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miércoles, 19 de junio de 2013

"The Americans": Una Guerra Fría que no calienta.

Слаaaaaвься, Отеeeeчеeeeeeство... наaaaше свободноеeeeeee...*
 Cada año llegan marejadas de nuevas series televisivas, la mayor parte de las cuales apenas conseguirá una temporada o dos sin pena ni gloria a lo sumo. Otras durarán más o se transformarán en clásicos, o incluso ambas. Y en la última década más o menos, algunas no llegan ni siquiera a ser emitidas hasta el final de su primera temporada, canceladas con apenas cuatro o cinco capítulos emitidos, si la audiencia no acompaña. La mayoría de las series son clones de otras, o aplicaciones de fórmulas mil veces vistas, y la mayoría de las series son mediocres o hechas con poco espíritu. Cuando ambas mayorías se cruzan, el resultado es fatal. Encontrarse con una serie que tenga un tono en apariencia novedoso, y que además se esfuerce en su ejecución, es una joya. Por desgracia, tratándose de The Americans, ambos propósitos quedan un poco a medio fuelle. Y el resultado final se resiente de ello.

The Americans saltó a la parrilla programática por el canal FX, con una primera temporada de trece capítulos, emitidos en Estados Unidos a partir del 30 de Enero, y en Latinoamérica cerca de un mes después. La premisa de la serie era prometedora. Los protagonistas son una pareja de agentes de la KGB encubiertos en Estados Unidos, siempre tensionados por su trabajo sucio por un lado, y por la mascarada que mantienen no sólo frente a sus vecinos y conocidos, sino también a su mismísima familia. Para sus dos hijos, esta pareja es un matrimonio bien avenido, el padre trabajando de vendedor viajero y la madre como ama de casa. Sumémosle además que la serie está ambientada en 1.981, el año de la llegada de Ronald Reagan a la Casa Blanca con el consiguiente recrudecimiento de la Guerra Fría, y teníamos una fórmula ganadora.



El episodio piloto resultó una entrada notable. Vemos a la familia en misión para perseguir a un defector de la KGB que desea instalarse en territorio estadounidense. La misión de los protagonistas es capturarlo y enviarlo de regreso a Moscú, en donde presumiblemente será torturado y ejecutado, aunque eso los agentes sólo pueden suponerlo, con buena base por lo demás. Las cosas se complican porque la esposa lo reconoce: ha sido su antiguo entrenador, quien durante el entrenamiento la violó a vista y paciencia de un subalterno, porque una mujer agente de la KGB en suelo extranjero debe estar preparada para cualquier circunstancia, incluyendo el evento de terminar siendo seducida y abandonada por algún sucedáneo de James Bond imperialista. La situación se resuelve dentro del mismo capítulo, de una manera bastante satisfactoria por cierto, aunque no tanto como para no llamar la atención del FBI. Da la casualidad de que un nuevo vecino de la familia es justito un agente del FBI, y además uno encargado de cazar espías rusos en suelo estadounidense. La propia agente le dice a su marido: se supone que los agentes del FBI deben vivir en alguna parte.

El problema es que a partir de ahí, la serie se vuelve completamente errática. Pretende ser dramática, pero poner de vecinos a un agente del FBI y a uno de la KGB encubierto termina por transformarse en una fuente de pura comedia involuntaria, por mucho que ambientándose en Washington, es de presumir una alta densidad poblacional de agentes de seguridad del Gobierno. Este síndrome se agudiza aún más cuando ambos vecinos empiezan a hacerse amigos, aunque de manera interesada por parte del agente de la KGB, por razones obvias. De todos modos, el juego del gato y el ratón no llega mucho más allá porque si lo hiciera, entonces el agente del FBI descubriría la verdad y se acabaría la serie, con la presumible ejecución de los protagonistas en la cámara de gas. Para evitar que el suspenso decaiga por este motivo, la serie opta por introducir personajes secundarios, en concreto dos chicas, que obrarán como traidores: una funcionaria de la Embajada de la Unión Soviética en Washington chantajeada para trabajar para el FBI, y una funcionaria del FBI engañada y seducida para trabajar de manera inadvertida para la KGB.

Nunca confíes en un vecino sonriente. Podría ser parte de una peligrosa familia de agitadores comunistas.

Aparte, la serie abandona deliberadamente en muchos instantes la temática del espionaje, y se centra en el pasteleo de los protagonistas y sus cuitas amorosas. La pareja protagónica se supone que es un matrimonio construido como fachada, pero han pasado como familia cerca de década y media, y como del roce nace el cariño, ambos deben empezar a admitir que los sentimientos crecen. Lo que se vuelve un problema considerando que parte de su trabajo como espías implica acostarse con otras personas. El folletineo alcanza sus más altas cumbres cuando ella, que ha tenido un amante negro durante casi todo su período en Estados Unidos, se enoja porque él se entrevista por motivos puramente profesionales con una antigua noviecita de la KGB a quien no había visto desde abandonar la Unión Soviética, y prácticamente lo obliga a abandonar la casa. No es Melrose Place, pero está mucho más cerca de Aaron Spelling que de la serie de espías promedio. Para colmo, la serie rellena un montón con los problemas maritales del vecino agente del FBI, que por lo general marcan el momento idóneo para echarse una pestañeadita dentro del capítulo, o para ver qué están dando en el canal de al lado.

El tono de la parte del espionaje es mantenido en un tono intencionalmente bajo. Esto no tiene por qué ser algo negativo: no todo va a ser acción pasada de roscas como 24. Pero de pronto, parecieran olvidarse de que la tensión y el suspenso son la chicha de cualquier serie de espías. Una serie como American Dad ha dejado casi por completo en el olvido que su protagonista es agente de la CIA, pero lo ha compensado con ser una excelente sitcom, o una parodia pasada de vitaminas de las sitcom familiares a lo menos. The Americans es una serie de espías de tono menor, pero además reemplaza el espionaje con un culebrón aburridísimo, y esa es la fórmula ideal para dormir a cualquiera. Incluso el final de temporada, que debiera haber sido percutante, se queda como un episodio más, ni mejor ni peor que el resto, y no uno que invite de manera especial a seguir viendo la serie otra temporada más.

Comunistas comeniños entre nosotros.

Quizás no por casualidad, los dos mejores episodios de la temporada, aparte del piloto, sean dos sendas misiones en donde los agentes de la KGB se ven inmersos en una actividad frenética en operaciones de alta importancia. Uno de ellos se ambienta en el día del atentado contra Ronald Reagan: condicionada por su experiencia con los vejetes del Partido, la KGB está convencida de que todo es parte de un golpe de estado interno, y está lista para pedirle al Politburó que lance un ataque nuclear preventivo antes de que el nuevo Presidente de Estados Unidos, sea quien sea, haga lo propio. Los protagonistas, llevados por una corazonada, son quienes deben tratar de impedir a toda costa el desastre. Que sepamos la conclusión de la historia, a saber que no hubo golpe de estado interno Estados Unidos, en apariencia a lo menos, ni que estalló la guerra nuclear total, no quita que sea un episodio repleto de suspenso, no porque no sepamos el final, sino porque ignoramos cómo van a llegar hasta él.

El otro episodio memorable es aquel en el cual un líder de la resistencia sindical polaca visita Estados Unidos. Los agentes de la KGB deben entonces llevar a cabo una operación muy turbia para anularlo, de cara a minar la credibilidad del movimiento sindical polaco. Es uno de los pocos episodios en donde la geopolítica de la época se hace presente de cuerpo entero. La resolución del conflicto suma bastantes enteros, ya que refleja de lleno la naturaleza turbia del mundo del espionaje.

Keri Russell tratando de ser más sexy que Claire Danes.

Mi teoría personal es más o menos la siguiente. En FX vieron que una serie como Homeland, con una excelente primera y segunda temporadas, se estaba llevando todos los premios, y decidieron utilizar la fórmula de mezclar drama de personajes con suspenso y giros de trama. Si mi teoría es correcta, entonces los productores de The Americans no entendieron cómo lo hizo Homeland, y qué la hace tan especial en primer lugar.

Homeland está llena de vueltas de tuerca, y centra el misterio en la identidad de un personaje que resulta lo suficientemente ambiguo como para que a cada paso nos preguntemos qué está haciendo en realidad. En The Americans no hay tal ambigüedad: los personajes resultan demasiado planos, demasiado poco carismáticos, demasiado opacos, para que nos preocupemos de ellos. Sólo Claudia, la supervisora KGB de los protagonistas, tiene la ambigüedad suficiente como para que lleguemos a preguntarnos acerca de su verdadera agenda, o la de sus superiores, pero salvo un par de episodios puntuales, nunca terminan de explotar del todo esta ambigüedad.

Por su parte, Homeland explota de manera cruda las cuestiones éticas que llevan a un terrorista a convertirse en tal. En The Americans en cambio no hay grandes dilemas morales: tenemos a la KGB por un lado, al FBI por el otro, y que gane el mejor. No ayuda que la serie parte con los agentes del KGB viviendo por casi dos décadas en suelo de Estados Unidos, y por lo tanto el valioso filón que hubiera sido verlos llegar, instalarse, adaptarse, y criar a sus hijos en los esenciales primeros años siendo comunistas aparentando ser capitalistas, con todos los conflictos éticos que ello hubiera podido generar, se lo fusilan. En el primer episodio hay algún flashback, pero nada tan importante como para ahondar en esa parte de la premisa.

Peligrosos agentes americanos de contraespionaje sembrando el terror entre los topos de la KGB.

Entre los aspectos positivos, la serie y sus guiones son justos con la Guerra Fría. No hay un intento descarado por vender a Estados Unidos y la sociedad McDonald's como el punto cúlmine de la evolución mundial humana, o como los baluartes de la libertad y la democracia siempre incomprendidos en sus esfuerzos por querer lo mejor para nosotros el resto de la Humanidad. Ni se presenta a los agentes de la KGB como gentes trágicamente erradas en su estúpida manera de ver y concebir el mundo, sino como funcionarios que tienen un trabajo bastante gris y por el que cobran un sueldo presumiblemente también gris, sólo que su trabajo carece de horarios y posee un componente de riesgo dentro de los servicios laborales prestados. La serie termina presentándose como un enfrentamiento entre dos bandos que al final no resultan ser demasiado diferentes entre sí, agencias de seguridad que son burócratas que tratan de hacer el mejor trabajo que pueden con lo poco que tienen. Los agentes de la KGB no son tan afectos al régimen, pero obedecen por una mezcla de miedo a sus superiores y de la convicción no necesariamente ingenua de que sus ideales son positivos, más allá de cómo los ejecuten sus líderes; los agentes del FBI por otra parte son ciudadanos comunes y corrientes, que viven dentro del sueño americano pero tampoco son representaciones del éxito, la fortuna y los valores más prototípicamente capitalistas. El mejor aspecto de la serie es conseguir presentar la historia desde el punto de vista de la savia y sangre del sistema, de ambos sistemas, aquellos cuyo trabajo no es disfrutarlo, sino ponerse en la línea de fuego para que otros los disfruten.

Por desgracia, todos estos conceptos interesantes se malogran por una ejecución bien cuidada, pero no demasiado inspirada, una que se basa más en la calidad técnica y el minimalismo que en las ideas arriesgadas o el chispazo de genio ocasional. Las historias tratan de presentarse con filo, y las actuaciones se mantienen contenidas sin rendirse al melodrama, pero existe demasiada conciencia de estar trabajando en un producto para los Emmys. Ahora que viene una segunda temporada de la serie, le convendría desmelenarse un poco, imprimirle algo más de suspenso a los guiones, dejar de lado los aspectos más sangrantes del melodrama barato, y centrarse en lo más interesante, en el conflicto de la KGB tratando de pararle los pies a un Presidente megalómano y dispuesto a todo para destruir a su país.



* Las letras iniciales en cirílico bajo la primera foto, son el primer verso de la estrofa del himno de la Unión Soviética, en su versión de 1.977 (transliterado: Slav'sya, Otechestvo nashe svobodnoye - Sé gloriosa, nuestra libre Madre Patria).

2 comentarios:

Series Anatomy dijo...

Yo también encontré que a la primera temporada le faltaba algo. Mañana comienza la segunda temporada. A ver cómo avanza la cosa ;) Aquí os dejo mi valoración de la primera ;)

http://seriesanatomy.blogspot.com.es/2014/02/sexpias-de-los-80.html

Un saludo!

Guillermo Ríos dijo...

A mí, esta serie me dio pena. Se nota el interés, se nota el esfuerzo, se nota que son gente tratando de crear televisión de calidad y no un plástico que se venda fácil y bonito, y se merecen que les vaya bien. Pero a veces lo mejor es enemigo de lo bueno, y se lo toman tan en serio que uno como espectador a veces pareciera estar levantando el dedo y preguntando: "¿Cuándo puedo empezar a divertirme?". Puede que en la segunda temporada encuentren el hervor justo y la serie llegue a ser la dinamita que tiene el potencial para ser. Pero si es así, me lo tendrán que contar, porque no tengo intenciones de embarcarme con otra temporada.

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