda temporada. La tercera y cuarta temporadas serán la adaptación del tercer tomo, Tormenta de espadas, reputado como el mejor de la saga. Aunque, considerando que los tomos Festín de cuervos y Danza de dragones no describen eventos sucesivos sino que corren en paralelo, es posible que la cuarta temporada pesque un poco de ambos. Lo ignoro, porque en realidad conozco este universo narrativo por la serie de televisión; no me he sentado a leer los tomos, ni tengo intenciones de hacerlo por el minuto.

Hablaba más arriba acerca de que en la tercera temporada se hicieron patentes los vicios de Game of Thrones. Ninguna serie ni historia es perfecta, y puestos a buscar, es fácil encontrar aquello de lo que carece, o aquello que la lastra. En el caso de esta serie, el gran lastre es lo que llamaría el porno de personajes. Muchas series, películas y libros son fetichistas o pornográficos, no sexualmente sino con elementos capaces de captar la atención (aunque en lo sexual, Game of Thrones está en las antípodas de la frigidez de El Señor de los Anillos). Pensemos en la pornografía pura y dura: hace uso extensivo del sexo en desmedro de la trama, las actuaciones o las caracterizaciones porque el punto es vender el sexo, no la historia. Eso es lo que buscan los compradores de porno, y eso es lo que el porno da de sí. En lo que hemos llamado porno de personajes, el fetichismo estriba en poner a un amplio abanico de personajes, y detallar hasta lo último que comen o defecan cada uno de ellos. Es una moda que en televisión se hizo patente, creo que por primera vez, con Lost; al final, vendieron la idea de que los eventos de la serie eran lo de menos, porque no era una historia de misterio sino una de personajes. Y lo más increíble, hubo gente que se lo compró. Yo vi las dos primeras temporadas de Lost, y cuando en la tercera se me hizo patente que se lo estaban inventando todo por el camino y no había solución a la vista, me bajé. Supe después que mucha gente quedó chasqueada por un final que resolvió las cosas a medias. Por su propia culpa, ya que se los habían advertido: Lost era personajeporno.

La recompensa al final del camino del Calvario.

Hay historias que a veces se ponen remolonas y no avanzan, y en donde esta situación es un riesgo calculado. El autor (novelista o productor televisivo) tiene esto bien pensado, y corre el riesgo de ponerse moroso en algunos capítulos para poner las piezas en su lugar, y desatar el infierno después. Alfred Hitchcock hizo esto de manera deliberada en su película Los pájaros, echándose un tercio de película en una historia romántica ñoña y sin mucha chicha, buscando con toda mala intención el adormecer al espectador lo suficiente para que cuando estallaran los pájaros en la pantalla, fuera todo mucho más brusco y violento. Este factor ha disminuido porque las películas con bestias salvajes desatadas se han vuelto mucho más bestiales y sanguinarias con el paso del tiempo, y por lo tanto la fisicidad de Los pájaros hoy en día se ve demasiado adocenada; pero para su época, Los pájaros fue un filme de terror icónico, inventando prácticamente todo un nuevo género cinematográfico que después codificaría Tiburón de Steven Spielberg. En el caso de Hitchcock, lo moroso del inicio fue por lo tanto una opción artística deliberada, y una que resultó muy bien para el público de la época, además.

Pero en otras ocasiones, el autor se pone flojo y descubre que ha encontrado la veta, que tiene lectores o espectadores fidelizados, y que ellos seguirán adelante esperanzados de que el esfuerzo al final tenga una recompensa. Y el autor, con desidia o con derecha mala fe, empieza a explotarlos. Inventa cosas sobre la marcha, hincha la historia, mete giros de trama por el amor de meter giros de trama, alarga las resoluciones, y en definitiva pierde el mapa. Lo que era una expedición bien definida a un punto determinado del mapa, se transforma en vagabundeo sobre el mismo. Lo que era un derrotero recto, con algunos meandros aquí y allá para mantener las cosas movidas, se transforma en viajes en círculo. El bien cuidado jardín se transforma en una jungla kudzu.

Recuerdo que eso me pasó con Los expedientes secretos X. Más allá de la clásica división entre historias autoconclusivas y capítulos mitológicos, las primeras temporadas estaban poniendo elementos muy interesantes para explotar después. A la altura de la quinta temporada y de la primera película, todo parecía estar llevando hacia un cambio radical en el juego, en donde la investigación del misterio central iba cediendo paso a la confrontación cada vez más directa con los extraterrestres y los invasores. Y después, empezaron a alargar la trama dilatando las respuestas y dando giros cada vez más de teleserie para justificar seguir tirando del tren. Cuatro temporadas y una película adicional después, seguimos sin respuestas. Pasó también con Héroes, cuya primera excelente temporada fue seguida por una segunda con buenas ideas y pobre ejecución, y una tercera en donde era claro que los creadores no tenían idea de qué hacer con los personajes; no me quedé para ver la cuarta y final, aunque supongo que no me perdí la gran cosa. Pasó también con Lost, como lo mencioné: sólo ante la bajada dramática de espectadores, los creadores llegaron a un pacto para reprimirse a seis temporadas. En mi caso particular, el final de la serie fue el episodio en el cual vimos el flashback en que Locke pierde la movilidad de las piernas, por la manera ridícula en que el misterio existencial había cedido paso al culebrón más bananero posible. Y sin el consuelo de tener a actrices venezolanas operadas del busto dentro del elenco, para que nos sirva de consuelo a lo menos...

...aunque por otra parte...

Y ahora, Game of Thrones. La primera temporada fue magnífica. Tardó tres o cuatro capítulos en arrancar, debido a la complejidad del universo narrativo presentado, con multitud de personajes, locaciones y tramas. Pero aunque varias de esas tramas estaban desconectadas entre sí, en particular las referentes al Muro por un lado y a Daenerys Targaryen por el otro, había una trama central sólida como una casa, las peripecias de Ned Stark como Mano del Rey, y que encontró una resolución muy satisfactoria, en términos narrativos por lo menos, además de dejar un escenario muy interesante para la segunda temporada.

Pero en dicha segunda temporada empezaron a hacerse más agudos y patentes los vicios de la historia de fondo. Demasiados personajes, demasiadas tramas. Había otra vez una trama central, el ataque de Stannis Baratheon contra Desembarco del Rey, así como los esfuerzos heroicos de Tyrion Lannister para montar la defensa, pero dicha trama no tuvo un pathos tan grande como la historia de Ned Stark, y además se vio más o menos ahogada por los irritantes cortes a tramas paralelas con personajes secundarios que aportaban más bien poco al escenario general. Para colmo, por si fueran pocos los personajes ya incluidos, y el afán por seguir con minuciosidad todas sus respectivas historias sin importar que estuvieran corriendo por las alcantarillas de Westeros en vez de transcurrir en locaciones importantes, la trama metió a saco todo un regimiento de nuevos personajes con sus respectivos trasfondos, que hicieron más lento el ritmo en general. Pero en fin, podía ser que todo estuviera moviéndose en dirección hacia algo mejor, podía ser un bache a fin de cuentas, y quizás en la tercera temporada encontraran la manera de cerrar algo todo el amplio abanico abierto en la segunda. ¿No es acaso lo que dicen los fanáticos? Dicen: "Sí, está lenta, sí, parece que no pasa nada, pero ya verás como están moviéndolo todo, y cuando se desate, va a quedar la grande". Al final de la segunda temporada quedó la grande, en efecto, pero no tanto como en la primera. Una batalla es más vasto y panorámico que una ejecución como final de temporada, pero más vasto y panorámico no significa necesariamente más épico. La épica es algo que nace desde la vastedad de los personajes y nuestra identificación con ellos, no es algo que pueda medirse con la barra del Metro Prototipo Internacional.

Y así llegamos a la tercera temporada, la que debía empezar a recoger los frutos de una trama en donde ya estaban todos los conflictos sobre la mesa. Y qué hicieron. Abrieron con otro amplio abanico de nuevos personajes, con numerosas escenas en donde se nos muestra sus respectivos trasfondos. La trama general, que ya estaba haciéndose lenta y ahogándose en la segunda temporada en medio del peso aplastante de la cantidad de personajes, aquí llegó a paralizarse casi del todo. Los primeros cinco episodios, la mitad de la temporada completa, no fue más que ubicar personajes unos con otros. ¿Qué importa si después pasan cosas interesantes, si es que para que pasen dichas cosas se requieren tantos preparativos?

Todos los personajes son importantes. TODOS.

Imagínense por ejemplo que El Señor de los Anillos de J.R.R. Tolkien hubiera invertido un tomo entero en mostrarnos a todos los personajes de la Tierra Media y sus respectivas tramas y trasfondos, antes de que los hobbits salieran siquiera de la Comarca portando el Anillo único, y todo eso con la promesa de que tales personajes en algún minuto, muchos cientos de páginas más adelante, terminarán confluyendo unos con otros. El relato hubiera sido un aburrimiento espantoso. Tolkien fue más inteligente: partió con una historia directa y sencilla, la de un hobbit y sus amigos enviados a una expedición para llevarle el Anillo a los elfos, y fue metiendo y explicando al resto de los personajes a medida que los iba necesitando. Y además, se refiere a ellos sólo en lo que sus motivaciones y acciones contribuyen a la trama principal, ignorándolos del todo para cualquier otra cosa; las tramas secundarias en Tolkien sirven para aliviar la tensión dramática, no para trepar a robarse el escenario. El Señor de los Anillos puede ser un plomo en términos de extensión narrativa y nivel de detallismo, pero el argumento al menos es prístino y fácil de seguir, incluso cuando a mediados del último tomo la cantidad de personajes importantes ya suman una considerable legión.

Volviendo a Game of Thrones, después de ver la tercera temporada me explico por qué quienes han leído las novelas se quejan de lo que pasó con los tomos cuarto y quinto. El mismo era un solo tomo, pero resultó tan largo, que la editorial forzó al autor a demediarlo; el autor decidió entonces que en vez de ser sucesivos uno respecto del otro, iba a poner un montón de tramas en uno, y otro montón de tramas en otro, de manera que ambos tomos se leen de manera sucesiva, pero en términos narrativos corren en paralelo. Es la consecuencia lógica y natural de ir metiendo a cada vez más personajes, cada vez más locaciones, y en definitiva emborrachándose con describir de manera minuciosa y maniática hasta el último pedregal cochambroso del continente de Westeros, a la vez que muy pocas de esas tramas se van resolviendo, y cuando lo hacen, es sólo para engendrar nuevas tramas. La muerte de Ned Stark por ejemplo resolvió una línea argumental, pero a la vez puso en marcha la trama de Sansa abusada en Desembarco del Rey, la de Arya en fuga, la de Robb rebelándose... Por su parte, el fracaso de Stannis Baratheon en tomarse Desembarco del Rey no sólo no puso final a sus ambiciones, sino que además de los avatares de Stannis debemos asistir ahora a las pugnas de poder de los Lannister en Desembarco del Rey, así como a la perpetuación de la guerra. A finales de la tercera temporada llevamos una temporada entera en que los Stark menores no hacen más que ser fugitivos, dos temporadas enteras en que Arya no hace ninguna contribución significativa a la trama, y tres temporadas enteras (¡la serie completa!) en que Daenerys Targaryen no se involucra con los otros personajes ni los caminantes blancos alcanzan el Muro. Pero está la promesa de que todas esas tramas en algún minuto confluirán. De acuerdo con eso, porque uno asume que si la serie se refiere a ellos es por alguna razón, pero, ¿quién garantiza que esa promesa se va a cumplir? ¿Y quién garantiza que esa promesa se va a cumplir de manera satisfactoria?

También empieza a hacérseme patente un esquema de temporadas muy poco interesante. Cada temporada dura diez capítulos. Pero resulta que de los diez, se derrochan los primeros en montar en escenario; en la primera temporada la trama principal recién se lanzaba a la acción a la altura del cuarto capítulo, en la segunda más o menos igual, y en la tercera íbamos por el quinto capítulo, o sea la mitad, y todavía nada que significara una evolución substancial de la situación desde la temporada anterior, como no sea cortarle la mano al pobre Jaime Lannister, cuyo personaje por cierto no hizo ninguna contribución significativa más allá de acabar transformado en un remedo del manco de Lepanto que además no es literato. Después de despacharse la mitad de la temporada en presentaciones, vienen los capítulos en donde de verdad pasan cosas, y que rematan inevitablemente en el noveno y penúltimo: la ejecución de Ned Stark en la primera temporada, el asalto contra Desembarco del Rey en la segunda, y la Boda Roja en el tercero. Y el décimo episodio funciona como epílogo, por lo general flojo, con un final que pretende dejar al espectador con la sensación de que se va a armar la gorda al inicio de la temporada siguiente.

Los exámenes en Derecho Civil son una alpargata al lado de ser erudito en Game of Thrones.

Sólo que después de tres temporadas de la misma mecánica, sabemos que eso no sucederá. ¿Por qué? Porque nuevamente invertirán tres a cinco capítulos en realinear a los personajes en el inicio de la siguiente temporada, para luego ir en ascenso hasta el noveno capítulo... es el ciclo de nunca acabar. Es como el final de uno de los primeros capítulos de Twin Peaks: el agente Dale Cooper dice que sabe la identidad del asesino de Laura Palmer, que es el misterio del programa, y al capítulo siguiente resulta que lo supo en un sueño, y además olvidó ese sueño. O sea, un continuará seguido de un regreso a fojas cero. Pensemos por ejemplo en el final de la primera temporada de Game of Thrones, el décimo capítulo: vemos a Daenerys Targaryen sobreviviendo al fuego y alumbrando (metafóricamente) a su camada de dragones. Todo el mundo espera entonces que los dragones se transformen en el gran factor que reventará la balanza de poder en la saga. Veinte capítulos después, todavía seguimos esperando.

No ayuda que el argumento se torna cada vez más previsible por el abuso del recurso de la falta de caballería y en el maltrato a los personajes. En las historias tradicionales suele haber poco suspenso porque se sabe que el protagonista se sobrepondrá a sus adversarios, o bien si está en peligro llegará la caballería a última hora para socorrerlo. El suspenso no suele estribar en si el héroe se salvará, sino en cómo. De ahí que en el capítulo de la ejecución de Ned Stark resulte tan chocante y sorpresivo verlo morir. Game of Thrones al inicio jugó muy bien la carta de la imprevisibilidad, de subvertir las expectativas de los espectadores. Pero luego, esto se transformó en la regla. A estas alturas, si un personaje está en peligro, casi se espera que el peligro se le venga encima y acabe con él, o al menos, que se lleve su mano diestra para la espada por delante. El aburrimiento de ver que Superman o Jack Bauer siempre ganará, es reemplazado por un aburrimiento de signo contrario, de que los personajes siempre perderán, incluso aunque vayan ganando; supongo que eso es necesario para mantener la serie andando y seguir explotando a los borregos, porque si alguno triunfara, entonces la serie se acabaría. La admiración por el héroe, sus recursos o sus valores morales, en Game of Thrones es reemplazado por la bilis de averiguar qué nuevo maltrato tiene preparado el creador para sus personajes, de qué manera lo va a humillar, de si se va a conformar con vejarlo o si además lo va a matar. Es una manera de ver la serie tan válida como cualquiera otra, pero no creo que sea el punto. Al menos, la serie trata de venderse como un producto serio y sin ironía. O a lo mejor eso también es parte del chiste, y yo no soy tan retorcido como para darme cuenta o disfrutarlo.

Además, la historia a estas alturas se basa demasiado en inflar y desinflar expectativas. En una escena parece que sucederá algo grande. Luego pasamos otras escenas que nos describen a otros personajes, a veces sin que avance mucho la trama, y cuando regresamos a la escena que de verdad nos interesaba, resulta que todo no era más que un plan, una intriga a largo plazo, o bien apenas un comentario al aire. La expectativa se desinfla. Tres temporadas de lo mismo, y llega un minuto en que todo deja de importar. Es como un culebrón mexicano o venezolano en donde la villana se pasa cien o doscientos capítulos amenazando con que va a matar a la protagonista, pero sólo se anima a secuestrarla en el último episodio. En el intermedio mueren personajes, pero aún así la villana no consigue salirse con la suya. Entonces se rellena con amenazas: los personajes se la pasan todos los capítulos amenazando con que harán cosas, amenazando con que están echando a andar sus planes, amenazando con que sus planes tendrán éxito. Sólo que hablan más de lo que hacen, los planes que echan a andar son improvisaciones no demasiado brillantes, y además cuando tienen éxito es sólo para atraerse encima problemas mayores. ¿Para qué seguirle entonces la pista a lo que está haciendo un personaje, si uno sabe que dentro de la mecánica de la serie está condenado a fracasar porque, si triunfara, la serie se acabaría? Es casi como lo frustrante que resulta ver Inspector Gadget a sabiendas de que éste nunca le pondrá la mano encima al Doctor Claw, y de que se arrancará derrotado pero ileso al final del episodio. En los hechos, la mayoría de los capítulos son increíblemente lentos, y a mitad de ellos uno está preguntándose por qué sigue con el aburrimiento; llega entonces la escena final y viene un continuará que a uno lo hace preguntarse cómo sigue, y se motiva a ver el siguiente capítulo, sólo para encontrarse con otro episodio increíblemente lento a cuya mitad uno está preguntándose por qué sigue con el aburrimiento. Las temporadas como un todo siguen más o menos el mismo patrón, con el grueso de los episodios en que no sucede nada, y dos episodios finales en donde todo parece que va a cambiar... sólo para encontrarse en la temporada siguiente que las cosas no han cambiado demasiado.

Personajes amenazándose.
Aún así, es justo señalar que Game of Thrones ha ido incrementando su audiencia a lo largo del tiempo, y la tercera temporada es la más vista de todas. Vale la pena preguntarse entonces por qué una serie cada vez más abusiva con el espectador, se ha convertido en favorita de los mismos.

Un primer factor debe tener que ver con el boca a oreja y el visionado por Internet. Sólo un grupo de fanáticos prestó atención a la primera temporada en el día de su estreno, porque más allá de ciertos círculos, la Fantasía Epica nunca ha sido realmente popular. Ellos a su vez fueron convenciendo y reclutando a más gente que vio dicha temporada con retraso, a través del streaming o directamente descargándosela. Pero esos espectadores potenciales no aparecen en el índice de audiencia de la primera temporada... pero sí en la segunda, porque quedaron enganchados y ahora sí que asistirán al estreno. Y esta mecánica debe haberse repetido para la tercera temporada. En definitiva, la cantidad de gente que haya visto las tres temporadas debe ser más o menos la misma, sólo que se han sumado por el camino a la cita del estreno del capítulo de la semana en vez de esperar meses para tener su ración de serie, y por eso han incrementado el rating. Vale la pena preguntarse cuántos de ellos se hayan desilusionado y estén pensando en bajarse para la cuarta temporada, información que no se refleja necesariamente en las estadísticas, igual como la cantidad de entradas en el cine no refleja la opinión de los espectadores respecto de una película, y la más taquillera no necesariamente es la mejor acogida. Yo mismo estaba aburrido en la primera mitad de la tercera temporada, pero seguí adelante y por lo tanto debo figurar por proyección estadística en el índice de rating, pero eso no quiere decir que me quedaré para la cuarta temporada, y por lo tanto, allí no figuraré.

En segundo lugar está el factor drogadicción, y vuelvo aquí sobre lo que planteaba, que Game of Thrones en el fondo es porno de personajes. El grueso de la serie es relleno, ya que so pretexto de explorar a los personajes, nos encontramos con escenas en donde muy poco avanza, y la multiplicidad de tramas esconde el hecho de que el grueso no se mueve: la atención a la tala de árboles puntuales hace perder de vista que el bosque sigue inmutable. Al final es como ver una galería de retratos colgados en la pared del palacio de algún noble: pueden estar muy bien pintados, pero no hay acción, no cuentan una historia, son sólo estampas colgadas en un muro. Pero esto se enmascara con episodios de 50 minutos en donde durante sus primeros 45 no sucede nada, y en su escena final se deja caer un continuará. De esta manera, el espectador ha recibido el equivalente a una inyección de droga a la vena, y queda eufórico hasta la siguiente dosis. La cadena televisiva se transforma así casi en un camello que vende la dosis, manteniendo quieto y fidelizado al espectador. Y para los finales de temporada, se hace lo mismo a escala más amplia: el noveno capítulo envía la inyección más poderosa de todas, y el décimo capítulo se relaja la tensión con el pretexto de estar preparando el escenario para la temporada siguiente.

Espectadores fidelizados.

No debemos descartar tampoco el factor esfuerzo. Game of Thrones es una serie de difícil acceso, ya que al tener numerosos personajes y muchas tramas, manejar la mitología interna de ésta es laborioso. El espectador casual lo tiene crudo para entender lo que sucede dentro de la misma, o qué personaje está hablando con qué otro personaje, o por qué. Se necesita fidelizarse para entender. Es decir, el espectador debe invertir un esfuerzo muy superior para entender la serie, que el necesario para ver Xena: La princesa guerrera por ejemplo. Aquí entra en escena el factor sicológico de que todas las personas queremos ver nuestro esfuerzo recompensado. Y si abandonamos la serie por la mitad, nos queda la sensación de que hemos perdido todo ese esfuerzo. Y a nadie le gusta perder. Razón por la cual el espectador fidelizado se hace más reacio a bajarse. Es un razonamiento falaz porque si sigue a bordo, seguirá perdiendo todavía más tiempo y esfuerzo mental, pero aquí opera un sesgo de percepción. Es similar a las apuestas del casino: si una persona ha perdido una fuerte suma de dinero, siente la tentación de apostar todavía una suma más fuerte, para ganar y recuperar las pérdidas. Si vuelve a perder, las pérdidas se incrementan, por lo que en vez de retirarse para no seguir perdiendo, apostará todavía más fuerte, y el ciclo prosigue con pérdidas cada vez mayores. Lo que se pierde en Game of Thrones es tiempo, y en cantidades brutales, porque cada temporada son diez horas, que sumadas harían una jornada laboral entera de trabajo, incluyendo horas extraordinarias. Pero el espectador fidelizado que esté disconforme con el alargue eterno de las tramas, seguirá adelante esperando encontrar una recompensa, la promesa de que al final alguien se quedará con el Trono de Hierro. No es un factor para tomárselo a broma: el brutal cabreo de un extenso sector de la audiencia con el final de Lost o con el de Los expedientes secretos X tiene mucho que ver con el hecho de que para todo el esfuerzo invertido en ver cerca de un centenar de episodios de una y dos centenares de la otra, el final de ambas no fue tan satisfactorio como para compensar lo ya perdido. Mientras más se invierte en la serie, mayor es la recompensa que se espera al final, y por lo tanto, más alta la vara con la que se medirá dicho final.

Además, al tratarse de una historia coral, es fácil que el espectador empatice con tales o cuales personajes. Dentro de una trama tan amplia es difícil que al menos un personaje no le guste al espectador. Así, cuando el foco cambia a otro personaje que es indiferente o detestable, no importa porque al cabo de un rato el foco regresará al personaje favorito. Es una versión atenuada del mismo factor drogadicción. Si a eso se le suma que todos los personajes son convenientemente explicados para dejarle caer al espectador un gancho con el cual aferrarse, el resultado está a la vista. El problema con esto es que al ser todos los personajes más o menos simpáticos, o más o menos antipáticos a según, empieza a dar un poco lo mismo quien gane o quien pierda, incluso quien vive o quien muere. Pero para el espectador que asume a los personajes de la pantalla desde la emocionalidad, como si fueran sus ficticios nuevos mejores amigos, la fórmula funciona de manera perfecta. Da lo mismo lo que pase con los personajes: lo importante es que están ahí, y el espectador tiene una cita con ellos cada semana de la temporada. Game of Thrones es así casi la versión de fantasía épica de Friends, o de The Big Bang Theory, o de How I Met Your Mother. Uno casi ve a los personajes decirse los unos a los otros que están enfrentados, sólo para volverse después a la pantalla para invitar al espectador a ser parte del grupito. Aunque con eso, el enfrentamiento pase a ser lo de menos. Y no debemos olvidar que la Fantasía Epica no es mainstream, y por lo tanto sus seguidores necesitan más refuerzo de grupo que el público promedio; Game of Thrones proporciona así ese grupo de amigos que cuesta más encontrarse en la vida real. Si eso es lo que quieres, entonces mejor no sigas Games of Thrones, sino que búscate un grupo de teatro, y dedícate a representar Shakespeare o Lope de Vega. Con el añadido de que ambos despachaban tramas épicas en apenas dos horitas, en vez de hacerse esperar tomos, capítulos o años.

Y por último, no debemos olvidar el carácter único de Game of Thrones. Con sus virtudes y defectos, este programa es la única alternativa televisiva más o menos decente y razonable que existe hoy por hoy para los fanáticos de la Fantasía Epica, aunque sea por los celebrados valores de producción de HBO (no es televisión, es HBO). Lo único más o menos parecido es la trilogía de El Hobbit en el cine, y ésta va a ritmo de una entrega por año, además de que se agotará en tres. A quien le guste la Fantasía Epica tendrá que gustarle Game of Thrones aunque sea una serie argumentalmente defectuosa, porque no tiene una mejor alternativa. Me pregunto qué pasará el día en que alguien decida empezar a rodar un clon de la serie que sea más sencillo de seguir, y con peripecias más aventureras, cuánta gente se bajará de Game of Thrones y prefiera seguir una historia más accesible, y sobre todo, una en donde las tramas sí parezcan arribar a alguna parte, aunque sea de tarde en tarde.

Acéptenlo, soy su única alternativa.

Así es que Game of Thrones seguirá adelante, yo calculo que incluso por una quinta temporada inclusive, y más. Pero a medida que las tretas argumentales de la obra se hagan cada vez más evidentes para cada vez más gente, cuando sigan apareciendo personajes de la nada y después el argumento renuncie a dejarlos de lado y dejar de detallar sus peripecias aunque éstas consistan apenas en comer e ir al baño, a medida que la historia siga sin un conflicto central y sin horizontes visibles, a medida que se haga más evidente que ningún final por muy espectacular que sea compensará todo el esfuerzo, la gente empezará a bajarse. El núcleo de fieles fanáticos fidelizados por las razones anteriormente expuestas seguirá adelante, y cada vez más fidelizados porque esperan su recompensa con cada vez más ansias, pero habrá cada vez menos espectadores casuales; no me refiero a los espectadores casuales que se suban, sino los que hayan empezado a verla desde el inicio sin espíritu nerd a la vena, como el público promedio ve cualquier serie televisiva. A mediados de década, habrá gente que se pregunte en qué estarán los personajes de Game of Thrones, si seguirán vivos o muertos, sintonizarán el programa para ver un poco en qué van, quién sigue vivo y quién se ha muerto, a cuántos personajes les han cortado la cabeza o la mano, y recordar los tiempos en que le tenían cariño al show, un poco como pasó con las últimas temporadas de Los expedientes secretos X, y después lo mandarán a dormir de nuevo.

Pero entre ellos no estaré yo. Ya me avispé lo suficiente como para enterarme de la mecánica del show. Si acaso le doy una oportunidad, será para el penúltimo capítulo de la cuarta temporada. Por si acaso. O si alguien filtra un spoiler grueso, y me parece una escena interesante de ver, lo sintonizaré. De otra manera, prefiero dedicarme a otras cosas. El blog de la Guillermocracia no se mantiene solo, necesita tiempo y dedicación, y prefiero seguir trabajando aquí que gastarme otras diez horas de mi vida con personajes cuyas vidas podrán estar ambientadas en un universo de Fantasía Epica, pero a ratos parecen más de existencialismo europeo, de tan desorientados y a los tumbos que van.

¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy? ¿En qué temporada me matarán?

Correo electrónico oficial de la Guillermocracia

Correo electrónico oficial de la Guillermocracia

Twitter oficial de la Guillermocracia

Twitter oficial de la Guillermocracia
Related Posts with Thumbnails

@Guillermocracia en Twitter

¡De pie! ¡El Himno de la Guillermocracia! (letra en trámite):