domingo, 20 de octubre de 2013

Giuseppe Verdi y Richard Wagner: Vidas paralelas.


Mientras estaba trabajando activamente en El Tiempo Pasa: Versión 2.013, me di cuenta de que no solamente se conmemoran los quince años de la muerte de Falco, o el centenario del derrocamiento de Francisco Indalecio Madero, o el medio milenario de El Príncipe de Maquiavelo. También, hace 200 años atrás en 1.813, por esas coincidencias telúricas del destino, nacieron dos de los más grandes kaiju de la Opera de todos los tiempos. Me refiero por supuesto a Giuseppe Verdi, el más grande del género en Italia, y Richard Wagner, el más grande del género en Alemania. Ambos son representantes de dos corrientes, modalidades o maneras distintas de entender la Opera. Verdi se inscribe en sus inicios a lo menos más bien dentro de la línea llamada bel canto, que tiende a privilegiar la ligereza y la flexibilidad de la voz (aunque irónicamente los aportes verdianos a la música llevaron a la práctica extinción del bel canto en su tierra nativa y su reemplazo por una interpretación operática más cargada al drama), mientras que Wagner por el contrario tiende a lo mayestático y colosal (Wagner no conceptualizaba sus trabajos como óperas, sino como Gesamtkunstwerke, obras de arte totales). Ambos no murieron al mismo tiempo, eso sí, ya que uno sobrevivió al otro casi dos décadas, aunque en un casi completo retiro. Pero dejémosnos de tantas vueltas y vamos directamente a nuestro asunto: las vidas paralelas de dos de los más grandes compositores de Opera de todos los tiempos. Vidas que no se cruzaron en ningún minuto, eso sí, pero si en Cloud Atlas nos venden seis historias por el precio de una novela o película, y además se supone que todas ellas se entrelazan de maneras místicas y retorcidas, por qué no íbamos a tener nosotros licencia para hacer lo mismo con dos historias que, además, son de la vida real.



Richard Wagner y Giuseppe Verdi nacieron los dos en 1.813, el alemán primero (22 de Mayo) y el italiano después (9 o 10 de Octubre, la partida de bautismo respectiva es algo imprecisa). Wagner nació en Leipzig, o sea, en una ciudad en forma, mientras que Verdi nació en Le Roncole, lo que llamaríamos un caserío; la procedencia de ambos era más bien humilde. En la época, ambos territorios dependían del Imperio Napoleónico, pero tanto Wagner como Verdi eran demasiado jóvenes para tomar conciencia de ello; a ambos les tocaría vivir sus respectivas infancias y juventudes en el período de la restauración postnapoleónica, una época de conflicto entre gobernantes felices de volver a las trasnochadas pelucas dieciochescas por un lado, versus gentes comunes ávidas de vivir y experimentar eso que llaman democracia y libertad para la nación toda. En Italia y Alemania, eso se manifestó en sendos movimientos destinados a liberarse del yugo extranjero (austríaco en ambos casos, más en Italia que en Alemania), y en unificarse como una sola nación soberana.

Por cierto, antes de seguir adelante. Giuseppe Verdi y Richard Wagner son nombres de una sonoridad que impersiona, pero que traducidos al castellano, pierden algo de enjundia. El italiano sería José Verde. Y se la saca bien librada, porque el alemán sería... Ricardo Carretonero (es posible que no encuentren la palabra wagner en su diccionario alemán-español porque es un arcaísmo del alemán medieval). Y ahora que los bajamos del pedestal un resto, sigamos adelante.

Wagner tuvo una educación escolar algo más refinada y culta que la de Verdi, lo que le permitió entusiasmarse desde pequeño con la música, y en particular con la composición; no es que Verdi no haya tenido educación, pero ésta fue mucho menos formal. Es posible que esta diferencia haya marcado las respectivas posiciones hacia su propio arte: mientras que Verdi parecía considerar el componer como un trabajo de disciplina por sobre el talento (sin faltarle genio, por supuesto), Wagner se dejaba devorar por la pasión de la composición. Ayudó también que el padrastro de Wagner (su padre había muerto de tifus cuando el joven tenía apenas meses de vida) estaba relacionado con el mundo del teatro. Verdi crecería con una concepción más convencional de la música, mientras que Wagner comenzaría a desarrollar su concepción del Gesamtkunstwerk, la obra de arte total; Wagner no inventó el concepto, aunque sí fue el que lo desarrolló hasta lo que diríamos sus últimas consecuencias. Fiel a esta concepción, Wagner dio el paso inusual para su época de escribir sus propios libretos; con todo sería injusto tratar a Verdi como un mercenario que aceptara cualquier texto en tanto la paga fuera buena, ya que si bien no escribía sus propios libretti, sí solía comprometerse bastante más que el común de los compositores en la redacción de ellos. Las óperas de Wagner son redondas porque las concebía desde el inicio como una Gestalt en donde el texto y la música conformaban una unidad superior a las dos partes por separado; Verdi seguía concibiendo su trabajo como ponerle música a un libreto, pero conseguía que sus óperas fueran redondas haciendo que sus libretistas eliminaran cualquier clase de detalle o diálogo superfluo, o de florituras para el exhibicionismo musical, concentrando así el drama (y apoyándolo con una poderosa instrumentación, claro). De ahí que Verdi tienda más bien a la concisión dramática, y Wagner por el contrario a la exhuberancia; queda a criterio del lector decidir qué enfoque dramático les parece más atractivo, no en balde los fanáticos de uno de los compositores tienden a no serlo tanto del otro.



La década de 1.830 sorprenderá a Wagner mucho más lanzado que a Verdi. El alemán ingresó a la Universidad de Leipzig, e impresionará al maestro de coro de una manera tal, que éste le impartirá lecciones de música sin cobrar un solo chelín por las mismas. Algunos años después encuentra su primer trabajo, como director musical en Magdeburgo. En Italia, entretanto, Verdi fue rechazado en el Conservatorio de Milán por un tema de edad, ya que tenía dieciocho años y la edad de admisión máxima era catorce (años después, cuando el Conservatorio quiso homenajear a Verdi poniéndose su nombre y pidió autorización al compositor para ello, éste replicó con sorna: "No me quisieron cuando yo era joven, ahora no me tendrán que soy viejo").

Ya en la veintena, el amor tocó a las puertas de ambos compositores. Aunque de manera diferente. El romance de Verdi fue más bien tranquilo. Este había forjado una relación con Antonio Barezzi, un rico comerciante que reconociendo el talento de Verdi, había sido su mecenas, e incluso lo había contratado para que ayudara en sus lecciones de piano a su hija Margarita. Ambos jóvenes se encontraron mutuamente de buen ver, y terminaron casándose en 1.836, con la venia de maese Barezzi, serio candidato al galardón suegro de cinco estrellas a la luz de lo que estamos refiriendo. ¿Y Wagner? El hombre terminó enamorándose de Minna Planer, una actriz veleidosa y llena de pretendientes; el noviazgo de ambos fue bastante tortuoso, debido a la coquetería y aún a la infidelidad de la chica... y a que el propio Wagner, siempre enamorado de sí mismo, también se permitía sus canitas al aire. Se casaron también en 1.836, en lo que desde el comienzo prometía ser el material con lo que se escriben los culebrones. Eso sí, ambos matrimonios seguirían cursos diametralmente opuestos, como tendremos jugosa oportunidad de ver.

Casi a renglón seguido, porque siendo compositores románticos no podía suceder que fueran felices para siempre, la desgracia se cebó tanto en Wagner como en Verdi, aunque lo del italiano tiene un componente de patetismo muy alejado del Schadenfreude que provoca la versión wagneriana del cuento. Porque resulta que Verdi tuvo un par de hijos... y la tragedia se cebó en él. En el lapso de dos años murió su hija primero, su hijo después, y al último Margarita Barezzi contrajo una encefalitis y también falleció. De manera comprensible, Verdi se hundió en la más completa desesperación; ya había tenido sus primeros éxitos operáticos, pero había caído en un estado de apatía crónica terminal en donde nada realmente le importaba. Frente a eso, lo de Wagner es casi humorístico: su señora lo dejó por otro hombre, después se reconciliaron, después emigraron a Riga (entonces parte del Imperio Ruso) por un trabajo, el alemán se cubrió de deudas, y al final debió realizar casi un escape de telenovela, abandonando el territorio ruso de manera tránsfuga y exponiéndose incluso a ser tiroteado en la frontera, todo para escapar de sus acreedores. Lo logró, por supuesto, o no habría podido componer el Anillo de los Nibelungos, ustedes se imaginarán.

Así como 1.836 fue el año de las campanas nupciales, 1.842 fue el año de la resurrección para ambos compositores. Durante una escala en París, Wagner compuso no su primera ópera, pero sí la primera grande de su repertorio: Rienzi. Las gestiones de su colega Giacomo Meyerbeer consiguieron que se estrenara en Sajonia. Cruzar el río Rin y volver a Alemania para Wagner fue hacerse un germanófilo convencido, tendencia que no sólo ya no lo abandonaría en la vida, sino que además lo convertiría en referente de cabecera tanto para Hitler como para Laibach. Por cierto, años después, y dándole cuerpo a una preocupante tendencia sicológica, Wagner se comportaría como un maldito bastardo malagradecido con Meyerbeer, acusándolo por escrito de ser un judío sórdido que prostituía su talento para componer música que complaciera a las masas e hiciera dinero. Pero volviendo a Rienzi: la ópera fue un éxito, y cimentó el nombre de Wagner como compositor. Por cierto, Rienzi der Letzte der Tribunen (Rienzi el último de los tribunos) versa sobre un republicano del siglo XIV llamado Cola di Rienzi, que se rebeló contra el Papado y fundó una efímera república; irónicamente para un germanófilo, pero por mandato histórico, la acción está ambientada en la ciudad de Roma. Verdi, en tanto, después del fiasco de una ópera bufa llamada Un giorno di regno (componer música humorística en mitad de una horrible depresión y esperar que tuviera éxito, no fue el movimiento más inteligente de todos), le dio forma a su primer verdadero capolavoro: Nabucco. Su tema, el de los judíos prisioneros en Babilonia añorando su libertad, se hizo popular entre los patriotas italianos sometidos al dominio austríaco desde la caída del Imperio Napoleónico; pero es probable que su fabulosa aria Va pensiero, con su melodía y coro espirituales sobre una letra que habla de añoranza, tenga más que ver con una catarsis del drama interno de Verdi que con preocupaciones patrióticas. Si no conocen el hermosísimo Va pensiero por nombre, es casi seguro que lo reconocerán al menos de oído:



Durante la década de 1.840, las vidas de ambos estarán dedicadas al trabajo. Pero desde éticas distintas. Giuseppe Verdi será una especie de Woody Allen que sacará una ópera distinta cada año, llueva, truene o diluvie, sea buena o mediocre, componiendo sin descanso para pagar las cuentas y hacer algo de fortuna. Verdi llegará al extremo de hacer incluso un remake de una ópera propia, ya que la hablada en italiano Los lombardos se transformará, con modificaciones aquí y allá, en la hablada en francés Jerusalén. Richard Wagner en cambio será una especie de Stanley Kubrick, maniático y perfeccionista. El repertorio de Verdi entre 1.840 y 1.849 incluye, y tomar aire aquí: Un giorno di regno, Nabucco, Los lombardos, Ernani, I due Foscari, Juana de Arco, Alzira, Atila, Macbeth, I masnadieri, Jerusalén, El corsario, La batalla de Legnano y Luisa Miller. Estoy seguro de que ustedes no habían escuchado de casi ninguna de éstas. Wagner en cambio estrenó sólo tres (escribió algunas más, eso sí), y hay más posibilidades de que los títulos les suenen: Rienzi, El holandés errante y Tannhäuser. Eso, y la ópera Lohengrin de 1.850 que contiene una pieza musical que todos han escuchado, y que sólo los conocedores de la música selecta (y ahora ustedes) asocian con Wagner:




El final de la década sorprendió a ambos compositores en distintas situaciones. Verdi ya estaba acostumbrado a su vida tal y como marchaba, no tenía grandes sobresaltos, y se dio tiempo y maña para iniciar una relación sentimental con una cantante de ópera, Giuseppina Strepponi. Incluso empezó a vivir en concubinato con ella, algo que causó escándalo, pero más o menos se le permitió porque después de todo era uno de los más grandes compositores de ópera italianos del momento, y además había consolidado un estatus de ídolo patriótico en la Italia postnapoleónica gracias a Nabucco y Los lombardos. ¿Y Wagner? El hombre que había compuesto una ópera sobre un republicano italiano rebelde de la Edad Media, tenía amistades políticas muy poco recomendables, de la órbita del socialismo, y por lo tanto, cuando estalló la Revolución de 1.848 (o mejor dicho, algo después cuando la revolución liberal fue aplastada por los conservadores), debió salir escopetado de Alemania. En 1.850 se radica en Suiza, en Zürich, gracias a la beneficencia de un amigo que ayudó a sostenerlo económicamente; Wagner tuvo la bastardía suficiente de pagárselo enamorando a su esposa, con la que tuvo un affaire. Su matrimonio con Minna iba mal porque ella había aspirado a casarse con un exitoso director de orquesta, y en vez de eso estaba amarrada a un compositor medio lunático cuya música francamente le gustaba cada vez menos, y que además le ponía cuernos de manera bastante ostentosa. En medio de todo eso, Wagner encontró el tiempo para publicar de manera anónima un folleto antisemita en donde atacaba a los compositores de música judíos, su antiguo benefactor Meyerbeer incluido. Publica también otros panfletos en donde ofrece su teoría de la obra de arte total, algo que ya preludia lo que va a ser el Anillo de los Nibelungos.

Mientras Wagner se encuentra exiliado en Suiza y rabeando con la mitad de la platea que se niega a rendirle pleitesía porque SOY UN GENIO, Verdi comienza a vivir sus mejores años. En la década de 1.850 alcanza su madurez compositiva, con su tríada maestra: Rigoletto, El trovador y La traviata. Seguirá componiendo algunos años más, siempre fiel a su cita de una ópera nueva casi cada año, aunque cada vez más hastiado. Después de Un baile de máscaras, de 1.859, entrará en una especie de semirretiro, gozando su bien ganada fortuna personal y su relación con Giuseppina Strepponi. Todo lo contrario de Wagner, quien sigue componiendo de manera casi enfebrecida... a la vez que se le ocurre fijarse en otra esposa de otro hombre. La cortejada esta vez es una poetisa llamada Mathilde Wesendonck, e ignoramos si más allá de la amistad y las conversaciones, ella correspondió esos afectos de una manera más física; de todas maneras Wagner compuso nada menos que Tristán e Isolda inspirado por este romance (aunque, considerara una ópera tan imposible de escenificar como el amor imposible presentado, quedó engavetada y sin estreno por el minuto). Por desgracia, Minna interceptó una carta de Wagner a la musa, y a partir de ahí el matrimonio experimentó un quiebre prácticamente definitivo. Como todo eso es algo deprimente, bien mirado, hagamos mejor un corte al famoso brindis de La traviata de Verdi:



A inicios de la década de 1.860, ambos compositores alcanzaron la cincuentena. Verdi seguía en su satisfecho semirretiro, ahora felizmente casado con Giuseppina Strepponi, aunque se dejó convencer para entrar en la política, siendo de hecho diputado entre 1.861 y 1.865, fecha en la que renunció, un poco porque no era lo suyo. Le fastidiaba un poco que, habiéndose ganado con justicia sus laureles, era menospreciado por los compositores más jóvenes, que con la estupidez rebelde propia de la edad, tendían a mirarle como un vejestorio medio pasado de moda; el compositor Arrigo Boito fue particularmente viperino en estas apreciaciones, lo que convirtió a ambos en enemigos durante años. Boito completó una sola ópera, Mefistófeles, y por ironía hoy en día se lo recuerda más como... autor de guiones de las óperas tardías de Verdi. Ya llegaremos a eso. ¿Y Wagner? Este, mucho más megalómano, había tenido una existencia bastante más atormentada, y chapoteaba en la mediocridad no creativa, pero sí social. Y entonces las cosas dieron un giro. Al trono de Baviera llegó Luis II, un tipo excéntrico que terminó siendo llamado el Rey Loco por esta misma razón. Luis II admiraba a Wagner, y le ofreció mecenazgo completo. Tristán e Isolda, cuya partitura permanecía aparcada en un cajón, fue estrenada (tristemente el cantante que interpretaba a Tristán cayó muerto como mosca después de sólo cuatro funciones, generando una leyenda negra en torno al papel). Y por supuesto, Luis II financió a Wagner un teatro tal y como él lo conceptualizaba, para el estreno de El Anillo de los Nibelungos. Wagner planteaba cosas que hoy en día damos casi por sentadas, pero que para su tiempo eran revolucionarias: su obra debería ser vista con las luces apagadas y el público en silencio (créase o no, las cosas no eran así antes de Wagner), y la orquesta estaría hundida en un foso para que el público no la viera. En medio de todo eso, Wagner enviudó, aunque no fue al funeral de su esposa, ya que vivían separados desde hacía muchos años. No perdió tiempo en casarse con Cosima Liszt, hija de Franz Lizst y veinticinco años más joven (Lizst y Wagner eran amigos, pero como de costumbre, considerando el carácter de Wagner, la relación se había enfriado). Cosima Liszt ya estaba casada de antemano y se había divorciado para casarse con Wagner; para nadie que haya resistido leer hasta estas alturas resultará una sorpresa mencionar que el antiguo esposo de Cosima era Hans von Bülow... el director de orquesta que dirigió el estreno de Tristán e Isolda. Wagner, siempre comiéndole las mujeres a sus cercanos.

Verdi se prodigaba cada vez menos. En la década de 1.860 había compuesto sólo La forza del destino y Don Carlos. Pero en 1.871 regresó por la puerta grande, con Aída. Luego, aparte de la misa de réquiem para Alessandro Manzoni, no dio mucho más de que hablar. Como no contemos el asunto de la cantante de ópera de Teresa Stolz, con la que se dijo que Verdi tenía un affaire; es cierto que ambos tenían una estrecha relación profesional, pero no tenemos ninguna prueba de que ello sean algo más que habladurías (o en este caso, de publicaciones calumniosas en un pasquín de prensa amarilla). Wagner, mientras tanto, estaba en plena faena para el estreno de El Anillo de los Nibelungos. La fenomenal tetralogía se estrenó en cuatro días seguidos, en el flamante Teatro de Bayreuth, en 1.876. La obra fue enormemente divisiva entre las audiencias: algunos lo consideraron una portentosa obra maestra, y otros como un delirio megalómano insufrible. Irónicamente para quienes sostienen que Nietzsche era un nazi, éste odió la tetralogía porque la consideró una muestra de rampante nacionalismo germánico. Por cierto, muchos clichés de nuestra cultura acerca de los vikingos vienen de dicha obra; de todas maneras y por hacerle justicia a los artífices, se preocuparon al máximo de que la representación fuera lo más fiel posible al registro histórico de los vikingos y los bárbaros germánicos, y no es culpa de ellos que más adelante la investigación historiográfica y arqueológica haya superado tales clichés.



En sus últimos años, ya entendiéndose bien con Luis II y convertido en el ídolo nacionalista germánico, quedaba por supuesto muy poco del socialista rebelde que había sido Wagner en su juventud. Publicó Was ist deutsch?, un panfleto nacionalista y antisemita. También su creciente interés por el Cristianismo se hizo más evidente. Su última ópera será justamente una mezcla de motivos cristianos y paganismo alemán medieval: Parsifal, sobre la búsqueda del Santo Grial. En dicho período, en paralelo, Verdi estuvo por completo apartado del arte de la composición; todo lo más, se limitó a escribir un breve tratado autobiográfico, no ciento por ciento fidedigno, como no suelen serlo el común de los textos autobiográficos. Eso, y otro autoremake: en 1.881 reestrenó Simon Boccanegra, cuya primera versión en 1.857 había resultado un relativo fracaso.

A inicios de 1.883, Wagner se fue de vacaciones a Venecia con Cosima, lugar en donde lo sorprendió un ataque cardíaco. Falleció el 13 de Febrero, faltándole meses para la setentena, y por ironía fuera de la Alemania de la que era tan fanático... y en el país de Verdi. Este, por su parte, tuvo tiempo de regresar a la ópera dos veces más. En el intertanto se había reconciliado con Arrigo Boito, el jovenzuelo impertinente a quien la madurez algo había domesticado, y éste escribió dos guiones basados en Shakespeare, que se transformaron en Otello (1.887) y Falstaff (1.893). Después de esta última, la voz de un Verdi ya octogenario prácticamente se apagó: salvo por algo de música religiosa, ya no compuso más. Dos golpes lo afectaron: el fallecimiento de Giuseppina Strepponi primero, y la noticia del asesinato de Umberto el rey de Italia a manos de un anarquista después. Falleció el primer año del nuevo siglo, en 1.901, y sus funerales fueron un evento masivo y apoteósico en las calles, despedido como un héroe nacional. Los funerales de Wagner dieciocho años antes, por contraste, habían sido mucho más discretos: el cuerpo navegó en una góndola funeraria por el Gran Canal de Venecia, y después transportado a Alemania, siendo enterrado en suelo privado, en Bayreuth.

Aunque Verdi y Wagner son reputados como los dos más grandes colosos de la ópera del siglo XIX, y se cuentan entre los mayores titanes de la música de todos los tiempos, ambos no parecen haberse encontrado nunca personalmente en vida. Parece ser que cada uno asistió alguna vez a representaciones de ópera del otro, pero sus opiniones, si las emitieron, no llegaron a conservarse. Una lástima, porque ése hubiera sido el broche de oro para rematar con el por otra parte interesante enfoque de vidas paralelas entre ambos genios de la música.

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