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miércoles, 18 de diciembre de 2013

True Brit: Superman es un estirado.


Entre las toneladas de material que debí despachar para el maratónico espacial Superman 75 años, uno de los cómics más simpáticos resultó ser Superman: True Brit. Es un Elseworlds, o sea, uno de esos cómics publicados por DC Comics en donde toman a uno o varios personajes canónicos de la casa, y cuentan una aventura fuera de la continuidad. O como describía Moe de Los Simpsons el Postmodernismo: "¡Puras locuras!". En el caso de Superman: True Brit, lo que tenemos es justamente una locura. Una simpática locura.

Como el título permite adivinarlo, Superman: True Brit describe qué pasaría si la consabida cápsula espacial que traía a Kal-El desde Krypton hubiera caído en Inglaterra en vez de Estados Unidos. Como fue publicado en 2.004, un año después de Hijo rojo, que parte de una premisa similar pero con la Unión Soviética como lugar del estrellón, sospecho que la editorial quiso estirar un poco la ubre para sacarle algo más de leche al tema. Pero ahí se acaban las comparaciones. Hijo rojo es un cómic serio y con densas ramificaciones filosóficas y conceptuales, mientras que Superman: True Brit es todo lo contrario, un divertimento alocado y sin complejos. Razón por la que a buena parte del público parece haberle disgustado el resultado. Después de todo, se supone que hoy en día los cómics son algo serio, son una forma de arte, y por lo tanto no cabe lugar para las aproximaciones más relajadas y deportivas a los personajes de toda la vida. Si esa gente carece de sentido del humor, problema de ellos. El dibujo es de John Byrne, lo que asegura calidad toda vez que Byrne es por supuesto el hombre que reinventó a Superman en 1.986, después del masivo reboot que significó Crisis en las Tierras infinitas; los guionistas, eso sí, son John Cleese y Kim Howard Johnson, ambos por supuesto vinculados a los Monty Python. Lo dicho, Superman: True Brit es qué pasaría si Superman fuera británico... escrito por gente de los Monty Python, literalmente. Se diga lo que se diga, los Monty Python son tan británicos como The Beatles, William Shakespeare o Robin Hood.

Los chistes parten desde el estrellón mismo, en un pueblo inglés calcado de las películas de proletariado británico del siglo XX con que de tanto en tanto nos bombardean las salas de cine arte, y más modernamente los canales de cable alternativos. Los Kent recogen al chico y confunden Kal-El con Colin, de manera que pasa a llamarse Colin Clark. Al igual que Clark Kent recibe los más profundos y sagrados valores de la América Profunda, Colin Clark recibe los más profundos y sagrados valores de la Inglaterra Profunda; mientras que Clark desarrolla entonces una profunda y conmovedora fe en la Humanidad, Colin desarrolla un agudo sentido del ¿qué pensarán nuestros vecinos? Lo que no impide que Colin, como buen palurdo de pueblo británico, se ponga en situaciones bochornosas porque no termina de entender del todo ni sus poderes, ni el mundo que lo rodea... ni nada, en realidad. La carne y la savia con la que libró sus batallas y expandió sus fronteras el Imperio Británico, en definitiva.

Andando el tiempo, Colin Clark decide que lo suyo es el periodismo, de manera que va a la universidad. Lejos de ser el adorable perdedor que conocemos en la versión canónica, Colin Clark no puede evitar meter la pata tanto como puede. Se encuentra con una compañera de estudios llamada Lois Lane, que por supuesto lo desprecia y ningunea con todo el clasismo que uno espera encontrar en una historia verdaderamente británica. Pero Lois Lane no es exactamente una señorita aristócrata, y de hecho en alguna parte termina siendo modelo de esa institución tan británica que es la Página Tres; por desgracia el cómic no nos regala con imágenes de alguna sesión de fotos o las fotos en sí, aunque como premio de consuelo dibujan a Lois Lane con un cuerpo que no tiene nada que envidiarle a Lacey Banghard o Lucy Collett, y desde luego mucho más sexy que su contraparte americana en el cómic canónico.

Un detalle que es de agradecer en Superman: True Brit es que no abusan de los inevitables guiños al resto del Universo DC por el mero afán de satisfacer la curiosidad del lector aguijón que se plantee un ¿y qué pasó con Supergirl o con Batman en ese universo alternativo? En realidad, ni siquiera utilizan su galería de supervillanos, lo que se agradece porque a veces resulta saturante ver a Lex Luthor aparecerse como una mala pesadilla en cuanto Elseworld sale por ahí. El gran villano de Superman: True Brit es por supuesto una calamidad mucho peor que un científico loco devenido en empresario de gran corporación: es el editor en jefe de un pasquín de la categoría que los ingleses tienen el valor de llamar prensa libre. Lo que interesa es vender, y el editor en jefe trata de hacerlo primero ensalzando a Superman hasta las nubes porque eso vende, y después tratando de arrastrarlo por el fango porque eso también vende, montándose una campaña propagandística contra Superman con una eficacia que deja a J. Jonah Jameson como un vulgar quiero y no puedo de ese lugar de la Tierra que los británicos llaman las colonias. Por supuesto que sin supervillanos, las acciones heroicas de Superman aquí son más parecidas a las aventuras sanitizadas de la Edad de Plata, con Superman salvando gatitos o mejorando la vida cotidiana de las personas, pero en clave paródica por supuesto.

Este cómic no es uno para fanáticos del personaje, o por lo menos no uno para fanáticos sin sentido del humor. Tampoco es un cómic para gente que le resbale por completo el personaje. Ni se preocupa tampoco por explorar en demasía aspectos o filones sicológicos o sociológicos nunca antes descubiertos del personaje. Es tan solo una historia simple y con toda la fina aunque no siempre sutil mala baba británica, acerca del superhéroe más famoso de todos. Y funciona por eso mismo, por su simplicidad y su falta de complejos. Aunque, pensándolo bien, esto puede contar como un ejercicio metalingüístico, toda vez que la socarronería es también una cualidad muy true brit.

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