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domingo, 27 de octubre de 2013

Igualdad y meritocracia.


"Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Así reza el primer inciso del primer artículo de la Constitución Política de la República de Chile. Este enunciado, tan importante que encabeza nuestra Carta Magna, es la concreción de una idea mucho más antigua, que data desde la mismísima Ilustración y la rebelión de 1.789. Hoy en día la damos por sentada, por lo menos en nuestro imaginario social, y si puede discutirse su validez en la práctica, nadie o muy pocos se atreverían a desconocerla en la teoría.

Abundemos un poco en esto. En la Europa anterior a 1.789 existía el concepto de que las personas no eran iguales, y que el orden social estaba sancionado por la Divinidad. Existía la monarquía absoluta de derecho divino, sistema político en el cual se suponía que la voluntad de Dios mismo era que existiera un gobernante único con poderes totalitarios, y al resto le quedaba sólo obediencia y sumisión. En este contexto, predicar la igualdad no sólo era sedición contra el orden social, sino también un pecado de orgullo contra el orden divino. Aunque en la práctica nunca fue tan extremo, porque los aristócratas muchas veces le hacían la vida difícil al rey, y esto también se consideraba parte del orden divino. Los estamentos y clases sociales, la desigualdad social en suma, eran considerados parte de un orden. La igualdad social era equivalente al caos, a la anarquía.

Dentro de la democracia, tal y como la entendemos a grandes rasgos desde 1789, la idea es que cada ser humano vale lo mismo que su semejante. Esto se expresó primero como un ideal político, en que cada persona tenía derecho a un voto, a no más que un voto, pero a no menos que un voto; de nuevo, la aplicación práctica fue difícil porque primero se implementó el voto censitario para los más ricos y varones, y se necesitó de tiempo para ampliar la base electoral a todo el universo de los mayores de edad. Luego se expresó como ideal social, en que las personas tienen derecho a un tren mínimo de vida, lo que se traduce en acceso a la educación, a la salud, etcétera.

Hoy en día, entendemos la igualdad en términos adicionales de no practicar la discriminación. En base a este principio de igualdad, se prohíbe discriminar a las personas en razón de ser mujeres, negros, indígenas, homosexuales, aconfesionales, etcétera. Nuevamente, la aplicación práctica encuentra con tropiezos y dificultades, y dichas fuentes de discriminación, si bien más o menos desterradas de la legislación, siguen sucediendo en la práctica.

Pero esto ha conllevado un problema adicional: el destierro de la meritocracia. En principio, por pura lógica, si queremos que se haga un trabajo, queremos que se haga bien. Y para ello, la mejor seguridad que tenemos para esto, es que dicho trabajo le sea encargado a una persona competente. O sea, deberíamos elegir para un trabajo, a una persona con méritos para ello. Una empresa debería así elegir al más meritorio de los candidatos para un puesto, sin mirar si es mujer, indígena, homosexual, etcétera. En el caso de los subsidios al arte y la cultura por parte del Estado, éstos deberían ir a los autores con mejores méritos, no a los enchufados por relaciones políticas. Y en la política misma, la idea de darle el voto a la gente en teoría funciona así: si la gente está descontenta con sus gobernantes, en la siguiente elección puede desposeerlos e instalar a otros políticos en reemplazo. Por supuesto que las cosas no funcionan de manera tan simple en la práctica, pero en la teoría, así es como se produciría la selección de los políticos más aptos para regir los destinos de la nación. Dentro de este concepto, ideas como el nepotismo o los favoritismos deberían estar desterrados de nuestra práctica política o empresarial.

En teoría, no debería haber colisión entre igualdad y meritocracia. Si todas las personas son iguales, entonces deberían tener iguales oportunidades para acceder a puestos de trabajo, o a prebendas del Estado. Es decir, tener una sociedad igualitaria debería por sí mismo conducir a una meritocracia. Esa era la gran esperanza blanca de los revolucionarios de 1.789. Ellos eran enemigos de los privilegios, y una de sus primeras medidas en el poder fue abolir los títulos aristocráticos, y el coto cerrado por el cual sólo los aristócratas podían ser nombrados como funcionarios públicos u oficiales del Ejército, o estar exentos de impuestos. Poco después, Napoleón Bonaparte inventó la Legión de Honor con la idea de premiar con condecoraciones no a los privilegiados, sino a los hombres más meritorios. Es decir, los integrantes de la Legión de Honor serían a todos los efectos una meritocracia.

Pero es claro que las cosas no salieron así. Hoy en día, el mérito suele ser despreciado y pasado por alto o en silencio, mientras que otras clases de relaciones, clientelares o familiares, se han transformado en el motor del ascenso social. Hoy en día no basta con ser el mejor para obtener un trabajo o un puesto político. Incluso, ser el mejor es indeseable por la envidia que genera alrededor, y además porque los incompetentes en puestos de autoridad pueden sentir la tentación de nombrar a alguien que sea tan incompetente como ellos, para que el recién llegado no haga sombra ni le quite el puesto a la persona que nombra al ocupante del cargo. Cabe entonces preguntarse qué fue lo que salió mal: ¿por qué el principio de la igualdad aplicado a nuestra sociedad occidental, no llevó a una meritocracia?

Resulta interesante observar que los teóricos ilustrados del siglo XVIII no se preocuparon del problema. Con la probable excepción de Voltaire, e incluso ni siquiera éste hasta las últimas consecuencias, todos parecían opinar que en el seno de una sociedad igualitaria, se llegaría a una meritocracia sin problemas. No parecieron reparar en que ambos conceptos en esencia se contraponen. En efecto, una meritocracia implica discriminar a partir del mérito, y la igualdad absoluta es por definición la falta de discriminación. Los ilustrados no repararon en que una sociedad igualitaria es aquella en donde el mérito no cuenta para nada, porque todos son iguales y merecen lo mismo. O lo soslayaron con un supuesto arriesgado: el hombre tiende naturalmente hacia la bondad. Rousseau estaba convencido de que el hombre es bueno por naturaleza, y es la sociedad la que lo malversa y corrompe. Si se cambiaban las instituciones sociales y se hacían más justas, la bondad humana emergería. En este ambiente, la meritocracia no es un tema. La meritocracia siempre se mira en pos de los resultados, y en una sociedad con seres humanos bondadosos y ecuánimes, parecía natural que le abrieran paso de muy buena gana a los más meritorios. Como sabemos con un mínimo de observación sobre el mundo, las cosas no pasan de ese modo allá afuera.

Después, esto sirvió para esa opresiva forma de plutocracia que fue el liberalismo del siglo XIX. Se creó la idea de que había igualdad social y meritocracia para todos, y que si los pobres eran pobres, era por su falta de capacidad, de estímulo, e incluso en los casos más enojosos, por problemas raciales. Resulta interesante que estos liberales no veían contradicción entre postular la igualdad social y la discriminación a un tiempo. La igualdad era en la aplicación de la ley, en que todas las personas tenían los mismos derechos. Algunas personas sabían usarlos, y prosperaban. Otras no querían usarlos, y eran delincuentes y criminales a los cuales aplicarles mano dura. Otras no podían usarlos por ser humanos inferiores, y ellos eran objeto de filantropía por parte de millonarios sensibles y de ojos llorosos frente a las injusticias de la naturaleza frente a las personas. Quienes se rebelaron contra este estado de cosas, pasaron por ser los primeros inútiles subversivos de nuestra sociedad moderna.

En el siglo XX se entendió que el liberalismo puro y duro no era suficiente. Surgió el estado del bienestar. Se admitió que las personas no siempre podían estar en igualdad de condiciones para hacer valer sus méritos. Empezó a hablarse de igualdad de oportunidades, y empezó el combate contra la discriminación. O a implementar la discriminación positiva, el ayudar a los grupos más retrasados. La igualdad negativa de liberarse de la carga de los privilegios jurídicos, se transformó en un concepto de igualdad positiva de la mencionada igualdad de oportunidades.

Pero mientras que el concepto de igualdad se vio fortalecido, el concepto de meritocracia empezó a caer en desgracia. La palabra meritocracia ya sugiere algo que es enemigo de la igualdad: la discriminación. Si todos deben ser tratados por igual, entonces quienes tienen más mérito no deben recibir más de que sus vecinos. O peor aún: en políticas de discriminación positiva, parte del mérito estriba en pertenecer a una minoría o grupo postergado. Si usted es blanco anglosajón (no de otra etnia), varón (no mujer), clase media (no pobre) y tiene buena salud (no discapacitado), entonces sus méritos personales valen menos que los méritos de aquel que padece alguna de esas circunstancias, o varias. Esto lleva al absurdo increíble de que la calificación de apenas aprobado de uno de esos grupos, vale lo mismo que el excelente de alguien que no integra un grupo postergado.

Además, a la gente le conviene que el concepto de meritocracia sea desterrado. Piense usted en las masas. La mayor parte de la gente es floja. No sólo los pobres: muchos ricos gustan de llamarse emprendedores cuando parte importante de sus fortunas les ha venido por herencia, y otra parte ha crecido gracias a oportunidades de clase tales como la información privilegiada o las conexiones en las altas esferas. Las mismas que, cuando se lanzan a la política, tratan celosamente de ocultar para venderse como gente de clase media, como tú o como cualquiera. Es decir, posan de meritocráticos sin serlo. Los pobres, a su vez, tienen oportunidad de sentirse discriminados, y exigir sólo por ser pobres. En definitiva, a nadie le conviene ser evaluados con el rasero de méritos tales como el esfuerzo o la dedicación.

Además, todas estas cosas han desarrollado un desagradable tufillo fascista. El introducir discriminaciones huele a privilegios, y eso era algo contra lo que se rebelaron los ilustrados. En el siglo XX, la discriminación se asoció con los regímenes totalitarios, y la palabra terminó de desprestigiarse. Parte importante de ese desprestigio es de naturaleza moral: se pretendió justificar la superioridad moral de ciertos grupos sobre otros, como parte del mérito. Lo hicieron los aristócratas hasta 1.789, lo hicieron los plutócratas industriales del siglo XIX, lo hicieron los nazis. Hoy en día, la palabra discriminación está tan desprestigiada, que cuando se hacen políticas de cuotas, hay que llamarla discriminación positiva para que el apellido nos quite el mal oir del nombre.

Por desgracia, una sociedad sin meritocracia es una sociedad en la que predomina la mediocridad y la ramplonería. Piense usted que se echa a perder la plomería de su casa. Usted quiere llamar al plomero más competente para repararlo, pero viene un plomero menos competente y le alega en la cara que tiene tanto derecho para ser contratado como el otro, porque no debería existir la discriminación entre los plomeros. Ese sería un mundo en que todas las casas se estarían derrumbando, con los cimientos corroídos por el agua escapando con alegría desde las tuberías con reparaciones defectuosas.

Alguien podrá alegar que en cuestiones morales es diferente, porque no hay una especie de competencia moral, así como hay una competencia en plomería. Esta idea nos parece lógica debido al abuso que ciertos grupos en el pasado hicieron, y siguen tratando de hacer, de una autoconferida superioridad moral. Pensemos en más de alguna religión que pretende tener la verdad absoluta, y nos hacemos una idea. En última instancia, nos dicen, ¿quién juzga al que tiene una mejor moral?

Nuevamente me parece un argumento espúreo. Ciertas cosas parecieran ser moralmente neutras, como por ejemplo votar a un partido político o a otro; es difícil pensar en un partido político que tenga toda la verdad del mundo acerca de cómo reparar a la sociedad. Incluso, tenemos Gobierno y Oposición dentro de cada Parlamento de Occidente justamente para que desde el debate de ambas posiciones, salgan las mejores leyes posibles. Pero casi todo el mundo está de acuerdo en que ciertas cosas son malas. Todos entendemos que robar es malo. Todos entendemos que es una cortesía mínima saludar a otras personas. Casi todos entendemos que matar es malo, pero se puede justificar si la propia vida está en juego y por lo tanto estamos aplicando legítima defensa. Y así sucesivamente. Si existen cosas que son claramente aprobadas y otras que son claramente reprobadas por el común de la sociedad, entonces eso es una suerte de examen moral. Y quienes lo pasan, tienen más mérito moral que quienes no.

El problema no es tener una sociedad igualitaria ni pretenderlo. El problema es cuando elevamos el principio de igualdad tan alto como fetiche, que lo convertimos en un principio intransable. Si queremos una sociedad que funcione y evolucione, debemos darle oportunidad a la gente que tiene más mérito, sea éste intelectual, sea éste moral, que son las facultades que mejor ayudan a la supervivencia y desarrollo de la sociedad como un todo. La discriminación positiva es justificable en tanto ésta sea flexible, porque llevada a un extremo, en vez de ayudar al grupo postergado, lo acostumbra a la flojera y al esforzarse menos.

El polo contrario, por su parte, el de una meritocracia a rajatabla, quizás tampoco sea deseable. Un sistema de esta clase produciría el efecto contrario, el justificar a las personas a través de sus resultados, sin preocuparnos de qué tan éticos sean los medios por los cuales ha obtenido semejantes resultados. Pensemos por ejemplo en los ejecutivos que hacen rendir el dinero de su empresa, sin preocuparse por si para ello utilizan métodos lesivos para otras personas, o incluso ilegales.

En definitiva, una sociedad saludable necesita que reconozcamos la existencia de ambos principios, que ambos son contrapuestos, y que debemos encontrar un justo equilibrio entre ambos para obtener el mejor resultado. No es fácil, pero no por difícil deberíamos dejar de abordar la tarea. Difícil me fue escribir este artículo de manera seria y razonada, pero eso no me detuvo. Por lo tanto, tampoco la existencia del problema debería detener a los demás.

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Muy buena entrada. Complicada situación la que planteas que creo se ha acentuado más debido a la exagerada proliferación de ser "políticamente correcto".

Guillermo Ríos dijo...

Justamente por ahí va el problema. Hablar de meritocracia no es políticamente correcto porque lleva a la odiosa palabra discriminación. Es la consecuencia de haberle puesto demasiado acelerador a crear una sociedad de derechos, sin equilibrar los mismos con una correspondiente y paralela sociedad de responsabilidades y deberes que le sirva de contrapeso.

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