miércoles, 25 de diciembre de 2013

El circuito a mitad de capacidad.


Ahora que se acerca el aniversario del Sitio de Ciencia Ficción, y su editor don Francisco José Súñer Iglesias ha tenido la amabilidad de invitarme a participar, rescatamos del desván la colaboración que enviamos (también previa invitación, por supuesto) para el aniversario inmediatamente anterior, el de enero de 2.013, la cual republicamos para nuestros lectores de la Guillermocracia:

"El circuito a mitad de capacidad"

Una célebre metáfora, traducida al lenguaje de la ciencia-ficción, dice que puedes ver el circuito a mitad de capacidad como un circuito ya medio cargado, o como un circuito todavía por medio cargar. La vida tiene sus sostenidos y sus bemoles, sus superhombres maravillosos y sus jorobados de laboratorio, y el arte no puede escapar de retratar el catálogo entero de la misma.

¿Es entonces la Ciencia Ficción la literatura de la maravilla científica? ¿O es la literatura del Apocalipsis tecnológico? La respuesta es: ambas. En sus páginas o fotogramas hemos visto utopías futuristas en donde todos nuestros males han sido abolidos por la ciencia, así como planetas arruinados llenos de punks montados en vehículos herrumbrosos; y entre esos dos extremos, un montón de posibilidades adicionales.

La Ciencia Fficción es así la plasmación de nuestros sueños y esperanzas, pero también de nuestros terrores y pesadillas, todo eso en entornos futuristas, o de un presente alternativo hipertecnológico. Pero no de los sueños, esperanzas, terrores y pesadillas del mañana, sino del hoy. En la Ciencia Ficción, el futuro o una galaxia muy, muy lejana, no son sino pretextos o escenarios de utilería para hablar del presente. De ahí que cuando revisitamos obras del género escritas hace cincuenta o cien años, algo se nos escapa de las mismas. Podemos entenderlas, podemos apreciarlas, podemos empatizar con sus personajes, pero tienen ese algo ajeno que es propio de las novelas de Jane Austen o las peripecias del Quijote original de Cervantes. Puede que para algunos ese olor a naftalina sea repelente, mientras que para otros tenga el encanto de la nostalgia. Pero lo que sí está claro, es que dichas obras no hablan de nuestro presente, sino del suyo propio. Si tienen algo que decirnos, es porque más allá de sus preocupaciones inmediatas, dichas obras tocaron fibras del ser humano que son atemporales; las obras que fallan en esto último son ésas que cuando nos sentamos a leerlas, las describimos con desprecio como demasiado de su tiempo.

¿Ha predicho alguna novela de Ciencia Ficción nuestro mundo actual, envuelto por completo en una red de comunicaciones computacional, movido por grandes corporaciones, en donde la democracia está en peligro si es que no lisa y llanamente muerta, con crisis económicas quien sabe si manejadas por vaya uno a saber qué intereses inconfesos? Sí, y no. En realidad, la predicción del desastre es negocio viejo dentro del género. El mundo en el que vivimos, fue preludiado a lo menos en sus fundamentos desde fecha tan antigua como Un mundo feliz de Aldous Huxley, hace ya la barbaridad de ochenta años atrás, y eso si no antes. En 1.932 después de Cristo, Henry Ford ensamblaba automóviles en serie; en el año 660 de la Era de Ford, es el propio ser humano quien es fabricado según las reglas del taylorismo. En la actualidad todavía no ensamblamos a nuestros bebés ni los criamos en probeta de manera masiva, pero sí que hacemos eso con sus mentes, inyectándolos en un sistema educativo y alimentándolos con medios de comunicación de masas que los convierta en seres homogéneos y estúpidos, estandarizados en una palabra. El proceso ha llegado hasta el punto que si alguien habla o escribe el idioma de una manera correcta, es un bicho raro, un snob, o un arcaísmo viviente. Lo que mola es hablar guay, compa´re, mola mazo..., como lo hace todo el mundo: taylorismo puro y duro.

Pero por otra parte está la Ciencia Ficción optimista, la que decía que el año 2.000 iba a ser el paraíso sobre la Tierra. Pensemos en Star Trek. Es cierto que hay guerras y peligro, y la Tierra tiende a ser blanco de ataques alienígenas. Pero si a usted le dieran a elegir entre vivir en el ahora y en la sociedad de Star Trek, seguro que elegiría la segunda: no hay problemas económicos, las instituciones funcionan, la salud y la vivienda parecen asegurados para todo el mundo, y si todo eso no le gusta, siempre puede irse a colonizar más allá, bajo la égida protectora de la Flota Estelar. En el universo de Star Trek hay un montón de problemas, por descontado, pero comparado con nuestro mundo, el que es infeliz con su vida allí es porque quiere.

A la hora de decidir si el futuro será brillante u oscuro, el escritor de Ciencia Ficción debe devanarse sus sesos, no sólo tratando de proyectar las tendencias del presente sino también tratando el imposible de prever lo imprevisible. Y después de todo eso, mezclarlo en una pintura coherente del futuro, para evitar desastres de incongruencia como presentar universos futuristas con naves espaciales de alta tecnología, en donde todavía los soldados pelean con rifles Mauser o con sables. Es más difícil de lo que parece. Leer la Ciencia Ficción del pasado nos entrega perlas de relatos en donde hay personajes que trazan las trayectorias de las naves espaciales impulsadas por motores hiperlumínicos dibujándolas sobre papel con una regla de cálculo. Si detalles como éstos son difíciles de profetizar, ¿qué no ocurrirá con un cuadro completo, detallista y costumbrista de una sociedad de, digamos, cincuenta a cien años más? ¿Leyó o vio usted en alguna obra del género de hace cincuenta años atrás, sobre los iPods, Gmail, Facebook, telefonía celular, GPS, etcétera? Algunos de ellos por separado, bajo otro nombre pero reconocibles en la descripción, eso seguro que sí, pero ¿todos a la vez en un único fresco del futuro dentro de una única obra...?

El escritor de Ciencia Ficción, a la hora de presentar un futuro utópico o distópico, termina casi como el pobre apostador compulsivo que frente a la ruleta no sabe si poner sus fichas en el rojo o en el negro. Es muy posible que la decisión final no se apoye en argumentos racionales, debido a la falta de información, sino en ideologías, tendencias e incluso simpatías y antipatías personales. Isaac Asimov era hombre de carácter alegre y sus futuros presentados tenían mucho de optimismo; Philip K. Dick era un hombre enfermo y arruinado por las drogas, y escribió sobre futuros de pesadilla. ¿Alguno de los dos tenía el gen de la profecía? No. Uno apostó al rojo, otro al negro, ambos por cuestiones de temperamentos, y uno de los dos ganó. Dejo a criterio del lector decidir cuál.

Pobre y abrumado escritor de Ciencia Ficción: tratan de hacerle profeta del futuro, incluso él mismo trata de venderse como tal porque alguna reputación hay que construir para llevar pan a la mesa. Y en última instancia no es más profeta que cualquier otro ser humano con algo de perspicacia y mucho de ignorancia. Por cada novela de Ciencia Ficción que predijo el desastre financiero actual, la mercantilización de la guerra (¡y de las compañías privadas que la libran!), la amenaza del terrorismo, la ubicuidad de las redes computacionales, el predominio de las grandes corporaciones y el triunfo de la cultura de la masificación ramplona, hay otra novela que no lo hizo. Porque en definitiva ésa es una de las maldiciones del género: ser considerado como la literatura del futuro cuando, al igual que cualquier otra forma literaria y artística, no es más que la literatura del presente. Un presente que puede ser visto como un circuito ya medio cargado o por medio cargar, según el punto de vista. Como probablemente lo ha sido, con énfasis en uno u otro lado, cada época histórica desde que la Historia es Historia.

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