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domingo, 1 de diciembre de 2013

Chile 2013: El año en que elegimos en peligro.


La Guillermocracia lo supo primero. En 2.012, cuando hablamos acerca del cambio de régimen electoral a uno de inscripción automática y voto voluntario, predijimos que no iba a producirse un cambio substancial en la correlación de fuerzas en la elección presidencial de Chile en 2.013. La gran novedad, que no lo fue tanto tampoco, fue la brusca reducción de la cantidad de votantes, que cayó más o menos a la mitad del universo electoral. Pero, ¿qué tanto cambió el mapa político chileno? La verdad es que no demasiado. Un simple vistazo a las cifras ayudará a entender por qué las cosas cambiaron, sólo para seguir igual.

La mantención de la fórmula 2+1.

Entre la Constitución de 1.925 y el golpe militar de 1.973, la política chilena estuvo regida por el conflicto permanente entre los llamados tres tercios: izquierda, centro y derecha. Con miras al plebiscito de 1.988 y la elección presidencial de 1.989, se produjo una reordenación del mapa político en donde el centro y la izquierda se aliaron contra la derecha, en lo que se llamó la Concertación, excluyendo a los grupos más ultras de izquierda. Es decir, una fórmula 2+1 en donde la Concertación se lleva el grueso de los antiguos tercios de centro e izquierda, y la derecha se queda como el tercio restante.

De los programas políticos, los más derechistas fueron los de Evelyn Matthei y Franco Parisi, la primera por la derecha más conservadora y la segunda por la derecha más liberal. Entre ambos sumaron algo más del 35% de los votos, es decir, dentro de los márgenes tradicionales del tercio de derecha. El resto de los votos fueron para los candidatos de centro e izquierda, es decir, los otros dos tercios. La proporción de votos en blanco y nulos fue mínima, no alcanzó siquiera al 2%. En definitiva, la elección de 2.013 no significó que los votantes se izquierdizaran, como en su minuto muchos calenturientos temieron, sino que por el contrario, los votantes siguieron encasillándose dentro del esquema 2+1 clásico desde 1.989.

La contundente victoria de Bachelet.

Como se preveía, Michelle Bachelet sacó la primera mayoría, aunque no alcanzó a triunfar en primera vuelta. De todas maneras, llevarse más de un 46% de los votos en la elección presidencial con más candidatos en la historia de Chile no deja de ser un mérito, superando incluso el 44% que Sebastián Piñera obtuvo en 2.009 con apenas cuatro candidatos en liza. Con su 25%, Evelyn Matthei quedó incluso peor que Eduardo Frei Ruiz-Tagle en 2.009, que obtuvo un 29% en dicha ocasión. La diferencia para Matthei es prácticamente irremontable, y la banda presidencial chilena tiene casi bordado el nombre de Michelle Bachelet en ella.

Aún así, considerando el amplio margen de abstención que hubo en estas elecciones, en donde uno de cada dos potenciales votantes decidió no concurrir a las urnas, puede decirse que Michelle Bachelet representa apenas al 23% del universo electoral. Es decir, la cantidad de gente que no concurrió a votar estando habilitada para hacerlo, es el doble de la cantidad de gente que votó por Michelle Bachelet. De cara a un futuro gobierno, eso no es un buen augurio.

Dos tercios de los votantes prefieren el continuismo.

La candidata más continuista de todas es Evelyn Matthei, cuyo programa de gobierno en esencia dice que los chilenos no deben cambiar nada de su régimen social o político. Un 25% de los votantes le dio la razón. Pero Michelle Bachelet también es una candidata continuista, si se considera que fue Presidenta de la República bajo la misma Constitución de 1.980, y llegó aupada al poder por un pacto político, la Concertación (actual Nueva Mayoría) que gobernó los veinte años desde 1.990 a 2.010. En su programa electoral, Michelle Bachelet prometió reformas y en general un régimen de gobierno más inclinado hacia ideas de izquierda. Cuánta voluntad política habrá para introducir cambios de fondo al sistema, es algo que estará por verse; por una u otra razón, las modificaciones prometidas en la campaña de 2.006 quedaron a medio fuelle, cuando no en arreglos cosméticos.

De todas maneras, ambas candidatas sumaron más del 71% de los votos. Es decir, dos tercios de los votantes chilenos prefirieron que la institucionalidad chilena siga más o menos por los rumbos que ha seguido desde 1.990, con pocos o ningún cambio. Eso deja menos de un 30% de votantes para proyectos políticos alternativos. De todas maneras, estas no son cifras concluyentes. Existe la gran posibilidad de que muchos potenciales votantes no hayan creído en el sistema desde un comienzo, y prefirieron abstenerse de concurrir a las urnas. Los que votaron por Bachelet y Matthei son también los que creen que el sistema es adecuado para gestionar lo que venga hacia adelante. Es muy posible que en los próximos cuatro años, muchos de los críticos del sistema prefieran salir a la calle, lo que no es un escenario demasiado tranquilizador.

La derrota del individualismo.

Dos candidatos ofrecieron proyectos políticos basados en una concepción de la sociedad como suma de individuos. Marco Enríquez-Ominami lo hizo desde un aura progresista, mientras que Franco Parisi lo hizo desde una perspectiva más clásicamente liberal. Enríquez-Ominami fue la sombra de los proyectos más colectivistas de Marcel Claude y Michelle Bachelet, mientras que Franco Parisi fue la sombra de Evelyn Matthei. Y entre ambos obtuvieron apenas un 21% de los votos. La caída de Enríquez-Ominami fue significativa si se piensa que en la elección anterior obtuvo un 20% de los votos. ¿A dónde se fueron esos votos? Es poco probable que lo hayan hecho hacia la candidatura de Franco Parisi porque ésta parece haberle robado votos a Evelyn Matthei dentro de la votación tradicional del tercio de derecha. Es más probable que esos votos se hayan repartido entre Bachelet, algunos, y las candidaturas alternativas de Claude, Sfeir y Miranda los restantes.

El caso de Franco Parisi fue sintomático. Parisi intentó hacer una campaña 2.0, muy de internet y redes sociales, con un programa basado en las ideas proporcionadas por la propia ciudadanía. Es decir, un proyecto derechista alejado de las prácticas cupulares de la derecha postpinochetista tradicional encarnada por Evelyn Matthei. Parecía una muy buena opción para el votante dentro del perfil de joven profesional aspiracional de derecha que no quiere cambios en el sistema, sino él mismo profitar un poco más y en mejores condiciones de él. En cualquier análisis basado en el atractivo de las ideas, Parisi debería haber pasado a segunda vuelta, no Matthei, pero eso no fue lo que sucedió.

Es posible que el fracaso del proyecto político de Parisi estribe justamente en apelar a la generación de internautas cosmopolitas, liberales y conectados al mundo... y fatalmente individualistas. La clase de gente para quienes conceptos como Patria, derechos humanos o responsabilidad ciudadana importan más bien poco. Es decir, la clase de votante que apoyaría con entusiasmo un proyecto liberal e individualista, pero que es demasiado liberal e individualista para tomarse la molestia de levantarse temprano un día domingo e ir al local de votación. El votante que vota por la derecha tradicional, en cambio, lo hace apoyando un proyecto colectivista desde el punto de vista valórico, aunque sea por sentirse que son gente decentes frente a la delincuencia, los vándalos o los inútiles subversivos. Es decir, un tipo de votante mucho más animado a hacer el sacrificio de ir a votar. El fracaso de Parisi es así otro síntoma del escaso futuro que tiene la derecha liberal, en un país en donde los derechistas liberales cuya prioridad por su casa, su automóvil y su familia es tan absorbente, que no les deja espacio para preocuparse por algo que pueda llamarse un gran proyecto de país.

La derrota de los iluminados.

Sumando todas las candidaturas políticas que ofrecen proyectos alternativos al actual sistema político y económico, o al menos al margen de las maquinarias políticas más o menos tradicionales  (Marcel Claude, Alfredo Sfeir, Roxana Miranda, Ricardo Israel, Tomás Jocelyn-Holt), entre todas ellas no llegan a sumar ni el 7% de los votos. Considerando cuánta gente se considera insatisfecha con el régimen político y social chileno, uno podría haber esperado una votación mucho más elevada de estas candidaturas en su conjunto.

No es que a las candidaturas críticas del sistema les falte razón, pero en política no basta con tener razón: además hay que entregar argumentos en un envoltorio atractivo para el votante. Todas estas candidaturas se posicionaron en un discurso ferozmente crítico, apelando a la furia del votante con el sistema, en vez de a la construcción de algo nuevo. Si algo entendieron bien los artífices de la campaña del NO en 1.988, es que para pelear con la opción SI debían montar una campaña alegre y colorida, que invitara a la confianza en vez de suscitar el miedo. El sentido de urgencia, el frenesí, la impaciencia, les pasaron la cuenta. Además de dividirse entre tantas candidaturas alternativas en vez de enfocarse y redoblar sus esfuerzos en una sola que pueda sacar más fuerza que varias de ellas trabajando de manera aislada. Todos quisieron ser caciques, y para serlo trataron de atacar a los yanaconas que se vendieron al huinca invasor, sin considerar que los yanaconas eran más de los que creían... y de que iban a votar más yanaconas que inútiles subversivos. Para la elección del 2.017, no les va a quedar más remedio que organizarse en una sola candidatura alternativa de peso, o volver a recibir una nueva paliza por separado.

La política de golpes bajos llegó para quedarse.

Michelle Bachelet cuestionada por el 27-F, por su silencio en Nueva York, por su retraso en entregar su programa político, por hablar... Marcel Claude criticado por su vida familiar... Evelyn Matthei cuestionada por pagos previsionales atrasados... Franco Parisi atacado por sus vinculaciones a ciertos colegios privados acusados de lucrar... Eso por no hablar de la gran degollina que significó la bajada de Laurence Golborne de su candidatura. A Chile ha llegado el modelo de campaña política de Estados Unidos, basado en el golpe bajo, el ataque personal, el desenterrar trapos sucios del pasado. Es una tendencia y no ha llegado a los extremos de Estados Unidos, pero ése es el camino. Chile está en la transición desde la política de ideas a la política del espectáculo, y en esa dirección queda todavía mucho trecho por recorrer.

¿En qué están los que no votaron?

Mucha gente quiere adjudicarse de una manera u otra la llamada mayoría silenciosa. Evelyn Matthei dijo que iba a revertir las encuestas porque los que no se pronunciaban, iban a votar por ella en las urnas. La cuestión es que, en materia electoral, el que calla no otorga. Tampoco niega. El que calla simplemente ha tenido un día de silencio. Pero puede llegar a ser muy vocal después.

¿Por qué la gente no votó? Probablemente por una multiplicidad de razones. Por un lado están los bacheletistas tibios que la veían como el mal menor frente a candidaturas de derecha no convincentes, o candidaturas de izquierda instaladas con un discurso demasiado revolucionario o iluminado para su gusto, pero como había una sensación de carrera ganada, no acudió a votar por Bachelet. Por otro lado está el joven profesional de clase media aspiracional que creció de espaldas a la política, y le da lo mismo si Chile es una democracia o una dictadura en tanto pueda tener con tranquilidad su casa, su automóvil, su familia, sus chiches tecnológicos y su conexión a internet; la clase de individualista carente de espíritu cívico que sólo le pide al sistema que no lo moleste mientras está ganando dinero en sus actividades profesionales y ascendiendo en la escala social hacia un estándar de vida del Primer Mundo. Por un tercer lado están los desafectos del sistema que se encogen de hombros porque votar no sirve para nada, y prefieren manifestarse en la calle o por Facebook. En qué proporción se mezclen todos ellos, es un misterio. Se pueden hacer conjeturas, cábalas, adivinanzas. Pero el termómetro para medirlo eran justamente las urnas y sus preferencias electorales, y ellos decidieron pasar a ser la cifra negra de la política chilena. Y lo malo de las cifras negras es que por definición son la gran incógnita.

El arresto de Rodrigo Salinas.

Si no saben, no lo han visto y les da flojera ver el video en YouTube: el humorista chileno Rodrigo Salinas fue arrestado en un local de votación, por orden del director de dicho local, acusado de ocasionar desórdenes. Los desórdenes en cuestión fueron que en el interior del local de votación, Rodrigo Salinas empezó a distribuir sandwiches con aspavientos y buscando provocar la jocosidad del público; el director del local ordenó el arresto del humorista, así como el corte de la transmisión del canal de televisión que estaba patrocinando la humorada.

El incidente y las reacciones posteriores son casi una radiografía del prestigio que tiene la democracia chilena, o mejor dicho, la falta de éste. El director del local recibió una avalancha de críticas por ser un tonto grave incapaz de aceptar una humorada, pero el grueso de las personas no parece haber pensado que el local de votación no es el sitio para hacer una perfomance o un happening. Hay ciertas cosas que se merecen respeto, y la democracia y los procesos eleccionarios inherentes a ella están dentro de esas cosas. Además, si se permite un acto de esta naturaleza, ¿por qué no permitir otros actos todavía más degradantes para el ejercicio del deber cívico? ¿Y si un incidente como éste de verdad cataliza reacciones populares más agudas, y el asunto termina en una batalla campal? Además, si usted ve atentamente el video, se dará cuenta de que al ser amonestado, el humorista prefirió adoptar una actitud desafiante, e incluso retó al director del local a que lo arrestaran; puede pensarse lo que se quiera del director del local, pero siendo éste la autoridad a cargo, no se le puede faltar el respeto ni desautorizar de esa manera. Que la gente se haya puesto de parte del humorista de manera acrítica e inconsciente es una clara muestra de que algo anda mal con una ciudadanía que por un lado reclama por la falta de libertades y las estrecheces del sistema, y por el otro acepta e incluso celebra que se le falte el respeto a un elemento del sistema que sí funciona más o menos bien, cual es el proceso electoral. En donde sí el director del local de votación se extralimitó, y es algo que va más allá de sus facultades, es dar la orden de cortar las transmisiones, lo que por supuesto atenta contra la transparencia del proceso electoral.

¿Y qué pasará en 2.017?

En la Guillermocracia afirmábamos, nos repetimos aquí, que la elección de 2.013 no iba a reportar grandes sorpresas, debido a la inercia de las máquinas electorales que han estado funcionando cerca de un cuarto de siglo, pero la de 2.017 puede significar una reordenación significativa del mapa. Es muy posible que las candidaturas alternativas comprendan la locura de correr por separado y prefieran unificarse detrás de un solo proyecto que les sirva de cobertura a todos ellos. También depende del desempeño del gobierno de Michelle Bachelet, enquistado entre dos aguas: si es demasiado continuista va a generar sólo más tensión social, pero si es demasiado reformista puede terminar modificando la correlación de fuerzas políticas de una manera todavía no vista. Es poco probable que la derecha, después de la supervivencia de su proyecto político tradicional a través del 25% de Evelyn Matthei, vaya a cambiar demasiado en lo sucesivo, porque una derecha liberal alternativa a la derecha tradicional tiende a autoderrotarse por su énfasis excesivo en el individualismo. De todas maneras, se puede afirmar que la elección del 2.017 va a estar marcada por grandes proyectos políticos de índole colectivista, de tratar de reconducir el empoderamiento de la ciudadanía a través de cauces institucionales. ¿Una nueva Constitución? Muy dudoso. Puede incluso que llegue a redactarse una, pero no va a introducir cambios substanciales de fondo, no más de lo que hizo Ricardo Lagos en 2.005 cuando intentó que la Constitución de 1.980 dejara de ser conocida como la "Constitución de Pinochet" y pasara a ser conocida como la "Constitución de Lagos", y estampó una firma que, hoy en día, nadie recuerda que está ahí. Sea como sea, se vienen cuatro años muy movidos para Chile, incluso más polarizados que los cuatro anteriores; las elecciones de 2.017 serán mucho más interesantes en todo sentido.

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