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domingo, 17 de marzo de 2013

Los casi ocho años de Benedicto XVI: El Papa "casi".


El pasado Jueves 28 de Febrero de 2.010 terminó el pontificado del Papa Benedicto XVI, quien ha pasado a la condición de Papa emeritus. La renuncia de Benedicto XVI lo convierte en el primer pontífice que deja de ser Papa por una causa diferente al fallecimiento del titular, desde la renuncia de Gregorio XII en 1.415, 598 años antes. Terminaron también casi ocho años controversiales a cargo de la Iglesia Católica, la cual ha estado envuelto en una espiral creciente de escándalos que la han desprestigiado hasta un punto tan bajo que no parecía alcanzarlo sino desde los tiempos del Renacimiento, época en donde la Iglesia Católica era muy poderosa en política y riqueza, pero en la cual el descontento con la molicie, el lujo y las prácticas sexuales del clero alcanzaron un punto tan álgido, que media Europa se secesionó en la Reforma Protestante.

Para entender un poco el pontificado de Benedicto XVI, es importante ver el contexto de choque entre tradición y modernidad que ha invadido a la Iglesia Católica con fuerza creciente a lo largo del siglo XX, y se ha agravado a inicios del XXI. A mediados del siglo XIX, el Papa Pío IX intentó tibiamente adaptar la Iglesia Católica a las ideas más liberales de su tiempo, pero luego de la Revolución de 1848 que sacudió a toda Europa, y que de manera incidental casi lo derrocó, abrazó con entusiasmo el conservadurismo; salvo excepciones como por ejemplo León XIII el iniciador de la Doctrina Social de la Iglesia, esta tendencia se agudizó con sus sucesores. Los Pontífices se embarcaron en la tarea de resistir contra viento y marea a la Modernidad, enclaustrándose en un conservadurismo obtuso que fue alienando a la Iglesia Católica cada vez más del Zeitgeist del siglo XX.

Las cosas parecieron dar un vuelco radical bajo el pontificado de Juan XXIII (1958-1963). El llamado Papa Bueno inauguró en 1.962 el Concilio Vaticano II, con la intención de que la Iglesia Católica pasara por un aggiornamiento, una adaptación del mensaje católico a las necesidades y códigos de comunicación propios del siglo XX. El Concilio Vaticano II tomó medidas tan simples y a la vez tan emblemáticas como modernizar la misa, haciendo que ésta se dictara en lenguas seculares en vez de un latín cada vez más incomprensible para los fieles.

Es probable que los pasos dados por el Concilio Vaticano II fueran necesarios para evitar que la Iglesia Católica perdiera tanto poder, influencia y fieles que terminara transformada en un fósil histórico, pero a la vez desató en su interior la violenta tensión entre dos bandos claramente diferenciados, que podríamos llamar los conservadores y los reformistas. Los conservadores preferían una Iglesia Católica intocada, aunque eso significara perder a casi todos los fieles, en pos de mantener formas tradicionales que, según ellos, son las únicas que expresan una supuesta pureza del mensaje evangélico. Los reformistas por su parte buscaban ahondar todavía más las reformas, en la idea de que las formas tradicionales no expresaban de manera adecuada el mensaje evangélico para las necesidades espirituales del siglo XX. Al Papado de Juan XXIII siguió el de Pablo VI, que fue menos revolucionario y más bien tibio; este Papa clausuró el Concilio Vaticano II sin grandes fanfarrias. Y luego el de Juan Pablo II, un sacerdote de procedencia polaca de tendencias claramente conservadoras bajo cuyo pontificado la mayor parte de los impulsos reformistas fueron acallados o eliminados. Teólogos disidentes como Hans Küng o movimientos revolucionarios como la Teoría de la Liberación fueron reducidos al silencio, y si bien la Iglesia Católica no volvió a los tiempos preconciliares, si hay acuerdo de que el reformismo fue detenido e incluso involucionó en algunos respectos. Con todo, Juan Pablo II fue un Papa exitoso en promover la Iglesia Católica, adoptando otros signos de modernidad: los viajes papales alrededor del mundo, el acercamiento mediático, la promoción del Papa como un superstar moderno en vez de un venerable recluido en su Vaticano.


Es imposible entender a Benedicto XVI sin tener en cuenta estos antecedentes. Nacido como Joseph Ratzinger en Alemania en 1927, durante su infancia y juventud vivió el Tercer Reich. Se le ha acusado repetidas veces de ser un nazi, pero las vinculaciones de Benedicto XVI con el nazismo son tenues en el mejor de los casos, más allá de una breve militancia en las Juventudes Hitlerianas que, de todas maneras, no fue voluntaria sino por el cumplimiento de una exigencia legal. En su juventud fue un teólogo liberal, y se alineó con los reformistas en los tiempos del Concilio Vaticano II, curiosamente enfrentado al conservador Karol Wojtila, el futuro Juan Pablo II. Debe recordarse que Juan Pablo II venía de la Polonia comunista en donde la Iglesia Católica era perseguida, y por ende, un hombre de iglesia polaco no podía simpatizar con la izquierda representada por dichos comunistas. Pero volviendo a Benedicto XVI, el estallido estudiantil y popular de Mayo de 1968 le asustó. Al igual que 120 años antes el Papa Pío IX, Benedicto XVI tuvo miedo de que el camino de las reformas llevara a la destrucción del aparataje establecido, el caos y la anarquía. En respuesta, Benedicto XVI se hizo un conservador.

Como conservador y además como teólogo brillante, Joseph Ratzinger fue nombrado por Juan Pablo II como Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, organismo que es el sucesor de la Santa Inquisición. Ratzinger fue apodado el Rottweiler de Dios por su interminable campaña en contra de la Teología de la Liberación y otros disidentes de la doctrina oficial dentro de la Iglesia Católica; es este cargo el que lo hizo conocido en la escena más allá de la misma.

En el año 2005, Ratzinger fue elegido como Papa. La elección de su nombre da pistas sobre su ideario, y sobre cómo Ratzinger se veía a sí mismo y a su ministerio apostólico. Benedicto XVI, al elegir ser el nuevo Benedicto después de Benedicto XV, honraba al Papa que hizo denodados esfuerzos por pacificar a Europa durante la Primera Guerra Mundial, y también a Benito de Nursia, el monje fundador de los benedictinos que en el siglo V d.C. escribió la Regla, la más influyente ordenación para la vida monástica de todas. Esto puede ser considerado como una señal: Benedicto XVI estaba dispuesto a hacerse cargo tanto de reordenar en parte la Iglesia Católica, como de proyectarla nuevamente en el mundo, tarea esta última en la que había retrocedido en los últimos años de Juan Pablo II, debido a la vejez y enfermedad de dicho Pontífice.

Quizás la desgracia personal de Benedicto XVI haya sido su incapacidad para transmutar la intensidad de su visión teológica en el claustro académico, en la energía necesaria para moverse en el mundo exterior. El medio ambiente natural de Benedicto XVI era la disputa doctrinal, en donde sus más importantes armas son su portentosa erudición y nivel cultural. Este es un buen arsenal para la especulación académica, pero no para proyectar un mensaje en el mundo real. El siglo XXI es la época de los 140 caracteres de Twitter y de la frase supuestamente ingeniosa repetida como meme de Internet, no el de la disquisición profunda, razonada y espiritual. Benedicto XVI nunca pudo o supo entender esto, y por lo tanto nunca fue capaz de romper una imagen de lejanía entre él mismo y su aura un tanto pedante de superioridad moral e intelectual por un lado, y las necesidades de los católicos fieles o potenciales de acogerse a una entidad que sirva como salvaguarda espiritual frente a los caóticos tiempos de Internet. Su antecesor Juan Pablo II, criado como obrero y actor de teatro en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, había desarrollado y manifestado un muy útil y valioso don de gentes, que si Benedicto XVI como Papa acaso intentó emular, nunca consiguió manejar.


Esto se hace evidente leyendo el material doctrina de Benedicto XVI. Sus encíclicas papales, supuestamente destinadas a todo público, son densos tratados doctrinales en donde hace una serie de disquisiciones muy eruditas sobre el dogma católico. Con independencia de si usted está a favor o en contra del Catolicismo, es poco imaginable que un mensaje tan sofisticado pueda alcanzar a gentes con un refinamiento mínimo, y menos aún a las almas más sencillas; después de todo, éstos son los tiempos de la consigna, de la propaganda goebbelsiana, de la frase hecha repetida en un spot publicitario de manera machacona hasta la saciedad. Su primera Encíclica, Deus caritas est, dedica toda su primera parte a hacer espesas elucubraciones doctrinales sobre el sentido del amor, y luego en su segunda parte salta a las aplicaciones prácticas, siempre con una enorme carga dogmática. Esto es un mundo de diferencia por ejemplo con las encíclicas de Juan XXIII o Pablo VI, mucho más sencillas y directas, y escritas también con un lenguaje más fresco y simple, y con razonamientos más fáciles de seguir.

Esta desgraciada circunstancia encontró su culminación en el célebre malentendido producido con el discurso que pronunció ante la Universidad de Ratisbona el año 2006. Dicho discurso se refiere a los conflictos entre la razón y la fe, y la manera de armonizarlos. Sin embargo, eligió abrirlo con la cita y detalle de un debate doctrinal entre un monarca bizantino y un teólogo musulmán del siglo XIV. Es cierto que estaba en un ambiente académico, y es cierto que Benedicto XVI utilizó dicha referencia como una manera de pavimentar el camino a explicar ideas posteriores. Pero el grueso de las personas se quedó con lo más superficial: con la idea de que Benedicto XVI estaba insultando al Islam. En realidad, cualquiera que lea el discurso sin apasionamientos se da cuenta de que dicho debate del siglo XIV no es el centro del discurso sino apenas su introducción, es mencionado dentro de su contexto histórico, y además el Islam no es un tema verdaderamente central del discurso. Pero como la gente no lee el texto original a pesar de estar disponible en la página web del Vaticano, sino que se entera por el noticiario central, quedó la imagen general de que Benedicto XVI estaba atacando al Islam. Meses después tuvo que desagraviarlos.

Dicho discurso es también muy iluminador respecto de las visiones que mostró Benedicto XVI frente a la llamada modernidad. La bestia negra a la que ataca es lo que él llama la dictadura del relativismo. Dicho concepto es más inteligente de lo que parece: la ideología de una dictadura, cualquier dictadura, no puede ser el relativismo, que implica el respeto y la aceptación por ideas ajenas. Las dictaduras buscan y son dictaduras en primer lugar por lo que la palabra dice: la gente debe seguir un dictado, lo que se dicta, no pensar por sí mismos. Y no deja de ser cierto que muchos utilizan el relativismo a ultranza para defender cualquier mamarracho como algo aceptable; muchos confunden relativismo con permisivismo y con lisa y llana desvergüenza. Dicha manera de entender el relativismo es, en efecto, otra forma de absolutismo, una que se reviste de manera hipócrita de respeto por la libertad de las personas para imponerles ciertos dogmas de manera autoritaria, en particular el dogma de que ser liberal, humanista o secular, es pensar igual que yo que soy liberal, humanista y secular, y respetar las mismas cosas que yo encuentro respetables: ahí nace la intolerancia del defensor de los derechos de las minorías, la del artista conceptual, la de la feminazi. El concepto de dictadura del relativismo es una inteligente manera de poner en evidencia el uso abusivo que algunos hacen del relativismo para crear un imperio del todo vale, y quedar como santos humanistas seculares en el camino.

Pero luego, Benedicto XVI lleva aguas para su propio molino, al proponer que la Iglesia Católica y la revelación también católica son la única defensa contra la dictadura del relativismo. ¿Por qué? Porque, tal y como lo explica en el discurso mencionado, el universo debe ser concebido como una obra de Dios, y Dios al crear el universo lo hace de manera racional porque la mente misma de Dios es racional. Y como según los católicos Dios envió a Jesucristo como su mensajero, entonces lo racional es tener fe. De esta manera, dicho discurso llega a la increíble conclusión de que lo racional es tener fe. Es, en efecto, otra manera elegante de presentar el argumento ontológico de que Dios existe porque dentro de la definición de Dios entra el existir; este argumento es circular porque prueba la conclusión por la premisa y la premisa por la conclusión, pero además es falaz porque si definimos a Dios de otra manera, la prueba se desvanece. Lo mismo ocurre con el argumento benedictino, ya que define a Dios como racional para probar que lo racional es tener fe en el Dios racional: es igual de circular.


En el fondo, el problema de la doctrina de Benedicto XVI es el mismo que entrampa a la Iglesia Católica, y a las religiones en general: la eterna renuencia de los hechos a adaptarse al dogma religioso. En el mundo real, las pruebas de que exista lo dicho por las revelaciones, o de que exista una moral o ley natural que sean objetivas para todos, son inconclusivas en el mejor de los casos. De ahí que la racionalidad sea esa eterna rebelde incapaz de entrar en el redil del dogma religioso, cualquiera sea la religión. Hubo una época en la cual ponerse bajo el imperio de los dioses era necesario porque no habían otras alternativas de conocimiento, pero hoy en día entendemos el universo y nos manejamos en él de maneras muy diversas a las que predica el dogma. Hoy en día, la insistencia cansina de la Iglesia Católica y de las religiones en general por tener las respuestas para todo lo que existe bajo el sol, suena a muchos como superstición en una era de conocimiento científico; las religiones organizadas no han sido capaces de reorganizarse y de abdicar de algunos esquemas mentales a cambio de reforzar otros un poco más humildes, menos triunfalistas, con las cuales construir plataformas morales más modestas quizás, pero también más constructivas.


Y de ahí también que suenen un poco a extraños sus esfuerzos por apoderarse de banderas de lucha que nunca han sido católicas. La doctrina de los derechos humanos, por ejemplo. La misma fue desarrollada en el siglo XVIII precisamente para luchar contra los privilegiados de 1789, entre quienes se encontraba el clero, y perfeccionada en los siglos XIX y XX como baluarte del progresismo social. En la actualidad, Benedicto XVI pretende que los derechos humanos no cubren los derechos de los homosexuales, que no cubren el derecho a disenso respecto de lo que él llama las raíces cristianas de Europa, e ignora a las víctimas a nivel planetario de la pederastia de buena parte del clero, lo que contradice el principio básico de igualdad de derechos que son la base de los derechos humanos en sí. Es cierto que Benedicto XVI ha dado pasos tales como pedir disculpas por los crímenes de los sacerdotes católicos en Irlanda, pero hacerlo era casi de recibo considerando que dicho país es el gran bastión católico europeo más allá de los países latinos, bastión amenazado con las constantes revelaciones sobre los abusos que la Iglesia Católica cometió en Irlanda.

Luego están los sucesivos escándalos que han sacudido a la Iglesia Católica, y muy en particular los relativos a la pedofilia de los sacerdotes, podredumbre ésta que nadie está en condiciones reales de cuantificar su extensión y profundidad. Esto ha llevado en última instancia a acusar a la Iglesia Católica de ser una asociación ilícita, una red empeñada en proteger con secretismo a criminales que desarrollan sus fechorías con impunidad; incluso se ha instado para acusar a Benedicto XVI por crímenes contra la humanidad.

Por otra parte, no puede desmentirse que Benedicto XVI ha dado pasos positivos para combatir este flagelo. El más destacado probablemente sea el desmantelamiento de la red en torno a Marcial Maciel y los Legionarios de Cristo. Aquí es donde la polémica se enciende. Los partidarios de Benedicto XVI recalcan lo heroico de haber dado pasos que ningún Pontífice antes siquiera intentó. Los detractores argumentan que no ha hecho lo suficiente, y que lo poco que hizo, lo hizo apremiado por las circunstancias. Y ambos tienen su cuota de razón.


En realidad, el problema siempre ha estado allí desde épocas incluso anteriores al diálogo del siglo XIV citado en el discurso de Ratisbona. La denuncia de las tropelías sexuales del clero es tan antigua a lo menos como el Decamerón de Boccaccio, escrito en dicha centuria, libro condenado por sucesivas generaciones de eclesiásticos entre otras cosas por la mofa descarada que hace de la sexualidad del clero. Es sabido que una práctica continua, sea moral o inmoral, genera en el practicante una sensación de normalidad, de no estar haciendo nada contra las reglas, en particular si por una razón u otra, sea secretismo, sea acallar a la disidencia, no hay nadie allí para censurar dicha práctica. Estos casos de sexualidad inmoral parecieran responder a la idea de que no hay nada de malo en ello porque siempre se ha hecho así; de ahí el desconcierto probablemente sincero, pero no por ello menos erróneo, de buena parte del clero al verse descubiertos, denunciados, y socialmente condenados. Pero con el siglo XXI, Internet y las redes sociales, el problema ha alcanzado una visibilidad extrema, a niveles de escándalo. Frente a ello era imposible no reaccionar. La misma Iglesia Católica que con Juan Pablo II comenzó a hacer explotación masiva de las nuevas formas de comunicación, y que con Benedicto XVI abrió una cuenta de Twitter, empezó a naufragar bajo el embiste de las mismas.

Todos estos desafíos obligan a que la Iglesia Católica esté manejada por un hombre que por un lado sea carismático para salvar la cara de la institución, y por la otra que esté decidido para llegar hasta donde fuera necesario con tal de corregir todo lo que esté mal en su interior. Por desgracia, Benedicto XVI no es ninguna de las dos cosas. Pese a sus discursos sobre los derechos humanos, Benedicto XVI no fue un demócrata partidario de la tolerancia sino un déspota ilustrado que intenta mantener con desesperación cada bastión de la Iglesia ante una artillería enemiga abrumadoramente superior. Benedicto XVI no pareció darse cuenta de lo irritante que resultaba para los demás tener estos problemas internos y al mismo tiempo dar muestras de arrogancia moral al decir que los protestantes no son una iglesia en el sentido estricto, deslizar que la religión musulmana no es racional, o reinsertar en ciertas plegarias la petición a Dios de que los judíos se conviertan al Cristianismo; esto es equivalente a predicar las bondades de una casa bien alhajada cuando todo el mundo ve lo indisciplinada y casquivana que es la servidumbre en su interior. Pero no podía hacerlo de otra manera: su temor a un nuevo 1968, a que ir un paso de más podría llevar a que se derrumbara el castillo de naipes, parece haberlo paralizado.

Algunas desafortunadas circunstancias tampoco ayudaron, como por ejemplo que su apellido le diera el apodo burlesco de Ratzinger Z, su trasfondo teutónico alemán, o su innegable parecido físico con el malvado Emperador Palpatine de Star Wars, todos elementos que han generado incontables memes de Internet, y que terminaron por devorar la imagen pública de Benedicto XVI a nivel de suelo, de calle, por mucho que el departamento de relaciones públicas del Vaticano se esforzara en lo contrario.

La tragedia de Benedicto XVI es por tanto haber sido el Papa casi. Casi fue carismático como para ser un superstar al estilo de Juan Pablo II, casi era capaz de hacer entender de manera simple sus conceptos teológicos, casi fue capaz de limpiar la Iglesia Católica de los malos elementos o al menos iniciar en condiciones una purga a gran escala, casi pudo hacerse escuchar... Benedicto XVI no fue tan humano como Juan XXIII, tan práctico como Pablo VI, o tan mediático como Juan Pablo II, y eso le pasó la cuenta. El problema de Benedicto XVI es el mismo de los déspotas ilustrados del siglo XVIII, que veían e incluso se condolían de los males sociales presentes en su tiempo y estaban dispuestos a escuchar los vientos de cambio, pero que pensaban a veces con completa sinceridad que introduciendo maquillajes cosméticos sin reformar el sistema de raíz ayudaría a tener gentes agradecidas que se quedarían contentas con las dádivas llegadas desde arriba. Pero llegó 1789, y de manera brutal el despotismo ilustrado dejó de ser una alternativa, por ser demasiado poco, por no satisfacer a la gente, por no hacer sino el mínimo indispensable, por haber querido la cuadratura del círculo de solucionar los problemas profundamente enraizados en la naturaleza misma de una institución por un lado y tratar de mantener dicha institución lo más intocada posible. Cuando dichos problemas alcanzan casi a la raíz de esa institución, hay que elegir una cosa o la otra, pero no se pueden ambas porque se transforman en antagónicas.

Lo que nos lleva a su renuncia. Los verdaderos motivos que haya tenido Benedicto XVI para dar semejante paso, es algo entre él y su conciencia, un secreto que se llevará a la tumba y sobre el cual sólo podemos especular. En lo personal, no creo que haya sido una escapada cobarde, ya que Benedicto XVI es demasiado disciplinado, demasiado alemán como para ello. Creo que fue un acto valiente, y quizás también un reconocimiento humilde de su incapacidad para manejar las cosas. Si hubo motivos de salud, fue más prudente y manso que Juan Pablo II, que llegó hasta el final, pero en condiciones terribles que hicieron a la Iglesia casi ingobernable en sus últimos años. Juan Pablo II entendió que el mensaje cristiano implica llevar la cruz del martirio hasta el final y dar testimonio de fe hasta las últimas y amargas consecuencias; Benedicto XVI, que el mensaje cristiano implica enarbolar la bandera de la humildad y aceptar que a veces hacerse a un lado con humildad puede ser más valioso que porfiar en una posición indefendible. Su renuncia es el gesto más inesperado que podía ofrecer, el reconocimiento de que muchas cosas deben cambiar al interior de la Iglesia Católica. El puso en el candelero una muy importante: la idea de que el papa es absoluto hasta que se muera. Porque en los tiempos modernos un monarca absoluto no lo puede todo, y no debemos olvidar que el Vaticano es una monarquía absoluta de derecho divino. Habrá que ver cómo sus sucesores rescatan su legado, adoptando lo bueno en cuanto bueno y rechazando lo malo en cuanto malo.


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