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domingo, 14 de abril de 2013

¿Matará el e-book al libro?


Todas las décadas son valoradas en retrospectiva por una u otra razón, y la de 2.010 será recordada entre otras cosas como aquella en la que se expandió el e-book. En realidad, la idea de un libro transmitido por medios electrónicos es bastante vieja. Un remotísimo antecedente de esto son las estampas futuristas de Jean-Marc Côté publicadas en 1.899, y que intentaban predecir con mayor o menor acierto lo que iba a ser el año 2.000; las estampas en sí no pronosticaban el libro electrónico de manera exacta, pero sí la idea de que la información podía ser convertida en electricidad y... el resto es historia. A mediados del siglo XX comenzaron los primeros ensayos serios por construir máquinas capaces de albergar libros en formato electrónico. Pero es recién en la década de 2.010, que los lectores portátiles se han hecho verdaderamente comerciales, si bien en un principio a las minorías enfocadas a los cacharros electrónicos. Y por lo tanto, nuevamente se han planteado las incógnitas acerca de qué ocurrirá con el libro impreso.

En realidad, el libro impreso ha demostrado ser un sobreviviente nato. Luego de la invención de la escritura, los antiguos almacenaban su información en largos rollos con dos puntas enrolladas; al desenrollar cada una más o menos, podía estarse más cerca del inicio o el final del rollo, y por lo tanto leer el contenido de dicha sección. Leer un libro significaba tomar el rollo, desenrollarlo un poco, leer, desenrollarlo otro poco a la vez que enrollarlo por la otra punta, seguir leyendo, etcétera. A comienzos de la Edad Media, los monjes irlandeses difundieron una nueva manera de almacenar la información, cortando dichos rollos en trozos pequeños y cosiéndolos por un costado: estos llamados códices son el antecedente del moderno libro en Occidente. Con todo, el verdadero boom del libro comenzó sólo con la imprenta de tipos móviles desarrollada en el siglo XV.

En el siglo XIX comenzó una nueva e interesante tendencia. Algunos empresarios teatrales avispados descubrieron que buena parte del público prefería enterarse de una novela no invirtiendo tardes enteras en leerlas, sino acudiendo a una representación teatral que las adaptara y comprimiera su argumento en dos horas de duración. A renglón seguido llegó el cine, y este género de teatro se extinguió. Luego vino la televisión, que arrinconó aún más la lectura. Y luego Internet, de la que se predicó a su vez que iba a terminar con la literatura de una vez por todas. El auge de los blogs en la primera década del siglo XXI lo desmintió, por algunos años a lo menos.

La verdad es que las nuevas tecnologías no han conseguido exterminar al libro impreso, por la sencilla razón de que éste todavía tiene ventajas positivas. La más obvia es su maniobrabilidad. Un lector electrónico puede albergar una enorme cantidad de libros, pero buscar la información requerida puede ser algo farragoso: se debe primero abrir el archivo, luego buscar la página, armarse de paciencia si no se recuerda el capítulo o el párrafo... Todas estas operaciones siguen siendo más sencillas con el libro impreso, supuesto de que se mantenga bien ordenada la biblioteca.

Además, el libro impreso no depende de baterías. Es posible que en treinta años nos estemos partiendo de la risa al acordarnos de esas baterías del 2.013 que se agotaban en cuestión de horas en vez de días o siglos completos, de la misma manera que los juegos de hoy en día dejan en vergüenza a las antiguas consolas de 8 bits, pero hoy por hoy la tecnología para fabricar baterías duraderas todavía está en pañales. Un libro impreso no necesita baterías, sólo la luz suficiente para poder ser leído, sea natural del Sol o sea de una ampolleta eléctrica.

Y no debemos olvidar el factor económico relativo a las pérdidas y robos. Un lector electrónico sigue siendo algo demasiado valioso como para dejarlo tirado por ahí, en particular si es un último modelo. Un libro impreso, por más caro que resulte, no es un objetivo tan apreciable para los rateros. Para los rateros que no es su bibliófilo más cercano, por supuesto.

Es posible que la llegada de nuevos y más modernos lectores electrónicos termine por anular estas ventajas, y por lo tanto el e-book termine ganando la partida. Y sin embargo, hay cosas que un e-book jamás será capaz de replicar. Me refiero al valor sensorial del libro. Hay gente que ama el libro impreso no sólo por el contenido, sino también por cosas como la textura de una página o el olor de la tinta impresa. Un e-book no es capaz de replicar estas cosas. La única manera en que podría lograrse, es creando un sistema de realidad virtual tan convincente que nos sumerja en él, y que por supuesto esté lleno de libros impresos virtuales. Una tecnología de realidad virtual así todavía no está disponible, y no lo estará hasta dentro de un puñado de décadas más, siendo medianamente optimistas. Quien ame los libros por estas características sensoriales, no le queda más remedio que hacerse con una copia física del mismo.

De esta manera, es de prever que con la expansión del libro electrónico, el libro impreso adquiera un nuevo estatus ya no como medio principal de propagación de la letra impresa, sino como un objeto vintage. Es un estatus similar al que tiene el disco de vinilo en la actualidad, que aunque obsoleto, sigue fabricándose para los nostálgicos de las eras pasadas. Con la ventaja de que el disco de vinilo exige un tocadiscos de 33 o 78 rpm, mientras que el libro no requiere más que manos y una buena vista para ser utilizado. El mercado del libro impreso experimentará una contracción drástica, como de hecho ya lo está haciendo por una serie de razones, no todas ellas asociadas con el libro electrónico mismo; pero no desaparecerá por completo. Incluso puede llegar a transformarse en símbolo de estatus y distinción, de la misma manera que los incunables medievales adquirieron dicha condición después de la expansión del libro impreso a partir del siglo XV. De manera que, aunque seriamente amenazado, es muy poco probable que el libro impreso llegue a extinguirse por completo, a lo menos en lo que al futuro más o menos inmediato se refiere.

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