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domingo, 24 de febrero de 2013

Renuncia de Benedicto XVI: El primer gran terremoto vaticano del siglo XXI.


El pasado 11 de Febrero de 2013, el Papa Benedicto XVI hizo presente su intención de renunciar al Papado a partir del próximo 28 de Febrero. La noticia dio la vuelta al mundo, debido a que la renuncia de un Papa es un evento que no se ha visto en siglos; incluso más desusado que un Papa no italiano, el último de los cuales antes de Juan Pablo II había fallecido en 1522. Si Benedicto XVI hubiera vivido dos años más y hubiera renunciado entonces, se habrían enterado 600 años cabales desde la última renuncia papal, que ocurrió en 1415. Aunque dicha renuncia, la de Gregorio XII, es de dudosa voluntariedad, dadas las circunstancias. La última renuncia ciento por ciento voluntaria fue la de Celestino V, quién renunció en 1294.

Históricamente, el estatus legal del Papa es algo que se fue construyendo a lo largo de los siglos. La Iglesia Católica alega que su fuente de legitimidad legal es el mandato del señor supremo del mundo, Dios encarnado en Jesucristo, le había entregado a Pedro para administrar las llaves del Cielo, lo que lo constituiría de hecho en el primer Papa. Pero saltándose esta referencia evangélica de historicidad a lo menos dudosa, en realidad, las primeras referencias concretas a una organización eclesiástica más o menos jerárquica y autocrática, tal y como la conocemos hoy en día, datan de los tiempos de Constantino, a inicios del siglo IV. El Emperador romano Constantino ascendió al trono después de una cruenta guerra civil. A diferencia de Emperadores anteriores, que o bien ignoraron a la Iglesia Católica o bien la persiguieron, Constantino comprendió que ésta se había hecho muy fuerte, y decidió cooptarla para ayudarse con ella en su gobierno. Para tales efectos convocó al Concilio de Nicea, en el año 325, el primero de los Concilios Ecuménicos de la Historia, el último de los cuales hasta la fecha es el Concilio Vaticano II abierto en 1962.

En dichos tiempos la autoridad del Papa era grande y se basaba ante todo en la supremacía de Roma como ciudad imperial. Pero frente al poder del Papa estaban los Patriarcados de Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén, que eran fuertes por su connotación religiosa, por el rol político y económico de sus respectivas ciudades, o por las masas de cristianos que allí vivían. La conquista musulmana del siglo VII disminuyó el rol de casi todos excepto Constantinopla, que como capital del Imperio Bizantino, siguió siendo poderoso. Sólo después del llamado Cisma de Oriente del año 1054, el Papa pasó a ser de hecho la cabeza suprema e indiscutida de la Iglesia Católica, no porque Constantinopla le reconociera sumisión, sino porque su Patriarca rompió relaciones y se constituyó en cabeza de una Iglesia Ortodoxa autónoma. Así sigue siendo más o menos hasta el día de hoy.

Toda la reseña anterior es para destacar el detalle de que el Papa no empezó a ser una figura autocrática con poderes plenos y absolutos sino a partir de mediados de la Edad Media, valga la redundancia. Antes que eso, si bien el Papado era una figura de respeto, eso no era garantía contra quienes pretendieran tirar de la manga del Sumo Pontífice. Y si el Sumo Pontífice era débil o se mostraba demasiado remiso ante el poderoso de turno, se exponía a ser encarcelado, secuestrado o envenenado. Uno de los episodios más oscuros para el poderío papal se vivió en el sínodo de Sutri del año 1046, en que el Papa Gregorio VI fue obligado por el Emperador del Sacro Imperio Romano a abdicar, bajo el cargo de simonía. Gregorio VI en efecto había comprado a su antecesor Benedicto IX para que éste, a su vez, renunciara; en defensa de Gregorio VI, debe decirse que éste fue un hombre recto que recurrió a un método discutible para deshacerse de un notorio malhechor como lo era el mencionado Benedicto IX. Pero que el Emperador mismo pudiera despedir a un Papa sin miramentos, es algo que da para hablar. En tiempos modernos, el único que intentó repetir la maniobra fue Napoleón Bonaparte, quien mandó arrestar al Papa Pío VII para obligarle a renunciar, con la probable intención de instalar a un Papa títere en su lugar. Pero Pío VII era un varón valiente, y a pesar de años de prisión y quebranto, no se dejó intimidar. Su Papado, de hecho, sobrevivió al Imperio Napoleónico, ya que éste cayó en 1815, y Pío VII falleció en 1823.

Celestino V en una pintura alemana del siglo XVI.

El último Papa en renunciar por voluntad propia, sin presiones externas, fue Celestino V. Este hombre pertenecía a la clase de gente demasiado buena para este mundo, y abusado por los políticos a su alrededor, decidió que el Papado era una carga demasiado grande y reptiliana para él. Renunció en 1294. De paso, dejó establecidas algunas reglas para la renuncia de un Papa, porque hasta el minuto éstas no existían; debe tenerse presente que en ese tiempo, el Derecho Canónico estaba experimentando una fuerte evolución y estaba en vías de compilación y codificación.

La renuncia de Gregorio XII en 1415 es más complicada. El Papado vivía desde 1378 en cisma, ya que existían dos Papas tratando de imponerse y acusándose mutuamente de antipapas. A partir de 1409, cuando se intentó una solución de consenso en que ambos renunciaran y se nombró un tercero... terminaron existiendo tres Papas en discordia. Al final, el Concilio de Constanza convocado para remediar el desastre, mandó a los tres Papas a renunciar. Gregorio XII había mandado a un hombre de confianza al Concilio, y éste renunció en su nombre, quien sabe si instruido para ello. El caso es que Gregorio XII aceptó la renuncia con sumisión, y se retiró a vivir sus últimos años en una tranquila oscuridad; su colega Benedicto XIII, por su parte, jamás aceptó haber sido defenestrado y se declaró a sí mismo Papa hasta morir, con una porfía tal que a partir de entonces estar en sus trece es una frase del idioma castellano para designar al porfiado a ultranza.

El Cónclave papal del año 2005, en que fue elegido Benedicto XVI.

En la actualidad, así como numerosas otras cuestiones, la Iglesia Católica tiene una estructura legal perfectamente engrasada para el tema de las renuncias papales. La principal ley de la Iglesia Católica y de la Ciudad del Vaticano hoy en día es el Código de Derecho Canónico. Este establece en su canon 332 que "si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie" (canon es el nombre que reciben los artículos del Código de Derecho Canónico). La última acotación, que la renuncia del Papa no necesita ser aceptada, parece una obviedad, pero no lo es, ya que resuelve una posible contradicción por una parte entre una norma más general que exige la aceptación de la renuncia por parte de quien ha tenido poder para nombrar al eclesiástico en su cargo, y por otra parte por la norma general según la cual el Papa tiene la potestad plena y suprema sobre la Iglesia Católica; la acotación resuelve la cuestión a favor de la aplicación de la segunda norma por sobre la primera, en lo que a este caso se refiere. Vale la pena mencionarlo debido a ciertas doctrinas históricas según las cuales el Concilio tiene supremacía sobre el Papa, y bien puede entenderse que el Papa debería presentarle la renuncia a lo menos al Colegio Episcopal, ya que éste es quien nombra al Papa en cónclave, como es sabido. Como hemos dicho, la solución es diferente.

La renuncia del Papa genera una situación de sede vacante, en la que se debe elegir un nuevo Papa. El Código de Derecho Canónico establece en su canon 335 que en estas circunstancias "nada se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal". Esta prohibición no debe llevarse al extremo de impedir incluso los actos de administración ordinaria, porque eso implicaría por ejemplo que no se podrían barrer las habitaciones de los recintos de la Iglesia Católica, o comprar artículos de alimentos o de higiene mientras dure la sede vacante. La idea de no innovar nada, es impedir que en el interregno, el período en que dura la sede vacante y que se acabará con la llegada de un nuevo Papa, los obispos no aprovechen la circunstancia para introducir cambios en la doctrina, o promover una especie de golpe de estado que suprima instituciones claves dentro de la Iglesia Católica.

Por lo mismo es que todas las más altas autoridades de la Iglesia Católica elegidas por el Papa renunciado deben presentar de inmediato sus propias renuncias. El único que sigue en posesión de su cargo es el Camarlengo, cuyo trabajo es administrar el patrimonio financiero de la Iglesia Católica, y que por ende no puede cesar en su función ya que eso interrumpiría del todo incluso en lo indispensable la administración de los bienes eclesiásticos. En los hechos, en el período del interregno, el Camarlengo obra un poco como autoridad ejecutiva dentro de la Iglesia Católica, aunque limitado a las facultades administrativas. El interinato es llevado adelante, de manera legal, por el Colegio Episcopal, cuya principal función es por supuesto celebrar el cónclave del cual saldrá elegido el nuevo Papa. A manera de trivia, digamos que otro alto funcionario que no cesa en sus funciones es el Peninteciario Mayor, cabeza de la Penitenciaría Apostólica, que es un tribunal encargado de recibir confesiones y absolver pecados; ni siquiera la ausencia de un Papa es pretexto para que la Iglesia Católica se olvide de aliviar las conciencias de los fieles.

Retrato del Papa Gregorio XII por el grabador Onofrio Panvinio Onofrio (1529-1568).

Como decíamos, la renuncia de Benedicto XVI abre todo un nuevo capítulo en la manera de concebir el Papado en la sociedad moderna. Antiguamente, la idea de que el Papa fuera vitalicio parecía lo obvio. Por un lado, los poderes del Papa en la Edad Media eran casi los de un monarca absoluto, y uno de los atributos de la monarquía absoluta es justamente su carácter vitalicio. Además, los Papas llegaban al solio pontificio a una edad en que, con la escasa expectativa de vida de los tiempos, no se esperaba que duraran más de una decena o quincena de años a lo sumo. Pero los progresos de la Medicina hicieron no sólo que se alargara la vida, sino que además pudiera mantenerse vivo a personas cada vez más ancianas y con sus facultades mentales disminuídas.

Esto se hizo dolorosamente obvio con la deteriorada condición que fue exhibiendo Juan Pablo II, el antecesor de Benedicto XVI, durante sus últimos años. Juan Pablo II fue elegido Papa en 1978 con sólo 58 años, una edad inusual para ser elegido en los tiempos modernos. Su extenso pontificado duró casi tres décadas, y sea bueno o malo, parece evidente que introdujo un enorme conservadurismo dentro de las instituciones eclesiásticas, que no se beneficiaron de la renovación de su autoridad suprema. En la actualidad, de hecho, todos los cardenales que participarán en el cónclave han sido nombrados o por Juan Pablo II o por Benedicto XVI, por lo que no se esperan grandes sorpresas en la elección, ni que figuren nombres contestatarios entre los papabiles, los candidatos rumoreados al solio pontificio.

Juan Pablo II en el año 2004.

No es raro así que en vida de Juan Pablo II, el tema de la renuncia papal, e incluso de la limitación del tiempo en que un Papa debe desempeñar su cargo, se hayan transformado en motivo de discusión. Finalmente Juan Pablo II murió en 2005, dejando estas cuestiones en el aire. O mejor dicho, como parte de la teoría legal incluida en el Código de Derecho Canónico que él mismo promulgó en 1983, para reemplazar el Código anterior que databa de 1917. Benedicto XVI, el sucesor de Juan Pablo II, es el primer Pontífice en poner en práctica dicha norma que parecía condenada a permanecer como una adición peculiar dentro de la ley eclesiástica.

El nuevo Papa será el segundo elegido en el siglo XXI, y afrontará numerosos desafíos. Por una parte, la Iglesia Católica está en retirada en casi todas partes del mundo. Incluso en Latinoamérica, considerado su bastión supremo, es obedecida cada vez menos en las clases altas, mientras que las clases bajas se vuelven con fuerza hacia las religiones evangélicas; parte importante se debe a sus manotazos entre sus divisiones internas frente a las dictaduras militares de fines del siglo XX, y la persistencia de un discurso inspirado en la Teología de la Liberación, hoy en día desfasado frente a una Latinoamérica con cada vez más acceso a bienes de consumo. Por otra parte, frente a la hemorragia de fieles producto del desprestigio por los casos de pedofilia al interior de la Iglesia Católica, aunque Benedicto XVI dio varios pasos sin precedentes para luchar contra el flagelo, éstos terminaron por resultar insuficientes. Desde por lo menos el año 2011 que se viene instando ante el Tribunal de La Haya para procesar a Benedicto XVI por crímenes contra la Humanidad, acusado de proteger a la más vasta red de pedófilos del planeta. El pontificado de Benedicto XVI tuvo sus luces y sus sombras, y los motivos ulteriores para su renuncia son debatibles, pero sin lugar a dudas, esta acción sin precedentes en los últimos seis siglos marca un reconocimiento tácito de que algunas cosas dentro de la Iglesia Católica deberán cambiar. Pero a partir de Marzo de 2013, ése será el desafío para un nuevo Papa. Lo que ocurra a partir de entonces es por ahora un misterio tan grande como los muchos velos que envuelven el corazón del Vaticano.


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