miércoles, 11 de septiembre de 2013

De cómo los ricos y poderosos se cargaron a la República Romana.


La civilización de los romanos fue, qué duda cabe, uno de los puntos álgidos de la Historia Universal. En la época del Imperio Romano, dentro de sus fronteras vivía cerca de una cuarta a una quinta parte de la población de la Humanidad, debido a que el desarrollo científico, tecnológico e institucional permitía una aglomeración de población impensable en otros territorios más bárbaros. Solamente la China del Imperio Han podía hacerle sombra. Y la llamada República Romana fue también un muy interesante experimento político, uno no demasiado frecuente en la Historia. De hecho el experimento en cuestión resultó tan paradigmático, que la expresión latina res publica (la cosa pública) con la que se referían a la actividad política, terminó siendo la palabra con la que se conocen determinados sistemas y regímenes políticos. La República Romana fue también la inspiración para muchos otros sistemas políticos: tintes de ella hay en los Países Bajos renacentistas, en la Florencia contemporánea, en los Estados Unidos nacidos en 1.776 y en la Francia de 1.789. En todos los casos se buscó imitar a la República Romana de manera más o menos consciente, haciendo un poco de mano mora sobre lo obvio: que la República Romana no duró para siempre, que acabó por hundirse. ¿Por qué, si era un sistema político tan brillante y ejemplar, la República Romana acabó siendo destruida?

Cuando estudiamos la República Romana desde la actualidad, solemos tomarla como un todo institucional más o menos orgánico y cohesionado: el Senado está aquí, los cónsules están allá, los tribunos de la plebe acullá... Pero en realidad la República Romana no nació completamente formada desde su nacimiento a golpe de Constitución Política: en vez de ello, fue el producto de un larguísimo desarrollo, profundas tensiones sociales, y más de alguna guerra civil por el camino. La razón es la de siempre: bajo el régimen anterior, la Monarquía, el poder estaba concentrado en unos pocos, los llamados patricios, y cuando surgieron vientos democratizadores por parte de los otros, los plebeyos, los patricios lucharon por sus privilegios con uñas y dientes. La historia de la República Romana entre los siglos V y III a.C. fue una más o menos monótona sucesión de episodios de luchas intestinas, cada una con un guión clónico estilo serie de televisión de fórmula: los plebeyos reclaman mayores derechos políticos, los patricios se niegan, los plebeyos presionan, y al final los patricios puestos contra la espada y la pared ceden; en una ocasión los plebeyos incluso amenazaron con irse de Roma y fundar otra ciudad, lo que era gravísimo porque el grueso del ejército eran los plebeyos, por lo que los patricios decidieron que tener ejército bien valía una misa, por así decirlo.

El resultado fue un sistema armado a punta de parches, pero que mantenía un delicado equilibrio tendiente a evitar que ninguna persona se volviera excesivamente poderosa. Explicado con trazos muy gruesos, podemos decir que el Senado se encargaba de las leyes, los cónsules (porque eran dos) de lo que hoy en día llamaríamos el Poder Ejecutivo y el mando del ejército, y los tribunos de la plebe eran una especie de abogados del pueblo que no creaban normas ni tenían mando, pero tenían derecho de veto. El sistema era mucho más complejo de lo descrito, por supuesto (nos hemos dejado en el tintero a los pretores, los censores, los sumos sacerdotes, etcétera), pero da una idea de cómo todo estaba estructurado para que el poder fuera repartido de manera más o menos justa y proporcional. En teoría, a lo menos.

Pero no existe ningún sistema creado por seres humanos, político o de alguna otra clase, que sea a prueba de aprovechados. Hubo varios que intentaron explotar los mecanismos políticos de la República para apoderársela, y tratar de derrocarla en definitiva para instalarse como califas en lugar de los califas. Lo intentaron primero dos caudillos militares llamados Mario y Sila, después un tipejo llamado Catilina, a continuación estuvo a punto de lograrlo Julio César antes de que los senadores lo asesinaran, y finalmente Octavio Augusto consiguió acumular en sus manos todo el poder y fundando de manera efectiva el Imperio. ¿Cómo es que un sistema tan bien engrasado terminó por crujir y ceder? La respuesta: los abusos de los ricos y poderosos.


Cuando la República Romana nació, controlaba un territorio relativamente mínimo: poco más que el valle del río Tíber en donde están las famosas siete colinas de Roma. La ciudad estaba rodeada de numerosos vecinos con los cuales estaba enredada en un sistema perpetuo de hostilidades. La llave del éxito para los romanos fue el legionario, un tipo de soldado entrenado para luchar tanto en conjunto como de manera individual; esto, a diferencia de la falange espartana o macedónica, que en conjunto era imbatible pero cada falangista por separado apestaba. En los hechos, casi todas las batallas en que se enfrentaron la falange o la legión, se saldaron o bien con victorias rotundas a favor de la legión, o bien con victorias desesperadísimas para la falange; la propia expresión victoria pírrica, aquella que cuesta demasiado para valer la pena, deriva del rey griego Pirro, que con sus falanges intentó crearse un imperio en el sur de Italia y obtuvo algunos de estos inútiles triunfos contra los romanos antes de tener que retirarse con las manos vacías. (Y morir con el cráneo reventado por una teja que le arrojó una vieja desde lo alto de un techo. Pero eso es otra historia).

El caso es que como la legión era el más mortífero ejército del mundo mediterráneo, la República Romana se fue expandiendo. Para mediados del siglo III a.C. había conquistado toda Italia. Medio siglo después ya dominaba la mitad de España. Otro medio siglo después les había entregado el control completo de Grecia por un lado, y Cartago (el norte de Africa) por el otro. Otro siglo y medio después, ya en la época de Jesucristo, las legiones se paseaban desde el desierto del norte de Arabia hasta el Canal de la Mancha.

Todas estas conquistas militares tuvieron cuatro consecuencias imprevistas, varias de ellas nefastas de por sí, pero puestas en conjunto crearon la tormenta perfecta. Por un lado, cada reino desposeído tenía su propio tesoro, el cual llegó a Roma como botín de guerra, e incrementó la circulación de dinero produciendo una escalada general de precios que hizo mucho por arruinar a la gente que no vivía de rentas, o sea, a los pequeños agricultores y productores, y a los pobres en general. En segundo lugar, el Mare Nostrum bajo la égida de las galeras romanas se transformó en el más grande ámbito de libre comercio conocido hasta ese minuto en la Historia Universal, lo que incrementó el comercio; algo que no es negativo de por sí, pero que presionó aún más a los pequeños artesanos ahora enfrentados a la competencia de las naciones de ultramar, además de acelerar la acumulación de capital en unas pocas manos y la formación de la correspondiente oligarquía. Por un tercer lado, afluyeron una incontable cantidad de prisioneros de guerra que terminaron convertidos en esclavos, lo que originó por supuesto una bajada generalizada de los salarios, ya que por muy poco que cobrara un artesano libre cualquiera, un esclavo podía hacer el mismo trabajo por aún menores costos, y si se moría, siempre se podía comprar uno nuevo; y eso por no referirnos a las rebeliones de esclavos, la más famosa de las cuales (pero no la única) fue la de Espartaco. Y en cuarto término, la interminable seguidilla de guerras provocó que los legionarios se la pasaran a veces décadas completas lejos de casa, por lo que sus campos y sembradíos permanecían sin cultivar, ya que los romanos no poseían en realidad un ejército profesional propiamente tal, sino que reclutaban a los campesinos para librar sus guerras, sistema que había partido cuando ir a la guerra significaba pelear apenas dos ciudades más allá e ir y venir del frente de batalla para la cosecha era factible, pero que ahora implicaba estar apostado en un puesto de guardia en la Germania, Arabia o el norte de Africa.

Toda la economía de la época se basaba por supuesto en la agricultura. Y dentro de la misma, el pequeño propietario rural fue desapareciendo. Este pequeño propietario rural devenido en legionario ya no podía hacerse cargo de su tierra, debido a la inflación por un lado y a la bajada de salarios por el otro, y se veía forzado a vender sus parcelas, lo que permitió que algunos pocos adinerados se crearan grandes latifundios. Lo que aceleró la formación de grandes fortunas personales a costa de masas cada vez más miserables. Parte importante de por qué los soldados se mostraron tan activos en seguir a los caudillos militares que intentaron derrocar una y otra vez a la República en sus últimos días, era por la promesa de dichos caudillos de entregarles después tierras en calidad de colonos fuera de Italia, en la Galia o en Hispania por ejemplo, que sirvieran de sustituto a las tierras perdidas en Italia. Plutarco pone en boca del tribuno Tiberio Graco las siguientes palabras, referidas al legionario romano: "Las bestias salvajes en Italia tienen sus cubiles particulares, tienen sus lugares de reposo y refugio; pero los hombres que portan armas, y exponen sus vidas por la seguridad de su país, no disfrutan entretanto nada más que el aire y la luz; y no teniendo casas o asentamientos propios, son obligados a vagar de lugar en lugar con sus esposas e hijos". Añade Plutarco: "Se los llama los amos del mundo, pero entretanto ninguno tiene un pie de tierra que puedan llamar propio".


El sistema político respondió a su vez con la lentitud acostumbrada de toda burocracia que se precie de tal. En realidad, los romanos se manejaban con la idea de que las leyes romanas eran para la ciudad, hasta el punto que nuestra expresión moderna Derecho Civil deriva del término latino ius civile, el derecho de los habitantes de la ciudad, o sea, el de Roma. Las provincias eran territorio conquistado, por lo general sin ulteriores derechos (debemos matizar esto porque existían algunos grados de prerrogativas, pero en lo esencial, fuera de Italia no había ciudadanos protegidos por el ius civile, e incluso dentro de Italia las comunidades del norte sólo los consiguieron después de la rebelión masiva conocida como la Guerra de los Aliados, entre 90 y 88 a.C.). El control de las provincias pertenecía al Senado, el cual nombraba gobernadores para hacerse cargo de las cosas. Pero sin mucha supervisión encima, en parte por la falta de mecanismos jurídicos para ello, y en parte porque los nombrados muchas veces lo eran por sus conexiones con la cada vez más corrupta clase senatorial, los gobernadores en realidad lo que hacían era expoliar a sus provincias y llenarse los bolsillos, con la esperanza de acumular dinero con el cual hacer una buena carrera política en Roma y, si la suerte acompañaba, hacerse cónsules o senadores ellos mismos.

El método preferido de los gobernadores para enriquecerse era la venta del derecho para cobrar impuestos, algo que no era ilegal porque la República nunca se había preocupado de crear un sistema tributario centralizado para las provincias. Básicamente lo que hacían los gobernadores era licitar dicho derecho a privados, que después se resarcían cobrando impuestos según ellos consideraban que debían ser pagados. Es como si en Chile, en vez de existir un Servicio de Impuestos Internos, se autorizara a los intendentes a rematar el derecho a cobrar impuestos en su propia región, y los privados que se adjudicaran ese derecho, pudieran cobrar después de manera incontroladas y con facultades de policía y juez de dichos impuestos. Si usted ha leído los Evangelios, recordará la oscurísima connotación que tiene la palabra y la figura del publicano; pues bien, estos publicanos eran los recolectores de impuestos privados. Eran tan odiados, que cuando Jesús de Nazaret comió en casa de Mateo el recaudador de impuestos, estuvo a punto de sublevar a sus propios seguidores; a la luz de esto, la parábola evangélica en la cual un publicano generoso vale más que un fariseo hipócrita, cobra un sentido mucho más profundo de lo que suele tener hoy en día para el lector casual.

La última y triste fase del proceso fue cuando enormes masas de desocupados empezaron a desplazarse a las ciudades, en donde el censo los registraba como tan pobres, que su único bien en el mundo eran sus hijos, su prole: eran los proletarios. Por supuesto, estos proletarios eran sensibles a cualquier caudillo populista que surgiera haciendo promesas de reparar las cosas, y sobre todo, repartiendo pan y circo a los desocupados. Ni qué decir, este pan y circo debía ser financiado por las grandes fortunas, las vinculadas a los grandes latifundios o al expolio de las provincias, que así cooptaron la política a su antojo. Eran los optimates, los mejores en latín, gentes que no estaban ni con la aristocracia ni con el pueblo, sino en la medida que tomar partido por un bando u otro les reportara alguna clase de beneficio económico y político. Por lo general, los optimates hacían causa común sólo a la hora de limitar el poder de las autoridades, con argumentos que no suenan demasiado lejanos a otras cosas que se escuchan hoy en día: el Estado tiene demasiado poder, el Estado asfixia la libre iniciativa, lo que quiere el Gobierno es crear una tiranía que ahogue las libertades individuales, los políticos son una casta de ambiciosos que deben ser detenidos o neutralizados a cualquier precio...


En medio de todo esto surgió un partido aristocrático, que eran los defensores del status quo, y por lo general se asociaban a los senadores que hacían la vista gorda frente a todo, a nombre de los viejos ideales republicanos que garantizaban las llamadas libertades republicanas. Para ellos, la República Romana funcionaba bien porque tenía principios, y lo que había que hacer con los revoltosos y sediciosos era aplicar mano dura. El insigne orador y abogado Cicerón fue uno de éstos. Para ser justos, uno de los primeros casos judiciales de Cicerón fue defenestrar a Verres, el gobernador de Sicilia, que gracias a los discursos ciceronianos terminó siendo juzgado y condenado por el Senado. Pero Cicerón era de los que pensaba que no había fallas fundamentales en el sistema mismo. Una de sus horas más oscuras fue cuando, so pretexto de la amenaza de la llamada conspiración de Catilina (un noble que se alzó en armas dentro de Italia en la década de 60 a.C.), mandó ejecutar a varios sospechosos de participar en la conjura, sin forma alguna de juicio: o de cómo saltarse los ideales republicanos que decía defender, en nombre de la defensa de dichos ideales republicanos. Irónicamente, Cicerón era un novi homine, un hombre que había ascendido en la escala social, y por lo tanto era más tolerado que aceptado por los optimates, que estaban en la cúspide del poder económico y no deseaban la entrada de sangre nueva que amenazara su poder. Como se ha dicho, la política crea extraños compañeros de cama.

Al frente surgió el partido popular. Su carácter era eminentemente revolucionario: hay que derrocar a toda esa manga de senadores parásitos que se benefician del sistema. Julio César hizo carrera justamente adscrito al partido popular. Después de una sangrienta guerra civil contra Pompeyo, el general campeón del partido aristocrático, se convirtió en dictador de Roma; el cargo de dictador era de carácter especial, concedía poderes extraordinarios, pero a su vez, sólo duraba seis meses. Pero César, aprovechándose que tenía el ejército en el bolsillo, simplemente se negó a hacerse a un lado. Terminó transformado así en un verdadero rey sin corona. Corría el año 45 a.C. A inicios del año siguiente, una conspiración de aristócratas, en nombre de las libertades republicanas, despachó a Julio César con la módica suma de veintisiete puñaladas, y dieron entonces un discurso en donde se proclamaron los salvadores de la República. Los conspiradores creyeron que el pueblo los iba a apoyar en masa, y reaccionaron con desconcierto cuando esos malagradecidos decidieron que era más prudente esconderse en sus casas y no escuchar nada más que viniera de los señores políticos, en particular de los que cometen un magnicidio a vista y paciencia de todo el pueblo romano.


Julio César había sido impulsado más por ambición más que por un ideal noble, pero sea como fuere, durante su breve gobierno el proletariado de Roma había experimentado algunas mejoras positivas; cuando Marco Antonio, general de César, leyó el testamento del asesinado en donde hacía enormes legados a la ciudad de Roma y sus habitantes, los conspiradores republicanos quedaron como betún para zapatos. Octavio, sobrino de Julio César, tomó a su cargo el liderazgo del partido popular, arrolló a los asesinos de César, y después de algunas otras guerras civiles incluyendo aquella contra su antiguo aliado Marco Antonio, ahora en cohabitación con la célebre Cleopatra, terminó convertido en el amo de Roma. Y entonces tuvo el problema de qué hacer con los republicanos rebeldes que todavía pudieran querer levantar cabeza; Octavio tenía el buen juicio de no querer acabar como Julio César, por supuesto.

Y descubrió una solución salomónica. Octavio no suprimió la República. Simplemente se apoderó de todos sus cargos: se hizo cónsul, jefe del Senado, tribuno de la plebe... A diferencia de César, nadie podía alegar que era un tirano porque no había puesto en suspenso ni suprimido a la República, y no había ninguna norma que le impidiera a una persona ocupar todos esos cargos (ni ejército que lo impidiera).

Y ésta fue la manera en que los ricos y poderosos nacidos al alero de las conquistas romanas, con su defensa cerril del sistema republicano que en teoría era para todos los romanos pero en definitiva funcionaba mejor para unos romanos que para otros, terminaron por cargarse a la República Romana e instaurar la dictadura permanente que hoy en día llamamos el Imperio Romano. Que después cayó por obra de lo que el historiador británico dieciochesco Edward Gibbon llamó el triunfo de la barbarie y la religión; pero eso es otra historia.

2 comentarios:

Cidroq dijo...

Vaya , muchas cosas son muy parecidas a las de hoy en día

Guillermo Ríos dijo...

Siguiendo la política de neutralidad suiza que la nación y el gobierno de la Guillermocracia mantienen respecto de sus vecinos, es que oficialmente este posteo ha sido publicado sólo con mero afán de divulgación histórica. La aplicación que pudiere hacerse de tales materias a otros tiempos y circunstancias es asunto que queda entregado a la eventual suspicacia del lector.

Oficialmente, reiteramos.

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