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miércoles, 26 de junio de 2013

"House of Cards": La pesadilla de Maquiavelo.


El año pasado le poníamos a Game of Thrones el subtítulo de "el sueño húmedo de Maquiavelo". Porque a pesar de narrar sucesos de un universo de Fantasía Epica, lo suyo tenía más en común con las intrigas de El Padrino que con magos, brujos o guerreros estilo Conan. Pero a medida que Game of Thrones ha ido degenerando en un culebrón sin ninguna meta ni dirección visible en el horizonte, pasando del modelo Mario Puzo al modelo Aaron Spelling en el camino, nos estábamos quedando sin nuestra dosis de intriga maquiavélica. Pero justo cuando la situación estaba más desesperada, arribó House of Cards, el chico listo de la cadena Netflix; si Game of Thrones en su primera temporada era el sueño húmedo de Nicolás Maquiavelo, House of Cards es su pesadilla, es el maquiavelismo salido de todo control, es la bestia que late por debajo del ser humano en el traicionero mundo de la política.

Todos quienes están más o menos enterados del mundillo televisivo saben que el website de Netflix, hasta el minuto enfocado al streaming de películas previo pago, decidió dar el salto a las series, siendo House of Cards la primera de ellas. Es también un remake de otra serie llamada House of Cards, que es inglesa, y que como no he visto, no puedo comparar. Dio también de qué hablar por ser un esfuerzo de producción de David Fincher, el director famoso por Los siete pecados capitales, Zodíaco, El curioso caso de Benjamin Button, y La red social; Fincher también dirigió los dos primeros capítulos. Las direcciones han sido de a dos capítulos, salvo por James Foley que dirigió tres, y que ha dirigido películas como Y quién es esta chica, Miedo y Seduciendo a un extraño, además de videoclips de Madonna tales como Papa Don't Preach. El director más conocido de la nómina, aparte del propio Fincher, es Joel Schumacher, el mismo de El cliente, Batman Forever y El Fantasma de la Opera.

Kevin Spacey disfrutándose la fiesta de su vida en House of Cards.

House of Cards sigue las peripecias de Frank Underwood, un congresista cuyo principal trabajo es alinear voluntades en el Congreso por las buenas o por las malas, para apoyar al Presidente de Estados Unidos; éste a su vez es demócrata, aunque blanco y no negro como Barack Obama. Underwood ha movido todo su poder y habilidad para asegurar la reelección del Presidente bajo la promesa de que le tocará una secretaría (el nombre que reciben en Estados Unidos los ministerios de gobierno), pero cuando llega la victoria, el Presidente desconoce su promesa bajo el argumento de que Underwood es mucho más útil y efectivo haciendo su trabajo de plomería en el Congreso, que yendo a ocupar un asiento en el Ejecutivo. Para su desgracia, Underwood es un hombre despiadado y amoral que no acepta un no por respuesta, y por lo tanto se abocará con todas sus energías a sobrepasar su revés, e ir creando una red de influencias alrededor del Presidente hasta terminar manejando todos los hilos del Gobierno. Para ello cuenta con el apoyo de su esposa Claire que maneja una ONG, la ambiciosa periodista Zoe Barnes que busca consolidarse en el competitivo mundo de la prensa, el representante Peter Russo que zigzaguea entre la defensa de su representación y su errático comportamiento con drogas y prostitutas, y su fiel mano derecha Doug Stamper; todos ellos serán a un tiempo convencidos y manipulados para moverse en la dirección que más le conviene a Underwood.

A partir de este argumento, House of Cards hace un crudo retrato de la política en Washington, y en realidad de la política en general. Esta no es una serie de televisión en donde hay políticos idealistas y el J.R. de turno es detenido en sus conspiraciones cuando se está excediendo del límite. Tampoco es una serie estilo 24 en donde podrá haber mucha maldad y corrupción en el sistema, pero también hay hombres buenos y decentes como Jack Bauer o David Palmer que harán lo imposible para plantarle cara a los poderes en la sombra. Por el contrario, en House of Cards todo el mundo conspira, todo el mundo tiene su agenda, y las personas valen sólo en cuanto tengan capacidad para retorcer y manipular a otros. Los únicos personajes con un atisbo de decencia son justo aquellos que carecen de poder efectivo: la chica que llega a la ONG por idealismo, la novia de Peter Russo que intenta una y otra vez enrielarlo por el buen camino sin éxito, el agente de seguridad que termina en el hospital, o el dueño del local en donde Frank Underwood come sus deliciosas chuletas de puerco como no las hay otras en todo Washington. Por el contrario, todos los que tienen alguna cuota de poder, la tienen por su egoísmo, su falta de empatía, su capacidad para la mentira y la manipulación, su disposición a torcer las reglas y saltarse toda moral, y su clara conciencia de que así funciona el mundo de fieras en donde están metidos. House of Cards no es una serie optimista, sino una profundamente cínica, negra incluso, por lo que a veces verla se hace pesada, muy pesada, casi irrespirable.

Claire la esposa que no escatima sacrificios en pos de la cruzada personal del matrimonio.

No se crea que House of Cards se agota en la política. La serie se da maña para examinar con prolijidad y desapasionamiento cómo la política se infiltra y entrelaza con toda clase de intereses. A lo largo de la serie vemos las relaciones de la política con los medios de comunicación, tanto con los tradicionales como con la nueva cultura de los blogs, de la política con las ONGs, de la política con el mundo sindical, de la política con los empresarios, de la política con la esfera educacional, etcétera. A través de la serie entendemos cómo la política se transforma en el cuadrilátero en donde veremos el pugilato de numerosos intereses entrecruzados y a menudo contrapuestos, y cómo estos intereses pueden ser manejados por los políticos para aupar sus propias carreras. Nada queda a salvo aquí. Especialmente memorables resultan los episodios de la primera mitad del ciclo en donde vemos a Frank Underwood tratando de acrecentar su influencia a través de un proyecto de reforma de la educación, en donde vemos como una actividad que en principio debería ser idealista y noble, termina siendo manejada y desfigurada en los pasillos del poder político.

Uno de los valores de la serie es que no juzga ni condena a sus personajes; en vez de ello se limita a describirlos, y que cada uno saque las conclusiones. No hay discursos ni debates sobre moral, ni refriegan a ésta en la cara. No hay personajes que representen determinados arquetipos éticos o filosóficos. Ayuda a esto una estética fría, muy fría, fincheriana en última medida, con habitaciones y casonas muy pulcras, trajes muy medidos, iluminación muy cuidada. House of Cards tiene una cinematografía que no se distancia demasiado de lo que hubiera rodado un Stanley Kubrick, si hubiera estado vivo para interesarse por el proyecto. Un truco interesante de la serie es herencia de La red social de David Fincher, aquí evolucionando desde el hallazgo feliz hasta el tópico resultón: llevar a la pantalla los mensajes de texto para crear una experiencia más parecida a la vida 2.0 y prototranshumana en que se desenvuelve la política, así como la vida, por nuestros días.

Zoe la periodista para la que cualquier arma es buena con tal de conseguir una primicia.

Kevin Spacey interpreta a Frank Underwood, y lo convierte en un personaje memorable, incluso legendario. Su actuación permite comprender y empatizar con sus motivos, por más despreciables que sean las acciones que vemos. En el primer capítulo, en su primera escena, vemos su código moral: eutanasia a un perro moribundo porque el sufrimiento que no lleva a un aprendizaje de alguna clase es innecesario y debe ser evitado. La serie tiene la inteligencia de que Underwood con frecuencia rompe la llamada cuarta pared y se dirige directamente a la audiencia para explicarnos el por qué de lo que está haciendo, permitiéndonos ver su juego. A través de estos diálogos nos explica cómo piensa, cómo ve el mundo, qué resortes está tratando de pulsar, y nos da indicios acerca de cuál será la próxima jugada que planeará. Aunque cuando se está jugando una carta de verdadero suspenso, se limita a soltar un par de frases, y dejar que todo ruede hasta el resultado de sus acciones, que podrá ser el planificado o no, pero que siempre será fascinante de ver.

A su alrededor tenemos una nutrida cohorte de personajes. Robin Wright interpreta a Claire, la esposa con la que Frank Underwood forma equipo; se deja bien en claro que ambos son aves del mismo nido, comparten una pasión desmedida por el poder, y entienden que cualquier cosa es válida para alcanzarlo y acumularlo, incluso mantener un matrimonio abierto porque el sexo es, en el fondo, otra herramienta de poder y manipulación, y Frank Underwood debe estar disponible también en el terreno sexual para llevar adelante su juego. Resulta memorable que, cuando Frank Underwood comienza a acostarse con la periodista Zoe Barnes, Claire está enterada y lo aprueba porque dicho paso es necesario para mantener bajo control a la periodista que es útil para sus planes.

Peter Russo y su novia nunca pensaron que los agujeros de la política podían ser tan profundos y sucios.

Kate Mara, hermana mayor de la también ascendente actriz Rooney Mara, interpreta por su parte a la mencionada Zoe Barnes, una periodista ambiciosa que ve los caminos de ascenso cerrados porque siempre hay alguien más adelante en la fila. Su alianza con Frank Underwood le resulta así la llave maestra a través de la cual irá escalando posiciones, soltando como primicias aquellas noticias que le convienen a Frank que se ventilen y llevándose el crédito. Aunque dichas noticias muchas veces no tengan ninguna base, y sean más bien soplos pasados por comentarios de fuente reservada, cuando no declaraciones tendientes no a revelar una noticia, sino directamente a crearla. La serie deja entrever que, aunque otros periodistas la detestan por obtener golpes noticiosos de manera tan poco ética, en general varios otros colegas también tienen cadáveres en el armario, o mejor dicho, antiguos amantes bajo la cama, y que han hecho lo mismo a su vez para trepar.

Corey Stoll por su parte es Peter Russo, un político joven y carismático que no termina de entender del todo cómo funciona la política, y que siendo un adicto al alcohol, las drogas y las prostitutas, teniendo todo el dinero que le otorga su cargo público está simplemente fuera de control. Es esta circunstancia la que Frank Underwood aprovecha para chantajearlo y transformarlo en su peón, con una diabólica combinación de presión con discursos comprensivos que, sabemos, son falsos de falsedad absoluta.

¿Lealtad a algo en House of Cards? Debe ser un capítulo de relleno.

La serie tiene un ritmo irregular. Sus trece capítulos se hacen algo largos, en particular por lo depresivo del argumento. Combina capítulos trepidantes en donde estamos sentados al borde de la butaca debido a los inesperados manejos de Frank Underwood, con otros que parecieran estar puestos ahí más que nada para cumplir con la cuota de 13 episodios encargados. Incluso la historia parte con la vendetta personal de Frank Underwood contra quienes lo perjudicaron, pero esta trama a lo Conde de Montecristo queda un poco de lado cuando deja de ser personal, y la vida sigue como de costumbre y sin novedad; recién en los dos últimos episodios se acuerdan de que va siendo hora de darle un sentido de cierre a la temporada, y en una espectacular vuelta de tuerca final se revela el motivo verdadero por el que Frank Underwood fue apartado en el primer episodio de la promesa que se le había ofrecido. Es un interesante final, pero por desgracia quedan otras tramas abiertas: la investigación periodística queda en un punto más o menos indeciso, y una trama secundaria referida a la ONG queda también en un punto inconclusivo, que podría ser seguida o ignorada con igual facilidad, en una segunda temporada. De todas maneras, Netflix ha confirmado la misma, así es que veremos si dichas tramas sueltas encuentran alguna forma de concreción.

Es difícil ver House of Cards y después no volverse hacia los políticos de los propios países. En House of Cards tenemos a los demócratas y los republicanos, pero aquí en Chile tenemos a la Alianza y a la Concertación. En muchos países del mundo existe un régimen bipartidista o que se aproxima al bipartidismo, y por lo tanto existe la sensación de que no hay nadie más por quien votar. House of Cards eleva esa sensación a la enésima potencia. Verla es entender que el voto popular no vale nada, que los políticos no tienen ninguna agenda política que no sea adherirse a la causa o al lobby de turno para hacer aún más poder, y que en realidad lo que llamamos la democracia, si funciona, lo hace de milagro, o acaso porque todos los complots para hacerse con el control del sistema se contrapesan y anulan unos con otros, en un equilibrio inestable y precario, siempre a punto de romperse.


4 comentarios:

Series Anatomy dijo...

La verdad es que he visto los tres primeros episodios de esta segunda temporada y pinta muy, muy bien, incluso mejor que la primera :) Aquí os dejo mi valoración de la serie ;)

http://seriesanatomy.blogspot.com.es/2014/02/el-castillo-de-naipes.html

Saludos!

Guillermo Ríos dijo...

La primera temporada es siempre la de presentación, la de mostrar qué posibilidades ofrece una nueva serie, pero la segunda es la de la consolidación, la de ver si los creadores y productores de la serie son capaces de desarrollar el concepto de una manera tal que se sostenga en el tiempo. Dejaré sin leer por el minuto el artículo de la segunda temporada para no mandarme algún autospoiler, pero ya me están faltando ojos para sentarme a verla.

Saludos igualmente.

Oliverio Graelent dijo...

La serie inglesa es una gozada de ver. La mejor es la segunda temporada, pero se les pasa la mano; tratan de hacer crítica de la Inglaterra Tachteriana, pero comenten errores muy toscos para una serie tan bien cuidada, como que recién al salir de un pub de lujo unos atracadores desarrapados asalten a los personajes...sin que estos salgan nunca de la urbanización de lujo. Y exageran mucho las diferencias sociales entre protagonistas sólo para pintar un mundo de ricos muy ricos y pobres en la ruina como si la clase media en un país desarrollado simplemente no existiera en lo absoluto. Y allí meten la para hasta el tope. Aún así, en cuanto a intriga y suspenso es muy buena y el actor que hace de primer ministro esta mejor que Sheen en West Wing: gana por goleada.

Una lectura maliciosa (pero la ponen muy escondida) es que la chica negra que quiere ser amante del rey aunque se las da de defender minorías ("las encarno" tiene el descaro de decir) aunque se supone que es la buena...en realidad puede ser tan trepa como la amante del premier. Pero para no "pillarse los dedos" no lo dicen...

Para mí la mejo escena es cuando los socialistas brindan con champaña mientras el rey sólo quiere comer sopa porque ver gente pobre en la calle le quitó el apetito y luego afimran "Quién dice que el socialismo no es compatible con las cosas buenas de la vida" para luego esconderse bajo la mesa cuando el IRA les pone una bomba...y luego critican al premier por cargarse a los terroristas.

Guillermo Ríos dijo...

La serie inglesa original, no he podido verla, aunque seguro que es mejor en un punto: los ingleses ruedan menos capítulos por temporada, y por lo tanto, sus series suelen tener menos relleno. Además, ya está terminada, hasta donde yo sé, mientras que House of Cards, da la idea de que la van a explotar hasta que reviente.

Y hablando de reventar. Yo no he visto capítulos después de la segunda temporada, así es que si alguien me revienta un spoiler, yo lo reviento a él.

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