domingo, 27 de enero de 2013

Ciencia Ficción paranoica: ELLOS nos invaden A NOSOTROS.


La Ciencia Ficción probablemente se trate menos sobre el mañana que sobre el hoy. Y el hoy, a su vez, es el hoy de cuando se escribió la novela; o sea el ayer, o en el caso de Julio Verne, el Triásico del género. El escritor de Ciencia Ficción toma la ciencia como tema, pero no lo hace de manera neutral, sino que la utiliza para canalizar algunas ideas y conceptos que responden a sus sueños, esperanzas, fobias y pesadillas. Y por supuesto, uno de los temas recurrentes en la Literatura y fuente de tales sueños, esperanzas, fobias y pesadillas, no sólo de Ciencia Ficción sino de cualquier género, es cómo nos relacionamos con el Otro.

En la Literatura general el otro suele ser nacional de otro país, o tener la piel de otra raza. La Ciencia Ficción proporciona un blanco incluso más aceptable: el extraterrestre. En la Ciencia Ficción abundan los extraterrestres con características muy terráqueas: o son seres humanos con otro color de piel y algún que otro rasgo morfológico distintivo, o bien son bestias al estilo de los insectos, las aves, etcétera. Es raro encontrarse con extraterrestres con una morfología o funcionamiento extraordinariamente distintos a la vida terrestre. Hay razones biológicas para pensar en eso, porque la construcción de un ser vivo responde a ciertas leyes físicas y químicas, como por ejemplo la famosa ley cuadrático-cúbica (aquella que entre otras consecuencias predice que un insecto no puede crecer a la estatura humana, o un humano alcanzar los veinte metros de altura sin romperse las canillas por su propio peso). Pero también hay razones psicológicas: es mucho más fácil plasmar en esos monstruos humanoides o bestiales nuestros propios miedos. No escribimos Ciencia Ficción para realmente explorar el universo, sino para plasmar en lenguaje científico lo que son pesadillas y terrores ancestrales de la raza humana. Cuando nos encontramos con una criatura realmente fuera de nuestros cánones nos desesperamos, igual que los científicos del futuro no son capaces de entender y conceptualizar al océano quizás vivo y quizás inteligente de la novela Solaris de Stanislav Lem.

No es raro entonces que una vertiente de la Ciencia Ficción se haya decantado por la paranoia: ellos nos invaden a nosotros. En la vida real, una civilización capaz de cruzar el espacio y tiempo que nos separan tendría tecnología tan avanzada que sin duda nos barrerían en la primera oleada, de manera incluso más brutal que los españoles cuando aniquilaron a los indígenas después de 1492. Incluso, se dice, Crónicas marcianas de Ray Bradbury es una especie de recreación de la conquista española de Latinoamérica, pero ambientada en Marte. Pero este final en lo literario suele ser insatisfactorio. No nos gustan las novelas en donde perdemos. Para ser perdedores ya está la vida. En las novelas del género, por lo general la invasión extraterrestre es repelida por un medio u otro, aunque suene tan improbable como los Ewoks dándole una paliza a las tropas imperiales en El regreso del Jedi. Pero lo interesante es cómo se ha decantado la paranoia.

LAS NOVELAS DE INVASIONES SE HACEN ESPACIALES.

La primera novela de invasiones alienígenas fue La guerra de los mundos, publicada por Herbert George Wells en 1897. La historia es simple: unos meteoritos caen a la Tierra, despertando la curiosidad de los bienpensantes británicos, que están en el apogeo de su imperialismo colonialista y piensan que el universo tiene pocos misterios aún por resolver. Pero los meteoritos son en realidad naves marcianas que han iniciado una imparable invasión a gran escala contra la Tierra. Al final, cuando ya no queda casi ninguna esperanza, la invasión es derrotada por un enemigo impensado: los microorganismos que se ceban en los extraterrestres sin sistemas inmunológicos adecuados para contenerlos. La historia escenifica un escenario de paranoia que se hará recurrente en el género: una tranquila comunidad que es nosotros es invadida por ellos. El horror alcanza su culminación cuando vemos que los marcianos dependen tanto de las maquinarias, que sus cuerpos están atrofiados, e ingieren sangre como verdaderos vampiros para subsistir. En efecto, Herbert George Wells aprovechó de inventar otro tópico del género bien vivo, cual es el alienígena biomecánico, en algo que parece casi una parodia siniestra del transhumanismo, cerca de un siglo antes de que dicho concepto fuera inventado.


Es sabido que Herbert George Wells era un simpatizante socialista, bastante moderado para el espectro político europeo general, pero casi un terrorista intelectual en la muy civilizada Inglaterra. Lo que pretendía Wells era que los británicos se sintieran un poco como los pobres nativos esquilmados por el Imperio. Wells parecía estar diciendo: Así como los británicos se sienten arrasados por los marcianos en mi novela, es como los bwanas se sienten masacrados por los fusiles británicos en la realidad. Pero menos recordado es que había antecedentes literarios, y que en materia de invasiones, Wells no se estaba inventando nada.

Cerca de un cuarto de siglo antes, en 1871, se había publicado un libro llamado La batalla de Dorking. En él se describía la invasión a gran escala de Alemania en contra de Inglaterra. La novela fue un éxito clamoroso, y engendró todo un subgénero literario en donde Inglaterra era atacada día sí y día también por enemigos que por lo general eran Alemania, aunque a veces también era Francia, según cómo soplara el viento político del día. Dicha literatura se acabó en 1914, cuando la guerra se hizo real. Irónicamente, la mejor de esas novelas no escenificaba una invasión alemana contra Inglaterra, sino marciana; y La guerra de los mundos es una perfecta novela del género de invasiones, pero nadie la recuerda como tal. Una vez más, la Ciencia Ficción estaba al servicio de ciertos instintos paranoicos de la Inglaterra de la época, la idea de que estaban en la cumbre de la civilización, pero podían caer de dicha cumbre con facilidad si es que los Menschmaschinen alemanes se aplicaban.

LOS AÑOS DE LOS EXTRATERRESTRES DESVERGONZADOS.

Al final la Primera Guerra Mundial fue librada, y no fue Inglaterra sino Alemania la que quedó en ruinas. Durante un tiempo el péndulo en la Ciencia Ficción se invirtió, y fueron los terrestres los que empezaron a visitar otros mundos, típicamente Marte y Venus. El exponente más claro es Una princesa de Marte de Edgar Rice Burroughs de 1912, y sus correspondientes secuelas, que enhebran la saga literaria de John Carter, llevada con injusta mala fortuna al cine en 2012. La única excepción fue el imaginario lovecraftiano, en donde los extraterrestres son tan poderosos que son dioses para efectos prácticos, y ay del pobre humano que se les cruce en su camino. Pero en la década de 1930, las cosas cambiarían un resto.


Dentro del género, la década vio el surgimiento de la industria de la revista pulp de Ciencia Ficción. Fuera del mismo, fue el tiempo del surgimiento de los totalitarismos europeos. Amazing Stories, la primera revista íntegramente de Ciencia Ficción, fue publicada inicialmente en 1926, pero fue la Gran Depresión lo que fomentó la expansión del mercado, debido a la necesidad de evasión de la época. La necesidad de vender aventuras, sumada a la reacción inconsciente de Estados Unidos contra el nazismo, hizo que el invasor extraterrestre volviera a saltar a la palestra. Sólo que la actitud ambivalente de Estados Unidos hacia el nazismo en la década, con personalidades como Charles Lindbergh o Henry Ford auspiciándolo, no permitió que se manifestara en forma de literatura de invasiones. En vez de ello, el extraterrestre desarrolló otra forma.

Este por lo general era el B.E.M., el Bug Eye Monster u Monstruo de Ojos de Bicho. El objetivo del mismo no era destruir el sueño americano, sino desatar sus instintos sobre las mujeres. Es la época de las portadas en donde el héroe espacial enarbolando su pistola rescata a una chica con traje de astronauta hecho jirones por la bestia lasciva que desea comercio carnal con la terrícola; recordemos que en la época ser femenina implicaba ser pasiva y sumisa, y por lo tanto, ella no iba a hacer esfuerzos por rescatarse a sí misma del peligro. La paranoia en este caso no estaba dirigida contra el nazismo, sino contra un enemigo más tradicional de Estados Unidos: el liberalismo sexual. El BEM pasó a ser emblema del instinto animal que busca satisfacer su lujuria con la ninfa humana de turno, mientras que el héroe enarbolaba los valores de la pureza y la castidad, a tono con la América cristiana de entonces y ahora. Incluso en los cómics, los extraterrestres antropomorfos Ming el Despiadado y su hija la Princesa Aura, los villanos de Flash Gordon, no sólo son señores tiranos del planeta Mongo, sino que amenazan sexualmente a los héroes, Ming a la novia de Flash, y Aura a Flash mismo. Andando el cómic, Aura al menos se hace respetable dejando en paz a Flash Gordon y aceptando su noviazgo con Arden, y contrayendo el sagrado y honorable vínculo del matrimonio con el príncipe Barin, pasándose así al bando de los buenos.

LA PARANOIA ANTICOMUNISTA.

La Segunda Guerra Mundial llegó y pasó, y vio un realzamiento del invasor extraterrestre en la Ciencia Ficción. John W. Campbell, el más importante editor de la época, exigía que todas las historias de conflicto con extraterrestres terminaran con la resonante victoria humana. Y la Humanidad, en estas historias, enarbolaba los valores del American Dream. Quizás el único que se rebeló fue Isaac Asimov, de una manera peculiar: se negó a escribir (muchos) relatos con extraterrestres en escena.



En la década de 1950, el tópico de la invasión extraterrestre se puso otra vez de moda. Ahora se trataba por supuesto de la paranoia anticomunista. El extraterrestre era la criatura que venía no sólo a invadir y destruir, sino también a asimilar, a destruir la individualidad del ser humano. El ejemplo más prístino de esto es la novela Amos de títeres de Robert Heinlein, en la cual unas babosas espaciales se adhieren a los seres humanos y los poseen transformándolos literalmente en zombis sin voluntad... aunque, horror de horrores, conscientes por completo de la posesión en sí. En el cine, el ejemplo máximo fue La invasión de los ladrones de cuerpos de 1956, en donde los extraterrestres cultivan duplicados humanos en vainas, para que cuando éstos maduran, suplantan a los originales humanos. El final resulta horroroso, si se piensa que el optimismo de la escena final fue un añadido obligado por los productores, quienes pensaron que el final lógico con un pobre ser humano gritando como enajenado en una carretera incapaz de impedir el desastre, era demasiado deprimente.

Y EL EXTRATERRESTRE ESTÁ DESAPARECIENDO.

Dos películas fueron fundamentales para barrer con la paranoia anticomunista en el paso de la década de 1970 a la de 1980. Me refiero a Encuentros cercanos del tercer tipo, y E.T. el Extraterrestre, ambas rodadas por Steven Spielberg. La primera presenta a unos extraterrestres bondadosos y paternales, mientras que en la segunda los extraterrestres son indiferentes, si bien uno de ellos al quedar varado en la Tierra, consigue hacerse amigo de un niño. En la década de 1980, la tensión sociopolítica y el terror ante el apocalipsis nuclear alcanzaron un paroxismo, y la mentalidad de la gente fue fluyendo lentamente hacia la idea de que era mejor alcanzar una componenda, incluso el desarme nuclear, antes que arriesgarse a la destrucción mutua asegurada.



Y después llegó la revolución informática. Y con ella, el Cyberpunk. Bruscamente, la Ciencia Ficción dejó de referirse a escenarios a cientos o miles de años en el futuro, y el espacio exterior fue quizás no abandonado, pero sí dejado substancialmente de lado. El horizonte del género se redujo en parte porque la aceleración tecnológica producto de la revolución informática tornó el negocio de predecir el futuro en algo demasiado difícil, en lo que Vernon Vinge llamaba la singularidad tecnológica. Además, los problemas en la Tierra se iban acumulando: el desastre ecológico, el terrorismo, el horror nuclear...

Pero el ocultamiento del extraterrestre como figura literaria responde a un patrón más profundo. En el mundo globalizado que fue fundado a través de la expansión de Internet en la década de 1990, de pronto ya no existen los otros. O mejor dicho, todos somos los otros de todos. Piense usted en su perfil de Facebook, si es que tiene. Sus amigos de Facebook son todos el otro, con sus propios gustos y aficiones, y su propia lista de clicks en los respectivos me gusta; ellos son sus amigos de Facebook, pero se han hecho mucho más patentes las diferencias que las semejanzas. La Ciencia Ficción paranoica en que nos van a invadir y dominar, sólo puede funcionar allí donde hay un relato común e incontestado para hacerle frente al enemigo común: una patria, una religión, etcétera. Desde la década de 1990, los relatos individuales se han ido fragmentando, las tribus se han ido jibarizando y disolviendo, y es poco probable que una persona se identifique de lleno con su país, su partido político o su religión. O al menos, no en un grado como antes. En la actualidad la paranoia máxima no es el invasor externo que va a destruir nuestra sociedad, quizás porque nuestra sociedad cada vez más atomizada y fragmentada ya está en cierto modo destruida, sino la presión omnipresente del grupo que puede llegar a soliviantar nuestra propia identidad, robárnosla, destruirnos como individuo. Es la pesadilla de Matrix en donde la invasión, de las computadoras contra la Humanidad en este caso, ya ha ocurrido, y los humanos ya son esclavos sin siquiera saberlo. O la pesadilla de la nueva versión de Battlestar Galactica, en donde el androide cylon ya no es el enemigo externo, sino que es capaz de mimetizarse con el ser humano e infiltrarse hasta el punto que ni los propios infiltrados cylon a veces saben lo que en verdad son; se consideran humanos. Es poco probable que la paranoia desaparezca de la Ciencia Ficción, pero es claro que por el momento, tomará derroteros muy distintos a la invasión extraterrestre clásica y tradicional de ejército contra ejército, de astroflota contra astroflota, de nosotros contra ellos.

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