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domingo, 3 de febrero de 2013

Segunda temporada de "Homeland": Adquiriendo personalidad.


Acaba de terminar por el cable hace algún tiempo en Latinoamérica la exhibición de la segunda temporada de Homeland. Comentábamos a propósito de la primera temporada que la serie tenía una premisa interesante y algunos puntos bastante sólidos, pero que aún le faltaba definir su propio tono. Se notaba que era una especie de 24 con menos revoluciones, y todavía luchaba por tener una personalidad propia como serie televisiva. Además, después del final de la primera temporada, en que parte importante de la premisa parecía haberse resuelto, un mal equipo de guionistas estaba en perfecta posición para descarrilar la serie, como pasó hace no mucho tiempo con V, por ejemplo.

Por suerte ocurrió todo lo contrario. La segunda temporada de Homeland supera de largo a la primera, y por fin la serie se alza como una propuesta de verdad única y original. Se le ha criticado a la trama que se haya acelerado y se haya entregado al reclamo de los giros de tuerca al estilo de 24, pero este recurso ha sido puesto en escena lo justito para mantener las cosas interesantes.

He tratado de escribir este comentario lanzando la menor cantidad de spoilers sobre la segunda temporada, pero me es inevitable referirme al final de la primera temporada, de manera que quien nunca haya visto nada de Homeland, haría bien en no seguir leyendo a partir de aquí.



Bien. Ahora que estamos los que debemos estar, seguimos.

Al final de la primera temporada, habíamos dejado a los personajes en un pie bastante complejo. Se había revelado que en definitiva Brody trabajaba para un alto dirigente de Al Qaeda, y además había quedado en ruta a una carrera senatorial que podría proporcionarle a Al Qaeda un infiltrado nada menos que en la alta política de seguridad exterior de Estados Unidos. Suena casi de teleserie, pero no es tan fuera de tiesto como podría parecer; debemos recordar que en Alemania el Canciller Willy Brandt debió renunciar en 1974 luego de que se descubrió que uno de sus principales asesores espiaba para el Bloque Oriental, o que en Inglaterra el Secretario de Guerra John Profumo debió renunciar luego de que se supiera que se acostaba con una mujer que a su vez era pareja de un supuesto espía oriental. De manera que el escenario de un alto político espiando para Al Qaeda no suena tan descabellado. Carrie, mientras tanto, a pesar de haber conseguido evitar un sangriento atentado terrorista, ha quedado por completo desacreditada, tachada de loca, y expulsada de la CIA por supuesto.

Pero hay inestabilidad en el Medio Oriente. Israel ha tomado acciones unilaterales contra Irán, bombardeando instalaciones nucleares en una acción reminiscente del incidente de Ossirak en 1981; Al Qaeda se prepara para dar un contragolpe de represalia, y por supuesto alguien pasa el dato a la CIA. Carrie es enviada para una misión en Beirut para extraer la información, lo que lleva a un enorme descubrimiento, ya que llega hasta sus manos una copia del video que Brody ha grabado para justificarse como terrorista en el atentado anterior que no llegó a ocurrir. Ahora la CIA tiene acorralado a Brody, pero todavía lo necesitan, ya que es el único nexo conocido con los autores del atentado terrorista que podría venir sobre Estados Unidos. Y esto, sólo en los dos o tres primeros capítulos.

Liberados de la necesidad de introducir personajes y situaciones, lo que contribuyó a darle un ritmo quizás demasiado pausado a la primera temporada, los guionistas ahora tienen las manos libres para desatar todo el potencial de la premisa. Y lo hacen con habilidad suprema. Los primeros tres o cuatro capítulos son muy remolones, pareciera que la serie no va a despegar nunca, y que los guionistas se hubieran quedado atrapados con el final redondo de la primera temporada. Pero luego las situaciones empiezan a sucederse unas detrás de otras, y el espectador una vez más se queda al borde de la butaca, preguntándose qué está ocurriendo y si de verdad las cosas van en la dirección que parecen.

Un mérito enorme de esta segunda temporada, es haber conseguido reflotar con éxito el problema de las lealtades de Brody. Parecía que el tema había quedado resuelto y zanjado con el final de la primera temporada, y que en adelante el suspenso iba a ir más por los cauces de Columbo, o sea, no tanto por la identidad del villano sino por la manera en que el detective lo va a pillar. No es así. Porque realmente no sabemos en qué pie calza Brody. ¿Es realmente un ex soldado buscando redimirse y salvar a su familia en el proceso? ¿O por el contrario, sigue siendo un terrorista convencido que prosigue engañando a la CIA? Al igual que en la primera temporada, estas son cuestiones cuya respuesta ignoramos, y esa ambigüedad sigue siendo el principal motor de la trama, para bien.


La serie no evita cometer algunos errores, empero. El más sangrante de todos es que Al Qaeda decide de una manera muy tonta que es buena idea utilizar a Brody en los primeros capítulos para varios trabajitos menores que arriesgan a exponerlo, en vez de mantenerlo a salvo como un agente durmiente en la alta posición a la que ha llegado; la única explicación que se me ocurre, es la necesidad de los guionistas de mantener las cosas andando mientras terminan de poner a todas las piezas en posición para que el drama empiece de verdad. Otro elemento que tampoco funciona bien es el reasumido romance entre Carrie y Brody, que está un poco ahí porque venía de la primera temporada y había que justificar la relación casi obsesiva entre ambos personajes; sin embargo, todo esto se ve triste y forzado, considerando que con este romance Carrie está implícitamente perdonando a Brody por haber provocado eventos que la enviaron a una institución mental y la sometieron a terapia de electrochoque, por no hablar de que el propio Brody es, como la propia Carrie lo dice, una vergüenza para el uniforme y una desgracia para la nación. Uno de los momentos cumbres de la segunda temporada se produce casi al final de la misma, cuando uno de los villanos se ríe en la cara de Carrie precisamente por esto mismo, por lo que todos los espectadores más sensatos nos estamos preguntando.

Con todo, la serie consigue inyectar con sus sucesivas vueltas de trama el suspenso suficiente para mantener el interés. El que los tres o cuatro primeros episodios fueran demasiado lentos, queda de sobra compensado con los tres o cuatro episodios finales en que el espectador se queda con el alma en un puño. Y en el último capítulo, cuando todo parece ir en vías de normalización, una última y espectacular vuelta de tuerca final deja la serie en inmejorable pie para una tercera temporada que, podemos anticiparlo, va a transcurrir en un escenario bastante diferente a las dos primeras. Los premios que se llevó Homeland en los Globos de Oro no son injustificados: la serie es televisión de la buena, de la que hace adicto al espectador, con buenos personajes y situaciones. No se puede pedir más.

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