miércoles, 30 de octubre de 2013

Julian Glover: El villano ubicuo del cine.

Haremos un posteo más liviano que de costumbre en la Guillermocracia, a costillas de uno de los actores más reconocibles y menos reconocidos dentro de las películas que podríamos calificar de frikis o geeks. Y de las otras también. Porque pocos actores tienen el honor de haberse paseado por franquicias tan icónicas como Star Wars, Indiana Jones y James Bond... y seguir siendo esos grandes desconocidos. Es la historia de ciertos actores que por una razón u otra terminan encasillados en los llamados roles de carácter. El caso de Julian Glover es cuando menos interesante. Ha interpretado a héroes y villanos, pero en sus roles más recordados, se ha enlistado bajo las banderas del Mal. No debería ser una sorpresa, si se piensa que ha actuado con la Royal Shakespeare Company, lo que no es menor; ya sabemos que los actores shakesperianos se prestan de maravillas, por su profundidad dramática, para crear villanos de altura. A continuación en la Guillermocracia, un breve resumen de los papeles más representativos de un actor que en justicia debería tener más reconocimiento del que ha recibido. Antes de que fallezca y esto se transforme en un obituario, porque habiendo nacido en 1.935, va en derechura hacia la ochentena (y hacia la sección El Tiempo Pasa: Versión 2.015, cuando el tiempo pase y llegue dicho año, por supuesto). Damas y caballeros, con ustedes el señor Julian Glover.


Quatermass and the Pit (1.967).

La productora Hammer es conocida principalmente por sus películas de terror, en especial las de vampiros, pero eso no quita que no hayan dedicado tiempo a la Ciencia Ficción, con la trilogía del investigador científico Quatermass. En esta película en particular, Quatermass debe investigar una excavación arqueológica que, según se revela, contiene una nave extraterrestre estrellada y hundida en la Tierra desde antes que el humano fuera humano. Por supuesto que de por medio tiene que inyectarse a presión el burócrata entrometido que sólo está para hacerle la vida difícil al protagonista, en este caso el Coronel Breen. ¿Interpretado por quien? Por Julian Glover, en uno de sus primeros roles de burócrata malparido. Vendrán más.


Hitler: Los últimos diez días (1.973).

Esta no la he visto, pero ya desde el título no es difícil adivinar por qué la menciono. ¿No hemos dicho que Julian Glover tiende a encajar de lleno en los roles de villano? ¿Y no son los nazis acaso los villanos más villanos del siglo XX? Y en efecto, no falla: Julian Glover hace de nazi. En concreto de Hermann Fegelein, un alto oficial del régimen que por esos días de la caída de Berlín estaba empeñado en escaparse de Alemania con joyas, algunas de ellas pertenecientes a Eva Braun. Si la película es fiel a los hechos históricos, entonces éste es uno de los roles en donde el personaje de Julian Glover acaba tiroteado. Si se quejan del spoiler, entonces lean más libros de Historia, superen su ignorancia, su cerebro se los agradecerá. Los que la hayan visto, me informarán qué tan fidedigna es esta ficción a la realidad. Por desgracia no pude encontrar una foto digna del tema, privándonos del placer de ver a nuestro villano favorito con uno de los mejores uniformes de villano jamás diseñados y cortados por sastre: el nazi, por supuesto.


El enigma se llama Juggernaut (1.974).

Otra que no he visto, pero la menciono por dos razones. Una, pertenece al género de catástrofes, en concreto al subgénero del cine de hundimiento de barcos, que por ese entonces estaba en boga por aquello de clonar La aventura del Poseidón. Aquí comparten cartelera Richard Harris, Omar Sharif, Anthony Hopkins, Ian Holm... La otra razón, porque aparentemente interpreta a un oficial naval (por lo menos aparece acreditado como Comandante Marder). Resulta casi como un augurio, si se piensa en el rol que tendrá en Star Wars. Y hablando de Star Wars, vamos a...


El Imperio contraataca (1.980).

Entramos a las películas más conocidas para el friki moderno. Todos recuerdan la fenomenal invasión de dromedarios mecánicos de ignoro cuántos metros de alto, en contra de la base rebelde en el planeta congelado. Capitaneada por Maximilian Veers. Interpretado por Julian Glover, embutido en un casco de fuertes reminiscencias nazis para no desentonar; hablando de nazis, el actor que interpretaba a Obi-Wan Kenobi, Alec Guinness... interpretó a Adolf Hitler en la mencionada Hitler: Los últimos diez días, en otro de esos extraños giros de casting del cine. Pero volviendo a Star Wars. Aunque el ataque en sí mismo resulta exitoso, uno de los cazas de los rebeldes salido de control termina estrellándose contra la cabina de Maximilian Veers. Como no se le ve en el resto de la saga, podemos juzgar que la explosión lo mató. Aunque considerando la habilidad del universo expandido de Star Wars para sacarse conejos de la chistera, resultaría muy probable que hubieran explotado la situación del nunca encontraron el cuerpo para hacerle sobrevivir en novelas y cómics. Nuevamente, los fanáticos jedi me informarán.


Sólo para tus ojos (1.981).

La película oficial número 12 de la saga Bond tuvo la taquilla suficiente para salvar a los estudios MGM de la bancarrota, después de que éstos se fueran prácticamente a pique con Heaven's Gate. Aunque como en Terminator 3, al final resultó que no habían evitado el apocalipsis, sólo lo postergaron algunos años; en 2.012, otra vez fue James Bond el rescatista, con Skyfall, por cierto. Pero volviendo a Sólo para tus ojos... Frente a las excentricidades de las entregas inmediatamente anteriores de 007, ésta presenta una historia de espionaje bastante cable a tierra. James Bond es enviado a Grecia para recuperar una máquina decodificadora que en ese instante podría estarse vendiendo a la KGB; para su misión contacta a un aliado llamado Aristotle Kristatos. Interpretado por Julian Glover. ¿Es que acaso por una vez en la vida y por accidente lo contrataron para ser de los buenos? ¿O el casting... fue acaso completamente intencionado? Si no quieren enterarse, no sigan leyendo este párrafo. Pero si quieren enterarse, entonces les revelaré en qué termina todo este embrollo. Porque... cosa inusual en una película de James Bond, en donde el villano suele estar presentado desde el comienzo como tal, a mitad de película nos enteramos de que el supuesto villano en realidad es el bueno, y el aliado bueno ha sido el villano a todo lo largo y ancho de la historia. O sea, Julian Glover ha sido el malo a vista y paciencia de todo el mundo, y además un traidor a la causa patriótica griega. Por algo los productores contrataron al tipo que bombardeó la base rebelde del helado planeta Hoth, después de todo.


Ivanhoe (1.982).

Una versión más moderna del viejo clásico de Walter Scott, porque hay varias versiones cinematográficas más antiguas. Me disculparán que no mencione de qué se trata, pero es que si no conocen a lo menos quién es el héroe y quién el villano de esta novela clásica, entonces no merecen ser lectores de la Guillermocracia. A estas alturas ustedes se estarán preguntando a qué villano interpreta Julian Glover... y la respuesta, sorprendente a estas alturas, es negativa. En esta película, el señor Glover interpreta al rey Ricardo Corazón de León, que viene de regreso a Inglaterra para reinstaurar el orden, la justicia, etcétera. Vale la mención porque primero rompe la cadena de personajes villanescos de nuestro biografiado, y además porque siendo una película histórica, permite a Julian Glover dar salida a su entrenamiento shakesperiano. No a los extremos de Patrick Stewart, que por cierto también interpretó a Ricardo Corazón de León (en una parodia de Robin Hood de Mel Brooks, eso sí), pero de todas maneras si se quiere tener a un monarca con presencia, Julian Glover sigue siendo una excelente opción. Irónicamente, no es la primera vez que Julian Glover interpretó a Ricardo Corazón de León, sino la segunda, ya que antes había encarnado al personaje en la televisión, en el programa de televisión... Doctor Who. En 1.965.


El cuarto protocolo (1.987).

La KGB activa un plan para manipular las elecciones parlamentarias en Inglaterra, detonando una bomba nuclear en suelo británico. El villano principal en este caso no es Julian Glover, sino Pierce Brosnan como un agente de la KGB infiltrado en Inglaterra, algo así como una especie de James Bond en versión villano; el héroe, dicho sea de paso, es Michael Caine. Julian Glover en este caso no interpreta a algún general ruso, como hubiera sido de esperar dado su currículum, sino al jefe de Michael Caine. Y para no desentonar, el jefe en cuestión es un burócrata obstructivo más preocupado por su carrera funcionaria que por hacer bien su trabajo. Incluso en el Primer Mundo hay sujetos de ésos. Y en Chile también, no en balde los chilenos son los ingleses de Sudamérica.


Indiana Jones y la última cruzada (1.989).

En la tercera entrega de Indiana Jones, éste es requerido por un hombre de negocios estadounidense llamado Walter Donovan para buscar el Santo Grial, en particular porque otro investigador enviado para la búsqueda se ha extraviado. Indiana Jones replica que ha hablado con el Jones equivocado, que su padre era el fanático del Grial... sólo para recibir la contrarréplica de que es el padre el extraviado. Ahora, dos cosas que no serán una sorpresa para nadie que haya aguantado leyendo este artículo. Primero, Walter Donovan es interpretado por Julian Glover. Segundo, Walter Donovan trabaja en secreto con los nazis, quizás porque le quedó gustando la experiencia en Hitler: Los últimos diez días. Que tener a Julian Glover en el elenco es casi un spoiler por sí mismo. Por cierto, de cuantos personajes villanos ha interpretado Julian Glover, la muerte de Walter Donovan es una de las mejores. Si pertenecen a la camada de herejes e infieles que no han visto esta película, ya están perdiendo tiempo en conseguírsela.


Su Majestad Ralph (1.991).

Una olvidada comedia de la década de 1.990, que para ser sinceros no he visto. Por las referencias que tengo, se trata de un estadounidense que por un giro del destino cuyo nivel de extravagancia sólo se da en comedias de éstas, acaba como rey de Inglaterra. La mencionamos primero porque Julian Glover tiene un pequeño papel como... el rey de Finlandia. Y segundo, porque con algo debía rellenar entre Indiana Jones y el siglo XXI.


Vatel (2.000).

Basada o inspirada en hechos reales. Literalmente, porque uno de los personajes es el Rey Sol, Luis XIV, aunque el verdadero protagonista, Vatel (personaje histórico también) fue el refinadísimo cocinero del Principe de Condé. Vatel es interpretado por... no por Julian Glover, sino por Gérard Depardieu. El rol de Glover es el Príncipe de Condé. Ignoro si cuenta como villano, pero el Príncipe de Condé histórico tuvo un final muy desgraciado: en los inicios del reinado de Luis XIV tuvo la muy mala idea de ofrecerle un banquete suntuoso al monarca, quien sabe si por afán de lamerle la planta de los pies y quizás algún otro órgano, o para ofrecerle una sutil amenaza a su poder, en plan club de empresarios que llama al Presidente de la República para leerle la cartilla. El caso es que el Luis XIV histórico se lo tomó muy mal, y Condé tuvo un final bastante desgraciado. Al final, so pretexto de una película que no he visto, y de Julian Glover, terminamos hablando de Historia. El cine tiene bellezas como ésa.


Harry Potter y la Cámara de los Secretos (2.002).

Por si no le hubiera bastado hacerle la vida a cuadritos a Luke Skywalker, Indiana Jones e Indiana Jones, Julian Glover añadió a Harry Potter en su lista de héroes para ser puestos a parir. Aunque esta vez fue sólo un trabajo de doblaje, porque se contentó con ofrecerle la voz a la araña Aragog. Y por otra parte, la maldición Glover funcionó al revés: aquí no era de los malos y parecía buena, sino que era de los buenos y lo acusaron de ser el malo. No es un spoiler grueso si decimos que al final el villano era... Voldemort. En fin, lo que le faltaba en el currículum: hacer de bicho. En el sentido literal del término, nos referimos. Porque en términos de ser un bicho de miseria moral, el pobre a estas alturas lleva acumulado unos cuantos personajes de ésos.


Troya (2.004).

Para no quedarnos con la idea de que sólo hace roles de villano, mencionemos su fugacísima pasada por el set de Troya, ese bailoteo con taconeo estilo zapateo americano sobre la tumba de Homero hecho película, en la que Julian Glover interpretó a un rey de la alianza de invasores contra Troya. Aunque la idea de quiénes son los buenos, si los troyanos o los aqueos, es cuando menos relativa. El que escribió el poema era partidario de los aqueos, pero fueron también los aqueos los que invadieron un territorio en donde nada se les había perdido.


Scoop (2.006).

También para la trivia anotemos el día en que Julian Glover fue dirigido por Woody Allen. Scoop es la historia de una chica interpretada por Scarlett Johansson en un estupendo traje de baño rojo de una sola pieza, investigando a un sospechoso de ser un asesino serial interpretado por Hugh Jackman. Tengo la impresión de que Woody Allen contrató a Julian Glover a propósito para convencernos de que el hombre que fue nazi, ganó una importante batalla contra los rebeldes en Hoth, traicionó a James Bond y después hizo lo propio con Indiana Jones, iba a ser como mínimo sospechoso para el espectador promedio. No diré si dichas sospechas son correctas o no porque Woody Allen es un viejo zorro y sabe hacer la jugada. Sólo diré que Julian Glover en esta película es... el padre de Hugh Jackman. El resto, averígüenlo ustedes viendo la película.


La joven Victoria (2.009).

Pareciera que andando el tiempo, los roles de Julian Glover se han ido endulzando un tanto. Las energías ya no son tantas para dedicarlas a la villanía, y es hora de ir disfrutando los laureles. Héroes no, porque ya no está en edad, pero sí secundarios de lujo. En esta película en donde la joven Victoria era interpretada por una bellísima Emily Blunt, Julian Glover era un senescente Duque de Wellington; la película está ambientada a finales de la década de 1.830, o sea, más de dos décadas después de que Wellington derrotara a Napoleón en la Batalla de Waterloo. El personaje de Julian Glover no es un villano, pero de manera esperable, el Wellington histórico para esas fechas estaba hecho un carcamal reaccionario y más del lado de allá que el de acá en este mundo. O sea, todo lo contrario de lo que debe ser un hombre decente, así es que también lo contamos entre los villanos que ha interpretado.


Game of Thrones (2.011 y contando... si no lo han matado por el camino).

La franquicia friki definitiva en televisión, Game of Thrones, se las ha arreglado para ir incrustando en roles secundarios a varias viejas glorias del cine y la televisión. Uno de los llamados es Julian Glover, en un casi irreconocible rol como el Gran Maestro Pycelle. Para no romper con la tendencia, el Gran Maestro Pycelle se presenta entre los consejeros de Desembarco del Rey como un viejecillo frágil que no rompe un huevo, pero en las sombras se las arregla para seguir practicando el deporte favorito de toda la nobleza de Westeros que no está empuñando un arma (una espada o... la otra espada): conspirando y maquinando desde las sombras mientras esquiva las conspiraciones y maquinaciones en la sombra de sus compañeros de juego. Aunque viendo el desfile de desnudos y depravaciones sexuales varias de la serie, podríamos decir que conspirar es apenas el segundo deporte favorito de la nobleza de Westeros.


A estas alturas, ustedes ya se habrán dado de un golpe en la frente, esperamos que con la palma de la mano y no con el puño, diciéndose a sí mismo que en verdad lo habían visto muchas veces y ni siquiera se habían dado cuenta. O a lo mejor incluso lo conocían. Cualquiera sea el caso, esperamos haber cumplido con el homenaje a un grande del cine que, sin haber desempeñado nunca un rol tan icónico como para quedarse grabado con nombre y apellido en la retina, sí fue ingrediente esencial en el éxito de numerosas películas y franquicias. Homenaje que, esperamos, sea uno en vida y no un obituario; desventaja de que los posteos queden programados a veces con un par de meses de anticipación. Y nos despedimos con una pequeña deuda: una imagen de Julian Glover (actor) como Ricardo Corazón de León (personaje histórico) en Doctor Who (Ciencia Ficción de viajes en el tiempo):


domingo, 27 de octubre de 2013

Igualdad y meritocracia.


"Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos". Así reza el primer inciso del primer artículo de la Constitución Política de la República de Chile. Este enunciado, tan importante que encabeza nuestra Carta Magna, es la concreción de una idea mucho más antigua, que data desde la mismísima Ilustración y la rebelión de 1.789. Hoy en día la damos por sentada, por lo menos en nuestro imaginario social, y si puede discutirse su validez en la práctica, nadie o muy pocos se atreverían a desconocerla en la teoría.

Abundemos un poco en esto. En la Europa anterior a 1.789 existía el concepto de que las personas no eran iguales, y que el orden social estaba sancionado por la Divinidad. Existía la monarquía absoluta de derecho divino, sistema político en el cual se suponía que la voluntad de Dios mismo era que existiera un gobernante único con poderes totalitarios, y al resto le quedaba sólo obediencia y sumisión. En este contexto, predicar la igualdad no sólo era sedición contra el orden social, sino también un pecado de orgullo contra el orden divino. Aunque en la práctica nunca fue tan extremo, porque los aristócratas muchas veces le hacían la vida difícil al rey, y esto también se consideraba parte del orden divino. Los estamentos y clases sociales, la desigualdad social en suma, eran considerados parte de un orden. La igualdad social era equivalente al caos, a la anarquía.

Dentro de la democracia, tal y como la entendemos a grandes rasgos desde 1789, la idea es que cada ser humano vale lo mismo que su semejante. Esto se expresó primero como un ideal político, en que cada persona tenía derecho a un voto, a no más que un voto, pero a no menos que un voto; de nuevo, la aplicación práctica fue difícil porque primero se implementó el voto censitario para los más ricos y varones, y se necesitó de tiempo para ampliar la base electoral a todo el universo de los mayores de edad. Luego se expresó como ideal social, en que las personas tienen derecho a un tren mínimo de vida, lo que se traduce en acceso a la educación, a la salud, etcétera.

Hoy en día, entendemos la igualdad en términos adicionales de no practicar la discriminación. En base a este principio de igualdad, se prohíbe discriminar a las personas en razón de ser mujeres, negros, indígenas, homosexuales, aconfesionales, etcétera. Nuevamente, la aplicación práctica encuentra con tropiezos y dificultades, y dichas fuentes de discriminación, si bien más o menos desterradas de la legislación, siguen sucediendo en la práctica.

Pero esto ha conllevado un problema adicional: el destierro de la meritocracia. En principio, por pura lógica, si queremos que se haga un trabajo, queremos que se haga bien. Y para ello, la mejor seguridad que tenemos para esto, es que dicho trabajo le sea encargado a una persona competente. O sea, deberíamos elegir para un trabajo, a una persona con méritos para ello. Una empresa debería así elegir al más meritorio de los candidatos para un puesto, sin mirar si es mujer, indígena, homosexual, etcétera. En el caso de los subsidios al arte y la cultura por parte del Estado, éstos deberían ir a los autores con mejores méritos, no a los enchufados por relaciones políticas. Y en la política misma, la idea de darle el voto a la gente en teoría funciona así: si la gente está descontenta con sus gobernantes, en la siguiente elección puede desposeerlos e instalar a otros políticos en reemplazo. Por supuesto que las cosas no funcionan de manera tan simple en la práctica, pero en la teoría, así es como se produciría la selección de los políticos más aptos para regir los destinos de la nación. Dentro de este concepto, ideas como el nepotismo o los favoritismos deberían estar desterrados de nuestra práctica política o empresarial.

En teoría, no debería haber colisión entre igualdad y meritocracia. Si todas las personas son iguales, entonces deberían tener iguales oportunidades para acceder a puestos de trabajo, o a prebendas del Estado. Es decir, tener una sociedad igualitaria debería por sí mismo conducir a una meritocracia. Esa era la gran esperanza blanca de los revolucionarios de 1.789. Ellos eran enemigos de los privilegios, y una de sus primeras medidas en el poder fue abolir los títulos aristocráticos, y el coto cerrado por el cual sólo los aristócratas podían ser nombrados como funcionarios públicos u oficiales del Ejército, o estar exentos de impuestos. Poco después, Napoleón Bonaparte inventó la Legión de Honor con la idea de premiar con condecoraciones no a los privilegiados, sino a los hombres más meritorios. Es decir, los integrantes de la Legión de Honor serían a todos los efectos una meritocracia.

Pero es claro que las cosas no salieron así. Hoy en día, el mérito suele ser despreciado y pasado por alto o en silencio, mientras que otras clases de relaciones, clientelares o familiares, se han transformado en el motor del ascenso social. Hoy en día no basta con ser el mejor para obtener un trabajo o un puesto político. Incluso, ser el mejor es indeseable por la envidia que genera alrededor, y además porque los incompetentes en puestos de autoridad pueden sentir la tentación de nombrar a alguien que sea tan incompetente como ellos, para que el recién llegado no haga sombra ni le quite el puesto a la persona que nombra al ocupante del cargo. Cabe entonces preguntarse qué fue lo que salió mal: ¿por qué el principio de la igualdad aplicado a nuestra sociedad occidental, no llevó a una meritocracia?

Resulta interesante observar que los teóricos ilustrados del siglo XVIII no se preocuparon del problema. Con la probable excepción de Voltaire, e incluso ni siquiera éste hasta las últimas consecuencias, todos parecían opinar que en el seno de una sociedad igualitaria, se llegaría a una meritocracia sin problemas. No parecieron reparar en que ambos conceptos en esencia se contraponen. En efecto, una meritocracia implica discriminar a partir del mérito, y la igualdad absoluta es por definición la falta de discriminación. Los ilustrados no repararon en que una sociedad igualitaria es aquella en donde el mérito no cuenta para nada, porque todos son iguales y merecen lo mismo. O lo soslayaron con un supuesto arriesgado: el hombre tiende naturalmente hacia la bondad. Rousseau estaba convencido de que el hombre es bueno por naturaleza, y es la sociedad la que lo malversa y corrompe. Si se cambiaban las instituciones sociales y se hacían más justas, la bondad humana emergería. En este ambiente, la meritocracia no es un tema. La meritocracia siempre se mira en pos de los resultados, y en una sociedad con seres humanos bondadosos y ecuánimes, parecía natural que le abrieran paso de muy buena gana a los más meritorios. Como sabemos con un mínimo de observación sobre el mundo, las cosas no pasan de ese modo allá afuera.

Después, esto sirvió para esa opresiva forma de plutocracia que fue el liberalismo del siglo XIX. Se creó la idea de que había igualdad social y meritocracia para todos, y que si los pobres eran pobres, era por su falta de capacidad, de estímulo, e incluso en los casos más enojosos, por problemas raciales. Resulta interesante que estos liberales no veían contradicción entre postular la igualdad social y la discriminación a un tiempo. La igualdad era en la aplicación de la ley, en que todas las personas tenían los mismos derechos. Algunas personas sabían usarlos, y prosperaban. Otras no querían usarlos, y eran delincuentes y criminales a los cuales aplicarles mano dura. Otras no podían usarlos por ser humanos inferiores, y ellos eran objeto de filantropía por parte de millonarios sensibles y de ojos llorosos frente a las injusticias de la naturaleza frente a las personas. Quienes se rebelaron contra este estado de cosas, pasaron por ser los primeros inútiles subversivos de nuestra sociedad moderna.

En el siglo XX se entendió que el liberalismo puro y duro no era suficiente. Surgió el estado del bienestar. Se admitió que las personas no siempre podían estar en igualdad de condiciones para hacer valer sus méritos. Empezó a hablarse de igualdad de oportunidades, y empezó el combate contra la discriminación. O a implementar la discriminación positiva, el ayudar a los grupos más retrasados. La igualdad negativa de liberarse de la carga de los privilegios jurídicos, se transformó en un concepto de igualdad positiva de la mencionada igualdad de oportunidades.

Pero mientras que el concepto de igualdad se vio fortalecido, el concepto de meritocracia empezó a caer en desgracia. La palabra meritocracia ya sugiere algo que es enemigo de la igualdad: la discriminación. Si todos deben ser tratados por igual, entonces quienes tienen más mérito no deben recibir más de que sus vecinos. O peor aún: en políticas de discriminación positiva, parte del mérito estriba en pertenecer a una minoría o grupo postergado. Si usted es blanco anglosajón (no de otra etnia), varón (no mujer), clase media (no pobre) y tiene buena salud (no discapacitado), entonces sus méritos personales valen menos que los méritos de aquel que padece alguna de esas circunstancias, o varias. Esto lleva al absurdo increíble de que la calificación de apenas aprobado de uno de esos grupos, vale lo mismo que el excelente de alguien que no integra un grupo postergado.

Además, a la gente le conviene que el concepto de meritocracia sea desterrado. Piense usted en las masas. La mayor parte de la gente es floja. No sólo los pobres: muchos ricos gustan de llamarse emprendedores cuando parte importante de sus fortunas les ha venido por herencia, y otra parte ha crecido gracias a oportunidades de clase tales como la información privilegiada o las conexiones en las altas esferas. Las mismas que, cuando se lanzan a la política, tratan celosamente de ocultar para venderse como gente de clase media, como tú o como cualquiera. Es decir, posan de meritocráticos sin serlo. Los pobres, a su vez, tienen oportunidad de sentirse discriminados, y exigir sólo por ser pobres. En definitiva, a nadie le conviene ser evaluados con el rasero de méritos tales como el esfuerzo o la dedicación.

Además, todas estas cosas han desarrollado un desagradable tufillo fascista. El introducir discriminaciones huele a privilegios, y eso era algo contra lo que se rebelaron los ilustrados. En el siglo XX, la discriminación se asoció con los regímenes totalitarios, y la palabra terminó de desprestigiarse. Parte importante de ese desprestigio es de naturaleza moral: se pretendió justificar la superioridad moral de ciertos grupos sobre otros, como parte del mérito. Lo hicieron los aristócratas hasta 1.789, lo hicieron los plutócratas industriales del siglo XIX, lo hicieron los nazis. Hoy en día, la palabra discriminación está tan desprestigiada, que cuando se hacen políticas de cuotas, hay que llamarla discriminación positiva para que el apellido nos quite el mal oir del nombre.

Por desgracia, una sociedad sin meritocracia es una sociedad en la que predomina la mediocridad y la ramplonería. Piense usted que se echa a perder la plomería de su casa. Usted quiere llamar al plomero más competente para repararlo, pero viene un plomero menos competente y le alega en la cara que tiene tanto derecho para ser contratado como el otro, porque no debería existir la discriminación entre los plomeros. Ese sería un mundo en que todas las casas se estarían derrumbando, con los cimientos corroídos por el agua escapando con alegría desde las tuberías con reparaciones defectuosas.

Alguien podrá alegar que en cuestiones morales es diferente, porque no hay una especie de competencia moral, así como hay una competencia en plomería. Esta idea nos parece lógica debido al abuso que ciertos grupos en el pasado hicieron, y siguen tratando de hacer, de una autoconferida superioridad moral. Pensemos en más de alguna religión que pretende tener la verdad absoluta, y nos hacemos una idea. En última instancia, nos dicen, ¿quién juzga al que tiene una mejor moral?

Nuevamente me parece un argumento espúreo. Ciertas cosas parecieran ser moralmente neutras, como por ejemplo votar a un partido político o a otro; es difícil pensar en un partido político que tenga toda la verdad del mundo acerca de cómo reparar a la sociedad. Incluso, tenemos Gobierno y Oposición dentro de cada Parlamento de Occidente justamente para que desde el debate de ambas posiciones, salgan las mejores leyes posibles. Pero casi todo el mundo está de acuerdo en que ciertas cosas son malas. Todos entendemos que robar es malo. Todos entendemos que es una cortesía mínima saludar a otras personas. Casi todos entendemos que matar es malo, pero se puede justificar si la propia vida está en juego y por lo tanto estamos aplicando legítima defensa. Y así sucesivamente. Si existen cosas que son claramente aprobadas y otras que son claramente reprobadas por el común de la sociedad, entonces eso es una suerte de examen moral. Y quienes lo pasan, tienen más mérito moral que quienes no.

El problema no es tener una sociedad igualitaria ni pretenderlo. El problema es cuando elevamos el principio de igualdad tan alto como fetiche, que lo convertimos en un principio intransable. Si queremos una sociedad que funcione y evolucione, debemos darle oportunidad a la gente que tiene más mérito, sea éste intelectual, sea éste moral, que son las facultades que mejor ayudan a la supervivencia y desarrollo de la sociedad como un todo. La discriminación positiva es justificable en tanto ésta sea flexible, porque llevada a un extremo, en vez de ayudar al grupo postergado, lo acostumbra a la flojera y al esforzarse menos.

El polo contrario, por su parte, el de una meritocracia a rajatabla, quizás tampoco sea deseable. Un sistema de esta clase produciría el efecto contrario, el justificar a las personas a través de sus resultados, sin preocuparnos de qué tan éticos sean los medios por los cuales ha obtenido semejantes resultados. Pensemos por ejemplo en los ejecutivos que hacen rendir el dinero de su empresa, sin preocuparse por si para ello utilizan métodos lesivos para otras personas, o incluso ilegales.

En definitiva, una sociedad saludable necesita que reconozcamos la existencia de ambos principios, que ambos son contrapuestos, y que debemos encontrar un justo equilibrio entre ambos para obtener el mejor resultado. No es fácil, pero no por difícil deberíamos dejar de abordar la tarea. Difícil me fue escribir este artículo de manera seria y razonada, pero eso no me detuvo. Por lo tanto, tampoco la existencia del problema debería detener a los demás.

domingo, 20 de octubre de 2013

Giuseppe Verdi y Richard Wagner: Vidas paralelas.


Mientras estaba trabajando activamente en El Tiempo Pasa: Versión 2.013, me di cuenta de que no solamente se conmemoran los quince años de la muerte de Falco, o el centenario del derrocamiento de Francisco Indalecio Madero, o el medio milenario de El Príncipe de Maquiavelo. También, hace 200 años atrás en 1.813, por esas coincidencias telúricas del destino, nacieron dos de los más grandes kaiju de la Opera de todos los tiempos. Me refiero por supuesto a Giuseppe Verdi, el más grande del género en Italia, y Richard Wagner, el más grande del género en Alemania. Ambos son representantes de dos corrientes, modalidades o maneras distintas de entender la Opera. Verdi se inscribe en sus inicios a lo menos más bien dentro de la línea llamada bel canto, que tiende a privilegiar la ligereza y la flexibilidad de la voz (aunque irónicamente los aportes verdianos a la música llevaron a la práctica extinción del bel canto en su tierra nativa y su reemplazo por una interpretación operática más cargada al drama), mientras que Wagner por el contrario tiende a lo mayestático y colosal (Wagner no conceptualizaba sus trabajos como óperas, sino como Gesamtkunstwerke, obras de arte totales). Ambos no murieron al mismo tiempo, eso sí, ya que uno sobrevivió al otro casi dos décadas, aunque en un casi completo retiro. Pero dejémosnos de tantas vueltas y vamos directamente a nuestro asunto: las vidas paralelas de dos de los más grandes compositores de Opera de todos los tiempos. Vidas que no se cruzaron en ningún minuto, eso sí, pero si en Cloud Atlas nos venden seis historias por el precio de una novela o película, y además se supone que todas ellas se entrelazan de maneras místicas y retorcidas, por qué no íbamos a tener nosotros licencia para hacer lo mismo con dos historias que, además, son de la vida real.



Richard Wagner y Giuseppe Verdi nacieron los dos en 1.813, el alemán primero (22 de Mayo) y el italiano después (9 o 10 de Octubre, la partida de bautismo respectiva es algo imprecisa). Wagner nació en Leipzig, o sea, en una ciudad en forma, mientras que Verdi nació en Le Roncole, lo que llamaríamos un caserío; la procedencia de ambos era más bien humilde. En la época, ambos territorios dependían del Imperio Napoleónico, pero tanto Wagner como Verdi eran demasiado jóvenes para tomar conciencia de ello; a ambos les tocaría vivir sus respectivas infancias y juventudes en el período de la restauración postnapoleónica, una época de conflicto entre gobernantes felices de volver a las trasnochadas pelucas dieciochescas por un lado, versus gentes comunes ávidas de vivir y experimentar eso que llaman democracia y libertad para la nación toda. En Italia y Alemania, eso se manifestó en sendos movimientos destinados a liberarse del yugo extranjero (austríaco en ambos casos, más en Italia que en Alemania), y en unificarse como una sola nación soberana.

Por cierto, antes de seguir adelante. Giuseppe Verdi y Richard Wagner son nombres de una sonoridad que impersiona, pero que traducidos al castellano, pierden algo de enjundia. El italiano sería José Verde. Y se la saca bien librada, porque el alemán sería... Ricardo Carretonero (es posible que no encuentren la palabra wagner en su diccionario alemán-español porque es un arcaísmo del alemán medieval). Y ahora que los bajamos del pedestal un resto, sigamos adelante.

Wagner tuvo una educación escolar algo más refinada y culta que la de Verdi, lo que le permitió entusiasmarse desde pequeño con la música, y en particular con la composición; no es que Verdi no haya tenido educación, pero ésta fue mucho menos formal. Es posible que esta diferencia haya marcado las respectivas posiciones hacia su propio arte: mientras que Verdi parecía considerar el componer como un trabajo de disciplina por sobre el talento (sin faltarle genio, por supuesto), Wagner se dejaba devorar por la pasión de la composición. Ayudó también que el padrastro de Wagner (su padre había muerto de tifus cuando el joven tenía apenas meses de vida) estaba relacionado con el mundo del teatro. Verdi crecería con una concepción más convencional de la música, mientras que Wagner comenzaría a desarrollar su concepción del Gesamtkunstwerk, la obra de arte total; Wagner no inventó el concepto, aunque sí fue el que lo desarrolló hasta lo que diríamos sus últimas consecuencias. Fiel a esta concepción, Wagner dio el paso inusual para su época de escribir sus propios libretos; con todo sería injusto tratar a Verdi como un mercenario que aceptara cualquier texto en tanto la paga fuera buena, ya que si bien no escribía sus propios libretti, sí solía comprometerse bastante más que el común de los compositores en la redacción de ellos. Las óperas de Wagner son redondas porque las concebía desde el inicio como una Gestalt en donde el texto y la música conformaban una unidad superior a las dos partes por separado; Verdi seguía concibiendo su trabajo como ponerle música a un libreto, pero conseguía que sus óperas fueran redondas haciendo que sus libretistas eliminaran cualquier clase de detalle o diálogo superfluo, o de florituras para el exhibicionismo musical, concentrando así el drama (y apoyándolo con una poderosa instrumentación, claro). De ahí que Verdi tienda más bien a la concisión dramática, y Wagner por el contrario a la exhuberancia; queda a criterio del lector decidir qué enfoque dramático les parece más atractivo, no en balde los fanáticos de uno de los compositores tienden a no serlo tanto del otro.



La década de 1.830 sorprenderá a Wagner mucho más lanzado que a Verdi. El alemán ingresó a la Universidad de Leipzig, e impresionará al maestro de coro de una manera tal, que éste le impartirá lecciones de música sin cobrar un solo chelín por las mismas. Algunos años después encuentra su primer trabajo, como director musical en Magdeburgo. En Italia, entretanto, Verdi fue rechazado en el Conservatorio de Milán por un tema de edad, ya que tenía dieciocho años y la edad de admisión máxima era catorce (años después, cuando el Conservatorio quiso homenajear a Verdi poniéndose su nombre y pidió autorización al compositor para ello, éste replicó con sorna: "No me quisieron cuando yo era joven, ahora no me tendrán que soy viejo").

Ya en la veintena, el amor tocó a las puertas de ambos compositores. Aunque de manera diferente. El romance de Verdi fue más bien tranquilo. Este había forjado una relación con Antonio Barezzi, un rico comerciante que reconociendo el talento de Verdi, había sido su mecenas, e incluso lo había contratado para que ayudara en sus lecciones de piano a su hija Margarita. Ambos jóvenes se encontraron mutuamente de buen ver, y terminaron casándose en 1.836, con la venia de maese Barezzi, serio candidato al galardón suegro de cinco estrellas a la luz de lo que estamos refiriendo. ¿Y Wagner? El hombre terminó enamorándose de Minna Planer, una actriz veleidosa y llena de pretendientes; el noviazgo de ambos fue bastante tortuoso, debido a la coquetería y aún a la infidelidad de la chica... y a que el propio Wagner, siempre enamorado de sí mismo, también se permitía sus canitas al aire. Se casaron también en 1.836, en lo que desde el comienzo prometía ser el material con lo que se escriben los culebrones. Eso sí, ambos matrimonios seguirían cursos diametralmente opuestos, como tendremos jugosa oportunidad de ver.

Casi a renglón seguido, porque siendo compositores románticos no podía suceder que fueran felices para siempre, la desgracia se cebó tanto en Wagner como en Verdi, aunque lo del italiano tiene un componente de patetismo muy alejado del Schadenfreude que provoca la versión wagneriana del cuento. Porque resulta que Verdi tuvo un par de hijos... y la tragedia se cebó en él. En el lapso de dos años murió su hija primero, su hijo después, y al último Margarita Barezzi contrajo una encefalitis y también falleció. De manera comprensible, Verdi se hundió en la más completa desesperación; ya había tenido sus primeros éxitos operáticos, pero había caído en un estado de apatía crónica terminal en donde nada realmente le importaba. Frente a eso, lo de Wagner es casi humorístico: su señora lo dejó por otro hombre, después se reconciliaron, después emigraron a Riga (entonces parte del Imperio Ruso) por un trabajo, el alemán se cubrió de deudas, y al final debió realizar casi un escape de telenovela, abandonando el territorio ruso de manera tránsfuga y exponiéndose incluso a ser tiroteado en la frontera, todo para escapar de sus acreedores. Lo logró, por supuesto, o no habría podido componer el Anillo de los Nibelungos, ustedes se imaginarán.

Así como 1.836 fue el año de las campanas nupciales, 1.842 fue el año de la resurrección para ambos compositores. Durante una escala en París, Wagner compuso no su primera ópera, pero sí la primera grande de su repertorio: Rienzi. Las gestiones de su colega Giacomo Meyerbeer consiguieron que se estrenara en Sajonia. Cruzar el río Rin y volver a Alemania para Wagner fue hacerse un germanófilo convencido, tendencia que no sólo ya no lo abandonaría en la vida, sino que además lo convertiría en referente de cabecera tanto para Hitler como para Laibach. Por cierto, años después, y dándole cuerpo a una preocupante tendencia sicológica, Wagner se comportaría como un maldito bastardo malagradecido con Meyerbeer, acusándolo por escrito de ser un judío sórdido que prostituía su talento para componer música que complaciera a las masas e hiciera dinero. Pero volviendo a Rienzi: la ópera fue un éxito, y cimentó el nombre de Wagner como compositor. Por cierto, Rienzi der Letzte der Tribunen (Rienzi el último de los tribunos) versa sobre un republicano del siglo XIV llamado Cola di Rienzi, que se rebeló contra el Papado y fundó una efímera república; irónicamente para un germanófilo, pero por mandato histórico, la acción está ambientada en la ciudad de Roma. Verdi, en tanto, después del fiasco de una ópera bufa llamada Un giorno di regno (componer música humorística en mitad de una horrible depresión y esperar que tuviera éxito, no fue el movimiento más inteligente de todos), le dio forma a su primer verdadero capolavoro: Nabucco. Su tema, el de los judíos prisioneros en Babilonia añorando su libertad, se hizo popular entre los patriotas italianos sometidos al dominio austríaco desde la caída del Imperio Napoleónico; pero es probable que su fabulosa aria Va pensiero, con su melodía y coro espirituales sobre una letra que habla de añoranza, tenga más que ver con una catarsis del drama interno de Verdi que con preocupaciones patrióticas. Si no conocen el hermosísimo Va pensiero por nombre, es casi seguro que lo reconocerán al menos de oído:



Durante la década de 1.840, las vidas de ambos estarán dedicadas al trabajo. Pero desde éticas distintas. Giuseppe Verdi será una especie de Woody Allen que sacará una ópera distinta cada año, llueva, truene o diluvie, sea buena o mediocre, componiendo sin descanso para pagar las cuentas y hacer algo de fortuna. Verdi llegará al extremo de hacer incluso un remake de una ópera propia, ya que la hablada en italiano Los lombardos se transformará, con modificaciones aquí y allá, en la hablada en francés Jerusalén. Richard Wagner en cambio será una especie de Stanley Kubrick, maniático y perfeccionista. El repertorio de Verdi entre 1.840 y 1.849 incluye, y tomar aire aquí: Un giorno di regno, Nabucco, Los lombardos, Ernani, I due Foscari, Juana de Arco, Alzira, Atila, Macbeth, I masnadieri, Jerusalén, El corsario, La batalla de Legnano y Luisa Miller. Estoy seguro de que ustedes no habían escuchado de casi ninguna de éstas. Wagner en cambio estrenó sólo tres (escribió algunas más, eso sí), y hay más posibilidades de que los títulos les suenen: Rienzi, El holandés errante y Tannhäuser. Eso, y la ópera Lohengrin de 1.850 que contiene una pieza musical que todos han escuchado, y que sólo los conocedores de la música selecta (y ahora ustedes) asocian con Wagner:




El final de la década sorprendió a ambos compositores en distintas situaciones. Verdi ya estaba acostumbrado a su vida tal y como marchaba, no tenía grandes sobresaltos, y se dio tiempo y maña para iniciar una relación sentimental con una cantante de ópera, Giuseppina Strepponi. Incluso empezó a vivir en concubinato con ella, algo que causó escándalo, pero más o menos se le permitió porque después de todo era uno de los más grandes compositores de ópera italianos del momento, y además había consolidado un estatus de ídolo patriótico en la Italia postnapoleónica gracias a Nabucco y Los lombardos. ¿Y Wagner? El hombre que había compuesto una ópera sobre un republicano italiano rebelde de la Edad Media, tenía amistades políticas muy poco recomendables, de la órbita del socialismo, y por lo tanto, cuando estalló la Revolución de 1.848 (o mejor dicho, algo después cuando la revolución liberal fue aplastada por los conservadores), debió salir escopetado de Alemania. En 1.850 se radica en Suiza, en Zürich, gracias a la beneficencia de un amigo que ayudó a sostenerlo económicamente; Wagner tuvo la bastardía suficiente de pagárselo enamorando a su esposa, con la que tuvo un affaire. Su matrimonio con Minna iba mal porque ella había aspirado a casarse con un exitoso director de orquesta, y en vez de eso estaba amarrada a un compositor medio lunático cuya música francamente le gustaba cada vez menos, y que además le ponía cuernos de manera bastante ostentosa. En medio de todo eso, Wagner encontró el tiempo para publicar de manera anónima un folleto antisemita en donde atacaba a los compositores de música judíos, su antiguo benefactor Meyerbeer incluido. Publica también otros panfletos en donde ofrece su teoría de la obra de arte total, algo que ya preludia lo que va a ser el Anillo de los Nibelungos.

Mientras Wagner se encuentra exiliado en Suiza y rabeando con la mitad de la platea que se niega a rendirle pleitesía porque SOY UN GENIO, Verdi comienza a vivir sus mejores años. En la década de 1.850 alcanza su madurez compositiva, con su tríada maestra: Rigoletto, El trovador y La traviata. Seguirá componiendo algunos años más, siempre fiel a su cita de una ópera nueva casi cada año, aunque cada vez más hastiado. Después de Un baile de máscaras, de 1.859, entrará en una especie de semirretiro, gozando su bien ganada fortuna personal y su relación con Giuseppina Strepponi. Todo lo contrario de Wagner, quien sigue componiendo de manera casi enfebrecida... a la vez que se le ocurre fijarse en otra esposa de otro hombre. La cortejada esta vez es una poetisa llamada Mathilde Wesendonck, e ignoramos si más allá de la amistad y las conversaciones, ella correspondió esos afectos de una manera más física; de todas maneras Wagner compuso nada menos que Tristán e Isolda inspirado por este romance (aunque, considerara una ópera tan imposible de escenificar como el amor imposible presentado, quedó engavetada y sin estreno por el minuto). Por desgracia, Minna interceptó una carta de Wagner a la musa, y a partir de ahí el matrimonio experimentó un quiebre prácticamente definitivo. Como todo eso es algo deprimente, bien mirado, hagamos mejor un corte al famoso brindis de La traviata de Verdi:



A inicios de la década de 1.860, ambos compositores alcanzaron la cincuentena. Verdi seguía en su satisfecho semirretiro, ahora felizmente casado con Giuseppina Strepponi, aunque se dejó convencer para entrar en la política, siendo de hecho diputado entre 1.861 y 1.865, fecha en la que renunció, un poco porque no era lo suyo. Le fastidiaba un poco que, habiéndose ganado con justicia sus laureles, era menospreciado por los compositores más jóvenes, que con la estupidez rebelde propia de la edad, tendían a mirarle como un vejestorio medio pasado de moda; el compositor Arrigo Boito fue particularmente viperino en estas apreciaciones, lo que convirtió a ambos en enemigos durante años. Boito completó una sola ópera, Mefistófeles, y por ironía hoy en día se lo recuerda más como... autor de guiones de las óperas tardías de Verdi. Ya llegaremos a eso. ¿Y Wagner? Este, mucho más megalómano, había tenido una existencia bastante más atormentada, y chapoteaba en la mediocridad no creativa, pero sí social. Y entonces las cosas dieron un giro. Al trono de Baviera llegó Luis II, un tipo excéntrico que terminó siendo llamado el Rey Loco por esta misma razón. Luis II admiraba a Wagner, y le ofreció mecenazgo completo. Tristán e Isolda, cuya partitura permanecía aparcada en un cajón, fue estrenada (tristemente el cantante que interpretaba a Tristán cayó muerto como mosca después de sólo cuatro funciones, generando una leyenda negra en torno al papel). Y por supuesto, Luis II financió a Wagner un teatro tal y como él lo conceptualizaba, para el estreno de El Anillo de los Nibelungos. Wagner planteaba cosas que hoy en día damos casi por sentadas, pero que para su tiempo eran revolucionarias: su obra debería ser vista con las luces apagadas y el público en silencio (créase o no, las cosas no eran así antes de Wagner), y la orquesta estaría hundida en un foso para que el público no la viera. En medio de todo eso, Wagner enviudó, aunque no fue al funeral de su esposa, ya que vivían separados desde hacía muchos años. No perdió tiempo en casarse con Cosima Liszt, hija de Franz Lizst y veinticinco años más joven (Lizst y Wagner eran amigos, pero como de costumbre, considerando el carácter de Wagner, la relación se había enfriado). Cosima Liszt ya estaba casada de antemano y se había divorciado para casarse con Wagner; para nadie que haya resistido leer hasta estas alturas resultará una sorpresa mencionar que el antiguo esposo de Cosima era Hans von Bülow... el director de orquesta que dirigió el estreno de Tristán e Isolda. Wagner, siempre comiéndole las mujeres a sus cercanos.

Verdi se prodigaba cada vez menos. En la década de 1.860 había compuesto sólo La forza del destino y Don Carlos. Pero en 1.871 regresó por la puerta grande, con Aída. Luego, aparte de la misa de réquiem para Alessandro Manzoni, no dio mucho más de que hablar. Como no contemos el asunto de la cantante de ópera de Teresa Stolz, con la que se dijo que Verdi tenía un affaire; es cierto que ambos tenían una estrecha relación profesional, pero no tenemos ninguna prueba de que ello sean algo más que habladurías (o en este caso, de publicaciones calumniosas en un pasquín de prensa amarilla). Wagner, mientras tanto, estaba en plena faena para el estreno de El Anillo de los Nibelungos. La fenomenal tetralogía se estrenó en cuatro días seguidos, en el flamante Teatro de Bayreuth, en 1.876. La obra fue enormemente divisiva entre las audiencias: algunos lo consideraron una portentosa obra maestra, y otros como un delirio megalómano insufrible. Irónicamente para quienes sostienen que Nietzsche era un nazi, éste odió la tetralogía porque la consideró una muestra de rampante nacionalismo germánico. Por cierto, muchos clichés de nuestra cultura acerca de los vikingos vienen de dicha obra; de todas maneras y por hacerle justicia a los artífices, se preocuparon al máximo de que la representación fuera lo más fiel posible al registro histórico de los vikingos y los bárbaros germánicos, y no es culpa de ellos que más adelante la investigación historiográfica y arqueológica haya superado tales clichés.



En sus últimos años, ya entendiéndose bien con Luis II y convertido en el ídolo nacionalista germánico, quedaba por supuesto muy poco del socialista rebelde que había sido Wagner en su juventud. Publicó Was ist deutsch?, un panfleto nacionalista y antisemita. También su creciente interés por el Cristianismo se hizo más evidente. Su última ópera será justamente una mezcla de motivos cristianos y paganismo alemán medieval: Parsifal, sobre la búsqueda del Santo Grial. En dicho período, en paralelo, Verdi estuvo por completo apartado del arte de la composición; todo lo más, se limitó a escribir un breve tratado autobiográfico, no ciento por ciento fidedigno, como no suelen serlo el común de los textos autobiográficos. Eso, y otro autoremake: en 1.881 reestrenó Simon Boccanegra, cuya primera versión en 1.857 había resultado un relativo fracaso.

A inicios de 1.883, Wagner se fue de vacaciones a Venecia con Cosima, lugar en donde lo sorprendió un ataque cardíaco. Falleció el 13 de Febrero, faltándole meses para la setentena, y por ironía fuera de la Alemania de la que era tan fanático... y en el país de Verdi. Este, por su parte, tuvo tiempo de regresar a la ópera dos veces más. En el intertanto se había reconciliado con Arrigo Boito, el jovenzuelo impertinente a quien la madurez algo había domesticado, y éste escribió dos guiones basados en Shakespeare, que se transformaron en Otello (1.887) y Falstaff (1.893). Después de esta última, la voz de un Verdi ya octogenario prácticamente se apagó: salvo por algo de música religiosa, ya no compuso más. Dos golpes lo afectaron: el fallecimiento de Giuseppina Strepponi primero, y la noticia del asesinato de Umberto el rey de Italia a manos de un anarquista después. Falleció el primer año del nuevo siglo, en 1.901, y sus funerales fueron un evento masivo y apoteósico en las calles, despedido como un héroe nacional. Los funerales de Wagner dieciocho años antes, por contraste, habían sido mucho más discretos: el cuerpo navegó en una góndola funeraria por el Gran Canal de Venecia, y después transportado a Alemania, siendo enterrado en suelo privado, en Bayreuth.

Aunque Verdi y Wagner son reputados como los dos más grandes colosos de la ópera del siglo XIX, y se cuentan entre los mayores titanes de la música de todos los tiempos, ambos no parecen haberse encontrado nunca personalmente en vida. Parece ser que cada uno asistió alguna vez a representaciones de ópera del otro, pero sus opiniones, si las emitieron, no llegaron a conservarse. Una lástima, porque ése hubiera sido el broche de oro para rematar con el por otra parte interesante enfoque de vidas paralelas entre ambos genios de la música.

miércoles, 16 de octubre de 2013

¿Se está muriendo la blogósfera?


Desde hace algunos años ha venido generalizándose una cierta impresión de que la blogósfera estaría muriéndose. Hay varios síntomas de esto. Por un lado, los blogs más antiguos y tradicionales que nacieron en los inicios o el apogeo de la blogósfera, han cerrado sus puertas o han sido abandonados por sus dueños; las razones para ello van desde las necesidades y presiones de la vida cotidiana, hasta un narcisismo insatisfecho por parte de esos blogueros que nunca llegaron a transformarse en superestrellas. Por el otro, pareciera haber una cierta falta de renovación en el ámbito de los blogs más tradicionales. Es casi como el problema del envejecimiento de la población en los países avanzados: la gente vive más y se muere más tarde, y al mismo tiempo nacen menos niños. La población envejece, la tasa de reemplazo desciende, y en general pareciera estar servido el escenario para un colapso demográfico. Con los blogs, algo similar: más defunciones, menos nacimientos. Resultado: encogimiento de la blogósfera.

Soy de una opinión diferente. No creo que la blogósfera tradicional se esté muriendo, sino que simplemente ha ido mutando. En realidad, mucho de la actividad que antiguamente se expresaba en los blogs se ha desplazado a las redes sociales: Facebook, Twitter... Sintomáticamente, esto ocurre al mismo tiempo que WordPress y Blogspot han ido estancándose e incluso retrocediendo. Tumblr por otra parte ha ido en ascenso. Y el arma más poderosa de Tumblr en contra de los veteranos de WordPress y Blogspot es plantearse como una plataforma para el microblogging, como un híbrido entre el antiguo blog y la moderna red social.

Hagamos un poco de historia. Aunque los blogs nacieron en la década de 1.990, no fue sino hasta más o menos la primera mitad de la década de 2.000 que nació una blogósfera en forma. Por un lado nació WordPress en 2.003, que se convirtió en la plataforma de blogs favorita de los blogueros más profesionales. Por el otro nació Blogspot, más accesible pero también más limitado, y que experimentó un profundo desarrollo después de que Blogspot fue adquirido e integrado después en Google.

Irónicamente, si uno mira hacia lo que era la blogósfera en sus inicios, se corresponde casi de manera exacta a lo que hoy en día pensamos que es una red social, aunque con menos herramientas, eso sí. Pero en esencia es lo mismo: un espacio para encontrarse con amigos, conocer gente, y en definitiva hacer algo de vida social. O conventilleo, como lo llamarían nuestras abuelas. Los blogs nacieron cuando alguien tuvo la genial idea de que las personas en realidad muchas veces ingresan a sus páginas web favoritas sólo para ver las últimas actualizaciones, así es que... ¿por qué no diseñar una página web de manera tal que las últimas actualizaciones saltaran a la vista? De ahí a la primera aplicación de dicha fórmula había solo un paso: el diario de vida en línea.

Lo que actualmente llamamos la blogósfera en realidad es una evolución de esa primitiva red social en donde las personas podían publicar un diario de vida en línea, y recibir o hacer comentarios. La blogósfera más clásica, la que nació por allá por 2.004 o 2.005, surgió cuando algunos blogueros descubrieron que existían otros temas potenciales sobre los cuales escribir, más allá de la vida personal. Surgieron así los blogs sobre temas que le importan a los blogueros respectivos. O los blogs temáticos, que comentan sobre un solo aspecto de la vida. Por ejemplo: blogs de literatura, blogs de cine, blogs de moda, blogs de gastronomía, etcétera. Muchos de los blogs más longevos son justamente de esta clase, mientras que los blogs de tipo diario de vida en línea tendieron a desvanecerse en el aire... en una primera mirada a lo menos.

En realidad, el blog de tipo diario de vida en línea no desapareció, sino que se fue transformando en el tiempo. El blog en sí mismo es una herramienta limitada si lo que se quiere es exponer la propia vida. Cuando la vida del bloguero es la de un periodista dando un golpe noticioso importante, o la de un soldado en la línea de batalla, leer ese diario de vida en línea es apasionante. Pero el común de las personas en realidad tienen vidas mínimas y poco interesantes, y si creen que a alguien les va a importar, es más bien por un tema de narcisismo. Esos narcisistas, al no encontrar retroalimentación por parte de otras personas hacia sus blogs, los abandonaron. Y decidieron mudarse a otro fenómeno que estaba cobrando auge por ese tiempo: las redes sociales.

Hacia el año 2.007 o 2.008, la blogósfera sufrió entonces una gran división. Por un lado, siguieron adelante los blogs temáticos, o sea, la blogósfera entendida más bien como una atmósfera intelectual para el intercambio de ideas. Por el otro, los blogueros narcisistas cuyo principal tema era exponer sus propias vidas, se marcharon a las redes sociales. La razón es obvia: en las redes sociales, un bloguero narcisista puede encontrarse con personas a las cuales ya conoce o son afines. En Facebook, por ejemplo, el grupo de amigos son una parroquia cautiva de potenciales lectores. Por su propia naturaleza más abierta y para público indeterminado, esta definición de los potenciales lectores en los blogs tradicionales es más dificultosa. Se supone que los amigos de Facebook o seguidores de Twitter son gentes predeterminadas como afines, y por lo tanto, hay más posibilidades de que funcionen como público cautivo.

Quienes hacen un distingo tajante entre blogs y redes sociales, tienden a soslayar el hecho de que ambos tienen muchos aspectos en común. En ambos casos se trata de espacios que se ofrecen al usuario para crear y compartir contenidos. Se trata en realidad de una diferencia de énfasis: en la blogósfera se pone un mayor énfasis a la creación, y algo menos a las funciones automáticas de compartir, mientras que en las redes sociales se pone más énfasis a dichas funciones con mecanismos para compartir, en detrimento del contenido. En las redes sociales, un contenido demasiado desarrollado conspira contra el compartir, ya que debido a la enorme cantidad de material disponible, los usuarios tienden a leer, mirar, revisar y compartir el que sea más fácil de digerir. En un blog es más fácil escribir un artículo largo y trufarlo de fotos y videos, mientras que una red social privilegia la frase ingeniosa, el video corto con un chascarrillo, o la foto individual. Pero en ambos casos los contenidos son semejantes en su naturaleza; es su grado de desarrollo o complejidad el que varía.

Y justo cuando parecía que surgía un Muro de Berlín entre la blogósfera y las redes sociales, surgió como alternativa híbrida el microblogging. El primer gran ejemplo exitoso es por supuesto Twitter. Ante todo, Twitter es una red social, pero una abierta en principio a todo público y no sólo a los contactos, como es el caso de Facebook. Y para quienes encontraron que los 140 caracteres de Twitter eran demasiado limitantes, surgió una alternativa un poco más parecida a los blogs: Tumblr. Si Twitter es una red social con una fuerte inyección de blogósfera, Tumblr es una blogósfera con una fuerte inyección de red social. Así, la gestión de contenidos ha sido simplificada, pero a cambio ha sido potenciado el factor de compartir.

Irónicamente, hubo intentos por parte tanto de la blogósfera como de las redes sociales a aproximarse. Así, apareció en Blogger los botones de compartir, que hasta el momento sólo podían ser incluidos como código HTML externo o como un add-on. Y el muro de Facebook por su parte terminó evolucionando para asemejarse cada vez más a Twitter, hasta el punto que puede verse como una especie de sistema de tuiteo no limitado por 140 caracteres, y en principio para los amigos de Facebook (salvo los posteos para público abierto).

Frente a todo este panorama, ¿es efectivo que los blogs tradicionales estén muriendo como herramienta de expresión? No. En realidad lo que la blogósfera está experimentando, es el ajuste propio después de la explosión de una gigantesca burbuja. En la edad de oro de la blogósfera, entre 2.004 y 2.007, mucha gente creó sus propios blogs porque era la novedad, porque las redes sociales estaban en embrión, o porque era cool tener un blog. Pero tener un blog tradicional no es para todo el mundo. Tener un blog implica la responsabilidad de actualizarlo, trabajar sus posteos, y sobre todo, esa delicada combinación que es tener ideas y saber expresarlas. Es decir, tener un blog es una actividad exigente, y no toda la gente está dispuesta a darse el trabajo. Es posible que dichas personas que no encajan en el perfil del bloguero tradicional, lo sean porque no tienen tiempo o energías. O porque prefieren la interacción más dinámica de las redes sociales. O simplemente, por decirlo de manera cruda, porque no tienen la capacidad intelectual necesaria para dicha tarea; tiene muy mala reputación porque suena antidemocrático el afirmar que ciertas actividades sólo pueden desarrollarlas ciertas personas con determinado nivel intelectual, pero no por ello deja de ser verdad, le pese a quien le pese.

Estadísticamente, el grueso del público es lo que se suele llamar el mínimo común denominador. Es decir, el grueso del público es justo la clase de personas que no son capaces de mantener un blog decente, ni les interesa accesar a uno. Esto no es sino una proyección de una tendencia humana mucho más antigua: la concentración del arte y la ciencia en pequeñas élites intelectuales, más allá de las cuales está la chusma iletrada que no se cultiva, ni le interesa cultivarse tampoco. Empleando la expresión chusma iletrada sin sesgo de clase o condición, porque si bien en épocas históricas la cultura era privilegio de las clases altas, hoy en día se ha democratizado lo suficiente como para que cualquiera, con un poco de voluntad, se cultive siquiera un poquito. Lo que no quita que haya gente con muchos recursos económicos que son prácticamente analfabetos funcionales, y que además de eso, obtienen mayoría de votos y son elegidos para cargos políticos.

Es decir, la blogósfera se ha encogido porque el blog como herramienta es sólo para una élite, el pequeño grupito de seres humanos a quienes les motiva el intercambio de ideas y la reflexión sobre las mismas. Un artículo como éste, usted lo está leyendo en el blog de la Guillermocracia: es muy poco probable que alguien para quien su concepto de intercambiar ideas sea Facebook, Twitter o Tumblr, se tome la molestia de leer o reflexionar sobre un texto tan largo. Y en tanto ese grupito de gentes sigan existiendo, seguirá habiendo una blogósfera. Pero, más allá de lo que algunos catedráticos pomposos puedan opinar, este perfil de gente nunca ha sido mayoritario, y no hay señales de que vaya a serlo en el futuro cercano. Y mientras no lo sea, la blogósfera no saldrá de ser otro rincón más de Internet. Un rincón rico en contenido, pero escaso en cultores y visitantes.

domingo, 13 de octubre de 2013

Superman 75 años: Un índice completo.

Ahora que ha culminado el ciclo de seis artículos titulado Superman 75 años en la Guillermocracia, y para mayor comodidad y utilidad de los lectores, publicaremos un índice de la serie. De esta manera el lector puede consultar o citar a gusto dentro de la misma. Los números se corresponden con los párrafos respectivos, para mejorar de esa manera el potencial de consulta; los mismos siguen una numeración correlativa, de manera que cada entrega retoma la numeración allí donde quedó en la entrega anterior.

1.- Sus orígenes.

1. Superman como creador del moderno superhéroe.
2. Prototipos antiguos del superhéroe.
3. Declive de los personajes heroicos en la Modernidad.
4. Preparación del terreno para los superhéroes en el siglo XIX.
5. El Ubermensch de Nietzsche.
6. La cultura pulp y el cómic.
7. Los héroes pulp precursores de Superman.
8. La primera encarnación de Superman.
9. Origen editorial del Superman actual.
10. Superman en Action Comics.
11. El dibujo de Superman como prototipo de la acción de 1.938.
12. Influencia de la Ciencia Ficción en Superman.
13. Superman y el New Deal.
14. La identidad secreta de Superman.
15. Inauguración de la Edad de Oro del cómic de superhéroes.


2.- Su identidad.

16. Superman como reflejo de valores y sentimientos contemporáneos.
17. Superman como alienígena.
18. Superman como superviviente de su planeta destruído.
19. Superman como personalidad dominante sobre Clark Kent.
20. Clark Kent como personalidad dominante sobre Superman.
21. La triple identidad de Superman.
22. Superman como símbolo de Estados Unidos.
23. Superman como encarnación del American way of life.
24. Ideario humanista de Superman.
25. Relación de Superman con el conservadurismo político.
26. Superman como encarnación del bien y la justicia.
27. La renuncia de Superman a la tentación totalitaria.
28. Versiones de Superman totalitario.
29. Superman como un Cristo secular.
30. Su condición extraterrestre como alegoría religiosa.

3.- Su franquicia.

31. Las revistas de Superman.
32. Las revistas de Lois Lane y Jimmy Olsen.
33. Los cómics de Superman y Batman.
34. Salto de Superman a la radio.
35. Influencia de la serie de radio en Superman.
36. De cómo la serie de radio le dio personalidad a Jimmy Olsen.
37. Los cortos de Superman de los Estudios Fleischer.
38. Series dominicales de Superman.
39. Películas y series de televisión de Superman.
40. Musicales de Superman.
41. Superman en el mundo de la animación.
42. El Superman de 1.978.
43. Lois & Clark: Las nuevas aventuras de Superman.
44. Smallville.
45. Superman: La serie animada.

4.- Sus límites.

46. Origen de Superman como un ser humano amplificado.
47. Superman y su capacidad de vuelo.
48. El Superman superpoderoso de la Edad de Oro.
49. Escalada de superpoderes en la Edad de Plata.
50. El talón de Aquiles como recurso narrativo.
51. La kriptonita.
52. La limitación de los superpoderes de Superman en 1.971.
53. Superman frente a la magia y lo inexplicable.
54. Limitaciones de Superman para cambiar el mundo.
55. El cómic alternativo en que Superman termina la Segunda Guerra Mundial.
56. ¿Debe haber un Superman?
57. La idea de Superman como agente del atraso social.
58. Superman como agente de estancamiento social en Hijo Rojo.
59. La relación entre la fuerza y la justicia.
60. Los problemas sexuales de Superman.

5.- Su lugar.

61. La cuestión del lugar de Superman.
62. Ausencia de mitología del primer Superman.
63. Superman frente a la Segunda Guerra Mundial.
64. Por qué Superman no combatió en la Segunda Guerra Mundial.
65. Superman frente al atentado contra las Torres Gemelas.
66. Solidificación del status quo de Superman.
67. Superman interactúa con el resto del Universo DC.
68. La cuestión del lugar de Superman en el Universo DC.
69. Superman frente al Detective Marciano.
70. Superman frente a los Linterna Verde.
71. Rol ético de Superman.
72. La cuestión de la ética del vigilante.
73. La muerte de Superman.
74. La ética de Superman en Kingdom Come.
75. Superman en el Universo Animado DC.

6.- Su legado.

76. Vastedad de su legado.
77. Tópicos popularizados por Superman.
78. Batman como opuesto de Superman.
79. Equivalentes de Superman de otras edades.
80. Versiones femeninas de Superman.
81. Supergirl y Power Girl.
82. Versiones no humanas de Superman.
83. Derivados de Superman y problemas de copyright.
84. Wonder Man y Captain Marvel.
85. Equivalentes de Superman en Marvel Comics.
86. Equivalentes de Ciencia Ficción: Matrix y Mazinger Z.
87. Versiones paródicas de Superman.
88. Deconstrucciones de Superman.
89. Versiones alternativas canónicas de Superman.
90. Superman como proyección de los sueños y miedos contemporáneos.

miércoles, 9 de octubre de 2013

El refuerzo de grupo.


Una de las más importantes fuerzas sicológicas que existen allá afuera, y sin embargo de las más desconocidas, es el llamado refuerzo de grupo o pensamiento de grupo. El refuerzo de grupo opera allá afuera, agazapado en la vida cotidiana de todas las personas, perjudicando a quienes no forman parte de un grupo porque los segrega y reduce al silencio, pero también perjudicando a los propios grupos porque elimina la posibilidad de innovar y cambiar.

Una de las claves evolutivas del ser humano es el grupo y el sentimiento de pertenencia. Esto no es casualidad. Ustedes de seguro conocen la historia de los hermanos que peleaban, y el padre los llevó a reventar unas ramas: cuando las ramas estaban separadas se rompían con facilidad, y cuando estaban juntas en una rama, eran irrompibles. Los hermanos aprendieron la lección y siguieron juntos. Para eso sirve un grupo: para que la debilidad individual de cada uno se disperse, para que se ayuden y apoyen mutuamente, y de esa manera surgir y salir adelante.

Sin embargo, la necesidad de seguridad introduce una distorsión. Todas las personas necesitan sentirse seguras por un imperativo básico de mantenerse vivo. Alguien que no necesita sentirse seguro, alguien que ya se siente demasiado seguro, es alguien que no evita los riesgos ni amenazas porque no los ve como tales, y por lo tanto corre el riesgo de acabar protagonizando algún episodio de 1000 maneras de morir. El grupo introduce una seguridad, y esto lleva a una dinámica de retroalimentación positiva: la defensa del grupo incrementa la seguridad que el grupo proporciona, lo que a su vez incentiva a seguir defendiendo al grupo.

Una de las preciosas cualidades intelectuales del ser humano es el pensamiento crítico. Fue el pensamiento crítico lo que hizo preguntarse al ser humano por primera vez qué eran esos puntos brillantes en el cielo de la noche. Fue el pensamiento crítico lo que hizo al ser humano renunciar al imperio de los dioses e iniciar el camino de la investigación científica, que tantas bendiciones nos ha dado. Nuestra concepción moderna occidental misma de democracia nació del pensamiento crítico: de la mente de aquellos quienes decidieron que no iban a aceptar la monarquía absoluta de derecho divino sin que el rey ofreciera a lo menos la firma notarial de Dios estampada en alguna clase de mandato.

Pero el pensamiento crítico es también una amenaza, una fuente de inseguridad. El pensamiento crítico cuestiona, y los cuestionamientos hacen que la gente se sienta más insegura. Además, el pensamiento crítico también puede ser llevado a los extremos, incluso ser utilizado como un arma de manipulación. Despues de todo, el crítico está asumiendo una posición de superioridad frente al criticado, ya que en la crítica va implícita la afirmación de que el crítico tiene los títulos y la potestad para cuestionar a los demás. ¿Podrá el grupo protegernos frente a la amenaza del pensamiento crítico?

La respuesta es sí, y aquí es donde entra el refuerzo de grupo. Si una persona pertenece a un grupo, se establece una especie de pacto tácito: la persona respeta y contribuye al grupo, y a su vez el grupo lo defiende frente a todas las amenazas externas. En muchos sentidos, el refuerzo de grupo opera casi como un pacto de vasallaje, en donde el individuo asume el rol de vasallo, y el grupo el rol de señor feudal. Esto puede ser matizado, por supuesto: hay grupos democráticos en donde sus dinámicas internas permiten repartir de manera más o menos equitativa las cuotas de poder, y hay grupos autoritarios en los cuales existe una jerarquía estricta, explícita o no. ¿A qué grupo el individuo le jurará vasallaje? Depende de su propio trasfondo sicológico. Individuos mentalmente fuertes y capaces de sentirse seguros entregando confianza a los demás, tenderán hacia grupos democráticos que lo respeten y hagan florecer como personas. Individuos inseguros que buscan reglas, protocolos y jerarquías para evitar tener que pensar demasiado por sí mismos y equivocarse, tenderán a privilegiar la pertenencia a grupos de corte más autoritario.

Como puede deducirse de todo lo anterior, el refuerzo de grupo en sí mismo no es algo negativo y perjudicial. En su vertiente positiva, el refuerzo de grupo disminuye la tensión psicológica producida por las inseguridades nacidas desde el mundo circundante. Es su exageración patológica lo que lleva al desastre. Un grupo permeable al mundo exterior puede reaccionar de manera adecuada ante las amenazas del mismo. Un grupo impermeable, no.

La mecánica es simple: opera a nivel de conversación. Si una persona tiene un problema, el resto lo apoya. Si una persona necesita ser escuchada, el grupo escucha. Si una persona necesita oportunidades, el grupo se las proporciona. A cambio, la persona debe comportarse de manera leal frente al grupo, privilegiándolo por encima de las personas que no pertenecen al mismo. Un grupo permeable equilibrará las relaciones intergrupales con aquellas foráneas, pero uno en donde el refuerzo de grupo se ha exacerbado, uno en donde la exigencia de lealtad llega hasta el fanatismo, la devoción del individuo al grupo alcanza el nivel del martirio, y la cohesión del grupo llega hasta lo inquebrantable.

Cuando el refuerzo de grupo opera de manera irrestricta, los elementos disidentes al mismo son expulsados. Puede hacerse de manera directa, como por ejemplo apresar al disidente e ingresarlo en un pabellón de cancerosos o en el Gulag, como se hacía en la Unión Soviética. O de manera indirecta como se hace en Chile: simplemente se le excluye poco a poco, se le deja de lado, se le ignora, se le ningunea, y al final el propio disidente decide marcharse. El resultado es que el grupo se hace un poco más uniforme, un poco más homogéneo.

Debido a esta mecánica, los que están de acuerdo con el grupo son premiados con promociones y privilegios, lo que incentiva a los miembros del mismo a ajustar sus opciones morales al grupo. El resultado es que el grupo pasa a desarrollar una ilusión de inmortalidad o de invulnerabilidad, de que son intocables. El resultado final es algo similar a la monarquía de derecho divino de los tiempos del Absolutismo, en que reyes, nobles y curas predicaban que el rey era rey porque Dios mismo así lo había dispuesto, de manera que criticar al rey no sólo era delito jurídico sino también pecado religioso. La moralidad del grupo se vuelve incuestionable. En tiempos más modernos, muchas personas defienden la superioridad moral de ciertos modelos políticos o económicos, con argumentos que a ratos parecen más homilía religiosa que verdadero pensamiento científico.

Para seguir manteniendo esta ilusión, el grupo debe reforzarse también en un discurso contrario a todos los otros grupos que sean o se perciban como amenazas. El grupo entra entonces en una espiral de crítica hacia los cuestionamientos externos. El grupo no responde a los cuestionamientos externos mediante la argumentación sobre las críticas, sino sobre la descalificación de quienes las formulan, partiendo desde la base que por el sólo hecho de criticar, son delincuentes o pecadores. La descalificación puede ser variada: el que critica es débil, es malvado, tiene una visión sesgada, habla desde el rencor, no tiene los estándares morales necesarios, es ignorante, es estúpido... Por ejemplo, siguiendo el caso del debate socioeconómico anterior, cuando ciertos grupos son criticados, en vez de responder con argumentos racionales prefieren recurrir a la descalificación de mayor o menor condescendencia, desde el "es que usted no sabe de Economía, déjelo en nuestras manos que somos los expertos y nosotros sí sabemos", hasta el insulto plano y llano. En todos estos casos, el ataque no se dirige contra la crítica sino contra el crítico. Lo que a su vez refuerza la creencia del grupo en su propia moralidad superior.

El resultado final es que los miembros del grupo se autocensuran para no proferir opiniones contrarias al grupo y ser excluidos del mismo. Lo que a su vez genera la sensación de que todos, al guardar silencio sobre los aspectos criticables, están tácitamente de acuerdos sobre los mismos. Asimismo, los miembros del grupo se transforman en zelotas ávidos de probar su propia lealtad al grupo escrutando a los restantes miembros del mismo, atentos a acusarlos de deslealtad a la primera oportunidad.

Por su parte, los miembros más fuertes y respetados del grupo tienden a gravitar hacia su centro y a transformarse en guardianes de la moralidad, incuestionados y por encima del bien y del mal. En realidad, el bien es lo que dichos miembros dicen, y el mal es todo lo demás. Es posible que el miembro más débil del grupo, aquel que ni puede luchar dentro de él ni abandonarlo, se transforme en el blanco designado, la persona sobre la cual todos se ponen de acuerdo en que debe ser abusado para así evitar que los abusos caigan sobre sí mismos. Nadie se ha puesto de acuerdo para nombrarlo blanco designado: es la propia dinámica del grupo la que, cada uno de los miembros buscando su autoconservación y proteger su pertenencia al mismo, radican sus ataques en el que es percibido como el más débil. Este, al recibir el ataque combinado de todo el resto del grupo en masa, carece de oportunidades de defenderse, y para no ser expulsado del grupo debe aceptar su posición de manera sumisa, lo que lleva a un recrudecimiento de los ataques. Cualquiera que conozca la historia de una víctima de bullying llevada hasta el suicidio, sabe lo que eso significa.

Irónicamente, un grupo que ha caído bajo la exageración patológica del refuerzo del grupo, es mucho más susceptible a ser destruído. Debido a su autopercibida superioridad moral, el grupo se aliena de la ayuda de otros potenciales grupos en el exterior. Si el grupo es fuerte, puede sobrevivir de manera autárquica con sus propios recursos. Pero si los demás encuentran la manera de privarlo de estos recursos, el grupo implotará de manera espectacular. Un grupo de fanáticos de una serie televisiva o de una banda no sufrirá dicha implosión en tanto exista Internet, que es en realidad el único recurso que necesitan, pero un grupo como los aristócratas rusos de 1.917, apenas sus súbditos se cansaron de ellos, puede llegar a terminar bastante mal.

Hoy en día, la liberalización de la información a través de Internet ha llevado curiosamente a una exacerbación del refuerzo de grupo. Cada persona es su propio mundo, y cosas como Facebook lo han hecho cada vez más evidente. Que cada persona pueda mostrarse de cuerpo entero a través de la red sólo hace más obvias nuestras diferencias interpersonales; antes de Internet, era más fácil disimular el pensamiento disidente, y los grupos podían relajarse un resto, haciendo la vista gorda de lo que se mantuviera escondido. Por lo tanto, la formación de grupos homogéneos en la actualidad se hace mucho más difícil. En consecuencia, irónicamente, los incentivos para entrar en una dinámica patológica de refuerzo de grupo son mayores. Cualquier persona que se haya enfrentado a los fanáticos de una serie de televisión, de un videojuego o de una película, sabe a lo que me refiero. Luego, estos patrones aprendidos se traspasan a la vida real, porque el más simple predictor de la conducta futura es la conducta pasada.

El resultado es una sociedad en donde, a pesar de existir más espacio que nunca para la libre expresión de la individualidad, exige de manera tácita y soterrada el conformismo y la estandarización más que nunca. La dinámica de los fanáticos más extremos de Game of Thrones funciona de esta manera. La dinámica detrás de la descalificación de los inútiles subversivos opera sobre patrones similares. La única manera saludable para esquivar estas trampas y evitar lo que podría ser un desastre potencial a nivel de nuestra civilización como un todo, es hacer funcionar los refuerzos de manera inversa, privilegiando a las personas que fomentan la democracia, el respeto por los demás y el pensamiento constructivo. En definitiva, empezar a hacer funcionar los refuerzos de grupo de manera inversa, y considerando a la Humanidad como un todo, como nuestro más gigantesco grupo posible.

domingo, 6 de octubre de 2013

Los diez mejores posteos de la Guillermocracia: Resultados parciales.


Quedan algo menos de dos meses para votar por los diez mejores posteos de la Guillermocracia. No es una votación fácil porque hablamos de elegir entre cuarenta candidatos. ¿Cuántos lectores se atreverían a repasar tanto material, en un mundo en donde un estudiante universitario promedio siente pánico y se queja de que lo están estrujando cuando le asignan un paper de miserables diez páginas para lectura y examen? Y sin embargo, hasta el momento hay cinco votantes que han sido valientes y dejado su opinión acerca de cuáles son los diez.

Siguiendo las reglas de votación y desempate, los resultados parciales a inicios de Octubre y contabilizando esos cinco heroicos votos, son los siguientes:

1.- "Game of Thrones": Al diablo que yo me largo de aquí.
2.- 10 razones por la que "Los Simpsons" ya no tienen gracia.
3.- El sistema binominal: Por qué no funciona y cómo modificarlo.
4.- Las cinco claves para tener éxito en Chile.
5.- El Fondo de Utilidades Tributables en la mira.
6.- El universo de Star Trek (1 de 2).
7.- Fallece Ray Harryhausen: Un pequeño tributo.
8.- Superman 75 años: Sus raíces.
9.- Post Punk: Institucionalizando la rebelión musical.
10.- Tributo a Frank Grames.

¿Estás conforme con estos resultados, representan de manera fiel lo mejor de los primeros tres años de la Guillermocracia? ¿O acaso deberían ser otros posteos los que deberían abrirse paso y quedar INSCRITAS EN PLANCHAS DE BRONCE PARA MAYOR GLORIA DE LA GUILLERMOCRACIA? ¡Vamos, adelante! ¡La Guillermocracia te convoca a filas! ¡Vota en la parte inferior de la página! ¡Porque a diferencia del mundo real, en la Guillermocracia TU VOTO VALE!
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¿Cuál miniblogoserie debería recibir primero una continuación en la Guillermocracia?