domingo, 7 de julio de 2013

Las cinco claves para tener éxito en Chile.


Desde finales del siglo XX que Chile es la sociedad de la eterna promesa. A los chilenos se les prometió que serían un país desarrollado para el 2000. Luego, para el Bicentenario en 2010. Ahora, la vara está puesta en 2020, y cuando llegue ese año... Pero la verdad es que Chile es un país con una pésima distribución del ingreso, en donde el veinte por ciento de la población se lleva más de la mitad del ingreso del país, con un bonito coeficiente Gini de 52 que nos sitúa entre las naciones más regresivas del globo. Un buen y ortodoxo marxista diría entonces que Chile debería ser un volcán social a punto de estallar y caer en las manos de un malvado populista como Hugo Chávez o similar. Pero por el contrario, los chilenos en general están muy felices con el sistema, tal y como está. No se deje usted engañar por el hecho de que mucha gente sale a la calle a protestar: lo que no se ve en las noticias es la cantidad de gente que no sólo no protesta, sino que además denigra y denosta a los manifestantes como causantes de desórdenes sociales, vandalismo, etcétera, porque esas gentes están confortablemente en sus casas. Es de suponer que las personas no sólo tienen el gobierno que se merecen, sino que además viven en la sociedad que se merecen.

Y la razón de todo esto, es posible que estribe en la actitud del chileno, en la estructura de su sociedad, etcétera. Y como la sociedad es construida por las personas, todo lleva hacia la cuestión más básica de todas: ¿cómo es el chileno? ¿Cómo consigue el éxito? ¿Qué clase de perfil tiene el chileno exitoso? Y como no hay mejor perspectiva para describir al nacional de un país que un extranjero, será acá en la Guillermocracia desde donde describiremos al chileno promedio. De manera que, sin más preámbulo, acá va nuestro sesudo análisis de cómo el chileno promedio puede llegar a ser exitoso en Chile. O si usted es extranjero, le avisamos de cómo debe comportarse si es que quiere prosperar y medrar en el medio nacional chileno.

1.- SER MEDIOCRE.

El chileno promedio no es un maniático perfeccionista. Chile es el país en donde las cosas se hacen a la virulí, los problemas se parchan, y las soluciones definitivas se dilatan. En Chile lo único definitivo son los puentes provisorios, afirmaba el Presidente Ramón Barros Luco, santo patrono de la inercia institucional chilena. El alambrito como mecanismo para resolverlo todo es una institución nacional; vaya usted a cualquier parte por un problema y escuchará el consabido se lo arreglamos con un alambrito, jefe... En Chile nadie intenta siquiera leer el manual.

Pero eso no sería un problema si al menos esos marcianos raros interesados en hacer las cosas bien, pudieran actuar sin interferencias. Por desgracia no es así. En Chile hay una oposición soterrada y activa hacia quienes tratan de hacer las cosas bien. El que hace las cosas bien, deja mal parado a todo el resto que hace las cosas de mala gana y con resultados mediocres. Por lo tanto, el esfuerzo nacional se dirige no hacia mejorar como seres humanos o tratar de hacer las cosas como buenos ciudadanos, sino a evitar que otros mejoren o sean buenos ciudadanos, respectivamente. Existen dos mecanismos primarios para hundir a la gente competente en Chile: uno de ellos es la crítica y el otro el ninguneo.

La crítica es un deporte nacional chileno porque es una manera de dar la idea de estar por encima de la mediocridad, sin dejar en verdad de ser mediocre. Y como todos son mediocres, todo el mundo se va a unir al discurso crítico. Esta actitud se la llama el chaqueteo, el tirar de la chaqueta a la persona competente que está sobresaliendo para arrastrarla de regreso al mismo lugar en donde está el resto.

Pero el problema de la crítica es que debe haber algo que criticar primero. Si la persona es de verdad competente, puede que haya poco que criticar, o que la crítica suene destemplada. Es aquí en donde entra en escena el ninguneo. Quien ve a su vecino trabajar y esforzarse por algo, lo deja librado a su suerte. Siendo la sociedad chilena como es, el chileno sabe que no va a llegar a ninguna parte porque todos los demás lo van a dejar abandonado. Por tanto, ayudarlo significa asociarse con una causa perdida. Además, parte de la mediocridad chilena es que el chileno promedio es ingrato, así es que si tiene éxito, no se va a volver hacia quien lo ayudó para ayudarle a su vez. Lo que hará esa persona es darle una palmadita en la espalda y decirle lo muy buen amigo que es, para dejar testimonio de que él sí que sabe como agradecer, y luego lo dejará allí donde esté. Por lo mismo, en Chile es una muy mala política ayudar a otra persona. En Estados Unidos, creando una cadena de favores, Vito Corleone llegó a Don; en Chile con suerte hubiera llegado a la esquina.

Ahora bien, eso debería significar que en Chile nadie ayudaría a nadie. De manera sorprendente, eso no es así. Pero las ayudas no son por competencia ni por respeto por el trabajo ajeno, sino por compadrazgos y con espíritu mafioso. Volveremos sobre esto más adelante.

2.- TRABAJAR LO JUSTITO.

En Chile, el que trabaja lo que tiene que trabajar se convierte en indispensable dentro de su trabajo, y por lo tanto nunca lo dejarán surgir ni ascender, porque la plaza que queda vacante podría ser rellenada por un incompetente. El jefe de cada chileno es un incompetente, y depende de los escasos subordinados competentes para que se vea que su oficina hace realmente algo. Además, el jefe sabe que el común de los chilenos es holgazán, así es que nunca despedirá a los empleados incompetentes que le rodean, porque no obtendrá trabajadores mejores de reemplazo, y además tendrá que correr con los costos del despido. Pero como alguien tiene que hacer el trabajo... se lo encargará al competente. O sea, al que hace bien su pega, como se dice en chileno, lo premian echándole encima el doble de trabajo.

Por eso, en Chile la idea es trabajar lo justito. Ni poco que se convierta en un lastre y le despidan, ni mucho que le obliguen a hacer el resto del trabajo.

O mejor aún, no trabajar nada pero proyectar la imagen de que sí está trabajando. Profesiones ideales para ello son la de político, la de economista, la de catedrático universario en universidad estatal y la de conferencista profesional.

Para esto último es necesario cumplir horas de trabajo. Incluso horas extraordinarias. Chile es el país misterioso en donde todo el mundo es trabajólico, pero en realidad no se produce más que en otras naciones en vías de desarrollo, e incluso francamente menos. Esta paradoja se debe a que la gente marca una buena cantidad de horas extraordinarias de trabajo, pero una vez a solas en la oficina, se dedica a postear en Facebook o Twitter. Si usted tiene un amigo chileno en las redes sociales, descubrirá de tarde en tarde alegres posteos como lo siguiente: Tomándome un cafecito en la oficina con buena conversa. Si estuvieran trabajando de verdad, las actualizaciones de estado aparecerían a las siete de la mañana o después de las siete de la tarde, no en otro horario. Debe tomarse nota de que da buen tono hacer muchas horas de trabajo, ya que proyecta la idea de ser muy productivo, ahorra la pena de tener que soportar a la familia, que por lo general es también mediocre porque es tan chilena como el chileno de marras, y además con el dinero adicional se pueden adquirir signos visibles y tangibles de la preocupación y compromiso con la misma, comprando objetos materiales caros como juguetes, aparatos de alta tecnología o vacaciones en el extranjero. El soborno con un gran juguete de Navidad al hijo abandonado o maltratado el resto del año es también otra institución nacional.

Esto último se potencia aún más, si se considera que Chile es el país en donde un beso, un abrazo, una caricia o unas palabras amables no valen de nada, porque no se transan en el mercado, ni se pueden exhibir tampoco para la envidia de los vecinos.

3.- DÁRSELAS DE INGENIOSO PARA SALTARSE LAS REGLAS.

Siendo Chile una gigantesca tribu mapuche con unos muy poquitos caciques y montones de yanaconas, y en donde la opción de llegar para cacique es remota para colmo, no es raro que el chileno promedio no le vea la ventaja a seguir las reglas. En Chile, las reglas son sospechosas: la opinión común es que se han hecho para beneficio de unos pocos y para estrujar a la mayoría, no para mantener un mínimo de orden y seriedad en el manejo de los negocios y asuntos del día a día.

El chileno promedio no considera que el grueso de las reglas en realidad son de convivencia social básica. Por ejemplo, el chileno promedio antedicho no entiende que la regla social que prohibe echarle a otra persona el carrito de supermercado encima no es algo creado por el poder establecido para perpetuar su dominio sobre la sociedad chilena, sino una norma básica de convivencia para que no terminen todos los chilenos arrollados por esos carritos. El chileno promedio es demasiado bruto para entenderlo así, y demasiado mediocre para asimilar el concepto de responsabilidad en la cabeza. Por ende, quien vaya a un supermercado chileno debe defenderse de los carritos. En particular de los que van más llenos, porque quienes los manejan creen estar haciendo demostración de poder adquisitivo, y por lo tanto con derecho a pisotear a los demás. No importa que después el carrito quede abandonado con la mitad de la mercadería en la caja: lo que importa es la apariencia de poder adquisitivo dentro del supermercado.

Curiosamente, esta propia actitud del chileno hace que el chileno deba encauzarse en general a respetar las reglas. Lo que sucede es que el chileno sabe que su vecino hará todo lo posible para saltárselas, y por lo tanto vive atento y vigilante para defender su derecho. He ahí que no basta por lo tanto para sobrevivir en la jungla chilena, el saltarse las reglas. También hay que saber cómo hacerlo sin que las miradas ajenas se posen en uno. O si se es lo suficientemente carerraja (desvergonzado en el argot chileno), saltárselas en condiciones tales, que el vecino sólo pueda contemplar la situación con impotencia y frustración. Esta última situación es mucho más común de lo que se cree, porque el chileno promedio es especialista en el arte de reforzarse a sí mismo amargándole la vida a los demás.

El chileno que sabe cómo saltarse las reglas es el vivo, el ingenioso e inteligente, y es admirado por ello. Puede incluso que reciba un muy afectuoso pero puta que es carerraja este hueón, dicho con mucho afecto y aprecio sincero, y ni una gota de ironía. No se confunda: esa frase no se dice como el insulto despectivo que debería inspirar un delincuente, sino con una franca admiración por el hombre que es capaz de vulnerar al sistema en su propio beneficio, aunque dicha vulneración en última instancia perjudique a la persona que hace la declaración de admiración. Sabemos de gente que en virtud de este principio ha llegado muy lejos en el sistema político chileno, sobreviviendo con un blindaje casi mágico a cuantas denuncias, imputaciones, investigaciones y querellas se les haya sometido.

Por supuesto que existe un círculo vicioso entre esta actitud y el hecho de que la sociedad chilena sea clasista y el ochenta por ciento de la misma no vaya a llegar a ninguna parte en la vida. Esta actitud es provocada por la sospecha que despiertan las reglas, pero esta actitud a la vez provoca una competencia darwiniana por saltarse las reglas: quienes tienen éxito en Chile lo hacen no porque sigan las reglas, sino porque las tuercen a su conveniencia. El resto, los fracasados, seguirán mirando las reglas con sospecha. Perpetuando así el círculo vicioso de la anomia social en Chile.

4.- HACER RELACIONES PÚBLICAS.

En Chile existe un club dorado de privilegiados, y todo el resto de la masa. Por lógica, alguien tiene que pertenecer al club dorado. Pero por otra parte, características que hacen más fuerte a un país como un todo, tales como la competencia, la laboriosidad o el respeto por las leyes, no solamente no hacen progresar a nadie, sino que por el contrario, son obstáculos positivos para que una persona surja en Chile. Cabe preguntarse entonces quiénes son los integrantes del club dorado, y cómo se accede a él si no es por las cualidades meritocráticas antedichas.

La respuesta es: quienes hacen mejores relaciones públicas. En Chile es muy importante saber venderse. Y aquí es donde entra en juego una característica muy importante de la cultura chilena: el empeño por aparentar lo que no se es.

Decíamos rato atrás que Chile era el país en que hay gente que va con ropas elegantes a llenar el carrito en el supermercado, sólo para dejarlo botado después sin pasar la mercadería por caja, y sin llevársela. Lo importante es proyectar la imagen de prosperidad asociada con un carrito de supermercado lleno hasta el tope con las supuestas compras mensuales. Chile es también el país en donde, en la década de 1.990, hubo un próspero comercio de celulares de palo. Si usted no está familiarizado con la realidad chilena, quizás no lo sepa: en la época en donde el teléfono celular era todavía un artefacto de élite, se vendían celulares hechos de madera y pintados, para que la gente pudiera utilizarlos allí donde eran vistos en la calle, para fingir que estaban hablando. Tal es el nivel de delirio de la sociedad chilena.

Las relaciones públicas se manejan con un delicadísimo equilibrio entre la condescendencia y la zalamería. Así, cuando a usted le interesa que otra persona lo tenga en consideración, debe acercársele exhibiendo de manera sutil que usted es superior al resto de los chilenos. Luego, debe tratar a la otra persona como si esa otra persona fuera igualmente superior. Si la otra persona cae en la trampa, esto crea un lazo entre las dos, ya que ésta se siente legitimada y reconocida no por un chileno promedio, sino por uno mejor que el resto.

En Chile, esta receta funciona muy bien debido a esa otra característica social que reseñábamos más arriba, que es el ninguneo. Todos los chilenos sufren el ninguneo de manera masiva en carne propia todos los días. Por ello, el chileno es particularmente vulnerable a este tipo de relaciones públicas. El resultado es que cuando se juntan dos de estas personas, se crea una asociación simbiótica muy similar a la existente dentro de los grupos mafiosos.

Esto lleva a otra característica muy acentuada en los chilenos: el espíritu de mafia, el tribalismo. Eso se evidencia desde la gente del club dorado hasta las barras bravas del fútbol, pasando por los subgrupos de oficina o las tribus urbanas juveniles. En Chile cada grupo y subgrupo defiende su afiliación con uñas y dientes, haciendo causa común con su propia tribu en contra de cualquier extraño, el cual será chaqueteado y ninguneado sin piedad por el único pecado de ser un extraño. Los únicos exceptuados de esta persecusión son los visitantes anglosajones, debido a que el chileno promedio considera que la estatura bien delineada, la tez clara, el pelo rubio y los ojos azules son estándares de belleza, a pesar de que por raza el chileno promedio es más bien achaparrado, de tez morena, pelo negro y ojos pardos.

Pero usted, perplejo, podrá preguntarse cómo es posible entonces que Chile entero se abanderice con distintas causas, tales como la Roja de todos los chilenos (la Selección Nacional de Fútbol, llamada así por la camiseta oficial, valga la explicación si ud. es extranjero) o la Teletón. En realidad, estas dos causas nacionales se ven potenciadas por el tribalismo, no frenadas. En primer lugar, ambas implican la transferencia y reemplazo de la tribu propia por la tribu nacional, durante los días que dura el evento. En segundo término, en Chile el tribalismo y el espíritu mafioso son poco correctos políticamente porque van en contra del espíritu democrático que el chileno promedio trata siempre de predicar para quedar bien, aunque no lo haga efectivo en la práctica. Entonces, aplaudir a la Roja o contribuir con la Teleton sirve para obtener chapa de demócrata y nacionalista, y por lo tanto, permite negar el espíritu tribal en que vive el chileno promedio.

5.- JAMÁS TENER UN PENSAMIENTO U OPINIÓN PROPIOS.

En realidad, esta última clave para triunfar en Chile es casi un corolario de las cuatro anteriores. Si usted es mediocre, no necesita pensar por sí mismo, ya que es más fácil aceptar el pensamiento que viene elaborado de manera previa por los medios de comunicación, o por la gente a su alrededor. Si usted no debe mostrar excesiva competencia cuando trabaja, entonces no debe tener ideas geniales o revolucionarias en su oficina. Si usted se las ingenia para saltarse las reglas, además de seguir la tendencia nacional al respecto usted no puede incurrir en el error del mago que revela sus trucos. Y si usted hace relaciones públicas, por descontado que usted debe ajustar sus opiniones a las de su interlocutor, para que éste se sienta validado.

Por lo tanto, pensar por usted mismo en Chile no solamente es inútil, sino también contraproducente. Para sobrevivir en Chile, usted no debe exponerse ni a la cultura, ni a las artes ni a la filosofía. Usted no debe leer libros, no debe escuchar sino la música comercial de las radios, no debe acudir a exposiciones, no debe ver cine de calidad, y no debe saber una palabra de Historia. Lo que entre otras cosas significa que usted no debe ser un ciudadano de la Guillermocracia bajo ningún respecto. Si usted se expone a dichas influencias, entonces de manera inconsciente se le adherirán a su cerebro ideas o frases que hagan pensar. Y la gente en Chile no quiere pensar porque eso les significaría abandonar el área segura y confortable de la mediocridad. Peor aún, al pensar usted puede volverse peligrosamente competente, y por lo tanto se expondrá a la crítica, el chaqueteo y el ninguneo. O descubrir maneras más eficientes de hacer el trabajo, y con ello poner en peligro la escasa laboriosidad del resto de los chilenos.

Pero resulta que el analfabetismo funcional es muy mal visto en Chile, mientras que se ensalza el pensamiento creativo y el potenciar el desarrollo personal de la gente. La clave aquí una vez más es aparentar. En Chile toda la gente tiene una Biblia en la casa, y se ha leído el Quijote, sin riesgo de verse descubiertos cuando les pregunten si María de Magdala o María de Betania son la misma persona, o porque les pregunten por las penurias de Sancho en la ínsula Barataria, porque nadie está en condiciones de preguntar tales cosas: nadie ha leído esos libros. Chile está lleno de marxistas que no han leído a Marx, de neoliberales que no han leído a Friedman, y de cristianos que no han leído los Evangelios. Se limitan a repetir algunas ideas y conceptos pasados de segunda y tercera mano, sacados de los periódicos o de algún documental perdido en la televisión, y los repiten como si fueran verdades sacrosantas. Y se asombrarían lo suyo si es que tomaran los textos y descubrieran que mucho de lo que predican, sería criticado por las mismas gentes que ellos citan. No se ha investigado cuántos marxistas en Chile considerarían sostenible una dictadura del proletariado, o cuantos neoliberales están dispuestos a llegar con Friedman hasta las últimas consecuencias de despenalizar el consumo de drogas, o cuántos cristianos estarían dispuestos a seguir la ley judía tal y como Cristo declaró que debía hacerse en el nunca bien leído Sermón de la Montaña.

De ello deriva que el mundo cultural chileno en general sea vacío y triste. Chile está lleno de escritores a quienes nadie lee, en parte porque nadie lee nada para empezar, y en parte porque debido a esto, ellos mismos tienen la vara de la exigencia muy baja para saltarla. Lo importante en Chile no es tener ideas originales, sino copiar a la pata de la letra, pero a la chilena. Si se llevan las películas de artes marciales, hay que hacer una de artes marciales con todos los tics y señas de identidad del cine de Hong Kong, pero a la chilena. Si en el mundo fantástico extranjero está triunfando el Steampunk o la Fantasía Epica a lo Game of Thrones, hay que escribir Steampunk o Juego de Tronos, pero a la chilena. Si en la música triunfa el metal o la electrónica, hay que hacer lo mismo, pero a la chilena. Lo importante es incorporar el elemento chileno, aunque sea de manera postiza, para que la gente lo aplauda como algo original. No debe olvidarse que esas mismas gentes tampoco piensan porque son chilenos, y por lo tanto, no tienen idea de qué están aplaudiendo. Ni la tendrán, porque ésa será una obra que no leerán, una música que no escucharán, o una pintura que no verán. Lo importante es el aplauso para aparentar reconocimiento por el arte, no el consumo del mismo.

EPÍLOGO.

Espero que el hipotético extranjero que lea estas líneas, las esté abandonando con mucha mayor instrucción acerca de cómo debe guiar sus pasos en Chile para triunfar en ese país. Ahora bien, yo me pregunto muy en serio por qué un extranjero querría instalarse en un país de bárbaros tercermundistas con ínfulas de Primer Mundo para empezar. No sé si otros países desarrollados o en vías de desarrollo estén mejor, pero mucho peor no pueden andar, para tomarse la molestia de emigrar a Chile. En los hechos, los extranjeros que se instalan en Chile son bolivianos y peruanos, no europeos ni estadounidenses. Es significativo que a Chile no llegan a instalarse ni los colombianos, y eso que su país ha vivido en una guerra civil crónica desde hace una eternidad; es decir, los colombianos prefieren quedarse en medio del fuego cruzado de las FARC y el gobierno, que tomar el riesgo de hacerse vecinos en un país tan desastroso como Chile. La única importación masiva de extranjeros de otra nacionalidad son las modelos argentinas que, debido a la sobresaturación de siliconas en su país nativo, por rebalse terminan en los medios chilenos, mientras que casi no hay registrados casos a la inversa, de modelos chilenas que triunfen en Argentina, porque ni siquiera casándose con ex Presidentes han conseguido hacerse populares allá. En cuanto a quien estas líneas suscribe, no es un caso. Lo que diga el pasaporte es provisional, a la espera de que alguna potencia extranjera misericordiosa reconozca a la Guillermocracia como un país independiente; yo en mi corazón soy un guillermócrata, y por lo tanto, estoy exento de las presunciones que caen sobre los chilenos por el solo hecho de ser chilenos.

3 comentarios:

Cidroq dijo...

Vaya, si que da otra impresión Chile, pero en algunos puntos mas, en otros menos, es la misma situación de aquí, creo que lo quedescribes es un lastres de latinoamérica en general, que teniendo todo para ser una verdadera comunidad de paises, no como la ya tronada comunidad europea, nos tiramos zancadillas unos a otros sin parar.

Galic dijo...

Pues, creo que lo que describes no es muy diferente aquí en España. xD

Me ha hecho gracia la expresión esa que dices "a la virulí", porque en mi ciudad se dice mucho "a la virulé". xD

Guillermo Ríos dijo...

O es un lastre de la raza humana en general, también puede ser. Pero como el caso que mejor conozco es el chileno, entonces de él hablo. No recuerdo qué escritor ruso decía que "pinta tu casa, y estarás pintando el mundo". En todo caso, ¿qué imagen se tiene de Chile en otras partes? ¿Es verdad que lo consideran un país exitista, o es sólo propaganda de los medios oficiales?

A la virulí es una expresión más o menos en retirada acá en Chile, un arcaísmo utilizado más por gentes de la tercera edad que por el público en general. El término exacto recogido por la RAE es virulé, y virulí cuenta entonces como un chilenismo.

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