miércoles, 6 de febrero de 2013

Populacho para las élites intelectuales.

Don Quijote según Gustavo Doré, una de las cumbres de la transmutación de temas populares en cultura erudita.
Un fenómeno artístico y cultural en general que parece propio del siglo XX, y que no cesa de acrecentarse en el siglo XXI, es la irrupción de lo populachero en el campo de las élites intelectuales. Aunque han pasado una enorme cantidad de años, recuerdo como si fuera ayer el día en que me cayó la teja al respecto. Estaba por circunstancias de la vida metido en un grupo de gente que se las daba de chicos, no diré intelectuales, pero sí sabidos e ilustrados. Lo que define tan bien la palabra española cultureta. Y de pronto estos chicos que no escuchaban rock convencional sino música popular más sofisticada, o que no leían nueva narrativa chilena sino que autores de culto e incluso malditos, ellos se pusieron a hablar y colocaron un casette, que era el transporte de la música en esos años... de Joe Vasconcelos.

Yo siempre he tratado de moverme entre las dos aguas de no ser ni demasiado cerrado que no acepte explorar ideas o conceptos ajenos o innovadores, ni tampoco ser tan acrítico que lo reciba todo con los brazos abiertos por el puro amor de la novedad. Pero eso me superó. Para quienes no conozcan a Joe Vasconcelos, se trata de un cantautor chileno que estuvo varios años en Brasil, que antes de eso estuvo un tiempo con la banda Congreso, y que al regresar del trópico se dedicó a tocar música tropical. Quienes me conocen saben que no soy de gustos tropicales, pero no me rehúso a bailar si se trata de pasarlo bien. Mucha gente de élites desprecian la música tropical por no ser rock progresivo o Beethoven, pero cada cosa en este mundo debe tener su lugar, y a veces se agradece que por los parlantes resuene algo ligero en vez de lo que mi contertulio el General Gato llama música para invadir Polonia. Pero una cosa es aceptar o al menos tolerar música por el factor diversión, y otro cuento muy distinto es defenderla como la siguiente obra maestra en el campo artístico. No quiero desconocer el esfuerzo del señor Vasconcelos en componer música o en entregarse en sus recitales, que no he ido a ninguno, pero que buenas fuentes me han referido como esforzados y entregados al público, pero para cualquiera que preste un poco de oreja a su música, se dará cuenta de que en el fondo es la misma sobajeada música fusión latinoamericana pobretona, elevada por alguna clase de misterio al estatus de cultureta. Según sus defensores, porque sus letras son buenas. O quizás porque a diferencia de otros cantautores chilenos de música fusión, él estuvo en Brasil, y es sabido que cualquier chileno venido desde allende los mares tiene posibilidades únicamente por el plus de haber estado afuera.

Al señor Vasconcelos le tocó el triste papel de transformarse en el niño símbolo de este problema, en lo que a este artículo se refiere, por la desgracia de que con él fue que empecé a darme cuenta del mismo. Podría haber sido con muchos otros artistas. Porque la verdad es que la historia del siglo XX se ha plagado de rescate de lo popular. Fenómeno que podemos rastrear incluso hasta el siglo XIX, si no antes.

Todas las culturas, desde las más primitivas hasta las más civilizadas, han tenido manifestaciones artísticas tales como pinturas o canciones. Las más de ellas, se mantienen en un caldero en donde el artista crece de manera más o menos anónima, la autoría de las obras se va olvidando, y ellas se convierten poco a poco en patrimonio colectivo. Creo que no muchos chilenos contemporáneos míos recordarían que tales o cuales canciones folclóricas tuvieron como autor a tal o cual cantautor: sólo se las asocia con el patrimonio común chileno, y punto final. ¿Quién recuerda que el tren con su chiqui chiqui cha es de un cantautor llamado el Monteaguilino, y que data apenas de inicios de la última década del siglo XX? Ya que estábamos con Joe Vasconcelos, varias canciones suyas han pasado a formar parte del repertorio popular de bandas tropicales que ambientan fiestas de distinto calibre.

Pero por sobre toda esta cultura popular, con el surgimiento del poder del dinero, los gustos de la élite se refinan. Surge entonces una nueva cultura por encima de la anterior, y muchas veces en abierta contraposición a la misma. A la larga, la cultura de la élite pasa a ser la cultura a secas, hundiendo y enterrando la cultura popular y cualquier rastro o testimonio de la misma. O tratando de hacerlo, por lo menos.

El proceso por el cual la cultura de las élites pasa a ser la cultura oficial es sencillo. Mientras que el artista popular más o menos debe defenderse por sí mismo en la vida, con frecuencia sin salir de la pobreza, el artista o el pensador que trabaja para las élites recibe mecenazgos que le permiten mayor libertad de explorar y crear obras más complejas y elaboradas. Pero esto, a cambio por supuesto de defender los gustos de la élite como la cultura, y arrojar a la otra cultura popular al pozo del olvido. Los historiadores del arte recogen la historia de los escritores de grandes obras, no la del poeta popular, o los compositores de grandes sinfonías, no las canciones del cantautor popular. Se ha forjado así una tradición centenaria de que la cultura de las élites es superior y mejor a la cultura popular.

Pero en el siglo XIX, se invirtieron las tornas. Como consecuencia de los ideales de la Revolución Francesa, la rebelión contra los privilegiados de 1789 tomó como cariz una reivindicación del nacionalismo. Y para buscar el nacionalismo, nada mejor que internarse en la cultura popular de cada país. Es lo que hicieron los hermanos Grimm rastrillando toda Alemania para convertir los cuentos populares en literatura paladeable por las élites, o Lizst tomando las danzas húngaras populares como base para varias de sus composiciones al piano. En el siglo XX, la tendencia fue aún más lejos. Hoy en día tenemos tan internalizado el jazz y el rock como partes de la cultura, que se nos olvida que en sus inicios, ambas manifestaciones musicales eran música de negros, que a su vez se habían aficionado a ella porque la música selecta era demasiada cultura para ellos. La razón por la que asociamos el jazz con los antros de gángsters de la década de 1920, es porque esa clase de música no se interpretaba en ese tiempo en ningún lugar decente que se preciara de tal: el jazz era popular. Incluso yo mismo escribí hace un tiempo las Crónicas CienciaFiccionísticas para reseñar la historia de un género, la Ciencia Ficción, que a lo largo del siglo XX no fue alta cultura sino literatura de consumo popular, más allá de que algunos clásicos como "Crónicas marcianas" de Ray Bradbury hayan conseguido abrirse paso hacia la apreciación de la crítica seria.

Visto desde ese punto de vista, la adopción de temas y motivos populares dentro de la alta cultura no debería ser algo a combatir. Por el contrario, debería ser algo bienvenido, ya que permite la oxigenación y renovación cultural. La música romántica del siglo XIX, por ejemplo, se benefició mucho de la adopción de ritmos y sones populares para romper la carcasa de la tradición musical que va desde el Barroco a lo Bach hasta el Clasicismo a lo Mozart, que por supuesto tiene sus grandes cumbres, pero que también en esa época empezaba a ser un estilo musical marchito y agotado por el genio de tales titanes. El rock fue inicialmente música populachera, pero pronto vinieron The Beatles, el Rock Progresivo, o el Heavy Metal, que se encargaron de explotarlo hasta profundidades que quizás sus primeros cultores ni siquiera se imaginaron. No es que no hubiera excesos, pero en general, el resultado fue más positivo que negativo. Y no debemos olvidarnos de que el mismísimo "Don Quijote de la Mancha", una de las obras fundacionales de la literatura erudita en castellano, es una reelaboración de un género de literatura popular, en concreto de las novelas de caballerías. En clave de parodia, sí, pero aún así.

Pero sin embargo, existe una trampa en todo esto. La adopción de la cultura popular como la cultura por parte de las masas en el siglo XX obedece a una reacción contra las élites. Valorar la alta cultura pasó a ser esnobismo primero, y signo de conservadurismo al último. Hoy en día es de muy mal tono vociferar contra la cultura popular, y quien lo haga, como el crítico literario Harold Bloom cuando criticó las novelas de Harry Potter, queda como un pedante, cuando no como un fósil senil, intelectualmente hablando. No importa si tiene razón o no (no he leído las novelas en cuestión, pero por lo que he visto de la trama en las películas de Harry Potter, no me he perdido de nada aparte de lo que podemos llamar la entretención pura y dura), está tan instalada la idea de que la cultura popular es la cultura, que la alta cultura pasa a ser despreciada.

Y por supuesto, esto produce ciertos encasillamientos que conforman una profecía autocumplida. El arte cumple una muy importante función social de reafirmación propia. De manera que el culturalmente conservador, acorralado por esta percepción, tendrá que seguir su papel hasta el último y cerrarse a la cultura popular, por lo que se volverá aún más conservador en lo cultural. Las masas, por su parte, tendrán que volverle la espalda a la alta cultura para reafirmar la cultura popular más sencilla que su mentalidad es capaz de entender, y con ello se cierran el camino para progresar hacia un arte más fino o elaborado. Y en medio surge un nicho ecológico propio muy interesante, el de los culturetas, aquellas gentes para quienes el gusto por ciertos artistas se transforma en un sello de identidad por el cual pueden presumir de que repudian la alta cultura tradicional al mismo tiempo que se pueden considerar también por encima de las masas a las que en el fondo desprecian.

Porque en el fondo, el cultureta que reivindica la cultura popular debe recurrir a una contorsión increíble para justificar esta reivindicación y no perder su patente de corso como cultureta. Su excusa es que el artista en cuestión dignifica el género. Según ellos, Joe Vasconcelos no interpreta música popular, sino que hace música culta tomando elementos de música popular, porque a ellos no les gusta la música popular, sino la música culta que es una transformación de la música popular, lo que a la vez sirve de manifiesto social y político. Si empleáramos categorías políticas del siglo XVIII, estos culturetas no serían demócratas ni absolutistas, sino déspotas ilustrados: "todo para el pueblo, pero sin el pueblo". Ellos quieren lo mejor para la masa, pero no quieren mezclarse con la masa, y por eso deben seleccionar con pinzas a estos artistas. Y para que no digan que me cargo contra el pobre Joe Vasconcelos, mencionaré muchos otros ejemplos, desde la reivindicación cultureta de la "cueca brava" en Chile hasta el flamenco populachero vendido como identidad cultural española, incluyendo el rock más sofisticado alabado en la crítica de los diarios (desde Radiohead hasta Sting), o la música electrónica que se sale del cómodo margen de las audiencias radiales.

Por supuesto que esto no significa que a uno no deban gustarle tales artistas. Yo en lo personal tengo gustos musicales bastante eclécticos, y a menudo algunos fanáticos del metal me miran como bicho raro porque me gusten cosas más pop, o viciversa, por no hablar de la música clásica. Y sé que los fanáticos del metal, en particular del Power Metal por estos días, también pueden pecar de culturetismo, y mucho. La cuestión es por qué a uno le gusta tal o cual estilo de arte, y valorarlo en su justa medida. Si a una persona le gusta la música entretenida porque la hace olvidarse de sus penas, y no quiere complicarse la cabeza con sinfonías o solos de guitarra, eso está tan bien como lo inverso. Lo que es impresentable es transformar el gusto propio en un manifiesto, y aplicado al caso, traicionar el carácter popular o directamente populachero defendiendo como arte que o no lo es, o posa de tal sin llegar a serlo. Como discutía en otro posteo, una de las características del arte es su complejidad, lo que permite introducir matices y niveles de lectura, que a su vez le permiten influir a través de las generaciones y la Historia a través de sucesivas lecturas de la obra. La obra popular por lo general es simple, cuando no simplona, y por eso, una vez aprehendida se relega al entretenimiento cotidiano, cuando no se relega al olvido. Es esta reivindicación de la simplicidad como una especie de suprema manifestación de misticismo artístico, lo que está fuera de lugar. El arte simple es arte simple, y no da para más. El resto es pura pose barata.

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