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miércoles, 11 de diciembre de 2013

Vocales de mesa: La solución de mercado.





La prédica oficial en Chile es que el mercado es positivo y lo arregla todo. Hasta tal punto, que ante cualquier mínima crítica al mercado, el crítico respectivo es insultado con el feo mote de comunista, se le recuerda que el Muro de Berlín se derrumbó, o como algún columnista de diario comentó alguna vez, hay que elegir entre un Chile cada vez mejor, o un Zimbabwe en donde todos son iguales pero también son todos pobres. Porque Noruega no es una opción, parece ser.


En la elección municipal de 2.012, uno de los grandes problemas fue que la abstención alcanzó no solamente a los votantes, sino incluso a los vocales de mesa. Una mesa puede funcionar teóricamente sin votantes, pero no sin vocales. Muchas mesas se integraron con los votantes que tuvieron la desgracia de comparecer primero a cumplir con su deber cívico, y descubrieron que este último se prolongó durante todo el resto de la jornada. Otras, con vocales sacados de otras mesas. Al final todas las mesas de Chile abrieron, pero a qué precio. Este fenómeno pareció revertirse un poco para la elección presidencial de 2.013, pero esto sucedió quizás sólo por la curiosidad de estar sentados allí donde se decidían los destinos de la Patria. Cuando lo que esté en juego sea el destino de las municipalidades otra vez, es posible que la abstención se repita.

La solución tradicional para tener vocales de mesa en Chile pasaba por el recurso clásico del capataz: el palo y el látigo. Es decir, se llamaba a vocales de mesa elegidos al azar, que debían cumplir con su deber de manera obligatoria. Como el voto era obligatorio para los que estaban inscritos, entonces en realidad implicaba sumar una obligación más. Con la instauración del voto voluntario, resultó que debió mantenerse la obligatoriedad para los vocales. Pero como se entendió que la actividad de vocal de mesa es una cercana al trabajo de los siervos de la gleba, se les comenzó a dar una retribución monetaria, que es más o menos equivalente a 15.000 pesos por el desempeño de su función. Puede parecer una miseria de dinero, pero en realidad es una cantidad incluso algo superior a la que gana por día una persona empleada por el sueldo mínimo.

El problema es que, aún así, mucha gente en Chile encuentra que no es atractivo trabajar por el sueldo mínimo. En realidad, nadie que trabaje por ese salario lo haría si es que pudiera acceder a una remuneración superior.

Ningún político neoliberal partidario del libre mercado podría entonces dejar de considerar una solución puramente de mercado para el problema. En vez de obligar a los vocales de mesa a concurrir a sus funciones por un salario de hambre, una solución de mercado pura y simple, y por lo tanto óptima y eficiente de acuerdo a los criterios de Pareto, sería tratar esta labor como un trabajo a honorarios más, y dejar fluir el libre juego de la oferta y la demanda.

De esta manera, al aproximarse el período de las elecciones, el Servicio Electoral haría un llamado en la sección de clasificados económicos de la prensa, con un tenor similar al siguiente: "Se buscan vocales de mesa. Enviar currículum y pretensiones de sueldo". La cantidad a pagar para los vocales de mesa aumentaría substancialmente, es cierto, pero por otra parte, enviaría currículum para su postulación la gente más motivada, y por lo tanto, aquella con menos probabilidades de desertar. Si esa gente es aceptada por la pretensión de sueldo que ha expresado, no tiene motivos para dejar de concurrir a sus funciones como vocal de mesa.

Algunos podrían objetar que esta manera de contratar vocales podría introducir una fuerte distorsión, debido a que concurrirían muchos interesados en que gane uno u otro candidato, y por lo tanto la elección misma podría terminar viciada. Sin embargo, este argumento se cae por su propio peso, si se considera que la idea de tener votaciones es que los candidatos tengan la capacidad de motivar a los votantes. Y no hay mejor muestra de la capacidad de movilización de un candidato, que conseguir instalar a sus propios vocales de mesa en cada mesa, para cometer fraude electoral en su favor. Si existe una fuerte masa de votantes con espíritu cívico con exigencias de elecciones libres, honestas y serias, que ellos se postulen para el trabajo y supervigilen el proceso electoral mesa por mesa y de primera mano. De lo contrario, que no se quejen del resultado después. Se obtiene aquello en lo que se invierte, y si nadie está interesado en invertir en una democracia fuerte, la solución de mercado óptima y que hace más felices a las personas es una democracia intervenida y fraudulenta.

Ahora bien, si aún así hay almas pías y escrupulosas que para su propio fuero interno mantienen preocupaciones por la integridad de los vocales de mesa y su desempeño laboral, otra posibilidad es abrir una licitación por cada comuna o distrito electoral. El Servicio Electoral fijaría las condiciones en las cuales se adjudicaría las respectivas licitaciones, y dejaría a las personas naturales o jurídicas en libertad para concurrir a las mismas. Si las condiciones son demasiado miserables, entonces no habría interesados que concurrieran, y por lo tanto la licitación debería declararse desierta, y llamar a una nueva en condiciones más favorables para los postores. En las condiciones de la licitación pueden adjudicarse ciertas exigencias que harían presumir la buena fe de los vocales, como por ejemplo darle prioridad a gentes de honestidad probada como policías, jueces, sacerdotes, economistas, etcétera. En particular debería dársele prioridad a la gente rica, porque ellos son tan ricos que se puede presuponer que no tienen interés en postularse como vocales para cometer fraude electoral y así seguir ganando más dinero, que en estricto rigor ya no necesitan con tanta desesperación.

Estos dos mecanismos, y en particular este último, tendría el beneficioso efecto de permitir la formación de empresas encargadas de gestionar a los vocales de mesa. Una empresa dedicada a este rubro estaría interesada en tener a sus trabajadores capacitados y eficientes, de manera que como parte de la postulación, o incluso como condiciones de la licitación, podría pagar la capacitación de su propio bolsillo, descargando al Estado de esa función. Se crearía todo un nuevo mercado alrededor de las elecciones, con el consiguiente beneficio para la sociedad como un todo. Incluso dicha empresa podría subcontratar los servicios de profesores de Historia y analistas políticos para dictar tales cursos y charlas de formación, incentivando aún más la circulación de bienes y servicios dentro de la sociedad.

Por supuesto que hay muy serias objeciones a esta solución de mercado para el problema de los vocales de mesa, relativos a que la mercantilización de esta labor llevaría a un debilitamiento de la democracia. Pero lo que he propuesto es una solución que sea mejor de acuerdo a los parámetros de mercado, o sea, que sea óptima desde el punto de vista de generar la mayor cantidad de beneficios con la menor inversión posible; no una solución que fortalezca la democracia. Además, la democracia es un valor abstracto que no tiene valor de mercado, y por lo tanto no tiene por qué entrar dentro de las consideraciones de un economista con el corazón bien puesto. De esta manera es de considerar la idea de privatizar a los vocales de mesa, para después privatizar a los políticos, los jueces, los militares, y en definitiva terminar disolviendo al Estado, que a estas alturas del partido es una burocracia onerosa y senil. Algunos podrían decir que esto es la ley de la jungla, pero las junglas han existido por cientos de millones de años más que el ser humano, así es que bien puede decirse que la ley de la jungla es un éxito evolutivo completo, del cual debemos respetuosamente aprender.

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