miércoles, 27 de febrero de 2013

Oscares 2013: El cine debe fluir.


Con la ceremonia de los Premios de la Academia del Domingo 24 de Febrero de 2.013 ha culminado la maratónica jornada de premiaciones del 2.012. Porque en la actualidad la industria cinematográfica de Estados Unidos ha descubierto el secreto del taylorismo, y ha alargado la temporada de premios hasta cubrir sus buenos seis meses, como una cadena de montaje en donde cada nueva pieza se va sumando, entre premiaciones, anuncios de candidaturas para nuevas premiaciones, notas de prensa con entrevistas y cábalas sobre los ganadores, etcétera. Lo que sea necesario para mantener la atención del público, y disparar la publicidad. Así, la temporada de premios del cine de Estados Unidos es casi una carrera de postas en donde cada premio lleva al siguiente, con el Oscar como el final boss del tinglado. De ahí que el Globo de Oro sea un predictor de los Oscares, de ahí que Argo haya acumulado premios como un acorazado de guerra acumula millaje, etcétera.

Pero estas carreras no están desprovistas de interés. Porque a través de ellas, sus candidaturas, sus victorias, sus derrotas, sus favoritismos y sus sorpresas, es posible percibir el pulso de la cultura popular de Estados Unidos. Popular porque vende entradas, no porque su extracción lo sea, ya que guiones y producción son de índole netamente cortesana, y serviles a ciertos ideales y principios que no se pueden transgredir sin ser condenados al ostracismo. Es lo que pasa con los Premios Razzie, que por su carácter iconoclasta no han conseguido encajarse dentro de la maratón. Las balas perdidas no son aceptables en un negocio tan multimillonario: no en balde las diez películas más taquilleras del 2.012 fueron todas blockbusters de Hollywood, y entre todas según Wikipedia sumaron CASI 9.200 MILLONES DE DÓLARES de recaudación.

Las diez películas en cuestión, por si a alguien le interesa, son The Avengers, Skyfall, The Dark Knight Rises, El Hobbit: Un viaje inesperado, La Era de Hielo 4, Amanecer Parte 2, The Amazing Spider-Man, Madagascar 3, Los Juegos del Hambre y Hombres de Negro 3.

Puede que se critique a Hollywood por vender el American Way of Life al resto del mundo, pero si 9.200 millones de dólares con patas deciden que quieren ver ese cine y no otro más intelectual o contestatario, es porque les gusta, porque algo les dice, porque conecta con ellos. Puede que Hollywood sea una industria, pero no lo sería si la gente quisiera otra cosa. Y para blanquearse, para probar que el cine no es sólo negocio sino también arte, tenemos los Premios de la Academia y la carrera de postas en general. Para darse la necesaria aura de respetabilidad más allá de la sordidez del negocio. Porque pase lo que pase, el negocio debe seguir, y eso significa que el cine debe fluir.



ARGO: SIN QUEMARSE DEMASIADO.

La gran ganadora de la jornada fue Argo. Se llevó siete nominaciones, aunque Ben Affleck fue ignorado como director, según dicen por su pasado de cámaras y camas con una estrella excesivamente comercial como Jennifer Lopez. No importa. En la maratón intermedia, Argo ganó el AFI Awards, el British Academy Films Awards, el Premio César, el Critics Choice Awards, el Globo de Oro, y el reconocimiento como Mejor Película del 2012 por parte de Roger Ebert, y eso sin mencionar los premios al propio Ben Affleck como director. En los Premios Oscares, se llevó tres estatuillas de siete nominaciones: ganó Mejor Película, Mejor Guión Adaptado y Mejor Edición, perdiendo Mejor Actor de Reparto, y los dos Oscares de sonido y partitura, premios éstos muy difíciles. Su victoria sobre Lincoln pareció una versión ligera de cuando The Hurt Locker obtuvo seis estatuillas y batió a la favorita del 2009-10 que era Avatar.

El secreto de su éxito: una película que no es ni mucho ni muy poco. Es un thriller de espías al estilo del cine político de la década de 1970, y por lo tanto clásico a medias, sin ser tan adrenalínico que la hiciera caer en la denostada categoría de película de acción. Tiene tintes de conciencia política, lo justo para aliviar la culposidad pero no tanto que ofenda a Estados Unidos. Y es cálida y terrenal, no está rodada en mármol como Lincoln. Es decir, una película capaz de satisfacer tanto al espectador casual como al crítico de paladar refinado, tanto por ideología como por historia. No quedará como un gran clásico para el cine, pero funciona. Como se ha dicho, los concursos de belleza no los gana la más bonita, sino la que más gusta al jurado. Con esa lógica, Argo era la opción.


LINCOLN VERSUS DJANGO SIN CADENAS: SPIELBERG VERSUS TARANTINO.

Las nominaciones de esta ceremonia estuvieron bastante cargadas a lo político: un musical basado en una parábola social (Los miserables), un thriller retro sobre una operación de la CIA en Medio Oriente (Argo), una deconstrucción del espía niño símbolo del capitalismo (Skyfall), otro thriller pero contra Osama bin Laden (La noche más oscura) y una película sobre un plebiscito en Chile postulando a Mejor Película Extranjera (No). Era obvio que La noche más oscura iba a estrellarse, pero el resto tenía posibilidades por uno u otro motivo. Y luego están los dos grandes discursos antiesclavistas de la jornada: Lincoln de Steven Spielberg y Django sin cadenas de Quentin Tarantino.

¿Por qué la esclavitud de nuevo? ¿Por qué justo ahora? Quizás por la crisis económica. Es sabido que el cine sirve de terapia y exorcismo contra los miedos sociales, y hoy en día el principal miedo es a perder el empleo, a no poder seguir costeando un cierto tren de vida, a terminar derrumbándose desde la clase media a transformarse en siervos de la gleba. Las dos películas transmiten esperanzas: la esclavitud no es inevitable, la esclavitud es remontable. Se necesita sólo un gran hombre mesiánico que se haga cargo del problema con su genio casi ultramundano (Lincoln), o un golpe de suerte y mucho de agallas y coraje para plantarle cara a la adversidad y doblarle la mano al sistema (Django sin cadenas). La esclavitud no es cosa tan temible, nos quieren susurrar ambas películas. Y la moderna esclavitud moderna hacia la tarjeta de crédito, hacia la apariencia de prosperidad económica, hacia la casa con piscina, tampoco. Es como la adicción: me digo a mi mismo que no soy un adicto porque abandono todas esas cosas cuando quiero. Y no: una vez que te acostumbras a tu tren de vida, ya no harás la gran renuncia. Nunca. Porque eres esclavo. Y para consolarte, tienes estas dos películas que te dicen que sí, que tienes razón, que puedes salirte del juego cuando sea el tiempo del adviento (Lincoln) o cuando quieras (Django sin cadenas).

El biopic de Spielberg sigue la tendencia al clasicismo propio de su cine posterior a La lista de Schindler. Spielberg partió como un chico rebelde que hacía buenos thrillers de aventuras como Tiburón, Encuentros cercanos del tercer tipo, E.T. o Indiana Jones, transformándose en el niño símbolo de la adrenalina de la década de 1980. Pero luego, buscando respetabilidad, se volvió hacia un estilo de cine más clásico, solemne, e hiperbólico. Esto le dio buenos réditos con La lista de Schindler, pero le significó un sonoro estrellón con Amistad. Con Lincoln, una película hecha casi ex profeso para los vejetes de la Academia, volvió a tratar de copar los Oscares. 11 nominaciones lo convertían en un favorito.

Y entonces llegó la paliza. Apenas dos Oscares. Uno para Daniel Day-Lewis, que fue a la ceremonia con el Oscar tatuado en la frente por su portentoso retrato de Abraham Lincoln. Y uno técnico, Mejor Diseño de Producción. Spielberg perdió Mejor Película frente a Argo, y Mejor Director frente a Ang Lee (La vida de Pi). No llegó a los extremos épicos de El color púrpura con sus ocho nominaciones y ninguna victoria, pero la trapeada de piso hecha con el director de 11 nominaciones y apenas dos preceas fue histórica.

Al frente está el niño malo postmoderno de Hollywood, Quentin Tarantino. El hombre que hizo un estilo del reciclaje consciente y abusivo de códigos de género. Su apuesta era Django sin cadenas, que obtuvo cinco nominaciones, las justitas. Se llevó dos premios, los mismos que Spielberg con el doble de nominaciones.



Como decíamos, las dos películas versaban sobre la esclavitud, pero eran antiesclavistas sin mojarse demasiado. Lincoln se centraba sobre todo en los laberintos de la política para abolir la esclavitud, no en el esclavismo o antiesclavismo en sí. Y Django sin cadenas usaba el esclavismo como atmósfera y trasfondo, pero también es una película carente de discurso ideológico. Es decir, películas que parecen discursivas, pero que no lo son. Películas sobre temas ofensivos, sobre la incómoda memoria histórica de Estados Unidos, pero que en definitiva o no hacen memoria como Lincoln, o la hacen sin juzgarla como Django sin cadenas; en definitiva, películas con aguijón, pero con el aguijón limado. Películas hechas para gente que habla mucho sobre cambiar el mundo y hacerlo más justo, con una copita de champaña en la mano; películas hechas para gente como las conciencias liberales de Hollywood.

El resultado dice hacia dónde se está moviendo Hollywood. Lincoln está rodada de manera explícita no imitando, pero sí inspirándose en los clásicos de la década de 1930 y 1940. Hace veinte años, con La lista de Schindler, la maniobra funcionó de maravillas para Spielberg. Pero ahora, los votantes que estuvieron vivos para ese tiempo o están muy viejos o están gagás. Hollywood se ha modernizado, y esos repuntes de clasicismo no tienen sentido, salvo que se trate de un homenaje consciente y deliberadamente artificioso como el homenaje al cine mudo de El artista, que ganó el Oscar a la Mejor Película en la versión anterior extremando el homenaje. Pero Hollywood tampoco está listo para el radicalismo discursivo de un Tarantino, que por el minuto sigue siendo demasiado desmadrado para tener más reconocimiento. A uno le pesó el exceso de domesticación, al otro la falta de ella.



LA VIDA DE PI: LA ALTERNATIVA ANTIPOLÍTICA.

Dentro de un año densamente político, resulta interesante que la película más antipolítica de todas, La vida de Pi, se llevara once nominaciones, una menos que Lincoln. Al último obtuvo la mayor cantidad de premios, el doble que la mencionada: cuatro. Incluyendo Mejor Director para Ang Lee, y un par de técnicos visuales. La película en sí misma es una densa fantasía de ribetes teológicos, y sus premios pueden explicarse como el alivio natural frente al grisáceo mapa de nominaciones tan cargadas en la trinchera política. Por cierto, merecidísimo el premio de Michael Dyanna para la banda sonora, enormemente superior a los trabajos de Alexandre Desplat para Argo, de Thomas Newman para Skyfall, y de un John Williams en horas muy bajas para Lincoln.



VICTORIA DE AMOUR Y DERROTA DE NO.

En materia de cine extranjero, las esperanzas de Chile estaban cifradas en la primera nominación de una cinta suya a Mejor Película Extranjera. Al final, No fue batida en toda regla por Amour de Michael Haneke. La opción es casi lógica, privilegiar a una película hecha por un cineasta autoral francés para la intelligentsia intelectual europea, por encima de un thriller tercermundista sobre un fenómeno histórico interesante en la cátedra de ciencias políticas, pero que no le dice nada a nadie a nivel de calle en Estados Unidos. Amour es más entendible y más universal. No es demasiado folclórica, demasiado localista. Fuera mejor o peor No que Amour, la primera estaba destinada a perder de antemano frente a la segunda.

La derrota de No opacó el hecho de que un chileno al final sí consiguió un trofeo: Claudio Miranda, por la fotografía de La vida de Pi. Por alguna razón, a nadie en Chile parece haberle importado eso, algo raro considerando que hablamos del país que festeja cada triunfo de la Roja de todos los chilenos como si ellos mismos hubieran sudado corriendo detrás del balón. Quizás porque el apellido Larraín destila más prosapia en Chile que el apellido Miranda.



VICTORIA DE VALIENTE: EL CONTRAATAQUE DEL CLASICISMO CINEMATOGRÁFICO.

Un chiste sobre las películas animadas del 2012 versa sobre cómo se cruzaron los memos en un escritorio de Disney, y mientras que Valiente (Brave) debería haber ido a dar a Disney y acabó en Pixar, Ralph el Demoledor (Wreck-It-Ralph) debería haber ido a dar a Pixar y acabó en Disney. El resultado es que Disney ha hecho su película más rompedora en años, mientras que Pixar por su parte ha hecho la película más conservadora de su currículum. Esto debería haber roto la racha de triunfos de Pixar, que ha basado en empujar los límites de la animación su principal baza. Pero Ralph el demoledor fue premiada sobre Valiente, y la Academia dio muestras de que en tiempos de extremarse un poco en lo político, la animación debe volver a ser un poco más pacata y conservadora. Lo abracadabrante es que Valiente barrió el piso no solo con Ralph el demoledor, sino también con Piratas y con Frankenweenie, cualquiera de las cuales es mucho más meritoria, pero también mucho más personalistas y arriesgadas. Una vez más, los premios no los gana la mejor película, sino la que más gusta al jurado...



LOS CINCUENTA AÑOS DE JAMES BOND.

A diferencia de los cuarenta años de James Bond, que en 2002 marcó el hito con la casi universalmente despreciada Otro día para morir, despedida de Pierce Brosnan incluida, para los cincuenta años la productora echó toda la carne a la parrilla, incluyendo cooptar a la propia ceremonia, con miras a crear la base publicitaria necesaria para una inminente Bond 24. Después de todo Skyfall ha resultado ser la película Bond más exitosa de todos los tiempos. Además de ser muy alabada por la crítica, fue la segunda más taquillera de 2012 sólo por detrás de Los Vengadores y por encima de The Dark Knight Rises, la primera de 007 que cruzó la barrera de los mil millones de dólares de recaudación, y la séptima película más taquillera de todos los tiempos, sin ajustes por inflación. La franquicia está más viva que nunca.

Skyfall se llevó cinco candidaturas, aunque como corresponde a una película encasillada en la acción dura, el grueso fueron Oscares técnicos. Al final ganó dos. Uno de ellos estaba literal y metafóricamente cantada: en Mejor Canción Original corría Skyfall de Adele, la mejor canción Bond desde quizás la década de 1980. La única que podía hacerle sombra era Pi's Lullaby, de la magnífica banda sonora para La vida de Pi, pero al final todo quedó en una salida salomónica: Adele se llevó su Oscar, y Thomas Newman a cambio debió capitular ante Michael Dyanna. Es la primera canción Bond que gana un Premio Oscar, logro que ni siquiera Shirley Bassey cantando la icónica Goldfinger logró, y eso que Shirley Bassey es la única que ha cantado tres canciones Bond (y pudo haber cantado una cuarta, si se hubiera seleccionado su Mr. Kiss Kiss Bang Bang en vez de Thunderball de Tom Jones para Operación Trueno). Detalle éste que le dio un toque de amargura a la interpretación de Shirley Bassey de Goldfinger, dentro de la ceremonia de premiación, el mismo toque de medio desagravio que tienen los Oscares honoríficos cuando alguien demasiado importante dentro del cine ha sido demasiado ignorado y ya no hay cómo premiarlo de otra manera.


LA PALIZA CONTRA CREPÚSCULO.

Y terminando con una nota corrosiva, el día antes a los Premios Oscar se entregaron los Premios Razzie, que galardonan lo peor de Hollywood. La gran ganadora de la jornada fue Amanecer: Parte 2, la última entrega de la saga Crepúsculo. De once nominaciones, se llevó siete galardones, incluyendo a Kristen Stewart como Peor Actriz. Al día siguiente, Kristen Stewart apareció en la alfombra roja de los Oscares. Con dos muletas. Los chistes de mal gusto están servidos.


Y terminamos con lo que todos estaban esperando: los mentados pezones de Anne Hathaway. No tan espectaculares si se piensa que la chica ha rodado varios topless, alguno de bastante mala calaña, pero al público hay que darle lo que pide:


domingo, 24 de febrero de 2013

Renuncia de Benedicto XVI: El primer gran terremoto vaticano del siglo XXI.


El pasado 11 de Febrero de 2013, el Papa Benedicto XVI hizo presente su intención de renunciar al Papado a partir del próximo 28 de Febrero. La noticia dio la vuelta al mundo, debido a que la renuncia de un Papa es un evento que no se ha visto en siglos; incluso más desusado que un Papa no italiano, el último de los cuales antes de Juan Pablo II había fallecido en 1522. Si Benedicto XVI hubiera vivido dos años más y hubiera renunciado entonces, se habrían enterado 600 años cabales desde la última renuncia papal, que ocurrió en 1415. Aunque dicha renuncia, la de Gregorio XII, es de dudosa voluntariedad, dadas las circunstancias. La última renuncia ciento por ciento voluntaria fue la de Celestino V, quién renunció en 1294.

Históricamente, el estatus legal del Papa es algo que se fue construyendo a lo largo de los siglos. La Iglesia Católica alega que su fuente de legitimidad legal es el mandato del señor supremo del mundo, Dios encarnado en Jesucristo, le había entregado a Pedro para administrar las llaves del Cielo, lo que lo constituiría de hecho en el primer Papa. Pero saltándose esta referencia evangélica de historicidad a lo menos dudosa, en realidad, las primeras referencias concretas a una organización eclesiástica más o menos jerárquica y autocrática, tal y como la conocemos hoy en día, datan de los tiempos de Constantino, a inicios del siglo IV. El Emperador romano Constantino ascendió al trono después de una cruenta guerra civil. A diferencia de Emperadores anteriores, que o bien ignoraron a la Iglesia Católica o bien la persiguieron, Constantino comprendió que ésta se había hecho muy fuerte, y decidió cooptarla para ayudarse con ella en su gobierno. Para tales efectos convocó al Concilio de Nicea, en el año 325, el primero de los Concilios Ecuménicos de la Historia, el último de los cuales hasta la fecha es el Concilio Vaticano II abierto en 1962.

En dichos tiempos la autoridad del Papa era grande y se basaba ante todo en la supremacía de Roma como ciudad imperial. Pero frente al poder del Papa estaban los Patriarcados de Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén, que eran fuertes por su connotación religiosa, por el rol político y económico de sus respectivas ciudades, o por las masas de cristianos que allí vivían. La conquista musulmana del siglo VII disminuyó el rol de casi todos excepto Constantinopla, que como capital del Imperio Bizantino, siguió siendo poderoso. Sólo después del llamado Cisma de Oriente del año 1054, el Papa pasó a ser de hecho la cabeza suprema e indiscutida de la Iglesia Católica, no porque Constantinopla le reconociera sumisión, sino porque su Patriarca rompió relaciones y se constituyó en cabeza de una Iglesia Ortodoxa autónoma. Así sigue siendo más o menos hasta el día de hoy.

Toda la reseña anterior es para destacar el detalle de que el Papa no empezó a ser una figura autocrática con poderes plenos y absolutos sino a partir de mediados de la Edad Media, valga la redundancia. Antes que eso, si bien el Papado era una figura de respeto, eso no era garantía contra quienes pretendieran tirar de la manga del Sumo Pontífice. Y si el Sumo Pontífice era débil o se mostraba demasiado remiso ante el poderoso de turno, se exponía a ser encarcelado, secuestrado o envenenado. Uno de los episodios más oscuros para el poderío papal se vivió en el sínodo de Sutri del año 1046, en que el Papa Gregorio VI fue obligado por el Emperador del Sacro Imperio Romano a abdicar, bajo el cargo de simonía. Gregorio VI en efecto había comprado a su antecesor Benedicto IX para que éste, a su vez, renunciara; en defensa de Gregorio VI, debe decirse que éste fue un hombre recto que recurrió a un método discutible para deshacerse de un notorio malhechor como lo era el mencionado Benedicto IX. Pero que el Emperador mismo pudiera despedir a un Papa sin miramentos, es algo que da para hablar. En tiempos modernos, el único que intentó repetir la maniobra fue Napoleón Bonaparte, quien mandó arrestar al Papa Pío VII para obligarle a renunciar, con la probable intención de instalar a un Papa títere en su lugar. Pero Pío VII era un varón valiente, y a pesar de años de prisión y quebranto, no se dejó intimidar. Su Papado, de hecho, sobrevivió al Imperio Napoleónico, ya que éste cayó en 1815, y Pío VII falleció en 1823.

Celestino V en una pintura alemana del siglo XVI.

El último Papa en renunciar por voluntad propia, sin presiones externas, fue Celestino V. Este hombre pertenecía a la clase de gente demasiado buena para este mundo, y abusado por los políticos a su alrededor, decidió que el Papado era una carga demasiado grande y reptiliana para él. Renunció en 1294. De paso, dejó establecidas algunas reglas para la renuncia de un Papa, porque hasta el minuto éstas no existían; debe tenerse presente que en ese tiempo, el Derecho Canónico estaba experimentando una fuerte evolución y estaba en vías de compilación y codificación.

La renuncia de Gregorio XII en 1415 es más complicada. El Papado vivía desde 1378 en cisma, ya que existían dos Papas tratando de imponerse y acusándose mutuamente de antipapas. A partir de 1409, cuando se intentó una solución de consenso en que ambos renunciaran y se nombró un tercero... terminaron existiendo tres Papas en discordia. Al final, el Concilio de Constanza convocado para remediar el desastre, mandó a los tres Papas a renunciar. Gregorio XII había mandado a un hombre de confianza al Concilio, y éste renunció en su nombre, quien sabe si instruido para ello. El caso es que Gregorio XII aceptó la renuncia con sumisión, y se retiró a vivir sus últimos años en una tranquila oscuridad; su colega Benedicto XIII, por su parte, jamás aceptó haber sido defenestrado y se declaró a sí mismo Papa hasta morir, con una porfía tal que a partir de entonces estar en sus trece es una frase del idioma castellano para designar al porfiado a ultranza.

El Cónclave papal del año 2005, en que fue elegido Benedicto XVI.

En la actualidad, así como numerosas otras cuestiones, la Iglesia Católica tiene una estructura legal perfectamente engrasada para el tema de las renuncias papales. La principal ley de la Iglesia Católica y de la Ciudad del Vaticano hoy en día es el Código de Derecho Canónico. Este establece en su canon 332 que "si el Romano Pontífice renunciase a su oficio, se requiere para la validez que la renuncia sea libre y se manifieste formalmente, pero no que sea aceptada por nadie" (canon es el nombre que reciben los artículos del Código de Derecho Canónico). La última acotación, que la renuncia del Papa no necesita ser aceptada, parece una obviedad, pero no lo es, ya que resuelve una posible contradicción por una parte entre una norma más general que exige la aceptación de la renuncia por parte de quien ha tenido poder para nombrar al eclesiástico en su cargo, y por otra parte por la norma general según la cual el Papa tiene la potestad plena y suprema sobre la Iglesia Católica; la acotación resuelve la cuestión a favor de la aplicación de la segunda norma por sobre la primera, en lo que a este caso se refiere. Vale la pena mencionarlo debido a ciertas doctrinas históricas según las cuales el Concilio tiene supremacía sobre el Papa, y bien puede entenderse que el Papa debería presentarle la renuncia a lo menos al Colegio Episcopal, ya que éste es quien nombra al Papa en cónclave, como es sabido. Como hemos dicho, la solución es diferente.

La renuncia del Papa genera una situación de sede vacante, en la que se debe elegir un nuevo Papa. El Código de Derecho Canónico establece en su canon 335 que en estas circunstancias "nada se ha de innovar en el régimen de la Iglesia universal". Esta prohibición no debe llevarse al extremo de impedir incluso los actos de administración ordinaria, porque eso implicaría por ejemplo que no se podrían barrer las habitaciones de los recintos de la Iglesia Católica, o comprar artículos de alimentos o de higiene mientras dure la sede vacante. La idea de no innovar nada, es impedir que en el interregno, el período en que dura la sede vacante y que se acabará con la llegada de un nuevo Papa, los obispos no aprovechen la circunstancia para introducir cambios en la doctrina, o promover una especie de golpe de estado que suprima instituciones claves dentro de la Iglesia Católica.

Por lo mismo es que todas las más altas autoridades de la Iglesia Católica elegidas por el Papa renunciado deben presentar de inmediato sus propias renuncias. El único que sigue en posesión de su cargo es el Camarlengo, cuyo trabajo es administrar el patrimonio financiero de la Iglesia Católica, y que por ende no puede cesar en su función ya que eso interrumpiría del todo incluso en lo indispensable la administración de los bienes eclesiásticos. En los hechos, en el período del interregno, el Camarlengo obra un poco como autoridad ejecutiva dentro de la Iglesia Católica, aunque limitado a las facultades administrativas. El interinato es llevado adelante, de manera legal, por el Colegio Episcopal, cuya principal función es por supuesto celebrar el cónclave del cual saldrá elegido el nuevo Papa. A manera de trivia, digamos que otro alto funcionario que no cesa en sus funciones es el Peninteciario Mayor, cabeza de la Penitenciaría Apostólica, que es un tribunal encargado de recibir confesiones y absolver pecados; ni siquiera la ausencia de un Papa es pretexto para que la Iglesia Católica se olvide de aliviar las conciencias de los fieles.

Retrato del Papa Gregorio XII por el grabador Onofrio Panvinio Onofrio (1529-1568).

Como decíamos, la renuncia de Benedicto XVI abre todo un nuevo capítulo en la manera de concebir el Papado en la sociedad moderna. Antiguamente, la idea de que el Papa fuera vitalicio parecía lo obvio. Por un lado, los poderes del Papa en la Edad Media eran casi los de un monarca absoluto, y uno de los atributos de la monarquía absoluta es justamente su carácter vitalicio. Además, los Papas llegaban al solio pontificio a una edad en que, con la escasa expectativa de vida de los tiempos, no se esperaba que duraran más de una decena o quincena de años a lo sumo. Pero los progresos de la Medicina hicieron no sólo que se alargara la vida, sino que además pudiera mantenerse vivo a personas cada vez más ancianas y con sus facultades mentales disminuídas.

Esto se hizo dolorosamente obvio con la deteriorada condición que fue exhibiendo Juan Pablo II, el antecesor de Benedicto XVI, durante sus últimos años. Juan Pablo II fue elegido Papa en 1978 con sólo 58 años, una edad inusual para ser elegido en los tiempos modernos. Su extenso pontificado duró casi tres décadas, y sea bueno o malo, parece evidente que introdujo un enorme conservadurismo dentro de las instituciones eclesiásticas, que no se beneficiaron de la renovación de su autoridad suprema. En la actualidad, de hecho, todos los cardenales que participarán en el cónclave han sido nombrados o por Juan Pablo II o por Benedicto XVI, por lo que no se esperan grandes sorpresas en la elección, ni que figuren nombres contestatarios entre los papabiles, los candidatos rumoreados al solio pontificio.

Juan Pablo II en el año 2004.

No es raro así que en vida de Juan Pablo II, el tema de la renuncia papal, e incluso de la limitación del tiempo en que un Papa debe desempeñar su cargo, se hayan transformado en motivo de discusión. Finalmente Juan Pablo II murió en 2005, dejando estas cuestiones en el aire. O mejor dicho, como parte de la teoría legal incluida en el Código de Derecho Canónico que él mismo promulgó en 1983, para reemplazar el Código anterior que databa de 1917. Benedicto XVI, el sucesor de Juan Pablo II, es el primer Pontífice en poner en práctica dicha norma que parecía condenada a permanecer como una adición peculiar dentro de la ley eclesiástica.

El nuevo Papa será el segundo elegido en el siglo XXI, y afrontará numerosos desafíos. Por una parte, la Iglesia Católica está en retirada en casi todas partes del mundo. Incluso en Latinoamérica, considerado su bastión supremo, es obedecida cada vez menos en las clases altas, mientras que las clases bajas se vuelven con fuerza hacia las religiones evangélicas; parte importante se debe a sus manotazos entre sus divisiones internas frente a las dictaduras militares de fines del siglo XX, y la persistencia de un discurso inspirado en la Teología de la Liberación, hoy en día desfasado frente a una Latinoamérica con cada vez más acceso a bienes de consumo. Por otra parte, frente a la hemorragia de fieles producto del desprestigio por los casos de pedofilia al interior de la Iglesia Católica, aunque Benedicto XVI dio varios pasos sin precedentes para luchar contra el flagelo, éstos terminaron por resultar insuficientes. Desde por lo menos el año 2011 que se viene instando ante el Tribunal de La Haya para procesar a Benedicto XVI por crímenes contra la Humanidad, acusado de proteger a la más vasta red de pedófilos del planeta. El pontificado de Benedicto XVI tuvo sus luces y sus sombras, y los motivos ulteriores para su renuncia son debatibles, pero sin lugar a dudas, esta acción sin precedentes en los últimos seis siglos marca un reconocimiento tácito de que algunas cosas dentro de la Iglesia Católica deberán cambiar. Pero a partir de Marzo de 2013, ése será el desafío para un nuevo Papa. Lo que ocurra a partir de entonces es por ahora un misterio tan grande como los muchos velos que envuelven el corazón del Vaticano.


domingo, 17 de febrero de 2013

Laibach: Tanz Elektro Wagner mit uns (1 de 2).


Una de las bandas más insólitas que andan dando vueltas allá afuera es Laibach. La mayor parte de las bandas se agotan en hacer música que esperamos sea buena; la parte estética es un accesorio, como en el caso del Post Punk, la New Wave o The Beatles. En algunos casos, la estética deja de ser una imagen y pasa a ser también una proclama ideológica de alguna clase, como en el caso del Punk. Y luego tenemos Laibach, banda cuya música es sólo una parte, y a veces ni siquiera la parte más interesante, de su producción. Por más señas, hablamos de una banda que ha sido nacional de dos países, ya que partió como yugoslava, y en la actualidad es eslovena, a consecuencias de ciertos bien conocidos sucesos en los Balcanes durante las últimas décadas.


La década de 1980 fue poco prometedora para Yugoslavia. Tito, el guerrillero antinazi de la Segunda Guerra Mundial devenido en el hombre fuerte de Yugoslavia, había fallecido en 1980. La Yugoslavia de Tito era una colección de etnias reunidas bajo una mano férrea; la personalidad de Tito era suficiente como para mantenerse desafiante incluso frente a Moscú, a pesar de que de manera nominal Yugoslavia pertenecía al Bloque Oriental. Pero fallecido Tito, no hubo una mano igual de dura capaz de aplacar a los distintos grupos étnicos y geográficos, y las tensiones dentro de Yugoslavia crecieron. Este fue el vivero en donde florecieron las tensiones que desembocarían en la destrucción de Yugoslavia primero, y con las sangrientas guerras étnicas y religiosas posteriores después. No en balde, la península en cuestión le dio nombre propio a la balcanización. Pero el año 1980 que algo importante le quitó a Yugoslavia, le dio también algo importante a cambio: ese año nació Laibach.



Por esos años la cultura yugoslava experimentó una especie de renacimiento, ahora con un creciente sentido político. En la época empezó a proliferar un estilo de música llamado Turbo-Folk, que es una curiosa mezcla de motivos musicales balcánicos (a su vez influidos por una multiculturalidad eslava, europea y post-otomana a la vez) con elementos pop y electrónicos, y cuyo máximo representante probablemente sea una figura de nombre artístico tan pintoresco como Rambo Amadeus. Laibach no es Turbo Folk, por supuesto, pero da una idea. O al menos, si consideráramos a Laibach emparentado con el Turbo Folk, diríamos que se trata de la oveja negra, negrísima, y con un muy sarcástico sentido del humor.

Laibach no nació exactamente como una banda en sí, sino como apoyo para un movimiento cultural underground llamado Neue Slowenische Kunst, o abreviadamente NSK en alemán. El énfasis de NSK podría resumirse en una palabra: troll. Lo suyo era una propuesta estética destinada a desafiar, a ofender y a herir cualquier sensibilidad política que se les pusiera a tiro. La idea final es reflejar o parodiar toda la hipocresía política que mezcla supuestas altas intenciones con mesiánicos cultos de la personalidad y sórdidas bajezas en la lucha por el poder. En una palabra, la gente de NSK son políticamente nihilistas. Más que definirse a favor de algo, la NSK se define por estar en contra de algo, de la política de siempre en general; en última instancia, hay un mensaje casi nietzscheano de invidualismo y afirmación por la vida, por encima de las decadentes estructuras políticas, no sólo las comunistas, sino también las democracias occidentales.



La NSK evolucionó desde ser un simple colectivo artístico; en la actualidad la NSK es un verdadero estado virtual, entre sus miembros cuenta a Laibach. Puede decirse que Laibach es la expresión musical de la doctrina política y filosófica de NSK. Ya su nombre es puro troll: Laibach es el nombre alemán con que fue rebautizada Liubliana, la capital de Eslovenia, durante la ocupación nazi de la Segunda Guerra Mundial. Recordemos: Tito había sido guerrillero contra la ocupación nazi, contra la ocupación alemana. Pero hablamos de una banda cuya primera gran gira en 1983 se llamó The Occupied Europe Tour...

La primera música de Laibach era más arte conceptual que música verdadera. Su primer material era más la expresión de un sentimiento artístico, bastante pesadillesco, que la construcción de melodías claras y distinguibles. De esta manera, los primeros discos de Laibach son una mezcla de noise electrónico con ruidos de ambientación oscura, sembrados por aquí y por allá por ominosos cánticos en esloveno o alemán. No son discos tanto para ser escuchados con un cómodo par de audífonos, sino para ser puestos como música de fondo en alguna clase de perfomance cercana a lo que sería un dungeon nazi. Quizás esta etapa musical de Laibach alcanzó su paroxismo y mayor perfección con el disco Kapital, de 1992, que es una especie de cierre de ciclo para la banda. Kapital es un disco duro de escuchar para un oído no entrenado, pero créase o no, es bastante más accesible que otro material más antiguo. Pero me estoy adelantando.


Aquí es necesario remarcar uno de los puntos cardinales de la música de Laibach, y de la banda en sí. A pesar de toda su apariencia totalitaria, ellos no son nazis. En realidad, todo es una gigantesca charada para demostrar un punto: que toda nuestra cultura es de hecho nazi, o al menos tiene componentes intelectuales y emocionales nazis. Por debajo de todo el discurso bienpensante, tanto el de las democracias individuales de respeto al individuo y sus derechos humanos, como el de los totalitarismos marxistas que buscan colectivizar la sociedad para salvarla de sí misma, lo que bulle es la idea de que los seres humanos son criaturas ambiciosas y ávidas de destruir a su semejante. Y como los individuos construyen las sociedades, resulta que si todas las personas tienen un pequeño Führer en su interior y ambicionan con dejarlo salir de manera impune, el resultado no puede ser otro sino el totalitarismo a ultranza enmascarado de discursos de corrección política.

De esta manera, que los miembros de Laibach aparezcan en todas partes, incluso en el supermercado, ataviados como si estuvieran preparándose para invadir Polonia, es una especie de gran chiste de mal gusto: parecieran querer decir que todos en el fondo somos nazis, o nos gustaría serlo, pero ellos son los únicos con la honestidad necesaria para admitirlo. Y si vamos a criticar el totalitarismo nazi o comunista, partamos por criticarnos a nosotros mismos primero, porque los nazis y comunistas son seres humanos iguales que nosotros, y por lo tanto nosotros también estamos expuestos a caer. Si es que no lo somos ya y luchamos porque nadie más se entere.


Salvando el disco Laibach, sus primeros trabajos tienen títulos tales como Neu Conservatiw o Nova Akropola. En 1987 lanzaron Opus Dei, en donde dejaron algo de lado su lado más agreste, y abrazaron su sonido más clásico. Opus Dei es una mezcla de bases electrónicas, ritmos marciales, sonido industrial, y una cierta atmósfera que a falta de una palabra mejor, sería bueno definirla como tecnowagneriana. Con Opus Dei iniciaron también una tradición muy identificada con Laibach: grabar cover pseudonazis de distintos temas rock y pop, a veces cambiando la letra. Geburt einer Nation, Nacimiento de una nación en alemán, es por ejemplo un cover del tema One Vision de Queen; sin embargo, mientras que la idea de tener una sola visión en un solo mundo con una sola raza en la versión original inglesa de Queen es una celebración o triunfo de la fraternidad humana muy en la línea de Martin Luther King, en la ominosa versión wagneriana de Laibach quedan destacados todos los elementos de filosofía nazi que subyacen a visiones integristas, incluído el integrismo demócrata.



El tema Opus Dei por su parte es un cover de Life is Life de Opus, pero mientras la versión original de Opus es una canción ligera acerca de aceptar la vida con espíritu alegre y disfrutar de la misma, el cover de Laibach con sus letras cambiadas es una siniestra sátira sobre la exaltación del militarismo patriotero, la filosofía del Blut und Lande, y sus devastadoras consecuencias bélicas. El disco incluye también The Great Seal, que fue grabado con la idea de proporcionarle un himno nacional a la NSK.



En 1988 lanzaron otro trolleo memorable: su disco Let it Be es un cover canción por canción del álbum del mismo título de The Beatles, exceptuado el tema Let it Be mismo, que quedó fuera por alguna razón. El disco quizás no es tan memorable desde un punto de vista musical, pero ése no es el punto: grabando uno de los más influyentes discos de la música pop transformándolo en un siniestro himno industrial pseudonazi es su manera de afirmar que la música pop, por muy intrascendente que parezca, en el fondo es la punta de lanza de la invasión totalitaria ideológica occidental sobre el resto del mundo. Por si el punto no quedara lo suficientemente claro, el último tema que es el cover de The Beatles sobre una canción tradicional inglesa, es reemplazada por un alegre himno bélico alemán.



El fin de esta etapa musical de Laibach puede datarse probablemente con el disco Kapital, de 1992. Aunque es un disco bastante áspero para los estándares de la música industrial habituales, puede decirse que es una transición entre el Laibach todavía más pesado de sus primeros años, y el sonido más electrónico y refinado de sus años posteriores, en que llegarán incluso a adaptar música clásica al formato electrónico. Aquí no nos encontramos con covers de canciones populares como en los discos ya mencionados, aunque la intención satírica sigue estando presente. Por ejemplo, el tema Hymn to the Black Sun por el título podría parecer un himno nazi, pero en vez de eso se nos presenta un rap al estilo que se terciaba a inicios de la década (y el rap es música de negros, recuérdese), con una letra en donde se describe al Sol en términos astronómicos como centro del Sistema Solar... muy poco material de nazismo esotérico aquí.



Aunque no se olvidan tampoco de la faceta más bombástica y pseudoclásica de su música, con The Hunter's Funeral Procession por ejemplo, de innegable regusto tecnowagneriano. No en balde, está (muy libremente) basado en Das Himmlische Leben, un pasaje del cuarto movimiento de la Cuarta Sinfonía de Gustav Mahler. Este es el cover que ustedes deben mostrarle a su profesor de música sinfónica, si es que quieren matarlo de un infarto coronario masivo:



BALD - Laibach: Tanz Elektro Wagner mit uns, Teil 2.

domingo, 10 de febrero de 2013

10 historias románticas que terminan muy mal.


¿Fastidiado de que el próximo Jueves 14 de Febrero usted esté obligado como todo el mundo a ser feliz? ¿Es usted un enamorado o una enamorada que debe hacer feliz de manera obligatoria a su pareja sólo porque las empresas de publicidad le ordenan hacerlo así en dicho día? ¿O es usted un soltero sin ningún prospecto a su alrededor? ¿O es usted un soltero que piensa siempre en esa persona especial que no quiere estar con usted, y usted debe fingir que acepta de buen y generoso corazón que la persona a la que ama está mejor así? ¿O peor aún, que esa persona está mejor con otro y lo o la califica a usted mi mejor amigo o mi mejor amiga, además de ser el pañuelo de lágrimas siempre disponible para cualquier crisis en esa relación que no es la suya propia? ¡La Guillermocracia al rescate! Porque nuestro Ministerio de Cultura no le envenenará a usted con más romanticismo nauseabundo para que usted se deprima y se sienta mal, y además tenga que deprimirse y sentirse mal en solitario. En vez de eso, le proporcionaremos un antídoto. En este posteo antirromántico usted encontrará historias románticas que oscilan entre lo superficial o lo sencillamente desgraciado. Así, usted podrá sentirse mejor que el listado de fregados que irán desfilando a continuación.

Y si usted es uno de esos afortunados con una relación de pareja buena y feliz, pero que tiene tolerancia y sentido del humor, le invitamos también a leer el siguiente listado. O si es una persona feliz que además disfruta con el sufrimiento ajeno, que también los hay. Seguro que leer esto es más saludable para la sociedad que ir haciendo exhibición grosera e impúdica de su felicidad por ahí.

En cualquier caso, suponiendo que usted no termine suicidándose después de leer este posteo abrumadoramente enemigo del romanticismo, comente y deje sus opiniones. Quizás, si resulta de gusto de la gente, pensemos en la posibilidad de escribir una secuela. Y ahora, sin más comentarios preliminares, vamos al listado de historias románticas que son probablemente peores que la suya propia. O que la falta de una suya propia.


1. Los Simpsons: "Secretos de un buen matrimonio".

En sus buenos años, antes de que Los Simpsons entraran en su imparable espiral de decadencia, el programa tenía unos guiones brutales. Los Simpsons tienen varias historias románticas frustradas, en buena medida debido a la necesidad de mantener el status quo de capítulo a capítulo. En el episodio Another Simpsons Clip Show de la sexta temporada (Recuerdos de amor en Latinoamérica, Otro refrito de los Simpsons, tema: Romanticismo en España), incluso se mofan de ello recordando un affaire frustrado pasado por cada miembro de la familia, añadiendo además una brutal coda a la historia de amor platónico entre Homero y Mindy ("¿Ella? Se dio a la bebida y perdió el trabajo", dicho con el tono más indolente del mundo). Pero dicho episodio terminaba con una historia romántica exitosa: el propio matrimonio de Homero y Marge. Aunque, admitámoslo, veintivarias temporadas después uno puede preguntarse cómo entre el egoísmo estúpido de Homero y la testarudez irracional de Marge, ambos pueden seguir funcionando. La respuesta está en Secrets of a Successful Marriage (Secretos de un buen matrimonio en Latinoamérica y Secretos de un matrimonio con éxito en España), el último de la quinta temporada del programa. En dicho capítulo, Homero termina como profesor en un instituto de enseñanza para adultos, lo que habla bien mal de la calidad de la enseñanza en Estados Unidos. Y como no encuentra de qué hablar porque es un tonto, no se le ocurre nada mejor que soltar chismes sobre su relación con Marge. Ella, comprensiblemente asqueada en una época anterior a que Facebook nos quitara la privacidad, lo echa de la casa. Homero al final encuentra una manera de volver con Marge. A diferencia de otros episodios, que le meten sacarina al final para que no sea tan deprimente, el final de este capítulo es simplemente bestial. Homero le dice que lo único especial que tiene para ofrecerle a Marge es... completa y total dependencia. Marge puede estar segura de Homero no porque él sea especial, y no porque él la quiera, sino porque ella es la única barrera entre él y su autodestrucción por estupidez. El diálogo es de risa, pero si se detienen un minuto a pensarlo, es uno de los pasajes más retorcidos de toda la serie, uno en donde vemos como Homero y Marge son en realidad dos pobres diablos con serias carencias sicológicas, que necesitan reforzarse mutuamente dentro de una relación abusiva y manipuladora. Después de ver y analizar este capítulo, es imposible volver a ver la relación matrimonial de Homero y Marge con el mismo color otra vez.



2. American Dad!: "Votos superficiales".

La apariencia es superficial, lo que importa es lo de adentro, ¿verdad? Usted ve los matrimonios de celebridades bellas casadas con otras celebridades bellas, y se dirá que es pura casualidad. Después de todo hay chicas bellas que se casan con Hugh Hefner a pesar de ser un viejo. Y sería muy mal pensado sugerir que una playmate daría ese paso con el sr. Hefner o con un anciano magnate petrolero tejano por dinero en vez de por su tierno corazón. Esa realidad es plasmada en todas las películas y series de televisión. Salvo American Dad!, que nos regaló una joya de capítulo en la quinta temporada con Shallow Vows (Votos superficiales). En el capítulo, Francine se da cuenta de que Stan contrajo matrimonio con ella únicamente por su belleza. Como Francine quiere ser amada por lo que ella es y no por como ella luce, decide entonces afearse para que Stan la quiera por su interior. En respuesta, siendo esto American Dad! como es, Stan decide quedarse con Francine aceptando que el camino de ella para ser fea no tiene vuelta atrás... arrancándose las retinas para no tener que verla. Cuando Stan se convierte en un ciego inútil y Francine debe cuidarlo, ella repara en que se casó con Stan para ser cuidada, no para ella tener que cuidar a alguien, y descubre que ella misma ha sido tan superficial como Stan. El final es por supuesto una burla de todos los programas de televisión con moraleja barata, ya que Stan y Francine aprenden a aceptarse mutuamente siendo superficiales y egoístas. O aprenden a aceptarse a sí mismos siendo lo que son. Lo que implica que Francine volverá a ponerse bonita para satisfacer la superficialidad de Stan, y así Stan se operará para recobrar la vista y satisfará la superficialidad de Francine. Hilarante, hasta que uno comienza a hacer memoria de varias parejas de matrimonios que viven alrededor de uno, y que parecen calcadas por el mismo patrón. La próxima vez que usted tenga pareja, rece porque dicha pareja no lo deje en la estacada si le baja una ceguera. O una enfermedad terminal.

3. "Lo que el viento se llevó": Francamente querida...

Ahora entramos en honduras, con una de las más famosas historias románticas de todos los tiempos. Escrita como novela por Margaret Mitchell, y llevada al cine con toda suntuosidad en 1939, con Clark Gable y Vivien Leigh en los roles protagónicos. Ella es Scarlett O'Hara, una chiquilla mimada y caprichosa a quien la Guerra Civil convierte en una superviviente implacable, incapaz de darse cuenta de que por estar en la labor de conquistar el universo, está perdiendo su alma. Desprecia a Rhett Buttler porque es arrogante, cínico y muy poco adicto a las reglas sociales, sin darse cuenta de que son justo esas características las que hacen que él, a su vez, sea capaz de apreciarla y valorarla a ella. Scarlett O'Hara termina casándose con él. Pero dentro de un matrimonio en que los dos son demasiado orgullosos para dar su brazo a torcer, y quieren que el amor sea en sus propios términos y sin negociación, las cosas terminan por irse al infierno. El final, todos lo conocen: después de que Scarlett O'Hara al fin se da cuenta de que ama a Rhett Butler, éste ya está tan fastidiado que decide irse; cuando ella le pregunta qué hará con su propia vida, él le responde que francamente, querida, me importa un bledo. En la versión para el cine, Rhett Butler mantiene su apostura hasta el final. En la novela es todavía más terrible, ya que en las últimas páginas el personaje está embrutecido y en una espiral de decadencia terminal, que lleva a la novelista a describirlo como un César romano. Con razón, en un capítulo de Los Simpsons nos enseñaron que en los hogares de ancianos se da una versión con final revisado, en donde Rhett dice: Francamente, querida, te amo, casémonos. No porque sean más cotidianos que el promedio de la población en general, los infartos en los asilos de ancianos deben ser tomados menos en serio.



4. El hermano irremontable de "Realmente amor".

Realmente amor es una película coral del año 2003 lleno de lo que el título dice, historias de amor. Aunque el grueso de ellas son románticas, también hay de amor paternal y filial en el caso del chico enamorado por primera vez, de amistad y camaradería en el caso de los dos músicos en decadencia, y de sexo puro y duro en el caso del pobre desgraciado que se va a buscar su suerte a América y descubre que su acento y modales de inglés le garantizan acceso a una orgía de sexo grupal con él como el único hombre. Orgía de sexo grupal que cuenta con la participación de Elisha Cuthbert en sus mejores años, por cierto. Y en medio de todo eso está la historia de una chica hundida en una vida mediocre (Laura Linney) que se la ha pasado soñando con acostarse con su jefe (Rodrigo Santoro, el Jerjes de 300). Parece que los sueños se harán realidad... hasta que ella recibe una llamada telefónica, ya que su hermano que es enfermo mental tiene una crisis. El hombre no quiere saber nada de chicas con hermanos mentalmente enfermos, y se marcha. Ella termina pasando la Navidad con su hermano, que la quiere mucho. Y ella lo quiere a él, pero a su vez... está claro que mientras él siga vivo, ella estará encadenada por la pata a él, y no tendrá nunca la oportunidad de hacer su propia vida. Seguirá madurando, envejecerá, y se intuye que muy heroico tendrá que ser el hombre que se atreva a dar el paso con ella. Porque el reverso del amor, de hermanos en este caso, es que el infierno son la gente a nuestro alrededor.

5. "Robotech" y "Macross": El primer romance de Lisa Hayes.

El aporte del anime al listado. Los que vieron Robotech, o su versión japonesa Macross, ya se conocen la historia. Lisa Hayes (Misa Hayase en la versión japonesa) es la competente oficial de puente del SDF-1, la gigantesca nave parecida a un portaaviones volante que protagoniza la trama. Pero ella esconde un secreto: se hizo oficial militar para que algún día la destinaran al planeta Marte, en donde está el chico del que se enamoró en su adolescencia. Durante años se ha preguntado por qué nunca más se supo de él, y en un capítulo tiene la respuesta: la base marciana está abandonada y todos sus ocupantes están presumiblemente muertos. La historia ocupa un solo capítulo, pero resulta bastante cruel que ella hizo girar toda su vida y carrera profesional en torno a un sueño romántico que al cabo termina cortado de raíz. Las cosas después se componen en algo para ella cuando se enamora de Rick Hunter (Hikaru Ichiyu en la versión japonesa), pero el muy papanatas juega a dos bandas con otra chica llamada Lynn Minmei. Al final, Lisa Hayes termina casándose con Rick Hunter, lo que genera otro momento para el bronce en la historia de los romances frustrados, ya que la única cantante idol que anda dando vueltas en un escenario que entretanto se ha hecho postapocalíptico es Lynn Minmei, y ella debe cantar en la boda de su amado con su rival. El amor en Robotech apesta.

6. La esposa de Miguel el renegado.

Volvemos a la literatura. Miguel el renegado es una novela escrita por el escritor finlandés Mika Waltari, que es más famoso por Sinuhé el Egipcio. A su vez, Miguel el renegado es la secuela de otra novela también de Waltari, llamada El aventurero. Mientras que en El aventurero el protagonista Miguel Karvajalka vaga por la Europa del siglo XVI, en Miguel el renegado le da la espalda a dicho continente, asqueado por todo lo que ha visto, se transforma en musulmán, y acaba al servicio del Imperio Otomano. Hasta ahí, bien. Sólo que por el camino se enamora de Giulia, una enigmática mujer italiana con la que contrae matrimonio. Y como este posteo se llama 10 historias románticas que terminan muy mal y no 10 historias románticas que terminan muy bien, el matrimonio empieza a ir mal porque es claro que Giulia no ama a Miguel. Incluso Miguel empieza a sospechar de un sujeto que es eunuco... Como recomiendo muy vivamente la primera novela, pero esta secuela no tanto, voy a reventar el final (si usted no quiere enterarse, no siga leyendo). Al final, Giulia sí tenía un asunto con el eunuco, pero no con el miembro viril por razones obvias. Lo que pasa es que a Giulia... mejor lo pondré en palabras de ella misma: "Nunca te he amado realmente, nunca... Cuando menos, no después que encontré al hombre que podía ser mi dueño. Esto no lo comprenderás nunca, aunque a veces deseaba que te comportases como un hombre y me pegaras. ¡Ah, Miguel! ¡Como marido, tú has sido peor que un eunuco!". Porque eso le gusta a Giulia: que la aforren con un bastón. Y Miguel, por ser tierno y romántico y no tratar a su mujer como a una bestia, es acusado directamente por su señora de ser un poco hombre. Tanto, que ella le dice en uno de sus instantes finales juntos: "Es tan sólo por esto que he vuelto, pues ahora sé, aunque no puedas comprenderlo nunca, el exquisito placer que tendré cuando vea el lazo de seda hundiéndose en torno a tu cuello. Espero que me harás un último favor luchando contra los nudos a pesar de lo debilucho que eres"...

7. Un caso de "1000 maneras de morir".

El programa de televisión 1000 maneras de morir es una mina fértil para historias románticas desgraciadas. Después de todo, hablamos de un programa cuyo punto principal es reirse a costa de los pobres idiotas que reciben su merecido, y ese merecido es la muerte. Pero entre todas las posibles joyitas de amor desgraciado a escoger, la que a mi juicio se lleva la palma es un matrimonio en que ella es una antigua prostituta que ha colgado los hábitos para vivir juramentada en la santidad del matrimonio. Sin embargo, él no tiene empacho en acostarse con prostitutas; a su vez, él sospecha que ella le pone los cuernos. De manera que contrata por teléfono a un matón para que siga a la señora, y si la ve acostándose con otro, le descerraje un tiro a ella y al amante. El final es predecible, pero no por eso tiene menos jugo. El contrata a una nueva prostituta de la que no ha oído hablar, y sorpresa, resulta que es su esposa. Ambos se ponen a discutir, y en eso aparece el matón, que no conoce al marido en persona, y dispara. Dos muertos. Y fin de una bonita historia de desamor.

8. Mercedes de "El Conde de Montecristo".

La novela El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas es difícil de adaptar con fidelidad, debido a su desmesurada extensión (unas mil páginas). Richard Chamberlain interpretó a Montecristo en una versión, los japoneses hicieron una versión en Ciencia Ficción llamada Gankutsuou, Kevin Reynolds hizo una muy desafortunada versión con Jim Caviezel en 2002, y los argentinos terminaron de defecar en los muertos de Monsieur Dumas con una telenovela que de Montecristo tiene el puro nombre. La novela original es una historia de venganza, por supuesto, pero también es la de un amor frustrado: Edmundo Dantés es arrestado y enviado a prisión el día de su matrimonio con Mercedes, y ella, creyéndolo muerto, termina casándose con un hombre al que no ama pero al que acepta como la mejor opción frente a la posibilidad de quedarse para vestir santos, en una época en donde las mujeres debían ser mantenidas por sus maridos. El problema es que este tipo es justo quien ha traicionado a Dantés para quitarlo de en medio y robarle a la dama. Luego, Dantés reaparece como el Conde de Montecristo, con el nombre del marido de Mercedes en la lista de las víctimas de su venganza. A diferencia de la película de Kevin Reynolds, en donde una vez muerto el villano Edmundo y Mercedes se quedan juntos, y además el hijo del villano en realidad era de Edmundo, en la novela todo es más natural. Y más trágico. Aunque se reconocen mutuamente, Edmundo y Mercedes están condenados a seguir separados, ya que la vida los ha cambiado demasiado como para volver a ser los jóvenes inocentes que alguna vez se amaron. Al final, Edmundo encuentra consuelo en los brazos de Haydée, un personaje que en muchas adaptaciones es suprimido por motivos de simplicidad. Mientras que Mercedes es la que se lleva la peor parte de todo. Esta mujer cuyo matrimonio fue interrumpido por el arresto de su novio, y que después se casa y tiene un hijo con un hombre al que no ama, termina siendo una viuda después de que su marido, desenmascarado por Montecristo, queda deshonrado y se vuela la tapa de los sesos, y además con una situación económica precaria y sin otro pretendiente, se intuye que debido a su edad. Esos eran culebrones de verdad y no los de Televisa.

9. Medea.

El aporte de la mitología griega al listado, aunque la versión del cuento que conocemos hoy en día está mediatizada por la tragedia escrita por el dramaturgo ateniense Eurípides en el siglo V a.C. Jasón es un héroe que viaja hasta la Cólquide, en Asia, lo que para la geografía de la época mitológica griega era el último confín del mundo conocido, en busca de un tesoro llamado el Vellocino de Oro. Allí enamora a la princesa bárbara Medea, que usa su magia negra para ayudar a Jasón traicionando de paso a su familia y a su patria. Si ustedes han visto la magnífica película Jasón y los argonautas de 1963 podrían pensar que el gran final feliz es que el héroe se queda con el Vellocino de Oro y con Medea y regresa victorioso y casado a Grecia. Pero en dónde estaría la tragedia, debe haberse dicho Eurípides, que sabía de lo suyo. Así es que Jasón cuando vuelve, patea a Medea y se compromete con Glaucia, que no es una bárbara extranjera sino una señorita de buena cuna griega, fina y de modales. Medea reacciona como cualquiera bruta bárbara lo haría: mata a la nueva novia de Jasón, y a la familia de ella. Y después, considerando que matar a Jasón sería demasiado suave, le inflige la peor herida posible: mata a los hijos comunes de ambos. Como esas historias policíacas en donde madres despechadas matan a sus hijos y después se suicidan. Mire usted las historias románticas frustradas de su propio pasado: es muy probable que ninguna, por nauseabunda que haya resultado, haya acabado de una manera tan terrorífica como ésta.

10. Romeo y Julieta.

Y para terminar, otra insigne tragedia de todos los tiempos. Todos conocen la historia. La ciudad de Verona está sacudida por las rencillas de los Montesco y los Capuleto, dos familias poderosas que se están desangrando en guerra civil en vez de unirse para que el Senado pase una ley de pesca que cree un monopolio del recurso para ellas. Romeo Montesco se enamora de Julieta Capuleto y para evitar que el odio de las familias se interponga en su romance, deciden casarse en secreto. Pero cuando los Capuleto, creyendo a su hija todavía soltera, programan el matrimonio de Julieta con Paris, el cura pelotillero de turno en vez de confesar la verdad (él ha sido quien ha oficiado el matrimonio, después de todo), discurre un falible plan infalible, en el que falsificará la muerte de Julieta. Por esos giros del destino que convierten a las tragedias shakesperianas en las tragedias shakesperianas que son, el correo que el cura envía a Romeo no llega a destino, éste no se entera de que todo es un truco, cree que Julieta está muerta, la visita en su tumba, y se suicida a minutos o segundos de que ella despierte; ella lo seguirá a la tumba suicidándose a su vez. Una bonita historia romántica acerca de cómo el amor triunfa sobre todo, y de cómo en la muerte los amantes unidos reconcilian a dos familias que se odian... Pero ésa no es la moraleja. Shakespeare vivía bajo la férula de hierro de la Inglaterra Isabelina, y jamás hubiera conseguido que pasara la censura una obra con una moraleja tan subversiva, a lo menos no de manera abierta. El mensaje es justo lo opuesto: lo idiota que es el romance adolescente. Romeo y Julieta no son dos ídolos románticos, sino un par de adolescentes imbéciles con las hormonas revueltas que están dispuestos a destrozar a sus familias y todo el orden social por una calentura de fin de semana. En la época no se suponía que los nobles se casaran con quienes quisieran, ya que eran commodities por parte de las familias de poderosos, que los utilizaban como monedas de cambio para crear alianzas estratégicas con las que acrecentar sus cuotas de poder. En cuanto al amor, ellos podían desahogarse puertas afuera, y ellas tenían la casa para mandar y la religión para distraerse. Romeo y Julieta, al pretender casarse entre sí por puros motivos románticos, son más que rebeldes: son terroristas, son inútiles subversivos. A la larga, tienen tan hundidos sus cerebros en hormonas que ni siquiera son capaces de pensar dos minutos hasta salirse con la suya. Queda muy bonito que ambos amantes separados terminen finalmente unidos en la muerte, pero el caso es que los dos están muertos, y los muertos no aman porque están justo lo que el nombre dice: muertos. Su verdadero lugar no debería estar entre las historias románticas inmortales, sino en algún segmento del ya mencionado programa 1000 maneras de morir. Porque amar con el corazón está bien, pero a medida que la persona crece y madura y empieza a amar también con la cabeza, eso está mejor.

Y hemos terminado nuestro breve repaso por esas diez historias románticas que terminan muy mal. A ver si eso les compone el Día de los Enamorados a todas esas personas que no pueden expresar su tristeza porque su relación va mal, o porque no tienen ninguna relación para empezar.

Y si les gustó este posteo, no se olviden de comentar. Con suerte y un poco de dedicación, es posible que termine llegando una secuela. En el nombre de los desilusionados y cínicos del mundo, de todos aquellos que deben callar su opinión porque Facebook no tiene un botón NO ME GUSTA.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Populacho para las élites intelectuales.

Don Quijote según Gustavo Doré, una de las cumbres de la transmutación de temas populares en cultura erudita.
Un fenómeno artístico y cultural en general que parece propio del siglo XX, y que no cesa de acrecentarse en el siglo XXI, es la irrupción de lo populachero en el campo de las élites intelectuales. Aunque han pasado una enorme cantidad de años, recuerdo como si fuera ayer el día en que me cayó la teja al respecto. Estaba por circunstancias de la vida metido en un grupo de gente que se las daba de chicos, no diré intelectuales, pero sí sabidos e ilustrados. Lo que define tan bien la palabra española cultureta. Y de pronto estos chicos que no escuchaban rock convencional sino música popular más sofisticada, o que no leían nueva narrativa chilena sino que autores de culto e incluso malditos, ellos se pusieron a hablar y colocaron un casette, que era el transporte de la música en esos años... de Joe Vasconcelos.

Yo siempre he tratado de moverme entre las dos aguas de no ser ni demasiado cerrado que no acepte explorar ideas o conceptos ajenos o innovadores, ni tampoco ser tan acrítico que lo reciba todo con los brazos abiertos por el puro amor de la novedad. Pero eso me superó. Para quienes no conozcan a Joe Vasconcelos, se trata de un cantautor chileno que estuvo varios años en Brasil, que antes de eso estuvo un tiempo con la banda Congreso, y que al regresar del trópico se dedicó a tocar música tropical. Quienes me conocen saben que no soy de gustos tropicales, pero no me rehúso a bailar si se trata de pasarlo bien. Mucha gente de élites desprecian la música tropical por no ser rock progresivo o Beethoven, pero cada cosa en este mundo debe tener su lugar, y a veces se agradece que por los parlantes resuene algo ligero en vez de lo que mi contertulio el General Gato llama música para invadir Polonia. Pero una cosa es aceptar o al menos tolerar música por el factor diversión, y otro cuento muy distinto es defenderla como la siguiente obra maestra en el campo artístico. No quiero desconocer el esfuerzo del señor Vasconcelos en componer música o en entregarse en sus recitales, que no he ido a ninguno, pero que buenas fuentes me han referido como esforzados y entregados al público, pero para cualquiera que preste un poco de oreja a su música, se dará cuenta de que en el fondo es la misma sobajeada música fusión latinoamericana pobretona, elevada por alguna clase de misterio al estatus de cultureta. Según sus defensores, porque sus letras son buenas. O quizás porque a diferencia de otros cantautores chilenos de música fusión, él estuvo en Brasil, y es sabido que cualquier chileno venido desde allende los mares tiene posibilidades únicamente por el plus de haber estado afuera.

Al señor Vasconcelos le tocó el triste papel de transformarse en el niño símbolo de este problema, en lo que a este artículo se refiere, por la desgracia de que con él fue que empecé a darme cuenta del mismo. Podría haber sido con muchos otros artistas. Porque la verdad es que la historia del siglo XX se ha plagado de rescate de lo popular. Fenómeno que podemos rastrear incluso hasta el siglo XIX, si no antes.

Todas las culturas, desde las más primitivas hasta las más civilizadas, han tenido manifestaciones artísticas tales como pinturas o canciones. Las más de ellas, se mantienen en un caldero en donde el artista crece de manera más o menos anónima, la autoría de las obras se va olvidando, y ellas se convierten poco a poco en patrimonio colectivo. Creo que no muchos chilenos contemporáneos míos recordarían que tales o cuales canciones folclóricas tuvieron como autor a tal o cual cantautor: sólo se las asocia con el patrimonio común chileno, y punto final. ¿Quién recuerda que el tren con su chiqui chiqui cha es de un cantautor llamado el Monteaguilino, y que data apenas de inicios de la última década del siglo XX? Ya que estábamos con Joe Vasconcelos, varias canciones suyas han pasado a formar parte del repertorio popular de bandas tropicales que ambientan fiestas de distinto calibre.

Pero por sobre toda esta cultura popular, con el surgimiento del poder del dinero, los gustos de la élite se refinan. Surge entonces una nueva cultura por encima de la anterior, y muchas veces en abierta contraposición a la misma. A la larga, la cultura de la élite pasa a ser la cultura a secas, hundiendo y enterrando la cultura popular y cualquier rastro o testimonio de la misma. O tratando de hacerlo, por lo menos.

El proceso por el cual la cultura de las élites pasa a ser la cultura oficial es sencillo. Mientras que el artista popular más o menos debe defenderse por sí mismo en la vida, con frecuencia sin salir de la pobreza, el artista o el pensador que trabaja para las élites recibe mecenazgos que le permiten mayor libertad de explorar y crear obras más complejas y elaboradas. Pero esto, a cambio por supuesto de defender los gustos de la élite como la cultura, y arrojar a la otra cultura popular al pozo del olvido. Los historiadores del arte recogen la historia de los escritores de grandes obras, no la del poeta popular, o los compositores de grandes sinfonías, no las canciones del cantautor popular. Se ha forjado así una tradición centenaria de que la cultura de las élites es superior y mejor a la cultura popular.

Pero en el siglo XIX, se invirtieron las tornas. Como consecuencia de los ideales de la Revolución Francesa, la rebelión contra los privilegiados de 1789 tomó como cariz una reivindicación del nacionalismo. Y para buscar el nacionalismo, nada mejor que internarse en la cultura popular de cada país. Es lo que hicieron los hermanos Grimm rastrillando toda Alemania para convertir los cuentos populares en literatura paladeable por las élites, o Lizst tomando las danzas húngaras populares como base para varias de sus composiciones al piano. En el siglo XX, la tendencia fue aún más lejos. Hoy en día tenemos tan internalizado el jazz y el rock como partes de la cultura, que se nos olvida que en sus inicios, ambas manifestaciones musicales eran música de negros, que a su vez se habían aficionado a ella porque la música selecta era demasiada cultura para ellos. La razón por la que asociamos el jazz con los antros de gángsters de la década de 1920, es porque esa clase de música no se interpretaba en ese tiempo en ningún lugar decente que se preciara de tal: el jazz era popular. Incluso yo mismo escribí hace un tiempo las Crónicas CienciaFiccionísticas para reseñar la historia de un género, la Ciencia Ficción, que a lo largo del siglo XX no fue alta cultura sino literatura de consumo popular, más allá de que algunos clásicos como "Crónicas marcianas" de Ray Bradbury hayan conseguido abrirse paso hacia la apreciación de la crítica seria.

Visto desde ese punto de vista, la adopción de temas y motivos populares dentro de la alta cultura no debería ser algo a combatir. Por el contrario, debería ser algo bienvenido, ya que permite la oxigenación y renovación cultural. La música romántica del siglo XIX, por ejemplo, se benefició mucho de la adopción de ritmos y sones populares para romper la carcasa de la tradición musical que va desde el Barroco a lo Bach hasta el Clasicismo a lo Mozart, que por supuesto tiene sus grandes cumbres, pero que también en esa época empezaba a ser un estilo musical marchito y agotado por el genio de tales titanes. El rock fue inicialmente música populachera, pero pronto vinieron The Beatles, el Rock Progresivo, o el Heavy Metal, que se encargaron de explotarlo hasta profundidades que quizás sus primeros cultores ni siquiera se imaginaron. No es que no hubiera excesos, pero en general, el resultado fue más positivo que negativo. Y no debemos olvidarnos de que el mismísimo "Don Quijote de la Mancha", una de las obras fundacionales de la literatura erudita en castellano, es una reelaboración de un género de literatura popular, en concreto de las novelas de caballerías. En clave de parodia, sí, pero aún así.

Pero sin embargo, existe una trampa en todo esto. La adopción de la cultura popular como la cultura por parte de las masas en el siglo XX obedece a una reacción contra las élites. Valorar la alta cultura pasó a ser esnobismo primero, y signo de conservadurismo al último. Hoy en día es de muy mal tono vociferar contra la cultura popular, y quien lo haga, como el crítico literario Harold Bloom cuando criticó las novelas de Harry Potter, queda como un pedante, cuando no como un fósil senil, intelectualmente hablando. No importa si tiene razón o no (no he leído las novelas en cuestión, pero por lo que he visto de la trama en las películas de Harry Potter, no me he perdido de nada aparte de lo que podemos llamar la entretención pura y dura), está tan instalada la idea de que la cultura popular es la cultura, que la alta cultura pasa a ser despreciada.

Y por supuesto, esto produce ciertos encasillamientos que conforman una profecía autocumplida. El arte cumple una muy importante función social de reafirmación propia. De manera que el culturalmente conservador, acorralado por esta percepción, tendrá que seguir su papel hasta el último y cerrarse a la cultura popular, por lo que se volverá aún más conservador en lo cultural. Las masas, por su parte, tendrán que volverle la espalda a la alta cultura para reafirmar la cultura popular más sencilla que su mentalidad es capaz de entender, y con ello se cierran el camino para progresar hacia un arte más fino o elaborado. Y en medio surge un nicho ecológico propio muy interesante, el de los culturetas, aquellas gentes para quienes el gusto por ciertos artistas se transforma en un sello de identidad por el cual pueden presumir de que repudian la alta cultura tradicional al mismo tiempo que se pueden considerar también por encima de las masas a las que en el fondo desprecian.

Porque en el fondo, el cultureta que reivindica la cultura popular debe recurrir a una contorsión increíble para justificar esta reivindicación y no perder su patente de corso como cultureta. Su excusa es que el artista en cuestión dignifica el género. Según ellos, Joe Vasconcelos no interpreta música popular, sino que hace música culta tomando elementos de música popular, porque a ellos no les gusta la música popular, sino la música culta que es una transformación de la música popular, lo que a la vez sirve de manifiesto social y político. Si empleáramos categorías políticas del siglo XVIII, estos culturetas no serían demócratas ni absolutistas, sino déspotas ilustrados: "todo para el pueblo, pero sin el pueblo". Ellos quieren lo mejor para la masa, pero no quieren mezclarse con la masa, y por eso deben seleccionar con pinzas a estos artistas. Y para que no digan que me cargo contra el pobre Joe Vasconcelos, mencionaré muchos otros ejemplos, desde la reivindicación cultureta de la "cueca brava" en Chile hasta el flamenco populachero vendido como identidad cultural española, incluyendo el rock más sofisticado alabado en la crítica de los diarios (desde Radiohead hasta Sting), o la música electrónica que se sale del cómodo margen de las audiencias radiales.

Por supuesto que esto no significa que a uno no deban gustarle tales artistas. Yo en lo personal tengo gustos musicales bastante eclécticos, y a menudo algunos fanáticos del metal me miran como bicho raro porque me gusten cosas más pop, o viciversa, por no hablar de la música clásica. Y sé que los fanáticos del metal, en particular del Power Metal por estos días, también pueden pecar de culturetismo, y mucho. La cuestión es por qué a uno le gusta tal o cual estilo de arte, y valorarlo en su justa medida. Si a una persona le gusta la música entretenida porque la hace olvidarse de sus penas, y no quiere complicarse la cabeza con sinfonías o solos de guitarra, eso está tan bien como lo inverso. Lo que es impresentable es transformar el gusto propio en un manifiesto, y aplicado al caso, traicionar el carácter popular o directamente populachero defendiendo como arte que o no lo es, o posa de tal sin llegar a serlo. Como discutía en otro posteo, una de las características del arte es su complejidad, lo que permite introducir matices y niveles de lectura, que a su vez le permiten influir a través de las generaciones y la Historia a través de sucesivas lecturas de la obra. La obra popular por lo general es simple, cuando no simplona, y por eso, una vez aprehendida se relega al entretenimiento cotidiano, cuando no se relega al olvido. Es esta reivindicación de la simplicidad como una especie de suprema manifestación de misticismo artístico, lo que está fuera de lugar. El arte simple es arte simple, y no da para más. El resto es pura pose barata.

domingo, 3 de febrero de 2013

Segunda temporada de "Homeland": Adquiriendo personalidad.


Acaba de terminar por el cable hace algún tiempo en Latinoamérica la exhibición de la segunda temporada de Homeland. Comentábamos a propósito de la primera temporada que la serie tenía una premisa interesante y algunos puntos bastante sólidos, pero que aún le faltaba definir su propio tono. Se notaba que era una especie de 24 con menos revoluciones, y todavía luchaba por tener una personalidad propia como serie televisiva. Además, después del final de la primera temporada, en que parte importante de la premisa parecía haberse resuelto, un mal equipo de guionistas estaba en perfecta posición para descarrilar la serie, como pasó hace no mucho tiempo con V, por ejemplo.

Por suerte ocurrió todo lo contrario. La segunda temporada de Homeland supera de largo a la primera, y por fin la serie se alza como una propuesta de verdad única y original. Se le ha criticado a la trama que se haya acelerado y se haya entregado al reclamo de los giros de tuerca al estilo de 24, pero este recurso ha sido puesto en escena lo justito para mantener las cosas interesantes.

He tratado de escribir este comentario lanzando la menor cantidad de spoilers sobre la segunda temporada, pero me es inevitable referirme al final de la primera temporada, de manera que quien nunca haya visto nada de Homeland, haría bien en no seguir leyendo a partir de aquí.



Bien. Ahora que estamos los que debemos estar, seguimos.

Al final de la primera temporada, habíamos dejado a los personajes en un pie bastante complejo. Se había revelado que en definitiva Brody trabajaba para un alto dirigente de Al Qaeda, y además había quedado en ruta a una carrera senatorial que podría proporcionarle a Al Qaeda un infiltrado nada menos que en la alta política de seguridad exterior de Estados Unidos. Suena casi de teleserie, pero no es tan fuera de tiesto como podría parecer; debemos recordar que en Alemania el Canciller Willy Brandt debió renunciar en 1974 luego de que se descubrió que uno de sus principales asesores espiaba para el Bloque Oriental, o que en Inglaterra el Secretario de Guerra John Profumo debió renunciar luego de que se supiera que se acostaba con una mujer que a su vez era pareja de un supuesto espía oriental. De manera que el escenario de un alto político espiando para Al Qaeda no suena tan descabellado. Carrie, mientras tanto, a pesar de haber conseguido evitar un sangriento atentado terrorista, ha quedado por completo desacreditada, tachada de loca, y expulsada de la CIA por supuesto.

Pero hay inestabilidad en el Medio Oriente. Israel ha tomado acciones unilaterales contra Irán, bombardeando instalaciones nucleares en una acción reminiscente del incidente de Ossirak en 1981; Al Qaeda se prepara para dar un contragolpe de represalia, y por supuesto alguien pasa el dato a la CIA. Carrie es enviada para una misión en Beirut para extraer la información, lo que lleva a un enorme descubrimiento, ya que llega hasta sus manos una copia del video que Brody ha grabado para justificarse como terrorista en el atentado anterior que no llegó a ocurrir. Ahora la CIA tiene acorralado a Brody, pero todavía lo necesitan, ya que es el único nexo conocido con los autores del atentado terrorista que podría venir sobre Estados Unidos. Y esto, sólo en los dos o tres primeros capítulos.

Liberados de la necesidad de introducir personajes y situaciones, lo que contribuyó a darle un ritmo quizás demasiado pausado a la primera temporada, los guionistas ahora tienen las manos libres para desatar todo el potencial de la premisa. Y lo hacen con habilidad suprema. Los primeros tres o cuatro capítulos son muy remolones, pareciera que la serie no va a despegar nunca, y que los guionistas se hubieran quedado atrapados con el final redondo de la primera temporada. Pero luego las situaciones empiezan a sucederse unas detrás de otras, y el espectador una vez más se queda al borde de la butaca, preguntándose qué está ocurriendo y si de verdad las cosas van en la dirección que parecen.

Un mérito enorme de esta segunda temporada, es haber conseguido reflotar con éxito el problema de las lealtades de Brody. Parecía que el tema había quedado resuelto y zanjado con el final de la primera temporada, y que en adelante el suspenso iba a ir más por los cauces de Columbo, o sea, no tanto por la identidad del villano sino por la manera en que el detective lo va a pillar. No es así. Porque realmente no sabemos en qué pie calza Brody. ¿Es realmente un ex soldado buscando redimirse y salvar a su familia en el proceso? ¿O por el contrario, sigue siendo un terrorista convencido que prosigue engañando a la CIA? Al igual que en la primera temporada, estas son cuestiones cuya respuesta ignoramos, y esa ambigüedad sigue siendo el principal motor de la trama, para bien.


La serie no evita cometer algunos errores, empero. El más sangrante de todos es que Al Qaeda decide de una manera muy tonta que es buena idea utilizar a Brody en los primeros capítulos para varios trabajitos menores que arriesgan a exponerlo, en vez de mantenerlo a salvo como un agente durmiente en la alta posición a la que ha llegado; la única explicación que se me ocurre, es la necesidad de los guionistas de mantener las cosas andando mientras terminan de poner a todas las piezas en posición para que el drama empiece de verdad. Otro elemento que tampoco funciona bien es el reasumido romance entre Carrie y Brody, que está un poco ahí porque venía de la primera temporada y había que justificar la relación casi obsesiva entre ambos personajes; sin embargo, todo esto se ve triste y forzado, considerando que con este romance Carrie está implícitamente perdonando a Brody por haber provocado eventos que la enviaron a una institución mental y la sometieron a terapia de electrochoque, por no hablar de que el propio Brody es, como la propia Carrie lo dice, una vergüenza para el uniforme y una desgracia para la nación. Uno de los momentos cumbres de la segunda temporada se produce casi al final de la misma, cuando uno de los villanos se ríe en la cara de Carrie precisamente por esto mismo, por lo que todos los espectadores más sensatos nos estamos preguntando.

Con todo, la serie consigue inyectar con sus sucesivas vueltas de trama el suspenso suficiente para mantener el interés. El que los tres o cuatro primeros episodios fueran demasiado lentos, queda de sobra compensado con los tres o cuatro episodios finales en que el espectador se queda con el alma en un puño. Y en el último capítulo, cuando todo parece ir en vías de normalización, una última y espectacular vuelta de tuerca final deja la serie en inmejorable pie para una tercera temporada que, podemos anticiparlo, va a transcurrir en un escenario bastante diferente a las dos primeras. Los premios que se llevó Homeland en los Globos de Oro no son injustificados: la serie es televisión de la buena, de la que hace adicto al espectador, con buenos personajes y situaciones. No se puede pedir más.

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